mercredi 6 mars 2013

Juan Pablo BERTAZZA/ Michel HOUELLEBECQ: El pintor de la vida moderna


Michel HOUELLEBECQ:
El pintor de la vida moderna
Por Juan Pablo BERTAZZA

A los lectores de Michel Houellebecq no les habrá pasado por alto que en todas sus obras narrativas suele incluir un poema. No se trata de un gesto casual o aislado, ya que el escritor francés lleva publicados cuatro libros de poesía y según anunció, el próximo también lo será. Mientras tanto, Anagrama acaba de presentar Poesía, donde compila toda su obra del género conocida hasta ahora. Urbana, descarnada, escéptica, nihilista pero íntima y clásica, la poesía de Houellebecq es mucho más que un accesorio de su narrativa. Es su motor, y en gran medida un regreso a la fuente esencial de un escritor que se volvería célebre por ejercer una literatura de ideas en novelas que casi siempre han bordeado el escándalo.

Una de las irrupciones más fantásticas del lógico y estructurado juego de ajedrez se conoce con el nombre de “promoción” o “coronación”. Y tiene lugar cuando el peón recorre (paciente, sin prisa pero sin pausa), la totalidad del tablero hasta llegar al otro lado, transformándose en reina (también se puede optar por otras piezas, como caballo, alfil o torre), a tal punto que es factible que un mismo jugador pueda tener más de una reina a su disposición. En el final de La posibilidad de una isla, novela cumbre de Michel Houellebecq, hay también una coronación. Unico libro que le gustó a Iggy Pop en los últimos diez años, e incluso inspiró algunas de sus últimas canciones, La posibilidad de una isla imaginaba una comunidad científico-religiosa (quizás inspirada en la cientología), que, a partir de la creación de clones humanos, buscaba la superación del hombre y una inmortalidad de tinte budista con supresión incluida del deseo. A caballo entre un presente con aire a pasado y un futuro remoto, la novela galopaba entre dos mundos: el de Daniel 1, cómico de stand up millonario y exitoso pero con profundos problemas del corazón, y el de sus clones. Daniel 1 deja a su primera mujer, Isabelle, no bien advierte en ella los primeros rasgos de vejez para volcarse de lleno a Esther, joven modelo que, en perfecta simetría, terminaría dejándolo a él por viejo. Antes de suicidarse, Daniel 1 le escribe el siguiente poema a Esther: “Mi vida, vida mía, mi antiquísima vida,/ mi primer deseo mal curado,/ mi primer amor disminuido,/ has tenido que volver./ He tenido que conocer/ lo mejor que hay en la vida,/ dos cuerpos que disfrutan de su felicidad/ uniéndose y renaciendo sin fin./ En completa dependencia/ comparto el temblor del ser,/ la vacilación de desaparecer,/ el sol que azota el lindero./ Y el amor en el que todo es fácil,/ donde todo se da al instante:/ existe en mitad del tiempo/ la posibilidad de una isla”.

Este poema, que constituye, en muchos sentidos, una coronación —una metamorfosis del género de la novela al de la poesía, precisamente hacia el final del libro; una mutación temporal, un disloque en la historia del universo ya que ese poema entorpecerá todos los planes de la comunidad—, no logra ser interpretado por sus clones (tampoco entienden la risa ni el amor) pero genera en otro clon llamado Marie 23 el deseo de renunciar a esa inmortalidad sin deseo, sin amor y, por lo tanto, sin sufrimiento.

“Primero, el sufrimiento.” Esa es la premisa básica, según Houellebecq, para transformarse en poeta (las otras serán “desaprender a vivir” y “la timidez”). Esa es la puerta de entrada a Poesía, la flamante compilación de Anagrama que reúne sus, hasta ahora, cuatro poemarios publicados a lo largo de la década del noventa: Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento. No cabe llamarla poesía completa porque Houellebecq acaba de anunciar que su próximo libro será de poesía. Los urgentes títulos de los poemarios dan cuenta de lo que significa este género para Houellebecq, un novelista que no sólo empezó escribiendo poesía (gracias a su amigo, el editor Michel Bulteau, comenzó a publicar sus poemas en la Nouvelle Revue Française, en 1985, poco después de atravesar una temporada internado en distintos psiquiátricos) sino que fue incorporando poemas a lo largo de toda su obra narrativa. Es decir, y tal como afirmaba Leopoldo Marechal, Houellebecq logró llegar a ser un eximio novelista porque antes fue un verdadero poeta.

¿Qué función tiene un poema dentro de una novela? ¿Su autoría responde directamente al autor del libro o es sólo una función, un soldado raso —-un peón— dentro de la obra narrativa? ¿Por qué Houellebecq no incluyó en ninguno de sus poemarios el notable poema que cierra La posibilidad de una isla?
“La lucha entre poesía y prosa es una constante en mi vida. Si uno obedece el impulso poético, corre el riesgo de volverse ilegible; si se lo desobedece, uno está preparado para iniciar una carrera de honesto contador de historias”, explicó enigmático Houellebecq en una extensa entrevista concedida al Paris Review.

En otra ocasión dirá que “en la poesía no son únicamente los personajes los que viven, sino las palabras. Parecen envueltas en un halo radiactivo. Reencuentran de golpe su aura, su vibración original”.
Mezcla de Baudelaire y William Carlos Williams (primer experto en incorporar el habla coloquial a la poesía y también el concepto de adivinanza que retoma en sus poemas el autor de Plataforma), la de Houellebecq es una poesía auténtica y cotidiana, casi llana pero con un trasfondo complejo que indaga y desentraña una densa desesperación existencial. A diferencia de sus novelas, tan atravesadas por clones, sosías, dobles y multiplicidades, su poesía delinea el contraste entre un yo potente y unívoco (siempre al borde de la muerte, lejos de la vida real y cargando una resignación inefable) y un mundo urbanizado, descartable, cosmopolita e irremediablemente doloroso.

En todo caso, los personajes múltiples y plagados de bifurcaciones de las novelas de Houellebecq se traducen en sus poemas en las distintas formas clásicas que, desde joven, viene practicando: emplea alejandrinos, sonetos, octosílabos, poemas en prosa y en cada una de estas formas suele haber lugar también para la ruptura.
Escritor con inquietudes filosóficas, sus poemas citan a sus filósofos de cabecera: Schopenhauer, Kant y Pascal. Sin embargo, sus poemas transcurren, en general, muy lejos de los libros: merodean a lo largo de trenes (especialmente el TGV), barrios parisienses, espían a sus enigmáticas vecinas de edificio, experimentan una especie de suspensión para hablar de la soledad, se explayan acerca del cuerpo, el cuerpo sobre todas las cosas, el cuerpo es en la poesía de Houellebecq, al mismo tiempo, el último recinto de esperanza y la primera vía de la infelicidad), las guerras, el tiempo, los médicos, las bacterias, el supermercado (el mundo como supermercado), los caniches, los domingos (el sábado es la esperanza que, irremediablemente, se vuelve tedio un día después) y la emblemática cadena francesa Monoprix.

Aunque algunas temáticas parecen similares a las de sus novelas, la poesía de Houellebecq es clásica, mucho más clásica que sus novelas. No por las formas que emplea sino por un principio profundo que subyace a la condición por excelencia de la lírica: la verdad. En su obra narrativa, cualquier mención autobiográfica parecía destinada, paradójicamente, a distorsionar su propia imagen: el Michel de Las partículas elementales o el Houellebecq de su última novela, El mapa y el territorio, personaje que terminaba siendo salvajemente asesinado, asustando a los editores del escritor una vez que Houellebecq plantó a todos durante una presentación de su libro, desapareció unos meses y después apareció como si nada hubiera pasado. En su poesía, en cambio, a pesar de las recurrentes atmósferas oníricas y acaso patológicas, hay un yo claro, conciso, consciente, que no se escuda bajo ningún seudónimo, bajo ninguna sensación falsa, ni ninguna máscara. Aunque quizá se contradiga, es el mismo a lo largo de todos los poemarios, simplemente naufraga (y trata de vivir) en esa supervivencia a través de la cual se recorta como un moribundo arrojado por las olas del mar: un moribundo que, como la luz viva de las estrellas muertas, expresa la esencia literaria de Houellebecq. Una esencia que trasciende cualquier género, una esencia que es, al mismo tiempo, peón y reina. Esa esencia, que él mismo define hacia el final de uno de sus poemas, es su condición de viejo contemporáneo.

La poesía de Michel Houellebecq

Mi cuerpo es como un saco surcado de hilos rojos
La habitación está oscura, mis ojos brillan débilmente
Me da miedo levantarme, noto por dentro
Algo blando, maligno, que se mueve.

Hace años que detesto esta carne
Que recubre mis huesos. De superficie adiposa,
Sensible al dolor, levemente esponjosa;
Un poco más abajo, un órgano se tensa.

Te odio, Jesucristo, por haberme dado un cuerpo
Los amigos se esfuman, todo huye, deprisa,
Los años pasan, se escurren, y nada resucita,
No deseo vivir y la muerte me asusta


Sin reconciliarse

Mi padre era un imbécil bárbaro y solitario;
Ebrio de decepción, solo ante el televisor,
Rumiaba unos planes frágiles y muy raros,
Su mayor alegría era verlos fracasar.

Me trató siempre como a una rata a la que perseguir.
La mera idea de un hijo, creo, lo asqueaba.
No soportaba pensar que le aventajase un día,
Solo por seguir vivo cuando él reventara.

Se murió en abril, gimiente y perplejo;
Su mirada delataba una cólera infinita,
Cada tres minutos, insultaba a mi madre,
Criticaba la primavera, hacía bromas procaces.

Al final, justo antes de acabar su agonía,
Una calma breve recorrió su pecho.
Sonrió al decir “estoy nadando en orina”,
Y después se apagó con un ligero estertor.


La grieta

En la inmovilidad, el silencio impalpable,
Yo estoy ahí. Estoy solo. Si me golpean, me muevo.
Trato de proteger una cosa roja y sangrante,
El mundo es un caos preciso e implacable.

Hay gente alrededor, los oigo respirar
Y sus pasos mecánicos se cruzan sobre el enrejado.
He sentido, no obstante, el dolor y la rabia;
Cerca de mí, muy cerca, un ciego suspira.
Hace muchísimo tiempo que sobrevivo. Tiene gracia.
Recuerdo muy bien los tiempos de esperanza
E incluso recuerdo mi primera infancia,
Pero creo que es éste mi último papel.

¿Sabes? Lo vi claro desde el primer segundo,
Hacía algo de frío y yo sudaba de miedo
El puente estaba roto, eran las siete en punto
La grieta estaba ahí, silenciosa y profunda.


El amor, el amor

En un cine porno, unos jubilados cascados
Contemplaban, escépticos,
Los retozos mal filmados de dos lascivas parejas;
No había argumento.
He ahí, pensaba yo, el rostro del amor,
El auténtico rostro.
Algunos son seductores, y seducirán siempre,
Y el resto sobrevive.
No existe ni el destino ni la fidelidad,
Sólo cuerpos que se atraen.
Sin sentir ningún apego ni, desde luego, piedad,
Uno juega, y después destroza.
Algunos son seductores y por lo tanto muy amados;
Sabrán lo que es un orgasmo.
Pero hay tantos otros cansados y sin nada que ocultar,
Ni siquiera un fantasma.
Si acaso, una soledad agravada por la impúdica
Alegría de las mujeres;
Si acaso, una certeza: “eso no es para mí”,
Un oscuro y pequeño drama.
Con certeza morirán un poco desengañados,
Sin ilusiones poéticas;
Practicarán a conciencia el arte de despreciarse,
Será algo mecánico.
Me dirijo a todo aquel que nunca haya sido amado,
Que nunca supo gustar;
Me dirijo a los ausentes del sexo liberado,
Y del placer corriente.
No teman amigos, su pérdida es mínima:
El amor no existe en ninguna parte.
Sólo es una broma cruel de la que ustedes son víctimas,
Una jugada de experto.


Transposición, control

La sociedad es quien establece las distinciones
Y los procedimientos de control
Hago acto de presencia en el supermercado,
Interpreto muy bien mi papel.
Asumo mis diferencias,
Delimito mis exigencias
Y abro la mandíbula,
Mis dientes están un poco negros.
El precio de las cosas y los seres se tasa por consenso
Transparente
Donde intervienen los dientes,
La piel y los órganos,
La belleza que se marchita.
Ciertos productos con glicerina
Pueden constituir un factor de plusvalía parcial;
Decimos: “Es usted hermosa”;
El terreno está minado.
El valor de los seres y las cosas es generalmente de una precisión extrema Y cuando decimos: “Te quiero”
Establecemos una crítica,
Una aproximación cuántica,
Escribimos un poema.

***
La negación de la fiesta
Por Loreto Casado

Entendamos por fiesta la celebración de una sociedad que tiende a destruir a la persona, sosteniéndose en un sistema económico donde participa también nuestra cultura y detrás del cual muy pocos pueden tomar la palabra. Houellebecq lo hace, y es por eso que sus libros resultan polémicos. Acusado de depresivo y de reaccionario, las reacciones suscitadas por la actitud de Houellebecq permiten subrayar una serie de cuestiones que conciernen al rol de la literatura y en particular de la poesía en una época donde la novela es el género privilegiado de la lectura y de la edición.

Houellebecq es conocido, sobre todo, como novelista, pero también escribe poemas, algunos poemas bizarros que merecen ser escuchados. Su poesía está habitada por la presencia de un cuerpo marchito, por un corazón debilitado, por una serie de miembros hinchados y por una afirmación del mundo en su único reflejo posible: el iluminado mundo de las fiestas de primavera. El hombre, el lector parece excluido de eso. Participa, sí, de otra fiesta: de la danza existencial, simbolizada en lo bailes de salón de moda o de la disco, el baile cotidiano que rima con el pulso del engranaje social. En el universo esencialmente urbano, descarnado, funcional y tecnológico de las ficciones de Houellebecq, la posibilidad de escaparse del sistema constituye una misión muy difícil, si no imposible, al mismo tiempo que el deseo de que todo se detenga y nada funcione se pone de manifiesto.

Lo que sorprende en primera instancia en la poesía de Houellebecq es su recurrencia a la forma fija, sonetos perfectamente escandidos en que el ritmo marcado del verso expresa la angustia del sujeto como una trompada en el espacio imaginario y para agujerearlo no hace falta más que un instante, lo real.

¿Qué sentido se le puede dar al uso del alejandrino a fines del siglo veinte? Después de las vanguardias, la deconstrucción y declaración de la muerte de la literatura, ¿qué sentido se le puede dar a esa forma de lenguaje poético? ¿No parece una extravagancia? ¿Un lujo irrisorio?

La crítica literaria continúa etiquetando: Houellebecq es un escritor de ficción, y en tanto escritor de ficción interesan solo sus novelas. No se lo considera ni poeta ni ensayista. ¿Dónde se encuentra la fuerza poética de los poemas de Houellebecq? Es justamente en su rechazo al juego y la fiesta del lenguaje librado a sí mismo donde encuentra su mayor originalidad. Los versos medidos y rimados de su poesía no cultivan la versificación, pero apelan a la memoria. Su mundo es frío y sin deseo, un mundo que niega sobre todo la fiesta a lo Prévert: la poesía del cortejo, de las canciones, de las chicas lindas y de los juegos de palabras. El autor de El sentido de la lucha le reprocha al de Paroles su visión de mundo plana, superficial y falsa y la detesta sobre todo.

Dos principios de Rimbaud importantes conciernen a la poesía y, en general, a la literatura de Houellebecq: es necesario volverse vidente y hay que ser absolutamente moderno.

La ausencia de ilusión, de realismo mágico, de canto al mundo y de fiesta en las novelas y poemas de Houellebecq obedecen a una conciencia pesimista de nuestra realidad social y a la falta de perspectivas de la civilización occidental. Niega, en consecuencia, toda celebración, toda posibilidad de felicidad y afirma todas las formas de realidad tangible, material: el cuerpo, el espacio, el instante. Si una de las características de la diluida poesía del siglo veinte fue abandonar la pureza mallarmeana del lenguaje, dejando de reconocer a una cierta cantidad de palabras el valor poético, y mezclando el vino con el agua, lo que hace la poesía de Houellebecq no es, en definitiva, otra cosa que aguar la fiesta.

El surrealismo fue la última reivindicación colectiva dentro de la experiencia poética de nuestro siglo. Después de eso no hubo más que respuestas individuales. La poesía no ha modificado la vida como profetizaban los surrealistas. Las manifestaciones de hoy a favor de la poesía a duras penas logran sobrepasar la resignación o el pesimismo. El ensayo de Michel Maulpoix, La poesía a pesar de todo, es el mejor ejemplo de esa actitud resignada que afirma la poesía no como una forma de resistencia activa sino más bien como una forma de supervivencia en un mundo en ruinas, habitado por la ausencia y el desencantamiento. En ese tipo de manifiestos, la poesía alivia a los hombres de su pobre condición, es la compensación de una falta.

Houellebecq se desenvuelve libre en dos direcciones: cada vez más impiadoso y sórdido en la prosa, cada vez más luminoso y bizarro en la poesía.

Traducción del capítulo “La négation de la fête dans la poésie”, correspondiente a Ecrire, traduire et représenter la fête, Universitat de València, 2001.

Articulo: http://www.pagina12.com.ar 24/02/2013