mercredi 6 mars 2013

Natalia MORAL RIOS/ Jukio MISHIMA: el niño poeta


PASTICHE
Jukio MISHIMA: el niño poeta
Por Natalia MORAL RIOS

Semblanza del escritor y dramaturgo japonés Jukio Mishima (1925-1970), considerado uno de los más grandes escritores de la historia de la literatura japonesa y famoso por la forma cómo llevó a cabo su muerte ritual. Artículo de Natalia Moral Ríos, publicado en la revista online Pastiche, en su tercera edición. 

Ruedan ambas cabezas, una junto a la otra, casi tocándose. La Sociedad del Escudo por fin pasa a la acción. Cenan juntos el 24 de noviembre de 1970 y hacen bromas mientras firman con sangre su particular manifiesto. El 25 de noviembre por la mañana, Mishima cierra el sobre con su último manuscrito: El ángel podrido, podrido como Japón. Deja una nota: “La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre”, y sube al coche con sus cuatro hombres más fieles. Cuando ve a su hija al pasar en el camino por el colegio, dice: “En una película, sería el momento en que se oiría una música sentimental”, y es que hay veces en la vida en que resulta más fácil bromear con lo que se lleva en el corazón que hablar de ello. Según el plan, los cinco hombres uniformados logran la atención de todos en el edificio del Ministerio de Defensa de la Nación y, desde la azotea, Mishima comienza y acaba su discurso, abucheado y desesperado por hacerse oír. A continuación, como ya interpretó con una de sus más notables novelas cortas, Patriotismo, filmada y llevada al teatro, procede al tradicional corte en vientre propio del seppuku. Morita le sigue en idéntico procedimiento. No es patriotismo, si no lealtad.

Es necesario conocer su infancia; habría que vivir su infancia, crecer con su inquietante abuela paterna, aristócrata mal casada, viva estampa del Japón tradicional, que se lo arrebata a la madre hasta la adolescencia. Habría que escuchar cada palabra que él escuchó de su anciana boca; leer cada poema que leyó en su compañía. Habría que haber estado cuando asistió a aquella primera pieza de Nō, primera de muchas, que la abuela le llevó a ver; habría que sentir lo que sintió el pequeño, que en pocos años se atrevería a escribir seis piezas de Nō. Tendríamos que llegar a la obsesión en ese excéntrico y celoso amor entre niño y anciana. Habría que arrodillarse en el suelo para comer y habría que curar las heridas de la abuela. No queda otra que ponerse esos vestidos de niña, que llevaba el crío por capricho de la mujer, y observar su rostro al verse en el espejo. Habría que respirar el olor de aquella casa, de aquellas habitaciones en las que ella parecía haber vivido siempre y en las que ella lo confinó, y observar el mundo, Japón, a través de la misma ventana empañada por su respiración pueril.

Habría que enfrentar los torbellinos de velocidad que golpeaban la cara del niño al pasar furiosamente el tren a sólo un metro de su cuerpo, sostenido en el aire por los brazos de su padre, durante aquellos paseos por el campo. Qué menos que sufrir la mediocridad de ese padre, las dificultades económicas, las insulsas discusiones de familia, la muerte de su hermana, para tratar de entender la poca relevancia que otorga, o quiere otorgar, Mishima a los acontecimientos bélicos de su época. Habría que absorber con él todo aquello que lo convirtió en Yukio Mishima; aquella extraordinaria formación artística, literaria, histórica, religiosa... Habría que poseer ese privilegio de la familiarización con varias generaciones, que le ungió educarse con esa hada catalizadora del genio, y que enriquecería tan grandemente toda su obra, en un país con una cultura y una tradición tan singulares, al menos a los ojos occidentales.

Hay que conocer a Yukio Mishima adolescente, contemplarlo enamorado en silencio, lejos del alumno más adulado y más atlético. Hay que experimentar el despertar de su sexualidad, cuando su corazón adolescente comenzó a palpitar con fiereza mientras miraba en el colegio la pintura del joven y agonizante San Sebastián, atado, manos a la espalda, contra la corteza de un árbol romano. Porque sólo sus palabras, todas sus apasionantes palabras de genio narcisista en confesiones de una máscara, no bastan para entender verdaderamente esa imagen de dos cabezas que ruedan sobre una alfombra. Yukio Mishima se convierte a los veinticuatro años y para el resto de su vida en escritor de éxito con la obra maestra autobiográfica confesiones de una máscara. Esta novela autista, escrita desde el subjetivismo, es un relato casi clínico, invadido de erotismo, de un caso particular que al mismo tiempo representa a la juventud de entre 1945 y 1950. Mishima revela un enfermizo estrés por la norma y su obsesión por una vergüenza social, represora moderna. Sin embargo, es una obra valiente e impresionantemente sincera obsesionada con la belleza, con la perfección intelectual, espiritual y física, Yukio Mishima, escritor, modelo y actor, desarrolla una estricta disciplina.

Dedica dos horas en su rutina diaria al cultivo del cuerpo. Desde que era niño –recordemos su intensa descripción del cuadro de San Sebastián en confesiones de una máscara-, Mishima ha sentido fascinación, si no excitación, hacia el esfuerzo físico, la fatiga, el sudor del cuerpo del hombre llevado al límite. “El ejercicio de los músculos elucidaba los mitos que las palabras habían creado”, dice Mishima en El sol y el acero, un ensayo casi delirante. El entrenamiento físico, “análogo a la adquisición del conocimiento erótico”, se convierte en vía de acceso hacia un conocimiento espiritual: “Hasta los músculos habían dejado de existir. Estaba envuelto en una sensación de poder como en una luz transparente”. Comprueba que el cuerpo, en el transcurso del entrenamiento, “podría ser intelectualizado a un grado más alto y obtener una intimidad con las ideas más estrecha que la de la mente”. Sólo un deportista podría comprenderlo.

De la misma manera, dos horas cada día, lo más tarde a la media noche, se sienta a escribir. Vive una ola lucrativa nacida con confesiones de una máscara y mantenida por un hervidero de obras producidas para uso de las masas; obligado, como es frecuente, por las exigencias de los editores y del público a esa comercialización del producto literario. La consecuencia son treinta y seis obras completas, cuando para su gloria habrían bastado seis o siete.

Surge el problema de distinguir la mediocridad y el artificio prefabricado de las obritas destinadas a uso común, de las obras auténticas. La selección natural que trazará la línea la hará la traducción a lenguas europeas. La casa de Kyoko es la única novela literaria de Mishima a la que él concedía un gran valor y que fue un fracaso, y no ha sido traducida a ninguna lengua europea. Algunos críticos dan el calificativo de chapucera a otra novela de Mishima: colores prohibidos, de carácter occidental y estilo relajado, cuyo fuerte es el tema homosexual y la ambientación en el mundillo gay del Tokio de la época. Aunque, y no podría ser de otro modo, contiene detalles que son una joya. La facturación de sus mejores libros, incluso de otros menos buenos, será más europea que japonesa. A pesar de ello, durante las temporadas que Mishima pasó en París y Nueva York, tuvo problemas económicos y profesionales, principalmente por no dominar el idioma.

En el extranjero es casi un desconocido y sus noches son de una soledad casi mortal. Familiarizado con las literaturas europeas y habiendo leído a los clásicos, a su regreso de Grecia escribe El rumor del oleaje. Esta breve obra maestra “a lo griego” es un libro feliz, que trata el tema del amor joven, con cuya pareja protagonista el autor consigue la imagen de una especie de andrógino escindido en dos. Este planteamiento del amor es absolutamente excepcional en la obra de Mishima, en la que todo personaje involucrado en el amor muere o mata.

Una enorme preocupación por ceñir fielmente el cuadro al presente y a los acontecimientos de actualidad: el presente atrapado en el instante, es una curiosa característica del estilo de Mishima. Sólo un ejemplo de esa manía perfeccionista por lo inmediato y lo actual es su bellísima obra maestra El pabellón de oro, cuyo argumento era un caso real y actual de un joven novicio que arrasó con fuego la espléndida obra arquitectónica en que habitaba: el templo del Pabellón de oro, cerca de Kyoto. De todas las motivaciones del pirómano, que se explicaban en todos los medios días después del incidente, Mishima se quedó únicamente con el odio a lo bello para el protagonista de la lujuriante novela, que pagará su crimen con la frustración de su suicidio.

Yukio Mishima, que en su matrimonio dará a su esposa Yoko, con quien tuvo dos hijos, una posición mucho más importante de lo que era usual entre los intelectuales de su entorno, hará aparecer un tipo de mujer, de negocios, independiente e inteligente, que recuerda a la imagen de su abuela, en varias de sus obras: después del banquete, novela politizada, de una perfección “helada como hoja de escalpelo”, que le costaría un proceso por difamación; madame de sade, soberbia pieza de teatro, con el rechazo de Madame de Sade a su marido como caída de telón; o El ángel podrido, último volumen de la tetralogía El mar de la fertilidad y última obra de Mishima, entregada a la editorial el mismo día de su muerte.

El escritor siempre negó su afectación por la guerra y sus consecuencias. La aceptación pasiva de la ocupación y de ese otro imperialismo que es la occidentalización a ultranza y el desarrollo económico cueste lo que cueste, representan la evolución de Yukio Mishima junto a Japón, convencido, como era moda, de que un escritor debe ser igual que un banquero. Sin embargo, sólo se trata de una evolución en la superficie; Mishima nunca pierde ese fondo poblado por las obsesiones, las pasiones y las repugnancias de la adolescencia; además de su fuerte relación de amor-odio con la política. La política impregna sus obras y es el tema central de varias de ellas. Su concepción de la política llevará al que fingió enfermedad para no prestar servicio militar a fundar una formación paramilitar: La Sociedad del Escudo (Tatenokai); justificará su suicidio y el de su miembro predilecto del Tatenokai y amigo íntimo, el bello Morita, y dará argumentos a críticos sensacionalistas para tacharlo de fascista.

El calificativo de fascista, como se han definido los fascismos europeos, es inadecuado para Yukio Mishima. ¿Cuándo se ha visto a un fascista occidental asesinar a un banquero? Cosa que haría en caballos desbocados Isao, el joven kendoísta, suicida y primera reencarnación de Kiyoaki, por quien el protagonista de El mar de la fertilidad, Honda, siente intensamente algo que no se puede llamar amor. Mishima, como Isao, es de derecha por su fidelidad al Emperador y de izquierda por su simpatía por los campesinos oprimidos y hambrientos. Mishima concluirá tras un debate público con estudiantes comunistas de la Universidad de Tokio en 1969 lo siguiente: “He descubierto que tenía con ellos muchos puntos de vista comunes; por ejemplo, la ideología rigurosa y la inclinación a la violencia física. Ellos y yo imaginamos una nueva clase de Japón.

Somos unos amigos separados por unas alambradas; nos sonreímos sin poder abrazarnos. Nuestros objetivos son muy parecidos; tenemos sobre la mesa las mismas cartas, pero yo poseo una baza que ellos no tienen: el Emperador.” Firmados los tratados de posguerra con los Estados Unidos, lo que para su sorpresa no provocó revueltas ni de izquierda ni de extrema derecha, el hombre que en una entrevista habló en estos términos: “El dinero y el materialismo reinan, el Japón moderno es feo”, calcula la gran obra maestra de su vida, el último acto del dramaturgo: su muerte. “no le compadezcan. Por primera vez en su vida ha hecho lo que deseaba hacer”.

Articulo: http://www.elboomeran.com 05/03/2013