dimanche 21 avril 2013

Alberto OJEDA/Margaret ATWOOD: "¿El Nobel? Bueno, yo no escribo para eso"


Margaret Atwood:
"¿El Nobel? Bueno, yo no escribo para eso"
Por Alberto OJEDA

La autora canadiense, premio Príncipe de Asturias en 2008, abre el Festival Gutun Zuria | El Cultural aprovecha su paso por Bilbao para charlar con ella de su intensa y prolongada carrera literaria y de sus inquietudes sociales y políticas

Una vez le preguntaron a Margaret Atwood (Otawa, 1939) por qué decidió consagrar su vida a la escritura. Ella improvisó una respuesta: “Un gran pulgar procedente del cielo se posó sobre mi cabeza y la presionó fuertemente. Así surgió mi primer poema, cargado de melancolía y romanticismo, típico de los 16 años”. No dejaba claro entonces si era escritora por inspiración o imposición divina. Su presencia en el Festival Gutun Zuria de Bilbao permite ponerle la pregunta sobre la mesa. Al escucharla sus ojillos cristalinamente azules se iluminan de picardía. “Bueno, en realidad era una broma. Estaba ya un poco cansada de que me preguntaran lo mismo. Uno no sabe bien nunca por qué se ha hecho escritor. Yo sólo tengo claro que una de las razones es porque fui desde muy pequeña una lectora voraz. Y lo sigo siendo. Lo leo todo: las revistas de los aviones, las cajas de cereales, las pintadas de las calles...”. 

La autora canadiense, ganadora del Premio Príncipe de Asturias en 2008por “la agudeza” y la “ironía” con la que ha abordado distintos géneros y por “su defensa de la dignidad de la mujeres”, abre esta noche el festival en la Alhóndiga Bilbao. Luego la seguirán, durante este fin de semana y el siguiente, autores como Héctor Abad, Lobo Antunes y John Banville (acceder a las charlas cuesta tres euros). En este mismo edificio, hoy uno de los epicentros culturales de la ciudad y antaño una suerte de almacén de vinos, Atwood recibe a El Cultural. El cambio horario tras el viaje desde Canadá y la lluvia pertinaz que cae afuera no le alteran el ánimo lo más mínimo: su buen humor y su disposición para todo tipo de peticiones tiene encantados a los organizadores. Aunque su pasión por la conversación también les exaspera porque las entrevistas acaban siendo interminables. 

Es que Margaret Atwood da para mucho, porque a su extensa obra literaria, en la que alterna poesía, novela, relato y ensayo, también suma un intenso activismo en distintas causas: aparte de luchar por la igualdad de trato hacia a las mujeres, también está implicada hasta el cuello en la conservación medioambiental. Milita en el Partido Verde Canadiense y asociaciones como Bird Life, dedicada a la protección de las aves. Es una preocupación que le viene desde su niñez, durante la que vivió en los bosques del norte de Quebec. Su padre era entomólogo y desarrollaba allí algunos de sus estudios de campo. “Aprendí pronto a sobrevivir en la dificultad: a encender un fuego bajo la lluvia, a disparar con un arco, a buscar alimento...”. Y pronto también sintió el chispazo de la literatura. No le gusta hablar de influencias. Rehúye la pregunta advirtiendo que si tuviera que citarlas a todas, a su edad y con todos los libros que ha absorbido, se le haría de noche y no habría terminado. Pero sí reconoce que el impacto más potente en esa época se lo provocó Edgar Allan Poe: “Es un autor que no hay que dejar al alcance de los niños. Pero mis padres me lo permitieron porque sabían a ciencia cierta que no contenían escenas de sexo. Me aterrorizaba. Aunque no sé en qué medida me habrá influenciado. Eso siempre es muy difícil de calibrar”. 

Quizá pueda haber sido en su habilidad para levantar en su narrativa atmósferas desasosegantes. Es especialmente claro en sus famosas distopías, muchas de ellas con la virtud de vislumbrar aberraciones que luego la realidad se encarga de engendrar. En 1984, con El cuento de la criada, retrató una sociedad en la que la mujer quedaba reducida a su función reproductora y escondida por vastos ropajes. Muchos vieron una denuncia frente al radicalismo islámico. En El año del diluvio, un experimento científico provoca unas terribles inundaciones en el mundo y el instinto de supervivencia de los hombres les hace abolir sus restricciones morales. Esta última fue la primera parte de un trilogía que arrancó con Oryx y Crake (aquí documentaba la destrucción de la Tierra por el calentamiento global), y que pretende rematar este otoño con la publicación de MaddAddam. A Atwood le molesta mucho que la crítica adscriba estas novelas a la ciencia ficción. “No es que no me guste este género. Lo que no me gusta es que a las manzanas les llamen calabazas. Todas estas historias o han ocurrido ya o pueden ocurrir. No son como La guerra de las galaxias, que cuenta algo que no puede suceder, que es imposible. Además, yo no soy buena para la fantasía pura, no se me da bien”. 

Tampoco es buena para las rutinas, reconoce. “Es verdad, escribo un poco a salto de mata”. Por ejemplo, dice que durante el viaje a Bilbao, en el avión, ha escrito un artículo para el New Yorker de 800 palabras. Viajando por Europa, en tren, escribió buena parte de MaddAddam: “Los trenes son magníficos para un escritor, porque no te molesta nadie. En sus compartimentos vas como escondida”. Cuenta que al principio, cuando está preparando los cimientos de una novela, puede estar unas dos horas haciendo anotaciones pero cuando está llegando al final se puede tirar 10 horas seguidas un cida al teclado. “Es como en las carreras de caballos. Al principio no te exprimes, pero cuando vas viendo la meta echas el resto”. Además, Atwood es mujer de naturaleza errante. Aparte de las conferencias y el activismo político y social, que la llevan de un lado a otro, sigue siendo profesora visitante en diversas universidades, lo que le supone estar con la maleta siempre a punto. 

Margaret Atwood es, junto a Alice Munro, la escritora canadiense con más renombre internacional. “Somos buenas amigas. Ahora, de hecho, va a salir allí una antología de sus cuentos que he prologado yo. El otro día me dijo que estaba encantada con mi texto”. La autora de La vista desde Castle Rock revelaba hace un par de semanas en las páginas de El Cultural que había tomado la determinación de dejar de escribir. Tanteemos a Atwood: 

- ¿A usted se le ha pasado alguna vez algo así por la cabeza?
- (Ríe) No creo que vaya a dejar de hacerlo. Yo le tengo dicho a mi editor que si alguna vez empiezo a decir cosas así que me avise de que estoy desvariando. Hasta que tenga fuerzas para sentarme delante del ordenador sin desmayarme seguiré escribiendo. 

- ¿Y qué siente cada mes de octubre cuando su nombre suena entre los primeros favoritos para el Nobel?
- Yo no escribo para eso. 

Articulo: http://www.elcultural.es  11/04/2013

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ENTREVISTA
“Hay que evitar que el mundo lo controle el 1% de la población”
Por Winston MANRIQUE SABOGAL 

Margaret Atwood inaugura el Festival Internacional de las Letras Gutun Zuria de Bilbao (del 11 al 21 de abril). La escritora canadiense desanda su vida de lectora y escritora

En el torreón noroccidental del centenario edificio modernista de la Alhóndiga de Bilbao, Margaret Atwood confirmó una aporía y una verdad conocida por todos: es la década de las distopías que parecían extinguidas, de las fugas por donde se escapa el porvenir.

No es un oráculo, pero sus libros se leen como revelaciones. Piezas del rompecabezas de la vida ordenadas en alta literatura. Ella, que ha oteado el pasado (El asesino ciego), el presente (Pagar. Con la misma moneda) y atisbado un futuro inquietante del mundo en sus libros (El cuento de la criada), no tiene claro el desenlace del binomio democracia-capitalismo que ha puesto en jaque a parte de Occidente. “No sé hacia dónde va la democracia, pero lo que sí sé es que hay que ser capaces de crear un sistema para ayudar a los pobres y evitar que el mundo y toda la riqueza la controle el 1% de la población como ocurre hoy. En el siglo XXI se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres”, asegura Margaret Atwood (Ottawa, 1939), con una preocupación que intensifica el celeste de sus ojos, en amable interrogación.

Última parada de Atwood sobre la realidad, después de evocar y desandar su vida como escritora en un viaje iniciado allá por los años cuarenta, muy cerca del círculo polar canadiense. Ese tránsito de ida y vuelta entre la lectura y la escritura lo recordó la poeta, novelista, cuentista, ensayista y ganadora del Príncipe de Asturias de las Letras 2008 antes de la inauguración, ayer, del Festival Internacional de las Letras Gutun Zuria, organizado por Alhóndiga Bilbao, bajo el lema Fábulas del lector/escritor, con autores como John Banville, António Lobo Antunes y Alberto Manguel. Además, acaba de publicar Un día es un día (Lumen), una antología de cuentos sobre mujeres, uno de sus temas capitales.

Desde ese torreón circular de piedra y hormigón, impregnado por las coloridas luces parpadeantes que se cuelan de la gran pantalla colgada del techo del vestíbulo de la Alhóndiga, Atwood avista un horizonte plagado de miedos. A todo lo anterior se suman situaciones desveladoras que van desde un Internet con muchas fugas, una sociedad en la que se espían unos a otros, lo mismo que hacen los gobiernos, hasta los avances vertiginosos en el caso de la ciencia y la tecnología, pasando por el maltrato a la naturaleza.

Ella misma ha advertido de los riesgos de la deriva del ser humano en novelas como Oryx y Crake. Coge un bolígrafo azul, y sobre una hoja traza un círculo que parte en dos con una ese estilizada. El yin y el yang. “Siempre ha sido así. Utopías y distopías”.

Las palabras que llevaron a la escritora a hacer ese dibujo surgen de su explicación de que cuando se creía que las distopías habían acabado con Orwell, cayó el Muro de Berlín, en 1989, y resurgieron. El siglo XX fue el de las utopías, dice, “de querer hacer realidad lo descrito en el XIX. La Unión Soviética y la Alemania nazi se presentaban como sociedades utópicas, y se lo creyeron. Fue un siglo de experimentos sociales, solo que nos fue peor que lo descrito en la literatura”.

Ante la pregunta de cómo sería la temática y arquitectura de una novela que refleje el presente, dice, al instante y entre risas: “¡Zombies!”. Y sigue con la broma, pero en esa simplificación hay vida. Lo dice una autora vigilante de la realidad, que denuncia, reivindica, alerta de problemas e injusticias sociales y políticas; lo dice una gran arquitecta de complejas y eficaces estructuras narrativas. ¿Cómo lo hace? “Me vuelvo loca”, contesta entre risas y moviendo de lado a lado su melena blanca ensortijada. “Cada libro es un mundo y un diseño y arquitectura único. Hay escritores musicales y visuales”. Ella se considera de los segundos. Y recuerda que Robert Bringhurst en La voz del significado viene a decir que un pájaro necesita su tiempo para volar, “tener las alas o la arquitectura desde el comienzo no basta para volar”.

Una imagen y una metáfora que cierra su reflexión, iniciada minutos antes sobre el arco que hay desde que empezó a escribir con 16 años y luego a publicar con 27, hasta llegar al medio centenar de títulos hoy. “Un libro es un solo libro para muchos lectores únicos y que, por lo tanto, cada uno interpreta a su manera”. Para ella, siempre presente en las quinielas del premio Nobel, el autor es como un compositor musical, el libro una partitura y el lector su intérprete, el violinista de esa partitura. “Y hay buenos, regulares y malos violinistas; al igual que compositores. Pese a que hay una fantasía posmoderna que dice que cada lector puede interpretar lo que quiera, aunque como en las partituras de Mozar hay una limitación para sus interpretaciones. No son infinitas”.

Lo que tiene claro que ha cambiado es “¡El punto de vista!”. Cuando eres joven, rememora Atwood, con voz suave y expresión entre nostálgica y sonriente, “¡nadie te mira, nadie te critica!, no hay ni espectadores ni críticos. Pero cuando publicas (entonces su rostro se torna ligeramente asombrado y teatral) aparece de la nada ese fantasma llamado crítico y no sabes quién es tu público. Esta es una gran diferencia frente a otras manifestaciones artísticas, como el teatro o el cine, donde los creadores conocen la reacción de la audiencia inmediatamente. Con la literatura, en cambio, no es así”.

Ella desde muy niña siempre jugó a intérprete y compositora. Al final se decantó por crear partituras como resultado de muchas lecturas infantiles y otras precoces, escribiendo a mano y luego pasándolo en una máquina de escribir. No hubo un libro revelador que la llevara a ser escritora. Fue un corpus de autores entre los que están Hemingway o Mansfield y la narrativa del siglo XIX donde descubrió que también las mujeres podían dedicarse a escribir.

En ellos, y en otros antes que ellos, está su origen como escritora. En la niña violinista de libros al norte de Quebec cuando hacia los cuatro años empezó a leer porque no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza de la naturaleza. “No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme”, evoca divertida Atwood. Leyó muchos, entre ellos los de Beatrix Potter o La isla del tesoro, de Stevenson; y luego más avanzados para su edad como los de Sherlock Holmes, e incluso en la preadolescencia unos que no entendía del todo, como Rebelión en la granja, de Orwell. Así descubrió la primera distopía.

Con este comienzo de su evocación que se haría circular una hora después, Margaret Atwood empezó a echar un vistazo atrás en su vida. Como prólogo, paseó por un pasillo de la Alhóndiga y se sorprendió bañada por una luz azulada que caía de lo alto, levantó la cabeza y vio que el techo era el fondo transparente de una piscina donde las personas se movían dentro del agua como en un sueño.

Articulo: http://cultura.elpais.com  12/04/2013