lundi 1 avril 2013

Antonio GRAMSCI/Cartas a mi mujer y mis hijos


Artículos
Cartas a mi mujer y mis hijos
Por Antonio GRAMSCI

Durante el régime fascista, un largo encierro separó al escritor Antonio Gramsci de su mujer y sus hijos. A lo largo de casi una década, el único vínculo que los unió fue una íntima relación epistolar, de la cual tomamos esta selección.

En 1928 escritor italiano Antonio Gramsci fue condenado por un tribunal fascista a veinte años de prisión, después de que se aboliera en Italia la libertad de prensa  y se iniciara una acérrima persecución a los opositores del régimen. Se le imputaron cargos de conspiración, incitación al odio de clases, a la guerra civil y a la insurrección violenta en contra del gobierno.

En 1927, antes de que se dictara la sentencia definitiva, estuvo confinado brevemente en una cárcel en Milán, pero luego, en julio de1928, fue transferido definitivamente a la prisión de Turi en la provincia de Bari.

Desde la cárcel Gramsci emprendió la escritura de sus famosos Cuadernos, un compendio de apuntes y reflexiones que comenzó en1929 y debió suspender definitivamente por su grave estado de salud en1935. Los cuadernos de la cárcel son tal vez la obra más divulgada del escritor italiano.

Menos conocida es en lengua española su prolífica obra epistolar. A mediados de la década de los sesenta se publicó la primera edición de L’albero del riccio, que en castellano significa “el árbol del erizo”. El libro es una recopilación de cartas escritas por Gramsci durante sus años de prisión, dirigidas a familiares y amigos más queridos. Hasta ese momento, el semblante del italiano, más allá de la figura de baja estatura, cabello desordenado, gafas redondas y rasgos típicos del sur de Italia, era el de un pensador, periodista y político, férreo opositor del régimen fascista y cofundador del Partido Comunista. Sin embargo, con el descubrimiento de más de quinientas cartas escritas entre 1908y 1937, se revelaron facetas y episodios antes desconocidos de la vida del italiano, como el prolongado cortejo que mantuvo con una violinista rusa integrante de las filas del Partido Bolchevique y quien se convertiría en su esposa: Giulia Schucht.

Pero fue en sus años de prisión en los que el epistolario de Gramsci se enriqueció. Muy alejado de las disertaciones filosóficas y políticas a las que tenía acostumbrados a los lectores del semanario de cultura socialista L’Ordine Nuovo, en la asidua correspondencia que mantenía con su esposa, sus hijos y su cuñada hablaba de trenes de vapor, pasando por anécdotas juveniles y fábulas infantiles, e incluso daba consejos de padre y esposo preocupado.

Para el momento de la condena sus hijos tenían cuatro y dos años. A Delio, el mayor, lo conoció en un viaje a Moscú, cuando el niño iba a cumplir tres, y solo lo volvió a ver un par de veces más. Mientras que a Giuliano, dice Gramsci en una de las cartas, lo imagina solo por lo que le escribe. Los niños habían nacido y vivido en Rusia, la entonces urss, así que su madre tenía que traducir al ruso las cartas de Antonio, mientras que Tania, hermana de Giulia –quien residía en Italia y visitaba a Gramsci religiosamente–, hacía lo propio traduciendo al italiano las misivas de los niños.

Gramsci murió en 1937 consumido por la tuberculosis, días después de que se le concediera la libertad plena. Para entonces sus hijos tenían doce y diez años. Lo que fue de sus vidas se conoce poco. Delio acabó siendo coronel de la Marina soviética y solo su muerte en 1982 impidió que pudiera ser nombrado almirante. Giuliano siguió los pasos de su mamá, se hizo clarinetista y especialista en música. Lo último que se sabe de él es que en 2007, a sus 81 años, ejercía como profesor de flauta en el Conservatorio de Moscú.

El único vestigio de la escasa relación que mantuvo Antonio Gramsci con sus hijos es la correspondencia de la que ofrecemos esta selección. A través de ella resulta difícil descifrar cómo era el lazo que unía a la familia. Sin embargo, a pesar de la distancia y la angustia, en estas cartas el escritor es tan afectuoso y dulce como severo: parece estar escribiendo a un par de adultos y recordar a ratos que se trata de dos niños casi desconocidos a los que ama. En estas cartas, que pasaron por muchas manos y sobrevivieron a tres de los cuatro corresponsales, la voz del autor se escucha con la misma fuerza que el cariño del padre.
—C. C.

***
El intrépido pionero
Querida Giulia:

Cuando vivíamos en Roma, Delio solía creer que yo era capaz de arreglar cualquier cosa dañada, ¿te acuerdas? De seguro él ya lo olvidó. Me preguntaba si Delio tiene la misma tendencia reparadora; a mi gusto este es un indicio positivo de carácter, mucho más que ser un experto en el consabido juego de mecano. Parecía preocupado por la torpeza de Giuliano, pero dile que con algo de pegante puede arreglar el sombrero para que no termine convertido en un trapo más de la casa. 

Giulia, te equivocas si piensas que yo de pequeño tenía tendencias literarias y filosóficas. Por el contrario, era un intrépido pionero. Nunca salía de casa sin una buena cantidad de granos en los bolsillos, y fósforos envueltos en pequeños pedazos de tela encerada. Tomaba estas precauciones porque temía ser abandonado en una isla desierta y verme en la obligación de sobrevivir por mis propios medios.

Además era un fiero constructor de barcos y carretillas, y un conocedor obsesivo del lenguaje del mar. Estaba por completo obnubilado por estas cuestiones porque a los siete años había leído Robinson Crusoe y La isla misteriosa. Tanto que llegué a considerar que mi mayor hazaña había sido construir un modelo de velero en papel, que el vendedor de una papelería del pueblo me pidió para después reproducirlo en lata. Así que deja de preocuparte, una vida infantil como aquella de hace treinta años es imposible. Hoy los niños nacen y ya tienen ochenta años como el chino Lao-Tsé. La radio y el aeroplano parecen haber destruido para siempre el robinsonismo, fuente de las fantasías de muchas generaciones. La invención misma del renombrado mecano es un indicio de que los niños ahora se intelectualizan a una velocidad vertiginosa. Sus héroes ya no tienen nada que ver con Robinson; ahora son el policía o el científico ladrón, al menos en Occidente. Así que no seas tan dura con Delio, no lo juzgues.

Hace poco me escribiste cuánto pesa Giuliano pero no dijiste nada acerca de su estatura. Tania me contó que Delio pesa dieciocho kilos y que mide un metro y ocho centímetros. Por más tonto que te parezca, estas noticias me interesan porque logro hacerme impresiones vivas de los niños. Tú me cuentas poco, te pido que lo hagas, llena las cartas de noticias de todo tipo; quiero saberlo todo de ustedes.

¿Sabías que le dije a Tania que te llevara una máquina fotográfica de mi parte? Me acordé que te había prometido una. Con respecto a tu mamá, ahora que no es temporada de castañas me resulta imposible mandarle unas, pero recuerdo que quedó un poco desilusionada aquella vez que llegué con las manos vacías. Por eso le pedí a Tania que hiciera una selección de cigarrillos de distintas regiones del país y se la diera en mi nombre. ¿Le gustará? Estoy seguro de que sí. 

Querida, te abrazo fuerte con los niños,

Antonio

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El cigarrillo en la chimenea
Querido Delio:

Sé que vas al colegio, que mides un metro y ocho centímetros y que pesas dieciocho kilos. Me gusta pensar que ya eres un hombre grande y que dentro de poco me escribirás cartas. Mientras eso ocurre, puedes decirle a mamá que escriba por ti, lo que tú le dictes, claro, como en Roma –¿te acuerdas?–, cuando me hacías escribirle a la abuela. Sé que construyes aviones y trenes, pareces comprometido con la industrialización del país, pero, ¿los aviones pueden volar y los trenes andar? Si yo estuviera allí contigo, pondría un cigarrillo prendido en la chimenea para que se viera un poco de humo. Además me tienes que dar noticias de Giuliano, ¿también es un constructor o es muy pequeño todavía para merecer ese título? En todo caso, quiero saberlo todo, y como me han dicho que eres un poco parlanchín, estoy seguro de que me escribirás una carta larga, con la mano de mamá por ahora.

Por mi parte yo te escribiré sobre una rosa que planté y una lagartija que quiero educar. Besa de mi parte a Giuliano, a mamá y a todos en casa, y mamá te besará por mí,

Antonio

PD: pensé que quizá no conoces las lagartijas: son una especie de cocodrilos que se quedan siempre chiquitos.

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Los juegos de Stlivi
Querida Giulia: 

Me gusta que hayas notado en Delio una seriedad interior que parece no poder destruir el amor por la alegría.

Debo confesar que soy presa de una profunda tristeza cada vez que me doy cuenta de que he sido privado de la posibilidad de participar en el desarrollo de la personalidad y la vida de los niños. Además, siempre me llevé bien con los pequeños, me hacía amigo de ellos y lograba interesarles.

Me acuerdo bien de la nieta de la casera en una pensión donde viví en Roma: tenía cuatro años y su nombre era impronunciable porque lo habían tomado de la tradición turca. Apenas si alcanzaba el pomo de la puerta de mi cuarto. Su abuela le había prohibido interrumpir mi trabajo de escritura, así que se acercaba con cautela y daba un par de golpes suaves y tímidos, casi imperceptibles. Entonces yo preguntaba: “¿Quién es?”, y ella respondía con arrebato: “¡Stlivi! ¿Quieres jugar?”. Después entraba como una ráfaga y me ofrecía una mejilla para que le diera un sonoro beso. Me pedía siempre que le hiciera pajaritos, o los cuadros extraños que resultaban cuando lanzaba de manera azarosa gotas de tinta sobre el papel.

Querida, te abrazo con afecto.

Antonio

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Homero duerme
Querido Giuliano:

Te leíste medio libro de Wells y ya quieres juzgar toda su obra. No seas impulsivo, se trata de un autor prolífico, ha escrito un buen número de novelas y ensayos históricos, entre otras cosas. 

Te voy a contar algo: el escritor más grande de la antigua Grecia fue Homero, y Horacio el más grande de los latinos. Aunque, ¿sabes?, alguna vez Horacio escribió que Homero de tanto en tanto dormitaba.

Claro, Wells, en comparación con Homero, duerme al menos 360 días del año. Pero podría ser que en los restantes cinco o seis –si el año era bisiesto– estuviera lo suficientemente despierto como para escribir algo bueno y resistente a la crítica. 

Además, tú también eres un desordenado. La carta está escrita a las carreras, con muchas frases a medio camino como si dieras poca importancia a tu falta de atención. Creo que lo puedes hacer mejor. Por eso no te voy a juzgar, no voy apresurarme a decir: “¡Pero mira qué asno tengo de hijo!”. 

Querido Giuliano, no te tomes a pecho todo lo que te digo, sigue escribiendo y verás cuánta fuerza toman tus juicios. Siento mucho no poder discutir contigo frente a frente. No creas que soy un tipo pedante, me encantaría burlarme contigo y con Delio de cualquier cosa, y contarles cuáles eran mis intereses en la juventud.

Te abrazo con cariño,

Antonio

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Un poco de envidia 
Querida Giulia: 

Recibí tu carta pero las fotografías parecen haberse quedado en el camino. Espero ansioso poder verte a ti y a los niños juntos en una foto, como en la que me enviaste el año pasado. En las imágenes en grupo hay una suerte de dramatismo, de dinamismo que hace palpables las relaciones humanas. Si pudiera extrapolarlas de la imagen soñaría con cuadros y episodios concretos de la vida en familia; claro, necesitaríamos la ayuda de un buen fotógrafo.

A ti te conozco bien y siento que puedo seguir, como en una tira de fotogramas, la secuencia de cada uno de tus movimientos, pero me cuesta recrear el lazo que te une a los niños.

Te debo confesar que estoy algo celoso porque no puedo estar ahí para ver la frescura de los pequeños, y me angustia pensar que no puedo ayudarte a guiarlos y educarlos. 

Te abrazo, querida,

Antonio

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Seres monstruosos
Queridísima Tania:

No creo haber sido nunca un periodista que vende su pluma al mejor postor. Me tomé siempre las libertades que consideré necesarias para defender mi opinión, y no escondí mis convicciones por temor a ulteriores represalias.

Es curioso que me pidas que te explique por qué algunos grupos cosacos creían que los hebreos tenían cola. Para que te tranquilices, se trata solo de una broma que alguna vez me contó un comisario político hebreo que hacía parte de la división de asalto cosaca de Orenburg, durante la guerra ruso-polaca, en 1920. Los cosacos desconocían a los hebreos porque no habitaban su territorio; sin embargo, la imagen que les había vendido la propaganda clerical era la de seres monstruosos que habían asesinado a Dios. 

De hecho, se negaban a aceptar que el comisario político fuera hebreo: “Tú eres de los nuestros”, le gritaban, “no eres un hebreo”. “Estás lleno de cicatrices, de heridas de lanzas polacas, tú combates con nosotros; los hebreos son otra cosa”.

Me parece que no tiene ningún valor que señales, a estas alturas, la importancia de los sepulcros para las civilizaciones. Es cierto que en los tiempos antiguos los monumentos funerarios eran un símbolo de la civilización, no solo por haber permanecido en pie hasta esos días sino porque con el difunto se sepultaban objetos de su vida cotidiana. En todo caso, estos sepulcros nos ofrecen un aspecto muy limitado del momento en que fueron construidos. 

Si te soy sincero, la cuestión de las razas no me interesa. Yo no tengo ninguna raza. Mi padre es de origen albanés mientras que mamá es sarda.

Por otra parte, Cerdeña se unió al Piamonte solo a partir de 1847, después de haber sido un feudo personal y un patrimonio de los príncipes piamonteses que la habían adquirido en lugar de la lejana Sicilia. 

En todo caso, mi cultura es italiana y esta es mi vida. Nunca sentí que estuviera fracturado entre dos mundos. 

Además, en Liguria ya nadie se escandaliza si un marino trae a una mujer negra a casa. No se ensalivan el dedo y van a tocarla para cerciorarse de que no se destiñe, y no creen que las sábanas en las mañanas queden entintadas de negro. 

Querida, te abrazo tiernamente,

Antonio

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Los tres gigantes
Querida Giulia: 

Siento que falta en nuestra correspondencia un diálogo efectivo y concreto. Si sumamos el tiempo y la espera, es fácil olvidar lo que se escribió o de lo que se habló en cartas pasadas. En mi cabeza se refuerza la angustiosa impresión del puro monólogo.

Me siento como atrapado en ese cuento popular escandinavo: tres gigantes habitan todo el territorio escandinavo, alejados el uno del otro como enormes montañas. Después de millones de años de silencio, el primero grita a los otros dos: “¡Siento mugir una manada de vacas!”. Después de trescientos años, el segundo gigante interviene ofuscado: “¡Yo también oí el mugido!”. Otros trescientos años después, el tercer gigante emite un furioso alarido: “¡Si siguen haciendo escándalo me voy!”. 

¡Ay, Giulia! Está soplando un viento caliente proveniente del África; el aire que respiro parece tener un ligero perfume de ebriedad. 

Querida, te abrazo afectuosamente a ti y a los niños,

Antonio

***
Un golpe de sol
Tania:

Una de las rosas ha sufrido una terrible insolación. Todas las hojas y las partes más sensibles están quemadas, casi calcinadas. Tiene un aspecto desolado y triste, no te voy a mentir, pero me consuela que veo germinar pequeños brotes. Por lo menos por ahora no está muerta. Era de esperarse, en estas condiciones solo pude cubrirla con precarios pedazos de papel que el viento inevitablemente arrastraba. Habría sido necesaria una buena cantidad de paja que, además de no conducir bien el calor, evita el golpe nefasto de los rayos directos del sol. En todo caso, el pronóstico ahora parece ser favorable.

¿Sabes?, las semillas tardaron mucho en surgir como pequeñas plantas. Hay un grupo que se ha empecinado en no salir a la luz, creo que prefieren la vida subterránea. Claro, se trataba de semillas viejas y llenas de gorgojo. Las que quisieron aventurarse a la vida de la superficie crecen a un ritmo insoportable, con una parsimonia que me desespera. Siento cada día la tentación de jalarlas un poco para ayudarlas a crecer, pero dudo y quedo suspendido e indeciso entre dos concepciones del mundo y la educación: si dejar a la naturaleza tener su desarrollo normal, o si forzarla introduciendo la mano humana en la evolución, y con ella, el principio de autoridad. Hasta ahora, el conflicto parece no poder resolverse, y la tensión en mi cabeza me hace torpe para actuar. 

Te dije antes que algunas de las semillas eran bellísimas; con eso me refería a que puedo comer las plantas. De hecho, algunas se parecen al perejil y a las cebollas, más que a plantas de flores.

Las seis plantas de achicoria se sintieron desde el primer momento como en casa, no temen al sol y ya se ven los frutos que darán las semillas para las siembras futuras. ¡Las dalias y el bambú duermen debajo de la tierra y no dan ninguna señal de vida! Las dalias en particular creo que no tienen posibilidad de despertar.

Bueno, ya que estamos hablando de plantas, te pido que me mandes unas cuantas semillas. Primero de zanahoria, y –aunque no quisiera parecer exigente– te ruego que sean de zanahoria pastinaca pues me recuerda momentos placenteros de mi primera juventud; recuerdo que en Sassari, antes de la guerra, veía zanahorias que pesaban poco más de medio kilo y costaban escasos centavos de lira. Envíame también guisantes, espinaca y apio. En un cuarto de metro cuadrado quiero plantar cuatro o cinco diferentes semillas, solo para ver qué pasa. 

Te abrazo, querida,

Antonio 

Articulo: http://www.elmalpensante.com 12/2012

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