dimanche 21 avril 2013

CABALLERO BONALD/ Premio Cervantes


Caballero Bonald. Premio Cervantes
Por Blanca BERASÁTEGUI

El próximo martes es la gran fiesta del libro. Pepe Caballero Bonald (Jerez, 1926) recibe el premio Cervantes en Alcalá; las calles de toda España se poblarán de libros, autores y rosas, y Madrid celebrará su Noche de los Libros con cientos de actividades. El Cultural se suma a la fiesta revisando, con el poeta gaditano, sus fotos secretas; estudiando su último libro, Oficio de lector, toda una declaración de principios literarios, y descubriendo la historia de un libro esperadísimo a través de su autor, editor, librero, lector...

El discurso del Cervantes

El discurso, el día 23, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, lo va a partir José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926) en dos mitades. La primera, como es tradición, la dedicará a Cervantes, pero a un Cervantes casi desconocido, el Cervantes oscuro, solitario, cautivo, el perdido en la Italia renancentista, el que vagaba por la Sevilla babilónica a finales del XVI y principios del XVII, autor todavía entonces de un solo libro, La Galatea. “Voy a hablar -dice Caballero- de las zonas en penumbra de su biografía, de sus trabajos oscuros, que siempre me han interesado. El propio Cervantes lo dijo: ‘Durante una década larga abandoné la pluma porque tenía otras cosas'. ¿Cuáles eran todas esas cosas?”. 

La otra mitad del discurso la dedicará el premiado a la poesía y a su valor cauterizante, casi terapéutico “ante las ofensas de la vida”. Hablará Caballero Bonald de la poesía “como autodefensa, como lenitivo, de esa poesía consoladora, salvadora, sí, de la poesía como salvación”, remata el poeta con energía. 

Sobre todo poeta

“Un escritor se salva si ha escrito un buen poema”, dice. “Con uno es suficiente”, insiste, y él confía en que se salvará. ¿Qué poema le salvará? Duda hoy el poeta, y responde: “Formaría un poema con fragmentos de poemas de distintos libros. Si recorremos el camino que va de Descrédito del héroe a Entreguerras yo creo que juntando varios fragmentos tendríamos un poema que tal vez me sobreviviría. Pero no soy yo quien deba decirlo”. Caballero Bonald publicó su primer libro de poemas, Las Adivinaciones, en 1951, que fue accésit del premio Adonais. Llevaba años ya en contacto con los poetas gaditanos del grupo Platero, había leído bien a los poetas del 27, a Juan Ramón, a Góngora; empezaba a publicar en la revista leonesa Espadaña, contactaba con el grupo “Cántico”, es decir, vivía la poesía, se sentía poeta, como se sigue sientiendo hoy, por muchas novelas y libros de memorias que luego le hayan sucedido.”Es la máxima temperatura que se puede conseguir con el instrumento del idioma”, afirma, y tiene claro dónde están los puntos más calientes de la poesía española de todos los tiempos: “en las Soledades, de Góngora y en Espacio, de Juan Ramón Jiménez”. 

El escritor apenas recuerda las circunstancias y porqués de esta foto: “No creo que se haya publicado nunca”. De lo que sí está seguro Caballero Bonald es de la época disparatada a la que pertenece: “días de salir hasta el amanecer, de beber mucho, de reuniones surrealistas hasta las tantas en la casa de Cela, con Carlos Edmundo de Ory, García Nieto, Ángel Crespo, Fernando Quiñones... ‘y la noche comenzaba a no tener paredes'. Cela era entonces una persona compleja, extremadamente histriónico, que pasaba de las buenas maneras a la hostilidad con gran facilidad, y esa mezcla se conjugaba mal”. Nunca tuvieron una relación grata, pese a haber trabajado juntos años más tarde, desde 1956 a 1959, en la revista Papeles de Son Armadans que Cela dirigía desde Mallorca. “Nos sobrellevábamos solamente, dice hoy el escritor mirando atrás, sin ánimo de hurgar en los malestares de entonces. Al contrario, se queda Caballero con la experiencia riquísima de Papeles, “que supo canalizar en sus páginas la literatura del exilio (Ayala, Max Aub) y acoger la mejor poesía del momento (Ángel González, Barral, Gil de Biedma). Esa vocación de puente entre la literatura del interior y la del exilio que tenía Papeles fue muy ilusionante”. 

Colombia en el corazón

Caballero Bonald había llegado a Bogotá el año anterior, en 1960, para enseñar literatura española en su Universidad. Pasan los años y el escritor sigue contando lo que supuso Colombia de frontera, de nítida raya divisoria en su biografía personal y literaria. Esos tres años de Colombia le cambiaron la vida. Viajó mucho por el país, disfrutó de su naturaleza lujuriosa, navegó por sus grandes ríos, escaló sus montañas, se metió en la selva. Fue feliz. Además, se integró pronto y estrechamente en los círculos literarios colombianos en torno a la revista Mito que pastoreaba a una magnífica generación de escritores, de García Márquez a Gómez Valderrama, y tantos otros. “Viví muy plenamente, no tenía problemas económicos, escribí mi primera novela, Dos días de septiembre, tuve mi primer hijo, sembré varios árboles...” 

Y entabló amistad con Jorge Guillén. Se veían prácticamente a diario, paseaban en la universidad, hablaban de poesía y “reencontrarme con ellos (también con Alberti y María Teresa León que estuvieron allí) era vivir la realidad del exilio” que a Caballero le ensanchaba el alma. La relación alcanzó lo personal y siempre recordará a Guillén como una persona caballerosa y divertida a la que tenía respeto. “Ese respeto al escritor mayor que ahora ya no existe”, dice, con suave fondo de lamento. Queriéndolos, no eran Guillén y Alberti poetas que formaran parte de sus preferencias literarias. Dice hoy: “A mí siempre me han emocionado más Cernuda y Lorca. Y Rosales. Y después Valente, Gamoneda, Claudio Rodriguez, Barral...” 

El escritor viajó después a París, a Cuba (donde había nacido su padre), a México, a Italia, Puerto Rico, pero siempre le quedará Colombia. ¿Y ahora? Pepe Caballero prefiere ver pasar plácidamente la vida desde ahí, desde donde está hoy, en Sanlúcar, frente al Atlántico, junto a Doñana, ejercitando su último oficio de lector. 

Familia armoniosa

El poeta tuvo cinco hijos, todos en la década de los 60, y le envuelve ahora, en su atalaya dorada de los ochenta y seis años, la sensación placentera de haber creado una familia armoniosa, divertida, cómplice, alborotada de risas y conversaciones. “Incluso había muchas veces una especie de confabulación, de conspiración entre todos”. Caballero Bonald ha sido un padre que estaba en casa, que escribía por lo general de noche y que, en ese reparto de funciones tan fuertemente anclado entre nosotros, contaba siempre con su mujer, Pepa Ramis, que cuidaba, organizaba, “hacía, sí, que los niños no agobiaran, no me incomodaran”. Para el escritor, la familia ha sido un lugar grato y atractivo en el que estar. “Lo hemos pasado muy bien juntos, en las comidas, en los viajes. Naturalmente, hubo baches, zozobras, malos pasos, pero en el balance final estoy satisfecho”. Pepa y Pepe tienen seis nietos, “pero la relación con ellos es otra cosa, más distante”, dice. “Me quedo con los hijos”. 

Memoria y compromiso

Cuando Caballero Bonald acabó de escribir La costumbre de vivir (2001), el segundo tomo de sus memorias (el primero lo tituló Tiempo de guerras perdidas, 1995) sabía que no iba a acabar de recorrer esa senda de la memoria: “demasiadas cosas, excesiva complicación, tiempos durísimos”, argumenta ahora. Y abandonó el camino. “Sí, lo abandoné en 1975, el año que murió Franco, que para mí, y para tanta gente de mi edad, fue un fin de trayecto y un punto de partida, que me iba a resultar muy complicado memorializar”. Es como si se acabaran aquellos días de vino y cantes, de amigos y literatura que rezumaban los dos primeros volúmenes de la “novela de su memoria”, y empezaran los tiempos agrios poco aptos para la lírica. 

“Yo creía que la llamada Transición iba a ser como un respiro después de casi una vida entera -desde los 10 a los 50 años- de dictadura, pero sentí una gran frustración” recuerda ahora el escritor. Llegaron “unos años angustiosos, de una violencia extrema, tanto desde la extrema derecha como desde la izquierda más radical. Hablo de esos años entre 1975 y 1981, de la muerte de Franco al 23-F. Mira que yo, durante el franquismo, y sin pertenecer a partido alguno, participé en agitaciones universitarias, pero nunca nada como esos primeros seis años de zozobras que siguieron a la muerte de Franco”. 

“Lo de ahora es otra cosa”, remata relajadamente el escritor. “Lo que ocurre ahora es que estamos al final de un ciclo histórico, en el fondo de la curva de esa línea sinuosa que marca la Historia, y sí, son tiempos difíciles, tiempos de una degradación moral generalizada, de malos modales éticos y políticos, de tensiones extrañas. Pero esto se va a acabar, y pronto. Intuyo un cambio brusco y una nueva etapa. Sí, vamos a salir a flote”. 

No es tiempo de guerras perdidas para Jose Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes. 

***
Oficio de lector
Por Darío VILLANUEVA

José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral. Barcelona, 2013. 606 páginas, 22 euros

Leyendo este Oficio de lector recordé a Gabriel Zaid, cuando aventura que “el problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir”. 

La noticia del premio Cervantes pilló a José Manuel Caballero Bonald, según lo que ha trascendido, corrigiendo las pruebas de sus ensayos sobre el escritor alcalaíno que abren esta compilación. Son algo menos de cien textos organizados cronológicamente en tres bloques que nos llevan hasta la gente del medio siglo. En 2006 las Relecturas de Caballero Bonald, publicadas en su patria chica, reunían en tres tomos el triple de piezas, ampliando considerablemente lo que era un volumen anterior, de 1999, titulado Copias del natural. Algunos de aquellos escritos -reseñas, prólogos, conferencias, artículos o intervenciones con motivo de una efemérides- reaparecen aquí, junto a otros publicados hasta 2012, y todos ellos se ensartan a través del oficio que el título anuncia. “La obstinada idea de que el lector justifica la literatura” está en el origen de este nuevo proyecto, arropado antes de su primera página por una cita de Joseph Conrad que ratifica lo que la fenomenología literaria viene afirmando desde Ingarden: que el libro que no es leído tiene apenas una existencia virtual. 

Caballero Bonald contradice, pues, la deriva posmoderna denunciada por Zaid. Su creación nace de una experiencia anterior, la de la lectura, y estos términos reaparecen una y otra vez aquí para hacer cierto el título de uno de nuestros grandes libros de crítica, La experiencia literaria de Alfonso Reyes. 

El maestro mexicano distinguía también en El deslinde tres momentos en la relación entre lector y obra: a la primera impresión, que constituye la respuesta más espontánea y natural a lo que leemos, puede seguir la exégesis o análisis de los porqués del goce literario para llegar a la culminación del juicio crítico. Su oficio de lector lleva al poeta, novelista y memorialista andaluz a desnudar en estas páginas estas tres actitudes. El libro tiene, así, no poco de autobiográfico, no solo porque Caballero Bonald nos cuente cuáles fueron sus primeras lecturas y fascinaciones, sino también porque muchos de los autores reseñados fueron para él amigos o compañeros de andanzas varias. Esta dimensión puede justificar también la significativa presencia de las letras hispanoamericanas. Su experiencia colombiana, propiciadora del contacto con cenáculos tan destacados como el de la revista Mito, le hace conocedor genuino de la trayectoria de un Jorge Gaitán, de un Eduardo Cote, un Álvaro Mutis o el propio Gabriel García Márquez. Allí, curiosamente, intima con Jorge Guillén al que antes solo había leído. Y en general podemos decir que con ello, unido a su propia estirpe cubana y su reencuentro con la tierra de Lezama y Carpentier, no solo se explican algunos rasgos de su obra novelística sino su convencimiento de queel mestizaje ha sido vital para la literatura en español tal y como desarrolla en “Carlos Fuentes y la lengua rescatada”. 

No renuncia nuestro premio Cervantes a ejercer el juicio, a participar de “la ardua incumbencia del crítico”. Incluso cuando trata de autores como Espronceda, a los que ha dedicado mucha antención, se atreve a valorar lo “abigarrado y desilvanado, con zonas de virtuoso rango poético y momentos opacos, desvaídos” (p. 134) de sus poemas mayores. Ni tampoco es ajeno a la dimensión comparatista que pone en su sitio el valor relativo de nuestra poesía del XIX frente a un Baudelaire o un Mallarmée. Pero donde Caballero Bonald se muestra más firme y sutil es en las consideraciones teóricas y críticas, sobre todo de la poesía. Me reconforta asentir, así, a sus reservas acerca del supuesto surrealismo de Poeta en Nueva York, que tan solo admite como mera “contingencia tangencial”, y descubrir la dimensión lírica del pintor en “Leer a Picasso”. Asimismo, es de destacar su defensa de la poesía como “primordial hecho lingüístico” (p. 508), idea que mantiene desde su capítulo sobre Quevedo hasta los que dedica a Carlos Barral, y lo identifica con la lectura que Jaime Gil de Biedma hizo de T. S. Eliot allá por años cincuenta y con la crítica coetánea de Emilio Alarcos Llorach, hermanado no solo por estas afinidades electivas con Ángel González. Blas de Otero, José Ángel Valente o Claudio Rodríguez. 

***
Setenta años de versos de Caballero Bonald

En Sombras le avisaron celebra el homenaje que se hacen lenguaje y vida

La poesía envuelve incluso la narrativa y el ensayo de José Manuel Caballero Bonald. La Universidad de Alcalá edita su antología, 'Sombras le avisaron', que toma el nombre de uno de los poemas recogidos en 'Laberinto de fortuna'. Desde su primer libro, 'Las adivinaciones', este volumen recorre la obra poética del Premio Cervantes, marcada por la voluntad de que a las palabras nunca les falte el significado. Setenta años de versos.

A continuación se pueden leer una nota introductoria de Caballero Bonald y algunos de los poemas de 'Sombras le avisaron'.

Nota

No sé si estos son mis poemas más aceptables, pero son los que yo prefiero. Por supuesto que esas predilecciones están siempre subordinadas a la propia movilidad del gusto. El gusto es una facultad casi nunca inocente que va modificándose con el natural paso de los años. Lo que hoy resulta grato o razonablemente valioso muy rara vez coincide con lo que se opinaba ayer o se pensará mañana. Claro que el gusto también puede depender del estado de ánimo o de la graduación sensible del conocimiento, incluso de esa eventual propensión a elegir determinadas formas léxicas o ciertos modales sintácticos. La presente antología ha tenido algo que ver con todo eso. En ella caben poemas escritos a lo largo de más de sesenta años, que es cómputo cuando menos llamativo. He seleccionado los textos que conservan una mayor afinidad con lo que ahora más me concierne de la poesía: su poder, como tal construcción verbal, para que el significado de las palabras suponga algo más de lo que recogen los diccionarios.

J.M.C.B.
Playa de Montijo (Cádiz), febrero de 2013

Ceniza son mis labios

En su oscuro principio, desde
su vacilante estirpe, cifra inicial de Dios,
alguien, el hombre, espera.

Turbador sueño yergue
su noticia opresora ante la furia
original de la que el cuerpo es hecho, ante
su herencia de combate, dando vida
a secretos quemados,
a recónditos signos que aún callaban
y pugnan ya desde un deseo mísero
para emerger hacia canciones,
mudo dolor atónito de un labio, el elegido,
que en cenizas transforma
la interior llama viva de lo humano.

Quizá sólo para luchar acecha,
permanece dormido o silencioso
buscando, besando el terso párpado rosa,
el pecho inextinguible de la muchacha amada,
quizá sólo aguarda combatir
contra esa mansa lágrima que es letra del amor, contra
aquella luz aniquiladora
que dentro de él ya duele con su nombre: belleza.
Allí en el torpe sueño todos
los simulacros de la fe consume,
difunde apenas con fugaz certeza,
unitivo rescoldo de sus vivientes brasas.

En tanto el hombre lucha: existe,
traduce la armonía furtiva del azar,
bebe en los borbotones de su tiempo,
se confina en la fiebre donde afloran
su linaje, su origen, su imposible
destino de buscador de Dios,
de elegido que espera,
ahora,
todavía,
encender la ceniza de sus labios.


Mientras junto mis años con el tiempo

Cuántas veces, al acabar el día,
perdiendo pie en las aguas agolpadas
de mis años, he visto arder, gemir
el cargamento de mi vida, sólo
pendiente del precario hilo trémulo
de algo que aún mantiene su vigencia
sobre mi corazón, nombre arrancado
a golpes de codicia, para que
nunca pueda decir que no es verdad
que espero todavía, que consisto
en seguir esperando todavía,
mientras junto mis años con el tiempo
y así me recupero de la vida
que me está derrocando diariamente.

Hilo de Ariadna

Posiblemente es tarde, pero ¿cómo
poder atestiguarlo
mientras Hortensia canta y no se oye
más que su grito de musgosa
lascivia y alguien
habla con alguien de la conveniencia
de acostarse borracho? De repente
se desató la cinta, hurgando
bajo el embozo de la lámpara
por su anhelante cuerpo,
y en lo tenso del vientre vi
la cicatriz, no producida
sino por el rencor contra ella misma
con algún instrumento
preferentemente cortante.

Vaho de alcohólica música te empaña
el esmalte del rostro, Hortensia, dime,
¿hacemos algo aquí que nos impida
quedarnos juntos
hasta que ya no sea tarde? En vano
hubiese preferido desasirme, cegarme
en la borrasca, no mirar. Cuerpo feroz
y sin embargo exangüe, desplazaba
sus ya finales contorsiones
al borde de la pista. En vano
hubiese sido huir y no
por reencontrarnos. Pechos
como luciérnagas, tenues, vibrantes
por las cumbres no lácteas, ¿quién
iba a atreverse a interrumpir
su equidistante enemistad, desnudos
como estarían luego en el sopor
del trópico? Hortensia, amor mío,
nadie te va a arrastrar si tú no quieres
desesperadamente que lo haga.

Playa de Naxos, la mayor
de las Cícladas, ya a lo lejos
reverberando entre los barracones
del batey y el bullicioso verde
del manglar, difusa ahora
entre otros raudos turnos litorales
donde ni tú ni yo nos conocíamos.
Abandonada por Teseo, ¿ibas
a despeñarte tú, rebelde por instinto
como tu padre negro apaleado
en Key West, Florida? Si pudiera
reconstruir un solo
rincón de aquella playa
sin salida posible, si pudiera
volver al sitio aquel, reconocer
la cerrazón de la cabaña, andar
a tientas hasta el último
recodo del silencio, ¿oiría
algo distinto a la fricción
de unas piernas con otras, al barrunto
de alguien aproximándose
en lo oscuro? ¿Vería
aún desde allí, ya en el terrado
de Sanlúcar, asiéndome
al parteluz de la ventana, el bulto
azul de los faluchos y, más cerca,
la agitación de las fogatas
que encendían los sigilosos areneros?

Imágenes sin ojos pasan
con más tenacidad que el giro
extenuante del recuerdo. Hortensia,
hija de Minos, no
es tarde todavía, ven, veloces
son las noches que hemos vivido ya:
aun estamos a tiempo
de no querer salir del laberinto.

Articulo: http://www.elcultural.es 19/04/2013

***
LITERATURA
José Manuel Caballero Bonald: "Nunca he comulgado con ruedas de molino"

El escritor español recibe el martes el Premio Cervantes.

El escritor José Manuel Caballero Bonald recibe el próximo martes el Premio Cervantes tras una vida entregada a la literatura y marcada por dudas, incertidumbres y zozobras, pero también por "la independencia y el no ser sumiso a nada". "La desobediencia me ha hecho ser el que soy", asegura.

"La independencia es fundamental y me ha hecho no comulgar con ruedas de molino", afirma Caballero Bonald en una entrevista con Efe, que tiene lugar en el salón de su casa de Madrid, en el que apenas hay hueco ya para más libros, como sucede en el resto de las habitaciones. "No quedan paredes libres", comenta con su sonrisa burlona.

Se acerca el gran día, y el escritor, que ha ganado numerosos premios a lo largo de su vida, reconoce que se siente "bastante abrumado" por el protocolo que rodea la entrega del Premio Cervantes, por "la presencia de los príncipes y las autoridades, y por la solemnidad del acto, un poco arcaica".

"Eso habrá que soportarlo. Yo no sé cómo lo haré pero supongo que saldré ileso", dice con humor Caballero Bonald (Jerez, Cádiz, 1926), que espera haber superado para el martes el catarro que padece desde hace días y que podría dificultarle la lectura de su discurso, el momento más esperado de la solemne ceremonia.

En ese discurso, el  escritor hablará de la poesía de Cervantes, "tan apresuradamente infravalorada, y de sus vínculos con la libertad". Le atrae "mucho" esa imagen "medio nebulosa" del autor del Quijote, que durante años abandonó "las comedias", como él decía, porque tenía "otras cosas en qué ocuparse"; sus "viajes repentinos, las huidas, la corte de Felipe II, la abigarrada Sevilla babilónica de finales del XVI y principios del XVII".

Al agradecer el premio, también se referirá "al valor consolador de la poesía". Por experiencia sabe que ayuda "a defenderse contra las ofensas de la vida".

"Yo creo que la poesía sirve para no decepcionarse del todo, para poder abrirse camino entre las zozobras de un mundo como el actual, tan lleno de miserias y de corrupciones", asevera Caballero Bonald, que el 23 de abril estará acompañado por su mujer, Pepa Ramis; por dos de sus cinco hijos y por tres nietos, "los primogénitos de los tres hijos casados". "Todos juntos hacen multitud, así que hemos considerado prudente hacer una selección", comenta con sus ojos chispeantes.

Pero este poeta, novelista, ensayista y memorialista está muy preocupado por la situación actual de España y se siente "moralmente obligado a hacer algún comentario sobre la degradación actual de la vida social y política".

"Pienso que estamos en el final de un ciclo histórico, con todo lo que eso representa de extremismos morales y materiales, y me parece inevitable recordarlo de alguna forma en mi discurso", señala este escritor, superviviente, junto con Francisco Brines, de la llamada Generación de los 50, a la que también pertenecieron José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez y Ángel González.

Caballero Bonald tiene 86 años y lleva 65 dedicado a la literatura, una entrega que "sin duda ha merecido la pena".

"Estoy satisfecho de lo que he escrito. He escrito lo que he querido, como he querido. Y por lo menos hay unos cuantos libros que creo que permanecerán y que me van a sobrevivir. No es una petulancia, es una certeza de tipo intelectual", afirma el escritor.

Esos libros serían "Ágata, ojo de gato", una novela que quiere "mucho" y en la que recreó "el viejo mito de la 'mater terra' que castiga a todo el que pretende ultrajarla", y, en poesía, elige "Descrédito del héroe" y su última obra, "Entreguerras", un largo soliloquio que fue "una sorpresa" incluso para él mismo porque lo escribió "casi de repente, en circunstancias casi anómalas".

"Sentí la torrencial necesidad de escribir, de recoger los recuerdos que se me habían quedado perdidos, aislados, desconectados de mis memorias y de mis otros libros", explica Caballero Bonald, antes de insistir en que ya no publicará más libros.

"A largo plazo, no me puedo plantear ningún libro porque ya me quedé sin plazos", dice, socarrón, el escritor gaditano, que sí seguirá haciendo "algún que otro poema". "Sólo con eso ya está más que justificada ahora mi vida literaria".

Ha cultivado casi todos los géneros, pero Caballero Bonald se considera principalmente poeta. "Una parte del trabajo creador dentro de la poesía es intuitivo, y esa intuición yo la tengo, se me da por añadidura".

"Hay una serie de palabras que de pronto se me juntan en la cabeza y te abren un mundo especial; te rompen un sello y puedes asomarte a través de esas palabras a un mundo desconocido, a una realidad recién descubierta. Y eso es la poesía", subraya el autor de poemarios como "Laberinto de fortuna", "Diario de Argónida" o "La noche no tiene paredes".

Siempre ha reivindicado "la duda, la incertidumbre, la zozobra", entre otras razones porque "suponen a la larga un incentivo creador" y ayudan a "buscar la mejor salida del laberinto" que es la vida.

Además, "¿qué es la verdad? A mí me gusta dudar de que existen verdades. La verdad siempre es sospechosa de algo, como decían los clásicos", señala.

A los 86 años, es lógico tenerle "un cierto miedo a la muerte", aunque no supone para él "un pensamiento obstinado".

"El concepto de la muerte realmente te alarma, porque es un misterio. Como es un misterio la propia vida", dice este escritor cuya "ambición", cuando se muera, sería convertirse "en un pájaro de Doñana", la Argónida de su obra literaria. "Un pájaro de Doñana es para mí la libertad absoluta".

Y también le tiene miedo "a la indignidad, al abuso de poder, a la vileza, a la moral del filibustero. Tengo miedo a los miedos irrazonables", concluye.

Articulo: http://www.eluniversal.com 20/04/2013

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