dimanche 21 avril 2013

El Principito/70 años de un libro que vino para quedarse


El Principito: 70 años de un libro que vino para quedarse

En 1943 aparecía la obra más famosa de Antoine de Saint-Exupéry, el aviador que, tras un accidente en el desierto, escribe un cuento en el que expone su filosofía de vida que impactó a millones.

El surgimiento de este libro escrito tras un azaroso aterrizaje forzado en el desierto del Sahara, llevó a su autor a un nivel de la fama que disfrutó muy poco, pues perecería en 1944 en una misión contra las fuerzas alemanas que ocupaban su patria. Su avión se perdió en el Mar Mediterráneo. Tenía 44 años. Saint-Ex, como lo llamaban sus amigos, había nacido en Lyon, en el seno de una familia acomodada, y luego de varios fracasos académicos se puso a escribir y a volar aviones, lo que resultó no solo un oficio para él, sino una aventura apasionante. Llegó a escribir Correo del Sur (1929), su primera novela, en la que rescata la camaradería entre los pilotos de la línea postal. Un año después se trasladaría a Buenos Aires, para realizar dicho servicio desde esa ciudad con Chile y recaló también en Paraguay, donde estuvo en varias oportunidades y trabó amistad con Hérib Campos Cervera, entre otros.

El escritor y periodista Andrés Colmán Gutiérrez se inspiró en esa anécdota para escribir un cuento que da título a uno de sus más destacados libros. A su vez, la poetisa Gladys Carmagnola destaca que El Principito sigue dándonos lecciones sobre el poder, la soberbia, la vanidad y también sobre el amor y la amistad. En tanto, Damián Cabrera, narrador, opina que se trata de un libro para adultos escrito en clave infantil.

El Principito en la Plaza Uruguaya
Por Andrés Colmán Gutiérrez
Periodista y escritor

Un relato que narra la visita del escritor Antoine de Saint-Exupéry en la asuncena Plaza Uruguaya.

"Antoine de Saint-Exupéry fue a Asunción a inaugurar ese tramo a Buenos Aires, mucho antes de que escribiera El Principito... Recorrió sus calles, sintiendo de seguro la fuerza magnética de esa tierra suave y potente como la piedra-imán, oliendo el aroma fuerte a historia y a jazmines, a sangre seca, a sangre viva.

Hérib Campos Cervera lo encontró cerca de la Estación Central. Contaba que se sentaron a conversar en la Plaza Uruguaya, y que Hérib, en su mal francés, le relató el último concierto que el guitarrista Agustín Barrios dio allí, tras acarrear él mismo los bancos de la plaza para que la gente pudiera sentarse".

(Augusto Roa Bastos, "Fragmentos de una autobiografía relatada").

Estoy atrapado en este desierto verde, pensó el francés, mirando el matorral que devoraba los bancos de la plaza, las paredes de la estación del ferrocarril, las grietas del empedrado. Le gustaba ese paisaje decadente, con las vendedoras de chipá y aloja que se desvanecían en el sopor de la siesta, cual si fueran fantasmas.

"Me atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que muestra la nariz entre el pavimento de la Capital y que, de parte de los invisibles bosques vírgenes, llega a ver si los hombres mantienen aún la ciudad, si no ha llegado la hora de sacudir un poco todas las piedras. Me atraía esa forma de deterioro que no expresa sino una riqueza demasiado grande", escribiría después en su relato "Oasis", incluido en el libro Tierra de hombres.

¿Qué hacer en esta calurosa ciudad donde nada sucede? El poeta Campos Cervera, único conocido a quien le hubiera gustado saludar, había salido de viaje.

Se abanicó con el sombrero, asfixiado por el calor. A estas horas podía estar gozando del aire fresco en Buenos Aires, un café humeante con sabor a tango en algún boliche de la calle Florida, pero el viejo Laté 25 se negaba a levantar vuelo por una pérdida de aceite en el motor. El mecánico dijo que la reparación iba a tardar dos días. Tanto andar, tanto volar por el mundo, para acabar aquí, en esta ardiente y pegajosa humedad que devora las ganas de cualquier cosa.

Es como otro panne en el desierto, se dijo, recordando aquel aterrizaje de emergencia en el Sahara, cuando empezó a volar para la empresa Latecoere, uniendo Francia con África. En aquella ocasión no había encontrado más que piedras y víboras, y aquel increíble cielo de estrellas.

"¿Qué te gusta más, volar o escribir?", le había preguntado Hérib, a quien conoció en su primer viaje a Asunción, en enero de 1930, como piloto y director de la Aeroposta Argentina. Es lo mismo, contesto él. Escribir es volar y volar es escribir.

Le gustaba volar, sobre todo de noche, sintiendo el mundo a sus pies, sombrío y misterioso, salpicado de luces fugitivas. Le gustaba cerrar los ojos y sentir el ronroneo del motor acariciado por las nubes, sabiendo que ese éxtasis no iba a durar para siempre. Ya lo sabía, quizás siempre lo supo: algún día, en algún lugar, habrá un vuelo del que nunca regresará.

¿Escribir...? Escribir es simplemente una forma de prolongar el vuelo. Es una forma de seguir volando cuando el Laté 25 ya no esté en el aire. Es una forma de sobrevivir a tantos aterrizajes forzosos, a tantos pannes en el desierto.

--Nde, karai... --dijo una vocecita a su lado--. Ejoguamína che naranja.

Giró la cabeza ante ese sonido extraño y primitivo, para descubrir a un niño descalzo y de mirada traviesa, con el pelo rubio y ensortijado. Le llamó la atención. En Paraguay no se ven muchos niños rubios, y menos de un aspecto tan lumpen.

El mitã'i le pasó una naranja pelada, blanca, fresca, apetitosa.

--You no tener plata... --se excusó, en su mal español.
--No importa, karai --contestó el niño, con una sonrisa pícara--. Tomá nomás, otro día pagame.

Le dejó la fruta en la mano e hizo un gesto de despedida. El francés maldijo haber dejado la billetera en el hotel. Buscó algo de valor para darle, pero no encontró nada.

--Espera... --balbuceó--, you hacerte un dibujou.

El niño lo miró con perplejidad. El francés buscó su lapicera y una hoja de la planilla de vuelo. Esbozó unos trazos apurados al dorso. Se lo pasó.

--¡Es una caja...! --exclamó el niño.
--¿Y qué haber dentrou del caja?
--Una mbói chini. ¡Una víbora...! --se rió el mitã'i, y su risa sonó como el eco de millones de estrellas.

"Lo esencial es invisible a los ojos", pensó el francés, mientras el niño se alejaba, feliz, con su dibujo en la mano.

El Principito inmortal
Por Gladys Carmagnola
Poeta

No hemos de ser los únicos que jamás llegamos a conocer el verdadero nombre del Principito. Tampoco será excepción el haber tenido con nosotros uno tan adorable, tierno y curioso, especial como el de Antoine de Saint-Exupéry en tiempos que resultaron ser los más trascendentales de nuestra vida.

Por mi parte, he tenido no uno, sino dos, no solo en mi propio asteroide (el GCM39), sino bajo el mismo techo, contemplando las mismas estrellas, cuidando una rosa, aspirando los jazmines, compartiendo la belleza de la cotidianidad imprescindible para el crecimiento de toda persona. Pude darles nombre y apellido. Cada uno en su momento visitó los planetas que un guía excepcional iba mostrándole, sin haber aguardado una migración de pájaros silvestres para emprender el vuelo. Así lo había hecho conmigo en un remoto pasado. Y así como había puesto a mi disposición la sencillez, la pureza increíble de sus pensamientos y expresiones, también a mis principitos y a tantos otros los ayudó a ver, no a imaginar solamente, un cordero y variados tesoros a través del dibujo de una caja.

Lecciones de vida

¿Habrá quien todavía dude acerca de los maravillosos mundos que podemos encontrar apenas decidimos descubrirlos? O hasta sin proponérnoslo, como el encuentro del Principito y sus aventuras con Saint-Exupéry, consecuencia de un obligado aterrizaje en el desierto que él admiraba. Tuvo que ser en las arenas de la Tierra donde ambos se vieran por primera vez, durante uno de los tantos vuelos que como piloto lo habían familiarizado con los confines del firmamento. De uno de los misteriosos asteroides del espíritu, el B 612, llegó el Principito un día de abril de hace siete décadas. Había decidido explorar otros lugares. Quizá debamos su viaje de exploración a la rosa coqueta y protestona que él cuidaba con amoroso desvelo y a la que dejó librada a su suerte con cuatro espinas que la protegieran durante su ausencia. El B 612 se vio privado de la sistemática tarea de limpieza que hasta a un volcán apagado él le dedicaba. Después de haber visitado otros seis planetas, cada uno de un solo peculiar habitante: un rey, un vanidoso, un borracho, un comerciante, un farolero y un geógrafo, gracias al consejo y buenas referencias de este último acerca de la Tierra, lo tuvimos aquí, donde conoció, como muchos de nosotros, un zorro y una serpiente, y sobre todo a quien nos relata la historia: el piloto, su padre espiritual, que no llegó a conocer la cariñosa admiración que hasta ahora prodigamos merecidamente a padre e hijo.

Todos los personajes con los que trata el Principito y su reacción en cada caso siguen dándonos invalorables lecciones de vida: el poder, la soberbia, la vanidad..., por una parte, y el amor, el valor de la amistad, la fuerza de voluntad y disciplina..., por la otra, y siempre con expresiones tan sencillas y corrientes que hasta podrían pasar inadvertidas si no encerraran en cada caso un hermoso o un patético retrato y la posibilidad de elección del sentido que podemos dar con nuestras acciones a nuestra vida. Permanente alegoría que alberga muchas otras siempre a nuestra disposición en doscientas lenguas, de las cuales la edición en español de Emecé, siempre conmigo, data de 1951, en traducción de Bonifacio del Carril, con apropiadísimas ilustraciones de Saint-Ex, como dicen lo llamaban sus amigos, de los que acaso más de uno conoció cuando estuvo en nuestro país y entre quienes hubiera querido contarme.

La imaginación domesticada
Por Damián Cabrera
Escritor

Hay una primera distancia. Lejos, la experiencia inicial del mundo, la percepción de las cosas que sin el filtro de la clave aparecen, cada vez, insólitas ante la mirada. Y una segunda instancia: el ingreso al orden de ese mundo, y la expresión del mismo y de los conocimientos que suscita a través de sus símbolos. Entre estos dos puntos imaginados se despliega una distancia, en apariencia insalvable. Pero, sorteando la nostalgia fácil, Antoine de Saint-Exupéry nos acerca en este pequeño libro a los mundos perdidos y a las visiones olvidadas de un mundo.

El Principito es la metáfora de muchas cosas, y entre ellas, la de una pérdida, pero también la de un retorno; en suma, el encuentro con la imaginación, sofocada por el orden de lo simbólico, por la ley de los adultos y de la razón.

El piloto se ve obligado a descender en el desierto, debido a una avería en el motor de su nave. Distante de cualquier población humana, la aparición de un pequeño niño rubio, que le interpela sobre sus acciones y demanda su atención, se transforma en una perturbación de lo estable para el narrador: la desestabilización de la norma, de la razón, y el ingreso a los sentidos oblicuos, a los valores otros, a la imaginación.

Ese Principito, cuyo reino se reduce a un planeta diminuto, no más que un asteroide --el B-612--, hace que el narrador recupere una expectativa conocida; perdida en la búsqueda de la madurez; oculta para que quienquiera la descubriera, por ejemplo, en el dibujo de una boa. Cuando el Principito le pide a su nuevo amigo que le dibuje un cordero, y entre la representación de su deseo y la imagen ideal del mismo hay un desfase, la solución es una caja que libera la imaginación para que ella complete la apariencia del animal que se resiste a la captura sobre el papel.

La adultez y la ternura

Juzgado por muchos como un libro para adultos escrito en clave infantil, en El Principito se puede leer una pregunta por el estatuto de la ternura como dominio vedado a los adultos, atrapados en la lógica del trabajo y la acumulación.

Entre el Principito y el narrador se va construyendo, poco a poco, una relación horizontal, que posibilita aprendizajes; en el tejido de esta historia, estos aprendizajes se hacen emancipadores, desafiando la lejanía y las jerarquías. En su libro El espectador emancipado, Jacques Rancière reflexiona acerca de la imposibilidad de transferir los conocimientos, y sobre la posibilidad de construirlos en un sistema más igualitario y solidario: "Se puede así soñar una sociedad de emancipados que sería una sociedad de artistas. Tal sociedad rechazaría la división entre los que saben y los que no saben (...), hombres que hacen, que hablan de lo que hacen y que transforman así todas sus obras en modos de significar la humanidad que existe tanto en ellos como en todos".

Quizás uno de los pasajes más conmovedores de este libro, tan caro a nuestros afectos, sea el Capítulo 21. El zorro le pide al Principito que lo domestique, para que este pueda quererlo, consciente del sufrimiento que supondría un posible distanciamiento. Cuando el Principito se marcha, este le deja al zorro el regalo de su recuerdo, en el amarillo de los trigales, semejante al rubio de su pelo. Por su parte, el zorro le regala su secreto. ¿Cómo ver lo esencial, si lo esencial no está a la vista?

Articulo: http://www.ultimahora.com 14/04/2013