dimanche 7 avril 2013

Frank SCHIRMACHER/ Las promesas incumplidas de internet


Artículos
Las promesas incumplidas de internet
Por Frank Schirrmacher

En la era de internet todos pueden hacerlo todo. Todos pueden ser a la vez editores, autores y periodistas. Todos pueden participar, todos pueden ganar dinero. Ese es el mantra. Aunque ninguna de estas afirmaciones ha probado ser correcta, todavía hay quienes las repiten como loros. ¿Quién se beneficia en realidad de esta ideología? 

¡Oh, qué crepúsculo tan luminoso hemos dejado pasar! Todo  el mundo tenía sobre su escritorio  o  en su bolso aparatos que le daban más posibilidades de comunicación que las que tenía el presidente de Estados Unidos hace veinte años; un par de euros y cualquiera hubiera podido convertirse en un estudio de televisión o una editorial. Todos decían que todo  era posible, pero  desaprovechamos la oportunidad. Casi nada pasó de ser un sueño, un propósito, una estrategia; casi todo se estrelló contra alguna pared y se deshizo en el olvido. Un desastre, hay que decirlo, o  quizá un mensaje ilusorio  que, ahora que despertamos, debería dejar mucho que pensar.

No voy a hablar de la crisis de los periódicos. Hoy que, tras la insolvencia del periódico Frankfurter Rundschau y el cierre delFinancial Times Deutschland, el discurso público, lleno de automatismo pavloviano, usa términos como “oportunidades desaprovechadas”, “modorra”, “crisis” e incluso “decadencia” –no siempre inadecuados, pero siempre empleados de forma dogmática–, es hora de examinar quiénes están a bordo de este barco. Hagamos un recuento para los durmientes: diez años de internet comercial, diez años de economía de la información, cinco años de teléfonos inteligentes y por lo menos veinte años de la ideología correspondiente promulgada por los intelectuales de la red, esto es, de la buena nueva del autoempoderamiento de todos y todas como representantes de la opinión pública y de la participación individual. ¿Y qué resultó, por ejemplo en Alemania, de esta euforia del todo-es-posible-para-todos? ¿Cuán verdaderas eran las tesis sobre una tecnología que transformaría las relaciones sociales y económicas? ¿Cuánto de lo anterior no era más que el golpe publicitario más grande de la historia, proveniente de Silicon Valley?

Ochenta millones de alemanes que de la noche a la mañana se podían convertir en sus propios editores, impresores, autores… ¿Qué modelo funcionó? ¿Dónde está el nuevo Pulitzer, el nuevo Augstein, la nueva Suhrkamp?1 ¿Quién sacó provecho? ¿Dónde hay un modelo de blogs,start-ups o noticias en internet que haya funcionado así sea rudimentariamente? ¿Qué sucedió realmente con la “democratización de la información”? Todo el mundo sabe que no han faltado intentos, aunque su fracaso es legión: medios alternativos a cuyo servicio se pusieron incluso los periodistas más notables, portales de debate, periódicos online. De acuerdo, algunos logran alimentarse a sí mismos y a un par de colaboradores bajo la condición de la más extrema autoexplotación, y con cierta frecuencia uno se entera de que alguien ha puesto a andar un proyecto gracias al crowdsourcing, a Flattr o a sistemas de comisiones. Pero esto no es nada comparado con la gran promesa que habían anunciado una y otra vez los profetas de losnuevos tiempos: desde Adnation, una bolsa de mercadeo para blogs, hasta Flattr (donde uno paga voluntariamente por lo que le guste), la mayoría de los modelos económicos deja de funcionar después de un tiempo, incluso al interior de sus propios grupos de interés.

Lo anterior no dice nada acerca de la calidad de esos proyectos ni contradice el inmenso potencial creativo e intelectual que ahí se articula. El Premio Grimme Online2, por ejemplo, constituye un registro de pequeñas fábricas intelectuales muy interesantes, pero en su mayoría completamente carentes de éxito económico. Quizá porque algunos creen que a estas alturas solo la bala de plata ayudará y que solo habrá éxito cuando los demás estén bajo tierra, es que en este sector, que nunca llegó a estar realmente vivo, se escuchan tantos deseos de muerte contra los medios “tradicionales”.

El gran publicista estadounidense Thomas Frank llamó a esa estrategia, tan apreciada en los ámbitos económicos y políticos, “¡Dejemos que el futuro calme su hambre!”, refiriéndose por ejemplo a la promesa de que cada nueva generación de iPhones reprogramará el futuro de la sociedad. Y nadie toma parte en este juego del determinismo tecnológico con más placer que los periodistas. El colega Wolfgang Blau, por ejemplo, quien fuera jefe de la versión online del semanario Die Zeit –cargo en el que no generó ganancias, pero en el que vivía de la marca cuya base impresa ponía todo el tiempo en duda–, viaja ahora por el país como si fuera la resurrección del neoliberalismo. Este hombre reconocido, representante de un modelo de mercado disfuncional en todo el mundo, sostiene que el mercado ha decidido que debemos aceptar la desaparición de sectores económicos y profesiones enteras.

Pero no nos preocupemos: la salvación está en camino. Un portal especializado en economía de medios piensa que no está nada mal que los productores creen sus propias páginas de noticias; así al menos sabremos cuáles son los conflictos de intereses. ¡Qué alegría!: Apple informando sobre las condiciones laborales en China, o Coca-Cola sobre las bendiciones de la globalización. Más interesante, sin embargo, es la pregunta que ya fue planteada al final de los años noventa: ¿cómo es posible protestar políticamente contra el fetichismo neoliberal por el mercado y, al mismo tiempo, apoyar una práctica que convierte ese fetichismo en una ley natural de la física social?

Lo cierto es que la economía de la información, en su actual versión alfa, solamente ha llevado al surgimiento de gigantes industriales, a procesos de concentración que cada vez más convierten al individuo en un explotador de su propio yo. Únicamente la “ideología de California” –las llamadas “nuevas reglas para la nueva economía” que danzan en todas las cabezas y que el santo de Silicon Valley, Kevin Kelly, proclamara hace muchos años– camufla este regreso del neoliberalismo tras la máscara de una tecnoutopía. El pronóstico de Kelly, de que todo el mundo podría generar desde su casa sus 15 megabytes de fama y sus propios ingresos de publicidad, se ha vuelto realidad solo para unos pocos. El único ejemplo que se le ocurre a uno espontáneamente es el proyecto de internet de la millonaria Arianna Huffington, comprado por aol, y que es famoso por no pagarle nada a sus colaboradores.

Entonces, ¿quiénes entre aquellos que tuvieron la oportunidad de sus vidas pudieron cumplir el imperativo tecnológico-económico? Si uno toma en serio lo que los santos patronos de los intelectuales de la red pronostican y exigen desde hace años entre las conferencias TED y las asesorías de internet (un modelo de negocio en crecimiento), solo puede concluir que desaprovechamos la oportunidad, nos quedamos dormidos. Quien se limita a decir que las casas editoriales –las cuales son apenas un símbolo– desaprovecharon su chance en la red, podría decir lo mismo de todos los que desde el principio han afirmado sentirse en ella como en casa.

Pero hablar así solo prolongaría el juego de la burla barata. Hagamos mejor la siguiente pregunta: si no tenemos nuevos medios, ¿qué trajo consigo entonces el nuevo mundo de la economía de la información? No pensemos a gran escala, sino en términos de la comunicación cotidiana más básica. Lo que trajo fueron gigantes empresariales que eliminan libros de los lectores electrónicos sin pedir permiso (Amazon), que censuran libros o contenidos de periódicos (Apple, Facebook), o que en sus resultados de búsqueda dan preferencia a sus propios productos, pues se consideran a sí mismos medios de comunicación (Google). El nuevo libro de Naomi Wolf, Vagina: A New Biography, fue retitulado V****a por la iBookstore de Apple, que tras feroces protestas le devolvió su título original. Evgeny Morozov citó este y otros ejemplos en el New York Times, y advirtió en qué medida los gigantes de la información se encuentran en este momento en el proceso de redefinir autoritariamente normas culturales, a menudo sin que nadie se dé cuenta.

Por otra parte, seguimos esperando la autoilustración política y social del ser humano predicha por Silicon Valley, posible porque cada persona tiene toda la información bajo las yemas de sus dedos. La participación en la red se limita cada vez más a sistemas de recompensa que consisten básicamente en comandos de recomendación, plebiscitos permanentes de los consumidores y su arbitrario “I like”.

Lo más alienante del debate actual es cuán poco notamos que la evolución de las nuevas tecnologías de la comunicación prácticamente ignora sus propias ideas emancipadoras. Por ello, es tiempo de que reconozcamos por fin que no hablamos de nuevas tecnologías, sino de una nueva economía, la cual se está transformando en lo que se empezó a proclamar casi religiosamente en la era Ronald Reagan: una economía de la mente.

Por desgracia, esta nueva economía no sigue las reglas formuladas por Kevin Kelly. No solo en las publicaciones, sino prácticamente en todos los campos, todo gira alrededor de la relación entre valor y precio. Incluso las mentes críticas son cada vez menos capaces de distinguir entre las necesidades legítimas de los consumidores y el hecho de que, en este mercado globalizado, los valores políticos y culturales, incluido el contenido de la propia cabeza, se convierten en productos. La comunicación en la red se encuentra desde hace rato en una fase en la que literalmente cada señal que uno envía se convierte en un objeto con un precio, en una subasta online que tiene lugar algorítmicamente en cuestión de milisegundos.

Natasha Singer llama a este proceso “You for Sale” (“Tú a la venta”) en el New York Times. Citando a un interlocutor, Singer escribe: “La realidad parece ser así: sabemos que hay personas tontas que gastan dinero en cosas inútiles. Los clientes de las agencias de publicidad están dispuestos a gastar más dinero para atraer a estas personas, las cuales a su vez no tienen la experiencia suficiente para comprender qué están haciendo con ellas”. Los algoritmos publicitarios, según explicó el historiador de la informática George Dyson, son hoy en día, junto con los algoritmos de Wall Street, las herramientas digitales más poderosas del mundo. Más interesante que la pregunta sobre qué puede hacer el iPhone 100 es la pregunta sobre qué otros aspectos del comportamiento social puede llegar a comercializar Apple.

Lo anterior significa que la línea de conflicto no se encuentra ya entre las tecnologías “antiguas” y “nuevas”, ni entre el papel y el computador, sino entre las instituciones. La forma en que Google o Facebook generan ingresos no tiene nada de revolucionario, es completamente convencional. Simplemente transfiere a la comunicación lo que, por ejemplo, hace Tetra Pak con las bolsas de leche: para cada comunicación un pequeño precio. Podríamos pasar a discutir si todo debe convertirse en un objeto de mercado, pero en todo caso deberíamos hablar al menos de mercados y precios.

¿Que las publicaciones no han aprendido nada de la red? Quizás no de la red, pero sí bastante de Silicon Valley. Lo malo es que si uno repara, por ejemplo, en las medidas de recorte implementadas en los periódicos regionales, ve que la autoexplotación empieza a ser institucionalizada en todas partes. ¡Aprender de Apple significa aprender a vencer! Si el mágico iPhone puede ser producido por trabajadores chinos en un mundo que podría haber sido imaginado por Charles Dickens, también el pensamiento puede seguir ese modelo de producción. ¿Pues quién puede creer en serio que las grandes editoriales, interesadas exclusivamente en las ganancias, no podrían aprender con entusiasmo de la economía de internet y florecer y prosperar por generaciones?
Una y otra vez, nuestra civilización ha proyectado deseos y esperanzas en forma de herramientas. Aún hablamos de libros y periódicos, pero ya no creemos que aquellos estén limitados a las editoriales. Chris Anderson, quien nos regalara hace algunos años la idea de la long tail (la “larga cola”3), acaba de publicar un nuevo libro acerca de la “nueva revolución industrial” –publicado no por él mismo, sino por Random House–, en el cual se proclama el siguiente bombo publicitario: ¿no funcionó convertirte en tu propio medio? ¡Entonces conviértete en tu propia fábrica de muebles, tu propia empresa constructora, tu propia fábrica de cocinas! La impresora en 3D, que en un futuro próximo podrá imprimir edificios completos, hará de cada ser humano un gran industrial. “¡Regresemos!”, dice Anderson, pero no a la naturaleza, sino del mundo de los bits al mundo de los átomos: cada persona puede transformar de inmediato una idea en un producto. Anderson desentierra, pues, una vieja promesa: “Con solo oprimir un botón podrás ‘embarcar’ tu producto hacia el mercado global de billones de personas”. 

Los efectos socializantes de estos pronósticos demenciales, que se leen como si fuesen válidos para todo el mundo, aunque lo son solo para unos pocos, resultan evidentes. Como cada persona tiene supuestamente todo lo que es necesario para servir a los “mercados mundiales”, solo hay un culpable cuando lo prometido no se vuelve realidad: uno mismo. Si los economistas de la escuela de Chicago –con Milton Friedman a la cabeza– alguna vez soñaron, este fue su sueño.

Hay algo claro: la tecnología nunca ha funcionado como caballo de Troya. Nadie ha demostrado esto mejor que la economista de Harvard, Shoshana Zuboff, quien ha analizado los efectos de las tecnologías digitales en las empresas y los ambientes de trabajo, y ha planteado que las nuevas tecnologías siempre están bajo el yugo institucional de la autorreproducción.

Los partidos piratas, que constituyen el proyecto político más emocionante de nuestro tiempo, se enfrentan en este momento justamente a este problema: la tecnología no está en condición de desencadenar los procesos participativos y emancipadores que prometía su manual de instrucciones. Ninguno de los escándalos –en parte dramatizados– relacionados con estos partidos hablan en contra de ellos como partidos; simplemente ejecutan un espectáculo barato de la economía de la información, que precisamente gracias a los escándalos empezó a subastar la información política también en la economía de la atención. Ahora la espiral institucional se enrosca cada vez más hacia arriba: se exige a los partidos piratas una respuesta a la crisis del euro. ¡Una respuesta a la crisis del euro! Junto a esta pregunta deberían formularles otras que toda la sociedad conviniera en conjunto (y ellos deberían responderlas). Nadie sabe como los piratas lo que significa el odio en la sociedad digital. Sería necesario formular una verdadera crítica, en lugar de buscar resultados a corto plazo a través del escándalo: una reflexión acerca del precio de las nuevas tecnologías.

Daríamos un gran paso adelante tan solo dejando de cargar simples mecanismos de mercado con contenido metafísico. Y eso se refiere no solamente a la “comunidad” de internet –que en realidad no existe– sino también a los periodistas, que quieren ser amados y cliqueados, y quienes se dejan imponer sus temas por el número de clics. Justo allí, y no en la discusión de si las editoriales deben poner o no muros de pago para sus contenidos, es que debemos preguntarnos qué tipo de periodismo queremos.

Cuando uno demuestra, como lo hizo Robert S. Eshelman en la revistaThe Baffler, que la Primavera Árabe no fue desatada por Twitter y Facebook, sino por sindicatos que se venían organizando clandestinamente desde hacía varios años, no está insultando necesariamente a los teléfonos inteligentes o a Facebook. Más bien está preguntando cómo fue posible que el periodismo internacional pudiese darse por servido con esas explicaciones limitadas, y cómo es posible que ahora no sea capaz de reflexionar acerca de la observación del antiguo administrador de Google en Egipto, Wael Ghonim, según el cual “la clase trabajadora egipcia no fue convocada solamente a través de internet y Facebook”: “Las redes sociales tuvieron un papel, sí. Pero esta no fue una revolución de internet”. 

Nicholas Kristof, uno de los profetas esenciales del New York Times, quien vio a la democracia vencer desde El Cairo hasta Corea del Norte gracias a los celulares y a Facebook, no está dispuesto a reconsiderar su opinión. Después de que la explicación hubiese perdido pie, Kristof sacó el as que llevaba oculto bajo la manga: a través de una petición en internet, estudiantes de cuarto grado en Massachusetts lograron que un gigante de Hollywood cambiara el guion de una película. Esto muestra “cómo las nuevas herramientas de internet permiten a gente muy sencilla vencer algunos de los intereses económicos y políticos más poderosos: amenazando a los titanes con el equivalente electrónico de la humillación pública con alquitrán y plumas”.

Estos no son más que ejemplos de una metafísica que convierte los debates sobre los medios en una guerra de fe, en vez de verlos como debates sobre modelos económicos, en los cuales se tiene que hablar de los intereses (legítimos o no) de los involucrados. Que un periódico que jamás produjo ganancias se quiebre no dice nada acerca de los periódicos. Cuando los periódicos –no importa si impresos o en la red– dejan de ser echados de menos o necesitados, la culpa es de ellos mismos. ¿Pero acaso hubo un tiempo en el que esto fue distinto? ¿En serio, en pleno siglo XXI, un país entero está discutiendo si las cosas que uno lee tienen que poder tocarse también? ¿Discutimos sobre el crujido del papel periódico a sabiendas de que en un mundo sin papel, un periódico de papel se convertiría de inmediato en un hueco del mercado? 

¡Como si esa fuera la pregunta! Como si la pregunta no fuera más bien si los periodistas mismos están dispuestos a resistirse al bombo publicitario, o si prefieren ser la caricatura de todo un sector que convierte su propia crisis en bombo publicitario. Como si hubiese de verdad una diferencia ontológica entre, por decir algo, blogueros y periodistas, y no más bien entre individuos; y como si los dos –excepto aquellos que se ganan la vida con las Diez tesis sobre el futuro de los medios– no estuvieran en el mismo barco. Es verdad que los periódicos tienen que ser invitaciones permanentes al mundo de esta forma de inteligencia colectiva y que ahí radica su necesidad de aprendizaje más grande. 

“¿Cómo puede sobrevivir el buen periodismo?”, pregunta el semanario Die Zeit en su última edición. Sin embargo, esa no es la pregunta. En un mundo en el que es posible advertir cuáles son las instituciones que sacarían provecho de la atomización del discurso público; en un mundo donde, como mostró Manuel Castells, las redes sombrías crecen más rápido que nunca en medio de una supuesta transparencia, la pregunta decisiva es cómo puede sobrevivir una sociedad sin buen periodismo. Hoy, cuando por desgracia más y más periodistas dejan que sus pronósticos sociales sean escritos por Silicon Valley y Wall Street, nos arriesgamos a que la respuesta sea muy simple y apacible: no puede.

© Frankfurter Allgemeine Zeitung, 2012

1 Rudolf Augstein (1923-2003), quien fundó en 1947 el mítico semanario alemán Der Spiegel, ha sido llamado en Alemania "el periodista del siglo". Suhrkamp es una de las editoriales más importantes del país. (N. del T.)
2 Condecoración a la calidad publicitaria en internet. (N. del T.)
3 Esta teoría publicada por Anderson en 2004, en a revista Wired, mantiene que, a diferencia de lo que sucede en los mercados tradicionales, un vendedor en internet puede producir altas ganancias ofreciendo una gran cantidad de productos completamente distintos entre sí. (N. del T).

Articulo: http://elmalpensante.com 12/2012

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...