lundi 1 avril 2013

Los versos inéditos del LOEWE


Los versos inéditos del Loewe

A continuación ofrecemos un puñado de poemas inéditos de algunos de los mejores ganadores del Loewe.

Álvaro Valverde. Premio Loewe 1991 por Una oculta razón
Es otra esta ciudad

Es otra esta ciudad 
de los suburbios,
igual a una cualquiera
si no fuese
por esos descampados
que se llenan de gente
al caer de la tarde.

De niños con sus juegos.

De hombre y mujeres
que caminan sin rumbo
o van a alguna parte;
que cuidan animales
o que sólo se sientan
a soportar el tiempo. 

Ahí crece otra ciudad
que en nada evoca
la que intramuros
permanece intacta.

Lo que allí son callejas,
aquí son avenidas.
Lo que allí son jardines,
aquí sólo solares.
Lo que allí son recuerdos,
aquí la desmemoria.
Es otra la desolación,
otro el vacío. 

Felipe Benítez Reyes. Premio Loewe 1992 por Sombras particulares
Ejercicio con la imagen de un jardín 

La luna, ¿y qué color? Sombra de seda,
el agua mana insomne: fuente en vilo,
al filo de cantar lo fugitivo,
murmurando su afán de permanencia.
La aritmética libre del aroma:
jardín de noche exacta y tan en sí
-y ese instinto esencial de la memoria:
los sueños que se sueñan sin dormir.
Lugar sin realidad ni centinela,
¿del lado de qué nada está la vida?
La náyade. El jazmín, su magia fría.
Las estatuas por dentro de su mármol.
La luna allá en su esfera envuelta en niebla,
su invisible reloj falsificado.
La niebla en su vagar indefinida.
La rosa que al morir se vuelve eterna. 


Loranzo Oliván. Premio Loewe 2000 por Puntos de fuga
Una alucinación 

Entraste en el recinto de lo cuadrado. La paleta metálica, repleta de cemento, golpea en lo cuadrado, precisa de un sonido seco, cortante, duro para alzar lo cuadrado. 

Junto al mar sin esquemas, que practicaba, al fondo, la destrucción hasta el delirio de cualquier forma de geometría, entraste en el recinto de lo cuadrado. Para llegar habías bordeado acantilados como quien coquetea con la muerte. A peso la plomada, a peso el vértigo, a peso tú con ambos. 

Sobre el recuerdo en piedra del ahogado no encontrado jamás, después descubrirías el amor. Vestido azul marino impracticable, conduciéndose exacto por las curvas de un cuerpo, besos sabor salitre, y cerca, entre las grietas de las rocas, un lobo blanco aullando, reclamando otra presa. 

Pero eso fue después. Primero entraste un día en el recinto por excelencia de lo cuadrado. Si existe un lugar quieto será aquél. Visión cuadriculada. Alrededor cuadrado. Lapidación de la contemplación. 

Tú, en cambio, allí, eras la rapidez, guiada, espoleada, por dos ojos muy grandes, que traspasaban de electricidad aquel reino absoluto de lo cuadrado, buscando el hueco, la demolición, la fisura, la ruina en lo cuadrado. 

Aquella puerta negra se te resistía. Algo se abría en ella y todo lo que se abre en una puerta se ha de abrir para ver. Con las manos en círculo, rodeando los círculos de tus dos ojos grandes y redondos, te enfrentaste, de niño, a la razón suprema de todo lo cuadrado. Y allí viviste la alucinación. Experiencia de luz que necesita de la oscuridad. 

Las apariencias pueden engañarnos. Pero el posible engaño de una visión fugaz será más cierto siempre que la verdad más cierta.


Vicente Gallego. Premio Loewe 2001 por Santa deriva
Sapos

Bajo esta llovizna peinada en lontananza por un sol aterido, salimos a caminar. El monte huele, huele...0 El contraluz del relámpago ha suspendido un instante el mundo en las alturas, un trueno se desmocha bajo el cráneo mondo de los aires, arrecia la percusión menor del aguacero. Pero mirad: ha copado el camino esta gente de paz, de buen sentido. ¿De dónde saldrán tantos sapos holgazanes, siempre tan atentos, sentados en el trono palpitante que es su ser? En cuanto caen cuatro gotas, los caminos del monte se llenan a rebosar de estas lumbreras, de estos emperadores en cuclillas. Nunca hemos visto ni a uno solo bajo el sol, pero comparecen todos juntos con la lluvia. Esta sentada nada reivindica para sí, ha brotado sin más en la mañana y la acomoda en el enigma de su claro cumplimiento. ¿En qué mundo vivimos? Llamamos oro al oro y sapo al sapo, pero esta riqueza gratuita, este fuego secreto de la vida no se dice, se toma a manos llenas sin llegar a poseerlo, se canta con fervor y no se entiende. ¿De qué sirve entender la claridad del día que nos ha traspasado oscuramente? Haz en nosotros tu camino, luz callada. 

Juan Antonio González Iglesias. Premio Loewe 2006 por Eros es más
Castilla 

Cada cosa
en su sitio. 

El agua
en el río 

El grano
en el trigo 

La nube blanca
en el cielo limpio. 

El abrazo de amor
en la noche de frío. 


José Luis Rey. Premio Loewe 2009 por Barroco
Los santos de la letra T 

Todo ese bullicio de los santos
un día pasará.
Y así el alfabeto perderá su esplendor
cuando cierren por fin
la taberna de los resucitados.
Bares llenos de túnicas y tan blancas vocales
que giran en su órbita como ojos abiertos
ante el avance aéreo de las vísperas.
¡El oír, el oír eterno de los mudos!
Nuestro oído no puede soportar
esta Jerusalén,
que es de piedra porosa.
Oh ligereza que nos tira tanto
del pelo mientras todas
las urnas amanecen llenas de cigarras
y el mar se vuelve un papiro,
jeroglífico en oleaje.
¿Mi nostalgia qué puede contra mí?
¿Acaso puede transformarme ser
el que recuerda haber hablado mucho?
Solo oír a los santos sentados en barriles
y chocando sus jarras de cerveza
me cambiará una vez. Y a esa vez sola
la llamaré mi Pascua.
Pues yo también, un día,
entraré en la taberna.
Y seré el tartamudo que sonríe,
aquel de cuya boca escapan las burbujas más bilingües,
cuyo tacto nos sana de la lepra y el fuego.
Yo seré el Elohim, el hijo de Jacob.
Pero ahora dejadme
maldiciendo el ruido que amo tanto,
aquí fuera, en la puerta
de todas las posadas que se encienden
en el abecedario.
Dejadme criticar a los santos que cantan
bien calientes ahí dentro
y cuentan chistes y nunca
les duele la cabeza.
Esta envidia me alumbra el corazón
en las horas oscuras. 


Cristina Peri Rossi. Premio Loewe 2008 por Playstation
Noche en Calella 

Bajo la niebla
te vi aparecer
como un enorme
mascarón de proa
que un navío extravió
una noche de estío.
Desde entonces
me persigue en sueños
La fantasma que la mar
me regaló. 

Joaquín Pérez Azaustre. Premio Loewe 2010 por Las Ollerías
Gilda 

No te quites los guantes.
Apoya bien la punta del tacón en mi pecho,
sacude tu melena pelirroja hacia atrás,
sube el cuello de nieve vaporosa
y enseña la cascada de carmín.
¿Quieres que te dé fuego? No todas las mujeres
fuman porque estén solas.
Muchos hombres se acuestan con Gilda y se despiertan
con la mujer cansada del espejo,
la que no luce el sol en los tobillos de ante,
la que no es de marfil en los costados,
la que no se desnuda bajo el satén oscuro
mientras sus muslos guardan manantiales de sal.
Puedes pegarme ahora. Abrásame la cara.
Después yo soltaré mi palma en tu mejilla,
te giraré de un golpe, te aplastaré los labios
con el beso más hondo después del desayuno.
No te quites los guantes. Ni tampoco el pijama
que te presté al llegar y que te queda grande.
Tengo la mantequilla que te gusta,
y la camisa a cuadros, y guardo el jersey verde
con que dormías a veces cuando venías a casa.
Déjame que te cuide, bailarina en vaqueros
con los ojos dormidos, temblor de mariposa,
asómate a la luz desde el salón
y vámonos al campo a pasar el domingo. 

Articulo: http://www.elcultural.es  23/03/2013

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