lundi 1 avril 2013

Paolo GIODANO/"El pacifismo es una hipocresía"


"El pacifismo es una hipocresía"
Por Paolo GIORDANO

El escritor italiano, tras arrasar hace cinco años con 'La soledad de los números primos', regresa con 'El cuerpo humano', novela engendrada tras convivir con soldados italianos en un destacamento en Afganistán. | Giordano ha debido luchar contra su propio éxito para volver a sentirse un verdadero escritor. 

Si publicas tu primera novela con 26 años y vendes siete millones de ejemplares, es motivo más que suficiente para sentirse feliz y realizado. Pero tras la fiesta de ventas masivas, premios de todos los colores y palmaditas en la espalda de la crítica ("Bien, muchacho, eres todo un talento"), viene la resaca. ¿Y ahora qué diablos escribo para estar a la altura de todas las expectativas que he creado y que justifique la presencia de mi trasero en el trono en el que me han colocado? Pues eso mismo, así resumido, es lo que le pasó a Paolo Giordano (Turín, 1982). El autor italiano, que iba para físico (está doctorado incluso) y ha acabado escribiendo novelas, arrasó con La soledad de los números primos en 2008. Un debut literario que le valió el Premio Strega, tan prestigioso en Italia. Surfeada la ola del éxito, durante meses frenéticos de entrevistas, presentaciones, lecturas públicas..., llegó el momento de nuevo de la verdad. Que para un escritor no es otro que encender el ordenador y desgastar con los dedos su teclado hasta que en la pantalla cristalice una trama, con unos personajes sometidos a unos dilemas y unos conflictos, y todo eso en un contexto emocional y geográfico bien perfilado. 

A Giordano no le ha resultado nada fácil completar ese proceso por segunda vez. El camino hasta tener entre sus manos rematadas las casi 400 páginas de El cuerpo humano (Salamandra), una novela en la que narra las andanzas (interiores y exteriores) de un regimiento del ejército italiano desplegado en Afganistán, ha estado plagado de complicaciones. "He tenido que matar muchos fantasmas antes de recorrerlo hasta el final", confiesa a El Cultural en un Hotel de Madrid. En estos cinco años Giordano ha batallado en el interior de su conciencia con sus complejos e inseguridades. En esa lucha muchas veces ha perdido pie y ha acabado sumergido en estados cercanos a la depresión. "Tras un tiempo sin sacar nada digno adelante, decidí aislarme del mundo en Apulia, frente al mar". Pensaba que la soledad le serviría para concentrarse con la suficiente intensidad con la que cuajar en prosa algunas de sus ideas. Pero no. "Acabé deprimido balanceándome en una hamaca y matando a manotazos los mosquitos que me asediaban". 

Con la moral bajo mínimos, volvió a Turín y le enseñó a su pareja (editora a la que conoció en la Escuela Holden de Alessandro Baricco, donde Giordano hizo un par de cursos) lo que había escrito. "Déjalo correr. No merece la pena", le dijo ella. Ahí tocó fondo. "Llegué a pensar no ya que no sería capaz de escribir una novela al nivel de La soledad de los números primos sino una simple novela". Así de mal andaba el pobre de Giordano cuando dos factores convergieron para sacarle del atolladero. "Primero fue el orgullo, es un motor muy potente". Sobre todo si quien te lo ha pisoteado (con dolor pero sin medias tintas) es tu propia novia. Y luego surgió la posibilidad de viajar a Afganistán, algo para lo que se postuló directamente a Daniel Bresciani, en su día director de Vanity Fair en Italia. Le pidió que le mandara allí con el fin de que pudiera recabar el material necesario para confeccionar un reportaje. En las navidades de 2010 aterrizó en el desierto afgano por primera vez (luego volvería en otra ocasión acreditado por Il Corriere della Sera).

"Quería ir allí por dos razones. La primera, digamos que de índole intelectual, para conocer algo más de una guerra que lleva enquistada más de 10 años y que, al menos en mi país, le resbala a casi todo el mundo. Es cierto que ocupa su espacio en los medios pero a la gente lo que sucede allí no le afecta lo más mínimo. Y la segunda, de carácter íntimo, era insertarme en un realidad extrema que me permitiera desplazarme a mí mismo como principal fuente de mis preocupaciones". Giordano regresó y escribió su reportaje, titulado Panettone all'inferno (el panettone es el bizcocho típico de Navidad en Italia). Pero sabía que no era suficiente. En su cabeza había anidado la idea de ir más allá. Giordano cuenta que primero estuvo en Herat, una base internacional enorme ("casi una ciudad") en la que los militares le miraban con recelo. Y que luego le desplazaron a un minúsculo destacamento en la región de Gulistán, "una burbuja de seguridad" en mitad de un feudo talibán. Allí los soldados no sentían la necesidad de fingir rudeza y desconfianza hacia el escritor. Estaban en familia. Y lo más importante: "Poco antes de llegar habían sufrido un ataque en el que había sido asesinados cuatro compañeros". Ese trauma les rebosaba pero no tenían más recipientes que su propia memoria sobre el que derramarlo. El escritor fue recibido como el mensajero que todos anhelaban, muy oportuno. 

"El momento en el que me conjuré conmigo mismo diciéndome que de allí iba a sacar mi segunda novela fue cuando un capitán me narró la emboscada. Lo hizo con una profunda carga de emotividad pero con un tono aparentemente frío y sobrio, sin ningún exceso", recuerda el autor turinés. Ese es de hecho el tono y la carga que posee El cuerpo humano, una novela coral en la que Giordano disecciona la experiencia de un grupo de militares enclavados en una olla a presión por la constante amenaza de perder la vida en aquel lugar remoto, donde ninguno está por vocación. Giordano -reconoce- se ha fijado en varios cineastas para levantar El cuerpo humano : en Kubrick y La chaqueta metálica (un personaje vocea en el acuartelamiento diálogos de la película de memoria), y en Bigelow y En tierra hostil. También recuerda mucho a Jarhead , de Sam Mendes, sobre todo en la locura que experimentan los soldados al no encontrar el momento de descargar sus fusiles contra un enemigo siempre agazapado. Pero la "obra decisiva" que ha marcado a Giordano es Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. 

No obstante, la cita inscrita en el la antesala del libro es de Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarke: "Y aunque nos devolvieran este paisaje de nuestra juventud, ya no sabríamos bien qué hacer con él". Es el impacto que deja la guerra en quien la vive en primera persona en la trinchera. Una marca que divide en dos la biografía de cualquier militar. Pero el libro de Giordano no podrá considerarse con el tiempo un alegato antibelicista, como el de Remarke. Su visión de la guerra es más turbia: "Por supuesto, que me provoca repulsión. Y no encuentro ninguna guerra que no sea absurda. Pero también confieso que me produce una extraña atracción, porque al fin y al cabo es parte de nuestra humanidad. Es un lado oscuro que no se puede soslayar. Hay que tenerlo presente para poder reprimirlo más eficazmente. Lo que no comparto es la posición de autoridad moral que adopta el pacifismo. Me parecen hipócritas esos pacifistas que no dicen que ellos no tienen nada que ver con la guerra, que es algo ajeno a ellos. No es así. La guerra nos atañe a todos". Aunque para un escritor es un territorio especialmente fértil: "Es un laboratorio perfecto para analizar la condición humana. Ahí vemos lo mejor y lo peor de nosotros de una manera especialmente polarizada. En Afganistán podía observar la conducta humana de una manera mucho más evidente, más nítida, sin disfraces". 

De cada personaje, mucho de ellos moldeados como arquetipos (el machito que se cree Rambo, el que está sujeto a infinitas dudas, el que es objeto de todas las mofas...), Giordano va presentando sus antecedentes antes de haber llegado hasta allí. De ese modo el lector va conociendo los fantasmas que cada uno ha arrastrado hasta aquel confín del mundo. Y muchos de ellos tienen una raíz familiar, en relaciones emponzoñadas por los más diversos motivos. Es en este punto donde reconocemos al Giordano de La soledad de los números primos, el que pone el dedo y aprieta en la llaga de asuntos que quedaron pendientes entre padres e hijos, o hermanos, o maridos y mujeres. En ese laberinto microscópico donde su escritura resulta tan incisiva vuelve a brillar el bisturí con el que escribe. "Los traumas familiares son el motor de mi trabajo como escritor. Sí, he estado en Afganistán, en la guerra. Pero yo las peores guerras las he visto dentro de las familias. Y es ahí por donde seguirá avanzando mi obra". Avisados estamos.

Articulo: http://www.elcultural.es  20/03/2013