dimanche 21 avril 2013

Rolling Stone/ La brillante vida y trágica muerte de Aaron SWARTZ


ROLLING STONE
La brillante vida y trágica muerte de Aaron Swartz

Era un niño prodigio, una de las mentes que inventaron Internet, pero también un activista que nunca cejó en su lucha por la libertad, ni siquiera cuando el FBI intentó domarle. Artículo de David Amsden publicado en Rolling Stone en su edición de abril.

En la foto, todo parece estar bien. Swartz aparece arrodillado en la primera fila, con las manos sobre el regazo. Lleva barba de dos días, y su abundante cabello castaño, normalmente un desastre, está peinado hacia un lado. Es una de las 30 personas de una instantánea que refleja a un grupo de activistas de Internet que se había reunido ese día –el 9 de enero de 2013– para una cumbre en Holmes, Nueva York, bucólico pueblo al norte de Manhattan. Nunca le gustó posar para las fotos: sus mejores imágenes –como las que aparecerían días más tarde en periódicos y webs de todo el mundo– son en las que aparece ocupado, diciendo algo importante o pensando la frase perfecta que decir.

Aun así, cuando todos se juntaron ese miércoles después de cenar para un retrato espontáneo en la cabaña, estaba relajado y se animó a acurrucarse con el resto sin rechistar y sí, sonriendo.

Con 26 años, Aaron Swartz se había establecido como una fuerza singular que unía el mundo de la tecnología y el activismo, un joven movido por una curiosidad inquieta y la creencia de que la información era la moneda de cambio más valiosa, un tipo de riqueza de la cual nadie debía ser privado. De adolescente, siendo un prodigio de la programación, había ayudado a desarrollar el RSS, la herramienta de sindicación web ahora ubicua, y con 19 años fue uno de los creadores de Reddit, el medio social de noticias comprado por la poderosa empresa editorial Condé Nast, que le convirtió en millonario antes de tener la edad legal para pedir una cerveza. Desde entonces, se convirtió en un incansable e innovador defensor de numerosas causas relacionadas con la política y el poder de la conexión libre. Por ejemplo, en 2011, lideró con éxito una campaña para evitar la SOPA, proyecto de ley introducido en el Congreso que habría legalizado la censura en Internet.

Pero al igual que su complexión desgarbada y su carácter callado contradecían a su fiereza interna, visto ahora con distancia, el comportamiento de Swartz de ese miércoles parecía enmascarar más verdades que las que revelaba. Dos años antes, había sido arrestado por piratear supuestamente los servidores del MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets) para robar millones de documentos de una biblioteca virtual de revistas académicas y, desde entonces, el gobierno federal se había mostrado implacable en su empeño por castigarle severamente. Estaba previsto que el caso llegara a los tribunales en abril, y, si perdía, Swartz se enfrentaba a 35 años de cárcel. Raramente hablaba sobre el daño mental y financiero que le suponían sus batallas legales, por tanto resultaba difícil saber cuánto le estaba afectando, incluso, para la gente más cercana a él. Sin embargo, dos días después de la conferencia, realizó una declaración final que dejó claro que el caso de Estados Unidos contra Aaron Swartz era una batalla en la cual ya no estaba dispuesto a luchar. El 11 de enero, casi exactamente dos años después de ser arrestado, Swartz se quitó la vida ahorcándose en su piso de Brooklyn.

Era inevitable que el suicidio de un joven cuya vida era tan abierta como las tecnologías que defendía no fuera lamentado sólo en privado. Leer los tuits de sus amigos y seguidores suponía experimentar su profunda confusión e incredulidad. Revisar cuidadosamente los innumerables blogs que le rindieron homenaje suponía comprender lo mucho que distaban sus ambiciones de las de muchos de sus colegas: a diferencia de, digamos, Mark Zuckerberg, que levantó un imperio virtual amontonando y monetizando información privada, Swartz se dedicó a limitar el poder que las instituciones podían ejercer sobre los individuos. Y ver a los cientos de personas que acudieron a los funerales celebrados por todo el país –hackers, políticos, artistas, escritores, tecnólogos de la vieja
guardia– era descubrir la amplia y ecléctica red de colegas que Swartz había creado a lo largo de su corta vida. Tim Berners-Lee, creador de la World Wide Web, describió a Swartz como “un luchador”, uno cuyo trabajo tuvo un impacto más allá de la programación, un mundo estrecho de miras: “Brillando por el oscuro cielo de la gente común, los sistemas rotos, una fuerza reluciente que brilla para siempre, un creador de cosas”.

En vida, Swartz había sido un prodigioso lector y escritor. En su blog, Raw Thought [pensamiento crudo], había ganado un culto de seguidores de sus ideas subjetivas, eruditas, a veces rebeldes y a menudo divertidas sobre cualquier tema, desde las chicas que le gustaban, sus discrepancias con colegas o sus reflexiones filosóficas. A su muerte, Swartz no dejó ninguna nota, ni una explicación.

Hubo amigos que andaban preocupados por su salud mental, que le habían sugerido que buscara ayuda mucho antes de su detención y que, en privado, se preguntaban si su muerte había sido la trágica consecuencia de una depresión oculta y no detectada. Sin embargo, a medida que el suicidio se convirtió en noticia a nivel internacional y se publicaron los detalles de su acusación, la ola de dolor se vio superada por una ola de ira, de resentimiento: una sensación de que sus acciones no podían ser únicamente entendidas como las de un joven con muchos problemas. “La muerte de Aaron no es simplemente una tragedia personal: es el producto de un sistema de justicia penal plagado de intimidación y extralimitación fiscal. Las decisiones tomadas por los funcionarios de la fiscalía de Massachusetts y del MIT contribuyeron a su muerte”, declaró su familia en un comunicado. Esto se convirtió en una idea muy repetida en los días y semanas que siguieron a su suicidio: la convicción de que Swartz era víctima de un gobierno que, en los últimos años, ha intensificado la persecución de “cibercrímenes” de maneras antes reservadas para terroristas, procesando incluso infracciones menores con castigos cada vez más duros. WikiLeaks apuntó a Aaron como aliado, mientras Anonymous, el colectivo de hackers, tomó varias páginas web, convirtiéndolas en improvisados santuarios.

El propio Swartz había sido uno de los más elocuentes pensadores del movimiento de la cultura libre y de la ruptura entre lo viejo y lo nuevo, lo analógico y lo digital. “Ahora mismo se está lidiando una batalla para definir todo lo que ocurre en Internet en términos de lo tradicional, lo que la ley entiende.

¿Es compartir un vídeo en BitTorrent lo mismo que robar de una tienda de películas, o equivale a prestarle una cinta a un amigo? ¿La libertad de conexión es como la libertad de expresión o como la libertad para matar?”, planteó en un discurso que dio en la conferencia Freedom to connect en mayo de 2012.

A pesar de que nunca había hablado públicamente sobre lo que su propia acusación representaba en este conflicto, al morir se convirtió en un símbolo de un gobierno equivocado y que se había extralimitado, creyendo que la descarga de textos académicos merecía penas más severas que las impuestas a banqueros responsables del colapso económico. “En una era en la cual las fronteras son digitales, el sistema penal amenaza algo tangible pero tremendamente valioso. Swartz era un excéntrico apasionado que podría haber sido uno de los grandes innovadores y creadores de nuestro futuro. Ahora, nunca lo sabremos”, escribió Tim Wu, profesor de la Escuela de Derecho de Columbia, en la página web de The New Yorker.

Aaron Swartz creció en Highland Park, un suburbio al norte de Chicago, y casi desde su nacimiento empezó a perfeccionar las aptitudes que le definirían a lo largo de su vida: la inquietud interior, la necesidad crónica de aventurarse en innumerables proyectos de forma simultánea, el deseo de organizar la información, de reparar sistemas rotos. Con tres años aprendió a leer solo y en primaria construyó y programó un cajero automático para un trabajo de clase. “No creo que tenga unas determinadas habilidades técnicas, simplemente tengo una gran ventaja”, señaló unos años más tarde, demostrando la falsa modestia que se convirtió en unos de sus rasgos más característicos, amado y odiado a partes iguales. Era un niño pequeño, a veces tímido, y siempre aparentó menos edad de la que tenía. Estaba muy seguro de su intelecto, pero se sentía acomplejado por su físico. A
pesar de que se convirtió en un adulto delgado y fuerte, fue un adolescente un tanto blandito y reacio a mirarse en el espejo. Había sido quisquilloso con la comida desde pequeño: nada de fruta o verdura, sólo arroz, macarrones con queso, patatas fritas. Inicialmente, ésta parecía ser una de las muchas frustrantes excentricidades que manifestaría con el tiempo: una obstinada negativa a aprender a conducir, una aversión a fregar los platos y una tendencia a dejar plantada a la gente como si nunca hubieran quedado. Pero a los 12 años se le diagnosticó una colitis ulcerosa, una enfermedad del intestino grueso que le avergonzaría y le fastidiaría de por vida.

Si en el mundo físico se sentía fuera de lugar por su apariencia, en Internet descubrió un sitio donde sólo le definían sus mejores cualidades. “Nos conectábamos a Internet antes de que existieran los navegadores gráficos. Y enseguida nos dimos cuenta de que esto lo iba a cambiar todo”, recuerda su padre, Robert. Siendo un chaval, se sumergió en numerosas páginas, entre ellas una llamada The Info Network, una enciclopedia generada por los usuarios que creó en 1999, cuando tenía 12 años. “Básicamente era Wikipedia, pero mucho antes de que se lanzara Wikipedia. Sin embargo, por entonces, yo estaba en secundaria, así que mi página no apareció en The New York Times”, diría más tarde. Gracias al proyecto quedó finalista en el premio Ars Digital, concedido a jóvenes por crear páginas no comerciales educativas y útiles, y que se traducía en más de 700 euros y una visita al Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), un ambiente que Swartz adoraba. En esa época también fue invitado a participar en el Consorcio World Wide Web fundado por Berners-Lee, el héroe de Swartz. “En resumen, Aaron participó en la creación de Internet”, explica Carl Malamud, un activista de Internet con quien colaboraría más adelante.

Swartz sólo fue un año al instituto: recibía clases en la universidad y era educado en casa. Se convirtió en una presencia única en las conferencias relacionadas con Internet de todo el país: la mente más buscada que necesitaba una carabina para cuidarle. Con un grupo de compañeros programadores, ya había creado RSS 1.0, lo cual consolidó más su reputación de pensamiento innovador. Lawrence Lessig, ahora profesor en Harvard, le dio a Swartz su primer trabajo, llevándole a San Francisco para escribir el código para Creative Commons, la organización sin ánimo de lucro que ofrece a los usuarios un sistema de licencias de copyright menos restrictivas.

A los 17, Swartz fue aceptado en la Universidad de Stanford, y su experiencia ahí inició un patrón que se reafirmaría a lo largo de su vida: emoción a la llegada, decepción al poco tiempo y a la busca de otro ambiente más ideal. ¿Por qué abandonaría la escuela superior? “Es una pequeña escuela idílica en California donde siempre brilla el sol, la hierba siempre es verde y los chavales siempre están tomando el sol”. Él pasaba la mayoría de su tiempo con adultos como Lessig y Doctorow, no con sus compañeros de clase. Décadas más mayores, solían sentirse confundidos por el contraste entre su transparencia en la red y su timidez en la vida real. “En su blog había contado que le gustaba una chica y que la acosaba, aunque no de mala manera. Vino a una recepción a la escuela de derecho –donde Lessig era profesor– y yo conté eso en una conversación, me apartó y me preguntó: ‘¿Por qué cuentas mi secreto?’. ‘¡Pero si lo has publicado en tu blog!’, contesté. ‘Sí, lo publiqué para la gente que lee mi blog. No lo publiqué para que lo supiera el mundo entero!’, me dijo”, recuerda Lessig.

Se acercaba el verano, y fue invitado a formar parte de la clase inaugural de Y Combinator, una incubadora para el talento internauta. Se sentía optimista, porque tenía una idea para una start up, Infogami, que ayudaría a los usuarios a crear sus propias páginas. Además Y Combinator estaba en Cambridge, Massachusetts, y viviría en un colegio mayor del MIT, epicentro de la cultura hacker y de la cultura libre. En una entrada de su blog, dejó muy claro que no volvería a Stanford.

Swartz llegó a Cambridge preparado para sumergirse en un mundo donde confluían la seriedad académica con la adrenalina del emprendedor y se lanzó de lleno a trabajar en Infogami. Pronto la inspiración que le había hecho cruzar el país se vio teñida de frustración y falta de confianza en sí mismo, un tema que abordó en su blog ese agosto. En noviembre, el día antes de cumplir 19 años, comentó su descontento con los resultados de Infogami con Paul Graham, el inversor de capital de riesgo detrás de Y Combinator. Graham le sugirió una solución: que trabajara con otros dos miembros del programa, Steve Huffman y Alexis Ohanian, ambos un par de años mayores que Swartz, que acababan de lanzar una pequeña empresa llamada Reddit, una página donde los usuarios votaban y comentaban las historias más populares. Reddit tenía un comienzo prometedor, aunque la página tendía a caerse, y Graham creía que la habilidad de Swartz para la codificación ayudaría a estabilizarla. “Empezamos a trabajar juntos ese mismo día e inmediatamente vimos que las cosas iban a ir genial”, escribió Swartz.

Lo que siguió fue un frenético periodo de colaboración que desde entonces ha sido idealizado en los anales de las start-up de tecnología moderna: la unión de Infogami y Reddit bajo una compañía paraguas llamada Not a Bug, Inc; Swartz mudándose a un armario del piso de Huffman y Ohanian; los tres codificando y conspirando sin parar, y, en el proceso, convirtiendo Reddit en una de las páginas más populares del mundo, una de las primeras en reconocer que, en Internet, el comentarista anónimo podía tener tanto peso como el experimentado columnista de opinión.

Sin embargo, la relación era complicada desde el principio y no hizo más que tensarse con el tiempo. La contribución de Swartz era significativa: se pasó el primer mes convirtiendo la web de Lisp a Python –su lenguaje de programación preferido– gracias a lo cual la web empezó a funcionar con mayor fluidez y creció su popularidad. Pero, con el paso del tiempo, Swartz se mostraba indiferente ante el proyecto y prefería leer en la biblioteca del MIT en lugar de ir a las reuniones. En la primavera de 2006, escribió en su blog sobre su apatía hacia la informática, señalando que la escritura era su verdadera vocación: “Me temo que, quizá, esta decisión privará a la sociedad de un gran programador a favor de un escritor mediocre. Aún así, no me importaría: la escritura es demasiado importante, la programación demasiado aburrida”.

Su carácter irregular fue una fuente de frustración cada vez mayor para sus compañeros, porque Swartz había sido nombrado socio de capital de una compañía en la que no parecía muy interesado. En Halloween de 2006, el grupo Condé Nast compró Reddit por una cantidad no revelada –se cree que más de nueve millones de euros– y Swartz recibió la misma paga. Aunque sus compañeros asumían que abandonaría la compañía tras la venta, se quedó cuando Reddit fue trasladado a San Francisco.

Aunque Swartz poseía un patrimonio neto que superaba las siete cifras, siguió viviendo como lo haría durante toda su vida, mudándose a un apartamento con tres personas, instalándose en una habitación a la que todos se referían a ella como “el armario”.
Desde el momento en que llegó, encontró que el ambiente de su nuevo trabajo era agobiante. “Se quejaba de que no podía terminar su trabajo porque el sistema tenía demasiadas restricciones. Básicamente, estaba chocando un programador con la mentalidad de una editorial”, cuenta su padre.

Swartz no disimulaba su descontento: llegaba tarde a la oficina, se marchaba a mediodía para no volver y escribía en su blog sobre su desdén como si no se diera cuenta de que, al hacerlo, estaba haciendo públicos sus pensamientos privados.

Entre sus amistades más cercanas en San Francisco estaba Quinn Norton, una periodista tecnológica y autoproclamada anarquista que despreciaba de manera mordaz las convenciones. Aunque era 13 años mayor que Swartz, estaba casada y tenía una hija, enseguida entablaron amistad. “No veníamos del mismo planeta, pero está claro que tampoco veníamos de éste. Él dejó el instituto y a mí me echaron. Ambos teníamos alergia a las instituciones tradicionales”, recuerda Norton. Durante sus primeros meses en San Francisco, Swartz mantenía largas conversaciones con Norton, en ocasiones sobre sus frustraciones con Reddit. “No estaba seguro de si había hecho algo bueno. Empezó a verlo como una forma de perder el tiempo”, asegura Norton.

Después de navidades, la relación con sus compañeros de Reddit alcanzó su punto más bajo, en el que le pidieron que dimitiera. No protestó. En abril decidió mudarse a un piso con Norton, cuyo matrimonio estaba en proceso de disolución. Junto a su hija Ada, encontraron un lugar donde vivir como una familia poco convencional: Swartz se encargaba de la mayor parte del alquiler, Norton intentaba introducir verduras en su dieta… Poco después de irse a vivir juntos, Norton se convirtió en la primera novia de Swartz, relación que, acorde con estos dos excéntricos, comenzó con un pacto poco convencional: “Te das cuenta de que esto no es realista, ¿no? Así que estaremos juntos un año y luego se acabó, ¿vale?”, le dijo un día a Norton, tumbados en la cama. “Vale”, respondió ella con una sonrisa.

Durante ese año, empezó a sentirse más atraído por proyectos de corte abiertamente activista. Al haber fundado una start-up exitosa, pudo vivir una especie de fantasía generacional: era económicamente independiente, no estaba comprometido con ninguna institución y era libre para hacer únicamente lo que realmente le apasionara.

“Aaron trabajaba en proyectos que él creía que importaban”, cuenta Brewster Kahle, un defensor de la libertad en Internet que contrató a Swartz para trabajar en Open Library, proyecto que pretendía crear una página web para cada libro que se haya publicado. “Enseguida te dabas cuenta de que era un genio a la hora de entender cosas que le importarían a millones de personas”, añade. Sin embargo, también le costaba comprometerse. Después de un año, frustrado porque las bibliotecas reales no querían compartir sus catálogos, buscó un próximo proyecto. “Aaron flotaba, así es como trabajaba, y había que aceptarlo.

No pedía un buen sueldo. Se veía a sí mismo como un voluntario del mundo” recuerda Kahle.

Durante su relación, Norton y Swartz mantuvieron un enérgico debate sobre el activismo y la autoridad. Ella creía que el sistema era corrupto de forma intrínseca y no tenía remedio, mientras él pensaba que las instituciones podían ser cambiadas desde dentro. En julio de 2008, Swartz redactó un documento llamado Manifiesto de la Guerrilla del acceso libre, que, en cierto modo, expresaba su creencia en que la acción organizada podría funcionar para mantener controlados a los poderes. “La información es poder”, empezaba. “Pero como cualquier poder, hay algunos que lo quieren sólo para ellos. Cada vez más, toda la herencia científica y cultural del mundo, publicada durante siglos en libros y revistas, está siendo digitalizada y encerrada por un puñado de compañías privadas”.

Swartz finalizaba su manifiesto con un grito de guerra: “Necesitamos coger la información, donde quiera que esté guardada, hacer copias y compartirlas con el mundo”, escribió.

Tras un año juntos, Swartz y Norton pusieron fin a su relación, cumpliendo con su promesa, aunque el romance se reavivaría y se extinguiría varias veces. Swartz volvió a Cambridge y, al poco de llegar, oyó hablar sobre un grupo de activistas que había convertido una antigua y deteriorada fraternidad en una sede informal llamada Centro Democrático. Swartz montó una oficina: una silla plegable, una mesa, una estantería y poco más.

En su puerta, pegó una viñeta titulada “Adultos”, donde una figura había convertido su piso en una piscina de bolas, y que decía: “porque ahora somos adultos y nos toca decidir qué significa eso”. Tenía 21 años y ganas de encontrar un nuevo proyecto. Pronto se juntó con Carl Malamud, fundador de PublicResource.Org, una organización sin ánimo de lucro dedicada a presionar al gobierno para que dejara de cobrar por el acceso a documentos públicos. A Swartz le interesaba esta forma de liberación del Acceso Público a los Registros Electrónicos de los Tribunales (PACER), que por entonces cobraba 6 céntimos por página de documentos legales, generando un excedente de más de 115 millones de euros al año de un material no protegido por copyright. Cuando el gobierno empezó a dirigir un programa que ofrecía acceso libre a PACER desde un número limitado de bibliotecas públicas, Malamud concibió la idea de subir toda la base de datos y colocarla en un servidor independiente, uno que ofrecería el mismo material pero mejor organizado y más fácil de buscar, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Ese otoño, Swartz escribió una secuencia de comandos para colarse por el sistema PACER, absorbiendo los documentos a gran velocidad. Desde su oficina de Cambridge, se descargó aproximadamente el 20% de la base de datos o más de 19 millones de páginas de texto. Esto requería meses de trabajo, aunque Swartz encontró tiempo para releer toda la no ficción del entonces recientemente fallecido David Foster Wallace. “Su suicidio me marcó mucho. Veo mucho de él en mí. Consideraré que mi vida ha sido un éxito si consigo hacer la mitad de lo que él hizo”, escribió en su blog. El hecho de que los documentos ya no fueran controlados únicamente por el gobierno no sentó bien. En abril de 2009, un agente del FBI contactó con Swartz, interesado en hablar sobre las descargas. Resultó que la agencia le había estado investigando durante meses, aunque finalmente se abandonó la investigación –al fin y al cabo, no se había infringido ninguna ley– pero ahora Swartz estaba en el radar del Gobierno.

Pidió que le enviaran una copia de su expediente del FBI, y cuando llegó, colgó todo su contenido en su blog. “Tal como esperaba, es realmente encantador”, escribió, aunque fue la primera y la última vez que le iba a hacer gracia tener un roce con la ley. Un año después, en septiembre de 2010, Swartz conectó un portátil al terminal del edificio 16 del
MIT. Registrado como invitado en un sistema que había utilizado la mayor parte de su vida, se inscribió en JSTOR, una biblioteca virtual de revistas académicas por cuyo acceso las universidades pagan elevadas tarifas anuales de suscripción. Utilizando una secuencia de comandos, empezó a descargarse un gran volumen de artículos. Durante los tres meses siguientes, encontró formas de eludir los intentos de bloquear su conexión, y finalmente enchufó su portátil directamente a los servidores de la escuela desde un armario de distribución restringido. En enero de 2011, ya se había descargado casi 5 millones de documentos de la base de datos de JSTOR.

Según los documentos legales que finalmente fueron archivados por el gobierno, fueron estas actividades las que marcaron un punto de inflexión en el desarrollo de Swartz, el momento en el cual su activismo errante se convirtió en criminalidad centrada y temeraria. En la práctica, por entonces las descargas eran algo así como una ocurrencia tardía: una extensión de la fascinación que sentía Swartz por las grandes conjuntos de datos, su infinita necesidad de hacer malabares con múltiples experimentos a la vez. Asentado en Cambridge, había sido nombrado profesor en Harvard, donde entonces daba clase Lessig, su primer mentor, que le había contratado para trabajar en Creative Commons. Swartz estaba trabajando en un análisis histórico del Congreso, un proyecto que le permitía por fin explorar su interés por la escritura, así como su creciente interés en la política electoral.

Los amigos y la familia de Swartz no supieron nada de sus descargas hasta después del 6 de enero de 2011, cuando el joven, que paseaba en bici por Cambridge, fue rodeado por la policía y agentes del Servicio Secreto. Unos meses después, en julio, fue acusado de varios delitos, incluyendo fraude informático y electrónico, unos cargos que suponían una pena de hasta 35 años de cárcel federal. Durante el año y medio siguiente, el gobierno añadió varios cargos más, y a medida que las negociaciones para una alegación llegaban a un punto muerto, la situación se volvió cada vez más desagradable y surrealista. En una entrada dedicada a El proceso de Kafka, Swartz escribió: “Es bastante acertado, cada detalle reflejaba mi propia situación. Esto no es ficción, es un documental”. Pero en persona apenas mostraba cualquier señal del nubarrón en el que se había convertido el caso. Permanecía centrado en su vida y su activismo; daba charlas por todo el país, apoyaba protestas y, ese verano, se enamoró.

Había conocido a Taren Stinebrickner-Kauffman, una programadora y activista que vivía en Washington D.C., cuando visitó la ciudad en la semana de las elecciones a medio mandato. Cuando se volvieron a ver, en junio de 2011, y Stinebrickner-Kauffman estaba en Boston, ella tomó la iniciativa y le invitó a salir. Aunque no se podía negar que había química entre ellos, él le aseguró que no se encontraba en el mejor momento para estar con alguien: “Hay algo malo en mi vida ahora mismo”, le dijo de forma críptica, advirtiéndole que podría pasarse semanas sin saber nada de él. Sin embargo, tiempo después, le llamó e improvisó un viaje a Washington para verla.

A medida que se afianzó la relación, Swartz seguía hablando de ese “algo malo” y, en julio, unos días antes de ser acusado, le preguntó a su novia si prefería enterarse por él o por los periódicos. “Llevaba semanas intentando adivinar qué era, y cuando por fin me lo contó, pregunté: ‘¿Eso es todo? ¿Por descargarte unos documentos?’, recuerda ella. Una de los aspectos más frustrantes de este calvario fue el hecho de que JSOTR, aparentemente la parte más afectada, se había negado a presentar cargos contra Swartz después de que éste devolviera los documentos descargados. En principio esto debía de ser una señal de que todo se solucionaría rápidamente. Al fin y al cabo, el MIT era conocido por simpatizar con la cultura de la piratería, pero por razones aún sin aclarar, la escuela permitió que el caso siguiera adelante. De hecho, Hal Albeson, un profesor que conoció Swartz a los 13 años, está llevando a cabo una investigación sobre la actuación de la escuela durante el proceso. “Me duele pensar que el MIT tuvo algo que ver en una serie de acontecimientos que terminó en tragedia”, declaró tras la muerte de Swartz el presidente de la universidad, L. Rafael Reif.

Aunque la idea de ir a la cárcel contribuía a su malestar, era lo de quedarse con la etiqueta de criminal lo que más temía y la razón por la que rechazaba las ofertas de alegación del gobierno. Durante un viaje a Washington, pasó un día visitando la ciudad con Norton y su hija. “Hubo un momento en que nos encontrábamos frente a la Casa Blanca, cuando Aaron me miró y dijo: ‘¿Sabes? Los criminales no pueden trabajar ahí’”, recuerda la exnovia.

A lo largo de su vida, Swartz había compartimentado cualquier angustia que experimentaba, tanto física como mental, dando rienda suelta a sus frustraciones únicamente en los confines de su blog. Su experiencia con el caso no fue diferente. El efecto más obvio de la carga psicológica en la que se había convertido, fue su decisión de
irse de Cambridge. Con dos bolsas donde cabían todas sus pertenencias, se mudó a un estudio de Crown Heights, Brooklyn. Pero en Nueva York no se mostraba reservado ni introvertido y, en mayo de 2012, Stinebrickner-Kauffman se fue a vivir con él. Ese invierno, Swartz le sorprendió al mencionar que quería hablar de casarse. El 12 de diciembre de 2012, Swartz quedó con su amigo Ben Wikler en Brooklyn y, mientras tomaban tortitas, le habló por primera vez del estado en el que se encontraba el caso, aportando ideas para mover a la gente a actuar. Había sido un cruzado toda su vida, ahora él era la causa, y ese rol le incomodaba. “Todo el mundo quería ayudarle. Encontrarte con 100 personas activas e inteligentes que te quieren echar una mano supone una gran presión”, asegura Wikler. Había sido intelectualmente independiente casi desde que nació y había tenido libertad económica desde la adolescencia, y ahora dependía de la gente que le rodeaba. “Su independencia financiera se había vaporizado”, cuenta su padre. En los días previos a su muerte, Swartz se estaba preparando para echar mano de sus amigos y colegas para reunir los más de 750.000 euros que pensaba que necesitaba para la lucha, y hablaba de lo mucho que odiaba hacer esas llamadas.

El 10 de enero, al día siguiente de la conferencia activista, Swartz estaba animado y con ganas de ir a Manhattan a la fiesta de cumpleaños de un amigo. Se mostró hablador, involucrado. El bar servía macarrones con queso y sándwich de queso, sus comidas favoritas, y Swartz señaló que el sándwich era de los mejores que había probado.

Sin embargo, a la mañana siguiente, el viernes 11 de enero, su estado de ánimo dio un giro drástico. No quería salir de la cama, a pesar de los esfuerzos de su novia. “Le zarandeaba y le echaba agua, pero no se movía”, recuerda ella. Finalmente, Swartz se vistió, aunque decidió no ir a la oficina de Manhattan en la que trabajaba. Pensando que ya había pasado lo peor, Stinebrickner-Kauffman fue a trabajar y envió un mensaje a sus amigos diciendo que estaba preocupada por Swartz y les pidió que estuvieran en contacto con él a lo largo del día. Esa noche tenían planeado ir a cenar con Wikler, pero, cuando fue a recoger a Swartz, encontró su cuerpo colgado de un cinturón.

En las semanas que siguieron a su muerte, las conversaciones que Swartz esperaba iniciar en vida se han situado en el centro de la cultura. Darrell Issa, congresista republicano del Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental, ha solicitado que se investigue la acusación de Swartz por parte del Departamento de Justicia, y Zoe Lofgren, demócrata de California, ha redactado el borrador de un proyecto de ley que ella llama Ley de Aaron para modificar la Ley de Fraude y Abuso Informático de manera que limitaría el alcance de futuras acusaciones contra crímenes similares. Un artista de grafiti pintó un mural de Swartz en los muelles de Brooklyn. Y mientras sus amigos luchan para asegurarse de que su muerte no fue en vano, en privado lo que más echan de menos son los pequeños momentos vividos con él.

Articulo: http://www.elboomeran.com 08/04/2013