dimanche 19 mai 2013

Adiós a Carlos COLOMBINO: Homenaje a un artista total


Adiós a Carlos Colombino: Homenaje a un artista total

Pintor, novelista, dramaturgo, poeta (que firmaba sus libros como Esteban Cabañas), Colombino deja uno de los más ricos legados, por su cantidad y calidad, del arte moderno paraguayo.

Nacido en Concepción, el 20 de octubre de 1937, el nombre de Carlos Colombino es ya inseparable de la historia del arte paraguayo contemporáneo. Sin cumplir todavía los 20 años, formó parte del círculo de renovadores que fue el Grupo Arte Nuevo, junto a otros nombres como José Laterza Parodi, Josefina Plá, Olga Blinder, Lilí del Mónico, entre otros, quienes en 1954 organizaron la primera exposición de arte con influencias contemporáneas en Asunción.

Ya en las décadas del 60 y 70, Colombino iría afirmando sus dotes artísticas, traspasando las fronteras con sus obras. A la par, con el seudónimo Esteban Cabañas, el artista publicó varios libros de poema y, más tarde, teatro y novela, apuntalando así su figura de artista completo, que buceó en las diferentes caras de la condición humana, por diversos medios.

Además, otras dos facetas lo caracterizaron: una, mimetizada en toda su obra: su lucha contra la barbarie stronista; la otra, sus invalorables aportes al campo de la gestión cultural, como uno de los fundadores del Museo del Barro y otros espacios museográficos de gran importancia para el Paraguay.

Ticio Escobar, Miguel Ángel Fernández, Adriana Almada, Susy Delgado y Antonio Pecci evocan la figura de uno de los más grandes artistas que dio el Paraguay.

Carlos Colombino: Itinerario de la pintura moderna paraguaya

Conocido internacionalmente por su trabajo visual, sobre todo en la xilopintura, aquí una síntesis de los mayores aportes del artista paraguayo al arte contemporáneo.

Por Ticio Escobar
Crítico de arte

La obra de Carlos Colombino anima el proceso entero del arte moderno en el Paraguay, de cuya complejidad constituye su más significativo representante. Su trabajo, surgido a finales de la década de 1950, se define en la misma matriz de la modernidad paraguaya, crispado desde sus orígenes por el espíritu polémico y la voluntad de síntesis que exige un tiempo apremiante. Esta ubicación le permite un lugar destacado en la problemática del arte latinoamericano, obsesionado por conciliar los lenguajes internacionales con los contenidos locales.

Desvelado por las contingencias de la condición humana, Colombino comienza desarrollando un expresionismo doloroso y tenso, pero enseguida revela una tenaz vocación de coherencia formal que marcará toda su obra posterior. Por un lado, el artista asume su propio talante, dramático y vehemente, y se enfrenta a la circunstancia adversa de la dictadura militar, cuyo transcurso (1954-1989) coincidió casi exactamente con el ciclo de la modernidad en el Paraguay. Por otro, su formación de arquitecto le provee de los instrumentos para desarrollar una sistemática reflexión sobre el lenguaje del arte.

Durante los primeros años de la década de los sesenta, Colombino crea una técnica que será en adelante su medio expresivo básico: la xilopintura, desarrollado a partir de la madera tallada y teñida con óleos, cuyos colores subrayan los tonos propios del material. La madera permite a Colombino trabajar la solidez del material y su imagen resistente, y, al mismo tiempo, sus posibilidades de ser desgarrada y cortada, astillada. Su primera xilopintura inicia una imagen que presenta sólidas estructuras de sugerencias orgánicas que pronto aparecen invadidas por la violencia de fuerzas oscuras que rasgan la materia y hacen estallar el orden de las formas.

Orientada fundamentalmente a la denuncia política y la crítica social, la obra desarrollada entre los años 1965 y 1970 vuelve a privilegiar el momento expresivo. La xilopintura permite una figuración agresiva y mordaz: los desgarramientos de la madera y la degradación de la figura humana son usados para cuestionar la violencia de la dictadura, pero, también, para formular una crítica al establishment en su conjunto. Esta obra debe ser considerada dentro de la serie de anti-retratos que inicia el artista en ese momento, cuando, para afilar sus recursos contestatarios, representa sus personajes estironeados entre el humor irónico y el drama. Poco después, esta caricatura mordaz de origen neofigurativo retrocederá ante la emergencia de graves reflexiones sobre la condición humana. Para enfrentar la tragedia, el concepto tomará el lugar de la sátira en sus próximas obras sobre la imagen de Durero.

A favor de la condición humana

Las dos grandes preocupaciones de Colombino, el rigor formal y la dramática densidad de los contenidos expresivos, convergen en la serie Reflexiones sobre Durero, que, desarrollada a partir de mediados de la década de los setenta, significa la gran síntesis de la madurez del artista: una iconografía madura y vigorosa que tanto implica un análisis del lenguaje visual como un pronunciamiento firme a favor de la condición humana. La utilización de imágenes del maestro alemán permite a Colombino nombrar la realidad desde la mediación de los signos del arte y sus instituciones.

Pero también le permite el empleo de una poética de la ruptura y la negación, cifra del conflicto que marca profundamente toda su pintura.

Estos contenidos son reforzados a través de soluciones estrictamente plásticas (las formas agredidas, los espacios rasgados, la misma madera abierta y rota) como mediante diferentes símbolos que configuran una iconografía característica suya (ataduras, máscaras, mutilaciones y tachaduras).

A partir de los años 80 desaparecen las figuras de Durero y quedan solo armazones descarnados, escenarios callados y desiertos. Sobre estos paisajes vacantes aparece pronto la confusión de cuerpos inciertos, bultos que, más adelante, se definen como seres humanos desfigurados o sombras de cuerpos semiocultos por máscaras y ropajes ambiguos. Cuando caen estos disfraces, los rostros aparecen incrustados en peñascos que configuran un paisaje petrificado, abierto sobre abismos y cielos minerales.

Esta etapa, titulada Serie Paraguay, integra la denuncia social y política de los años sesenta con las investigaciones analíticas de las Reflexiones sobre Durero: con un nuevo sentido expresionista, Colombino nombra al sesgo los fantasmas nocturnos que acechan más allá de la clara forma.

La última etapa de Colombino transitó con libertad todas las posibilidades que presenta la madera y explora los límites de su propia imagen.

Oscilando siempre entre los argumentos del lenguaje y las presiones de la historia, la forma se despoja hasta el límite o bien se desgarra y lacera su propia materia en un movimiento feroz que arruina todos los cálculos.

En el fondo siempre está el conflicto que atosiga y alimenta su obra: la oposición entre libertad y necesidad, entre estructura e historia, entre razón y deseo. Tensado entre estos términos adversarios se ha trazado el itinerario más firme y dramático de la pintura moderna del Paraguay.

Tiempos oscuros, tiempos de esperanza
Por Miguel Ángel Fernández
Poeta y crítico

Oscuros días, pulso de sombra, paso de hombre, monstruos vanos: con esas palabras echábamos a andar los poetas de mi generación --la del 60-- nuestras primeras publicaciones. Eran ya los tiempos sombríos de una dictadura brutal y sangrienta que marcaría nuestra experiencia existencial y nuestra producción estética, y, en algunos casos, destruiría vidas y destinos.

Los monstruos vanos (1964) fue el primer título poético de Esteban Cabañas, seudónimo de Carlos Colombino para toda su producción literaria. Le siguió una ingente producción literaria, que incluye novelas y obras de teatro.

Por entonces ya era conocido como uno de los jóvenes artistas que se habían sumado al proceso artístico renovador iniciado por el Grupo Arte Nuevo diez años antes. Había realizado su primera exposición pictórica en un centro cultural francés, en 1958, y desde entonces tendría activa participación en la todavía precaria vida cultural paraguaya.

Colombino dio poco después andadura a una nueva técnica de expresión plástica, la xilopintura, en una muestra realizada en setiembre de 1965. "Lo estético en su obra actual --escribí en el catálogo de aquella exposición-- deja ya de tener connotaciones puramente formales, y sus tentativas se dirigen al logro de una concepción en que hagan vértice la potencia de un lenguaje a nivel del arte contemporáneo y la intensidad de un sentimiento plenamente identificado con los problemas de un mundo en que han sido violentados no solo la noción del valor sino los propios principios que fundamentan la dignidad del hombre".

Radical expresión estética

En el campo de las artes visuales iría profundizando cada vez más la radicalidad de su expresión estética, casi siempre a través de sus xilopinturas. Al mismo tiempo que la dictadura golpeaba ferozmente a quienes resistían sus embates desde la dimensión cultural, él expresaba en sus obras la sordidez y brutalidad del fascismo en el poder.

Como poeta, no fue menor la carga expresiva de sus versos. Asumió con valor --paralelamente a sus obras xilográficas-- el infortunio de su pueblo.

Fue de los pocos que mantuvieron coherentemente en su arte el sentido profundo del compromiso social del arte. Esa poesía descarnada, por momentos atravesada de imágenes surreales, pero siempre dicha desde el hondón de la experiencia humana, tuvo presencia a lo largo de su vida, en numerosos títulos.
Colombino vino a sumarse, así, a una constelación de figuras capitales que dieron esplendor a la cultura paraguaya moderna, con Rafael Barrett, Agustín Barrios, Hérib Campos Cervera, José Asunción Flores, Josefina Plá y Augusto Roa Bastos.

No será necesario mencionar los lauros que obtuvo con sus diversas producciones: están a la vista y constituyen una honra para nuestra cultura. Conviene, sin embargo, no olvidar sus aportes como narrador, dramaturgo, arquitecto y gestor cultural, casi tan importantes como su labor de artista y poeta.

Ácido y deslenguado muchas veces, lo hacía en un medio que necesitaba y sigue necesitando que se afirmen a gritos la dignidad humana, la justicia y la libertad.

Tiempos oscuros, ciertamente, en que hay que seguir dando pasos humanos con vocación solidaria y coraje. La ausencia de un gran artista, al fin y al cabo, no es ausencia, porque su obra sigue sustentando perennemente valores fundamentales del devenir cultural y social.

"... Me verás partir"
Por Adriana Almada
Crítica de arte

Estuve largo rato bajo la lluvia tenue pero incesante. Todo era bello, a pesar de la tristeza. Veía las flores como parte del jardín, rozagantes sobre el fondo gris de la tarde. El artista estaba en el lugar preciso: en el corazón mismo de su obra.

Ya en reposo, compartía el tiempo sin tiempo de los fantasmas, los miedos, acaso la esperanza. El gran mural de La próxima cena, con sus gestos caníbales, parecía un vaticinio sombrío conjurado solo por el afecto de quienes lo rodeaban.

Solo dos velas blancas sobre candelabros de cerámica negra. Austeridad y, de nuevo, belleza.

Carlos Colombino era grabador por excelencia. Trabajaba sobre la materia cruda. Practicaba la incisión. La marca. La señal. La impronta. La huella. La cicatriz. Lo que se reproduce y se multiplica, incluso al decidir clausurar el gesto y detenerse en la matriz para dulcificar sus heridas con el color. Esta actitud de grabador se ha traducido en todos los ámbitos de su vida y de su obra: en el arte, en la escritura, en la gestión cultural, en el compromiso político.

Qué oportuno fue compartir las últimas horas de su cuerpo en el exacto lugar al que dedicó todas sus fuerzas: el espacio en el que imprimió sus sueños. Sin ritos vacuos ni lugar para la hipocresía oficial. Solo y en silencio, rodeado del afecto y el respeto de un Paraguay que no claudica ante la barbarie.

(*) Vicepresidente AICA Internacional. El título hace alusión al verso "Cuando el tiempo deshaga sus velámenes, me verás partir...", de Esteban Cabañas.

Carlos o Esteban, la misma daga contra la nada y el olvido
Por Susy Delgado
Escritora

Ya estamos aquí/ junto a nosotros/ muertos del todo y secos/ de quemazón diaria,/ de vómito celeste. Nadie existe", escribió alguna vez con ese verbo duro que nos abofeteaba con las verdades y sospechas más crueles del ser humano y su destino. Peleó como una fiera contra ese destino de orfandad, de olvido, de ceniza. Navegante de aguas tormentosas, buscó desesperadamente "caído sobre cuerpos sin nombres repetidos/ el combustible ardido el corazón quemante/ navegación de cuerpos en perpetuo naufragio/ consumidos".

Tomó en sus manos por momentos la madera y por momentos la pluma, con rabia y con ternura, y contradijo con ellas esa nada; sobre esa materia precaria e ingrata, sobre el descreimiento más descarnado, construyó una fe en lo imposible, dibujó la utopía. Demiurgo de la soledad y la ignominia, la chatura y la ceguera y la mentira, las amasó sin piedad ni concesiones y produjo el milagro.

"Para ser un artista no basta saber pintar --dijo alguna vez--, hay que tener algo que decir". Él tenía de sobra, inconforme radical, soñador impenitente, irreductible.

Y el poeta fue igual de osado que el artista. "Voy por el filo de la navaja.

O voy a despellejar las palabras", dice en un diálogo inquietante, en esa bella novela, bellamente escrita --Atajo--, más que una novela, poesía pura hilvanada con puñados de historia social y personal, y los ricos condimentos de una sensibilidad aguda, al servicio de una reflexión sobre el ser humano ante la vida y la muerte.

Diálogo prestado por un ratito a cualquier personaje, era tal vez un verdadero mandamiento del poeta que despellejaba las palabras para alcanzar la poesía de lo escondido, lo terrible, lo imposible.

Carlos o Esteban, Esteban o Carlos, no importa, existió. Y para quienes hayan escuchado su verbo encendido, seguirá existiendo por mucho tiempo. Para quienes hayan acusado la herida lacerante de sus palabras y su obra, y hayan percibido esa terca fe que contradijo la nada, Esteban o Carlos, Carlos o Esteban habrá triunfado.

Una faceta poco conocida
Por Antonio V. Pecci
Periodista

Junto a su trayectoria artística, el destacado creador también asumió acciones en una esfera menos conocida como fue su militancia en favor de los derechos humanos.

A mediados de la década del 70 envió una obra suya para que integrara la exposición itinerante Salvador Allende, que debía recorrer toda Europa, junto a la de otros artistas latinoamericanos reconocidos. Era un tributo a un presidente progresista derrocado de manera sangrienta.

Y un repudio al mentor de dicho golpe: Augusto Pinochet. Sabía que ese gesto no pasaría desapercibido para el régimen y que sufriría represalias. Aún así, desarrolló otras acciones como el dar refugio en su departamento a opositores perseguidos, hasta que lograran otro lugar más seguro o salir del país.

Debido a su pensamiento crítico hacia el poder y a su opción sexual transgresora, sufrió persecución en varias oportunidades. En una de ellas estuvo a punto de asilarse en una embajada, pero la ayuda de una pintora amiga le ofreció otra opción: la de ir a un establecimiento de campo y permanecer encerrado hasta que pasara la razzia policial.

Un par de semanas que fueron aprovechadas para pintar en las paredes de la habitación un mural. Era la manera de luchar contra el miedo y resistir.

Exiliado, Rubén Bareiro quiso acercarse al país. Un día me llama Carlos y me dice para ir juntos a verlo a Rubén, que estaría en Posadas, aguardando a quien era su pareja en el momento, una chilena que estaba de paso por Asunción. Viajamos junto con ella hasta la ciudad misionera. Y allí compartimos un par de días con el amigo yendo hasta las ruinas de San Ignacio.

Pese a saberse, junto a otros artistas, en la lista negra del régimen, no tomó la opción de radicarse en Madrid, París o Roma, donde podría crear en un ambiente de libertad y respeto. Optó por quedarse en Paraguay. Su arte y su lucha estaban enraizadas en esta tierra.

Articulo: http://www.ultimahora.com 18/05/2013

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