dimanche 19 mai 2013

Adriana Leonor LOPEZ VELA/ Los sueños inútiles


Los sueños inútiles 
Por Adriana Leonor LOPEZ VELA

La poeta Piedad Bonnett asumió el suicidio de su hijo con valentía. Fiel a sí misma, confrontó a la muerte con la literatura. 

“Todos morimos. El objetivo no es vivir para siempre. La meta es crear algo que lo haga”.

Chuck Palahniuk

La tarde del pasado dos de mayo era plomiza. Fría, muy fría. Caía una lluvia, a veces menuda, a veces recia. Eran las dos y media de la tarde cuando arribamos al lobby del Hotel Four Points Sheraton, en El Poblado, al sur de Medellín. Durante el recorrido, las 131 páginas de "Lo que no tiene nombre" iban y venían en la cabeza. Y la poesía de Piedad también.

“De niña me fue dado mirar por un instante/ los ojos implacables de la bestia. / El resto de la vida se me ha ido tratando inútilmente de olvidarlos”.

Es corto, se llama Revelación y lo he rescatado de la antología "Los privilegios del olvido" (2008). La poesía es el único recurso que tiene el hombre para  nombrar lo innombrable, pensaba mientras los carros desfilaban por la ventanilla del vehículo que nos llevaba a cumplir la cita.

Pese a sus cuatro novelas, cinco obras de teatro y a sus columnas de los sábados en El Espectador, la poesía ha sido la identidad literaria de Piedad Bonnett. En el 2011 publicó su último libro de poemas, "Explicaciones no pedidas", con el que ganó, ese mismo año, el Premio Casa de América de poesía americana, de Madrid. "De círculo y ceniza" (1989), "Nadie en casa" (1994), "El hilo de los días" (1995), "Ese animal triste" (1996), "Todos los amantes son guerreros" (1998), "Tretas del débil" (2004), y "Las herencias" (2008), son los siete libros restantes, a los que hay que sumarle cuatro antologías, una de ellas publicada en italiano. 

El motivo de la cita: el último libro publicado. Su título: "Lo que no tiene nombre". No es poesía, es narrativa; pero no es ficción.

La muerte paraliza. La muerte enmudece. Piedad Bonnett se refirió a ello en las páginas 38 y 39 del libro. ¿Cómo hablar de un tema que, imagino, tan doloroso? Trágico doloroso, infausto doloroso, azaroso doloroso. Sin nombre. Lo que no tiene nombre.

El suicidio del hijo. 
Sí, el suicidio.

Arribamos al hotel a las dos y media, en punto. 

***
La  muerte enmudece. 
El suicidio abochorna.

Un día después de que Daniel Segura Bonnett se lanzara al vacío, el 14 de mayo de 2011, desde la terraza, el quinto piso de un viejo edificio de Upper East Side, en Nueva York, Piedad Bonnett llegó al apartamento en que vivió su hijo por diez meses. Es un escenario -escribirá después-, además, sagrado: “Siento por un instante que profanamos con nuestra presencia un espacio íntimo, ajeno; pero también, atrozmente, que estamos en un escenario”.

Al llegar, antes de cruzar el portón de acceso al edificio, la constatación: esa mirada en contrapicada; los cinco pisos de caída libre, los cuatro pisos que los esperaba por las escaleras de granito. El equipaje vacío.

Y el silencio haciendo eco. Los abrazos apretados de Camila, su hija; de Renata, su hija; de Pamela, de dos ancianas vecinas. La mirada a las cosas, a los objetos que fueron testigos de un instante de locura o de lucidez: a la ventana, las escaleras de emergencia, a la cama, a los libros, a los cuadernos, a los zapatos perfectamente alineados, a la chaqueta “de cuadros” descansando en el espaldar de la silla en la que pasó horas y días estudiando; al reloj, al iPod, a la billetera, al teléfono móvil “cuidadosamente alineados” sobre el escritorio... 

Esa mirada no puede ser más que en silencio porque la muerte enmudece, el dolor, en principio, enmudece. Muchos aquí, en este país, lo saben. La diferencia la hace la palabra. Por eso el libro ha sido bien acogido [En menos de un mes de la primera edición, una segunda reimpresión]. 

Porque esta historia, contada por Piedad Bonnett, no es solo la historia de Daniel y el dolor de la madre, del padre, de las hermanas. Es la historia de miles de familias con duelos ocultos. El tabú que encierra el suicidio.

La paradoja: esa muerte que enmudece, Piedad Bonnett la afronta con la palabra. No la silencia. Después se sorprenderá, en medio de tantas cavilaciones, de que el silencio y la huida no es suya sino de algunos de sus conocidos. Ella asirá la muerte de su hijo Daniel, y asirá con fuerza el suicidio. No es fácil. “La noticia de que se trató de un suicidio hace que muchos bajen la voz, como si estuvieran oyendo hablar de un delito o un pecado”, escribirá después. Está en el libro. “Las cosas son. Punto”. Me dijo ese dos de mayo lluvioso. Y frío.

***
Cinco o diez minutos pasaron antes de que la viera caminar por el hall del hotel en dirección a Información. Esperábamos en una pequeña sala, cálida, al frente de un auditorio en ese momento repleto de gente que apuraba un tinto antes de seguir en su reunión. Como sucede ahora, poca gente hablaba, la mayoría estaba concentrada en sus smartphone. Apenas se escuchaba un murmullo, de cuatro que hablaban bajo, del tintineo de platos, pocillos y cucharas, de los carros que cruzaban por la avenida encharcada, de los pitos. El aroma a café recién preparado invadía la minúscula sala.

La vi. Estaba sola.

Menuda, ojos pequeños tras unos lentes de marco café, ovalado. Estaba sin color, visiblemente cansada. Recién llegaba de Bogotá, sin tiempo para reposar y contado para atender los compromisos de prensa y académicos. Luego supe de la intensidad del mes que acababa: la Feria Internacional del Libro que se realizó entre el 18 de abril y el 1 de mayo y en la que, por supuesto, presentó Lo que no tiene nombre. Basta una ojeada a los medios para comprender el ajetreo. Terminamos en un rincón del restaurante del segundo piso con la intención -vana- del silencio. Ya no era el murmullo; el paso de los carros, la lluvia, los pitos, armaban un estruendo que con suerte -pensé-, escucharía la grabación.

Las preguntas se me antojaban tontas. Ahí estaba, paralizada, silenciada ante la muerte y el suicidio del hijo. De un hijo. Ella, sin embargo, se mostró generosa desde el principio. Su voz era cálida, serena.

***
Daniel Segura tenía 28 años cuando saltó. Su hermana Renata prefiere pensar que voló esa tarde del 14 de mayo, a la 1:10. Piedad Bonnett lo narra en el libro. Fue una liberación, expresó su hermana mayor tres semanas después de la muerte en un homenaje que le rindió la Universidad de los Andes, en donde Daniel estudió Bellas Artes y luego hizo una especialización en Arquitectura. Solo él sabía del esfuerzo que hizo durante los últimos ocho años para lidiar con un trastorno esquizo-afectivo. Durante todos estos años solo padeció cuatro episodios sicóticos, cada uno de dos o tres días. Aun así, sufrientes, dolorosos para él, para su familia. “De resto él controlaba lo que le sucedía, porque lo controlaba, o sea, estaba del lado de la lucidez”, respondió. Le había preguntado si ella pensaba que el suicidio de su hijo había ocurrido, no en un momento de locura, sino de profunda lucidez. Algunos pensamos que es así, que hay suicidios que son producto de la más instantánea lucidez en medio de la locura que supone vivir atormentado por algún sufrimiento.

-Una persona que tiene esa lucidez sobre su propia enfermedad mental y sobre la amenaza de la enfermedad mental, seguramente se mete a internet, mira lo que puede hacer la droga, mira lo que puede ser si no toma la droga, mira estadísticas, mira las posibilidades de deterioro del cerebro. Eso tiene que ser una carga terrible, entonces, los enfermos de esquizofrenia que se suicidan, son los lúcidos; los que están confinados en los hospitales y tienen vidas inútiles, ahí el suicidio no es consciente, no es un imperativo. Entonces, yo creo que Daniel lo que hizo -me lo ayudó a entender un sicólogo-, es empezar a pensar en el suicidio como una posibilidad. Es una idea que, digamos, va haciendo un camino. (…) Yo lo vi en sus ojos, pero él dilató la decisión, seguramente años. Y llega el instante, que puede ser de confusión, no lo sabremos jamás. Veinte minutos antes estaba lúcido, cuando habló con su hermana le dijo ‘me siento mal, lléveme a un hospital’, y eso sólo lo hace una persona con lucidez. Y las hermanas ya vienen por él. Yo creo que pudo ser una alucinación, pero es que la alucinación no es lo que desencadena el suicidio, lo que desencadena el suicidio es ese deseo que viene acumulando durante meses. Si me pusieras a escoger, yo diría que primó la lucidez.

***
Fueron cuarenta y cinco minutos de un diálogo ininterrumpido, tiempo durante el cual no tocó la copa con agua que el mesero había dispuesto en la mesa con una afabilidad inusual. Sus manos estuvieron siempre ocupadas gesticulando, o descansadas sobre la mesa. Son pequeñas, carnosas.

La idea del suicidio no puede ser -aclaró-, romántica. Esa mitificación de los artistas suicidas que ha hecho carrera entre los literatos existencialistas. Virginia Woolf, que a los 59 años se hundió en el río Ouse, en el pueblo de Rodmell, Inglaterra, el 28 de marzo de 1941. Se sabe que eran como las 11:30 de la mañana cuando llenó sus bolsillos de piedras y caminó hacia las profundidades.  “Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor”, escribió a su esposo antes de partir. Alfonsina Storni, que murió en Mar del Plata, Argentina, el 25 de octubre de 1938. A la una de la madrugada caminó hasta la playa La Perla, y dice la leyenda, se hundió en las abismales aguas del Atlántico. Alejandra Pizarnik, quien puso fin a sus días el 25 de septiembre de 1972 en su apartamento del 980 de la Calle Montevideo de Buenos Aires. “No quiero ir nada más que hasta el fondo”, fue lo último que escribió; luego se tragó 50 pastillas de Seconal sódico. Silvia Plath, poeta también, que se asfixió con gas en su apartamento de la 23 Fitzroy Road, Londres, en la mañana del 11 de febrero de 1963. Tenía 31 años. Leopoldo Lugones... y un largo etcétera que no viene al caso. Daniel era un artista, cabía la pregunta, otra tonta pregunta. ¿Cree que sobre los artistas, cualquiera que sea su arte, se cierne un universo oscuro, que los persiguen sus fantasmas? La suya fue una respuesta dada con mesura, con una claridad pasmosa dada su condición de poeta.

-El arte es siempre un territorio de incertidumbre, siempre, aun cuando llega el éxito. Si no es así el arte pierde su valor porque el artista que se acomoda en el éxito y se repite porque eso le funcionó, ya no es artista. El artista es un hombre que siempre está indagando dentro de sí y en el mundo de afuera y preguntándose por lo que no conoce, haciéndose las grandes preguntas que nos hacemos los seres humanos. Entonces ya, estar uno parado ahí implica dificultad. […] Ahora, considerando los extremos, pues sí, tenemos la historia de enfermedad mental y de suicidios de muchos artistas […] Se han hecho muchos estudios de la relación entre la enfermedad mental y el arte y estudios importantísimos, yo leí varios, no solamente de sicólogos sino de filósofos, de grandes pensadores, o de biógrafos que se han puesto a explorar estas vidas, y es digamos también, una constatación. Yo no creo que los artistas -y me incluyo-, estemos condenados al dolor, no. Hay una porción de artistas a los que el dolor les ha dado muy duro a lo largo de la historia. Me parece que los que estamos del lado de acá también tenemos el escepticismo, un cierto tormento aunque esté debajo de muchas capas, pero no alcanza a ser una cosa arrasadora. No hay que mitificar el dolor del artista, convertirlo en un ser trágico per se, porque esos grandes dolores de esos artistas merecen conmiseración, merecen piedad. Lo que quiero decir es que no hay que banalizar eso. No hay que jugarnos que los artistas son unos malditos, sino que hay vidas -entre los artistas y los no artistas- muy dolorosas. Y buscar una obra porque es de un suicida, o mitificar a ese personaje por eso, me parece que no es el mejor camino para analizar el fenómeno.

***
Además de escribir, Piedad Bonnett ha estado vinculada desde 1981 a la Universidad de los Andes (Bogotá) como profesora de literatura latinoamericana y europea. Como docente -pensaba por ráfagas preparando la siguiente pregunta-, ha estado cerca de los estudiantes, de sus sueños, la promesa de un futuro y la fe en sus talentos. Me parecía entonces haber descubierto varias denuncias en el libro. Algunas muy discretas, casi imperceptibles. Una de ellas, quizá la primera, la lección equívoca que Daniel recibió durante su paso por la universidad. “La pintura ha muerto” escuchó muchas veces en sus clases de arte. Y él era pintor, dibujante. Cuando leí este pasaje en el libro, me remitió casi instantáneamente a Pizarnik que diez meses antes de suicidarse, le dijo a una amiga suya en París: “toda mi vida la viví en función de la poesía y de pronto me doy cuenta de que la poesía no le interesa a nadie”. Esa decepción la percibí cuando, cuenta Piedad en el libro, su hijo Daniel sentencia un día que dejará de pintar. ¿Alguna vez usted sintió esa gran decepción? Me atreví a preguntar. Ese miedo de preguntar tonterías permanecía. Pero bueno, había un trasfondo ahí -al menos esa era la intención-, la responsabilidad de quienes ejercemos la docencia. Ella respondió sin titubear. Su rostro había adquirido ya un aspecto severo; la conversación había tenido un giro. Su voz, sin embargo, seguía siendo apacible.

-Sí. La respuesta no es sencilla porque él luchó por contradecir este mundo, e hizo la tesis de pintura y dibujo, y se impuso sobre los que querían que en vez de dibujar se concentrara en la fotografía de lo que iba a dibujar. Y alguien se atrevió a decirle: “¿Si tienes la fotografía para qué vas a dibujar? También yo hago esa denuncia: cómo los maestros pueden hacer daño con esas afirmaciones tan rotundas, porque una persona con una sensibilidad extrema, una frase como “la pintura ha muerto” puede ser devastadora. Ahora, no querría yo decir que esa fue la razón de su suicidio. -Su voz pone un evidente acento en ‘la’-. No, es una más de las muchas razones. Daniel pintó cuadros hermosísimos de formatos enormes, que uno queda sobrecogido. No es un aficionado sino un artista de verdad. Pero cuando él va a escoger ya lo que va a hacer por el resto de la vida, entonces decide estudiar Administración de Arte. ¿Por qué? Por la misma razón del que quiere ser literato, se acobarda y va y estudia Derecho. El chico valiente que era mientras estuvo en la universidad, de pronto se acobarda. […] Lo que mató a Daniel fue que él no siguió pintando. Una de las cosas importantísimas: el arte es muy sanador para las personas enfermas, para las personas con trauma, eso se sabe. Daniel dejó de pintar en la universidad porque no había espacio para pintar allá.

Piedad Bonnett se refiere a la Universidad de Columbia, en Nueva York, en donde Daniel estudiaba Administración de Arte. Fueron diez meses difíciles para él. Hice un cálculo estremecedor: un artista en las rígidas clases de contabilidad. Lo pensé entonces, y lo sigo pensando ahora: Los sueños inútiles no deberían existir.

***
Quedaban diez minutos del tiempo previamente acordado. El ruido proveniente de la carrera 43C fastidió toda la entrevista. Me apenaba el tener que acercarme para escucharla. Una última pregunta. Desde las primeras páginas del libro hasta las últimas, no dejé de sentir malestar, cierto enfado. “Todo es espectral y desasosegante en el consultorio del psiquiatra al que nos ha remitido la psicóloga: la luz enfermiza de la lámpara, las paredes despojadas, el pasillo incierto, y el médico mismo, un hombre sin sonrisa. Nos habla de modo cortante, pero nos habla. (Luego tendremos que vernos con el silencio de los médicos, con su renuencia a dar un diagnóstico y su negativa a contestar el teléfono)”. Es solo uno de tantos pasajes que dan cuenta de las dificultades que tuvieron que franquear hasta encontrar con un médico cercano. Me queda -pregunté- la certeza de lo inútil que puede llegar a ser la psiquiatría, o los psicólogos, en lo que respecta a la cura de la enfermedad mental. ¿Qué sensación le dejó tantas equivocaciones? Piedad se apresuró a responder. 

-No, no quiero ser injusta. Lo primero que quiero decir es que me alegro de que la psiquiatría exista y me alegro de que la farmacología exista. […] Lo que sucede es que la siquiatría va muy lento porque el cerebro es la caja negra que tenemos; lo más misterioso que le ocurre al hombre está en el cerebro, entonces tienen una profesión muy difícil, y sin embargo han hecho muy buenos avances. Otra cosa es la calidad de los médicos... entonces la posibilidad de errar con los psiquiatras es muy alta, o la posibilidad de errar con los psicólogos es muy alta, porque son profesiones que requiere de gente con sensibilidad. Ellos tienen la vieja actitud de la medicina; a los médicos los bajaron a trompadas y los dejaron tendidos en el piso. Ahora los médicos no tienen ni la décima parte del prestigio que tenían antes, pero los psiquiatras se quedaron en ese sistema. ¿Por qué? Porque la medicina psiquiátrica, para el grueso de la población, ofrece muy mal servicio, con excepciones. También es la sociedad porque, creo, la psiquiatría ha evolucionado por caminos distintos y aquí no hay muchas opciones, aquí hay una forma muy ortodoxa de la psiquiatría. Y bueno, dentro de los médicos, como en todo, hay gente más humana.

***
El tiempo se había agotado. Esos cuarenta y cinco minutos pactados que me parecieron al inicio, una generosidad de su parte, eran nada. Nunca miró de soslayo el reloj, nunca un gesto de frialdad. Nunca la abandonó la expresión de serenidad. La racionalidad, ese corte transversal que impone la reflexión sobre la emoción, y que descansa en la literatura, ha sido para Piedad Bonnett un punto de equilibrio. Los libros en los que se refugió buscando respuestas, estudiando, indagando en la literatura, en la ciencia, fueron un importante soporte para aliviar el dolor. Michael Greenberg, Mary Jo Bang, Jean Améry, Julián Barnes, Jonathan Barnes, Gottfriend Benn, Sylvia Plath, James Russell Lowell, Javier Marías, Joan Didion, Vladimir Nabokov, entre muchos otros, le sirvieron quizá, de consuelo, pero no para comprender. “La muerte es un misterio”, “dos años y un libro no sirven para entender”, me confesó esa tarde. Y, como ella cita a Javier Marías en su libro, “La verdad es una maraña”, nadie tiene respuestas ante el misterio de la vida. Ni de la muerte. “Las cosas son. Punto”.


Daniel creciendo 

Con el oído del corazón oigo la música secreta de tu cuerpo,
el crepitar de tus huesos creciendo,
un animal poderoso que te sube en la voz,
la turba  de tus sueños, las mareas
que con fuerza te alejan de mi orilla.
Por los rincones todos la casa
vas dejando tu antigua piel,
y abrumado y espléndido descubres
tu desnudez que humilla los espejos.

Yo torpe, yo asustada, 
Desde mi torre ondeo mis pañuelos.
Abandonas
tu tierra de milagros donde el rey es el silencio,
tu universo de ciegos resplandores
sin mirar hacia atrás.
En la mañana
en que trémulo vuelvas la cabeza
para leer las cifras de aquel tiempo,
un mar de sal te velará los ojos.
*Tomado de la antología personal Los privilegios del olvido.


Reconocimientos
  
• De círculo y ceniza. Mención de honor en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz.

• El hilo de los días. Premio Nacional de Poesía, de Colcultura. (1994)

• Explicaciones no pedidas. Premio español Casa de América de Madrid de Poesía Americana. (2011)

• En el XIV Encuentro de Poetas del Mundo Latino, realizado en Ciudad de México y Aguascalientes entre el 25 y el 31 de octubre de 2012, le fue otorgado el premio de poesía Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2012 por su aporte a la lengua castellana.

• Por su proyecto “Cinco entrevistas a poetas colombianos” ganó en 1998 la Beca de Investigación del Ministerio de Cultura. 

• En 1992 le fue entregada la Beca Francisco de Paula Santander para la realización un trabajo de dramaturgia.

Fuentes: http://www.piedadbonnett.co y solapa del libro Lo que no tiene nombre.

Articulo: http://www.elmundo.com 11/05/2013