dimanche 5 mai 2013

Daniel ARJONA/ Ejemplaridad y resistencia


Ejemplaridad y resistencia
Por Daniel ARJONA 

Javier Gomá y Jacobo Muñoz, dos primeras espadas de la filosofía española, diseccionan la crisis de nuestro tiempo.

Jacobo Muñoz (Valencia, 1942) es "maestro de filósofos"; Javier Gomá (Bilbao, 1965), "la estrella emergente de nuestra filosofía". Así se retratan el uno al otro al arrancar el duelo versallesco al que les convocamos para otear, desde la filosofía, la realidad de un presente en crisis. Ambos tienen nuevo libro bajo el brazo. Necesario pero imposible, de Gomá, culmina su serie sobre la ejemplaridad y se pregunta por la esperanza. Filosofía y resistencia, de Muñoz, llama a no resignarse al estado de cosas dominante y apela a una nueva Ilustración. Tocan espadas.

Todos los días, a las tres y media de la tarde, cuando aquel abrigo gris y aquel bastón de caña encaminaban con atónita puntualidad el paseo de los tilos de Königsberg, los vecinos ajustaban sus relojes. Inmune a los avatares del clima, los días lluviosos le seguía, cubriéndole con un largo paraguas, su viejo y fiel criado Lampe. De apariencia inofensiva, el hombre del reloj iba a revolucionar la filosofía, la moral, el juicio estético, a urdir el concepto fundamental de la ciudadanía espabilada por un inédito grito de guerra: “Sapere aude”, “Atrévete a saber”. Pero Immanuel Kant iba también a circunscribir los términos del debate entre ejemplaridad y resistencia que, más de 200 años después, motiva la actitud filosófica de dos de sus herederos. 

Jacobo Muñoz apuesta en su último libro, Filosofía y resistencia (Biblioteca Nueva, 2013), por una nueva Ilustración que abra las puertas a una “sociedad justa”. Para ello apela a la resistencia y a la responsabilidad. Javier Gomá, por su parte, culmina en Necesario pero imposible (Taurus, 2013) su tetralogía fundada en el ideal de la ejemplaridad, que reclama de nuestra sociedad, tras los logros históricos de la libertad y la igualdad, un último esfuerzo de emancipación moral. No es extraño que el encuentro entre los dos filósofos en la sede de la Fundación Juan March de Madrid, que dirige Gomá, atienda en primer lugar a una crisis que es económica y también moral, de civilización. Empieza Gomá deseando con su intervención estimular en Muñoz “su espíritu de contradicción”. “Tú saca ya la espada”, le apremia su oponente. 

Javier Gomá: La pregunta interesante no es tanto por qué existe una crisis sino cómo se percibe esa crisis. Si echamos la mirada atrás, y lo he defendido por escrito en diferentes lugares, vivimos en el mejor momento de la historia universal. Es incuestionable que en los últimos 60 años se ha producido una conciliación casi milagrosa entre prosperidad económica y dignidad moral. El sistema económico capitalista lleva en su seno la crisis periódica y aunque ésta es muy profunda, y provoca un gran dolor individual absolutamente digno de respeto, debemos confiar en que el futuro mejore y desarrollar todas las prevenciones que eviten malograr un progreso que tanto esfuerzo y sangre ha costado. 

Jacobo Muñoz: Javier, tú crees que vivimos en el mejor de los mundos posibles dentro de lo que cabe, y yo eso no lo acepto. Este mundo en el que vivimos podría ser extraordinario si ensamblara de otra manera todas sus disposiciones y elementos. Pero no lo hace. Y es ese décalage el que me impide aceptar tu posición. 

JG: Pero Jacobo, ¿qué otra época histórica eligirías para vivir? 
JM: Si eres de las clases medias, ésta, sin duda. 

JG: ¿Y eso no indica ya su superior dignidad moral, en comparación con las anteriores? 
JM: ¿Dignidad moral? Eso es un espejismo. Un rasgo esencial de la modernidad capitalista, es su carácter bifronte, esencialmente contradictorio. Es un sistema profundamente emancipatorio que a la vez genera formas nuevas y terribles de represión. Esa tensión puede ser dinamizadora, no lo niego, pero también letal. 

- ¿Nuestra prosperidad fue también un espejismo? 
JM: Lo fue, un espejismo del que en el caso español nos hemos despertado con un billón de deuda. Y con una extensión de la precariedad que pone en cuestión los valores del gran boom y atiza un peligroso auge de lo antipolítico. 
JG: Tenemos que reconciliarnos con la imperfección, y con la democracia y sus instituciones. No renunciar al ideal ni dejar de estar alerta para denunciar las desviaciones y las corrupciones del sistema. Pero a veces proyectamos sobre las instituciones un anhelo de perfeccionismo que sólo puede llevar a la frustración y que un corazón más instruido sabe que no debe proyectar. Hemos vivido la épica de la democracia en la Transición . Después, en los 80 y 90 llega la lírica. Y tenemos que acostumbrarnos a aceptar la prosa de la democracia. 

Escraches y corrupción

España se abre en canal sobre la mesa del debate, una España donde las legitimidades saltan por los aires, donde se grita en las calles, recuerda Muñoz, que nuestros políticos “no nos representan”. Gomá observa que mientras en los años 60 en California o París se estaban desnudando y nacían los movimientos contraculturales, aquí teníamos a un militar y no gozamos la educación para la libertad de otros pueblos. 

JM: Es que en España no hemos contado con una burguesía culta y letrada que ofreciera modelos de ejemplaridad asumibles por todos. Y sufrimos una aristocracia populista y chabacana. Todavía hoy andamos con el torero y la aristócrata. Esa vulgaridad se ha exacerbado en los pasados años del boom, con ese nuevo riquismo terrible. Pero si rascas, allá en el fondo, encuentras una cierta dignidad del pueblo machadianamente cantada que es valiosa. Como españoles no podemos olvidar que hemos hecho nuestro proceso de modernización de la peor de las formas posibles respecto a standars europeos. Ha costado seis guerras civiles. 

- Javier se refería antes al dolor de las situaciones individuales. El dolor de los desahuciados que pierden su casa. Y la respuesta de los escraches.

JG: Hablamos de contratos privados con una entidad mercantil en los que el individuo ofrece como garantía su propia casa. Y hay una serie de consecuencias. Pero hay quien responde “yo no he sido”, aunque haya firmado ese contrato, si no puedo pagar la hipoteca. Los culpables son el banco, los políticos, Merkel, el capitalismo, es decir, desplaza la responsabilidad. Por otra parte sufrimos un mayor dolor y ese dolor no está repartido con los que lo han causado. Aparecen casos de corrupción que vienen de antiguo pero ya no los toleramos. Y el derecho no es una herramienta rígida, debe estar al servicio de la ciudadanía y si las circunstancias cambian, debe cambiar. Estoy a favor de que el derecho se adapte para disminuir el dolor. Pero también completamente en contra de la coacción. Uno de los grandes progresos morales de Occidente ha sido desvincular la virtud de la violencia. Cuando se produce una controversia brutal entre tú y yo, renuncio a la venganza privada y permito ese prodigio civilizatorio de decirle a un tercero que no conozco, que se llama juez, que mediante unos procedimientos impersonales que son las leyes procesales determine cuál es a justicia aplicable al caso. Debatamos, discutamos, opongámonos, pero dejemos al cuerpo en paz. No debemos recuperar la violencia o la coacción para solucionar los conflictos. 

JM: Estoy de acuerdo en eso. Renunciar sería dar un paso hacia atrás. Ahora, lo que pasa es que, tal y como están las cosas, me parece que hay problemas que no tienen solución judicial. Y creo que es lo que ocurre con los desahucios y los escraches. La Constitución establece el derecho de todos los españoles a una vivienda digna. ¿Por qué muchos no la tienen? Y reconozcamos todas las culpas. Los bancos han dado hipotecas a gente que no tenía el dinero para pagarlas. Salvo que la economía, hipótesis implausible, hubiera seguido ascendiendo indefinidamente. Se trata de una gigantesca estafa. O de una gigantesca imprudencia. A mí lo que realmente me gustaría es que los políticos, que son los ciudadanos a los que pagamos para resolver nuestros problemas, arreglaran las cosas para que los escraches fueran innecesarios. Lo del deber es problemático. El gran argumento con el que hicieron los nazis su defensa era que se limitaban a cumplir el deber. 

Cuestiones palpitantes

Llega el cuerpo a cuerpo. Toca enfrentar lo que a Gomá le gusta llamar “la cuestión palpitante”, los principios filosóficos que irradian las respectivas posiciones que en sus libros plantean los duelistas ¿Ejemplaridad o resistencia? Muñoz defiende la segunda, que piensa más universalizable. Gomá por su parte protege a la primera de las acusaciones que usualmente se le hacen por “conciliadora”, por su supuesta elusión del conflicto. 

JG: Yo he salido al paso de eso. Porque hablo de la ejemplaridad de la felicidad pero también de la dignidad. Sócrates encarna ambas cosas, es un hombre feliz con su propia vida y a la vez un hombre digno pues aun cuando sus amigos le invitan a salir de la cárcel donde espera la condena a muerte, él se niega por dignidad y renuncia a la felicidad de seguir viviendo. Una ejemplaridad muy poco conciliadora. Pero es que además explico en mi último libro el carácter conflictivo de la ejemplaridad. El mal ejemplo produce una relajación y una gratificación de la conciencia. Veo algo que es peor que yo y eso me dignifica. El buen ejemplo genera mala conciencia. Produce a mi alrededor una imagen superior a la mía. Y sólo tengo dos posibilidades, o lo sigo, reformando mi vida, lo que no es fácil, o lo odio. Y por lo tanto suscita conflicto. Históricamente, las personas ejemplares han sufrido el conflicto. Y el odio. Y por tanto, sí, la ejemplaridad puede ser un modo conflictivo de vivir y de oponerse a la injusticia. 

JM: Veo problemas, dos tipos de ejemplariedad, la positiva y la negativa. Si yo miro en torno mío, no se trata ya sólo de que todos los días nos llegan noticias de corrupción, tantas que parece una enfermedad social, algo estructural que tiene que ser analizado. Por eso, al programa de la reflexión filosófica uno siempre el metabolismo de las ciencias sociales en el conocimiento de la realidad. Pero es que además hay modelos terribles, como los que ejercen hoy la ejemplaridad activa: los futbolistas y sus parejas, bellísimas modelos, los financieros, etc. Y la ejemplaridad positiva no me parece tratable en modelos universales. Siempre se ha propuesto para las élites. 

JG: No en mi libro, Jacobo. 

JM: No en tu libro, cierto, tú eres el primero que no lo haces, lo que te honra. Democratizas el concepto de ejemplaridad. Pero hoy, para muchos, la dignidad sigue siendo un lujo. En cambio, yo sostengo que la resistencia es más universalizable porque descansa sobre otro valor que es el de la responsabilidad. La responsabilidad es exigible a todos, ante la ley, ante uno mismo, porque uno es responsable de llevar sus capacidades hasta el límite mismo del rendimiento. Y va de la mano de la resistencia, hay que resistir contra las agresiones del medio, hay que construirse una columna vertebral fuerte para poder ejercer esa resistencia. Tú, Javier, estás llevando tan lejos el razonamiento como para acabar con la conclusión audaz de que el verdadero objetivo de la filosofía es proponer ideales. 

La tarea de la filosofía

JG: Sí. Yo propongo un ideal para nuestra época pero no pretendo que se realice en su totalidad. Es una propuesta de sentido que ofrece una dirección, moviliza fuerzas latentes y produce un efecto civilizatorio. Todos somos ejemplo para todos. A mí ya no me vale la distinción entre una minoría excelente y una gran masa dócil. Hoy son opciones existenciales, la opción por la vulgaridad o la ejemplaridad se juega dentro del corazón de todos y cada uno de nosotros como ciudadanos. El ideal que ha movido la filosofía de los dos últimos siglos ha sido el ideal de la liberación individual. Ese ideal ya ha producido todo su impacto civilizatorio. Ahora nos falta pasar de la vivencia a la convivencia y la filosofía sigue anclada en un ideal de la liberación que ha perdido vigencia y en los últimos 30 años es una filosofía que no propone un ideal. Yo lo hago. Eso no quiere decir que sea Gran Filosofía. Pero el precio de ser libres e inteligentes no puede ser la renuncia al ideal. 

JM: Me parece una idealización que ignora demasiado los condicionantes materiales.

JG: Pero Jacobo, ¿eso no es propio del ideal? El hombre prudente de Aristóteles, ¿no ignora también los condicionantes económicos de su época? 

JM: Intentar dar un concepto de filosofía me parece desmesurado. Los conceptos son imprescindibles, no se puede pensar sin ellos, pero al mismo tiempo delimitan y achican. Por las mallas del concepto siempre se escapan chorros de realidad. 

JG: Pero esa objección también se le puede hacer a Kant o a Platón. 

JM: Sí, sí, sí. Es una consideración general al intento de definir la filosofía. La filosofía es mansión de muchas moradas. Una función fundamental de la filosofía es la construcción de mapas de la realidad. Pero el intento de convertir esos mapas en sistemas cerrados es un intento histórico que nosotros no podemos asumir. Ortega decía que el Ser es una cosa que les aconteció a los griegos. Pues bien, el sistema filosófico, ese sistema cerrado de Spinoza, es una cosa que les aconteció a algunos medievales y a los hombres del barroco. Hegel llevó ese género literario a su perfección suma.... y se llevó el secreto a la tumba. Pero sí me parece absolutamente imprescindible la filosofía como pensamiento creador de nexos de sentido, de totalizaciones modestas. 

Oferta de sentido

JG: Pues ahí coincidimos. Yo también hablo de una oferta de sentido. Tú pones el acento en la crítica y yo lo comparto. Pero creo que sólo se puede ejercer la crítica a la vista de un ideal. La filosofía tiene que tomar conciencia de su profunda naturaleza literaria. El poeta celebra el mundo, el filósofo lo define. 

-¿Y cuál es, Jacobo, su llamada a una nueva Ilustración? 

JM: Me remito a Kant, del que aún vivimos, un verdadero modelo de filosofar. Siempre me admira su rigor, su profundidad. 

JG: ¡Pero también su pasión! 

JM: La pasión, eso es. Kant construye un concepto de sujeto capaz de autodeterminación moral, el concepto de ciudadano. Pues bien, esa Ilustración kantiana tiene un límite. ¿Quién es ese ciudadano moral? Varón, blanco, propietario, económicamente autónomo. La inmensa masa de la población era excluida. Mi apuesta por una nueva Ilustración sería desbordar esos límites. Conseguir una sociedad justa en la que coexistan la búsqueda del lucro y la justicia. Pensemos por qué fracasó en parte, no toda, aquella Ilustración. Meditemos. 

***
Necesario pero imposible
Por Manuel BARRIOS CASARES

Javier Gomá Lanzón
Taurus. Madrid, 2013. 296 pp., 20 e. Ebook: 9'99 e.

“Tuve que apartar la experiencia, para dejar sitio a la fe”, podría decirse el filósofo Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), parafraseando a Immanuel Kant. Pues de fe y esperanza es de lo que versa este nuevo libro suyo, tras haber compuesto una trilogía de la experiencia de la vida que figura entre lo más sustancioso del pensamiento español reciente. No se trata, sin embargo, de un giro inesperado para quien haya seguido con el interés que merece el ambicioso proyecto filosófico desarrollado por el autor a lo largo de años. En su intención original estaba abordar también la dimensión religiosa de la existencia.

Una vez analizado lo común a toda experiencia humana en Imitación y experiencia (Pre-textos, 2003), explicitado el proceso formativo del individuo desde el estadio estético de ensoñación narcisista hasta la asunción del compromiso de la edad adulta con el hogar y la vocación en Aquiles en el gineceo (Pre-textos 2007), sugerido de qué modo dicho compromiso es susceptible de verse perfeccionado en la vida ciudadana en Ejemplaridad pública (Taurus, 2009), ha llegado el momento. 

Su anterior trilogía constataba el hecho de que, vinculada a esa experiencia de finitud que nos une, el hombre moderno ha alcanzado una aguda conciencia de su dignidad incondicional. Ahora bien, esta conciencia se ve sacudida por el indigno destino de tener que morir que a todos nos aguarda. 

Javier Gomá se plantea ahora cómo podría pensarse una conciliación entre la dignidad del yo y su desmentido. Más en concreto, se pregunta por la posibilidad de una forma de continuidad de la vida que presente no tanto el carácter una inmortalidad descrita a la vieja usanza, cuanto el de una suerte de “mortalidad prorrogada”. Y es que Gomá es bien consciente de la necesidad de emplear categorías apropiadas a la mentalidad moderna, si de veras se quiere devolver a este tema su añorada vigencia. La esperanza en una vida futura comportaba en el pasado la obligación de ponerse de rodillas ante el Creador. De modo casi instintivo, el ciudadano de las actuales sociedades secularizadas no puede evitar sentir este acto como una humillación y tiende a rechazarlo. ¿Debería por ello negar toda trascendencia y encerrarse dentro de los confines de la experiencia? Gomá advierte que algo de lo humano se pierde cuando se clausura de pleno esa posibilidad. De ahí su insistencia en que la filosofía no debería olvidar un asunto que, de Platón a Kant, estuvo en primera línea de su agenda. No lo olvidaron, de hecho, algunos grandes pensadores de nuestra época. Basta recordar la filosofía del espíritu de nuestro llorado y admirado Eugenio Trías. 

A fin de hacer creíble la hipótesis de una tal supervivencia personal, Gomá argumenta en un terreno antropológico antes que teológico, sirviéndose del genuino hilo conductor de su tetralogía, la noción de ejemplaridad. Acude entonces al cristianismo, cuyo signo más distintivo sería el hecho de que, al lado del Dios trascendente, proclama la existencia de un ejemplo también personal, inmanente, que vive y padece, que es injustamente muerto y sepultado, pero que, excepcionalmente, es devuelto a la vida. 

En la super-ejemplaridad de Jesús halla Javier Gomá un asidero digno de crédito para la esperanza en una prórroga de la vida. 

Así, más de la mitad de su libro está consagrado a perfilar una original imitatio Christi a la altura de nuestro tiempo. Con la pulcritud estilística a que nos tiene acostumbrados, su apuesta por lo que resulta necesario aunque imposible para el mundo contemporáneo no debería dejarnos indiferentes. Su reconstrucción del Jesús histórico y de la formación del canon neotestamentario queda, sin duda, abierta al debate. También parece legítimo discutir si el tomar la fe en Cristo resucitado como “hipótesis verosímil” en que basar la esperanza en la propia supervivencia personal no genera un circulus in probando. Pero el libro cumple de sobra sus expectativas: recuperar con altura de miras el tema de la esperanza para el presente, con independencia de que luego se preste o no asentimiento a una determinada forma de concebirla. 

Articulo : http://www.elcultural.es 08/05/2013

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