dimanche 19 mai 2013

Federico de CARDENAS/ Jean-Paul SARTRE y Las palabras


Aniversario
Jean-Paul SARTRE y Las palabras
Por Federico de CARDENAS

Terminado en 1963 y publicado al año siguiente, el implacable retrato autobiográfico escrito por este filósofo y escritor francés (1905-1980) cumple 50 años. Aunque la influencia sartreana no es lo que antes era, sigue siendo una obra deslumbrante.

Al momento de su aparición, Las palabras fue un libro que desconcertó. Ni los propios adversarios de Jean-Paul Sartre (y vaya si los tenía) esperaban que el escritor se descubriera tanto en lo que entonces se suponía era el primer volumen de una autobiografía que luego el propio autor declaró que no tendría continuación. Cincuenta años después, una relectura de la obra deja la misma sensación de incomodidad y admiración que provocó en su momento.

Las palabras, si exceptuamos los tres tomos de su monumental e interrumpido estudio sobre el novelista Gustave Flaubert, es la última obra maestra sartreana. Estamos ante un intento introspectivo que escudriña –valiéndose de la memoria, el psicoanálisis y viejos documentos del archivo familiar – lo que fue la infancia del autor de La náusea o mejor, para emplear el lenguaje sartreano, un intento de explicar cómo es que un determinado medio familiar, unas circunstancias históricas y sociales y ciertas posibilidades desarrolladas desde la infancia dieron como resultado el niño que después sería escritor.

Libro apasionante porque nos permite acceder a un Sartre desguarnecido, prisionero de sus fantasmas de infancia –los de un niño feo y desdichado – y de sus más tempranas obsesiones (es significativo que el libro se divida en dos secciones tituladas por el autor Leer y Escribir), de las que no se liberaría en lo restante de sus días.

Nacido en París en 1905 en el seno de una familia intelectual, de tradición pietista y dedicada por decenios al cultivo de la música (su abuelo era el compositor Charles Schweizer y Albert, el célebre organista, era primo suyo), el niño crece en un medio de gran severidad del cual fuga con ayuda de la ficción (“insecto, parásito estupefacto, sin fe, sin ley, sin razón ni fin, yo me evadía en la comedia familiar, giraba, corría, volaba de impostura en impostura. Yo huía de mi cuerpo injustificable y de sus endebles confidencias”).

Apenas el pequeño Jean-Paul aprende a leer se transforma en un voraz devorador de libros y en cuanto puede escribir decide que será novelista, escribiendo millares de páginas de aventuras que reproducían en claves similares los textos infantiles que leía. El principio latino de “nulla dies sine línea” (“ningún día sin escribir algo”) fue aplicado por Sartre niño al pie de la letra (“Yo pensaba darle a la literatura cuando, en verdad, lo que hacía era ingresar en las órdenes sagradas. En mí la certeza del más humilde creyente se volvió la orgullosa evidencia de mi predestinación”).

Las palabras es un libro que se lee de un tirón, que somete a la vez a sus lectores a la hipnosis de una conciencia de lucidez insoportable y atormentada, y que finalmente traza un retrato del escritor ajeno a toda complacencia (“Sed complacientes con vosotros mismos y los otros complacientes os amaran; desgarrad a vuestro vecino y los otros vecinos reirán. Pero si azotáis vuestra alma, todas las almas gritarán”).

Las palabras es un libro implacable que, de hecho, ha pasado a la posteridad como uno de los intentos más arriesgados emprendidos por un gran escritor para lograr entregar su interioridad. Creemos que, incluso medio siglo después, nadie sale intacto de su lectura. Ahora que se afirma que la filosofía sartreana quedó obsoleta, que su teatro envejeció y que muchas de sus tesis políticas no encuentran asidero en el mundo de hoy, es forzoso reconocer que este libro es una obra maestra.

Articulo: http://www.larepublica.pe 19/05/2013

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