dimanche 5 mai 2013

Fernando SAVATER/'Las ciudades y los escritores'


'Las ciudades y los escritores'
Por Fernando Savater

Este libro conjuga dos de las pasiones de Fernando Savater: la literatura y los viajes. El gran filósofo recorre las principales ciudades del mundo y nos muestra el vínculo profundo que une a un escritor con su ciudad. Con él deambulamos, entre muchas otras, por las calles del Madrid del Siglo de Oro en las que vivieron Cervantes, Quevedo, y Lope de Vega, por las del Londres de Virginia Woolf, o las del Buenos Aires de Jorge Luis Borges; seguimos las huellas de Robert Louis Stevenson en Edimburgo, de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus en París, de Franz Kafka en Praga o de Fernando Pessoa en Lisboa.

Mezcla de diario de viaje y biografía, Las ciudades y los escritores nos sumerge en la cultura de distintos países y rastrea los rincones célebres y secretos que han servido de escenario o inspiración a los autores que han marcado la historia de la literatura universal.

Una ventana al mundo
LA PRAGA DE FRANZ KAFKA 

La ciudad de Praga es una de las más bellas de Europa. Con su parte antigua y su parte nueva, el Puente de Carlos, su extraordinaria plaza en el centro de la ciudad vieja y sus callejuelas, tanto de noche como de día, tanto en invierno como en primavera, tiene un encanto especial. Es una ciudad musical; aquí nacieron los compositores Antonin Leopold Dvoˇrák y Bedˇrich Smetana, este último, quien dedicó un precioso poema sinfónico al río Moldava, que cruza la ciudad y sobre el cual se tienden hermosos puentes. Aquí también han nacido grandes literatos, como Rainer Maria Rilke y Milan Kundera. Y aquí también nació Franz Kafka. Es en busca de él que hemos venido a esta ciudad. De alguien que dijo que un libro debe ser como un hacha que sirva para romper el mar de hielo que todos llevamos dentro.

Franz Kafka, como creador, cuenta sin duda entre los más singulares y universalmente aclamados del siglo XX. Pero su perfil personal se ha convertido también en una suerte de leyenda de Praga, una de las ciudades europeas más propensas a ellas. Abundan en su biografía rasgos que favorecen su cristalización como mito. Un padre comerciante que siempre fue hostil a la vocación intelectual de su hijo (discordancia a la que debemos uno de los textos más conmovedores de Kafka), una relación complicada en lo sentimental y en lo físico con las mujeres que más le atrajeron, una obra copiosa pero dada a conocer prácticamente toda tras su muerte por un albacea que traicionó su voluntad, argumentos hipnóticos como pesadillas servidos por una prosa cristalina, una existencia marcada por la enfermedad, la muerte temprana… Inevitablemente, este rompecabezas inclina a convertir al escritor en el principal personaje de su literatura enigmática y sordamente angustiosa. Sin embargo, no faltan testimonios que indican que Kafka no fue tan kafkiano como la leyenda tejida en torno a él: muchos lo vieron como partícipe ingenioso y carismático de los debates intelectuales de la Praga modernista, una figura seductora para todos, irónico y hasta alegre. ¡Quién sabe! En lo único en que los contemporáneos y la posteridad estamos de acuerdo es que fue y sigue siendo insustituible.

¿Cuál es el logro más elevado que puede alcanzar un escritor?
En ciertos casos, crear personajes de rasgos inconfundibles, que se incorporen a nuestra memoria colectiva como los dioses de las antiguas mitologías o los referentes bíblicos: Don Quijote, Hamlet, Tartufo, la Celestina, Peter Pan o Sherlock Holmes. Aquí, la criatura de ficción se convierte en algo más real y tangible que su autor: podemos dudar de la existencia de Shakespeare aunque no de la de Macbeth o Falstaff. Pero en otras ocasiones el escritor acuña un sello propio, una perspectiva vital que lleva su nombre y es identificada incluso por quienes menos lo han leído: lo volteriano es reconocible hasta para quienes ignoran la vasta obra de Voltaire, del mismo modo que reconocemos lo sádico o lo kafkiano antes de frecuentar al divino Marqués o a Kafka, e incluso si cometemos el error de privarnos de ellos.

La moneda de diez céntimos

Kafka nació el 3 de julio de 1883 en la calle Maisel, en una zona modesta del centro de Praga, próxima al gueto judío de Josefstadt.

De la casa natal sólo se conserva el portal, porque un incendio destruyó el resto del edificio. Cuando Franz tenía dos años, su familia se trasladó a la Plaza Weichselplatz, por lo que el niño no recordaba prácticamente nada de lo que había sido su primer hogar. La familia tendría seis hijos, tres niños y tres niñas. Sólo Franz y sus hermanas Valli, Elli y Ottla sobrevivieron a la infancia.

Su padre, Hermann, era oriundo de la Bohemia meridional, de donde se había trasladado hacia Praga para ganarse la vida. Aquí secasó con Julia, que era la hija de un importante cervecero, lo cual le dio un apoyo económico. Él había comenzado de muy abajo, saliendo de madrugada con un carrito por las calles. Había llegado como un simple vendedor ambulante. Pero era una persona emprendedora y luchadora, y con el dinero de la mujer la familia inició un pequeño comercio de complementos, bastones y paraguas, que fue prosperando hasta convertirse en un importante almacén. Se mudaron varias veces, a medida que su situación económica progresaba.

Aunque Kafka tenía mucho miedo de fracasar en la escuela y el instituto, su desenvolvimiento fue bastante bueno. Estudió en centros de lengua alemana, pero también aprendió checo, algo que era corriente en una sociedad multilingüe como la de entonces.

En la casa de la calle Celetna número 3 fue donde Kafka pasó más tiempo junto a su familia. Aquí también realizó algunos de sus primeros pinitos literarios, aunque no se ha conservado nada de ellos. Fue aquí donde tuvo por primera vez una habitación propia, algo muy importante para una persona tan reservada y deseosa de intimidad como Kafka. Los padres tenían su negocio, la mercería, debajo de la vivienda. Kafka tenía una ventana que daba a la calle, que para él fue clave; casi podría escribirse un estudio sobre la presencia de las ventanas en sus cuentos y relatos. La ventana es en Kafka la salida al exterior, a la trascendencia, a lo que está más allá. Tiene un texto llamado precisamente «La ventana que da a la calle»; no es aventurado suponer que se lo sugirió esta primera ventana propia: «Quien vive solo, y sin embargo desea en algún momento unirse a alguien; quien en consideración a los cambios del ritmo diario, el clima, las relaciones laborales y otras cosas semejantes quiere ver sin más un brazo cualquiera en el que poder apoyarse, esa persona no podrá seguir mucho tiempo sin una ventana que dé a la calle».

También vivió aquí una serie de anécdotas infantiles, algunas tan emocionantes y tan «kafkianas» como esta que él mismo relata: «Cuando era muy pequeño, una vez me dieron una moneda de diez céntimos de corona. Yo tenía muchas ganas de dársela a una vieja mendiga que se sentaba entre las dos plazas, pero esa cantidad me parecía exorbitante, un dinero que probablemente nadie había dado jamás a un mendigo, y por eso me daba vergüenza hacer una cosatan inconcebible. Pero como tenía que dársela de tomas formas, cambié la moneda de diez, entregué a la mendiga un céntimo, di la vuelta al Ayuntamiento y a la galería de la casa pequeña, regresé como nuevo benefactor desde la izquierda, volví a darle a la mendiga un céntimo, me puse a correr otra vez y repetí esto febrilmente diez veces, o quizá algo menos, porque la mendiga terminó aburrida y finalmente se fue. De todas formas, al final estaba yo también tan agotado, incluso moralmente, que volví enseguida a casa y lloré hasta que mi madre volvió a darme otra moneda de diez céntimos».

No sólo durante toda su infancia sino también en su adolescencia, la vida de su familia estuvo centrada en el comercio. Hermann Kafka tuvo muchos problemas, incluso pasó por inconvenientes legales porque lo acusaron de haber vendido mercancías robadas. Pero la mentalidad agresivamente comerciante del padre chocaba con la de Franz, quien detestaba la idea de dedicarse a vender y comprar. El padre era un hombre imperativo, de mal carácter, que profería gritos, insultaba a los dependientes, daba manotazos y tiraba el género cuando se mezclaba una cosa con otra y no le gustaba cómo estaba ordenado; todo eso al niño le parecía, por una parte, algo tiránico y horrible, y por otra, algo admirable. Porque ese derroche de energía, de personalidad, impresionaba a Kafka, y también, de alguna manera, le parecía sugestivo.

La fábrica, el suicidio y un largo corredor con puertas

En 1901, Kafka fue admitido en la Universidad Karl Ferdinand. Allí estudió Derecho, en parte para satisfacer las expectativas paternas. Esta universidad es una de las más antiguas de Europa, y ha sufrido muchos avatares políticos, sobre todo por el enfrentamiento entre las diversas comunidades. Los últimos choques fueron entre los checos de habla alemana y los de habla checa. En la época de Kafka, incluso entraban por puertas diferentes: por una ingresaban los checos de habla alemana, como el propio Kafka, y por otra los de habla checa.

Cinco años después se doctoró en Leyes. Y después de su graduación, buscó un trabajo burocrático que le diera libertad para profundizar sus intereses intelectuales. Se empleó en un estudio jurídico y, un año después, en una empresa de seguros. Fue entonces cuando comenzó a escribir. Pero su situación empeoró cuando su padre compró una fábrica y lo impulsó a dirigirla, lo que lo llevó a sufrir una gran depresión y pensamientos suicidas.

En los edificios del tribunal territorial civil cerca del mercado de la fruta, Franz hizo sus prácticas de abogado, que eran obligatorias. Lo pasó muy mal, pero como siempre solía hacer en esos casos, a pesar de sus quejas, salió airoso y logró su doctorado. El edificio de los tribunales está lleno de pasillos que enlazan unos con otros, salas de espera, oficinas. Ese ambiente lo encontramos después en El proceso. No es muy aventurado decir que ese libro se inspira en este año de prácticas, por lo menos en su escenario.

Podríamos leer muchísimos fragmentos de esa historia que recuerdan estos pasillos, corredores, salas, pero tomando uno al azar: «Era un largo corredor con una serie de puertas mal acabadas, que daban acceso a las distintas oficinas de la buhardilla. Aunque no había ninguna abertura por donde entrase directamente la luz tampoco era completa la oscuridad, porque algunas secciones no estaban separadas del corredor por puertas de una sola tabla sino simplemente por rejas de madera, que por otra parte llegaban hasta el techo. A través de ellas entraba un poco de luz, y además se podían ver algunos funcionarios que estaban escribiendo sentados a sus mesas o que permanecían de pie junto a las rejas y miraban por las rendijas a la gente que esperaba en el corredor».

Nietzsche y otros amigos

La casa Opel fue el último domicilio donde Kafka vivió con su familia. Un edificio burgués, lujoso, incluso un poco ostentoso, en el que sus padres, después de haberse desarrollado económicamente, ocuparon los dos pisos superiores. En la ventana de la esquina tenía su habitación Kafka. Y él dice que tenía una vista muy notable sobre la calle que ahora se llama París. También observaba la iglesia de San Nicolás y una parte de la iglesia rusa. Encontraba su habitación sumamente agradable, salvo porque había ruidos nocturnos de grifos de agua, algo que le molestaba. Aquí escribió Un artista del hambre, una reflexión conmovedora, sobre todo si pensamos que él murió imposibilitado de comer por la tuberculosis que se le fijó en la garganta. Y escribió el último relato, probablemente junto con La construcción, que es Josefina la cantora, o El pueblo de los ratones, una especie de alegoría sobre la vida desconsolada del artista, que es quizá el testamento póstumo de Kafka.

Después de recorrer los sucesivos domicilios, institutos y lugares ligados a la vida del escritor, uno entiende mejor por qué, en cierta ocasión, desde la ventana de una de sus casas le comentó a su profesor de hebreo: «Se puede decir que en este círculo que va desde mi casa natal hasta la casa Opel ha transcurrido más de la mitad de mi vida».

En Praga también vivía Max Brod con sus padres, una figura esencial en la biografía de Franz Kafka y también, en cierta medida, en la nuestra. Fue amigo de Kafka durante toda su vida, confidente, cómplice y albacea de su obra, pero le desobedeció en el pedido del escritor de destruir todos sus manuscritos. Nunca lo haría y gracias a eso hemos podido leer la obra de este autor. Tenemos que estarle agradecidos, a pesar de que traicionó un poco a su amigo. Por otra parte, cabe preguntarse: si Kafka realmente quería destruir sus manuscritos, ¿por qué no lo hizo él mismo?

Max Brod trabajaba en el correo en la misma época en la que Kafka era empleado de seguros, y se conocieron de una manera un poco curiosa, tropezando en una discusión. Estaban ambos escuchando una conferencia sobre Schopenhauer y de pronto Brod se levantó y tachó a Nietzsche de impostor. Pero Nietzsche era uno de los maestros intelectuales de Kafka, quien muy indignado se levantó y discutió con él. Estuvieron regañando durante toda la noche; ya de madrugada se hicieron amigos y lo fueron para el resto de la vida.
En la casa de Max Brod leyó Kafka por primera vez a un público reducidísimo y familiar algunos de sus textos. Y ahí también tuvo un encuentro decisivo. Conoció a Felice Bauer, la primera mujer importante de su vida, con quien mantuvo una correspondencia interesantísima. En su diario, una acotación del 20 de agosto de 1912, describe con su característico estilo este encuentro con Felice: «El 13 de agosto (1912), cuando llegué a casa de Brod, estaba sentada a la mesa con ellos y sin embargo la tomé por una criada. Tampoco sentí curiosidad alguna por saber quién era, pero enseguida me sentí cómodo con ella. Rostro huesudo, vacío, que llevaba su vacío al descubierto. Cuello despejado. Blusa que le caía de cualquier manera.

Parecía vestida muy de estar por casa, aunque, como después se demostró, no era así […] Nariz casi quebrada. Rubia, cabello algo tieso y sin encanto, barbilla robusta […]».

Brod fue una persona creyente, que quiso convertir a Kafka en un pensador más bien de corte religioso. Sobrevivió a su amigo, partió hacia Palestina y finalmente murió en el Estado de Israel muchos años después, en 1968. Está enterrado en Palestina, pero tiene una placa frente a la tumba de Kafka en el cementerio de Praga.

A los veintinueve años, Kafka escribió en una sola noche el relato «La condena». Fue un momento febril, de revelación para sí mismo. Cuando leyó luego el texto a familiares y amigos, se le saltaban las lágrimas porque había descubierto su vocación, su calidad de escritor, y así se aceptó. Este relato célebre e inmortal, quizá uno de los más redondeados y perfectos del autor, acaba así: «Se dirigió desde la puerta por la calzada hacia el agua. Como un hambriento se aferra a la comida, así se aferró a la barandilla. Se alzó sobre ella como el excelente gimnasta que, para orgullo de sus padres, había sido en su juventud. Se mantuvo un rato así fuertemente con las manos, que se tornaban cada vez más débiles. Divisó entre los barrotes de la barandilla un autobús que amortiguaría con facilidad el ruido de su caída. Musitó: “Queridos padres, a pesar de todo, los he amado siempre”, y se dejó caer. En aquel momento, un tráfico interminable pasaba por el puente».

A Milena, la persona con quien tuvo la más estrecha relación intelectual, le escribió: «En este cuento, “La condena”, cada frase, cada palabra, cada música, si se me permite decirlo así, está relacionada con el temor. La herida se abre por primera vez durante una larga noche».

Pero sin duda el texto más conocido de Kafka es La metamorfosis. Se lo envió a Gretel Bloch cuando aún era su novia. Kafka había comenzado a coquetear y a tener una relación epistolar con Gretel. La hermana del protagonista de La metamorfosis, Gregorio Samsa, también se llamaba Gretel. Le envía ese texto con cierto resentimiento, porque parece que a ella no le había gustado demasiado un texto anterior, «El fogonero»: «Que si puede usted esperar gozosa la historia, no lo sé. “El fogonero” no le gustó, de todas formas la historia ya ansía verla a usted, de ello no cabe duda. Por cierto que la protagonista se llama Gretel, y por lo menos en la primera parte no deja en mal lugar su nombre. Claro que más tarde, cuando la plaga llega a ser demasiado grande, renuncia y comienza una vida independiente, abandonando a aquel que más la necesita».

Tomando apuntes a escondidas. Diálogo con Félix de Azúa

Kafka ha tenido y tiene muchísimos lectores, pero también cuenta con verdaderos adictos. Se entra en Kafka como quien entra en una gruta o en un laberinto, y no solamente en un libro. Una vez que has empezado a leerlo, nunca sales del todo de él, siempre lo utilizas como referencia, como emblema de muchas cosas. Es uno de esos autores que liga su nombre a situaciones y a momentos de la vida cotidiana.

Para hablar en torno a este autor tenemos a un estupendo lector, de Kafka y de muchos otros. Es Félix de Azúa, ensayista, poeta, novelista y profesor de Literatura.

Esa figura un poco sombría de Kafka, medio clerical, ¿te parece a ti que responde a lo que Kafka debiera ser?
Hay una primera interpretación de Kafka, antes de la Segunda Guerra Mundial, bastante sensata, sobre todo por parte de sus discípulos y de sus editores. Es después de la Segunda Guerra Mundial cuando se lo convierte en un prototipo de todos los disparates de los años setenta. Primero, en una especie de monje, con una sotana raída, atormentado por la existencia, una especie de cura existencialista. Después en una denuncia de la dictadura nazi y de la posible corrección comunista. Hay miles de comunistas que escriben sobre Kafka diciendo: «Ah, este hombre que vio con claridad cómo iba a ser el capitalismo». Y se lo acabó convirtiendo en una figura muy antipática, muy ridícula, que, creo, no tiene absolutamente nada que ver con Kafka, ni con la persona ni con su obra.

Es curioso que dos de los más despiadadamente trágicos del siglo XX sean también de los más geniales: Samuel Beckett y Franz Kafka. Los dos nos llenan la sangre de carcajadas. La metamorfosis, por ejemplo, es un relato de terror, pero a la vez una historia humorística genial. Con Beckett hicieron lo mismo. Una crítica en parte teológica y en parte conservadora, o sea, comunista.

Tomaron a un personaje que era extremadamente divertido y lo convirtieron en un prototipo. Kafka hereda todo ese humor absurdo, que luego llamarán «surrealista», procedente del teatro doméstico hebreo, de las comedias judías, ese mismo que heredan los hermanos Marx o Woody Allen.

Lo que caracteriza a la obra de Kafka es esa renuncia, esa disociación de algunos de los caminos habituales de la novela tradicional de los siglos XIX y XX, del psicologismo y el costumbrismo, para dar en cambio un sesgo alegórico trágico. Por ejemplo, en América no cuenta nada cierto sobre América; no le interesa más que como epítome de la modernidad, como un símbolo de su tiempo, el de la tragedia de la vida en el mundo moderno.

Kafka utilizó América así como los músicos coetáneos a él utilizaban el jazz. En las décadas de 1910 y 1920, los músicos estaban completamente locos con el jazz («esa música salvaje, verdadera, auténtica»), y sin embargo no lo habían escuchado en su vida. Es así como surge un jazz delirante, que no tiene nada que ver con el real; una cosa que ellos creían que era el jazz.

La reinvención instintiva. Y, en el caso de Kafka, es interesante que la tragedia nunca es una tragedia externa. En ningún libro acaba sucediendo nada malo. En El proceso quizá sí, en la ejecución…

Nadie sabe qué pasa realmente porque el final se ha cambiado dos veces. Esa es otra cuestión kafkiana: no hay un texto de Kafka, hay dieciocho. Y cada año sale una nueva edición crítica, más cara que la anterior, reordenada, quitada, amputada, fantástica. Además de los muchos cuadernos y fotografías, que son muy emocionantes. Kafka trabajaba en una compañía de seguros, entonces él tenía cuadernillos y hacía como los niños en clase: apuntaba cosas a escondidas. Y de allí han salido los textos más maravillosos.

Sus referencias teológicas son ironías extraordinarias. Por ejemplo, ese maravilloso aforismo que dice: «El mesías no vendrá el último día, vendrá el día después del último día, cuando ya no haga falta». Es una de las mejores profecías que se han pronunciado nunca.

Está trabajando constantemente sobre las contradicciones, las paradojas que nos amargan la vida por culpa del lenguaje. Es propiamente una tragedia lingüística.

Kafka tiene una correspondencia importante.

Su correspondencia con Milena es uno de sus mejores libros; no sé si el mejor, pero sí uno de los mejores. Los críticos de los años setenta quisieron convertir al escritor en un ermitaño, alguien que vivía en una suerte de caverna y estaba en ella todo el día escribiendo a pan y agua. Era el prototipo del genio, el artista de vanguardia que se sacrifica por la humanidad, que no tiene una vida.
Sobre todo, quisieron ver reflejada en él esa idea tan curiosa de que los horrores de la vida los descubres en la soledad, apartándote de los demás, cuando todos sabemos que en realidad se encuentran cuando te ves con los otros. Exactamente. Ahí es donde está el verdadero drama. Pero además es que Kafka tenía un grupo de amigos nutridísimo. El típico grupo de Praga, de Viena, de la época de los cafés, en los que se pasaban la mayor parte del tiempo porque sus casas eran muy frías.

Ficha técnica
Título: Las ciudades y los escritores
Autor: Fernando Savater
Editorial: Debate  PVP.: 21,90 euros
Nº de pág.: 304 págs.
ISBN: 9788499920832
Formato: tapa dura con sobrecubierta
Fecha de publicación: abril de 2013

Articulo : http://www.elboomeran.com 27/04/2013

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