dimanche 19 mai 2013

La democracia de los idiotas


La democracia de los idiotas

¿Es posible una democracia que,
sin ignorar la voz de unos ciudadanos
que no son ni santos ni sabios,
sea capaz de abordar los problemas
importantes de nuestras sociedades?

Félix Ovejero


En principio abundan los motivos para desconfiar de los ciudadanos. Pruebas de su ignorancia no faltan. En plena guerra fría, en 1964, únicamente el 38% de los norteamericanos sabía que la URSS no formaba parte de la OTAN. En 2008, cuando Obama andaba en plena campaña electoral, un popular personaje de la radio en Estados Unidos preguntó a activistas comprometidos con su causa si su apoyo respondía a su propuesta de que las tropas permanecieran en Irak hasta el final de la guerra o a su rechazo del aborto. Muchos respaldaban a Obama porque las tropas debían permanecer en Irak; otros, porque el aborto les parecía un asesinato. Obama no estaba a favor de ninguna de las dos cosas: defendía el aborto y reclamaba la retirada de las tropas. Los resultados no mejoraban cuando les preguntaron acerca de su “oposición” a la investigación en células madre o a su “posible” vicepresidenta Sarah Palin. A casi todos les parecía estupendo1.

Hay sobradas muestras de los oceánicos desconocimientos de los votantes. El ciudadano medio norteamericano está convencido de que la ayuda exterior de su país, es una barbaridad, un 20 %, y que lo razonable sería el 10%. En realidad, el gasto es menos del 1%. No es que se equivoquen, es que no tienen ni la menor idea. Los resultados, por cierto, apenas mejoran cuando las preguntas se hacen a estudiantes de postgrado de ciencias políticas. Ni tampoco mejoran si recaen sobre el número de emigrantes, la cantidad de basura, la población reclusa, la población universitaria o la aplicación de la pena de muerte. Los desajustes no son de detalle, es que el cuadro completo está desajustado.

Se ignora la realidad y tampoco parece que, en lo que atañe a los criterios de actuación, abunde el buen juicio. Basta con presentar lo mismo con un relato diferente para que cambien las opiniones. Los norteamericanos, que están a favor del impuesto de sucesiones, no lo están cuando se le bautiza como “impuesto de muerte”, el siniestro rótulo con el que lo presentaban los conservadores. La historia no era nueva: se prefiere gastar en “ayudar a los pobres” que “en bienestar”; en “tratar la adicción a las drogas” que en “rehabilitar drogadictos”; en hacer frente “al calentamiento global” que al “cambio climático”. Mientras los críticos de la ley del aborto se presentan como “provida”, los abortistas se describen como partidarios de la “libertad de elección”. La alternativa es la misma, pero el envoltorio decide 2.

Y eso es sólo una parte. Sabemos que para los votantes, cuando eligen a sus representantes, son importantes cosas como el parecido físico con ellos mismos, la dificultad para pronunciar su nombre, el timbre de voz, la longitud de sus frases, su transpiración, el lugar hacia donde orientan la mirada (que toman como indicación de sus convicciones ideológicas), si ha pensado en la muerte recientemente y mil otras majaderías. E incluso, el tiempo, porque, ceteris paribus –incluyendo los propios grados de participación en la cláusula ceteris paribus– no se vota lo mismo si llueve que si nieva.

Por lo general, inventarios como los anteriores preceden a críticas a la participación ciudadana. La moraleja parece inmediata: los ciudadanos no son de Nobel y resulta una insensatez confiar en su opinión para gestionar las cosas. Al final, ya por la pendiente del cinismo, pareciera que no nos queda sino concluir con Churchill que “no hay mejor argumento en contra de la democracia que cinco minutos con el votante medio”.

Argumentos parecidos los hemos visto repetirse hasta la fatiga entre críticos del 15-M que contraponían las asambleas de ciudadanos ignorantes a las virtudes de nuestros sistemas de representación política. Una contraposición que, bien pensada, no dejaba de resultar un tanto chocante, porque si los que rigen nuestros destinos son elegidos según criterios tan extravagantes como los inventariados, no cabría esperar mucho de los representantes. Tampoco, por cierto, de los que contraponen, de quienes nos previenen de los peligros de dejar hablar a los ciudadanos y descalifican a los indignados. Después de todo, sus lectores y audiencias forman parte de la misma tropa. Si ésta resultan tan torpe al tomar decisiones, si elige mal, el éxito de los comentaristas no sería señal de excelencia, antes al contrario: la imbecilidad política de los ciudadanos es la misma que les asegura sus púlpitos. Pero, desde luego, no es un consuelo constatar que los elegidos, en las ondas o en los parlamentos, lo son por las razones más peregrinas. En realidad, visto el material ciudadano, lo que parece imponerse es tirar por lo derecho y olvidarse de la democracia 3.

Aunque, de momento, son pocos los que se atreven a dar el paso, algunos parecen tentados por las soluciones “tecnocráticas”. Y justo es reconocer la honestidad intelectual de muchos de ellos, al menos si los comparamos con los que apuestan por un populismo que, aunque se presenta como democrático, supone un ejemplo superlativo de desprecio a los ciudadanos, a los que entiende como incapaces de hacer frente a los problemas en su exacta gravedad. La miopía y vulgaridad intelectual del populismo son, seguramente, los mejores argumentos de los tentados por la tecnocracia, por un despotismo ilustrado: al menos el tecnócrata no ignora ni los retos políticos importantes ni la incapacidad de nuestras democracias para abordarlos.

En todo caso, ahora lo que me interesa es mostrar como la supuesta ignorancia de los ciudadanos está en el origen de esas dos posiciones, las dos escasamente democráticas, asociadas a dos maneras de entender la relación entre las preferencias de los ciudadanos y la democracia: el populismo y la tecnocracia. Una se presenta como superlativamente democrática y la otra no, pero, en realidad, las dos atentan contra la mejor versión de la democracia: la propuesta populista se olvida de la deliberación; la propuesta tecnocrática, de la participación.

Como, por aquello de que “quien mucho abarca poco aprieta”, populismo y tecnocrática significan demasiadas cosas, es decir, casi nada, voy a ilustrar las dos ideas mediante ejemplos que, aunque quizá no se corresponden con los usos más comunes, apuntan a los problemas que aquí me interesan. Nos permitirán pasar de las musas al teatro.

La alternativa populista

La versión más primitiva, y más peligrosa, del populismo es la que cuaja en líderes políticos que se presentan como encarnación o intérpretes de “la voluntad del pueblo”, destinados, según ellos mismos, a realizar “misiones históricas”. El nacionalismo es un excelente proveedor de tales personajes. Junto a ese populismo, el de las horas más siniestras de la historia europea, hay otras más cotidianas, apegadas al funcionamiento de nuestras democracias que lleva a los gobernantes a adoptar o prometer políticas en las que no creen –y hasta pueden pensar que contribuyen a ahondar los problemas - pero que, a su parecer, les aseguran la victoria electoral. Simplemente se opta por dar por buena la opinión que se juzga mayoritaria para, inmediatamente después, tomarla como bandera y ponerse a la cabeza de la manifestación.

Se podría hablar de un “populismo de las encuestas”. Su sustrato último se condensa en la afirmación típica de muchos personajes populares: “Defenderé lo que el pueblo quiera”. Con pequeñas variaciones, esa “convicción” la podemos encontrar en no pocas organizaciones políticas –supuestamente con una opinión propia sobre los asuntos, esa que los dibuja como alternativas - que defienden ciertas ideas “porque existe un consenso al respecto”4.

Como si ese consenso no dependiera del hecho mismo de su aceptación de esa opinión “común” como la opinión de todos. Son palabras que nada dicen y a nada comprometen. La versión actualizada del clásico “de qué se habla, que me apunto”, cuando no la descripción del miedo social: todos, acobardados, creen que los demás están de acuerdo y nadie levanta la voz para decir que el rey está desnudo 5.

En realidad, si se repara, conducen al absurdo. Si todos los ciudadanos pensaran lo que “piensen los demás”, bastaría con que uno tomara partido el primero para decidir, en catarata, la opinión de todos.

Para el populismo, las opiniones se toman como dadas, sin que importe su calidad –si se pide pan, circo, arte o barbarie – o si se han formado cabalmente con buena información y meditado juicio, o, por el contrario, a bote pronto y mediante un lavado de cerebro. Las preferencias de los ciudadanos son buenas sin más. No se discuten, ponderan y corrigen atendiendo a su imparcialidad o buena información, hasta recalar en las mejores 6. No hay lugar para la deliberación, para la exposición contrastada de puntos de vista. Las demandas ciudadanas constituyen el punto de partida y el de llegada del político populista. Lo que le importa es estar a la cabeza de la manifestación con independencia de la causa que promueve, como aquel ministro de la transición cuando decía: “hemos ganado, no sé quién, pero hemos ganado”.

En estos casos, las decisiones “democráticas” se alejan de la justicia, para buscar, en el mejor de los casos, atender al máximo de preferencias: una mayoría podría decidir excluir a una minoría cuyos hábitos (sexuales, por ejemplo) le disgustan o aceptar la tortura para proteger la seguridad 7. En baja intensidad, ese populismo acompaña a las peores dinámicas de la democracia de competencia, esa que convierte a los partidos en máquinas recolectoras de votos. La política no conduce a resolver los problemas, sino a evitarlos. Incluso a ahondarlos. El ejemplo más claro es la desatención –cuando no la apuesta en contra – de los intereses de las generaciones futuras y, en general, de los que no pueden votar. Para ganar las elecciones hay que olvidarse del futuro, de la continuidad de la comunidad política.

Pero hay ejemplos más cercanos, más cotidianos. La crisis de nuestros días y nuestra reciente historia política. En 2004, poco antes de la victoria electoral del PSOE, el futuro ministro socialista de Rodríguez Zapatero, Miguel Sebastián, se sinceró con unos periodistas: “Menos mal que no vamos a ganar porque la que viene sobre España es gorda. [Estamos] peor que mal. Tenemos una burbuja inmobiliaria y es inevitable que estalle, y cuando esto ocurra se lo va a llevar todo por delante incluyendo los bancos [...] estoy totalmente convencido. El Gobierno del PP ha sido un irresponsable. En lugar de frenar la concesión de créditos hipotecarios a través del Banco de España, ha echado más gasolina al fuego con las desgravaciones fiscales. Este ha sido el mayor error de su mandato: no eliminar la desgravación de la vivienda pasándola a los alquileres”. Los periodistas, atónitos, le preguntaron por qué no hablaban de eso, ni lo abordaban en su programa electoral. La respuesta fue muy precisa: “No es un programa electoral para gobernar sino para que José Luis (Rodríguez Zapatero) obtenga un resultado lo suficientemente bueno para salir reelegido secretario general del PSOE en el próximo congreso. Después ya haremos un programa económico en serio para gobernar”. Perplejos, es de suponer, los periodistas le formulan la única pregunta lógica: “¿Y si ganáis”. “¡Qué horror! –responde Sebastián –. Eso sería muy malo para mí porque (José Luis) trataría de implicarme y no me podría negar... y mucho peor para él. No estamos preparados ninguno de los dos para gobernar este país...”8.

Al final, ganaron. Y por supuesto, no hicieron nada. Es más, cuando en las siguientes elecciones el PP esbozó un tímido asomo de señalar el problema –en un debate entre los potenciales ministros de economía de los dos grandes partidos, Pizarro y Solbes - los socialistas negaron públicamente su existencia. Y volvieron a ganar. Por supuesto, el PP no era distinto, de ahí su prudencia al señalar el problema. No ignoraba que con malas noticias no se recogen votos ni tampoco, puestos a decirlo todo, que su política anterior estaba en el origen del problema. No eran mejores unos que otros o, lo que no es lo mismo, no era –o no lo era fundamentalmente - un problema de buena o mala fe. Eran las reglas del juego. Se comprobaría más tarde, cuando todos evitasen palabras (rescate, secesión, etcétera) que recordaban los problemas.

Las soLuciones autoritarias

En ese sentido, las soluciones tecnocrático-autoritarias, resultan casi más decentes, más honestas, o al menos más cercanas al objetivo de la política: resolver los problemas de la vida compartida, lo que requiere, como primer paso, no ignorarlos. Se pueden dar, también, en diversa intensidad. Algunas constituyen respuestas sinceras al germen populista de la democracia descrito, a esa dinámica que, para maximizar el número de votos, lleva a los partidos a ocultar los problemas y a prometer lo imposible a unos ciudadanos que, por su parte, tienen una natural disposición –como todos – a evitar la información ingrata. Ese mecanismo, a la larga, puede poner en peligro los cimientos de las sociedades. Se opta entonces por “corregir” la democracia, como sucede, por ejemplo, con la propuesta, realizada desde tradiciones políticas bien diferentes, de que el voto de una mujer joven con hijos cuente más, proporcionalmente, que el de un anciano 9. El abuelo, muy probablemente, estará poco interesado en como quedará el mundo cuando él desaparezca y muy interesado en un programa que incluya cosas como la prolongación de su vida sexual a cualquier precio o viajes alrededor del mundo para la tercera edad 10; la mujer joven, exactamente lo contrario. Pero, claro, esa “solución” se mire como se mire, supone alejarse de la democracia, jugar a una democracia con los dados cargados. Los resultados que nos interesan están predeterminados por las reglas del juego, con independencia de la voluntad popular 11.

El ejemplo anterior, mal que bien, mantiene vínculos –siquiera indirectos – con el ideal democrático. Otras propuestas, pocas, han optado por prescindir de la democracia tout court. Entre ellas, algunas defendidas por pensadores de notable limpieza intelectual y voluntad transformadora. Porque, aunque la primera tentación es acordase de Platón y de sus reyes filósofos o de los temores a la participación por parte de la Comisión Trilateral, esto es, de conservadores con más o menos hechuras, e inmediatamente maldecirlos, no podemos ignorar la existencia de tradiciones honestamente radicales que, preocupadas por problemas civilizatorios inimaginables cuando se formaron nuestras democracias, han optado por soluciones escasamente participativas, por no decir, explícitamente autoritarias. En ese lote se incluirían desde el liberal Bertrand Russell y su apuesta, sobre el trasfondo de la guerra fría, por un gobierno mundial12, cuya calidad democrática, a poco realistas que seamos, no sería deslumbrante, al comunista disidente –y represaliado – Wolfgang Harich y su socialismo ecológico-autoritario, según el cual, la solución de los retos (ambientales, de recursos, población, etcétera) a los que estamos abocados requiere una corrección de comportamientos de tal magnitud que, si queremos preservar una vida medianamente digna para todos, difícilmente podremos permitirnos el lujo de las libertades democráticas tal y como las conocemos13. Una conclusión, sin duda, desoladora, pero, desde luego, no insensata. Pensando en problemas más domésticos lo resumió impecablemente Jean-Claude Juncker, ex-primer ministro de Luxemburgo y más tarde presidente del Eurogrupo: “sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos”14.

Visto lo visto, tal y como es el material humano que sostiene a nuestras sociedades, pareciera que estamos abocados a un triste dilema entre ignorar –cuando no agravar – los problemas y mantener la decoración democrática o hacerles frente y olvidarnos de cualquier atisbo de democracia y hasta de libertad. Incluso peor, lo terrible es que, si las cosas son de ese modo, ni siquiera hay dilema: la segunda alternativa sería la única política realista, capaz de encarar los problemas. Lo terrible, para ser justos, es que ni siquiera hay ninguna garantía de que la opción autoritario-tecnocrática, desprovista por definición de la posibilidad de controles efectivos, fiables, no desate otras patologías de mayor envergadura. Y ése, con todo, sería el mal menor. En cualquier caso, lo que parece seguro es que la democracia, para lo importante, quedaría suspendida. En corto: la verdad, acaso sea revolucionaria, pero, desde luego, no ayuda a ganar las elecciones.

En resumen, nuestros sistemas democráticos amplifican los problemas, penalizan a los políticos que traen noticias desagradables y reclaman cambios en los comportamientos ciudadanos premiando a los que los aplazan y fantasean. La pregunta es si cabe otra idea de democracia capaz de abordar los problemas sin ignorar la voz de unos ciudadanos que no son santos ni sabios.


1 Una revisión sistemática, periodística, con abundante información es la de R. Shenkman, Just How Stupid Are We? Facing the Truth About the American Voter, N. York, Basic Books, 2008. Más recientemente, reconociendo que, a pesar de esos problemas, la democracia funciona: D. Oppenheimer, M. Edward, Democracy Despite Itself: Why a System That Shouldn’t Work at All Works So Well, Cambridge, Mass, The MIT Press, 2012.
2 F. Luntz, Words That Work: It’s Not What You Say, It’s What People Hear, N. York, Hyperion, 2007.
3 A los problemas de los la formación de las opiniones habría que añadir el de su traducción en una voluntad general, que no son pocos. De hecho, se puede dar –y se ha dado– que opciones políticas que cuentan con mayor apoyo popular pueden perder elecciones. Y aquí los resultados de la teoría social se acumulan: posibilidad de votaciones estratégicas; inconsistencia en los procesos de agregación; distorsiones como resultado de la configuración de los distritos; silencios y sobreentendidos que permiten que se imponga una opinión que no es realmente la común (ignorancia pluralista; costes de las discrepancias con lo que se creen la opinión de los demás). Cf. T. Kuran, Private Truths, Public Lies: The Social Consequences of Preference Falsification. Cambridge, Mass.: Harvard U. P. 1995.
4 Pocos ejemplos más patéticos que el de la izquierda catalana en su defensa de tesis nacionalistas. En lugar de criticarlas, que es lo que cabría esperar, apela a la existencia “de un sentimiento” para sumarse a ellas y, por ende, confirmar –con esa petición de principio, por vía práctica– la existencia del “sentimiento”. Naturalmente, con ello da por bueno no solo el “sentimiento” sino el “argumento” de (apelar a) el sentimiento. Si los sentimientos no fueran evaluables y condenables, deberíamos defender los crímenes pasionales o la xenofobia. O simplemente nos instalaríamos en el peor nihilismo. Lo contaba Hegel: “Lo que se tiene en el sentimiento es completamente subjetivo, y sólo existe de un modo subjetivo. El que dice: ‘yo siento así’, se ha encerrado en sí mismo. Cualquier otro tiene el mismo derecho a decir: ‘yo no lo siento así’; y ya no hay terreno común”, G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal. Madrid, Alianza/Universitat de Valencia, 1991, p. 34.
5 T. Kuran, op. cit.; E. Noelle-Neumann, La espiral del silencio, Barcelona, Paidós, 1995.
6 R. Gargarella, La justicia frente al gobierno, Barcelona, Ariel, 1996, pp. 84-ss.
7 Su formulación más madura intelectualmente son algunas formas de utilitarismo, entendido como la teoría ética que defiende como principio normativo la maximización del bienestar agregado. Es una de las estrategias de fundamentación de la democracia liberal, cf. F. Ovejero, Incluso un pueblo de demonios, Madrid, Katz, 2008.
8 M. Guindal, El declive de los dioses, Barcelona, Planeta, 2011, pp. 459-60.
9 P. Van Parijs, “The Disfranchisement of the Elderly, and Other Attempts to Secure Intergenerational Justice”, Philosophy and Public Affairs, 1998, 27, 4. F. Hayek, en otro contexto, hizo propuestas parecidas: “Economic Freedom and Representative Government”, Londres, Institute of Economic Affairs, Occasional Paper n.° 39, 1973.
10 Incluso en distribuir una droga que, a la vez que la esterildad, asegura la dicha mientras se vida, el conocido experimento mental propuesto por J. Glover, Causing Deaths and Saving Lives, Harmondsworth, Penguin, 1977.
11 R. Thaler, C. Sunstein, Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness, N. Haven, Yale U.P., 2008.
12 Has Man a Future, Londres, George Allen & Unwin, 1961.
13 W. Harich, Comunismo sin crecimiento, Barcelona, Materiales, 1975
14 ”Call it a depression”, The Economist, 2/05/2012.

[Versión abreviada de la Introducción a ¿Idiotas o ciudadanos? El 15-M y la teoría de la democracia, Montesinos, Barcelona (de próxima aparición).]

Félix Ovejero es Profesor de la Universidad de Barcelona. Su último libro es
La trama estéril. Izquierda y nacionalismo.

Articulo: http://www.elboomeran.com 05/05/2013

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...