dimanche 19 mai 2013

Miguel MARCOTRIGIANO/ La derrota, la arrogancia


La derrota, la arrogancia
Por  Miguel MARCOTRIGIANO

La derrota (o la sensación de esta) constituye la otra cara de la moneda de la lucha. Tanto la victoria como la idea de ser vencido conducen ambas, como el poema mismo, a la soledad, que a fin de cuentas es el fin del sendero. Vencedor y vencido son, entendido esto, unos solitarios. Cuestión de matices, simplemente.

Invicto en la derrota (Apula, 2011), del poeta y docente universitario Vaskén Kazandjián (Caracas, 1968), fue reconocido con el Premio Literario de la asociación de Profesores de la ULA, en 2010, y ofrece un paseo por distintas situaciones anímicas que rozan campos semánticos como los del vacío, la nada, la pérdida y el abandono, todos ellos anclados en la idea romántica del individuo que se crece en la derrota. Esta idea de crecimiento es, por supuesto, incongruente consigo misma, irónica y alcanza matices de absurdidad. El existencialismo ha hecho acá de las suyas.

El libro está estructurado en un solo grupo de poemas que alcanza los treinta y siete textos de tonalidades intimistas. Parecieran pertenecer todos a un mismo momento de escritura y adolecer de cierta inteligencia que intuimos en los libros previamente pensados y estructurados como unidad. Es decir, que el hilo conductor del libro en su totalidad (que sí lo tiene) lo determina un mismo momento anímico. En este sentido, estamos ante la concepción tradicional del poemario (conjunto o colección de poemas producidos al amparo de un mismo motivo, más o menos coincidentes en un tiempo determinado).

El texto inicial, constituido por una sola línea o verso íngrimo, lo constituye una sentencia en el que la vida y la escritura coinciden en un mismo nivel: “En el poema, como en la vida, hay que saber perder”. Si bien los poemas subsiguientes se mantienen aferrados a la derrota, esta ya se refiere sobre todo al devenir vital más que escritural. La voz del hablante se dirige casi siempre a un tú, encarnación múltiple: la mujer amada, la misma voz desdoblada o, cabría decir, el poema como entidad contra la que se enfrenta la conciencia que se expresa. La palabra y el acto de nombrar también aparecen como delimitadores de la existencia. La familia, ya desmembrada, se muestra como residuo de la derrota y encarnación de la otredad. El yo es la ausencia, el no lugar, el vacío que solo atina a mostrar con angustia la única que victoria que conoce: el triunfo cotidiano de la derrota.

“Todo poema es un epitafio”
T. S. Eliot
Me doblego ante ti
Fui tu suelo
El polvo bajo tus pies
La marea que dejó tu estrépito
La huella que anuncia desde lo más bajo

Ámbito
Región profunda donde mora tu sombre de gigante
Desde aquí escucho el viento cruzando la senda
El camino tuyo y mío
Tú pies y pisadas. Yo el polvo, el elemento que el viento hincha:
Columna
Humo
Cenizas
Grave rumor de una guerra perdida

¡Qué oscura se ha puesto la tarde!
No distingo el rostro del que anuncia
¡Oh tinieblas!
Habrá un tiempo ara la luz
Mientras…
Quedo…
Invicto en la derrota
                                                         
                                                        Adentro hay un cadáver
                                                        El tuyo
                                                        Su tumba preferida


Articulo: http://www.el-nacional.com 12/05/2013

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