dimanche 5 mai 2013

Noventa años del fervor porteño de Jorge Luis BORGES


Noventa años del fervor porteño de Jorge Luis Borges

En 1923 se publicaba el primer libro del gran escritor argentino: Fervor de Buenos Aires, un canto a la ciudad recuperada de su infancia y un texto importante de la poesía en lengua española.

El más universal de los escritores argentinos -probablemente el latinoamericano más conocido alrededor del mundo- nació en 1899. Es decir, tenía 24 años cuando publicó su primer libro, en el género que fue su primer amor y que nunca abandonaría: la poesía.

Fervor de Buenos Aires, se publicó en 1923, dos años después de la vuelta del escritor de sus años en Europa (Suiza y España), adonde había ido con su familia y en donde se relacionó -en especial en España- con las corrientes vanguardistas de su tiempo, creando, junto a escritores de la talla de Rafael Cansinos Assens y Gerardo Diego, el ultraísmo, una corriente literaria -poética más que nada- que con el propio Jorge Luis Borges cruzaría el océano para llegar hasta América, más precisamente a la Argentina, en donde el propio Borges se encargaría de fundar revistas que difundirían las ideas del grupo.

Fervor de Buenos Aires, representa el comienzo de una de las carreras literarias más ricas e influyentes que la literatura del siglo XX ha dado.

En ese libro se encuentran ya los temas que no habían de abandonar a su autor: el amor, la nostalgia de la infancia, la metafísica...

El Prof. Dr. Enrique Marini Palmieri y el periodista y escritor Blas Brítez muestran diferentes aristas de aquella obra y del Borges que lo escribió.

Los 90 años de un Fervor de Buenos Aires
Prof. Dr. Enrique Marini Palmieri
Ensayista

El pasado empieza a existir cuando uno lo ha cristalizado en la memoria y lo ha falseado, porque los recuerdos son siempre ficción", según el joven escritor español Javier Montes, este es el mecanismo literario por el que en En busca del tiempo perdido, Proust vierte al tiempo para que el yo -fabulosa y líricamente- lo recobre. En 1923 -hace noventa años-, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda coinciden en el intento de recobrar al tiempo pasado. Curiosa coincidencia, creo. Fervor de Buenos Aires y Veinte poemas de amor y una canción desesperada aparecen en Buenos Aires y en Santiago. La coincidencia cronológica pone de relieve la juventud de ambos poetas -Borges nació en 1899 y Neruda en 1904; el primero cuenta con 24 años y el segundo con 21- y las similitudes parecen detenerse en los aspectos biográficos y editoriales: el tema de Fervor es el paso del tiempo e ilustra el cuestionamiento metafísico resultante; en Neruda, el tiempo dedicado a amar y a sus avatares son tema del canto al dolor y al deseo físico, a la añoranza sentimental. Borges elige el verso libre y la ultrametáfora -esencialmente visual- para expresar su nostalgia de una ciudad que ya no existe más que en el recordarla y reflexionar sobre ambas.

Neruda, un alejandrino poco y nada tradicional hispánico, libre en su ritmo, heredado de Sinibaldo de Mas (cf. "Sistema musical de la lengua castellana", Obras literarias, 1852), pasando por Eduardo de la Barra (Elementos de métrica castellana, 1887). En Fervor, el locutor vive la experiencia del tiempo que pasa y se sitúa en el centro de la contingencia temporal y, por ende, del discurso poético, sereno y reflexivo. Neruda también está en ambos centros, pero de otra manera: resolviendo el tiempo del amor y del desamor en un lirismo definitivo y desgarrador. En sendos dramas está el hombre que pierde algo que le pertenece por definición: la certeza de vivir. Borges se cuestiona sobre -y cuestiona a- las esencias y las circunstancias que le revelan no solamente lo que es el locutor lírico como individuo, sino lo que son el hombre, el tiempo y sus vicisitudes. Borges dice respecto de Fervor de Buenos Aires:

"Escribí esos poemas en 1921 y 1922 [al volver, luego de ocho años de ausencia]. El libro fue producido con un espíritu un tanto juvenil. No hubo corrección de pruebas, no se incluyó un índice y las páginas no estaban numeradas. Mi hermana hizo un grabado para la tapa y se imprimieron trescientos ejemplares. [...] La mayoría los regalé. Recuerdo uno de mis métodos de distribución. Como había notado que muchas de las personas que iban a las oficinas de Nosotros -una de las revistas literarias más antiguas y prestigiosas de la época- colgaban los sobretodos en el guardarropa, le llevé unos cincuenta ejemplares a Alfredo Bianchi, uno de los directores. Bianchi me miró asombrado y dijo: '¿Esperarás que te venda todos esos libros?'. 'No -le respondí-. Pensé que podía pedirle que los metiera en los bolsillos de esos sobretodos que están allí colgados'. [...] Cuando regresé después de un año de ausencia, descubrí que algunos de los habitantes de los sobretodos habían leído mis poemas e incluso escrito acerca de ellos. De esa manera me gané una modesta reputación de poeta". (Autobiografía (1899- 1970), Cap. III: "Buenos Aires", pp. 61-93, Buenos Aires: El Ateneo, 1999).

Un redescubrimiento

Lo que sigue nos abre el camino hacia una interpretación de la obra: "Más que un regreso, fue un redescubrimiento. Podía ver a Buenos Aires con una mirada diferente porque me había alejado de ella un largo tiempo" (Ibd., pp. 63-64). La experiencia del paso del tiempo -por la visión de una ciudad que ya no es la misma, pero sigue siendo la misma- es el fundamento lírico de Fervor: lirismo que metaforiza el constante fluir -como el río del enunciado de Heráclito- y fija la identidad paradójica de la ciudad y del locutor lírico, como algo que, siendo, es y no es. Algo que caracteriza a todo lo que nos rodea y a nosotros mismos, que vivimos y vamos muriendo al mismo tiempo, hasta el momento postrero. La "importancia emocional" -como dice Borges del sentir que se apoderó de él y el de los lugares recobrados- al autor lo sitúa en el filo de un universo en espejo, entre el ser y el no ser. Lo que revela el título del volumen: Fervor de Buenos Aires. El sintagma es envolvente por el genitivo sobre el que reposa: ¿qué es ese fervor; de quién es? ¿Del locutor y/o del autor de los poemas? ¿De Buenos Aires, que vive sus cambios y conserva inalterable su identidad? Testigo y objeto están envueltos en la misma substancia. Substancia de tiempo y de eternidad, como microcosmos y macrocosmos: ambos son signos de la eternidad en el presente, y del olvido. Centro de todas las realidades y de todos los tiempos que es el tiempo, Buenos Aires es un remanso y una encrucijada en la que convergen "las cuatro infinitas distancias" y "donde se desparrama la ternura / y estoy solo y conmigo" ("Cercanías",Fervor de Buenos Aires). Como esa inaccesible y cercana Luna de enfrente (título del segundo poemario de Borges, de 1925). Como el aleph que atraviesa toda la obra de Borges, siendo primera letra del alfabeto hebraico que contiene y revela a "la ilimitada y pura divinidad" (El Aleph, relatos reunidos con ese título en 1949); y el río de Heráclito tantas veces mentado en la poética borgeana; el reloj y la manecilla del reloj que, pasando de un minuto a otro, nos recuerda que somos substancia de tiempo y que vivimos en la eternidad de la mirada del Dios, Ser que es totalidad del espacio y del tiempo.

Borges y los años fervorosos
Por Blas Brítez
Periodista
@Dedalus729

Borges tenía 15 años cuando viajó por primera vez a Europa. Y no era cualquier Europa: en 1914, el continente se preparaba para una guerra cuya ferocidad y alcance territorial no tenían precedentes. Luego de pasar por París -que no le agradó, "al contrario de lo que les sucede a la mayoría de los argentinos", según él mismo escribió-, su familia llegó para quedarse en Ginebra, una ciudad que el escritor confesaría tiempo después conocía "todavía mejor que Buenos Aires".

En Suiza descubriría la obra de Whitman, uno de sus héroes de juventud. Pero, sobre todo, el acercamiento al expresionismo alemán es el que definiría el contorno y la esencia de la poesía que publicaría en su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Aun así, seguía escribiendo poemas a la manera de Wordsworth y de los simbolistas franceses.

Luego de terminada la Gran Guerra, tras un año en Lugano, la familia de Borges se trasladó a la isla de Mallorca, en España. A principios de 1920, el escritor estaba en Sevilla, ciudad donde publicó su primer poema, "Himno del mar", un canto de inocultable acento whitmaniano.

El viaje a Madrid sería definitivo para el Borges de Fervor: allí conocería a su primer y verdadero maestro, Rafael Cansinos Assens, notable polígrafo, traductor de la, probablemente hasta hoy, mejor versión en castellano de las obras completas de Fiodor Dostoievski. Alrededor de Cansinos, en el Café Colonial sevillano, se reunía un cenáculo de poetas, entre los que resaltaba Guillermo de Torre (luego cuñado de Borges) y Ramón Gómez de la Serna (con los años, exiliado en la capital argentina). En Sevilla, Borges escribió sus dos primeros libros: Los naipes del tahúr y Los ritmos rojos (también titulado Los salmos rojos), que nunca publicó, pero cuyos poemas se pueden consultar en el libro Textos recobrados (1919-1929), el primero de tres volúmenes que recoge escritos inéditos y versiones de obras de Borges hasta 1986.

Con Cansinos y compañía, Borges practicó lo que el primero había bautizado "ultraísmo", una corriente de vanguardia que ponía énfasis expresivo en las imágenes poéticas, algunas de las cuales no abandonaría más al argentino durante el resto de su obra, como la hipálage y el oxímoron.

El Borges que regresó a Buenos Aires en 1921 era uno convencido de sus propias herramientas estilísticas (todavía juveniles, por supuesto): logró que el ultraísmo cruzara el Océano Atlántico, convirtiendo a la "secta" a otros poetas argentinos. Fundó dos revistas de vanguardia, Prisma, antes de Fervor, y Proa, luego de él. Pero le faltaba cierta materia en la que debía encarnar su expresión. Y esa materia no podía ser otra que la Buenos Aires recobrada, mirada con una nostalgia finisecular y metafísica. Aun cuando el propio Borges luego negó que el ultraísmo tuviera que ver ya con Fervor de Buenos Aires, es evidente que, como se puede ver en los citados Textos recobrados, su escritura más radicalmente ultraísta del periodo español no cambió mucho con respecto a la poesía que escribió en los dos primeros años del regreso a Argentina. En todo caso, aquellos elementos y temas que no eran ultraístas serían los que caracterizarían a la poesía posterior -luego de otros dos libros en la misma línea más afín a su tiempo experimental, Cuaderno San Martín y Luna de enfrente-, la escrita luego de su ceguera total, más afín a cierto clasicismo aggiornado, particularmente borgiano.

Borges demostró con el poemario que cumple noventa años un doble fervor, típico de su tiempo: el fervor del lenguaje exigente de registros que lo alejaran de la poesía precedente -en el caso de la Argentina y América Latina, la del moribundo modernismo-, y el fervor por la ciudad, para Borges no tanto contemporánea y feroz, sino más el de su infancia de la puerta cancel y el aljibe.

Articulo : http://www.eluniversal.com 27/04/2013

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