dimanche 5 mai 2013

Sam ANDERSON/Junot DIAZ: "El escritor debe ser receptivo a todo, menos a la autocrítica"


Junot Díaz
"El escritor debe ser receptivo a todo, menos a la autocrítica"
Por Sam ANDERSON

El 3 y 4 de mayo el CCCB celebra el festival Primera Persona, una fiesta literaria "entre el striptease emocional y la autobiografía impúdica" en la que todos los invitados ofrecerán un espectáculo en exclusiva. Su gran protagonista será Junot Díaz (1968), el escritor de origen dominicano que obtuvo con su primera novela, 'La maravillosa vida breve de Oscar Wao' (2007), el premio Pulitzer, y que aprovecha la ocasión, tras cinco años de silencio, para presentar en España 'Así es como la pierdes' (Mondadori).

Todo escritor es maldecido o bendecido con un metabolismo creativo único, que utiliza para transformar en arte el combustible en bruto de la vida. El de Junot Díaz es notoriamente lento. Quizás, de vez en cuando, emite un pequeño hilo de humo, una señal, hasta que uno empieza a preocuparse, y entonces, cinco o diez años más tarde, explota en uno de los incendios más fascinantes de los que se tiene memoria. Es lo que ha pasado con Así es como la pierdes, su primer libro en cinco años, y su tercer título en realidad. Y es, al igual que los dos anteriores, excelente. 

Con la esperanza de asomarme a su sala de calderas artística, le pregunté si le importaría traer para la entrevista algunos de los amuletos que le sirven de inspiración como escritor -un lápiz de la suerte tal vez, o cristales druidas-, y que le permiten derrotar a todos esos duendes que tratan de volverle loco cada vez que se sienta a escribir. 

Secretos de familia

Díaz llegó caminando rígidamente -había sufrido una intervención quirúrgica importante en la espalda hacía pocas semanas-, y llevaba bajo el brazo una gruesa carpeta con una inmensidad de documentos. Había una pequeña foto en blanco y negro de su padre con uniforme fascista, el descubrimiento que, dice Díaz, inspiró La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Había una foto sombría de la acería de Nueva Jersey en la que Díaz trabajó mientras estudiaba en la universidad, un trabajo sobre el que él ha intentando, sin éxito, escribir muchas veces. Una foto de sus padres posando con orgullo al lado de una vaca. Recortes de periódicos sobre la guerra sucia en Argentina, un tema que le ha obsesionado desde la infancia. Y muchos pedazos de papel de los que suele utilizar para anotar ideas mientras camina por las calles. Están también los cuadernos en los que escribió Oscar Wao, repletos de anotaciones manuscritas, escritas con una letra de trazos altos, que se inclina con fuerza hacia la derecha. 

Escribir bien, escribir mal

Mientras Díaz sacaba un documento tras otro, tuve la sensación de que si podía haber llevado una carpeta tan grande -tal vez del tamaño de un par de continentes-, podía haber conservado también casi todo lo que ha visto, oído y (especialmente) leído: las bibliotecas de fan fiction, cuchillos oxidados, las multitudes del tercer mundo... Su obra se define por este tipo de inclusividad radical -el lenguaje de los traficantes de drogas y losnerds adoradores de Tolkien; los problemas de las mujeres dominicanas indigentes y los de sus más privilegiados hijos estadounidenses. Esta receptividad a todas las posibles fuentes de inspiración es lo que hace que la obra de Díaz sea tan característicamente rica y tan difícil para él de escribir. Es como tratar de destilar el océano en un vaso de agua.

Así es como la pierdes es un catálogo de amores accidentados, de violencia multilingüe, de trabajos insatisfactorios y niños desamparados. Tiene lugar en un mundo que oscila entre la República Dominicana y la Costa Este, entre el español y el inglés, entre la novela y el cuento. Después de mucha confusión y lucha, el libro termina con un momento de inspiración: el narrador, tras años de bloqueo, empieza a escribir un libro que piensa que es (para citar el título del último relato) una verdadera “Guía de amor para infieles”. Es un libro que promete ser casi igual que Así es cómo la pierdes, de modo que el proceso creativo de Díaz se convierte en la obra en sí. 

Unas semanas antes de la publicación del libro en Estados Unidos, Junot Díaz y yo nos reunimos un par de horas en un bar de Midtown, en Nueva York; le resultó muy difícil sentarse por culpa de su espalda, pero hablamos de escribir bien, de escribir mal y sobre la misteriosa (pero siempre evidente) diferencia entre las dos. Lo que sigue es una versión condensada de nuestra conversación. 

-¿Qué le inspira? ¿Cuál fue la idea original de su último libro, Así es como la pierdes...? 
-Quería narrar el proceso de evolución de un tramposo, de un infiel, un tipo que descubre, por primera vez, lo que es la ética y comienza a imaginar a las mujeres como seres humanos. 

-¿Y cómo fue la escritura? 
-Miserable. Miserable. Las historias no querían venir... 

-¿Cuántas historias creó? 
-Le diré algo... Puedo nombrar las historias previas a la “Guía de amor para infieles” antes de que el propio relato llegase. Hubo una historia llamada “Primo”, que iba a ser el final del libro y resultó un fracaso miserable. Pasé seis meses intentándolo y no lo logré. Había una historia titulada “Santo Domingo Confidencial”, que también quise que fuese la historia final, y le dediqué un año. Debí de haber escrito un centenar de páginas, pero fue otro fárrago de disparates. Escribí además un cuento en el que un niño es enviado a la República Dominicana mientras que su hermano se está muriendo de cáncer y su madre no puede hacerse cargo de él. Se llamaba “Confesiones de un adolescente Sanky-Panky” y fue incluso peor que todas las demás juntas, otra chapuza de cincuenta páginas.

-Eso debe de resultar difícil. 
-Desde luego, por eso no quiero volver a hacerlo otra vez. 

Autocrítica y creación

-Existe un clásico en las clases creativas de redacción que dice que tenemos que aprender a silenciar a nuestros editores interiores. Yo nunca he entendido cómo es posible desligar la crítica y la creatividad. ¿Cómo lo controla usted?
-Acaba de plantear uno de los más espinosos problemas de nuestro trabajo: uno necesita hacer autocrítica, porque sin ella no se puede escribir, pero en realidad a menudo la autocrítica es lo que frena la creación. Quizá es que soy demasiado exigente. Es un enorme obstáculo, la verdad. No me hace mejor, me hace peor, desde luego, y no más valiente. Tengo un defecto de carácter.... 

-Así que vuelve a su dura crítica paternalista, militante. 
- Es mi padre. 

-De acuerdo, invitemos a su padre: Quiero escuchar su opinión sobre el mal escritor Junot Díaz. ¿Cuáles son los errores que comete?
-En primer lugar, la caracterización sin sentido. Personajes aburridos, como fideos pasados. Y los comportamientos, y pensamientos e intereses que atribuyo a los personajes. Estos conflictos de 80 años de edad, olvidados bajo el sol, simple papel de periódico, donde los problemas son tan ridículamente subatómicos que tienes que convocar a todos los miembros del CERN para detectar cuál es la pieza que falla. Simplemente va, tío. Ya sabe, me obligo, y al obligarme, pierdo todo lo que me interesa de mi trabajo, todo lo que es interesante para mí, para nadie más; Dios lo sabe, no puedo hablar de eso. Lo que resulta más interesante en mi trabajo es la manera en que, mientras estoy escribiendo a tope me siento relajado: estoy creando, y siento que todas mis facultades están en plena acción. No quiero conseguir una cita, no quiero a alguien que me abrace, no quiero que nadie lo lea, ni que nadie me quiera. Sólo quiero escribir. 

El poder del supersector

-Es un escritor lento, pero ¿es un lector rápido? 
-Es mi único superpoder. Leo un libro a la semana, tío. Y no tengo una gran memoria, pero sí buena memoria de lo que he leído. 

-¿Cómo equilibra la lectura y la escritura? 
-Soy lo suficientemente viejo y tengo la experiencia necesaria para saber cuando estoy leyendo algo innecesario, y debo volver al trabajo, sin dejar que eso te perjudique. Y también sé -lo sabes cuando eres lo bastante viejo- si estás forzando la escritura, y si necesitas trabajar más duro o parar. 

-¿Elige de manera estratégica los libros que va a leer en un momento dado, en función de lo que está escribiendo?
-Desde luego, parte de mi elección sí es estratégica: si estoy escribiendo sobre una familia, leo libros que narran enredos familiares. Pero siempre dejo espacio para que la materia, la creación, fluya. Es como lo que me pasó con La tormenta de hielo, de Rick Moody. Yo estaba escribiendo Oscar Wao, un libro sobre los dominicanos y la locura, y estaba leyendo libros de historia, de antropología, de sociología, pero La tormenta de hielo cayó en mis manos, y me dio la idea esencial para estructurar mi libro, a través de los personajes de “Los cuatro fantásticos”. Cayó en mis manos. Yo no estaba buscando La Tormenta de Hielo, amigo. 

-¿Hay colecciones de cuentos que considere esenciales?
-Sin duda. Ahí está el monumental Jesus's Son, de Denis Johnson, un libro que debería haber sido el Pulitzer-todo. Está también Cuotas de la familia, de Eduardo Rivera, y Michael Martone, que escribió Fort Wayne Is Seventh on Hitler's List , uno de los grandes de todas las colecciones de cuentos estadounidenses de todos los tiempos. Y nadie lo lee. Es increíble. 

-¿Hubo algunos libros que resultaron especialmente importantes a la hora de imaginar los relatos de su último libro? 
-Claro. (Díaz toma mi ejemplar de su libro y revisa el índice). Lee “El Sol, la Luna, las Estrellas.” Es una historia sobre unas vacaciones desastrosas que quizá no existiera sin Matt Klam. Klam es un gran cuentista, y tenía una maravillosa historia sobre una pareja que se va de vacaciones. En mi mente, mientras escribía mi cuento, el relato “Sam the Cat”, de Matt Klam, siempre estaba ahí. ¿Más ejemplos? No conozco a ningún escritor que sepa extraer como Dagoberto Gilb en sus relatos lo mejor de los trabajadores, de los trabajadores latinos. Su libro The Magic of Blood me inspiró, porque tenía un puñado de historias increíbles sobre inmigrantes recientes, mexicanos, que intentan no perder la cabeza a pesar de esos trabajos locos que deben aceptar. 

-Creo que “Guía de amor para infieles” fue la historia más difícil de escribir. 
-Sin duda, “Guía de amor para infieles” fue la bestia. Casi me mata. 

-¿Alguna de las historias nació en cambio con facilidad? 
- “Miss Lora” fue la más fácil. Traté de escribir la primera página al menos una docena de veces en la última década, y llegué a pensar que nunca lo lograría, así que tampoco me esforcé demasiado. Y un día lo intenté de nuevo y salió así, de principio a fin. 

-Ése debió de ser un gran día. 
-La verdad es que fue el único día bueno que tuve en todo este libro. Puedes intentar hacerlo lo mejor posible, pero ¿qué más tienes? Tratas de darlo todo, de escribir lo mejor posible, de verdad, pero eso es todo lo que puedes hacer. Te soy sincero, tío, a mí esos momentos felices me ocurren muy raramente.Yo me sentía animado por el ejemplo de autores como Michael Chabon, que escriben tan bien y parecen hacerlo tan rápido, sin dificultad. Edwidge Danticat también escribe realmente muy bien y realmente muy rápido. Siempre estaba inspirado por ellos. Y sigo pensando que un día me va a suceder. Es posible. 

***
Así es como la pierdes
Junot Díaz vuelve a las librerías tras cinco años de silencio literario

'Así es como la pierdes' (Mondadori) es una historia de desamor, de un hombre que tiene que afrontar las consecuencias de su ligereza de cascos. Junot Díaz retoma a Yunior, el personaje que narraba 'La maravillosa vida de Óscar Wao', que le valió el Pulitzer en 2008, y protagonista de 'Los boys', la colección de historias con la que debutó este escritor que lanza su tercer título en cinco años. 

A continuación se pueden leer las primeras páginas de 'Así es como la pierdes'.

Guía de amor para infieles

Año cero

Tu novia descubre que le estás pegando cuernos. (De hecho, ella es tu prometida, pero en cuestión de segundos eso no va a importar para nada.) Se podía haber enterado de una, se podía haber enterado de dos, pero como eres un cuero loco que jamás vació la latica de basura del correo electrónico, ¡se enteró de cincuenta! Sí, claro, cincuenta en un período de seis años, pero vamos, hombre… ¡cincuenta fokin jevas! Por el amor de Dios. Quizá si hubieras estado comprometido con una blanquita de mente superabierta, podrías haber sobrevivido.

Pero tú no estás comprometido con una blanquita de mente superabierta. Tu novia es una cabrona salcedeña que no cree en nada; de hecho, la única advertencia que te hizo, lo que siempre te juró que jamás te perdonaría, fue serle infiel. Lo haces y te entro a machetazos, te prometió. Y, por supuesto, juraste que jamás lo harías. Lo juraste. Juraste que jamás. Y entonces lo hiciste.

Ella se quedará por unos meses más por la simple razón de que han estado juntos por mucho tiempo. Porque han pasado por tantas cosas juntos: la muerte de su papá, el rollo con lo de tu cátedra permanente en la universidad, su examen para la reválida de derecho (aprobado al tercer intento). Y porque no es tan fácil deshacerse del amor, del verdadero amor. Durante un atormentado período de seis meses, viajarás a Santo Domingo, a México (para el entierro de una amiga) y a Nueva Zelanda. Pasearán juntos por la playa donde filmaron El piano, algo que ella siempre quiso hacer, y ahora, arrepentido y desesperado, le regalas el viaje. Está sumamente triste y camina sola por la playa, atravesando la arena brillante, sus pies descalzos en el agua helada, y cuando tratas de abrazarla te dice: No. Mira fijamente las piedras que se proyectan en el agua mientras el viento le tira el pelo hacia atrás. De camino al hotel, cruzando las desoladas y empinadas cuestas, recogen a un par de transeúntes que pedían bola, una pareja absurdamente mestiza, y tan enamorados que por poco las sacas del carro. Ella no dice nada. Después, en el hotel, llora.

Tratas todo truco habido y por haber para que se quede contigo. Le escribes cartas. La llevas al trabajo. Le citas a Ne ruda. Escribes un correo electrónico en masa en el que repudias todas las sucias con las que estuviste. Bloqueas los correos electrónicos de todas ellas. Cambias tu número telefónico. Dejas de tomar. Dejas de fumar. Te declaras adicto al sexo y comienzas a ir a mítines.

Le echas la culpa a tu papá. Le echas la culpa a tu mamá. Le echas la culpa al patriarcado. Le echas la culpa a Santo Domingo. Te buscas un terapista. Cancelas tu Facebook. Le das las contraseñas de todas tus cuentas de correo electrónico. Comienzas a tomar clases de salsa como siempre habías prometido para que puedan bailar juntos. Alegas que estabas enfermo, le aseguras que fueron momentos de debilidad -¡Fue culpa del libro! ¡Fue la presión!-, y a cada hora, como un reloj, le dices lo arrepentido que estás. Haces de todo, pero un día ella simplemente se levanta de la cama y dice: Basta y: Ya, y entonces te tienes que mudar del apartamento en Harlem que han compartido. Contemplas negarte. Consideras declararte en huelga, una ocupación. De hecho, le dices que no te vas. Pero al final te vas.

Por un tiempo, rondas la ciudad como un mediocre pelotero de triple A que sueña con que lo llamen para las grandes ligas. La llamas por teléfono todos los días y dejas mensajes que ella jamás contesta. Le escribes largas cartas cariñosas, pero ella las devuelve sin abrir. Te apareces en su apartamento a horas inoportunas y en su trabajo en downtown, hasta que por fin su hermanita te llama, la que siempre estuvo de tu parte, y te habla directo: si tratas de contactar a su hermana una vez más, te va a poner una orden de restricción. A ciertos tígueres eso no les importaría.

Pero tú no eres como esos tígueres.

Paras. Regresas a Boston. Jamás la vuelves a ver.


Año uno

Al principio, pretendes que no te importa. Además, tú también habías estado acumulando un montón de quejas contra ella. ¡Claro que sí! Ella no te lo mamaba bien, no te gustaba el vello de sus cachetes, jamás se depilaba el toto, y nunca limpiaba el apartamento, etcétera. Por unas semanas, casi te lo crees. Por supuesto que vuelves a empezar a fumar, a tomar, dejas el terapista y los mítines de adictos sexuales, y te la pasas pachangueando con cueros como en los viejos tiempos, como si nada hubiera pasado. I'm back, les dices a tus panas.

Elvis se ríe. Es casi como si jamás te hubieras ido.

Estás bien como por una semana. Entonces tu estado de ánimo se vuelve errático. Un minuto tienes que contenerte para no coger el carro e irte a verla, y el próximo estás llamando a una sucia cualquiera y diciéndole: Tú eres la que siempre quise. Pierdes la paciencia con tus panas, con tus estudiantes, con tus colegas. Y cada vez que oyes a Monchy y Alexandra, sus favoritos, lloras. Y ahora, Boston, donde jamás quisiste vivir, donde te sientes como un exiliado, se ha convertido en un problema serio. No acabas de ajustarte a vivir allí a tiempo completo; no te acostumbras a que los trenes dejen de andar a la medianoche, a la melancolía de sus habitantes, a la ausencia total de la comida sichuan. Casi inmediatamente empiezan a pasar una pila de vainas racistas.

Quizá siempre fue así, o quizá lo ves más claro después de todo el tiempo que estuviste en Nueva York. Gente blanca frena al llegar al semáforo y te grita con una furia horrorosa, como si le hubieras atropellado a la madre. Te da tremendo fokin miedo. Y antes que te des cuenta de lo que está pasando, te sacan el dedo y salen corriendo. Ocurre una y otra vez. En las tiendas te vigilan los guardias de seguridad y cada vez que pones pie en Harvard alguien te pide que muestres identificación. En tres ocasiones, unos blancos borrachos tratan de fajarse a trompadas contigo en tres diferentes barrios de la ciudad.

Lo tomas todo muy a pecho. Espero que alguien deje caer una fokin bomba sobre esta ciudad, vociferas. Esta es la razón por la cual nadie de color quiere vivir aquí. La razón por la cual todos mis estudiantes negros y latinos se van en cuanto pueden.

Elvis no dice nada. Nació y se crió en Jamaica Plain, y sabe que tratar de defender a Boston es como tratar de bloquear una bala con una rebanada de pan. ¿Estás bien?, te pregunta finalmente. Chévere, dices. Mejor que nunca. Pero no es así. Perdiste todos los amigos mutuos que tenían en Nueva York (te abandonaron por ella), tu mamá no te habla después de lo que pasó (tu novia le cae mejor que tú), y te sientes terriblemente culpable y terriblemente solo. Le sigues escribiendo cartas, con la esperanza de que algún día se las puedas entregar. Y sigues singando todo lo que te cruza el frente. Te pasas el día de Acción de Gracias solo porque no puedes darle la cara a tu mamá y te encabrona la idea de que otra gente sienta lástima de ti. La ex -así es como te refieres a ella ahora- siempre cocinaba: un pavo, un pollo, un pernil. Te guardaba las alas. Esa noche te emborrachas a tal extremo que necesitas dos días para recuperarte.

Crees que por fin has tocado fondo. Pero te equivocas. Durante la semana de exámenes finales te arrolla una depresión tan profunda que estás convencido de que debe tener su propio nombre. Te sientes como si te estuvieran deshaciendo con tenazas, átomo por átomo.

Dejas de ir al gimnasio y de salir a tomar tragos; dejas de afeitarte y de lavar la ropa; de hecho, dejas de hacer casi todo. Tus panas comienzan a preocuparse por ti, y ellos no son el tipo de gente que se preocupa. Estoy bien, les dices, pero con cada semana que pasa, tu depresión empeora. Tratas de describirla. Es como si alguien hubiera estrellado un avión en tu alma. Es como si alguien hubiera estrellado dos aviones en tu alma. Elvis viene y hace el shivá contigo en el apartamento; te da una palmadita en el hombro y te dice que lo cojas suave. Hace cuatro años, en una carretera a las afueras de Bagdad, a Elvis le explotaron un Humvee. La carrocería en llamas le cayó encima, atrapándolo por lo que le pareció había sido una semana, así que él sabe algo sobre el dolor. Tiene tantas cicatrices por la espalda y las nalgas y el brazo derecho, que ni siquiera tú, el duro, lo puedes mirar.

Respira, te dice. Y tú respiras sin parar, como si fueras un corredor de maratones, pero nada te ayu da. Las cartas que escribes se van volviendo más y más patéticas. Porfa, escribes. Por favor, regresa. Sueñas que ella te habla como en los viejos tiempos, con ese español dulce del Cibao, sin ningún rasgo de rabia o desilusión. Entonces te despiertas.

No puedes dormir y hay noches, cuando estás borracho y solo, que te da un impulso loco y quieres abrir la ventana de tu apartamento en el quinto piso y dar un salto. Si no fuera por un par de cosas ya lo hubieras hecho. Pero: a) no eres el tipo de persona que se suicida; b) tu pana Elvis te tiene vigilado; está de visita todo el tiempo y se para al lado de la ventana como si supiera lo que estás pensando, y c) tienes esta absurda esperanza de que algún día ella te perdonará. 

Pero jamás lo hace. 

Articulo : http://www.elcultural.es 26/04/2013

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