lundi 24 juin 2013

Alberto OJEDA/ Antonio MUÑOZ MOLINA: "La ficción es un acto de soberanía frente a los que nos gobiernan"

Antonio Muñoz Molina: "La ficción es un acto de soberanía frente a los que nos gobiernan"
Por Alberto OJEDA 

El autor jienense denuncia tras ser ungido con el Premio Príncipe de Asturias de la Letras el riesgo de perder conquistas como la sanidad y la educación pública

Antonio Muñoz Molina tiene por costumbre llegar a España cuando está bien entrada la primavera. Atrás deja sus quehaceres neoyorquinos, donde ejerce como docente en la Universidad de Princeton. Es tiempo para pasear, encontrarse de nuevo con los familiares y los amigos, tomarle de nuevo el pulso a las calles de Madrid y recogerse en su estudio para martillear el teclado, escondido del mundo. Pero ya desde hace unos días estaba sobre aviso de que esos planes podrían verse sobresaltados. El fallo del Premio Príncipe de Asturias estaba cercano y su nombre se rumoreaba como posible ganador. Hacía ya 15 años que no se lo daban a un español e iba tocando.

Esos rumores se han confirmado este mediodía. Y Muñoz Molina se ha visto obligado a romper sus rutinas. Sin resignación, claro. Al fin y al cabo, le había caído un galardón de los grandes, en el que a partir de ahora compartirá nómina con sus admirados Philip Roth y Onetti. Por exigencias del guión ha comparecido ante la prensa en la Casa de América. Y allí, al hilo de las preguntas, ha tocado los temas más dispares: la crisis, la monarquía, el ebook (Estar contra él es como estar contra el ebook")... “De camino aquí me acordaba de que hace 30 años revisaba en serio las pruebas de mi primera novela, Beatus Ille. La escribí sin perspectivas de publicarla. Era un funcionario municipal en Granada y no conocía a nadie en el mundillo literario”, ha rememorado. Pere Gimferrer encontró las virtudes de un narrador de fuste en aquel manuscrito y le dio una oportunidad muy bien aprovechada en Seix Barral.

El escritor jienense ha rescatado ese capítulo de su pasado para evidenciar “la suerte” que ha tenido en toda su carrera de escritor. “He recibido muchos reconocimientos sin que me diera tiempo a desearlos demasiado”. Y así le ocurrió con su entrada en la RAE, con tan solo 39 años. Y con la recolección de galardones como el Premio de la Crítica y el Premio Nacional. Este lo ganó en dos ocasiones. “Hubo en escritor mayor que yo que me reprochaba que yo me había saltado la cola, pero yo no concibo la literatura como una carrera o una competición. La literatura es simplemente gente que escribe y otra que lee. Y a un escritor no se le puede juzgar por los premios que gana o por los que deja de ganar”.

“Lo importante de los premios”, ha continuado, “es que sirven para que el escritor viva mejor, lo cual no está mal, porque algunos piensan que los escritores tienen que ser forzosamente pobres”. Y ha citado el ejemplo de Onetti: “Él ganó el Cervantes en 1980, cuando era un exiliado desconocido en España. Aquello le sirvió para dos cosas muy importantes: para que su mujer Dolly y él vivieran más seguros y más cómodos y para que más lectores conociesen su extraordinaria obra”. A él, en su día, le sirvieron para pedir seis meses de permiso en su trabajo y dedicarse por completo a su vocación y obsesión.

El ungimiento con galardones del peso del Príncipe de Asturias a una edad más temprana de la habitual no van a desactivar el talante crítico que suele exhibir en sus libros y en sus artículos periodísticos: “Uno sólo puede escribir en absoluta libertad, no hay otra manera. El escritor debe crear en torno de él un espacio de libertad radical con respecto al mundo exterior”. Y ha citado el ejemplo de Juan Marsé, que decía que había escrito Si te dicen que caí “como si Franco no existiera”. Además, ha querido dejar constancia de que cada libro es una nueva batalla para la que las armas esgrimidas en el anterior no son válidas: “Como dice Philip Roth: ‘Cada vez que empiezo una novela me confronto con el principiante que hay en mí'”. Y que "la ficción es un acto de soberanía frente a la realidad que nos imponen los que nos gobiernan”.

Muñoz Molina ya tiene poco de principiante. Aunque el ensayo era un género que no había abordado en toda su extensión hasta la elaboración de su último título, Todo lo que era sólido, en el que ha querido dejar constancia de su visión personal de un país en estado crítico desde hace ya más de cinco años. Y de los riesgos de involución que la excusa de la escasez de recursos económicos está propiciando: “Me preocupa mucho perder todo aquello que habíamos conquistado y que, pasado un tiempo, ni siquiera nos acordemos de lo que teníamos. Yo soy un defensor del modelo de civilización europeo en el que tenemos la suerte de vivir”.

El autor de Sefarad cree que la sociedad no está valorando en su justo término todo lo que hay en juego en este tiempo y que se puede acabar arrepintiendo: “Lo que sucede me recuerda a la República de Weimar. En ese tiempo socialistas y comunistas estaban a tortazos y al final tuvo que ser Hitler quien los uniera, en los campos de concentración. Igual sucedía con los críticos contra la III República Francesa, que sólo la empezaron a valorar cuando el país fue invadido por los nazis”. En este libro ha intentado seguir los pasos de Orwell, los que dejó marcados en sus testimonios personales del tiempo que le tocó vivir porque, al fin y al cabo, “yo no soy ni un economista ni un historiador”. Y ha remachado: “A mí no me gusta vivir en un país donde la sanidad y la educación no es pública, y donde los policías, en lugar de inspirar protección, inspiran miedo”.

El libro ha despertado algunos rechazos en intelectuales y hombres de letras de su generación, que han interpretado que Muñoz Molina denunciaba en sus páginas que la mayor parte de ellos no se ha enfrentado a las inercias nocivas que nos han traído hasta aquí. Pero él se defiende: “Yo no digo que nadie se haya comprometido. Se han entresecado algunas frases con pinzas. Pero comprendo que todos estamos muy ocupados y que leer los libros antes de criticarlos es un ejercicio en algunos casos agotador”.

Muñoz Molina no ha escondido que se siente republicano pero también ha dejado claro que los ideales democráticos algunas veces encuentran más sólida cobertura en una monarquía que en una república. Ha puesto dos ejemplos sencillos: lo que ocurre en Venezuela y lo que sucede en Holanda. Aunque ha dicho que los últimos tiempos “las personas que encarnan la institución [monárquica] no han estado a la altura de la circunstancias”. Y, refiriéndose en concreto a los Príncipes de Asturias, ha señalado: “Son dos personas excelentes en una posición imposible”. 

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Antonio Muñoz Molina, Príncipe de Asturias de las Letras
ELCULTURAL.es 

El escritor y académico de la RAE se ha impuesto a John Banville y a Luis Goytisolo | El jurado destaca "la hondura con que ha narrado fragmentos de la historia de España"

Antonio Muñoz Molina ha sido galardonado este miércoles con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. El escritor se ha impuesto a nombres como John Banville, Luis Goytisolo y Francisco Brines. El premio, dotado con 50.000 euros, se concede a aquellas personas cuya labor represente una contribución relevante a la literatura universal. El jurado ha ensalzado del trabajo de Muñoz Molina "la hondura y la brillantez con que ha narrado fragmentos relevantes de la historia de su país, episodios cruciales del mundo contemporáneo y aspectos significativos de su experiencia personal. Una obra que asume admirablemente la condición del intelectual comprometido con su tiempo". 

Habían transcurrido 13 años desde que el galardón no se entregaba a un autor en lengua española. En 2000 se lo llevó el escritor guatemalteco Augusto Monterroso. Y quince sin que el reconocimiento recayera en un español (en 1998 lo ganó Francisco Ayala). Muñoz Molina pasa a engrosar una nómina en la que figuran Günter Grass, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Margaret Atwood, Carlos Fuentes, Francisco Ayala, Juan Rulfo, Claudio Rodríguez, Leonard Cohen, Philip Roth. 

Muñoz Molina (Úbeda, 1956) se licenció en Historia del Arte en Granada y estudió periodismo en Madrid. Su trayectoria literaria comenzó precisamente con El Robinson urbano, una recopilación de artículos publicados en periódicos locales y que daban cuenta de su afición a errar por la ciudad, aguzando sus sentidos para atrapar su pulso. Su primera novela, Beatus Ille, mereció el Premio Ícaro, y la segunda, El invierno en Lisboa (1987), el Premio Nacional de Narrativa. En esta se sumergía en una de sus grandes aficiones: el jazz. El mismo galardón recibiría en 1991 con El jinete polaco, donde evoca su adolescencia en la Sierra Mágina, cuando atrapado entre olivares soñaba con salir de su entorno rural y llevar una existencia agitada al estilo de Bob Dylan, banda sonora de sus ilusiones. Luego vendría Beltenebros, una historia sobre los bajos fondos madrileños llevada al cine por Pilar Miró. 

Entre su producción literaria destaca, además, La noche de los tiempos, de 2009, una mastodóntica novela, en la que se adentra en la España del 36 y del exilio, raíces del país en que vivimos en el presente. Aunque para Muñoz Molina "a pesar de la clase política la España de la guerra y la de hoy no tienen nada que ver". Para Santos Sanz Villanueva el tremendo esfuerzo creativo del escritor supuso "un firme alegato contra los vicios -simplificaciones, flojeras sentimentales, oportunismos varios o tributo pagado a la moda- de muchas recapitulaciones últimas de aquella época seminal y les opone tanto un trabajo exigente como la profundidad de una conciencia moral estricta y conmocionada". 

Otro esforzado ejercicio de memoria histórica lo trazó en Sefarad (2001), una sucesión más o menos ensamblada de 16 relatos independientes centrados en personajes históricos, unos anónimos y otros famosos, como Primo Levi y Franz Kafka. El libro es un catálogo de los horrores y oprobios sufridos por el pueblo judío a lo largo de su historia, víctimas de todo tipo de prejuicios y represiones. Muñoz Molina pretende mantener encendida así la llama de la memoria para que salvajadas como la expulsión de los sefardíes de España o el Holocausto no vuelvan a tener cabida en la faz de la tierra.

En el El viento de la Luna, de 2006, retomaba su narrativa memorialística (Beautus Ille, Ardor guerrero, El jinete polaco) y volvía al territorio de sus ancestros, Mágina, justo en el año (1969) en que el Apolo XI se convertía en la primera misión espacial cuyos tripulantes ponían el pie en la luna. La novela está construida a partir de evocaciones de ese periodo en que dejaba atrás la infancia y la vida empezaba a ir en serio. El viento de la luna es también un guiño/homenaje a su padre, que le llevaba al cine de verano a ver películas como Los hermanos Marx en el Oeste. 

Su homenaje a Nueva York, ciudad en la que vive buena parte del año y en la que imparte clases en Princeton, llegó con Ventanas de Manhattan (2004), una metrópolis fascinante para cualquier voyeur urbano, con todas esos escaparates abiertos a una trepidante intimidad. Muñoz Molina se situaba con esta obra en la estela de otros escritores que habían recibido el brutal impacto de la metrópolis norteamericana y habían intentado dejar plasmada su propia visión de la misma: Juan Ramón Jiménez, Morand, Pasolini, José Hierro, Federico García Lorca, Julio Camba... 

En 1995 fue elegido miembro de la Real Academia Española, donde ocupa el sillón u. Ha sido director del Instituto Cervantes de Nueva York, y en 2012 donó su archivo personal a la Biblioteca Nacional, con el convencimiento de que "a nadie se le mete en la cabeza que la cultura es sinónimo de prosperidad". 

En esa línea crítica se inscribe su libro más reciente, Todo lo que era sólido, un repaso a los signos premonitorios de la crisis. En él afirma: "este libro es un ejercicio de defensa de las cosas fundamentales que no pueden perderse y que nos serán arrebatadas si no las defendemos: las libertades públicas, la legalidad democrática, la sanidad y la educación de todos".

Hace apenas unos meses se vio en medio del ojo del huracán de la polémica al recibir el Premio Jerusalén. Una serie de artistas e intelectuales entre los que se encontraban Stéphane Hessel, Roger Waters, Ken Loach, Paul Laverty, Luis García Montero, John Berger, Alice Walker y Breyten Breytenbach le acusaron de aceptar galardón avalando así la política del gobierno de Israel. El escritor jienense se defendió en El Cultural: "Tienen derecho a meterse conmigo y yo a solicitar que examinen sus razonamientos".

El jurado ha estado presidido por el director de la RAE, José Manuel Blecua, y formado por Luis María Anson, Carmen Riera, Andrés Amorós Guardiola, Xuan Bello Fernández, Amelia Castilla Alcolado, Juan Cruz Ruiz, Luis Alberto de Cuenca, José Luis García Martín, Álex Grijelmo García, Manuel Llorente Manchado, Rosa Navarro Durán, Fernando Rodríguez Lafuente, Fernando Sánchez Dragó, Diana Sorensen, Sergio Vila-Sanjuán y José Luis García Delgado. 

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Todo lo que era sólido
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral. Barcelona, 2013. 253 pp., 19'90 e. Ebook: 9'99 e.
Por Bernabé SARABIA 
Publicado el 22/03/2013 

Karl Marx (1818-1883) publicó en 1848 el Manifiesto comunista. Ahí dejó grabada su célebre y repetida frase: “¡Trabajadores de todos los países, uníos!”. Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) se ha inspirado en otra frase del mismo texto, igualmente significativa pero menos conocida, para encabezar y dar significado a este volumen: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Título utilizado por Marshal Berman (Siglo XXI, 1988) para una de las mejores interpretaciones del papel del pensamiento de Marx en el desarrollo de la modernidad. 

“Nada es tan sólido que no pueda desvanecerse mañana mismo en el aire”, escribe Muñoz Molina y llena al lector de la nostalgia marxiana de un mundo mejor. Nostalgia que se entiende bien si se recuerda entera la frase de Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profano, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. 

En mitad de una vida cargada de premios y distinciones, con una obra traducida a numerosos idiomas que cualquier año puede conseguirle el premio Nobel de literatura, Muñoz Molina se detiene en esta ocasión para hacer recuento de España, de algunos rincones de su biografía y del mundo actual. Su intención no es otra que dar aviso y consejo encaminados a mejorar el porvenir. El formato escogido por Muñoz Molina es de una austeridad extrema. Tras una cita de Conrad sumerge al lector en ciento cuatro textos de distintos tamaños. Desnudos, uno tras otro, sin un orden claro. Sin índice, sin bibliografía, sin ningún otro apoyo. Únicamente fiado a su excelente prosa y a su perspectiva generacional. 

“Creíamos vivir en un país próspero y en un mundo estable”. Desde ahí arrancan unas páginas en las que enseguida aparecen los fantasmas de la Guerra Civil española y la burbuja que nos ha conducido a la catástrofe. Muñoz Molina percibe los signos premonitorios de la debacle y, a la vez, en razón de su trabajo, tiene que bregar con lo más tremendo de la pirotecnia de los “años del delirio”. Constructores y políticos. 

A su anterior despacho del Cervantes de Nueva York llega en 2006 un constructor, fácilmente identificable, que se presenta con esta tarjeta: “Hemos terminado una promoción de mil chalets en Alicante. Mil chalets, a un millón limpio de beneficio cada uno, mil millones”. Así eran los triunfadores, cargados de pompa, ambicionando triunfar en Estados Unidos. (Seis años más tarde este prócer del ladrillo ha regado de sufrimiento la vida y la hacienda de miles de personas). 

En diciembre de 2004, el presidente Rodríguez Zapatero reúne en el palacio de la Moncloa a cuatro o cinco directores de institutos Cervantes. A Muñoz Molina se le clava el gusto por el poder del presidente. Le sorprenden los asesores. “Ser joven y ser mujer eran las cualidades indiscutible”. Y se tenía dinero para todo y para siempre. 

Toda esta revisión de un país que se creía rico y ha resultado menesteroso está salpicada de referencias autobiográficas que apuntalan un texto que busca regenerar el tejido social y político, algo que seguramente no será entendido ni aceptado por muchos. 

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Muñoz Molina: "Tienen derecho a meterse conmigo y yo a solicitar que examinen sus razonamientos"
Por Marta CABALLERO
Publicado el 05/02/2013

El escritor recogerá el Premio Jerusalén a pesar de la carta abierta en la que un grupo de intelectuales solicita que lo rechace porque avalaría la política del Gobierno de Israel

Punto primero, Antonio Muñoz Molina recogerá el próximo día 10 el Premio Jerusalén que se le ha concedido por su condición de escritor. Ni un solo instante lo ha dudado. Cargado de trabajo y de camino a la New York University, donde imparte clases, pero con el ánimo sereno que le distingue, ha charlado unos minutos con El Cultural acerca de la carta abierta en la que un grupo de intelectuales le instaba ayer a rechazar este galardón que, cada dos años, se concede a un autor en cuyo trabajo haya destacado la lucha por la libertad. Los firmantes del documento son Stéphane Hessel, Roger Waters, Ken Loach, Paul Laverty, Luis García Montero, John Berger, Alice Walker y Breyten Breytenbach. En el texto, y en calidad de personas que se dedican "a la literatura, el arte y la cultura, comprometidas con la defensa de la paz y la justicia", solicitan al autor de Sefarad que cancele su viaje. Muñoz Molina quiere contestarles como presume de haber hecho toda su vida, con hechos:

- Un premio consiste en las personas que lo han recibido y en la lista de este premio hay gente a la que no se le puede acusar de cómplice contra la libertad precisamente. Yo no tengo por qué boicotear a un país en el que se hacen cosas valiosas, que tiene derecho a disfrutar de la seguridad internacional. A Ian McEwan le pasó algo parecido y decidió aceptar el premio. Yo también lo aceptaré por razones sencillas, porque Israel no es sólo la política de los gobiernos, hay allí mucha gente luchando por la paz y por una sociedad democrática. No es un bloque de colonos ultra ortodoxos. Al contrario, Israel tiene una sociedad civil activísima y una extraordinaria cultura literaria con composiciones éticas que no tienen nada que envidiarle a las España o a las de cualquiera. 

En cuanto al posicionamiento de los firmantes de la misiva, que se erigen en defensores de los derechos de los ciudadanos palestinos, Muñoz Molina reconoce que respeta más a quienes han hecho lo propio dentro de Israel: "Son muchísimos, el más conocido es David Grossman pero hay muchos más.En Israel existen asociaciones no gubernamentales que trabajan por esos derechos y escuelas en las que se educan muchos niños de ambas culturas", opone el escritor, que confiesa que ni se acordará de este asunto en el discurso del premio ni les contestará con otra carta porque cada cual es responsable de lo que dice: 

- Yo respondo con mis actos, con lo que hago en mi trabajo, con el discurso que dé cuando reciba el premio, un reconocimiento que aprovecho para demostrar mi solidaridad con las personas que están luchando por los derechos internacionales. Este es un premio literario que da una feria internacional del libro y debo agradecer las cosas como escritor. Se lo agradeceré a las personas que forman parte de un país con una gran cultura lectora, con una riqueza de literatura traducida incomparable, y mucha española. Hay pocos lugares del mundo en los que te encuentres tanta riqueza de traducciones. 

Preguntado por las palabras con las que los solicitantes se despiden de él en la carta ("porque estamos convencidos de que comparte esta visión", se lee), Muñoz Molina determina que este es un juicio muy discutible: "Es como si te dan un razonamiento teológico y luego te dicen que si no haces tal cosa, te vas a condenar", ejemplifica antes de continuar: "Yo tengo respeto a los que firman la carta, a algunos más que a otros, pero tengo muy clara mi defensa de los valores democráticos. Igual que defiendo el derecho de las personas a meterse conmigo. Pero, a la vez, tengo derecho a solicitar que se examinen los argumentos y las líneas de razonamiento". 

Finalmente, más allá de la polémica, el autor vuelve a sus firmes razones para defender el galardón: "Conozco y admiro a muchos escritores israelíes de una calidad moral y política y de una independencia de criterio que ya me gustaría que tuviéramos en nuestro país. Y yo estoy con esa gente, con aquellos que están defendiendo los derechos de los palestinos como los firmantes de la carta y los están defendiendo allí, con riesgo para su estabilidad personal y de que les caiga un cohete disparado desde el otro lado de la frontera. Esto es muy serio". Hoy, en su blog, el escritor redactaba una "Carta para mí mismo" en la que 'se olvidaba' de mencionar el incidente salvo por la indirecta del título. Escribía de una mañana de lunes en Nueva York, de los músicos del metro de la ciudad, de Fats Waller. Le dejamos en ese trajín, de camino a la Universidad.

Otros galardonados con el Premio Jerusalén
Ian McEwan, Haruki Murakami, António Lobo Antunes, Susan Sontag, Don DeLillo, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa, Ernesto Sabato, J. M. Coetzee, Milan Kundera, Jorge Luis Borges...

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Antonio Muñoz Molina
"A nadie se le mete en la cabeza que la cultura es sinónimo de prosperidad"
Por Marta CABALLERO 
Publicado el 08/10/2012

La Biblioteca Nacional celebra un acto por la donación a la institución del archivo personal del escritor

Gracias a un pequeño documental publicado en un diario digital en 2009, muchos seguidores de Antonio Muñoz Molina se quedaron con la copla del soporte sobre el que el escritor ubetense fue dibujando los apuntes de La noche de los tiempos, su última novela. En el dorso de las invitaciones que recibía para asistir a actos culturales de toda índole, en esas cuartillas tan agradables para deslizar el bolígrafo y que son pasto de papeleras, construyó la historia del arquitecto Ignacio Abel. Hoy esos papeles y otros muchos -cuadernos con notas extraídos de sus lecturas, borradores de otras novelas, hojas preparatorias, recortes de periódicos, poemas inéditos y una obra de teatro de 1974 que nunca vio la luz- pasarán a formar parte del patrimonio de la Biblioteca Nacional, el lugar más idóneo a su juicio para su conservación. La cesión se sellará con un acto hoy en esta institución que, considera el autor de Plenilunio, es el mejor ejemplo de lo que debe ser "lo público", esa cosa tan amenazada hoy. Y sobre ese tema y otros males del presente escribe estos días, en los que ultima un ensayo que titulará Todo lo que era sólido. La frase es del Manifiesto Comunista, pero no deja de recordar a la amenaza constante de inestabilidad que poblaba La noche de los tiempos. "Los europeos necesitamos cobrar conciencia de lo público, de lo que va de la plaza a la biblioteca y al hospital. Son cosas que se vuelven normales y perdemos de vista el valor que tienen", denuncia.

Pregunta.- ¿Cómo se decidió a donar su archivo personal a la Biblioteca?
Respuesta.- Recibí una carta de la directora que había enviado a bastantes escritores pidiendo si podían donar papeles y me pareció una buena idea. Como tengo mucho material, pensé que qué mejor que dárselo a la Biblioteca. Hay cientos de páginas manuscritas de mi primera novela que encontré en casa de mi madre por casualidad, están los cuadernos de Plenilunio, las fotocopias del sumario del crimen en el que me basé para escribirla, los cuadernos de notas de La noche los tiempos...

P.- ¿No va a sentir nostalgia al desprenderse de ellos?
R.- No, me parece bien, no soy muy apegado a las cosas y además soy muy apasionado de lo público, y más en una época como esta en la que lo público está más reducido: Precisamente una institución como la BNE es un ejemplo máximo de los servicios que constituyen lo público. Cuando vas allí y ves a los trabajadores y la calidad de su trabajo, cómo custodian las cosas, es increíble. 

P.- Sus manuscritos tienen fama. Sé que utiliza el dorso de las invitaciones a actos que le llegan para escribir, esas que tienen un tacto tan gustoso.
R.- Esas cosas suelen tirarse y yo siempre pienso, esto me viene bien a mí. Están hechas con papel bueno y el tacto te invita a usarlas. Todos los papeles de los cuadernos preparatorios de La noche de los tiempos estarán en la BNE y también las notas que saqué de los periódicos de los años 30.

P.- Vuelvo a su defensa de lo público... o de lo que va quedando de ello. ¿Cómo ve el aluvión de recortes, la desaparición de instituciones, festivales...?
R.- Tenemos que tener una conciencia muy clara de que esta es una época de reducir y de ahorrar en muchas cosas y en la que lo que tenemos que salvar son otras cosas fundamentales, porque esa es la diferencia del modo de vida europeo en el que hemos querido estar. Yo he vivido una parte de mi vida en Estados Unidos y sé perfectamente lo que es estar en un país en el que todo es privado. Los europeos necesitamos cobrar conciencia de lo público, de lo que va de la plaza a la biblioteca y al hospital. Son cosas que se vuelven normales y perdemos de vista el valor que tienen. Me escandaliza que se reduzca todo eso. De todas formas, no me gusta ser pesimista, hay que denunciar los desastres pero no convertirse en un desastre uno. Hay que poner los cinco sentidos en lo que tenemos que hacer, ser los primeros en respetar lo que tenemos, porque hay cosas que no se pueden perder. Sin ellas se perdería el sistema democrático. 

P.- Una de las instituciones que padecen graves recortes ahora es el Cervantes, cuyo centro de Nueva York dirigió usted. La marca España de pronto parece que no importa tanto y las noticias auguran el cierre de algunas sedes. ¿Qué piensa?
R.- Una de las cosas fundamentales que tenía que hacerse ahora es la promoción internacional y el Cervantes es una institución clave en este sentido. Si se recorta ahí, el país se verá afectado porque la mala imagen en el exterior afecta a los negocios y a la economía. A nadie se le mete en la cabeza que la cultura es sinónimo de prosperidad. Lo del Cervantes es una cosa que te saca de quicio, era una de las pocas instituciones a salvo del partidismo. En fin, habrá que resistir. 

P.- ¿Qué está escribiendo estos días?
R.- Estoy con un ensayo precisamente sobre todo esto que está pasando. Saldrá en febrero y es un intento de contar lo que he visto y de explicarme qué ha pasado. 

P.- ¿Y lo ha conseguido? ¿Cómo lo titulará? 
R.- No, no lo he conseguido. Se titulará Todo lo que era sólido, es una frase del Manifiesto Comunista de Marx en relación a lo que está sucediendo. No soy optimista ni pesimista, la historia me enseña que las cosas pueden ir a mejor o a peor. Está en las manos de la gente y de las personas que tienen responsabilidades. Aquí se han hecho cosas muy bien y muy mal y hay que aprender de los aciertos y de los errores. 

P.- ¿Y novela no escribe?
R.- Tengo alguna cosa pero lo dejé en suspenso precisamente por estos sobresaltos. 

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Antonio Muñoz Molina
"Tenemos una clase política omnipresente y parásita"
Por Nuria AZANCOT 
Publicado el 05/07/2010

Hoy inaugura los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial

Desde el escepticismo, a la esperanza y la indignación, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) inaugura hoy los Cursos de Verano la UCM de El Escorial con una conferencia magistral en la que el narrador hará "una defensa apasionada del conocimiento, del aprendizaje, de la capacidad humana por aprender, que está en nuestro código genético, porque la debilidad con la que nacemos la compensamos con un instinto prodigioso de adquirir las habilidades que no heredamos genéticamente". También hablará "del aprendizaje como disfrute, de la disciplina como camino hacia la libertad, del placer de lo bien hecho frente al aturdimiento de la chapuza y el desorden. Haré una defensa de la enseñanza democrática, que no consiste en igualar a todo el mundo en la ignorancia, sino ofrecer los medios para que cada persona, independientemente de su origen o de su situación económica, pueda desarrollar al máximo sus capacidades". Pueden creerme, a muchos políticos de todas las banderas se les van a atragantar estos "Buenos Días", porque el académico Muñoz Molina no tiene piedad con sus imposturas...

Pregunta.- En un país que parece despreciar las Humanidades, ¿cómo se explica esa afición por estudiar precisamente en verano?, ¿qué sentido tienen estos cursos?
Respuesta.- No sólo se desprecian las humanidades: también las ciencias duras. Lo que se desprecia es el conocimiento, por culpa de una demagogia sembrada por la clase política desde hace muchos años. Los politicos tienden a desconfiar de las personas que saben de verdad sobre algo.Yo creo que toda oportunidad de aprender está bien, y si se hace en verano, pues mejor. Habrá que ver cómo se refuerza la enseñanza durante el curso académico.

P.- ¿Le parece que estas universidades de verano podrían enlazar con el esfuerzo modernizador que supuso, hace ahora un siglo, la Residencia de Estudiantes?
R.- La Residencia, la Institución Libre de Enseñanza, los planes pedagógicos admirables de la II República. Una cosa que me sorprende es que el fetichismo de lo republicano que está de moda ahora no incluya la defensa de lo más digno de aquel régimen, la obsesión por la enseñanza pública como palanca de justicia social.

P.- Este otoño abandona la dirección de la Real Academia Víctor García de la Concha: ¿qué es lo mejor de su gestión y qué queda por hacer?
R.- Víctor ha continuado con un entusiasmo y una entrega personal admirables el proyecto de modernización de la Academia que empezó Fernando Lázaro Carreter, un maestro y un amigo al que siempre echaré de menos. Lo que queda por hacer es continuar la tarea inacabable de mejorar el diccionario. Y resolver con más determinación la anomalía difícilmente aceptable de la escasez de mujeres académicas. 

P.- Cuando publicó su último libro, La noche de los tiempos, escandalizó a muchos que hubiese retratado a Alberti o Bergamín como "intelectuales señoritos", que "sin trabajar jamás" apostaban por la revolución entre fiestas y viajes. ¿Hemos cambiado lo suficiente, o todavía "las gentes de la cultura" actúan frívolamente, entre firmas y cejas?
R.- Yo he escrito una novela, no un libro de historia, de modo que los personajes públicos que aparecen en ella están vistos a través de la mirada de otros personajes. Las opiniones que da Moreno Villa en la novela sobre escritores de su generación no son las mías, sino las que yo imaginaba que podía tener una persona en su situación, algunas de las cuales se intuyen leyendo sus memorias. Por lo demás, las fiestas de disfraces en la Alianza de Intelectuales no son invento mío, ni proceden de testimonios hostiles: las cuentan con bastante detalle Rafael Alberti y María Teresa León en sus respectivos libros de memorias. Una parte de las cosas que Bergamín dice en mi novela está tomada literalmente de cosas escritas por él en la época. Pero es que se trata de una época de una terrible intoxicación ideológica, y de un extremismo muy destructivo, pasiones que son incompatibles con la grandeza literaria. Cualquier comparación con el presente es ociosa, por fortuna para nosotros. Aprovechados los hay siempre, pero la España de hoy no tiene que ver nada con aquella. Nada de nada. Esa es una obviedad que hace falta recordar siempre.

P.- De todos los aspectos de la crisis actual (económico, social, cultural), ¿cuál le parece el más preocupante?, ¿ve la luz al final del camino, brotes verdes...? ¿Cree que de todo esto saldremos más fuertes y solidarios?
R.- Lo que da más miedo es que no pueda sostenerse el Estado de Bienestar. Pero quizás la crisis nos ayude a distinguir entre lo que es imprescindible y lo que es superfluo, de modo que aprendamos a ser austeros en todo aquello que no es importante para preservar lo más valioso: la sanidad pública, la educación pública, los organismos destinados a garantizar el imperio de la ley y por lo tanto las libertades individuales. Tenemos una clase política omnipresente y parásita que se ha adueñado de todas las instituciones y las ha multiplicado en su propio beneficio, para alimentar sus redes clientelares a costa de la profesionalidad y la eficiencia de la administración. Alguna vez nos daremos cuenta de que este tinglado político es insostenible. No puede ser que haya escasez de maestros o médicos y que no estén bien pagados y en cambio el número de cargos políticos o clientelares se multiplique sin control. Y quizás la crisis también nos fuerce a pensar en otro modelo de desarrollo, menos basado en el despilfarro de energía y de recursos no renovables y más sostenible a largo plazo.

P.- Tras el éxito de su último libro, La noche de los tiempos, que conquistó a la crítica y a numerosísimos lectores el año pasado, me cuesta imaginarlo descansando y ocioso... ¿qué está preparando ahora?
R.- Nada. Hay que escribir a veces y a veces hay que no escribir. No soy de esos autores obsesivos, a la manera de Woody Allen, que tienen que estar siempre trabajando en un proyecto. También disfruto escribiendo lo mínimo y dedicándome a no hacer nada.

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El viento de la Luna
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral. Barcelona, 2006. 320 páginas, 20 euros
Por Ricardo SENABRE 
Publicado el 14/09/2006 

Hay en la obra literaria de Antonio Muñoz Molina dos facetas bien diferenciadas: lo que podríamos entender como pura narrativa de ficción (El invierno en Lisboa, Beltenebros, Plenilunio...) y un conjunto de relatos con un marcado carácter memorialístico, basados en recuerdos familiares, en evocaciones anoveladas de la vida pasada durante la infancia o la adolescencia en la imaginaria ciudad de Mágina (Beatus ille, El jinete polaco) o en otros períodos de la existencia (Ardor guerrero), creaciones todas ellas, claro está, impregnadas de elementos autobiográficos potenciados hasta extremos de difícil delimitación.

A este territorio mixto de ficción y realidad -en el que, a mi entender, se sitúan los logros más sólidos del escritor- pertenece El viento de la Luna. Volvemos a Mágina, con un narrador en los albores de la adolescencia fascinado, además, con todos los detalles del primer viaje tripulado a la luna -el de la nave Apolo XI-, que se efectúa durante los días en que se fija la evocación. El recuerdo acota un espacio de tiempo brevísimo, que ni siquiera da lugar a desarrollos temporales, sino más bien a estampas estáticas, a impresiones acerca de motivos diversos que se agrupan alrededor del núcleo temporal seleccionado: recuerdos de las lecturas y películas de aquellos años, escenas del colegio de religiosos, evocaciones desvaídas de la guerra, atención minuciosa a ciertas faenas agrícolas, como la recogida de la aceituna, o la narración reiterada de las primeras turbulencias del sexo constituyen algunos de los motivos que, sin otro denominador común que su relación con el narrador, ayudan a reconstruir el marco en que se forjan las primeras sensaciones adultas. No es difícil señalar algunos deslices. Así, el narrador relata cómo su padre lo lleva a un cine de verano, a ver Los hermanos Marx en el Oeste, que él recordaba con agrado porque “yo la vi de chico, durante la guerra” (p. 196); pero es imposible que durante la guerra civil pudiera verse en España una película rodada en Hollywood en 1940.

Hay páginas de notable vigor sensorial, como la descripción del lavado de las hortalizas y las verduras (pp. 180 y ss.) o de otras tareas agrícolas (pp. 186-188) que recuerdan las técnicas compositivas de Gabriel Miró por el predominio de la luz y el color y su presentación como estampas no incluidas en una acción determinada. Y existen retratos de personajes bien esbozados, en los que la sugerencia y el sobreentendido actúan con eficacia, como sucede con el tío Pedro, la tía Lola o Baltasar. Otros, en cambio, se me antojan más tópicos: sobre todo los profesores del colegio, ante los cuales se tiene la impresión de lo déjà vu, acaso porque después de las cimas alcanzadas en la novela A.M.D.G., de Pérez de Ayala, todos los retratos acerbos de preceptores religiosos que hallamos en la literatura narrativa parecen un tanto pálidos. Y tal vez se ha perdido la ocasión de hacer del viaje espacial algo más que un mecanismo vertebrador de la novela, relacionando con mayor sutileza el viaje hacia mundos nuevos y solitarios con la afición creciente del personaje a refugiarse en la lectura como ámbito privado y excluyente, adecuado para fabricarse un orbe propio. Había aquí probablemente un núcleo temático, una posibilidad que hubiera dotado de mayor densidad narrativa El viento de la Luna y que no ha sido aprovechada.

Y poco cabe objetar a la prosa de Muñoz Molina, que es, como siempre, notable, aun con algunas discutibles construcciones (“a una cierta hora”, pág. 51; “desde una cierta altura”, pág. 88; “dentro de unas ciertas longitudes de onda”, pág. 159), alguna concordancia mejorable (“ninguno de los astronautas que ha pisado la Luna o la ha visto”, pág. 260) y poco más y de menor cuantía. El viento de la Luna es una obra digna, aunque no añada novedades ni méritos especiales a la obra anterior de Antonio Muñoz Molina ni alcance la intensidad de los primeros libros de Mágina.

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Ventanas de Manhattan
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral. Barcelona, 2004. 282 páginas, 19 euros
Por Santos SANZ VILLANUEVA 
Publicado el 19/02/2004 

En cada momento histórico, la literatura busca las maneras más oportunas para elaborar una visión del mundo. No suele tratarse de cambios radicales y revolucionarios.

Más bien se adaptan procedimientos conocidos mediante perspectivas nuevas. Hoy circula un cierto descrédito de la ficción, y esa desconfianza llega a postular la figura del Bartleby, el escritor cesante, que con tanta gracia y acierto divulga Enrique Vila-Matas. Ese descrédito, o el propósito de darle una nueva vuelta de tuerca a lo imaginativo, ha estimulado la corriente contraria, una cercanía, hasta fundirse en una sólida aleación, entre realidad y literatura.

Curiosamente, Antonio Muñoz Molina se refiere varias veces en Ventanas de Manhattan a “presencias reales”, con lo que alude a una potenciación reveladora de cualquier tipo de realidad. Estamos en una inquietud de época por descubrir lo oculto bajo las apariencias engañosas, evidentes en un lugar tan complejo como Nueva York. La sorprendente metrópolis ha producido caudales generosos de arte, en novela, cine, poesía o ensayo. No merece la pena citar creadores o títulos de todos conocidos, desde Dos Passos o Lorca hasta Woody Allen. En esa estela se halla la indagación de Muñoz Molina, con un texto denso en el que logra un sello distintivo al hacer que confluyan impulsos distantes.

El primer impulso tiene que ver con la fusión de testimonio, autobiografía y narración. ¿Quién diría no hallarse ante una novela al caer en la red del primer párrafo del libro, de una fuerza narrativa que parece anunciar una poderosa fábula decimonónica? La cosa no sigue por ahí, pero tampoco se aleja de ello por completo, pues la presencia de una voz en primera persona, aunque se identifique con el propio autor (quien, por cierto, no da nunca su nombre propio, ni el de los suyos, y tampoco el nombre completo de amigos o conocidos, salvo una excepción), podría ser un narrador que escribe la novela de una ciudad y de un tiempo.

No es la primera vez que Muñoz Molina hace algo parecido. Confesión directa hay en Ardor guerrero (1995), que contiene una minuciosa crónica de sus ácidos recuerdos del servicio militar en un texto confesional, sin disimulos, autobiográfico. Y el propio escritor se incorpora en el capítulo final a Sefarad (2001), una obra que tiene mucho que ver con esta indagación neoyorquina de añora y que confirma, una vez más, el fondo unitario de la escritura del autor de El jinete polaco.

Las coincidencias entre Sefarad y Ventanas de Manhattan deben subrayarse porque ilustran el sentido de este nuevo acercamiento a la metrópolis americana: al margen de similitudes en algún pasaje (cierta visita a un museo), guardan bastante semejanza a causa de una común preocupación por el motivo del exilio y por la intensa evocación de la tierra natal.

La diferencia con esos textos, en el caso presente, está en otro impulso, el libro de viajes. Esto tampoco supone decir mucho, porque existen bastantes modalidades de escritos de andar y ver, desde el exotismo morboso de los románticos hasta el puntillismo satírico de Stendhal. Muñoz Molina marca aquí su propio territorio, que consiste en una relación expositiva (algo habitual en sus escritos), en una plataforma real y concreta desde la cual remontar las impresiones hasta la noble altura de un discurso estético, vital y moral. 

Esa relación se derrama por medio de una prosa de párrafo amplio, llena de subordinadas, proclive a la utilización de conjunciones copulativas encadenadas, rica en largas enumeraciones, que se deja llevar hacia el énfasis, y musical, con un ritmo mental bien recreado por oraciones algo barrocas. Es lo propio de una escritura argumentativa, que tiene un trasfondo moral.

Esta prosa un poco oratoria también acoge la imagen poética, el atisbo impresionista, el impacto de la luz y el color (abundan los adjetivos cromáticos) y la melancolía que rescata emociones de un pasado; el escritor adulto pone enfrente al artista adolescente en la provincia. Todo ello surge de un rico juego de miradas, hacia el exterior y hacia adentro. Despliega el autor una infatigable actividad de voyeur, de mirón confeso, como revela el propio título. Es muy “ventanero”, como decía de sí misma Carmen Martín Gaite con una expresiva voz castellana que indica la cualidad básica de observador que sostiene a muchos escritores.

Desde la ventana, o mediante constantes paseatas urbanas, el autor jiennense constata la intrincada realidad de Manhattan, se fija en el elemento humano, en los contrastes sangrantes, usos y rasgos diferenciadores de una sociedad marcada por el exilio de sus gentes; “un gran sumidero de desconocidos, desamparados, solitarios y enfermos”. No hay en él un costumbrismo tópico ni limitador, pero también proclama, frente a una creencia muy del día, y muy de nuestro país, la virtualidad universalizadora del localismo. Con razón sostiene cuánto deben lo mejor de las letras y el cine americano a su cercanía a una inmediatez de vecindario. 

El panorama social, según resulta lógico en alguien siempre atento a estas cuestiones, ocupa mucha de su atención, pero deja un amplio terreno a los aspectos culturales y artísticos, acerca de los que despliega abundantes anotaciones de receptor sensible y muy fino y penetrante. Esta vertiente analítica funciona como un puente hacia un tercer y capital impulso, el paisaje interior del propio autor, y todo ello se engarza en una de las mayores afirmaciones de vitalismo que se encuentren en las letras actuales.

El léxico de la obra da prueba de ello: con frecuencia utiliza las palabras plenitud, gozo, celebración o felicidad. Y se refiere a una explícita voluntad de gustar la riqueza del mundo, que llega por los sentidos, por el cultivo de la sensibilidad y que surge de una mirada múltiple: sorprendida, tierna, crítica, rebelde... Ventanas de Manhattan está transido del clásico carpe diem. Este disfrute justifica el censo un tanto ramoniano del inmenso rastro neoyorquino, pero no pierde de vista las aristas de la realidad, y subraya lo efímero y cambiante como cualidades distintivas de la ciudad. Por descontado que tal percepción desemboca en ráfagas elegíacas.

Dice Muñoz Molina que en el periódico “se ve que cualquier faceta de la vida real es de una complejidad inabordable para la literatura”. A esa certeza responde con la forma documental de este libro, su modo de perseguir la plenitud comunicativa. Porque la obra, por supuesto, no consiste en un retrato más o menos inspirado de ese gran emblema absoluto del mundo moderno. De pasada nos da la clave de su empeño. Se refiere a cómo “el arte enseña a ver el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo”. Y explica que en los cuadros o en los libros se busca “una forma verdadera y pura de conocimiento”. 

Esa razón motiva estas Ventanas, que no son instantáneas para “viajeros en casa”, como decía la publicidad de los viajes románticos, sino, también, una manera de alcanzar el distanciamiento enriquecedor de la realidad doméstica. Aparte del interés por lo diferente, deja claro el autor que “viajar sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado”. Muñoz Molina se sirve de los rostros de Nueva York para ampliar su retrato moral de nuestro tiempo. 

Visiones de NY

En 1916 Juan Ramón Jiménez anotaba en su cuaderno neoyorquino: “En las ciudades como New York, tan enormes de fábrica alta arquitectónica, el continente aplasta de continuo al hombre”.

Vladimir Maiakovski llegó a Estados Unidos en 1925. Nueva York le entusiasmó, “pero no me quitaré la gorra: es una ciudad obra de la burguesía”, afirmó. Allí escribió su poema dedicado a los suicidas de “El puente de Brooklyn”.

Federico García Lorca viajó a Nueva York en 1929 y allí escribió su libro más desgarradoramente surrealista y también uno de los más importantes, Poeta en Nueva York: “Todos los días se matan en New York/cuatro millones de patos,/cinco millones de cerdos,/dos mil palomas para el gusto de los agonizantes”.

Poco después del crack del 29, Paul Morand escribía su Nueva York: “Si un continente entero es de tal modo víctima de la velocidad, es porque él mismo huye y porque busca, más que el dinero, la velocidad en sí, como medio de no pensar”.

Julio Camba la llamó La ciudad automática: “Los rascacielos no responden a necesidad alguna. Un día se inventó el cemento armado, otro la besemerización del acero, otro se inventaron los ascensores eléctricos y, poco a poco, fue creándose el rascacielos para meter todos estos inventos”.

En 1998 José Hierro volvía a la poesía con Cuaderno de Nueva York: “Me he limitado/a reflejar aquí una esquela/de un periódico de Nueva York./Objetivamente. Sin vuelo/en el verso. Objetivamente./Un español como millones/de españoles. No he dicho a nadie/que estuve a punto de llorar”. 

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En ausencia de Blanca
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Alfaguara. Madrid, 2001. 144 páginas, 1.500 pesetas
Por Santos SANZ VILLANUEVA 
Publicado el 12/12/2001 

La obra entera de Antonio Muñoz Molina tiene una transparente fundamentación realista. Ello no es obstáculo para que de vez en cuando, pero con intencionada frecuencia, se abra a dimensiones misteriosas de la realidad.

No apela con ello a la pura fantasía sino que se asoma a ese punto de enigma y extrañeza de la existencia que desde antaño ha llamado la atención de tantos escritores morales con quienes su literatura mantiene un subterráneo enlace. Algo de esto se incorpora a El jinete polaco por medio de la figura y la atmósfera de un cuadro; en clave más ligera se atisba en la personalidad del protagonista de El dueño del secreto; como una influencia ajena planea en Plenilunio; los límites de verdad y alucinación se ponen a prueba en Carlota Fainberg.

Con este relato conecta La ausencia de Blanca, una novedad editorial relativa que, aunque el libro no lo advierta, tuvo una anterior edición restringida de Círculo de Lectores. Ambas obras aparecieron en 1999, responden al enfoque de la novela corta y mezclan una problemática cultural con un análisis de ciertas fantasías emocionales. Las dos abordan el enigma del amor.

En diez breves capítulos cuenta Muñoz Molina la historia de una seducción y de un alejamiento. La encarnan Blanca, una treintañera de buena familia, culta, refinada y vitalista y Julio, un modesto funcionario, delineante de la Diputación de Jaén de muy humildes orígenes. Julio saca a Blanca con su ternura del pozo de la autodestrucción. 

Las peripecias posteriores de esa relación alimentan el grueso de la novelita, ocho capítulos. El primero y el último tienen otro carácter y establecen un diálogo basado en dos aspectos complementarios. El tratamiento poético de la materia se acentúa con una fantasmagoría que hace dudar del grado de certeza de los hechos. ¿Es o no es Blanca la mujer que aparece en casa de Julio? La obsesión del hombre y su incertidumbre se comunican mediante un ritmo reiterativo: 67 veces se repite el nombre de la protagonista en las pocas páginas que suman ambos capítulos. La historia se encamina hacia la desrealización. Y al fin se impone una sugerente ambigöedad inducida en parte por el fraseo un tanto rotundo rico en adjetivos, tan característico de la prosa algo sentenciosa de Muñoz Molina. 

Tiende el conjunto de la anécdota a la reflexión abstracta acerca de las relaciones sentimentales, pero algunas puyas contra ciertos sectores de la vida provinciana y varias ironías sobre el arte moderno la sitúan en un marco concreto. Aunque parte del contraste acentuado entre dos personas distintas en todo, evita la simplificación cargando los comportamientos de temblor emocional. 

Y, sobre todo, se asoma al misterio del encuentro y desencuentro de almas y cuerpos con la actitud libre de evitar las ideas reductoras. Hay en la historia de Blanca y Julio dosis de pasión, piedad, gratitud y conformismo. Y sugiere el límite inestable entre lo consciente y lo inconsciente que marca esta clase de impulsos. Por eso, más que una novela sobre el amor es una fábula sobre la angustia de la soledad. 

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Sefarad
Antonio Muñoz Molina
Alfaguara. Madrid, 2001. 601 páginas, 3.200 pesetas
Por Santos SANZ VILLANUEVA 
Publicado el 28/03/2001 

Novela a contracorriente de tanta superficialidad como abunda en nuestras letras. Quien busque en la literatura nada más evasión hará bien en no acercarse a este libro espléndido y emocionante. Ejemplar

En Sefarad, al indicativo nombre de la España judía se lo acompaña de un subtítulo, “Una novela de novelas”, esclarecedor de la arquitectura del libro y de su visión de la vida. Tomando pie en una afirmación de Galdós, Antonio Muñoz Molina subraya que cada existencia es en sí misma una novela posible y sostiene que narrarla es sustancia suficientemente novelesca. Así que Sefarad se contenta nada más ni nada menos que con hilvanar unas vidas, en buena parte ciertas, según se aclara en un breve colofón. Esta arriesgada concepción del realismo sustenta la forma de la obra, sucesión más o menos enhebrada de 16 relatos casi independientes centrados en personajes que existieron, algunos famosos, otros anónimos.

No son, sin embargo, vidas cualesquiera las que centran los respectivos capítulos, por llamar de alguna manera a las secuencias del relato. Todas ellas comparten un motivo nuclear, la vivencia real o el sentimiento lacerante del exilio. Lo anuncia dicho título al remitir a la patria de los judíos hispanos en la diáspora, cuya memoria ha pervivido en el recuerdo colectivo y en la lengua generación tras generación. Y lo corrobora el capítulo final. Es el exilio el hilo conductor de Sefarad, pero está tejido con la fibra de las variadas calamidades y oprobios (persecuciones, asesinatos...) encadenados en el horrible siglo pasado. Procede el autor un tanto a la manera de la antigua literatura ejemplar: no teoriza, muestra. A veces recapitula el caso de un ser humilde. Otras veces surgen nombres conocidos: Primo Levi, Kafka y su amada Milena...

Todos ellos han sido víctimas de la violencia. Incluso del fanatismo y la arbitrariedad de las gentes con quienes compartieron ideales. Así, se cuentan casos debidos tanto a la barbarie nazi como a la estalinista. De resultas de un minucioso y abundante repaso por las mil caras del dolor y el miedo, sale un alegato encendido a favor de las víctimas de cualquier causa totalitaria. Y todo ello bajo un designio expreso y repetido: proclamar la necesidad de la memoria histórica, de mantenerla perennemente encendida, a la vez como homenaje a esas víctimas y como lección que evite las tentaciones de repetir tanta atrocidad.

El peso de la memoria y el valor de la historia como magister vitae están en casi toda la literatura de Muñoz Molina y aquí sirven de cimiento a una pieza de vigorosa enjundia moral, comprometida, muestra bastante solitaria, aunque no única, de un pensamiento progresista basado en un humanismo sin concesiones a lo que roce la dignidad de nuestra especie. Pero todos estos méritos afectan al sentido ético, a la dimensión cívica modélicos del autor, de los que tantas muestras ha dado en otras ocasiones y que vertebran, también, sus artículos en la prensa. Por eso, dejar constancia de ellos es nada más una parte del comentario requerido por Sefarad, pues nos las habemos con una novela y no con un ensayo, todo lo bienintencionado y plausible que se quiera.

También el juicio literario merece la más positiva de las valoraciones. Muñoz Molina afronta un reto de los que se plantean sólo los grandes autores, quienes hacen de la escritura una experiencia moral y artística solidaria y son capaces de jugársela buscando una forma innovadora y comunicativa al servicio del vigor de la ideas. Ese reto consiste en convertir un manifiesto en un discurso narrativo. Que lo llamemos novela o de otra forma da igual. Lo importante es cómo fluye por Sefarad una voz poderosa capaz de amalgamar la vida del autor y otras vidas en pos de una denuncia y de un canto; aquélla de la injusticia, éste de la libertad.

Todo se debe a una intensa imaginación moral, capaz de recrear el sufrimiento ajeno con autenticidad y emoción. Es curioso que libro tan poco inventivo posea tanta fuerza imaginativa para penetrar con inusitada plasticidad en el fondo del desvalimiento. Sobre esa cualidad, primaria y fundamental, diseña Muñoz Molina una novela cabría decir que revolucionaria en la forma, innovadora al borde de un vanguardismo nada esteticista ni formalista.

Los recursos técnicos más aparentes no resultan de gran osadía, pero sí muy creativos. Apenas consisten en un juego sutil y eficacísimo en las personas narrativas; se producen en éstas desdoblamientos que ejecutan brillantemente el paso del yo del autor al tú de las conciencias o al él de la exposición. Y eso ocurre con tal naturalidad que no se percibe el artificio. La narración, por su parte, enlaza de vez en cuando, pero con persistencia, datos significativos de los personajes, de modo que las historias suelta se trenzan en ese continuo solidario y torrencial de la desventura humana. 

Novela dura y combativa en su fondo; novela también de lectura un tanto exigente. Novela a contracorriente de tanta superficialidad y oportunismo como abundan en nuestras letras actuales. Quien busque en la literatura nada más evasión hará bien en no acercarse a este libro espléndido y emocionante; y valiente lo mismo en el terreno del contenido que en el de la forma. Ejemplar.


Articulo: http://www.elcultural.es 07/06/2013

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