dimanche 2 juin 2013

Alberto OJEDA/ Contra la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual

Contra la reforma de la Ley de Propiedad Intelectual
Por Alberto OJEDA 

Dos enemigos hasta la fecha irreconciliables, entidades de gestión y asociaciones de internautas, luchan con un objetivo común: derribar el anteproyecto de reforma de la Ley de Propiedad Intelectual | La reducción de la protección a la copia privada y la liberalización de la actividad de gestionar derechos de autor son algunos de sus aspectos más controvertidos

Lo que parecía imposible, unir a enemigos aparentemente irreconciliables como las entidades de gestión y las asociaciones de internautas, lo ha conseguido un anteproyecto del Gobierno: el que pretende reformar la Ley de Propiedad Intelectual. En los últimos años vienen sosteniendo un pulso cargado de tensión, debajo del cual late un debate crucial, encaminado a determinar cómo deben quedar perfilados los derechos de autor en el entorno digital. El anteproyecto puesto sobre la mesa por el Ejecutivo de Rajoy pretende dar un paso hacia ese escenario, porque, advierte en su Exposición de motivos, la normativa actual en este campo es incapaz de "adaptarse satisfactoriamente a los cambios sociales, económicos y tecnológicos que se han venido produciendo". El anteproyecto fue aprobado por el Consejo de Ministros y una lluvia de críticas contra sus planteamientos cayó desde los más diversos sectores. Ahora, antes de su tramitación parlamentaria, se abra un plazo para la presentación de alegaciones por parte de sectores afectados. Es buen momento pues para escuchar los reproches que se oponen frente a esta tentativa de ley. 

El anteproyecto divide sus propósitos en tres bloques. A saber: revisión del concepto de copia privada, mayor control de las entidades de gestión y regulación de las funciones y competencias de la Comisión de Propiedad Intelectual. Todos ellos son peliagudos y han generado innumerables litigios hasta la fecha. En el primero de los tres es donde resulta más manifiesto la afinidad de pareceres entre las entidades de gestión y los representantes de los usuarios de internet. Ofelia Tejerina, abogada de la Asociación de Internautas, lamenta que la "nueva regulación reduce alarmantemente la esfera de protección de la copia privada". Julia Altares, actual portavoz de la SGAE, reproduce ante El Cultural ese lamento: "El anteproyecto perjudica a los ciudadanos al convertir en ilícitos casi todos los actos de copia privada. Es especialmente llamativo que la norma proponga excluir del concepto de copia privada las grabaciones de películas de la televisión (ya que solo será legal si dicha copia se borra al poco tiempo) o la realización de copias a partir de un CD original. La propuesta también excluye del límite de copia privada a las realizadas desde internet, que serán consideradas actos ilícitos a perseguir". 

Desde la entidad presidida por Antón Reixa sospechan que la jibarización de este concepto tiene un sentido definido: reducir la cuantía de la compensación que reciben los autores, justificada, precisamente, por el lucro cesante que padecen como consecuencia de la realización de estas copias privadas.Como la justificación (las copias privadas) quedan reducidas a la mínima en expresión, la indemnización que deben percibir los autores tiene que rebajarse en igual medida. Sería, de acuerdo al razonamiento de la SGAE, el respaldo argumental del que se dota el Gobierno para defender la caída de casi un 90% de los ingresos obtenidos por las entidades de gestión por este concepto. En 2011 recaudaron 115 millones con el canon digital. En 2013 solamente recibirán 5 millones de euros, de una partida de los Presupuestos Generales del Estado. 

Es un cambio de sistema que ha levantado ampollas. Las entidades de gestión sostienen que es una cuantía insuficiente. E insisten en que el tributo recae sobre las espaldas (la de todos los contribuyente, de forma indiscriminada) equivocadas. Desde Ibercrea, una suerte de think tank de las entidades de gestión, se asegura que "no deben ser los ciudadanos quienes paguen la compensación por copia privada, sino la industria tecnológica que se beneficia de que dicha copia privada esté admitida y sea legal, tal y como sucede en el resto de países de la Unión Europea. Ahora mismo en España se actúa de forma contraria al interés general: se exonera a la industria tecnológica del pago de la compensación, en perjuicio de nuestra cultura y en beneficio de empresas multinacionales, muchas de las cuales no pagan impuestos ni crean puestos de trabajo en España". Y también ponen el grito en el cielo porque una vez retirado el canon los precios de los dispositivos se han mantenido. "Un negocio redondo para la industria tecnológica". 

Parece complejo encontrar una fórmula que armonice tantos intereses contrapuestos. Ofelia Tejerina formula la que reivindican en su asociación, basada en lo que ellos denominan "copian licenciada": "Es importante que quede claro que nosotros no ponemos en entredicho el derecho de los autores a percibir una compensación. Pero hasta se han utilizado mecanismos indiscriminados. Lo que proponemos es que cuando se compre un CD o una película se pague un poco más, y que ese pico sirva para comprar el derecho a hacer copias de las mismas". Es otra opción que habría de tenerse en cuenta. Julia Altares, por su parte, critica que el Gobierno haya puesto en marcha por su cuenta y riesgo esta nueva normativa cuando está pendiente de emitirse una directiva desde la Unión Europea que armonice el concepto de copia privada. "Habría que haber esperado a ver cómo lo estipulan ellos, por prudencia". 

Desde la SGAE también denuncian que el anteproyecto de ley haya sido aprobado por el Consejo de Ministros sin haber abierto antes un periodo de consultas y de debates, en el que deberían haber tenido voto los agentes implicados. Y ponen de ejemplo lo ocurrido en Francia con el Informe Lescure, encargado por François Hollande al antiguo mandatario de Canal +. Tras nueve meses de contactos y deliberaciones de un equipo de expertos presuntamente independientes, hace un par de semanas ha enunciado sus conclusiones, entre las que destaca el refuerzo de la compensación a los autores por copia privada con cargo a los fabricantes tecnológicos. 

Las entidades de gestión también están molestas por la liberalización de su labor que pretende introducir la reforma. En Ibercrea afirman que pretenden "comercializar la actividad, lo que provocará la multiplicación de los agentes gestores de derechos y, consecuentemente, un aumento de costes, que es justo lo contrario de lo que supuestamente persigue la reforma. Debe tenerse en cuenta que más operadores en este mercado no supondrán un incremento de la competencia, ya que los titulares de los derechos no pueden autorizar una misma modalidad de explotación a diferentes gestores por razones de seguridad jurídica para los usuarios de tales derechos". Lo cierto es que estas entidades han quedado bajo sospecha tras las tramas de corrupción engendradas en el seno de la SGAE durante los mandatos de Teddy Bautista. El Gobierno busca atarlas en corto. Pero Julia Bautista responde que este no es el camino. "Podría darse que una sociedad limitada que gestione derechos de autor se tenga que someter a muchos menos controles que instituciones como la nuestra. Habría un grave desequilibrio en este sentido". 

Por su parte, la Asociación de Internautas rechaza de plano las facultades sancionadoras que se otorgan a la Comisión de Propiedad Intelectual. "Seguimos viendo que el papel de los jueces a la hora de imponer sanciones de cuantías elevadísimas es muy secundario en el procedimiento arbitrado por la norma. Es una aberración jurídica". Esta asociación y las entidades de gestión en bloque han presentado sus alegaciones al Gobierno. En las próximas semanas habrá de tenerlas en consideración, a fin de diseñar una normativa eficaz y ecuánime en un territorio tan convulso. Todo un reto. 

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¿Abrimos o cerramos la cultura?
Por Daniel ARJONA 
Publicado el 01/02/2013 

Llega Parásitos, el libro de Robert Levine que ha encendido la polémica en torno a la propiedad intelectual

Saludado por The New York Times como el libro “que debería cambiar el debate sobre el futuro de la cultura”, Parásitos, de Robert Levine -publica Ariel la semana próxima-, es un fulgurante manifiesto que alerta sobre el daño que el discurso de la cultura gratis causa a la industria. A continuación ofrecemos toda la información sobre el libro, invitamos a polemizar a Enrique Dans, Arcadi Espada, Amador Fernández-Savater y Alberto Olmos, y presentamos en exclusiva la reseña del NYT.

La utopía digital de una información y una cultura libres, gratuitas e inmediatamente accesibles para todos, sufre, tras años de reinado, los primeros cuestionamientos de rigor. Hasta ahora, los críticos de la llamada cultura libre señalaban a la piratería, a la desaparición de industrias enteras y al derecho de los creadores a vivir de su trabajo. Pero su discurso no era ni tan sistemático ni tan popular ni, por supuesto, tan militante como el de quienes defendían en las redes que las ideas no deben tener dueño y que la propiedad intelectual no merece tal nombre.

El gurú informático Jaron Lanier disparó la primera salva en Contra el rebaño digital (Debate, 2011), aplicado a la demolición del mito de la red como mente colectiva y a la denuncia de esa paradójica pendiente por la que fluyen ríos de dinero a la publicidad al tiempo que se agostan la música, el arte o el periodismo. Pero la más completa argumentación en favor de la propiedad de las ideas, investida con los belicosos ropajes del manifiesto innegociable, la ha firmado el periodista estadounidense Robert Levine. ¿Su título? Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura (Ariel, 2013). El libro ha roto las costuras del debate en EE.UU. Levine no sólo practica la disección genealógica de la cultura de lo gratis que se ha enseñoreado en internet en la última década sino que desnuda los intereses de los grandes gigantes digitales, paladines nada desinteresados de la libre circulación de las ideas. Google, Apple y otros capitanes de Silicon Valley habrían ejercido todo su poder para devaluar los derechos de autor. 

¿Cómo puede una empresa competir con un rival que ofrece sus productos pero no corre con ninguno de los gastos? Parasitar se ha convertido en un camino a la riqueza”. El cuadro que dibuja Levine a partir de aquí es puntilloso, enumerativo y desacralizador. El autor advierte que no es ningún ludita y que sabe que es una tontería afirmar que prestar un DVD a un amigo sea una falta moral, pero le parece aún más ridículo “sugerir que existe un derecho inalienable a ver Iron Man 2”. 

Mientras las empresas tradicionales de contenidos veían desplomarse su valor, nuevos negocios florecían. La mítica NBC, famosa por series comoMiami Vice, Cheers, Friends o Heroes; el grupo Emi, propietario de las grabaciones clásicas de los Beatles o Frank Sinatra; El Washington Post, referencia del periodismo norteamericano que alumbró el Watergate... Todas sufrían recortes y despidos generalizados y tentaban la quiebra. Mucho mejor les iban las cosas a The Pirate Bay, al iTunes de Apple o al Huffington Post. 

Sin cambios desde Napster

El parásito infectó en primer lugar, explica Levine, a la industria musical. Cuando Napster abrió en 1999 la veda al intercambio de archivos musicales podía pensarse en la transitoriedad de una situación que, a su debido tiempo, beneficaría el contacto directo entre los músicos y unos fans encantados de pagar por su trabajo. Diez años más tarde, apenas ha cambiado nada. Star-ups, como Goveshark y Hotfile, siguen permitiendo el intercambio ilegal de contenidos y logran con ello beneficios. Y, se pregunta Levine: “quién quiere poner en marcha un negocio de música legítimo cuando es más fácil iniciar uno ilegal?”. iTunes, el único negocio que ha ganado dinero vendiendo música legal en la Red, habría propiciado a cambio, en el paso del álbum al single, una ruinosa desvalorización de la música, simple gancho de su verdadero negocio: la venta de carísimos gadgets. 

Paradigma de la bondad al facilitar unas posibilidades insospechadas de aceso al conocimiento (su oficioso lema es “Don't be evil”, “No hagas el mal”), Google es para Levine uno de los grandes villanos de esta historia. No sólo es que en su YouTube corran series, filmes y otros contenidos protegidos al amparo de una ley de EE.UU. que le exime de problemas legales responsabilizando sólo a los usuarios que suben los contenidos. Es que el buscador en cuanto tal abre a sus usuarios una jugosísima oferta de contenidos de terceros. Google se erigió además en el primer mecenas de la cultura libre. Según se relata en el libro, en 2006 donó dos millones de dólares al Stanford Center for internet and Society y entre 2008 y 2009 otros dos millones a Creative Commons. Y es que “los derechos de autor pueden cruzarse en el camino de Google hacia su objetivo: ‘organizar la información mundial y hacerla universalmente acesible y útil', ya que permite a los creadores limitar el acceso a su trabajo, aunque sea por el simple hecho de cobrarlo”. 

Tras arrancar con el caso paradigmático de la industria musical y orear las vergüenzas de Google, Levine dirige por orden su proclama a periódicos, series televisivas, libros y películas. Todos ellos entre la espada y la pared deuna feroz disyuntiva: poner sus contenidos “disponibles online, en cualquier momento, en cualquier formato, sin coste adicional, lo que podría no ser un gran negocio”, o idear una manera de cobrarlos a su precio. 

Cantos de sirena

La prensa vale como perfecto ejemplo de las indecisiones y sufrimientos que ocasionan los cantos de sirena. The Guardian, el segundo medio en inglés más leído de la red, el primero que se rindió a sus encantos y, además, uno de los que siguen resistiéndose a cobrar sus contenidos digitales, pierde 100.000 libras al día. En EE.UU., escribe Levine, los periódicos, que publican el 99% de las noticias enlazadas en blogs, nunca han sido más populares ni menos rentables. Su hiperactividad online no genera ingresos. Parásitos recuerda que los diarios no vivían tanto de vender noticias como de segmentar audiencias para sus anunciantes. La publicidad se pagaba bien en papel donde el espacio era limitado pero no en la red, donde es ilimitado. Así, “lo más estúpido que podían hacer los periódicos era convencer a sus lectores de que abandonasen la edición impresa en favor de la online”. La solución para este dramático brete pasaría por cobrar por la información en todos sus formatos. 

La prensa peligra pero también el cine o Mad Men, dice Levine. La aclamada serie, y ya de paso, la televisión au complet, podrían reventar en cuanto las descargas y los streamings, ilegales o no, ojo, hallen un atajo del ordenador a la tele, esto es, en cuanto los televisores acaben todos por conectarse a la red. Repite Levine: “La mayoría de la publicidad online vale sólo una fracción de su equivalente offline”. Algunos pagarán por Netflix pero nunca los suficientes mientras la alternativa ilegal siga a sólo un click. Concluye Levine: “En 2010, los ejecutivos de la tecnología empezaron a decir que cualquiera que quisiera limitar la piratería estaba tratando de ‘romper internet'. Pero la verdad es que ya se está rompiendo. Ahora, y tal vez no por mucho tiempo, tenemos la oportunidad de arreglarlo”. 

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El debate sobre la cultura abierta
Por EL CULTURAL.es 
Publicado el 01/02/2013 

¿Resistirá la industria cultural el embate de internet, de lo gratuito y de la filosofía de la cultura libre? ¿Abrimos o cerramos la cultura? A propósito de la publicación de Parásitos, de Robert Levine convocamos al debate a Enrique Dans, Alberto Olmos, Amador Fernández-Savater y Arcadi Espada.

Enrique Dans
"La industria cultural se está suicidando" 

La información quiere ser libre, e internet está diseñada desde su base para que pueda serlo, porque fue una red ideada para asegurar el flujo libre de contenidos incluso bajo las circunstancias más duras. Que sea “gratis” o no es otro problema: por el momento es gratis porque la industria no ha querido ni sabido proponer alternativas atractivas para el usuario. Si una industria se dedica a suicidarse negándose a ofrecer sus productos en las condiciones que sus clientes se lo demandan, si se dedica a insultarlos, perseguirlos y criminalizarlos, si pretende imponerles ventanas de explotación geográfica y por formato que ya no tienen sentido alguno, lo que está haciendo es dejar dinero encima de la mesa para que lleguen otros y se lo lleven. A día de hoy, cualquier contenido creado que se pretenda comercializar debería estar inmediatamente disponible desde cualquier dispositivo, desde cualquier lugar del mundo, y en múltiples formatos: gratis financiado con publicidad, mediante un micropago calculado a partir del coste que supone ahora su distribución, mediante una plataforma de suscripción con tarifa plana, y con cualquier otro esquema que se nos ocurra. Un esquema así disuadiría a una gran parte de los clientes que hoy escogen canales irregulares para su consumo. Si hablamos de la industria actual, repleta de dinosaurios inadaptados, ignorantes, arrogantes y lobbistas dispuestos a cambiar las leyes para servir a sus intereses, es mucho mejor para todos que no sobreviva. Pretender que sobreviva una industria así es completamente absurdo. En cualquier caso, la cultura no corre ningún peligro: el peligro para la cultura viene mucho más de las industrias que pretenden estrangular su disponibilidad que de una red que la permite. Hay muchos modelos de negocio viables. Mientras la industria se dedicaba a chillar histérica que era “imposible competir con el todo gratis” y se afanaba en insultar y perseguir a sus clientes, actores como Kim Dotcom demostraron no solo que se podía crear un producto atractivo, sino que además, los usuarios estaban dispuestos a pagar. Y como todo en la red, tras cerrarlo irregularmente, renace reforzado y dispuesto a demostrar que el sistema que la industria propone no funciona. Quien se niega a evolucionar, es atropellado por la evolución. 

Enrique Dans es Profesor de Sistemas de Información en IE Business School. 

Alberto Olmos
"A los empresarios de internet les conviene lo gratuito" 

Un productor, ya pensando en términos de obra cultural, querrá siempre un mínimo beneficio, o cubrir costes, por lo que ese esfuerzo y ese dinero lo pondrán aquellos que sean capaces de hallar el modelo de negocio que se avenga con los nuevos tiempos. Y también, claro, todos aquellos a los que no les importe escribir gratis, o realizar cualquier otra tarea sin esperar compensación económica. Lo malo -y está pasando ya- es cuando se juntan ambas posibilidades y un tipo ve el modelo de negocio de nuestros días en sacar un medio digital en el que se ingresa dinero por publicidad y no se paga nada a los colaboradores, tan contentos de escribir en él sobre lo que les gusta. Según yo lo veo, hay una serie de productos que sólo merecen la pena si los pagas. Imaginemos que Apple regalara el Ipod, ahora que se va quedando viejo; esto es, que siguiera produciendo Ipods, sin innovarlos en modo alguno, pero para uso generalizado de la población mundial, desde Senegal a Canadá, sin desembolso. ¿Cuánta gente de EE.UU. querría entonces llevar un Ipod en el bolsillo? La última tecnología no es necesaria; sin embargo, la música puede que sí lo sea; necesaria espiritualmente, si quieres; y por eso da igual si la pagas o no en lo que a disfrute se refiere. Del mismo modo, hacer música -o escribir novelas o rodar películas- provee de suficiente placer como para que se siga haciendo sin que medie la idea de un beneficio económico. Sin embargo, ningún trabajador de “hardware” va a dedicar ocho horas al día a crearlo o mantenerlo si no le conceden un salario, y uno muy bueno además. Desde estos presupuestos, es inviable que se produzcan aparatos de vídeo o plataformas digitales de contenidos si no hay un retorno de la inversión. Finalmente, en España, muchos de los que defienden estas cosas son ellos mismos empresarios de internet, esto es, personas a las que les convienen los contenidos gratuitos. Todo lo que rodea a la cultura libre viene hoy día envuelto de una pompa extraordinaria, como si incrustar el sello de Creative Commons en tu blog fuera un acto de osadía, cuando de toda la vida de dios uno ha compartido las cosas sin darse tantos aires. En todo caso, lo único que se me ocurre es que las empresas culturales cobren por sus productos y paguen a sus colaboradores y empleados.

Alberto Olmos es escritor. Su última novela es Ejército enemigo. 

Amador Fernández-Savater
"La industria cultural lo tiene todo que perder" 

No tengo recetas ni soluciones para los problemas que pone sobre la mesa un mundo que es y será infinitamente reproducible, copiable. De hecho la única propuesta que lancé en aquella cena con Ángeles González Sinde fue la de abrir un debate público entre creadores, autores y trabajadores de la cultura.Me parece vital que afloren esas voces tapadas y que una realidad múltiple y compleja como la de los creadores y los trabajadores culturales no pueda ser reducida e identificada completamente con los intereses de la industria cultural. Se trataría de un debate directo, sin intermediarios, donde cada cual pudiese hablar con su propia voz. Para escucharnos y pensar juntos: ¿cómo trabajamos, de qué vivimos, cómo nos afectan realmente las descargas, qué podemos hacer, qué estamos inventando ya? Por un lado, sería una manera de empezar a hablar en nombre propio y, por tanto, de empezar a autoorganizarse. Por otro lado, ese debate directo y desde abajo podría permitirnos ver más claro lo que está pasando, porque es muy difícil orientarse en esta realidad tan opaca donde sólo hay discursos propagandísticos que “ven lo que quieren ver”. La “piratería” no es el enemigo, sino más bien el síntoma de que hay un modelo cultural y de negocio (basado en el control sobre la copia) que está en crisis. Una industria cultural que lo tiene todo que perder. No sé qué piensan hacer, ¿tratar de imponer un estado de excepción en la Red? Por otro lado, hay un “nuevo capitalismo” perfectamente adaptado al paradigma de la Red (Google, Facebook, etc.). Para ese “nuevo capitalismo” no se trata de controlar las copias de las obras producidas, sino de regular los intercambios, las interacciones y los contenidos producidos por los mismos usuarios. Ambas modalidades de capitalismo son privatizadoras (la gestión de lo común deja de estar en manos del común) y precarizadoras (¿qué proporción de ingresos devuelve Youtube a la gente que produce los contenidos?). Pero la segunda me parece más peligrosa, porque se adapta como un guante a la subjetividad contemporánea de la que todos partimos: ofrece inmediatez, instantaneidad, gratuidad, facilidad, poder despreocuparse de los fastidiosos problemas de gestión, etc. Vamos a tener que aprender a movernos en medio, está todo por hacer y pensar. 

Amador Fernández-Savater es editor y periodista. 

Arcadi Espada
"La idea de una cultura de coste cero es absurda" 

Mientras que el coste de recopilar información sigue siendo alto -al menos para los productores del contenido- el coste marginal de la difusión se redujo al máximo con la llegada de internet, y eso provocó la idea de una cultura de coste cero. Sin embargo, los productos culturales nunca han tenido un precio acorde a su coste marginal. Respecto al funcionamiento del mercado, cuando una obra intelectual está protegida por derechos de autor su precio, como producto de consumo, no se vincula a su coste de reproducción. ¿A qué nos referimos exactamente cuando hablamos de libros? Porque 20 o 25 euros es mucho dinero por un montón de hojas de papel pegadas. Pero no pagamos por eso: lo que compramos es el texto. El esfuerzo. También quien compra un ebook lo que paga es el texto en sí. Y el editor casi siempre ha pagado al autor por el derecho a venderlo, y por la traducción, la edición, el marketing para su comercialización, etc. El soporte importa poco, porque los costes fijos son los más elevados y son los mismos en un libro impreso que en un ebook. Lo mismo sucede con la música o las películas: lo que se paga con los derechos de autor no es su soporte. Si se distribuyen gratis por internet todas las copias de una obra audiovisual ¿cómo se puede no ya obtener algún beneficio sino simplemente recuperar el coste de producción? ¿Vendiendo el original o primera copia por el importe total de ese coste? ¿Habría que vender la primera copia de una película por doscientos millones de dólares y así poder regalar millones de copias? Absurdo. Es decir el absurdo de la cultura gratuita. Por ahora, la piratería está llevando al inevitable recorte a las empresas creativas, primero en plantilla, después en ambición y por último en calidad. No se sabe todavía cómo vincular la copia digital de las obras con la supervivencia de sus autores y, quizá, de la propia industria cultural, tal como ahora la conocemos. La sociedad debe decidir si vale la pena preservar la creación. Y en qué medida. Muchos no se toman en serio una realidad: sin incentivos desaparecerá la creación profesional. El auténtico debate no es si los autores tienen derecho al incentivo para seguir creando sino si la sociedad necesita sus obras. Esa es la pregunta clave y la única aportación, aun colateral, de la actividad de los ladrones.

Arcadi Espada es periodista y director de la Fundación Ibercrea. 

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Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura
Robert Levine
Traducción de F. Caballero y V. Campos. Ariel, 2013. 347 pp. 21'90 e. Ebook: 9'99 e.
Por Jeffrey ROSEN
Publicado el 01/02/2013 

“Ningún hombre, a menos que sea un zoquete, escribe como no sea para ganar dinero”, declaró Samuel Johnson. A medida que Internet va destruyendo el modelo empresarial en el que se ha apoyado históricamente al periodismo, al cine, a la música y a la televisión, la opinión generalizada en Silicon Valley es que Johnson estaba equivocado. “La información quiere ser libre, porque el coste de difundirla es cada vez menor”, han insistido los activistas tecnológicos, citando al pensador tecnológico Stewart Brand. (De hecho, Brand dijo en el mismo discurso de 1984 que, por otra parte, “la información quiere ser cara, porque es muy valiosa”). Según la opinión mundial encarnada por Google y Facebook y muchas de las mejores mentes del mundo jurídico y de la comunidad del interés público, el negocio de la cultura se está hundiendo porque los ejecutivos de los medios de comunicación de la vieja escuela que dirigen Hollywood, la televisión por cable, las compañías discográficas y los periódicos no han conseguido adaptarse a las expectativas de una nueva y exigente generación de consumidores de medios de comunicación que quieren películas, música, noticias y libros gratis allá donde se conecten. 

En Parásitos, un libro que debería cambiar el debate sobre el futuro de la cultura, Levine sostiene que Samuel Johnson tenía razón, y que son las empresas de Silicon Valley, que actúan movidas por su propio interés, las que están equivocadas. “El verdadero conflicto en internet”, escribe Levine, “se produce entre las empresas de medios de comunicación que financian una gran parte del entretenimiento que leemos, vemos y oímos, y las empresas tecnológicas que quieren distribuir su contenido, legalmente o de otra manera”. Al ofrecer un contenido por el que no pagan, o al vender un contenido muy por debajo del precio que cuesta crearlo, afirma Levine, los distribuidores de información y de entretenimiento como YouTube y The Huffington Post se convierten en “parásitos” de las empresas de medios de comunicación que invierten sustanciosas sumas en periodistas, músicos y actores; los distribuidores empujan a la baja los precios de una manera que absorbe la savia de los que crean y financian los mejores logros de nuestra cultura. El resultado es “una versión digital del capitalismo”, en la que los distribuidores parasitarios se llevan todos los beneficios económicos de Internet reduciendo los precios, y los proveedores de cultura se ven obligados a recortar los costes. Esta dinámica, afirma Levine, destruye el incentivo económico para crear la clase de películas, de televisión, de música y de periodismo que los consumidores exigen, y por los que, en realidad, están dispuestos a pagar. 

La historia de Levine empieza como una lucha por los derechos de autor. Entrevista a Bruce Lehman, un ex alto cargo de Clinton que defendió las políticas que desembocaron en la Ley de Derechos de Autor Digitales del Milenio. Lehman asegura que se suponía que la ley de 1998 equilibraría los intereses de las empresas tecnológicas y los de los artistas y las empresas de medios de comunicación. Ahora se lamenta de que haya tenido una consecuencia indeseada al enriquecer a las empresas tecnológicas y acabar con los artistas y las empresas de medios de comunicación.

Levine no es un ideólogo que esté a favor de los derechos de autor: reconoce que existen muchas buenas razones para reformarlos, incluido el hecho de que los plazos de los derechos de autor son demasiado largos y de que las sanciones financieras por su incumplimiento pueden ser demasiado elevadas. Pero afirma que el problema más importante hoy en día con los derechos de autor es que sus protecciones se han vuelto irreales en una época en la que las películas y la música, producidas tanto por artistas independientes como por los grandes estudios, están disponibles en sitios piratas incluso antes de que estrenen. Como es difícil hacer que se cumplan las leyes sobre los derechos de autor, los medios de comunicación tienen poco margen cuando negocian las condiciones financieras con los distribuidores. Y por eso, se ven casi obligadas a regalar su material. Eso es lo que ocurrió en el sector musical que, asustado por la proliferación de archivos compartidos pirateados en Napster, cerró un mal acuerdo con iTunes que permitió a Apple sustituir la venta de álbumes de 15 dólares por canciones de 99 centavos. “Incluso si siguen aumentando”, escribe Levine, “esas ventas de canciones a 99 centavos no llegarán a compensar ni de lejos el correspondiente descenso en las ventas de CD”. A pesar del aumento del público en Internet, las ventas de música grabada en Estados Unidos tenían un valor de 6.300 millones de dólares en 2009, menos de la mitad del valor que tenía una década antes. 

Las empresas culturales más prósperas, afirma Levine, se han opuesto a las panaceas de las ansias de libertad de la información, y por el contrario han insistido en la antigua estrategia de vender algo por más de lo que han pagado por ello. Señala que The Wall Street Journal, The Financial Times y The New York Times cobran por el contenido, y que a algunos les ha parecido que el aumento de los ingresos procedentes de las suscripciones sin descuento ha compensado con creces el descenso del número de lectores digitales. Asimismo, los mejores programas de televisión, como Mad Men, son producidos por canales de cable como AMC que impiden que Hulu, una plataforma propiedad de las cadenas de televisión para distribuir televisión por Internet, tenga acceso a su contenido. 

Además de analizar “cómo los parásitos digitales están destruyendo el negocio de la cultura”, Levine proporciona una visión de “cómo el negocio de la cultura puede contraatacar”. Su modelo es Europa, que tiene una larga historia de apoyo al mundo de la cultura y que, adoptando una actitud más combativa contra la piratería, está tratando de ayudar a prosperar a las distribuidoras legales. Con este manifiesto bien documentado y elegantemente escrito,Levine se ha convertido en una de las principales voces de uno de los bandos del debate más acalorado y reñido sobre la ley y la tecnología. Naturalmente, el otro bando tiene sólidos argumentos. Aún no está claro lo eficaz que será una aplicación más enérgica de los derechos de autor a la hora de impedir la piratería. (Los detractores de los derechos de autor aseguran que si 40 millones de personas se niegan a obedecer una ley, la ley carece de importancia; Levine responde que se imponen 40 millones de multas al año por exceso de velocidad, y nadie afirma que las leyes de tráfico carecen de importancia). 

Queda por ver hasta qué punto se convencerá a los consumidores de que tienen que pagar por el contenido. Pero con independencia de cuál sea nuestra postura en las guerras del negocio de la cultura, cuesta oponerse a la conclusión de Levine de que el statu quo es mucho mejor para las empresas tecnológicas y los distribuidores que para los creadores y los productores culturales. Puede que ese statu quo beneficie a los consumidores a corto plazo, pero si continúa, sostiene Levine, internet se convertirá cada vez más en un desierto artístico dominado por aficionados; un mundo en el que la música, la televisión y el periodismo son prácticamente gratuitos, y en el que todos obtenemos lo que pagamos. 


Articulo: http://www.elcultural.es/ 25/05/2013