lundi 24 juin 2013

Jonathan REVERÓN/ Una gaditana en Nueva York

Una gaditana en Nueva York
Por Jonathan REVERÓN

El hogar de la periodista y escritora, Elvira Lindo, se debate todo el tiempo entre la vanguardia y la vieja guardia: Europa y América

Cuando se viaja sin Cadivi, en una ciudad como Nueva York, literalmente cada centavo cuenta. El último cigarro que me queda pienso fumarlo al final de esta entrevista. Es temprano y me siento en un banquillo cerca del portal del edificio, la primavera entreabierta trae consigo ráfagas de viento fresco, fresco como para el uso bien administrado de una gruesa bufanda. Falta un día para San Jorge y quiero agasajarla como corresponde, un libro y una flor: el poemario ilustrado Dibujos a máquina, de Rafael Cadenas, la reedición diseñada por Álvaro Sotillo, junto con unas orquídeas silvestres que he logrado regatear por 3 dólares. A las flores le he puesto una nota que dice: “A Elvira Lindo, porque casi es San Jorge”. Visitar esta ciudad con la lectura de Lugares que no quiero compartir con nadie (Seix Barral, 2012) es el mejor regalo que nos podemos hacer para recorrer y reencontrar un Nueva York más literario de lo que pensamos, menos excéntrico y más sensible de como habitualmente se dibuja y romántico, pueril pese a tanta paranoia.

Nueva York, así, en masculino, como el Poeta en Nueva York, cuyo manuscrito hoy se exhibe en la Biblioteca Pública de la ciudad, custodiado por su emblemático par de leones.

Primero me recibió Lolita, la juguetona yorkshire que ella y su esposo, Antonio Muñoz Molina, han adoptado y ya tiene tres años. “Antonio lleva a Lolita a orillas del Hudson para que espante a las gaviotas y ladre a las familias de gansos que aparecen cuando finaliza el deshielo y nos traen a la memoria inevitablemente los patos de Salinger en Central Park”. Narra Elvira Lindo en su bitácora que empieza con enero y termina en junio, temporada en que vive esta ciudad. Su hogar se debate todo el tiempo entre la vanguardia y la vieja guardia: Europa y América. “Yo no me imagino esta ciudad en Europa, tampoco es una ciudad americana en el sentido amplio de la palabra, ocurre que siempre se habla de una isla dentro de Estados Unidos, y claro, lo es, porque para mí la diferencia esencial es que Nueva York es una ciudad en la que se puede caminar, a partir de ahí ya la conviertes en una ciudad más civilizada, una ciudad que se camina con seguridad es más civilizada. Eso la distingue del resto de Estados Unidos, y a nosotros los europeos nos las hace más comprensible”.

—Yo vengo de una ciudad muy violenta actualmente, y cuando somos turistas, agradecemos caminar sin la zozobra, pero Nueva York extrañamente no te quita esa paranoia del todo.
—Desde que empecé a venir en 1991 ha ganado en seguridad, han cambiado mucho la ciudad y el mundo, no sólo Manhattan, ahora no debes tener miedo si te pasas de estación en el metro. Sólo conozco una pequeña parte del Bronx, pero hay sitios en los que la gente vive con seguridad, Harlem es un sitio donde se ha extendido esa seguridad, y Brooklyn ahora es un sitio que se ha convertido en la primera opción para los que no pueden costearse Manhattan. Eso ha mejorado la ciudad, hay quien todavía es nostálgico de esos años peligrosos, de los ochenta. También hay gente que dice Nueva York tenía mucho más sabor y era más barata, viva, no era la ciudad para ricos que es ahora, pero a mí me atrae, mucho más como mujer, esta seguridad, volver a mi casa sola, poder ir y venir en el metro, o cenar sola.

La ansiedad que sufre desde hace varios años se ha colado en su narrativa, la consulta psiquiátrica ocurre en sus personajes. Un ligero tic se hace de un ojo y a ratos todo el brazo izquierdo es sujetado por el cruce de sus piernas. Me sirve una taza de café, ella ya ha bebido antes y prefiere agua. “Dicen que los escritores requerimos más bien psicoanalistas, pero yo soy muy impaciente, estar hablando sobre mi todo el tiempo con alguien, no teniendo una conversación real, y estar hablando sobre el pasado y mis obsesiones me aburre mucho. Entonces mi psiquiatra dice que todos padecemos las circunstancias en que hemos crecido y que tengo claro que la vida me ha herido y formado. Para qué darle más vueltas, si le quiero dar vueltas escribo un libro. Y por otra parte creo en la medicina transversal, en mi caso somatizo los dolores e ir al psiquiatra me ha ayudado”.

Dos días antes de este encuentro, hice un pequeño test sobre su popularidad. Almorcé en el deli Eisenberg´s ese que en su libro presenta así: “subiendo el colesterol de los neoyorquinos desde 1929”. La pared del local está llena de fotografías del dueño con famosos. Cuenta Lindo que no hecha de menos la “relativa notoriedad” que le da ser una escritora conocida en su país, sin embargo, le gusta “ese prosaico prestigio de clienta habitual”.

—El camarero del Eisenberg´s me dijo que era la tercera persona en ir a comer gracias a tu mención en Lugares que no quiero compartir con nadie.
—Más gracioso que eso: mi psiquiatra tiene una paciente que ha ido por el libro (risas). Yo he visto sufrir a gente conocida en su país aquí en Nueva York, por no ser alguien, es un sufrimiento que yo no padezco, no me incomoda porque no lo necesito. Además si eres escritor no recibes el tratamiento del actor, o cualquiera que sale en la tele. Creo que me muevo por la vida como cuando tenía 25 años y era una desconocida. A la gente le encanta decir que disfruta el anonimato, pero no hay que creérselo demasiado porque hay personas a las que les gusta ser famosas.

Comienza a caer la tarde y enciende una lámpara, Lolita como el atardecer, también se pone y descansa al ras de la alfombra, pasiva oyente de nuestra conversación.

—Pareciera que esta ciudad tiene un loco en cada esquina, lo digo porque citas en el libro su excentricidad como marca.
—Yo creo que estar loco en Nueva York es más fácil que en cualquier otra ciudad, porque por un lado creo que es fácil volverse loco en la sociedad americana. El ser humano es gregario y hay mucha gente sola acá, no es un tópico, es verdad, cuando ocurren cosas como las matanzas en los colegios ves un desarreglo emocional en esas personas, apartando lo de las armas, que creo tiene que ver con la falta de contacto humano. Luego ocurre que en Nueva York, donde convive mucha gente hay una especie de libertad para hacer lo que uno quiera, hay muchas reglas pero también libertad para estar un poco loco. Llega un momento en que te acostumbras a ver personas desequilibradas en la calle, en muchos casos abandonadas.

La agenda cultural de Lindo y su esposo es prolija, sobre todo en lengua castellana. Muñoz Molina dirigió el Instituto Cervantes en esta ciudad y es catedrático del NYU. Ella se confiesa una vagabunda, porque siéndolo alimenta la escritura. A pesar de no ser un exilio, tal y como están las sensibilidades sociales en su patria grande rota por una crisis a todas vistas de largo aliento, dice sobre el sentimiento devenido de alejarse aunque sean sólo esos seis meses, “creo que hay una desconfianza muy española hacia el que se va. Una desconfianza que se tranforma en burla socarrona. El que se queda presume de ser más auténtico”.

—Esta es tu primera residencia fuera de España.
—La España reciente no era como los países latinoamericanos donde la clase media tenía la tradición de viajar a Europa, en España la gente no salía de su país pues ahora ha empezado a salir la gente más joven para estudiar y luego el resto a buscar trabajo fuera, pero digamos que no existía tradición de salir a ver otros sitios, los españoles han emigrado casi siempre por necesidad, pero por mucho que se maldiga, que todos estemos maldiciendo nuestro país continuamente, es un país bastante conservador, donde hasta ahora ha habido cierta calidad de vida.

En Lugares que no quiero compartir con nadie, Lindo descifra una Nueva York a veces tan literaria como París, o al menos “la venecia del siglo XX” –como dijo y ella a cita a Mastroianni. “Es una definición premonitoria, porque Nueva York será más Venecia que nunca en el siglo XXI”.

—¿Por qué nos gustan tanto los lugares de jugosa historia?
—No soy mitómana, no estoy deseando conocer al escritor, actor o pintor que me gusta muchísimo, sin embargo, sí me ocurre con los lugares, porque casi nunca te decepcionan, porque sientes en ellos el paso de tanta gente que ha estado antes y tú le das esa significación, tengo la capacidad de escuchar, tocar y sentir a la gente que estuvo antes que yo.

Su apartamento está junto al Riverside Park donde los padres de Lorca se exiliaron luego de la muerte de su hijo: “Yo buscaba los ecos de todo eso: quería pasear por el mismo sendero en el que el padre del poeta rumiaba su desgracia”. También le gusta sentir el palpitar de la gente común, sobre todo en un barrio donde notas y respiras la novela contemporánea americana. Lolita debe responder al llamado de la naturaleza, bajamos a ese parque tan lejos de El Retiro madrileño, a Lindo igual le inspiran ambos lados del charco, la patria chica, la isla del amor que una vez fue clandestino y la grande que la lee con fervor cada domingo en El País. Nos despedimos, enciendo el último cigarro comprado con bolívares fuertes y la providencia del shuffle me regala la belleza criminal, una canción de Suzanne Vega, “New York is a woman”.


Articulo: http://www.el-nacional.com 26/05/2013

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