lundi 24 juin 2013

Natalia MORAL RIOS/ Paul VERLAINE. Violento y tierno

PASTICHE
Paul Verlaine. Violento y tierno
Por Natalia MORAL RIOS

Semblanza de uno de los poetas franceses más inquietantes, misteriosos y conmovedores del siglo XIX, Paul Verlaine (1844-1896). Artículo de Natalia Moral Ríos, publicado en la revista online Pastiche, en su quinta edición.

Fue el internado lo que depravó a Verlaine. El niño mimado, hijo único en una familia burguesa, llegó al Lycée Bonaparte asustado. Se quedó llorando en medio de los otros chiquillos, ya endurecidos. Al día siguiente, cuenta Pobre Lelian1, se escapó; pero allí lo devolvieron engañado con pasteles y promesas. Comienza el desastre, la fantasía, una intensa vida interior que desde fuera se confunde con pereza. O ¿fueron las fantasías la excusa para su desidia y su carácter melancólico? Qué importa. Se ha prendido la chispa del poeta, del maestro del decadentismo, del padre del simbolismo. En aquella cabeza infantil empiezan a definirse los rasgos de la personalidad de Paul Verlaine, violento y tierno. Unos años después, el joven Paul abandona la Escuela de Derecho por los cafés y los salones literarios de París. Verlaine decide ser poeta. Frecuenta el salón del Marqués de Ricard, en el número 10 de Boulevard des Batignolles, donde entabla relaciones con figuras del arte contemporáneas. Fuma y bebe en compañía de Villiers de L’Isle Adam, François Coppée, José María de Heredia...

La Tercera República se proclama el mismo año en que Verlaine, con veintiséis, se casa con Mathilde Mauté, de diecisiete. La bella Mathilde inspira los versos de “La buena canción”: “sí, quiero andar derecho y en calma por la vida.” Ese deseo nunca se cumplirá. A los pocos meses de casado, el joven poeta se une al movimiento comunero y se hace cabeza de prensa del Comité Central de la Comuna de París.

Por suerte para la poesía, Verlaine escapa de la Semana Sangrienta, la brutal masacre a los comuneros, y huye a Pas-de-Calais. Cuando las aguas vuelven a su cauce, Paul Verlaine vuelve a París. Aunque la calma no habrá de llegar nunca a la vida de Pobre Lelian. La primera carta de Arthur Rimbaud entra el hogar de Verlaine como una gota de veneno dulce. Rimbaud, genio precoz, anhela salir del ahogante ambiente de provincia, quiere inhalar la capital, emborracharse de París como lo hacían los poetas, como Verlaine. La poesía del chico fascina a Pobre Lelian y éste lo invita a mudarse a su casa. Llega Rimbaud, “el esposo infernal”.

Tan sólo un año de casados ha bastado para aburrir de la niña a Verlaine. Paul emplea una violencia salvaje con ella: la viola y golpea sistemáticamente, en su habitual estado de ebriedad. Aparte de la flagrante humillación que supone para la esposa el romance nada discreto entre Arthur y Paul.

Su corta edad es una trampa, a Rimbaud no le queda sombra de ingenuidad. Los arranques de furia del adolescente, su agresividad y la relación homosexual de ambos causan un gran escándalo en los círculos literarios entre los que se mueve Verlaine y en los que introduce a su amante. Paul y Arthur toman la determinación de marcharse de París. Nada ata a Verlaine a la ciudad; su esposa e hijo: nada.

La pareja de poetas viaja a Inglaterra y a Bélgica. Por allí se sumen en la bohemia miserabilista. Viven de una pequeña pensión que les envía la madre de Verlaine. Pasan los días enteros borrachos. Cerveza belga. Ginebra inglesa. Vagabundean junto a las ratas del Támesis, bajo la lluvia londinense. “llueve en mi corazón / como llueve sobre la ciudad”. Enamorados. “¡Harto de todo estoy, menos de ti!”  Enajenados. Pelean como perros. Recorren los fumaderos de opio de Londres. Juntos retroalimentan su decadencia y de entre la descomposición florece la más delicada poesía: Romanzas sin palabras.

El drama de Bruselas. Paul: rabioso, celoso, borracho. Arthur: borracho, despechado, provocador. Se enzarzan en una discusión que se les va de las manos y Verlaine resuelve pegar un tiro a Rimbaud. La herida es de poca gravedad, en la pierna; pero interviene la policía. Lo esperpéntico de todo este asunto radica en la intromisión de sendas madres, vía carta, en defensa de la inocencia de sus respectivos hijos. Pobre Lelian termina procesado por homosexualidad y perversión de menores, declarado culpable y encerrado en la prisión de Bruselas. Más tarde lo trasladan a la cárcel de Mons.

Privado de su libertad, Verlaine vuelve al catolicismo de la infancia. Su obra Sagesse incluye una serie de poemas en la que se desarrolla un diálogo entre Dios y Verlaine. Dios increpa a Verlaine en un poema: “tienes que amarme”, y Verlaine responde a Dios en otro: “tengo miedo”. Este diálogo místico muestra el debate interior de Paul Verlaine durante su proceso de reconversión al catolicismo. Pobre Lelian es el hijo pródigo, el ateo, el libertino, el pecador, el descarriado, que regresa arrepentido. Entre los muros de la prisión de Mons, Paul encuentra al padre misericordioso.

En cuanto es liberado de su encarcelamiento, Verlaine tiene la descabellada idea de intentar una reconciliación con Mathilde. Afortunadamente, la mujer consigue el divorcio y la custodia del niño. Paul todavía verá una vez más a Arthur. Los viejos amantes tienen un reencuentro de dos días y medio en la ciudad alemana de Stuttgart, “Negando a su dios”  Verlaine viaja de nuevo a Inglaterra.

Trabaja varios años en una escuela de gramática; imparte cursos de francés, latín, griego y de dibujo. Y cuando regresa a Francia, regresa el amor. En la escuela donde el poeta es profesor de inglés, conoce a Lucien Létinois, un alumno de dieciocho años. Verlaine se enamora otra vez perdidamente: “tengo ganas de amar. Loco y débil es mi corazón.”. Pobre Lelian hará, como hizo con Rimbaud, locuras por una vida junto a Létinois. “¡Es cierto que sufrí mucho! / acosado como un lobo” . Fiel a su estilo, se lleva al chiquillo una temporada a Inglaterra. Incluso compra una granja para los padres de Lucien con el propósito de vivir todos allí. ¡Es verlaine enamorado! “tengo ganas de amar. ¿Qué haré…? Dejar, dejar hacer.”  Lucien muere a los veintitrés años de fiebre tifoidea: “la muerte. ¡Bestial y brutal!”  Es Verlaine devastado. Escribe entonces los veinticinco poemas de su obra Amour. Tras el último escándalo, en un intento por recuperar su crédito como docente, Paul Verlaine publica un curioso ensayo con el título de los poetas malditos. A través de esta obra pretende dar a conocer a seis poetas de su tiempo, malditos según Verlaine. Entre ellos se encuentran Arthur Rimbaud y el mismo Paul Verlaine, con el sobrenombre de “Pobre Lelian”. Está escrito sobre todo pensando en Rimbaud, en el esposo infernal.

Verlaine, hombre en descenso, se posiciona como poeta en la vanguardia gracias a la publicación en 1884 de Entonces y ahora, que es, paradójicamente, una recopilación de poemas escritos con una década de anterioridad. Qué más da. La chispa del poeta se consume entre los cafés de París y el hospital. La drogadicción, el alcoholismo y la pobreza convierten al padre del simbolismo en el decadentismo en persona. Por los méritos de toda una vida, Paul Verlaine es nombrado en 1894 Príncipe de los Poetas. La pensión que acompaña al título permitiría a Pobre Lelian vivir su último año menos miserablemente.

El cuerpo prematuramente envejecido de Verlaine, dentro del coche fúnebre, atraviesa la plaza de la ópera y al pasar, a la estatua de la Poesía se le rompe un brazo, el que sostiene la lira. “Y tú que lloras y lloras / por tu salud, / dime: ¿qué hiciste, durante / tu juventud?...”


Articulo: http://www.elboomeran.com 18/06/2013