lundi 24 juin 2013

Sergio TÉLLEZ-PON/ De maricón, puñal y otras joterías

De maricón, puñal y otras joterías
Por Sergio TÉLLEZ-PON

En marzo pasado, la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que los términos “maricón” y “puñal” son homofóbicos, discriminatorios y no van acorde con las leyes de un país plural y democrático, así que prohibió su uso. Lo curioso del caso es que quien interpuso el recurso de inconstitucionalidad ante la Corte no fue un gay sino un periodista de Puebla quien fue calificado con esas palabras por un colega desde su columna. Ante la resolución, el presidente en turno de la Academia Mexicana de la Lengua, el poeta y editor Jaime Labastida, no ocultó su molestia pues consideró que la Corte se había extralimitado en sus funciones ya que no le corresponde regular el uso de nuestro idioma.

La expresión más alta de una cultura es su lengua. Y dentro de ella hay infinidad de calós de grupos o minorías que la enriquecen, uno de ellos es la jerga gay. Son lenguajes casi secretos formados para crear complicidad. Lo que Proust llamaba “la identidad de glosario” y que Didier Eribon define como esa “clase de vínculos” que “forman una red” en la “subcultura gay” (Reflexiones sobre la cuestión gay, Anagrama, 2001). Así, el habla de los gays está llena de modismos, expresiones, frases hechas, interjecciones (para todo anteponemos el “Ay,…”), muletillas y neologismos. Es por eso que, aunque la Corte nos prohíba el uso de “maricón” o “puñal”, los gays tenemos un arsenal de palabras para definirnos y usarlos con burla para revertir su carga homofóbica: maricón, puto (del cual se deriva el “puñal” ahora prohibido por la Corte), joto o jota, mana (contracción de “hermana”), obvia, torcida, quebrada… Incluso en náhuatl, escribió el cronista Salvador Novo, existía la palabra “cuiloni”, que gritaban los aztecas a los españoles que huían hacia Popotla a refugiarse bajo el Árbol de la Noche Triste; es decir, lo que en castellano conocemos como “puto” (lo que es casi mujer y no tiene valor, dice Novo).

Desde luego, la amplitud lingüística no se puede abolir con una resolución: la traductora al danés de Roberto Bolaño me contactó hace tiempo porque un párrafo de Los detectives salvajes le era particularmente complicado:

Dentro del inmenso océano de la poesía distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas. (Anagrama, 2004, p. 83.)

¿Cómo distinguir tantas categorías?, era su duda. Por supuesto, no pude darle la definición exacta que ella buscaba porque no hablo danés, así que me limité a explicarle cada una, que las entendiera para que ella misma se esclareciera y buscara la palabra adecuada. “Mariquitas” es la feminización de maricón; “mariposas” se usa para llamar a alguien muy flamboyant, un gay muy obvio, muy femenino; “ninfos” viene seguramente de “ninfas” o tal vez de “nefando”, hay una novela de José Tomás de Cuellar que se llama Chucho el ninfo (1871). “Marica”: desde una visión muy machista un poeta es casi un maricón (porque su labor es cursi), aunque no lo sea. Y Rubén Darío era una “loca” porque pertenece al siglo XIX, un siglo muy camp, muy amanerado, más en un sentido estético que un sentido sexual: camp, según Susan Sontag, es algo estéticamente afeminado, como las películas de Visconti, donde la escenografía es evidente de una loca, llena, saturada de arreglos y ornamentos, justo como la poesía de Darío. Finalmente, le dije, sería interesante consultar la versión al inglés de la novela de Bolaño para ver cómo resolvió el traductor ese párrafo sin usar gay u homosexual (seguramente usó faggot, queer, faeries, flamboyant, queens…). Por fortuna, me dijo ella, tenía un hijo gay que con la descripción podía ayudarla a encontrar las palabras exactas.

Me llama la atención que la Corte no haya prohibido el término más usado en México: “joto”. Los gays también usamos “jota”, que es la feminización de lo ya feminizado (“joto”), lo mismo sucede en el caso de “loco” que se vuelve “loca” y su variante “loquita” o, como dicen en España, “locaza”. No se sabe a ciencia cierta en qué momento se le adjudicó el uso de esa letra a la homosexualidad en México. Se cree erróneamente que es a partir de que se encierran a los homosexuales, prostitutos y proxenetas en la crujía J de Lecumberri, sin embargo, una vez le pregunté al respecto a Luis González de Alba (quien estuvo preso en el Palacio Negro al ser uno de los líderes más visibles del movimiento estudiantil del 68) y me dijo que al menos cuando él estuvo allí a los homosexuales no los mandaban a la crujía J, sino a la G. Además, la cárcel de Lecumberri se abrió apenas un año antes de la redada de “Los 41”, de manera que no pudo haber salido de allí y popularizarse tan rápido. Luego, en las cuartetas de Antonio Vanegas Arroyo que ilustró Posada con sus grabados sobre el famoso baile de “Los 41” en 1901 aparece el término cuando los llama “los famosos jotitos”; si Vanegas Arroyo lo usa es porque estaba muy difundido en el pópulo y la gente entendía a qué se refería. Años después, a finales de los veinte, Federico García Lorca lo usará como distintivo de México en su Oda a Walt Withman:

Faeries de Norteamerica.
Pájaros de La Habana.
Jotos de Méjico.
Sarasas de Cádiz.
Apios de Sevilla.
Cancos de Madrid.
Floras de Alicante.
Adelaidas de Portugal.

En las cuartetas de Vanegas Arroyo hay otra pista, tal vez la más acertada, cuando dice: “Mírame, marchando voy/ con mi chacó a Yucatán,/ por hallarme en un convoy/ bailando jota y cancán”. En este caso, “jota” se refiere, como el cancán, a un baile, un típico baile español; o sea que según esas cuartetas se les encontró bailando uno y otro bailes, en ambos se agitan las manos y se brinca mucho: de hecho, “jota” proviene del mozárabe “sáwta”, salto, derivado a su vez del latín “saltare”: saltar, brincar, bailar. También de ese baile proviene la “sota” de la baraja española y por otra parte están los derivados “xoto” o “choto” (justo como les dicen a los gays en Puebla y Veracruz). Finalmente, de “joto” o “jota” se deriva “jotear” (la acción), “jotada” (esto es, el hecho en que derivó la acción) o “jotería”, el cúmulo de jotear. Al respecto dice Enrique Serna: “El joteo contrarresta la exageración histriónica de lo masculino, limpia nuestro léxico de asperezas y nos permite sostener, con el tejido sobre las rodillas, una verdadera y natural conversación de hombre a hombre” (en Las caricaturas me hacen llorar, Terracota, 2012, p. 29).

Otro de los términos más usados en el “ambiente” gay mexicano es “chichifear”. Al respecto, hay una curiosidad en la correspondencia del poeta Gilberto Owen: al lado de Villaurrutia, Novo y Jorge Cuesta, Owen hizo la revista Ulises entre 1927 y 1928, cuya mecenas fue Antonieta Rivas Mercado. Quien la convenció de auspiciar la revista fue el pintor Manuel Rodríguez Lozano, conocido homosexual de la época que, no obstante su sexualidad, la enamoró con tal de que apoyara esa y otras causas más de su interés (el Teatro de Ulises, por ejemplo, y la primera filarmónica que dirigió Carlos Chávez). Un par de años después, desde Nueva York, donde trabajaba en el consulado, Owen quiere hacer una segunda temporada de la revista, así se lo hace saber a Villaurrutia en una carta y le dice que está saliendo con una señora con la que se ha acostado y ella podría pagarla, y así “chuleándola sin pena para beneficio de nuestra obra” él podría “rodriguezlozanearla”. Owen no era gay, como Villaurrutia y Novo, pero la conversión del apellido Rodríguez Lozano en un verbo que los gays de hoy conocemos como “chichifear” es tan ingeniosa que bien pudo habérsele ocurrido a un gay o a alguien, como es el caso de Owen, que estaba muy cerca de tantos gays. Aquí, “chichifear” se entiende como sacar provecho económico de alguien, algo cercano a estafar.

Finalmente, quienes por lo general “chichifean” son los mayates, es decir, los hombres de clase baja o trabajadora para quienes no importa que sea un hombre si para su visión parece mujer. A ellos se alude en los juicios a Oscar Wilde, quien justificó así esos encuentros: “buscar el peligro a su lado”. El “mayate”, el “chacal” o “chichifo” aparece, por ejemplo, en Stilitiano, el ladrón del que se enamora Jean Genet, como lo cuenta en El diario del ladrón. Así, puede haber un chacal que mayatea y chichifea (en teoría, cualquiera puede chichifear), pero no puede haber una jota que mayatee porque es un contrasentido. En un epigrama de Marcial, Hilo, le da prioridad a un chichifo antes que a una necesidad básica:

Contra Hilo, marica pobre
Aunque con frecuencia hay en toda tu arca una sola moneda
y esté más gastada, Hilo, que tu culo,
sin embargo no te la quitará el panadero, no el cantinero,
sino el que esté orgulloso de su exagerada verga.
Tu infeliz vientre contempla los banquetes de tu culo,
y mientras éste pasa siempre hambre, aquél devora.

Todavía en nuestro siglo, Novo reivindica su derecho a pagarse un chulo:

¡Qué le vamos a hacer! Ganar dinero
y que la gente nunca se entrometa
en ver si se lo cedes a tu cuero.

Hoy en día hay muchos heterosexuales que usan palabras o modismos de los gays. Para empezar, se recurre a la auto ofensa: es válido llamarse “joto”, “jota” o “maricón” si el propósito es anular la ofensa ajena para que con el uso pierda todo su sentido despectivo. Y ya con ese bagaje léxico entonces sí se puede “perrear”. El perreo es la vertiente gay de lo que entre los hetero se conoce como el albur, sólo que más refinado, con ironía y sarcasmo mordaz.

La resolución de la Corte sólo es una muestra más del absurdo al que ha llegado el lenguaje políticamente correcto. Una lengua viva, con su abundante vocabulario, es imposible apresarla con normas o leyes.

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Noticias de un amor lésbico del siglo XVII
Por Abida VENTURA

Las primeras pistas sobre el manuscrito que revelan un particular proceso judicial por lesbianismo seguido por las audiencias reales de Castilla y León  contra dos mujeres en el siglo XVII llegaron a oídos del historiador Federico Garza Carvajal (Laredo, Texas, 1959) gracias a un colega suyo, el catedrático español Rafael Carrasco. Con esta referencia, en 1995 se trasladó hasta Simancas, provincia de Valladolid, en busca de fuentes documentales sobre la sodomía masculina en el siglo XVII. Fue allí donde, entre cientos de legajos, localizó un amarillento manuscrito de 142 folios que documentaban este caso histórico, único en su tipo.

“Empecé a leer y no me lo podía creer. En ese momento supe que este proceso tenía que ser un libro aparte”, recuerda el historiador.

Desde su primer libro, Quemando mariposas: sodomía e imperio en Andalucía y México (2002),  el autor menciona la relación amorosa de Inés de Santa Cruz y Catalina Ledesma, pero para poder revelar la historia completa tuvo que tocar varias puertas editoriales y  esperar 17 largos años: “Mi primer libro se publicó  en inglés y en castellano, luego me dediqué a este proceso del que escribí primero en inglés.  Pero no encontraba un editor y, por fin, hace unos dos años, en Valladolid, una editorial se interesó mucho en el tema, pero para eso tuve que escribir otra versión en castellano”,  revela.

La versión en inglés de Las Cañitas, que se publicará próximamente, es una especie de historia novelada. Pero la edición en español, publicada en 2012 por la editorial Make & Do Books con un diseño muy artesanal, a manera de “guiño posmodernista a los escribanos del XVII”, y que actualmente está disponible en Amazon, es un “ensayo puro y duro”.  “Siempre había querido publicar el manuscrito ad verbum, como un material que sea útil para antropólogos, sociólogos y gente que estudia filología, literatura comparada, porque el texto es muy interesante y  único”.

El historiador estadounidense se ha dedicado desde 1994 a documentar la sodomía masculina en diversos acervos históricos europeos y sus  primeras investigaciones lo  llevaron hasta el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional de México, pero en ese largo andar, el de Inés de Santa Cruz y Catalina Ledesma es hasta ahora el único proceso de lesbianismo con el que se ha topado en una fuente documental.   “Se ha escrito sobre el lesbianismo en el siglo XVII pero utilizando fuentes literarias y no archivísticas”, dice.

Garza Carvajal, quien ha sido académico en diversas universidades europeas, considera que en la historiografía sobre la homosexualidad el tema del lesbianismo sigue siendo tabú.  “Yo diría que sigue siendo un poco tabú… Cito a varios historiadores, pero  se basan en literatura.

“La sodomía femenina ha sido relegada. Como las mujeres siempre han pasado desapercibidas, como que no le daban mayor importancia al tema, por eso  creo que no se conocen muchos casos”.

La carencia documental sobre casos de lesbianismo, explica, también se debe a que aunque los moralistas  consideraban esta práctica un delito, “era más bien una acción ‘no auténtica, imperfecta, desprovista de semen desperdiciado o dispersado’ por lo que los tribunales delegaron estos casos y sus sentencias a los obispos locales”.

—¿Entonces las relaciones lésbicas eran más permitidas?

—Hasta cierto sentido sí, eran más tolerables…, eran un delito, pero no tan grave como la sodomía masculina. Pero cuando se trataba de un caso como  el de estas dos mujeres que inventaron un consolador de caña, había castigos.

Para el autor, que reside en Europa desde hace 30 años y vive entre Francia y Valladolid,  este manuscrito del siglo XVII representa la oportunidad de demostrar los discursos contradictorios sobre la sexualidad por parte de las estructuras represoras del Estado-Iglesia:

“En el caso de estas dos mujeres es sumamente repetitivo el proceso, fueron tres juicios y se basan mucho en los primeros dos, en los detalles del acto sexual… unas historias que yo como escritor no hubiese sido capaz de inventarme jamás”.

“Cuando se habla de la sodomía, tanto masculina como femenina, se habla de un acto sexual antinatura, pero yo parto de la idea de que la sexualidad no es antinatural. Lo que es antinatural son los discursos de las estructuras represivas de la Iglesia y del Estado”.

“Si lo que es antinatural son los discursos sobre la sexualidad  entonces creo que, como dice Beatriz Preciado (filósofa española feminista), la sexualidad es como las lenguas: todos podemos aprender varias”.

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“La industria del cine, de las más homofóbicas”
Por Juan HERNÁNDEZ 

De manera velada o abierta el cine mexicano ha abordado siempre el tema de la diversidad sexual, afirma Julián Hernández (ciudad de México, 1972), formado en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, y director de las películas Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003), El cielo dividido (2005) y Rabioso sol, rabioso cielo (2007). 

Películas de la época de oro, como Dos tipos de cuidado, protagonizada por Pedro Infante y Jorge Negrete -estereotipos del macho mexicano-, así como A toda máquina, con Luis Aguilar e Infante, entre otras cintas, tienen una clara manifestación homoerótica, asegura el cineasta.

En entrevista para CONFABULARIO, el director ganador del Teddy de Oro (2003), que le otorgó el Festival Internacional de Cine de Berlín, por la película Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, expresa que en la década de los 30 del siglo XX, Fernando de Fuentes incluía ya  a un personaje homosexual en la película La casa del ogro.

“Desde luego que el homosexual fue representado con todas las características peyorativas que durante muchos años prevalecieron en la industria. En la década de los 60 el tema de la homosexualidad se abordó de un modo más abierto, pero siempre tratada como una enfermedad, pecado o desviación. Resalta de esta época la película Los marcados, de Alberto Mariscal, con Antonio Aguilar, Eric del Castillo y Javier Ruán, en la que había una relación incestuosa del padre con su hijo”, precisa.

“Es a finales de los años 90 y hasta este 2013 cuando el cine mexicano asume el tema de la diversidad sexual con un poco más de apertura. No quiero decir con esto que haya dejado de existir la homofobia, porque paradójicamente la industria del cine, en la que hay un gran número de homosexuales,  ha sido una de las más homofóbicas en el campo artístico de México”, indica.

Homofobia que le afectó a Julián Hernández cuando intentó conseguir apoyo para la película Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, y Alfredo Joskowicz, entonces director del Instituto Mexicano de Cinematografía, tenía la postura de que esa institución no apoyaría “películas de maricones”, según cuenta el entrevistado.

—¿Abordar la homosexualidad y el homoerotismo en tus películas te convirtió en un director marginal dentro de la industria del cine?
—Durante mucho tiempo me resistí a pensar que hacía películas que me colocaran en un sitio marginal. Ahora soy identificado por muchos como “el máximo representante del cine gay en México”. Resulta que soy “eso”, pero no estoy en las ligas mayores, con gente de mi generación como Everardo González o Carlos Raygadas. Ellos sí son cineastas y yo sigo siendo el que hace películas con temática gay.  Cuando se trata de la distribución, mis películas son enviadas a festivales de diversidad sexual como si no tuvieran los valores, en términos cinematográficos, para acceder a los otros festivales, a los triple A, como suele llamárseles a los festivales donde todo se incluye.

—¿Cuál es el mundo que quieres mostrar en tus películas?
—Cuando empecé a hacer películas quería retratar a la ciudad de México en la que yo vivía, la que conocía y en la que había crecido, y que no estaba, en esa época en particular, reflejada en la pantalla. Ese era el ambiente de Mil nubes. En el caso de El cielo dividido, regresé a Ciudad Universitaria, que no había visto en el cine desde las películas de los años 60, con Angélica María, Enrique Guzmán y César Costa.  Carlos Bonfil, el crítico más acérrimo de mis películas, dijo que yo traté de obviar que en la universidad también hay violencia hacia la comunidad homosexual. No era mi intención, lo que quería era construir un universo ideal, con la esperanza de poder creer en una sociedad de ese tipo. Era una película soñadora.

—En Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor te alejas de los estereotipos gays, ¿cuál es la imagen que quieres mostrar del homosexual?
—No lo hago de manera deliberada. En el caso de Mil nubes, de El cielo dividido y Rabioso sol, rabioso cielo los personajes son aquellos que me parecía que no estaban presentes en nuestra cinematografía. Muchos amigos me dijeron: “los homosexuales no somos así”. Como que había una cierta idea de cómo deberíamos ser o cómo nos vemos a  nosotros mismos. Yo les contesté que me parecía que los homosexuales no éramos todos iguales y que algunos no teníamos la opción de vernos en la pantalla. Recuerdo que un joven como de 19 años se me acercó después de la proyección de Mil nubes en la Cineteca Nacional para decirme que estaba muy bien la cinta porque retrataba a gente como él. “Nosotros también existimos”, me dijo. El chavo vivía por Aragón y la zona en la que se desarrolla la película.  A mí se me recrimina que escojo actores feos y morenos, ¡por favor!, la misma gente gay me ha dicho eso. Así que cuando me dicen que mis películas son para el gueto lésbico, gay, transexual, transgénero y no sé qué más, yo pienso: si supieran que mis películas a quienes menos les gustan es a los miembros de esa comunidad, porque son gente que tiene una idea estereotipada de cómo quieren verse retratados.

—¿Eso refleja homofobia y clasismo dentro de la propia comunidad homosexual?
—Sí, eso me queda súper claro. Nos hacemos pedazos entre nosotros, cuando deberíamos reconocer nuestras diferencias y hacer un frente común. Pero sí, dentro de la comunidad hay una homofobia tremebunda.

—¿Crees que en México o en el mundo vivimos un momento en el que se acepta francamente la diversidad sexual?
—Hay tolerancia, palabra desagradable.  Una suerte de “ahora no puedo decir tal cosa porque me tacharán de retrógrado”. No hay un cambio verdadero. De repente a alguien se le va la hebra y dice algo que no debería haber dicho, pero que refleja lo que en el fondo cree. Estamos envueltos en un ambiente obligado de tolerancia, pero no ha cambiado lo esencial, que es el reconocimiento del otro.

—La Suprema Corte de Justicia de la Nación dictaminó que es válido demandar por daño moral a alguien si esa persona le dice a otra “puñal” o “maricón”, ¿qué opinión tienes al respecto?
—A mí me parece que es de gente que no tiene en qué ocuparse. No hay palabra que me excite más que “puñal”. La prohibición me la paso por alto, porque esa palabra para mí no tiene otro significado más que algo que me produce una seducción terrible. Podrían estar ocupados en otros temas más importantes. Me parece que la censura al léxico es una salida, como dicen las abuelitas, para taparle el ojo al macho.

—¿Te parece hipócrita el discurso?
—Sí, por supuesto. Vivimos en una ciudad que está revestida de tolerancia y de libertades, en la que supuestamente ya nadie puede decirte algo porque tiene el riesgo de ser sancionado, pero fuera de esta, nuestra pequeña isla, las cosas siguen siendo terribles. En Durango unos policías detuvieron a un homosexual a las dos de la mañana, se divirtieron haciendo escarnio de él y golpeándolo. De eso debería ocuparse la Suprema Corte y no de si alguien se molestó por las expresiones “joto”, “puñal” o “maricón”.

—Incluso en la ciudad de México, fuera de zonas muy específicas, la libertad y la tolerancia para la diversidad sexual se acaban; los barrios bravos son otra realidad y es justamente el ambiente que retratas en Mil nubes.
—Cuando hice Mil nubes estaba muy cerca de Pasolini y tenía esta cosa de amor por el proletariado y el pueblo.  No estoy tan lejos de haber vivido en esos barrios. Pero siendo justo debo decir que entre las clases populares hay una solidaridad particular con quien tiene una condición sexual distinta a la heterosexual. Yo desde pequeño manifesté mi interés por los de mi mismo sexo y nunca sufrí repudio ni rechazo de la gente con la que convivía y con la que salía.

—¿En este momento cómo es la situación de la homofobia en la industria del cine y en la comunidad cinematográfica en relación con el pasado?
—Digamos que  la industria cinematográfica está llena de homosexuales y lesbianas y personas con elecciones sexuales diversas. En términos de trato y de relaciones fraternales todo es muy amable en la actualidad. Hay poca gente que conozcas y digas que es un homófobo terrible. Eso ya no existe. Lo que sí existe es una homofobia velada en la selección de los proyectos que se apoyan institucionalmente. A diferencia de cuando a mí Alfredo Joskowicz me decía que el Imcine no apoyaría películas de maricones, ahora pueden ser dos o tres quienes “democráticamente” niegan el apoyo.

—¿Esta aversión de Alfredo Joskowicz la padeciste desde que estudiabas en el CUEC?
—Alfredo era el director del CUEC y yo le caía tan mal que no tenía interés en las cosas que hacía. Las veía nada más para decirme que no servía para nada y que no haría nada en el futuro. Fue hasta que llegó el momento de pedir un apoyo al Imcine para Mil nubes cuando su aversión por las películas de homosexuales afectó el desarrollo de mi trabajo. Parece que no le gustó nada el hecho de que su alumno más despreciado fuera el primero en realizar una película saliendo de la carrera. Finalmente Alfredo se vio obligado a apoyarnos cuando la cinta fue la única seleccionada para una sección de competencia en el Festival Internacional de Cine de Berlín.

—A pesar de la apertura, aún sigue molestando la homosexualidad cuando se muestra sin timidez, asumiendo en todo su esplendor la manifestación de la condición humana. Como director asumes este riesgo y renuncias a un discurso complaciente…
—Sí, eso me quedó claro desde el principio. Si yo quería ver cuáles eran los conflictos de una pareja, en el caso específico de hombres, tenía que investigar. Y de esa inquietud surgió El cielo dividido. De esa película dijeron que estaba muy bien pero que tenía demasiadas escenas de sexo. El meollo de la película está ahí, lo que yo quiero tratar y donde creo que radica la problemática de esa pareja es precisamente en la intimidad, y eso es lo que me parece a mí, como realizador, lo más trascendente de los personajes. Si le quitara esas escenas sería una película como todas las otras, que la mayoría podría asumir porque a lo más que llegan los personajes es a tomarse de la mano; y eso es lo que podrían aceptar las mamás  que sus hijos gays hicieran con sus novios: que vayan al cine y se den unos besos, pero ¡por dios! ojalá nunca se acuesten. Un amigo periodista me dijo que la parte más terrible de mis películas es cuando los personajes manifiestan sus sentimientos porque dejan de ser varoniles, ya no son los machos que se encuentran en los lugares turbios, pensando que la homosexualidad sólo son baños, cines, pornografía, oscuridad, y le restan la posibilidad de luz y de verse en el exterior y de hacer esta vida a los ojos de todos. ¿Por qué tendríamos que imaginar que todos los homosexuales vivimos en la oscuridad? Estos son los dos extremos: los que piensan que todo estaría bien si no hubiera sexo y quienes opinan que todo debe ser oscuro.

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Las cañitas: un proceso por lesbianismo a principios del XVII
Por Federico GARZA CARVAJAL

En junio 1603, Inés Santa Cruz, una ex “monja/beata/priora”, y su compañera Catalina Ledesma fueron presas y juzgadas en la ciudad de Salamanca por “bujarronas” y porque “trataba la una con la otra carnalmente con un artificio de caña en forma de natura de hombre” e Inés “con sus manos la abría la natura a la dicha Catalina hasta que derramaba las simientes de su cuerpo en la natura de la otra por lo cual las llamaban las cañitas y esto es público y notorio entre las personas que las conocen”. De ello, “había mucho escándalo y murmuración en el barrio”. A pesar de tanto morbo y dimes y diretes por el barrio, aparentemente, nunca hubo denuncias por parte de los vecinos. Lo cierto es que Santa Cruz y Ledesma “fueron presas por los señores alcaldes.

No obstante, a efectos judiciales, no era la primera vez que Inés y Catalina estuvieron detenidas por tratar carnalmente entre sí. Según consta en el manuscrito, Santa Cruz y Ledesma ya fueron juzgadas con anterioridad en Valladolid, concretamente en 1601, porque:

“…trataban una con la otra carnalmente como hombre y mujer poniéndose la una debajo y la otra encima y tenían un instrumento de caña hecho a forma de natura de hombre con el cual se conocían la una a la otra carnalmente y por dicho delito fueron desterradas de la dicha ciudad…”.

Ambas mujeres, por tanto, tuvieron que abandonar la ciudad de Valladolid y se instalaron en Salamanca. Tampoco sería la última vez que fueron juzgadas por las audiencias reales de Castilla y León. La tercera y definitiva tuvo lugar en Valladolid, en 1606.

Un proceso único e histórico

El proceso contra Santa Cruz y Ledesma se conserva en el Archivo General de Simancas. De hecho, el manuscrito existente es una copia de los tres procesos originales.

El manuscrito de 142 folios aparece  transcrito ad verbum, consta de varias partes. La primera es un resumen o breve relato de los procesos de 1603 y 1606 y de las sentencias dictadas por las reales cortes. El lector podrá apreciar las referencias al proceso de 1601 leyendo, primeramente, los contenidos del proceso de 1603, a continuación los de 1606 y, finalmente, el mencionado resumen de los procesos. El documento, relatado por varios escribanos, es sumamente repetitivo e incluye los gráficos, por no decir pornográficos, cargos de los sucesos expuestos por los magistrados de las cortes, las declaraciones de las testigas oculares (en ambos casos todas son mujeres), las confesiones de Santa Cruz y Ledesma, las largas descripciones de las torturas infligidas contra ellas, las sentencias dictadas y ejecutadas, y finalmente los recursos de las acusadas.

Esta detallada crónica sobre la relación amorosa de Inés Santa Cruz y Catalina Ledesma representa, que yo sepa, el único proceso conocido hasta la fecha, tanto en España como en Europa, que dilucida sin tapujos el tema del lesbianismo durante la época moderna. Según Brown, no existen ‘cientos sino miles’ de procesos contra la sodomía entre hombres pero ‘casi ningún caso’ sobre lesbianismo. Weiesner-Hanks, igualmente, reconoce que ‘solo hubo un puñado’ de procesos por lesbianismo ‘en toda Europa’ y ‘los casos que llegaron a juicio solían ser de mujeres que llevaban ropa de hombres, usaban un consolador u otro aparato para realizar el acto, o se casaban con otras mujeres’.

Aunque la historia de Inés y Catalina fue relatada por varios escribanos, supuestamente adscritos al poder estado-iglesia, una ‘deconstrucción’ directa de los procesos  revela el intento en España de encasillar a las personas a través de la diferencia, reduciéndolas a una condición marginal. Indirectamente, nos permiten percibir en primer lugar la reacción de dos mujeres que no aceptan motu proprio esa discriminación; y en segundo término, su disposición a pelear por lo que consideraban una imposición de las estructuras represivas. Independientemente de las discusiones de la vieja y nueva escuela sobre la objetividad de la historia en casos como éste, lo cierto es que no podemos negar su utilidad para explicar la propia historia.

Las penitencias del pecado

El proceso contra Santa Cruz y Ledesma, celebrado en Salamanca en 1603, se sustenta en las declaraciones de 7 testigas con edades comprendidas entre los 17 y 60 años. Ninguna de las testigas firmó sus declaraciones “por no saber” escribir. Las “confesiones” y declaraciones de Santa Cruz y Ledesma, además de las sentencias dictadas por los jueces, complementan este proceso. No está claro en el manuscrito cómo los alcaldes mayores llegaron al caso, pero aún así se procedió contra las dos mujeres. Una vez notificado de los hechos el Alcalde mayor, fue a la casa de Santa Cruz y

“…halló en los aposentos y cama de las susodichas en una faltriquera de una saya de Inés…una caña pequeña algo huequecilla y en ella unos pocos alfileres tapada con un paño blanco y luego abrió un arca que Inés dijo que era suya y en ella halló una camisa delgada y luego miró debajo de la cama y en una cesta halló otra caña algo gruesa puntiaguda por la una parte e luego miró en una sobre escalera y en ella halló un pedazo de caña grueso quebrada a los cuales dichos cuatros pedazos de caña mandó a mí el presente escribano los guarde y tenga de manifiesto…”.

Todas las testigas coinciden que entre las personas que conocían a Inés y Catalina era bien sabido:

“…que se trataba la una con la otra carnalmente y que usando de un instrumento de caña de forma de natura de hombre por lo cual las llamaban por mal nombre las cañitas…poniéndose la una debajo e la otra encima besándose y retocándose como un hombre y una mujer… se decían palabras amorosas y que por esto estuvieron presas en Valladolid y las habían desterrado y las susodichas reñían muchas veces y luego se hacían amigas…”.

Según Ana Martín, criada del padre de Catalina, asegura que:

“…ha visto estando en casa de su amo una noche…que las susodichas dormían juntas en una cama [y] después de muertas las luces oyó ruido en la cama donde dormían…y oyó que estaban la una a la otra besando y abrazando diciendo mi alma y mis ojos y otras muchas palabras que provocaban a lujuria y esta imaginó q[ue] se estaban conociendo la una a la otra carnalmente y así se puso a escuchar con mucha atención lo que hacían y oyó y entendió realmente que estaba la una encima de la otra que a lo que parecía la dicha Catalina estaba debajo e Inés encima de ella y oyó que estaban jadeando y acezando[1] haciendo con el aliento ah ah ah como que estaban cansadas y en aquel acto de conocerse carnalmente…y le pareció muy mal por ser una cosa tan fea y abominable”.

Los vecinos también declaran que Inés de Santa Cruz “andaba en hábito de beata”, que vestía “un monjil negro y una toca limpia”, y que aseguraba haber sido “monja en Toledo”. Al parecer, Santa Cruz recogía “mujeres perdidas en su casa para ponerlas en estado” o casarlas y proporcionarles modo de vivir. Pero la verdad es que nadie daba por hecho que Santa Cruz trabajara en estos menesteres, y daban por cierto que se trataba de “embelecos y enredos”, y que con este propósito pedía “limosna para esta obra y trae engañadas a las gentes.

Es decir, que Santa Cruz era una de tantas beatas que abundaban en la sociedad española de los siglos de Oro. En el XVII, una beata  –es decir feliz, dichosa, gloriosa, perfecta– era una mujer que vestía hábito religioso fuera de la comunidad, que solía vivir en su casa particular con recogimiento, y que practicaba las virtudes y obras de caridad. Y éste, concretamente, fue el caso de Santa Cruz, que vestía hábito religioso, hacía los recados en nombre de la comunidad a la que estaba agregada, pedía limosna en nombre de su convento y se dedicaba al ejercicio de obras benéficas.

No son muchas las noticias biográficas sobre las encausadas, pero sí decisivas. En Salamanca, Santa Cruz era considerada como “una mujer embelecadora y revoltosa por de ordinario anda revolviendo los vecinos de barrio y diciendo mal de las unas y de las otras”. Por la misma Santa Cruz sabemos que, amén de beata, dice haber sido “priora en el emparedamiento de la Antigua” en Valladolid, alrededor de 1601.

Basándonos en otras declaraciones de Inés Santa Cruz y Catalina de Ledesma trascienden otros detalles. Sabemos que Ledesma fue vecina y natural de Ciudad Rodrigo, que no tenía oficio, que estaba casada, que tenía la edad de treinta años y que no sabía escribir. Asegura conocer a Inés desde hace “cinco años y que han estado en Valladolid parte del tiempo y parte de él en Salamanca y en otro lugares como son Segovia y Arévalo”. Ledesma confirma

“…que esta e Inés han tratado carnalmente…como hombre y mujer poniéndose esta  debajo de la dicha Inés y desaguando la dicha Inés la simiente en la natura de esta y estándose besando y abrazando y diciéndose palabras amorosas como hombre y mujer [y] que la traía la mano la dicha Inés a esta por encima de su natura y cuando quería descargar con las manos se la abría para que cayese dentro la simiente…”.

Con mimbres tan escasos la historia adquiere complejidad y dramatismo a través de los distintos procesos. Así, en el juicio de Salamanca, Inés de Santa Cruz nos relata que:

“…es vecina de la ciudad de Valladolid y que es beata y de edad de treinta y cinco años [y que] habrá cerca de cuatro años que teniendo esta confesante en la ciudad de Valladolid un emparedamiento a su cargo de mujeres llevaron allí a la dicha Catalina de Ledesma la cual por no tener cama la acostó esta en la suya y de allí a algunos días esta se acostó con la susodicha en la cama y la una con la otra empezaron a retozar y a besar y a decirse palabras amorosas para encontrase a lujuria diciéndole la dicha Catalina a esta mi alma mi vida quieres joder y con esto esta se subía encima de Catalina como hombre abriendo a la susodicha su natura y vergüenzas y esta la subía y pegando la una con la otra hasta que descargaba esta confesante la simiente dentro de la natura de la dicha Catalina y a este tiempo esta con sus manos la abría la natura a la dicha Catalina [y] niega haber hecho ni cometido el dicho pecado con instrumento alguno…”.

Con semejante declaración contradictoria, el Alcalde mayor no queda satisfecho con la confesión de Santa Cruz y

“…la mandó poner a cuestión de tormento y que se le den en los brazos las vueltas de la mancuerda…con apercibimiento y protestación que hace que si por no decir la verdad algún brazo se le quebrase u ojo se le saltase y muriere en el tormento sea por su cuenta y cargo…”.

Finalmente, después de ser torturada en la mancuerda[2], Santa Cruz admite que en efecto:

“…los primeros días que conoció carnalmente en Valladolid a Catalina hicieron una invención de cuero blanco embutida en lana a manera de natura de hombre con la cual esta tuvo acceso y cópula carnal con la dicha Catalina subiéndosele la Catalina encima y metiéndosela en la natura de esta…y otras veces lo hacían al otro lado poniéndosele debajo la Catalina y esta confesante encima… hasta que venían a hacer polución y esto con la dicha forma de natura de hombre y lo dejaron porque les dolía a ambas y lastimaba y después no lo a hecho con otro ningún instrumento más de con sola su natura…”.

Ledesma también fue torturada, y en junio de 1603 ambas fueron sentenciadas:

“…a que de la cárcel pública donde están presas sean sacadas caballeras en dos bestias menores de albarda atados pies y manos y con soga de esparto a la garganta y con pública voz de pregonero que manifieste sus delitos sean llevadas por las calles públicas acostumbradas de esta ciudad hasta llegar al teso que está fuera de ella sitio y lugar acostumbrado para semejantes delitos donde mandamos se pongan dos palos grandes y en ellos puestas las dichas Inés de Santa Cruz y Catalina de Ledesma donde se les dé garrote hasta que naturalmente mueran y luego mandamos que les sea hecha una hoguera a donde a las susodichas sean quemadas en llamas de fuego conforme a la ley del Reino =y más las condenamos en las costas del proceso”.

Pero Santa Cruz y Ledesma apelaron la sentencia con éxito. Ledesma confirma que en

“…Salamanca se procedió contra Inés de la Cruz y esta por decir que se trataban deshonestamente y que Inés con un instrumento ha hecho de baldrés o de trapos trataba…y sobre ello la dicha justicia habiéndolas puesto presas la dio tormento…y por miedo de él confesó ser verdad el maltrato que usaba con la dicha Inés…y por esta causa fueron condenadas por la dicha justicia en pena de muerte y que fuesen quemadas…y después habiendo visto el pleito en grado de apelación en esta real chancillería salieron condenadas por sentencia de revista la dicha Inés en cuatro cientos azotes y destierro del Reino perpetuamente y otras penas y esta confesante fue condenada en doscientos azotes…habiéndose ejecutado en ellas las dichas sentencias…y la mandaron que hiciese vida con su marido y la dicha justicia de Salamanca la mandaron que lo fuese a buscar a León y habiendo ido no lo halló…”.

Al no hallar Ledesma a su marido, retorna a Valladolid donde se vuelve a juntar con Santa Cruz y donde en 1606 fueron juzgadas por tercera y última vez. Si el proceso de 1603 destaca por su constante repetición en referencia al acto sexual entre las dos mujeres, el proceso de 1606 nos cuenta una historia más compleja y mucho más elaborada con nuevas amantes y cómplices. En este proceso se acentúan los celos, la violencia física, malos tratos, intrigas, amenazas y relaciones sexuales entre una red de mujeres. Serán trece las mujeres, con edades comprendidas entre los veinte y sesenta años –la mayoría de la clase menos acomodada, pues únicamente 3 saben escribir–, las que testifican en este tercer proceso contra Santa Cruz y Ledesma. El escenario donde las protagonistas desarrollan gran parte de esta historia tuvo lugar en Valladolid en el Monasterio de Sancti Spíritus, sus huertas, callejones e iglesias. El monasterio deSancti Spíritus, según refiere la actual Priora, fue abandonado en 1947, instalándose las madres Agustinas en el actual barrio de la Farola de Valladolid. El histórico edificio, finalmente, fue derribado en 1963. Inés de Santa Cruz y Catalina Ledesma formaron parte, en otro sentido muy distinto, de la rica historia del convento de Sancti Spíritus.

El juicio se desarrolla en noviembre del mismo año. Esta vez fue la propia Ledesma quien denunció a Santa Cruz por los continuos malos tratos que de ésta había recibido en varias ocasiones y en diferentes sitios. Santa Cruz tildaba a Catalina “de puta y ladrona en las casas donde estaba sirviendo” y:

“…allí la metía en algún aposento y allí la beata la messaba[3] de los cabellos y golpeaba y la daba puñadas y araños y la hacía otros malos tratamientos haciéndola señales y desollándosela…y otra vez la descalabró dándole heridas…y le hizo muchos araños y le rasgó una oreja…y que se alborotó todo el barrio y la vecindad y llegaron las vecinas a ponerse por medio y a quitarla a esta confesante de las manos de la dicha Inés…y otra vez le dio en una pared y la dejaba arañada y andaba siempre acardenalada de los malos tratamientos que le hacía…”.

Otra testiga afirmó haber “estado con mucha pena de ver que no podía remediar un daño tan grande y escándalo” porque “Inés ha procedido tan libre y disolutamente” contra Catalina ejercitando el “oficio de rufián con ella haciéndola muchos malos tratamientos descalabrándola y messándola y dándola muchos golpes”. Una vez vio esta testiga a Catalina “con un brazo medio quebrado y la dijo que lo había hecho la Inés”.

Después de los muchos “golpes y araños” que solía Santa Cruz proporcionarle a Catalina, justo “acabándola de castigar y mal tratar”, luego “la halagaba abrazándola y besándola y haciéndola otras muchas caricias”. Incluso una vez Inés “se llegó a la dicha Catalina y la trajo la mano por la cara y debajo de la barba como haciéndola regalos y amores y también otras dos o tres veces trajo pasteles y empanadas y juntas y solas se iban a comerlas a las huertas”.

Una noche, después de una de estas palizas, Catalina de Ledesma, en compañía de una vecina, salió de su casa y decidió denunciar el trato dirigiéndose

“…al patio de la real chancillería y dio cuenta de lo que había pasado al licenciado diciendo que se quería entrar a quejar ante los señores alcaldes de los malos tratamientos que le hacía la dicha Inés y de cómo no la quería dejar y el dicho licenciado le respondió que se sosegase y asentase a servir en alguna casa honrada…”.

Según las testigas, una mujer que siempre vestía “en hábito de monja o de beata que decían se llamaba Inés de Santa Cruz fingiendo ser su tía” perseguía muy a menudo a Catalina, “una mujer de buena gracia” la cual:

“…lo resistía diciendo que no quería ir con ella y sobre ésto se trataron a palabras riñendo muy mal diciéndose muy feas palabras…se llamaban entre otras palabras sodomíticas bujarronas y que la dicha Inés decía a la dicha Catalina que era una puta traidora sin ley de Dios y que mientras ella viviese no había de consentir que ofendiese a Dios…y que era una puta bellaca y para qué se amancebaba con un hombre casado que le quitaba el sustento a su mujer e hijos que mejor era estar con ella pues que la tenía en su casa como mujer honrada y la vestía y calzaba y daba de comer y todo lo que había menester y…Ledesma respondía que más quería estar amancebada con ciento y veinte que no estar con la beata porque la trataba mal y…Ledesma decía a la beata que era una somética y que la tenía perdida muchos años había que no hacía vida con su marido por amor de ella y que la había comido su hacienda y que por amor de ella la habían azotado…”.

Parece más que evidente que Ledesma, “siempre andaba huyendo” de Santa Cruz “procurando defenderse” y “no queriendo tener su amistad y aunque” se

“…asentaba a servir en algunas casas acudía luego de ellas la dicha Inés y decía que no la tuviesen allí porque era una puta y estaba amancebada y trataba con hombres y si algunos hablaban a esta confesante se iba a ellos y les rogaba y persuadía que no tratasen con esta y otras veces los reñía como si fuera hombre como ellos y les hacía fieros y amenazas diciendo que los había de hacer castigar por justicia…”.

El escándalo se hizo público un día en el que estaba Ledesma rezando en la iglesia del Monasterio de Nuestra Señora del Carmen, y

“…llegó un hombre a hablarla y sin pensar que estaba allí la dicha Inés se llegó a esta por un lado y sacó un cuchillo que llevaba diciendo puta bellaca este cuchillo traigo para cruzaros la cara y os la tengo de cruzar aquí y hubo muy grande escándalo y alboroto entre la gente que estaba en la dicha iglesia por ver el atrevimiento que había tenido Inés beata y Catalina salió de la dicha iglesia huyendo de ella…temiendo a la dicha Inés la cual echó a correr tras de esta confesante con el dicho cuchillo en la mano diciendo puta probada lleváis rufianes a las huertas para que os hagan tal cosa diciéndolo por palabras sucias y deshonestas y Catalina se fue huyendo y se escondió entre unos vallados y estuvo allí hasta otro día por la mañana por temor de no encontrarse a Inés de quién ha sido muy perseguida y mal tratada…”.

Coito lésbico, las leyes divinas, y otras monjas perdidas

Muchos de los textos relacionados con la sodomía, escritos durante la época moderna, se refieren en exclusiva al hombre, como si la sodomía representara un dominio exclusivo de éste. Pero si estas pragmáticas y demás textos jurídicos de la edad moderna habían atribuido las nociones de sodomía en exclusiva a los hombres, los teólogos, desde la época bíblica, ya habían comentado sobre la posibilidad de la sodomía entre las mujeres.

Una de las descripciones más tempranas que habla de la sodomía –en el Antiguo Testamento ya se condena este pecado en Deuteronomio 23, 17 y Primer Libro de los Reyes 15,12–, como acción contra natura, aparece en el Nuevo Testamento en una de las carta de San Pablo a los Romanos, en la que se refería tanto a la sodomía entre los hombres como a la de las mujeres. Según San Pablo, tanto hombres como mujeres habían abandonado el ‘uso natural’ del orden prescrito cuando los hombres se juntaban con hombres y las mujeres con mujeres, holgados en el vergonzoso acto ‘contra naturaleza’.

En el siglo XIII, Gregorio López, en su comentario titulado Omes en la Setena Partida, escribió que aunque la ley se aplicaba a los ‘hombres, también incluía a las mujeres’, en especial cuando una mujer cometía con otra ‘coito contra la naturaleza’. Así pues, reconocía López, ‘la sodomía femenina era posible y debía ser castigada’. A pesar de la posibilidad de la sodomía femenina, razonada por López, ni la ley divina ni la secular castigaba el coito entre dos mujeres. Aunque consideraba la “sodomía femenina como un pecado grave, no se podía comparar con el atroz vicio sodomítico cometido entre hombres, porque a diferencia de la sodomía entre mujeres, la sodomía entre hombres perturbaba el orden natural de las cosas en mucho mayor grado”.

La sodomía entre mujeres no alteraba la economía de la creación puesto que no había posibilidad de coito que comportara el desperdicio de semen; y a diferencia entre los hombres, la sodomía entre mujeres no ofendía directamente la imagen de Dios. Por tanto, el coito de mujer con mujer no se encuentra castigado por ley divina ni humana. Aunque éste es un pecado grave no es tan determinante como el ‘vicio sodomítico de varón con varón’ porque, según López, ‘mayor es la perturbación del orden natural en el pecado sodomítico entre varones que entre mujeres’. En consecuencia, según López, las mujeres no tenían que sufrir el calor de las llamas, sino una pena menos severa que la muerte, excepto cuando hubieran empleado entre ellas ‘aliquo instrumento virginitas violetur’.

La visión polisémica de los moralistas de la sodomía y su multiplicidad de significantes daba por hecho que tanto el hombre como la mujer podían cometer sodomía. Aún así, ‘aunque un crimen’, muchos moralistas consideraron la sodomía entre mujeres más bien un falso delito, y una acción ‘no auténtica, imperfecta, desprovista de semen desperdiciado o dispersado’. En consecuencia, los tribunales a menudo delegaron estos casos y sus sentencias a los obispos locales.

HISTORIOGRAFÍA LÉSBICA EN LA ÉPOCA MODERNA

‘Quizás’, escribe Bernabéu Albert, la ‘palabra que mejor defina la actitud de la historiografía en castellano hacia la homosexualidad, tanto masculina como femenina, sea la incomodidad’. Efectivamente, la historiografía del lesbianismo en la España moderna podría decirse que tanto ‘las editoriales tradicionales’ como ‘las revistas de prestigio apenas cuentan con unas cuantas referencias’, por no decir ninguna ‘rehuyendo de manera deliberada o mostrando poca sensibilidad por estos temas’. Bonnet, en su ensayo sobre el lesbianismo durante los siglos XVI-XX, nos recuerda que:

‘!Es un hecho! Aunque las lesbianas también han sufrido el ardor del fuego y la estigmatización del azufre, son pocos los historiadores [o las historiadoras] que han tenido el coraje de incluirlas en la historia’.

A pesar de esta ‘resistencia, tanto editorial como por parte de los autores’, empiezan a publicarse textos relacionados con el tema lésbico español en siglos pasados como es el caso de Elisa y Marsela casadas por la iglesia en A Coruña a principios del siglo XX. De hecho, más de 2.000 mujeres lesbianas se han casado en España gracias a la ley de Rodríguez Zapatero a partir de 2005.

En la Europa moderna se puede hablar de algunos libros importantes: Marie-Jo Bonnet, Les Vies Amoureux des Femmes, XVIe-XXe Siècle; Judith C. Brown, Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy, y Valerie Traub, The Renaissance of Lesbianism in Early Modern England. Bonnet escribe un ensayo ejemplar sobre la historia del lesbianismo europeo entre los siglos XVI y XX. Brown utiliza fuentes archivísticas e infiere sobre el supuesto lesbianismo de su monja protagonista. Traub, por su parte, analiza representaciones amorosas, deseos y erotismo como discursos lésbicos en la poesía, drama, arte, pornografía y en la medicina de la Inglaterra moderna.

Sin embargo, ninguno de estos libros relata explícitamente los actos sexuales atribuidos a mujeres tal y como aparecen gráficamente escritos y detallados por los escribanos en Las cañitas. Estos relatos representan una de las aportaciones más destacadas del manuscrito. Y lo son, precisamente, porque las tendencias lésbicas de Inés de Santa Cruz y Catalina de Ledesma han sido anotadas por hombres que eran la manus longa de una política española represiva estado-iglesia.

En efecto, como nos recuerda la filósofa Preciado, ‘la sexualidad es como las lenguas, todos podemos aprender varias’. 

[1] DdA, Tomo I, pág. 48: Acezar. Respirar con dificultad como hacen los perros cuando estan fatigados del calor o de correr.; Tomo IV, pág. 316: Jadear. Arrojar, con vehemencia y congoja el aliento o respiración.
[2] www.wordreference.com: Mancuerda. Tormento que consistía en atar al reo con ligaduras que se iban apretando por vueltas de una rueda hasta incluso su muerte si previamente no le había sido extraída su confesión.
[3] DdA, Tomo IV, pág. 555: Messar. Arrancar los pelos con las manos.