dimanche 2 juin 2013

Tamara DJERMANOVIC/ Profecías de DOSTOYEVSKI

CLAVES DE LA RAZÓN PRÁCTICA
Profecías de Dostoyevski
Por Tamara DJERMANOVIC

Las reflexiones sobre la condición humana expresadas hace siglo y medio por este escritor, crítico e inconformista, resuenan hoy con una fuerza profética estremecedora.

“La civilización ha creado si no a un hombre más sangriento, entonces más cruel y peor que antes.”

“La torre de babeL se convirtió en un ideal y, por otra parte, en una pesadilla de La humanidad entera.”

F. M. Dostoyevski

Muchas afirmaciones que hace un siglo y medio expresaba F. M. Dostoyevski (1821-1881), preocupado por la injusticia, el abuso del poder o simplemente por la condición humana, resuenan hoy con una fuerza profética estremecedora. Parece inverosímil que ya en la década de 1860, cuando el comunismo germinaba entre los teóricos occidentales y sin saber aún que precisamente Rusia sería el primer país en apuntarse al intento de “realizar la gran idea”, el escritor ruso describiera lo que marcaría la historia del siglo XX en su país.

Hay reflexiones en su obra que resultan plenamente aterradoras, una vez concluido el siglo en el que se ha intentado realizar la ideología del comunismo en la práctica: “No pueden figurarse la rabia y la melancolía que se apodera del espíritu cuando una idea grande, que uno viene venerando solemnemente desde antiguo, es arrebatada por unos necios y difundida por esas calles entre otros imbéciles como ellos” escribe en Los demonios, inspirado en el hecho de que los jóvenes populistas rusos se habían desviado hacia la violencia y el terrorismo.

Y concluye: “Todos esclavos y en la esclavitud iguales.”

Esta novela, en la época soviética condenada por la imagen “negativa” que podía dar de los socialistas, puede considerarse como la más visionaria de sus obras, una vez acabado el siglo XX con sus fracasadas ideologías sociales.

Si “descender en las profundidades del alma humana y describirlo”, fue la principal inspiración de Fiódor Mijáilovich para convertirse en escritor, como confesó a su hermano Misha en más de una ocasión, la universalidad y la perspicacia de su mirada –que lleva desde el interior humano a la actuación personal y social del hombre–, justifican lo que dijo André Gide, que “Dostoyevski en su obra no describe acontecimientos, sino que los precede”. La voluntad del poder, la dificultad de la libertad humana o el movimiento de las masas, son algunos de los temas que trata con gran profundidad, inspirándose en el pasado y el presente de Rusia y Europa, y proyectando una luz visionaria hacia el futuro.

Además, más allá de la dialéctica del bien y del mal, lo que actualmente proporciona la lectura de Los demonios, del Diario de un escritor, de Los hermanos Karamázov, entre otros textos, es la actitud crítica, el inconformismo del escritor. Nunca se limita a ilustrarnos en que “el mundo es así”. Nos enfrenta a individuos que no aceptan este argumento y que, en consecuencia, emprenden luchas personales inverosímiles. En palabras de Iván Karamázov: “Si los sufrimientos de los niños han ido a completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que la verdad no vale semejante precio [...] Entiéndeme, no es a Dios a quien rechazo, sino el mundo creado por él”.

LA VOLUNTAD DEL PODER

“Das el pan y el hombre se inclina, porque no hay nada más indiscutible que el pan” exclama el Gran Inquisidor cuando Dostoyevski le hace explicar cómo privar a la masa humana de cualquier pensamiento crítico. En el complejo malabarismo reflexivo de la Leyenda del Gran inquisidor, que fue escrita aparte y solo luego incorporada en Los hermanos Karamázov, además del abuso de poder, queda retratado un aspecto de la libertad humana fatídico: la dificultad de cargar con lo que supone pensar con la cabeza propia, sin ataduras religiosas, ideológicas o mafiosas; “No hay para el hombre preocupación más constante que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quien inclinarse”. Lo que propone el cardenal católico, al que Dostoyevski hace aparecer en la Plaza de Arzobispado en Sevilla, “donde el aire huele a limón y laureles”, trasciende el ámbito eclesiástico: es lo que representa cualquier poder cuyo fin no es mejorar la vida humana, sino manipularla y controlarla. Afirma el Inquisidor: “Sólo llega a dominar la libertad de los hombres aquel que tranquiliza sus conciencias [...] ¿Acaso has olvidado que la tranquilidad y hasta la muerte son más caros al hombre que la libre elección en el conocimiento del bien y del mal?”

Parece que diferentes totalitarismos y fundamentalismos, surgidos en el siglo XX y presentes también en la actualidad, han aplicado al pie de la letra estas instrucciones. Este personaje dostoyevskiano utiliza la religión para dominar al pueblo, pero cuando el escritor ruso le hace dirigirse a Cristo, se desnuda por completo la hipocresía de su poder (y de cualquier poder): “Nosotros hemos rectificado tu obra y la hemos basado en el milagro, en el misterio y en la autoridad. Los hombres se han puesto muy contentos al verse conducidos otra vez como un rebaño”.

Un impostor que propaga las teorías en las que no cree pero que, no obstante, consigue manipular a las masas, es otro fenómeno ante el que Dostoyevski quería prevenir. Y además recordar que no hay peor mal que el que se esconde bajo la máscara del bien.

EL PODER DEL VATICANO

“En muchos casos allí [en Occidente] ya no existe la Iglesia, sólo quedan los curas y los magníficos edificios eclesiásticos [...] En cuanto a Roma, allí hace ya mil años que se ha proclamado el Estado en vez de la Iglesia”.

Así resuena en Los hermanos Karamázov, explicándose de manera directa la preocupación del escritor por la centralización del poder y el “catolicismo militante” que ve encarnado en la figura del Papa Pío IX, un personaje histórico de primera línea para la vida política e ideológica de Europa de entonces. En 1868 Dostoyevski se encuentra en Florencia y le alarman toda una serie de medidas represivas que este Papa emprende con el fin de acabar con la secularización de los aparatos estatales y también con cualquier tipo de libertad, sea social, política o religiosa. En un breve discurso, pronunciado antes de leer la Leyenda del Gran Inquisidor a los estudiantes en San Petersburgo, el escritor apunta hacia una simbología más amplia de este episodio literario suyo: “El mensaje es: si transformas la fe de Cristo, centrándola en los objetivos mundanos, enseguida se perderá el sentido del cristianismo, el intelecto no podrá evitar sumergirse en el escepticismo y, en vez del gran ideal de Cristo, se construirá la gran Torre de Babel [...] Y, bajo la excusa del amor social hacia el hombre, aparece, ya sin máscara, una misantropía profunda”.1

Pero aquí no se explicita únicamente el recelo hacia el catolicismo romano. En los años setenta del siglo XIX, la relación entre el socialismo y el catolicismo se manifiesta ya de manera aguda en la conciencia de Dostoyevski. Además de la problemática religiosa, se vuelve a las cuestiones antropológicas y psicológicas. El Inquisidor también simboliza la fuerza devastadora del egoísmo, mientras que a través de Iván Karamázov, autor ficticio de la Leyenda, el escritor señala las consecuencias autodestructivas que pueden tener las propias ideas.

Cuando el novelista hace que el viejo cardenal se dirija a Jesucristo con las palabras: “El mismo pueblo que hoy te ha besado los pies, mañana mismo, a una señal mía, se lanzará a avivar las brasas de tu hoguera”, se revela otra actualidad que tiene este relato a comienzos del siglo XXI: terrorismos, dictaduras, movimientos reaccionarios de todo tipo, han tenido siempre en cuenta la triste verdad expuesta aquí por Dostoyevski.

CONTRA EL HORMIGUERO HUMANO

En Los demonios, apuntando a otro fenómeno universal: el espíritu destructivo del ethos revolucionario, se denuncia: “¿No te das cuenta de que si ponéis la guillotina en primer plano, y con tanto entusiasmo, es sólo porque cercenar las cabezas es lo más fácil de todo y tener una idea lo más difícil?”.

Uno de los personajes, Shigaliev, que “ha inventado la igualdad”, propone dividir la humanidad en dos partes desiguales donde a un diez por ciento se le otorgaría el poder absoluto sobre el restante noventa por ciento. Es una de las predicciones más claras que el escritor realiza sobre lo que llegará con la Revolución social en Rusia a partir del 1917. Asimismo profetiza cómo, en una sociedad así organizada, se van a pervertir los ideales políticos, pasando de “la libertad ilimitada al despotismo ilimitado”.

El fracaso de las rebeliones sociales en Europa, durante los años 1848 y 1849, produjo gran pesimismo entre una parte de la intelligentsia rusa, después de lo que muchos, como Dostoyevski mismo, se refugiaron “en Cristo”. Además, él ya se había alejado de las ilusiones ilustradas y de su Sapere Aude. La fe en el progreso hegeliano, o la propuesta de la educación estética de la humanidad que había ideado Schiller, le parecían ya ingenuidades utópicas que el proceso histórico, ya en su momento, había refutado.

De ahí que Dostoyevski alce la voz contra cualquier forma de masificada agrupación de los hombres, el “hormiguero humano” como metafóricamente alude en más de una ocasión.2

No obstante, es consciente de que el ser humano ha buscado precisamente esto: rehuir el compromiso personal que supone pensar por sí mismo y sentirse responsable de manera individual de sus propios actos. “La necesidad de comunión en el acatamiento constituye el tormento principal de cada individuo, así como de la humanidad en su conjunto, desde el comienzo de los siglos”, escribe, reflexionando siempre que la tragedia deriva de la perversa dialéctica entre la masa y el poder. Y en este contexto, no distingue la dinámica que crean los movimientos religiosos con respecto a los sociales o políticos. De ahí que en Los demonios el problema religioso también esté planteado desde una perspectiva ideológica, como leemos en otra de las afirmaciones visionarias de Dostoyevski: “La revolución tiene que empezar con el ateísmo.”

RUSIA ‘VERSUS’ OCCIDENTE

Si hay un tema que aún hoy predomina en las relaciones políticas, diplomáticas y hasta científicas y culturales entre Rusia y Occidente, es una especie de recelo mutuo que siempre ha dificultado una auténtica compenetración entre estos dos mundos. En la obra de Dostoyevski se aglutina lo que el pensamiento ruso había expresado respecto a este tema desde sus orígenes. El escritor culpa al mundo occidental de no haber hecho nunca el esfuerzo de intentar comprender a Rusia desde dentro, sino solo midiendo con su propio rasero. En Diario de un escritor, exclama: “Es ahí donde empieza el mal [...] en la idea de que el ruso puede ser europeo ¡sólo con la condición de no respetar al ruso que lleva dentro!”

En otro momento afirma: “Cuando se trata de enjuiciar a Rusia, una especie de estulticia insólita se apodera hasta de las personas que inventaron la pólvora, que contaron las estrellas del cielo”, haciendo hincapié en lo que seguramente hasta hoy fundamenta la relación entre Rusia y Occidente, como si aquella fuera un adolescente inmaduro cuya actitud no encuentra comprensión ante la prepotencia de la adulta Europa, que todo lo mira sólo desde su propia perspectiva. Y continúa la cita anterior con la que inicia Diario de un escritor:3
“Así lo demuestra todo, desde las minucias más insignificantes hasta las investigaciones más profundas acerca del destino, de la importancia y el futuro
de nuestra patria”.

Por otro lado, sus personajes literarios, además de ser profundamente universales, ofrecen un abanico de carácteres rusos. Dostoyevski mismo afirma:
“Poned a estos cuatro caracteres juntos [Fiódor, Aliosha, Iván y Dimitri Karamázov] y obtendréis una reducida imagen de nuestra realidad contemporánea, de la sociedad instruida de nuestra Rusia actual”.4

Uno de los reproches constantes que el novelista dirige a Occidente es el intento de racionalización extrema de la existencia humana. “Ustedes creen en el Palacio de Cristal,5 eterno, inalterable, tan perfecto que uno no puede sacarle la lengua ni siquiera a escondidas ni hacer la higa dentro del bolsillo”,escribe en Apuntes del subsuelo. El racionalismo del mundo occidental, simbolizado aquí en el Palacio de Cristal, contra un irracionalismo desmesurado ruso, es otro de los motivos que cita en sus escritos como el quid de la eterna querella. ¿Es esta irracionalidad la que provoca que en la sociedad contemporánea, en palabras de Cioran, “todo occidental atormentado hace pensar en un héroe de Dostoyevski que tuviera una cuenta en el banco”?6

No obstante, cuando denuncia que Occidente no ha comprendido nunca a Rusia, a la vez reconoce que ello responde a una serie de factores fatídicos que marcan el carácter ruso, como la desmesura, el amor propio, además de una imposible combinación de la prepotencia e inseguridad, especialmente manifestada en su relación con el mundo occidental. Cuando Dostoyevski estaba dispuesto a contemplar su país con ojos más objetivos, denunciaba los eternos males que veía en Rusia y que, lamentablemente, también tienen su actualidad: “El dios ruso ya ha tenido que retirarse ante el aguardiente. Hombres borrachos, madres borrachas, niños borrachos y en las iglesias, nadie”.

LA TRAGEDIA DE LA HISTORIA

La interpretación equivocada de grandes ideas que han derivado en grandes catástrofes, es otro de los temas en los que profundiza Fiódor Mijáilovich. Así, cuando crea la relación entre Iván Karamázov y Smerdiákov, uno ideólogo y el otro asesino accidental por malinterpretar las ideas del primero, el novelista describe, de manera simbólica, cómo las ideas de una ideología llegan a realizarse. En Los hermanos Karamázov podemos ver que el primer personaje, Iván, es el prototipo de un joven agnóstico, pero “comido por las ideas” (incluida la idea de la fe en Dios). Piensa mucho más de lo que actúa, como tantos otros personajes dostoyevskianos. Su hermano bastardo, al intuir que al encargarse de la “parte sucia” de las teorías de Iván, tiene la única oportunidad de realización en su humillante vida, mata al padre Fiódor Karamázov: “Así, en realidad, me enseñaba usted, muchas cosas por el estilo, me decía: ‘Si no existe el Dios eterno, no existen tampoco las virtudes [...] ¡Todo está permitido!’”.

El escritor también sugiere que la verdadera comprensión de la idea no es una condición necesaria para la realización del acto, y que hay que seducir a la masa para apoderarse de ella. La idea comunicada aquí, de que ningún movimiento radical hubiera podido hacer nada si se hubiera apoyado sólo en sus ideólogos, sin la existencia de los Smerdiákov, es resumida así por Dragan Stojanovic: “Cada idea encuentra a su Smerdiákov para realizarla; ahí está la tragedia de la Historia”.7

Smerdiákov es el símbolo de la masa que tiende a la destrucción a partir de ideas que no son suyas. Para que la idea encuentre su realización, esta relación es necesaria.

***
La obra de Dostoyevski ofrece muchos más ejemplos que ponen los pelos de punta por su enorme actualidad. Si bien es verdad que el escenario del siglo XIX en Rusia y Europa daba suficientes motivos para inspirar el pesimismo del escritor –pasando de lo históricamente concreto a lo históricamente universal– sus visiones literarias recobran su plena fuerza desde nuestro mirador actual.

“Nos hallamos en vísperas de los más grandes y estremecedores acontecimientos en la propia Europa; y conste que lo digo sin exageración alguna”, expresa una vez más sus presentimientos en Los demonios y concluye:
“Muchas cosas que el verano pasado se tenían por quiméricas, por imposibles o por exageradas, se han realizado literalmente. A poco tardar, tras los sueños de los idealistas, aparecieron ya otras doctrinas simples y accesibles a todas las mentes, como por ejemplo ensangrentar el mundo y luego todo se arreglará de nuevo por sí solo y de algún modo”.

Tamara Djermanovic es profesora en La facultad de humanidades de La upf. Autora deL Libro Dostoyevski, entre Rusia y occidente.

1 La introducción pronunciada por F. M. Dostoyevski antes de leer “El Gran Inquisidor”, pasaje de Los hermanos Karamázov, diciembre de 1879 (“Predislovie skazano F. M. Dostoyevskim pered chteniem otrivka iz Bratyev Karamázovikh- Velikiï inkvizitor”, dekabr 1879 , autógrafo, Dpto. de manuscritos RGU, F.93/I.2.2.).

2 El mundo de los insectos está muy presente en la obra de Dostoyevski. Tiene una notable connotación simbólica; así el “hormiguero” aparece con frecuencia para aludir a los distintos tipos de organización colectiva forzada que, según el
escritor, no han logrado sus propósitos (catolicismo, socialismo). Véase R. Matlaw, “Recurrent Imagery in Dostoyevski”, en Harvard Slavic Studies, III, 201-225. En este texto se recoge la idea de Chizhevski según la cual Dostoyevski hereda de Schiller el interés por los insectos, y no de la tradición popular rusa.

3 Diario de un escritor(Dnevnik pisatelia) está compuesto por artículos de divulgación que Dostoyevski escribía en diversas revistas rusas, como “Tiempo” (Vremia) o “El ciudadano” (Grazhdanin) en el 1873, luego entre 1876 y el 1877 y con algún artículo [de 1880 y el 1881]. En estos textos el escritor expresaba sus opiniones relacionadas con problemas histórico-sociales de Rusia y Europa.

4 Joseph Frank, Dostoyevski: El manto del profeta, FCE, México, p.690.

5 El Palacio de Cristal o el Crystal Palace, fue erigido para la Exposición Universal en el Hyde Park de Londres en 1851, según el proyecto de Joseph Paxton. Este pabellón de metal y vidrio era para Dostoyevski una de las manifestaciones concretas de que en Occidente se intenta “deshumanizar todo”.

6 Emile Cioran, Silogismos de la amargura, Tusquets, Barcelona, 1997, 18

7 Dragan Stojanovic, Rajski um Dostojevskog (El intelecto divino de Dostoyevski), SIC, Belgrado, 1994, 117.


Articulo: http://www.elboomeran.com 30/05/2013

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