lundi 24 juin 2013

Verónica CHIARAVALLI/ Ingmar BERGMAN, el asesino imperfecto

Final Abierto
Ingmar Bergman, el asesino imperfecto
Por Verónica CHIARAVALLI 

La primera vez que intentó matar a alguien tenía cuatro años. Era 1922 y la beba rolliza que acababa de sumarse a la familia los traía locos de celos a él y a su hermano mayor, que decidieron eliminarla.

El plan de estrangulamiento, ejecutado por el propio Ingmar, fracasó por un pelo, y el episodio quedó asociado para siempre en la memoria de Bergman a una perturbadora mezcla de placer y horror. Años después perseguiría, cuchillo en mano, a un compañero de escuela que había traicionado su confianza revelando un secreto inconfesable, y desearía con todas sus fuerzas que su hermano, enfermo de escarlatina, muriera. Hasta que por fin, una Navidad, la tía rica de la familia le regaló un cinematógrafo (en realidad se lo regaló a su hermano, pero Ingmar, desesperado primero y decidido después, negoció hábilmente para poder usufructuar la flamante maravilla) y todo cambió.

El genial director sueco cuenta éstos y otros episodios significativos de su vida en Linterna mágica, autobiografía publicada originariamente en 1987 que Tusquets dio a conocer en español un año después. Lamentablemente el libro es hoy una de esas joyas que sólo se encuentran, con suerte, en las librerías de viejo. Pero vale la pena rescatar algunas instancias en el pasado remoto de Bergman, cicerone supremo en el laberinto de los vínculos humanos, ahora que su obra Escenas de la vida conyugal, interpretada por Valeria Bertuccelli y Ricardo Darín en el Maipo, es una de las principales atracciones teatrales de la ciudad.

Sin duda sus matrimonios (más de media docena) deben de haber sido una escuela práctica de gran eficacia para el cineasta; pero el origen de las reglas sociales y familiares que asfixian a la pareja pequeñoburguesa en Escenas de la vida conyugal , las verdades terribles que allí se dicen, con sinceridad a veces brutal, el modo en que operan esos dispositivos de coacción sentimental y se establecen los lazos afectivos también pueden rastrearse en la evocación de aquellos primeros años de vida, cuando se fue modelando el mundo de valores, la vocación y la visión artística de Bergman.

Niño enfermizo, hijo de un ama de casa severa y de un pastor luterano rígido hasta la crueldad (tenía una técnica insuperable para propinarles bofetadas a sus hijos, recuerda el cineasta), el pequeño Ingmar se evadía de la opresión hogareña en un mundo de ensoñaciones que le costaba cada vez más diferenciar de la realidad. Y desarrolló una segunda naturaleza, se convirtió en un hipócrita y aprendió a decir las mentiras que los demás necesitaban oír para dejarlo en paz. Lo mismo harían, más tarde, los protagonistas de sus dramas. Los maridos y las esposas; los padres, las madres y los hijos que aceitan los delicados engranajes de la vida amorosa con silencios convenientes y ocultamientos piadosos. Hasta que todo estalla.


Articulo : http://www.lanacion.com.ar 21/06/2013

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