dimanche 2 juin 2013

Yanet AGUILAR/ Escritores recuerdan a Carlos FUENTES

Escritores recuerdan a Carlos Fuentes
Por Yanet Aguilar

Carlos Fuentes, desde una fotografía que lo muestra maduro y elegante, parecía mirar a Silvia Lemus, su viuda, quien aceptó subir al escenario para posar al lado de la imagen, durante el homenaje que le rindió la Academia Mexicana de la Lengua a un año de la muerte del autor, quien fue académico honorario de esa institución.

El pasado jueves por la noche, en el Auditorio del Museo Rufino Tamayo, Gonzalo Celorio, Hugo Gutiérrez Vega e Ignacio Padilla, representantes de tres generaciones que convivieron con el intelectual mexicano, trazaron líneas y rutas de acercamiento a Carlos Fuentes, hablaron de su gran inteligencia, de su calidad literaria, de su don de mundo, de su cercanía con el cine, del mundo del terror que no esquivo, de su pasión por la ficción y su gran actitud ante los jóvenes escritores.
Ignacio Padilla, “el chamaco de la Academia Mexicana de la Lengua”, con su capacidad lingüística, humor y sátira celebró los años compartidos con Fuentes, el acercamiento que tuvo con él gracias a Silvia Lemus; lo recordó enorme, dicharachero, maestro de los de su generación.

Dijo que Carlos Fuentes fue un hombre “que estuvo, desde el principio, profundamente seguro de su vocación, un hombre que hasta el final de sus días fue consciente y orgulloso de ser él mismo una profecía autocumplida a fuerza de pura necedad creadora”.

Ignacio Padilla celebró la decisión de Fuentes de ser un escritor total desde una edad muy temprana, dijo que fue una declaración de principios y una resignación. “Al construir su literatura y al construirse con ella para alcanzar dimensiones gigantescas Fuentes queda como ejemplo de la nitidez que ciertas vocaciones literarias pueden y deben ser reconocidas desde su punto de partida, aún a despecho de cualquier adeversidad, y aún a despecho de uno mismo”.

El poeta Hugo Gutiérrez Vega dijo que Fuentes “fue uno de nuestros escritores mayores, un mexicano ejemplar y un hombre del mundo, con él vivimos momentos de inspiración renacentista, nos enamoramos del idioma y renovamos nuestro compromiso con las palabras, con el verbo que era y es ‘En el principio…’”.

Gonzalo Celorio dijo que Fuentes fue un espíritu renacentista encarnado en el siglo XX y que nada humano le fue ajeno. Celorio celebró la gran capacidad de trabajo de Fuentes, su disciplina, fecundidad, pasión política, templanza crítica y curiosidad siempre niña.

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Carlos Fuentes, un año después

PARA JUAN RAMÓN DE LA FUENTE, el autor de Aura fue un humanista liberal cuya vocación se enriqueció en su entorno familiar y se amplió en sus vivencias universitarias

POR JUAN RAMÓN DE LA FUENTE
“La frontera más importante del ser humano es la que está dentro de cada uno de nosotros, dentro de nuestro propio ser, y es incluso la frontera más difícil de entender: la frontera entre el cuerpo y el alma.  No sabemos dónde empieza una y termina el otro, y por eso vivimos en la ignorancia de lo que somos”. Carlos Fuentes.

México fue la gran pasión de Carlos Fuentes.  Precisamente por eso fue también su gran obsesión.  Su historia analizada, su territorio recorrido, su dinámica social rigurosamente descrita, su voluntad interpretada, su alma explorada; sus contradicciones, sus aciertos, su ambivalencia, sus habitantes, sus dioses; su vitalidad encarnada en él mismo.  Fuentes fue México desde Los días enmascarados hasta el último de sus días. Pero Fuentes fue también universal, porque entendió pronto y bien, la enseñanza de Alfonso Reyes cuya influencia temprana le ayudó a ver que la literatura mexicana era importante por ser literatura y no por ser mexicana. Es así como a través de él, de sus cuentos, de sus novelas y sus ensayos, los mexicanos somos también más universales.

Lo que más me impresionó siempre de Carlos Fuentes fue su libertad: el rigor con el que la ejerció, la autenticidad con la que la vivió. Fuentes intentó de mil maneras descubrirnos y explicarnos a través del lenguaje, mucho de lo que somos, de lo que querríamos ser y de lo que no queremos ser.  Desde el reino de la imaginación libre y portentosa en la que se desarrollan sus historias, nos transmite un mundo que a veces parece éste, el de todos los días, pero que en realidad es otro, el de su creatividad, el de su libertad como intelectual.

¿Por qué trascienden algunos autores? se preguntó el propio Fuentes alguna vez. Porque nos dan imaginación, nos dan lenguaje –decía– y sin imaginación y sin lenguaje no solo no hay literatura sino que no hay lectores, en el sentido radical de darle vida a lo escrito ayer mediante la lectura de hoy.

Fuentes era un humanista liberal.  Vocación que se enriqueció en su entorno familiar, se amplió en sus experiencias formativas, y se consolidó en sus vivencias universitarias, cuyos relatos estaban salpicados de anécdotas y evocaciones cargadas de afecto y gratitud a sus padres, a sus maestros y condiscípulos.

Desde muy joven Fuentes enfocó simultáneamente sus preocupaciones sociales, intelectuales, estéticas y culturales a la realidad mexicana, pero también a la del mundo entero.  Esto le permitió una vasta comprensión no sólo de la cultura, la literatura y el arte, sino también de la política, de los conflictos internacionales, de las religiones, de las ideologías. “Hay que reflexionar sobre lo que nos une como mexicanos sin desdeñar lo que nos diferencia como ciudadanos”, escribió con motivo del Bicentenario de la Independencia que acabó por ser más trauma nacional que conmemoración.

Con esa gran actividad intelectual y literaria que empezó a desplegar en su juventud y que nunca cesó, imbuido de la efervescencia cultural y el ambiente universitario que inundaban las calles y los edificios del Centro Histórico, bajo la influencia de algunos de sus maestros que él más recordaba, se consolidaron su espíritu humanista y su dimensión universal.

Nada ilustra  mejor la pasión y la obsesión de Fuentes por México, que la ciudad de México, su ciudad, real e imaginaria:

“La ciudad de México es un fenómeno donde caben todas las imaginaciones.  Estoy seguro de que la ciudad de Moctezuma vive latente, en conflicto y confusión perpetuos con las ciudades del Virrey Mendoza, de la Emperatriz Carlota, de Porfirio Díaz, de Uruchurtu y del terremoto del 85. ¿A quién puede pedírsele una sola versión, ortodoxa, de este espectro urbano?”

Es cierto, se requieren de múltiples visiones, y las hay, pero ocurre que la de Fuentes tenía toda la fuerza de su imaginación privilegiada.  

Por supuesto que el México de Carlos Fuentes no se corresponde palmo a palmo con la realidad objetiva, sino con una realidad imaginaria, que no por eso deja de ser verdadera; al contrario, puede ser más certera, es más contundente y, sobre todo, más perenne.  Por eso sobrevive al paso del tiempo y se afianza en nuestra mente, en nuestra memoria, en nuestras emociones, como ocurre con las verdaderas obras de arte.

La tradición indica que los viejos damos lecciones a los jóvenes —eso dijo un día que lo invité a dar una conferencia en la Universidad— pero yo quisiera más bien que los jóvenes me dieran lecciones a mí.  Ellos van a ver un mundo que yo ya no veré; ellos nos traen las noticias del porvenir.  Es también por eso mismo que las obras de Fuentes les dicen a los jóvenes de hoy ideas distintas de las que les dijeron a los lectores cuando aparecieron originalmente.

El calendario nos engaña —decía en algún otro momento– al proponer un simple tiempo lineal que va del pasado al presente y al porvenir.  La literatura es una rebelión contra eso, es capaz de convertir al tiempo en una mirada que le devuelve actualidad al pasado y posibilidad al futuro; es la advertencia trágica de las fallas y limitaciones de toda empresa humana, es la afirmación que la tiranía del tiempo pasó por alto.

Fuentes no se agotó con la vida de sus personajes, porque sus personajes piensan, sienten, sueñan, mienten y son engañados; conspiran y son traicionados, y lo mismo fueron indios, mestizos, criollos o españoles.  Hay en sus textos un afán totalizador que nunca se agota.

En la obra de Fuentes los personajes resucitan siempre en la misma tierra que los vio nacer, la Terra nostra de México, pero que el escritor podía convertir en otro lugar.  La historia y la cultura no son más que el trayecto de los hombres hacia la utopía, desde Ixca Cienfuegos hasta Cristóbal Nonato; desde Artemio Cruz hasta los personajes de Todas las familias felices, incluidas, por supuesto, Las buenas conciencias.  Pero como a Fuentes siempre le obsesionaron las fronteras de todo tipo, no le bastaron este mundo y sus utopías: tuvo la urgente necesidad de crear otro mundo, el del fin de las certidumbres y el inicio de la verdadera condena del hombre moderno: la condena de su libertad, la condena de ser libre en el tiempo, en un mundo sin dios y sin diablo.

En el debate del siglo XXI, Fuentes puso el dedo en la llaga de la globalización y reivindicó la importancia de la educación en la era de las tecnologías de la información;  pero al mismo tiempo  advirtió sobre los peligros que corre la educación cuando se pretende reducirla a otra mercancía, como si fuera un bien especulativo, dirigida solamente al mercado, soslayando la trascendencia del arte y de las humanidades.

La sentencia de Fuentes sobre este tema fue contundente: “La educación debe ser el motor mismo del cambio mundial; y no puede haber sociedad de la información sin educación; y sin esta última no puede haber cambio, progreso ni bienestar.  El capital productivo no crecerá sin el capital social, y éste no aumentará sin el capital educativo, sin un proyecto generador de profesionales, técnicos, científicos, artísticos y humanísticos que sepan promover la riqueza con justicia y el bienestar con libertad”.

Crítico implacable, Fuentes condenaba o elogiaba a placer con la fuerza de su convicción y con la agudeza de su inteligencia y con su capacidad para expresar, a través del lenguaje lo más sutil y lo más burdo; lo inaudito y lo predecible; lo que de alguna manera intuíamos y lo que nunca hubiésemos anticipado, transmitiendo además la subjetividad de sus personajes que es, en muchos aspectos, la misma subjetividad de sus lectores.  Es decir, nuestra subjetividad.

Fuentes incursionó en el trabajo intelectual como muy pocos han podido hacerlo.  La persistencia en el tratamiento de algunos de sus temas contrasta con la diversidad de sus experiencias y aventuras verbales. La indeclinable fidelidad a sus principios le confirió una autoridad singular. Conciencia estética de América Latina, en palabras de Tomás Eloy Martínez, Fuentes también fue reconocido como un protagonista de las más acuciantes polémicas de su tiempo, desde los años de la guerra fría hasta las más recientes discusiones sobre la compleja globalización que vivimos, el peligro de los fundamentalismos, la estupidez de la guerra preventiva, la tentación del autoritarismo frente a la violencia desbordada, o la necesidad de una izquierda moderna para México.  “No se trata de empobrecer a los ricos sino de enriquecer a los pobres” solía decir con claridad, contundencia y buen humor.
Fuentes también exigía, no sólo de la escritura sino de las ideas mismas el componente crítico, el rechazo a la cómoda noción del fin de la historia. Pero crítica no solo como adversidad o negación, sino crítica como creación de un mundo paralelo; crítica como insatisfacción por lo dado; crítica como conocimiento de la realidad que desborda la experiencia o que si no la alcanza la anuncia, la denuncia, pero no renuncia a ella.

La incorruptible actitud crítica del intelectual que fue Carlos Fuentes dejó espacio, sin embargo, a la confianza en un mundo mejor, de ahí que no dejara de refrendar su fe en el futuro, en un orden internacional basado en el derecho y en la cooperación como una meta que podemos alcanzar. ¿Cómo? Mediante la diplomacia, la política, la educación, la cultura, el amor y el arte que recibimos, que enriquecemos y heredamos, sin concluir jamás la tarea. Hay un Sísifo útil cuya piedra, ¾nos recordaba— en vez de rodar al abismo cuando alcanza la cumbre, será tomada por nuevos brazos y llevada a la cumbre siguiente cuando los nuestros se fatiguen.

Tal, es el México real e imaginario que Fuentes construyó para nosotros, su gran legado, en el que todos podemos ser sus personajes, porque todos tenemos un poco de ellos: hombres comunes, héroes o villanos.  Todos sus lectores somos un poco de Carlos Fuentes a través de su escritura.

De las muchas y muy buenas razones para celebrarlo hoy, yo me quedo con su proyecto generador de utopías; con las utopías de Ixca, con las de Cristóbal, con las de Artemio, con las utopías de todos ustedes y con las mías, que desde ayer y hasta ahora continúan vigentes.

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Fuentes y el boom

DE LOS CUATRO GRANDES de ese fenómeno literario —dice Hernán Lara Zavala— el autor de La muerte de Artemio Cruz resultó el más equilibrado, independiente y objetivo; nunca perdió la conciencia crítica

POR HERNÁN LARA ZAVALA
¿Existió realmente el boom?  Yo creo que sí y no se dio, por cierto, mediante generación espontánea.  Independientemente del innegable talento de los autores, de los diversos apoyos que les brindaron ciertas editoriales, de una crítica que estuvo a la altura para reconocer el surgimiento de ese fenómeno cuyo nombre pone triste a tanta gente, el boom existió como una montaña, una torre o un elefante.

Gran parte de los críticos ubica el inicio del fenómeno literario, editorial y publicitario bautizado como el boom en el año de 1962, fecha de publicación de La ciudad y los perros de Vargas Llosa, que obtuviera el premio Seix Barral y con la cual se supone que arrancó una nueva etapa de la literatura escrita en español.  Lo cierto es que Emir Rodríguez Monegal en Narradores de esta América aclara que en realidad la primera obra que abrió fuego para plantear los cambios estilísticos e ideológicos propuestos por el boom latinoamericano fue La región más transparente de Carlos Fuentes publicada en 1958.

En opinión de Rodríguez Monegal Fuentes sería el pionero para resolver, en la práctica primero, a través de su novela, y después en la teoría, mediante su ensayo La nueva novela hispanoamericana del año de 1969, el dilatado debate sobre “civilización y barbarie” planteado por Sarmiento.   En la novela de Fuentes esta dicotomía se vislumbra como el México del campo traído a fuerza de hambre a la gran ciudad de México.  Por otra parte, en su ensayo Fuentes reformulará ese viejo debate para cambiar no sólo las dos categorías en conflicto sino el carácter de la propia tesis.  El escritor colombiano R. H. Moreno Durán planteó lo siguiente a la luz del boom:  “Ya no se trata de oponer la ‘civilización’ a la ‘barbarie’, la disyunción sería ahora “imaginación o barbarie”, una ruptura no sólo del esquema inicial sino de dos ámbitos diferentes, que funden un mismo debate lo ficticio y lo estético con lo real y lo social.”

No nos engañemos: los integrantes del boom son indiscutiblemente cuatro:  Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.  Dentro del grupo se han tratado de trepar, o los ha colado la crítica, escritores tan diversos y valiosos como Guillermo Cabrera Infante, José Donoso, Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Manuel Puig, Severo Sarduy, Fernando del Paso y tantos más que, sin negar sus méritos, son importantes pero el hecho es que el boom lo constituyen cuatro y, como los Beatles, en el grupo ya no cabe ni uno más.

¿Qué cambió el boom?  Planteó una redefinición de los géneros literarios para ampliar la libertad  de mezclarlos indiscriminadamente; buscó tramas premeditada y acaso innecesariamente complejas evitando la linealidad y propiciando la participación del lector en la integración y la evaluación final de la historia;  multiplicó las voces de la novela y sus efectos polifónicos; ejerció todo tipo de experimentaciones tanto a nivel anecdótico como estilístico para imprimirle un efecto lúdico a la anécdota; se apropió del lenguaje de la gente común e incorporó diversos lenguajes vernáculos locales; revaluó el elemento fantástico como parte de la realidad cotidiana y exploró los vicios sociales y políticos latinoamericanos con una mirada más crítica, más ideologizada y más comprometida.

Fuentes efectivamente fue pionero entre los escritores latinoamericanos al convertir a una ciudad, la de México, en el gran personaje de su novela.  A él le siguió Vargas Llosa con La ciudad y los perros en donde los habitantes del microcosmos del internado Leoncio Prado salen a explorar y a vivir las calles de Lima;  García Márquez inventó su propia geografía al crear Macondo a partir de las evocaciones y leyendas de su familia en Aracataca en tanto que Julio Cortázar, aunque escribió la mayor parte de sus cuentos en Francia, lo hizo con los ojos puestos en Argentina y en su novela Rayuela logra finalmente tender un puente entre París y Buenos Aires.

De acuerdo con Ángel Rama Vargas Llosa fue reconocido por la crítica antes que Julio Cortázar y Cortázar antes que Borges, lo que “contribuyó a un aplanamiento sincrónico de la historia narrativa americana que sólo con posteridad y dificultosamente la crítica trató de enmendar”.  En su libro sobre la novela hispanoamericana Fuentes apostaba por sus pares y contemporáneos sí, pero no por ello dejó de reconocer la herencia de sus antecesores inmediatos:  Onetti, Rulfo, Arreola, Lezama Lima, Roa Bastos, Borges, Carpentier, Asturias, Arguedas, Reyes, Feliserto Hernández,  Marechal, Macedonio Fernández y Roberto Artl.

Entre los integrantes del boom se estableció desde el inicio una camaradería y una afinidad literaria poco común entre escritores que les permitió trabajar como grupo y enfrentar a los escépticos europeos y estadounidenses que ya habían declarado la muerte de la novela.  No obstante, su surgimiento no se puede soslayar la enorme influencia que ejercieron los narradores norteamericanos de la llamada “generación perdida” para la renovación temática y estilística de la narrativa de nuestros países.  Durante la segunda parte del siglo XX Onetti, Rulfo, Yáñez— en una primera etapa— y Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez posteriormente recibieron la benéfica influencia de William Faulkner, John Dos Passos y Ernest Hemingway.

Los cuatro tenían inquietudes políticas tempranas: sentían la obligación de ejercer un compromiso social que les permitiera denunciar y sacar a nuestros países de la pobreza y la injusticia impuesta por las dictaduras y las oligarquías y así lo manifestaron desde el principio, tanto en su literatura como en su vida pública, identificados abiertamente como pensadores de izquierda;  filosóficamente eran los herederos en latinoamerica de Marx y Lenin, de Luckàcs, de Sartre y de Camus, de Wright Mills, de Franz Fannon y de José Carlos Mariátegui que eran los pensadores en boga.  Pero el momento clave llegó con la Revolución Cubana de la que todos fueron entusiastas receptores, simpatizantes y promotores.  Pero el ideal revolucionario que los animaba y los unía pronto empezó a resquebrajarse y, al paso de los años empezaron a surgir ciertas divergencias entre las posturas políticas de cada uno de ellos.  A partir del caso Padilla se iniciaron las disensiones frente al proyecto revolucionario cubano que finalmente se tradujeron en el distanciamiento, la crítica y la ruptura de Fuentes y de Vargas Llosa con la dictadura de Fidel, contrario a Julio Cortázar y Gabriel García Márquez que se solidarizaron con él y le brindaron su apoyo hasta el final.

Acaso como efecto de la fama los cuatro sufrieron algún resbalón.  Fuentes aceptó ser embajador de México en Francia durante el gobierno de Luis Echeverría con la consigna de “Echeverría o el fascismo” pero pronto se dio cuenta de su error y cuando nombraron embajador en España a Díaz Ordaz renunció y se retiró de por vida de los cargos políticos para convertirse en una especie de consciencia moral latinoamericana desde el ejercicio de la literatura y las tribunas del periodismo.  La ideología de Vargas Llosa fue girando poco a poco hacia la derecha y sucumbió a la tentación de lanzarse como candidato a la presidencia del Perú, como una responsabilidad indeclinable frente al desastroso futuro que se vislumbraba en su país, decisión que por poco le cuesta su carrera literaria.  Cortázar apoyó la revolución Sandinista y decidió alinearse con Daniel Ortega hasta sus últimas consecuencias. Luego del Nobel Gabriel García Márquez ejerció su influencia política mediante su periódico y su revista de los que imperceptiblemente se fue alejando poco a poco. Con una gran discreción ayudó a muchos disidentes a salir de Cuba pero jamás rompió con Fidel de quien es amigo y protegido hasta la fecha.

Lo cierto es que políticamente hablando de los cuatro grandes del boom Carlos Fuentes resultó el más equilibrado, el más independiente y objetivo sin perder por nunca la conciencia crítica.  En cuanto a su postura política sufrió ligeros cambios (debemos recordar que en una ocasión los Estados Unidos le negaron la entrada a Puerto Rico y por otro lado en Cuba Roberto Fernández Retamar lo caricaturizó como Calibán) pero mantuvo hasta el final su carácter enérgico, recto y fuerte frente a las condiciones políticas del mundo con una actitud objetiva, comprometida y siempre progresista.

¿Fueron realmente grandes, literariamente hablando, los cuatro integrantes del boom?  Sin lugar a duda y cada uno de ellos con méritos indiscutibles e inigualables salvo por el hecho de que todos poseían una gran furia creadora.

El mayor de ellos era Julio Cortázar, nacido en 1914.  “Tan joven y tan viejo como un Rolling Stone”, diría Joaquín Sabina, pues en efecto a pesar de su edad Cortázar era el eterno joven tanto en su trato personal como en su vida y su literatura.  Se distinguió por ser miniaturista y relojero, el maestro de la forma breve, del humor, lo lúdico y los malabares de la palabra: era el cuentista de lo fantástico cotidiano, heredero de Borges y Felisberto Hernández.  El prestidigitador enigmático e inteligente de los actos cotidianos transportados a niveles metafísicos de prosa despierta, entusiasta, juguetona, seductora y divertida, “siempre a la izquierda y sobre el rojo”.

Le sigue en edad Gabriel García Márquez, el fabulador de mitos y leyendas que llevaron al límite los hallazgos y postulados de” lo real maravilloso” de Alejo Carpentier, del surrealismo practicado por Asturias y Cardoza y Aragón y la milagrosa influencia de Rulfo en Pedro Páramo.  Con García Márquez fantasía y realidad perdieron sus fronteras a través de una prosa simultáneamente desenfadada, irónica, humorística y poética que parece escrita con una pluma que sonríe al tiempo que plasma sus historias.  La mayor parte de sus novelas tienen títulos tan afortunados que se han convertido en emblemáticos.  Tal vez la obra de Gabriel García Márquez constituya la mayor influencia en la percepción de la parte mágica e hiperbólica que todos los pueblos guardan en el subconsciente y por lo mismo es quien más influyó en la literatura universal.

El benjamín y precursor del boom, Mario Vargas Llosa resultó ser el narrador nato dentro del grupo, el novelista por excelencia que cuenta anécdotas amenas y llenas de suspenso inspiradas en personajes de la vida real, identificables, convincentes, obsesivamente realistas.  Sus novelas siempre resultan interesantes, rápidas y llenas de diálogos convulsos, vertiginosos y sincopados; es el maestro de la aventura política que se inició reflexionando sobre los males del Perú pero que después proyectó su búsqueda hacia otras latitudes en donde pudiera desfacer entuertos y denunciar abusos.  Es el humorista serio y el erotómano contenido; el intelectual del sentido común, inteligente, culto y poco dogmático pero cuyas posiciones políticas  no siempre llegan a convencer.  El erizo que con los años se fue trasformando en zorro y del Perú saltó a América Latina y de ahí al mundo entero.

Y finalmente la figura que hoy nos convoca: Carlos Fuentes:  auténtico pionero del boom a quien el resto del grupo le encargaba dar discursos y dictar conferencias en su representación por su mente lúcida, su facilidad de palabra, su presencia imponente, su manejo de lenguas y sus maneras histriónicas.  El autor de “la nueva herejía” según Luis Harss, refiriéndose a que él escribió las novelas contra la revolución “institucionalizada” así como contra “las buenas conciencias”.  

Sus experimentos formales son complejos, riesgosos, intelectuales y por lo general involucran diversos juegos con el sentido del tiempo.  Es el teórico que jamás dejó de reflexionar sobre los derroteros de la narrativa hispanoamericana.  Es el gran promotor del boom sí, pero también del postboom.  Lector generoso y entusiasta siempre al día y que apoyó a los autores más jóvenes durante varias generaciones.

En cierto modo su búsqueda literaria lleva el sentido opuesto a la de Vargas Llosa.  Fuentes empezó como un zorro que observaba a México, América Latina y España a través de la novela y de la historia pero, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un erizo cada vez más ensimismado y obsesionado y con nuestro país, con su destino.

Pasado, presente y futuro de México, sus realidades y fantasías, así como los vaivenes sociales y políticos, se despliegan de forma panorámica en la enorme capilla de su literatura.

Carlos Fuentes nos ha dejado a todos sus lectores, mexicanos o no, una vastísima obra.  La parte final de su vida se caracterizó por entregarnos mínimamente un libro al año —cuento, novela, ensayo, teatro, ópera, crítica de artes plásticas, memorias, reflexiones.  Qué difícil llevarle el paso.  Ahora, a un año de su partida, sus incontables libros nos aguardan para que podamos ponernos al día y estudiarlos junto con las obras de juventud que tanta fama y prestigio le dieron desde sus inicios.  Merecen ser leídos con atención pues están cargadas de amor, pasión y sabiduría a México y a los mexicanos.  Gratitud a Carlos Fuentes que nos ha legado una inmensa obra que lo mantendrá vivo por muchos, muchos años.

Fotografía: Regis Debray, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, París, 1976/AUTOR ANÓNIMO/ARCHIVO SILVIA LEMUS.

Articulo: http://www.eluniversal.com.mx 23/05/2013

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