samedi 20 juillet 2013

Alain BADIOU/ BADIOU reescribe a Platón

Un clásico intervenido
Badiou reescribe a Platón
Por Alain Badiou 

El filósofo francés se enfrentó con La República, obra clave del pensamiento occidental, y le dio un matiz contemporáneo para subrayar su perdurable potencia filosófica. Anticipos y análisis del libro

Llevó seis años.

¿Pero por qué? ¿Por qué este trabajo casi maniático a partir de Platón? Es que lo necesitamos prioritariamente a él, hoy en día, por una razón precisa: dio el impulso inicial a la convicción de que gobernarnos en el mundo supone que tengamos abierto algún acceso a lo absoluto. No porque un Dios veraz se cierna sobre nosotros (Descartes), ni porque nosotros mismos seamos figuras historiales del devenir-sujeto de ese Absoluto (tanto Hegel como Heidegger), sino porque lo sensible que nos teje participa, más allá de la corporeidad individual y de la retórica colectiva, de la construcción de las verdades eternas.

Este motivo de la participación, que sabemos constituye un enigma, nos permite ir más allá de las imposiciones de lo que llamé el "materialismo democrático". O sea, la afirmación de que no existen más que individuos y comunidades, con la negociación, entre ellas, de algunos contratos acerca de los cuales todo lo que los "filósofos" de hoy en día pretenden hacernos esperar es que puedan ser equitativitos. Dado que tal "equidad" no le ofrece al filósofo, en realidad, otro interés que el de constatar que se realiza en el mundo y, cada vez más, bajo la forma de una intolerable injusticia, es menester llegar a afirmar que, además de los cuerpos y los lenguajes, hay verdades eternas. Hay que llegar a pensar que cuerpos y lenguajes participan, en el tiempo, en la elaboración combatiente de esa eternidad. Algo que Platón no dejó de intentar hacerles oír a los sordos.

Entonces me dirigí a La República, obra central del Maestro, consagrada, precisamente, al problema de la justicia, para hacer brillar su potencia contemporánea. Partí del texto griego de mi viejo ejemplar de la colección bilingüe Budé (Les Belles Lettres, 1949), restituido por Émile Chambry, sobre el que trabajaba ya con ardor hace 54 años, y que, en consecuencia, se halla recubierto de considerables estratos de anotaciones que vienen de épocas diversas. Me inspiré en La República, en efecto, a lo largo de todas mis aventuras filosóficas.

Siempre me pareció aberrante la división en diez libros de ese texto griego, división que sólo tenía sentido para los gramáticos de Alejandría. Por eso volví a dividirlo, según lo que pienso es su verdadero ritmo, en un prólogo, algunos capítulos y un epílogo. El número de capítulos fue variando durante el trabajo: pasó de nueve a dieciséis, por razones de coherencia interna. Finalmente, "trato" dieciocho segmentos.

Por empezar, no los trato en orden. Para nada. Comienzo (en 2005) por el prólogo, continúo con lo que terminó siendo el capítulo XVI, luego vagabundeo, algunas veces más cerca del final, otras, más cerca del principio, hasta que, hacia el invierno de 2010-2011, sólo me queda por reducir una suerte de centro compuesto por los capítulos VII y VIII, que no son los más fáciles ni los más divertidos. Guardé lo peor para el final.

¿Qué quiere decir "tratar" el texto?

Comienzo por intentar comprenderlo, totalmente, en su lengua. Estoy pertrechado con mis queridos estudios clásicos, que incluyen mis lecturas anteriores de muchos pasajes, con el diccionario Bailly (Hachette, decimosexta edición, 1950), con la gramática de Allard y Feuillâtre (Hachette, edición de 1972) y con tres traducciones en francés fácilmente disponibles: la de Émile Chambry, que ya he mencionado, la de Léon Robin (col. Bibliothèque de la Pléiade, 1950) y la de Robert Baccou, en Garnier-Flammarion (1966). Me encarnizo, no dejo pasar nada, quiero que cada frase (y Platón escribe a veces frases de una longitud y de una complejidad memorables) tenga sentido para mí. Este primer esfuerzo es un enfrentamiento entre el texto y yo. No escribo nada, sólo quiero que el texto me hable sin guardar ningún irónico secreto en sus recovecos.

Luego escribo lo que libera en mí, en forma de pensamientos y de frases, la comprensión adquirida del fragmento de texto griego cuyo dominio estimo haber alcanzado. El resultado, aun cuando no sea nunca un olvido del texto original, ni siquiera de sus detalles, no es casi nunca una "traducción" en el sentido usual del término. Platón está entonces omnipresente, aunque tal vez ni una sola de sus frases se halle restituida con exactitud. [...]

Rara vez di en capitular. Algunas frases griegas, por aquí o por allí, no me inspiraron. Los eruditos las localizarán y alimentarán así el expediente de mi proceso de apostasía. Es en el capítulo VIII donde se encuentra la más grave de esas capitulaciones: todo un pasaje es pura y simplemente reemplazado por una improvisación de mi cosecha.

Poco a poco, mientras avanza ese tratamiento del texto, aparecen procedimientos más generales que serán aplicados y variados en la secuencia del trabajo. Algunos ejemplos. Introducción de un personaje femenino: Adiamanto se transforma en Amaranta. Completa libertad de referencias: si una tesis se sostiene mejor con una cita de Freud que con una alusión a Hipócrates, se elegirá a Freud, al que se supondrá conocido por Sócrates, lo cual es lo de menos. Modernización científica: lo que Platón dice, de modo muy acertado, a partir de la teoría de los números irracionales, se revelará también acertado si se habla de topología algebraica. Modernización de las imágenes: la Caverna del famoso mito se parece tanto a un inmenso cine que, sólo con describir ese cine y hacer que los prisioneros de Platón se vuelvan espectadores-prisioneros de lo mediático contemporáneo, obtendremos lo mismo, pero mejorado. Sobrevuelo de la Historia: ¿por qué quedarse en las guerras, revoluciones y tiranías del mundo griego, si son aún más convincentes la guerra de 1914-1918, la Comuna de París o Stalin? Mantenimiento constante de un verdadero diálogo, fuertemente teatralizado: ¿para qué conservar las interminables falsas preguntas de Sócrates, a las que los jóvenes, página tras página, sólo responden "sí", o "por supuesto", o "evidentemente"? Más vale aceptar un largo discurso demostrativo sin interrupción, o bien confiar una parte del desarrollo a los interlocutores. Más vale también que, a veces, los interlocutores de Sócrates se muestren reticentes. La tesis antipoética de Sócrates es tan increíble que incluso él, uno lo siente bien, desearía que fuera falsa. Que entonces uno de los jóvenes resista, que se declare de cabo a rabo no convencido, y la división íntima que induce la poesía en la filosofía, división cuyo presentimiento tuvo Platón, será restituida.

El lector descubrirá sin dificultades otros procedimientos de este género.

Es evidente que mi propio pensamiento y, de modo más general, el contexto filosófico contemporáneo, se infiltran en el tratamiento del texto de Platón, tanto más, sin duda, cuando no soy consciente de ello. Sin embargo, fue con plena conciencia como introduje, de modo axiomático, por así decir, cambios notorios en la "traducción" de ciertos conceptos fundamentales. Cito dos de esas decisiones cuyo alcance es considerable. Cambié la famosa "Idea del Bien" por "Idea de lo Verdadero", o incluso sencillamente por "Verdad". Cambié, asimismo, "alma" por "Sujeto". Es así como, en mi texto, se hablará de "la incorporación de un Sujeto a una Verdad" en vez de "la ascensión del alma hacia el Bien", y de "las tres instancias del Sujeto" en vez de "la tripartición del alma". Por lo demás, esas famosas tres partes, a menudo llamadas "concupiscencia", "corazón" y "razón", serán retomadas, en tanto instancias, como "Deseo", "Afecto" y "Pensamiento". También me permití traducir "Dios" por "gran Otro", y a veces, incluso, por "Otro" a secas.

Puede suceder que proponga deliberadamente muchas palabras francesas en resonancia con una sola palabra griega. Tal es el caso de la terrible "Politeia" que le da el título tradicional al libro de Platón. La traducción por "República" no tiene ningún sentido hoy en día, si es que alguna vez lo tuvo. En mi texto, empleo al menos cinco palabras, según el contexto, en los diferentes pasajes en que me topo con "politeia": país, Estado, sociedad, ciudad, política. Para calificar la empresa misma de Platón, la "Ciudad ideal" que él propone, utilizo tres expresiones: política verdadera, comunismo y quinta política. Otras veces introduzco de modo explícito una discusión, una vacilación, a propósito de la palabra adecuada. Es así como, en el largo pasaje sobre la tiranía y el hombre tiránico, Sócrates emplea con espontaneidad las palabras que provienen del texto griego (tiranía, tirano), mientras que Amaranta sugiere con obstinación que se hable de fascismo y de fascista. Espero haber logrado combinar, así, la proximidad constante con el texto original y un alejamiento radical, pero al cual el texto, tal como puede funcionar hoy en día, le confiere generosamente su legitimidad.

En eso consiste, después de todo, la eternidad de un texto.
Traducción: María del Carmen Rodríguez.

***
El mito de la caverna
Por Alain Badiou 

Uno de los pasajes más célebres del diálogo platónico, aquel en que Sócrates presenta su alegoría del mundo de las ideas, muda de escenario en la versión del intelectual francés: las sombras ilusorias se proyectan sobre una pantalla de cine

¿Por qué no? Imaginen una gigantesca sala de cine. Adelante, la pantalla, que sube hasta el techo -pero es tan alto que todo eso se pierde en la sombra-, le corta el paso a toda visión de otra cosa que no sea ella misma. La sala está colmada. Desde que existen, los espectadores están aprisionados en su asiento, con los ojos fijos en la pantalla y la cabeza sostenida por auriculares rígidos que les cubren los oídos. Detrás de esas decenas de millares de personas clavadas a sus butacas, hay, a la altura de las cabezas, una vasta pasarela de madera, paralela a la pantalla en toda su longitud. Detrás aun, enormes proyectores inundan la pantalla con una luz blanca casi insoportable.

-¡Qué lugar tan raro! -dice Glaucón.
-No mucho más que nuestra Tierra? Por la pasarela circulan toda suerte de autómatas, muñecas, siluetas de cartón, marionetas, sostenidos y animados por invisibles titiriteros o dirigidos por control remoto. Así pasan una y otra vez animales, camilleros, guadañeros, automóviles, cigüeñas, gente cualquiera, militares en armas, bandas de jóvenes de las afueras, tórtolas, animadores culturales, mujeres desnudas? Unos gritan, otros hablan, otros tocan el cornetín de pistón o el bandoneón, otros no hacen más que apurarse en silencio. En la pantalla se ven las sombras que los proyectores recortan en ese incierto carnaval. Y la muchedumbre inmóvil oye, a través de los auriculares, gritos y palabras.
-¡Mi Dios! -puntualiza Amaranta-. Extraño espectáculo, ¡más extraños aún los espectadores!
-Pues se nos parecen. ¿Ven ellos de sí mismos, de sus vecinos, de la sala y de las escenas grotescas de la pasarela, otra cosa que las sombras proyectadas en la pantalla por el torrente de las luces? ¿Oyen otra cosa que lo que les emite su casco?
-Ciertamente nada -exclama Glaucón-, si su cabeza está inmovilizada desde siempre sólo en dirección a la pantalla y sus oídos, tapados por los auriculares.
-Y tal es el caso. No tienen entonces ninguna otra percepción de lo visible que la mediación de las sombras, y ninguna otra de lo que se dice que la de las ondas. Si se supone, incluso, que inventan recursos para discutir entre ellos, le atribuirán necesariamente el mismo nombre a la sombra que ven y al objeto, que no ven, del cual esa sombra es la sombra.
-Sin contar -agrega Amaranta- que el objeto en la pasarela, robot o marioneta, es ya él mismo una copia. Se podría decir que no ven más que la sombra de una sombra.
-Y -completa Glaucón- que no oyen más que la copia digital de una copia física de las voces humanas.
-¡Y sí! Esos espectadores cautivos no tienen ningún modo de concluir que la materia de lo Verdadero es otra cosa que la sombra de un simulacro. ¿Pero qué pasaría si, rotas las cadenas y curada la alienación, su situación cambiara de todo en todo? ¡Atención! Nuestra fábula toma un cariz muy diferente. Imaginemos que se desata a un espectador, que se lo fuerza de pronto a levantarse, a volver la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, a caminar, a mirar la luz que emana de los proyectores. Por supuesto, va a sufrir por todos estos gestos inhabituales. Deslumbrado por los flotes luminosos, no puede discernir todo aquello cuyas sombras, antes de esta conversión forzada, contemplaba con tranquilidad. Supongamos que se le explica que su antigua situación sólo le permitía ver el equivalente, en el mundo de la nada, de las charlatanerías, y que es ahora cuando está cerca de lo que es, cuando puede enfrentarse a lo que es, de tal suerte que su visión es al fin susceptible de ser exacta. ¿No se quedaría atónito? ¿No se sentiría molesto? Será mucho peor si se le muestra, en la pasarela, el desfile de los robots, las muñecas, los fantoches y las marionetas, y si, a fuerza de preguntas, se le intenta hacer decir qué es todo aquello. Porque es seguro que las sombras anteriores serán aun, para él, más verdaderas que todo lo que se le muestra.
-Y en cierto sentido -observa Amaranta- lo son: ¿una sombra que valida una experiencia repetida no es más "real" que una repentina muñeca cuya proveniencia se ignora?
Inmóvil, tan incómodo como maravillado, Sócrates mira fijamente a Amaranta con sus ojos en silencio. Luego:
-Hay que ir hasta el final de la fábula, sin duda, antes de concluir en cuanto a lo real. Supongamos que se obliga a nuestro cobayo a mirar con fijeza los proyectores. Eso le hace atrozmente mal a los ojos, quiere huir, quiere volver a encontrar lo que soporta ver, esas sombras cuyo ser, según estima, es mucho más seguro que los objetos que se le muestran. Entonces, unos rudos mocetones a quienes les hemos pagado lo sacan sin miramientos de las filas de la sala. Le hacen pasar una pequeña puerta lateral disimulada hasta aquí. Lo echan en un túnel mugriento por el cual se desemboca, al aire libre, en los flancos iluminados de una montaña en primavera. Deslumbrado, se cubre los ojos con mano débil; nuestros agentes lo empujan en la pendiente escarpada, por largo tiempo, ¡cada vez más alto! ¡Más alto aún! Llegan a la cumbre, en pleno sol, y allí lo abandonan los guardias, que descienden de la montaña y desaparecen. Helo aquí solo, en el centro de un paisaje ilimitado. El exceso de luz devasta su conciencia. ¡Y cómo sufre por haber sido así arrastrado, maltratado, expuesto! ¡Cómo odia a nuestros mercenarios! Poco a poco, sin embargo, trata de mirar, hacia las crestas, hacia los valles, el mundo resplandeciente. Primero se enceguece por el esplendor de cada cosa y no ve nada de todo aquello de lo que decimos comúnmente: "Eso existe, está en verdad ahí". No es él quien podría decir como Hegel ante la Jungfrau, con un tono despreciativo, "das ist", eso sólo es. Intenta, no obstante, habituarse a la luz. Después de muchos esfuerzos, bajo un árbol aislado, termina por discernir el trazo de sombra del tronco, el recorte negro de las hojas, que le recuerdan la pantalla de su antiguo mundo. En un charco al pie de un peñasco alcanza a percibir el reflejo de las flores y de las hierbas. De allí pasa a los objetos mismos. Poco a poco, se va maravillando con los bosquecillos, con los pinos, con una oveja solitaria. Cae la noche. Al levantar los ojos hacia el cielo, ve la luna y las constelaciones, y aun alzarse a Venus. Sentado rígido sobre un viejo tronco, espía a la radiante. Ella emerge de los últimos rayos y, cada vez más brillante, declina y se abisma a su vez. ¡Venus! Al fin, una mañana, es el sol, no en las aguas modificables, ni según su reflejo exterior, sino el sol mismo, en sí y para sí, en su propio lugar. Lo mira, lo contempla, sumido en la beatitud de que sea tal cual es.
-¡Ah! -grita Amaranta-. ¡Qué ascensión nos describe! ¡Qué conversión!
-Gracias, jovencita. ¿Harías tú lo mismo que él? Porque él, nuestro anónimo, aplicando su pensamiento a lo que ve, demuestra que de la posición aparente del sol dependen las horas y las estaciones y que, de tal modo, el ser-ahí de lo visible está suspendido a ese astro, de modo tal que se puede decir: sí, el sol es el regente de todos los objetos de los que nuestros antiguos vecinos, los espectadores de la gran sala cerrada, no ven sino la sombra de una sombra. Al evocar así su primera morada -la pantalla, el proyector, las imágenes artificiales, sus compañeros de impostura-, nuestro evadido involuntario se regocija de haber sido echado de allí y siente piedad por todos aquellos que se quedaron clavados en su butaca de visionarios ciegos.
-Rara vez la piedad -objeta Amaranta- es buena consejera.
-¡Ah! -responde Sócrates, fijando en ella sus pequeños ojos negros y duros-, eres sin duda una jovencita: violenta y sin piedad. Volvamos pues al pensamiento puro. En el reino de los artificios, en la caverna de lo aparente, ¿quién tenía entonces el primer rol? ¿Quién podía vanagloriarse de aventajar a los otros, sino aquel cuyo ojo penetrante y cuya memoria sensible registraban las sombras pasajeras -localizando las que volvían a menudo, las que raramente se veían, las que pasaban agrupadas o siempre solitarias-, aquel que era el más apto, en suma, para percibir lo que iba a sobrevenir en la superficie apremiante de lo visible? ¿Creen que nuestro evadido, después de haber contemplado el sol, estaría celoso de esos adivinos del juego de las sombras? ¿Que envidiaría su superioridad y desearía gozar de las ventajas que de ella sacan, por más grandes que sean? ¿No sería más bien como Aquiles en laIlíada, que prefería cien veces ser un siervo atado a la gleba y a la carreta en lugar de vivir, como lo hacía, en una suntuosidad puramente ilusoria?
-¡Oh, Sócrates! Lo veo a usted también, extasiado, esconderse detrás de Homero -se burla Amaranta.
-Después de todo, soy griego -murmura Sócrates, a la defensiva.
-¿Y si -interrumpe Glaucón, que teme una querella- imagináramos que nuestro evadido desciende realmente a la caverna?
-Estará forzado a ello -dice Sócrates con un aire grave-. En todo caso, si regresa a su lugar, serán esta vez las tinieblas las que, después de la iluminación solar, lo cieguen de pronto. Y si, incluso antes de que sus ojos hayan vuelto a acostumbrarse a la sombra, entra en competencia con sus antiguos vecinos, que nunca dejaron su butaca, para anticipar el devenir de lo que se proyecta en la pantalla, será sin duda alguna el cómico de la fila. Se murmurará por todas partes que sólo salió y subió tan alto para volver miope y estúpido. Consecuencia inmediata: ya nadie tendrá la más mínima gana de imitarlo. Y si, habitado por el deseo de compartir con ellos la Idea del sol, la Idea de lo Verdadero visible, intenta desatarlos y conducirlos para que, como él, sepan qué es el nuevo día, creo que lo atraparán y lo matarán.
-¡Se le va la mano!- dice Glaucón.
-Es que uno de esos adivinos despreciables de los que se burlaba ayer por la tarde tu hermana me lo ha anunciado: me matarán, a mí, Sócrates, porque aún a los 70 años me obstinaré en preguntar dónde está la salida de este mundo oscuro, dónde está el verdadero día.

La República de Platón
Alain Badiou
Fondo de Cultura Económica

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Cuando Sócrates cita a Spinoza, Mao y Freud
Por José Fernández Vega  

La libre y muy accesible "hípertraducción" del clásico platónico que ofrece Alain Badiou defiende algunas nociones que van a contrapelo de las dominantes en el pensamiento actual y aspira a plantear como alternativa las virtudes humanas del comunitarismo.

El famoso comentario de Alfred Whitehead según el cual la filosofía occidental consiste apenas en una serie de notas a pie de página a la obra de Platón acaso suene exagerado aunque nadie lo desechó por falso. Platón asentó el significado de la palabra filosofía y aportó a ella su más antiguo personaje conceptual, Sócrates, carismático, discutidor y mártir. Junto con su díscolo y genial discípulo Aristóteles, presidió el pensamiento europeo durante al menos dos milenios. Enemigo nominal del arte, Platón legó una impresionante obra a la vez teórica y lírica, cuyos ecos resuenan aún en el pensamiento y la literatura contemporáneos. Legiones de intérpretes vienen discutiendo sus nociones desde el fondo de los tiempos.

República es posiblemente su diálogo más influyente y difundido, quizá no el más encantador (Banquete, por caso, compite con ventaja). Allí intentó forjar un diseño político ideal por cuya realización práctica es factible que ni siquiera estuviera muy decidido. En su accesible -a veces trabajosa y otras divertidas- versión de ese extenso diálogo, Alain Badiou intenta arrancarlo de las usuales manos conservadoras y expropiárselo a los filólogos devocionales que cristalizan unas ideas o las vuelven demasiado técnicas.

En contraste, las primeras reacciones de algunos destacados platonistas franceses resultaron favorables. Estimaron este original proyecto como una iniciativa vivificante, si bien es obvio que los juegos nocturnos de un filósofo parisino del siglo XXI de ningún modo reemplazan las amenas y sofisticadas polémicas griegas escenificadas a pleno sol hace dos milenios y medio.

¿UNA REMAKE MARXISTA?

La apuesta de Badiou es también audaz. En las propias filas radicales difícilmente encontrará aliados que demuestren mucho entusiasmo por una empresa como la que se propuso. Desde el flanco izquierdista, en Platón se reconoce un hito cultural indiscutible aunque, alguna eminente excepción aparte, se lo margina como inasimilable para una política emancipadora. Incluso liberales tan distintos entre sí como Bertrand Russell o Karl Popper abominaron de su pensamiento político porque lo asociaban a un rancio autoritarismo elitista, cuando no precursor del fascismo.

Los custodios de la tradición, por su parte, repudiarán que alguien ose poner sus sucias manos sobre el texto del venerable ateniense, al que se puede adorar y estudiar a distancia, pero nunca manipular. En oposición a unos y otros, Badiou trata de aprovechar el peculiar "comunismo" propuesto por Platón en su diálogo para volver a dramatizar una amplia discusión acerca del papel de la filosofía, su relación con la política y los motivos críticos y programáticos de su personal posición, que llamó "hipótesis comunista".

Esta "hípertraducción" de República, como la denominó su autor, le ocupó seis largos años. La inversión multiplica sus réditos. Una adaptación pronto subirá a escena en París y, según informa la edición francesa de Vanity Fair, ahora Badiou prepara un guión sobre cierto texto platónico que se filmará en Hollywood protagonizado por Brad Pitt. Para alivio de la ortodoxia, aclaró que ninguna frase de Platón se mantendrá en los diálogos del film, como tampoco ocurre en su República.

La libre versión de Platón que ofrece su libro está dirigida a defender algunas nociones que van a contrapelo de las predominantes en el pensamiento actual. Si hoy prevalece el relativismo posmoderno, se recurre a Platón para reivindicar lo universal. Si la esfera pública vigente se basa en un abundante tráfico de meras opiniones, Badiou aspira a establecer en ella una fuerte noción de verdad, algo que en el discurso político de nuestros días parece insostenible. ¿Quién hablaría en nombre de la verdad sin exponerse al usual reproche de considerarse dueño absoluto de ella, o a ser acusado de dogmático y prepotente? Badiou rompe lanzas por la verdad en política al tiempo que repudia a los sofistas contemporáneos para quienes "toda opinión es válida".

FIELES INFIDELIDADES

Claramente transgresora, otra cosa es que esta iniciativa que conjuga imaginación teórica y trabajo literario (como su modelo de la Antigüedad) sea meritoria en sí misma. En la nueva República, Sócrates cita a Mao, a Freud, a Spinoza. Estos anacronismos no sólo agregan notas graciosas, siempre oportunas y penetrantes, sino que asimismo buscan consolidar una plataforma desde la cual lanzar ácidas críticas a la cultura y la política contemporáneas. Ésta es otra manera de mantenerse fiel al espíritu de la vieja República, si bien nunca a la letra.

También se respeta la sucesión temática del original. El autor se ocupa de puntualizar algunos de sus procedimientos y apostasías en un prefacio. Allí escribe que decidió instalar el famoso mito de la caverna en una sala de cine (de hecho, Platón casi anticipó esa posibilidad en su célebre mito) y transformar muchos conceptos (alma se vuelve sujeto, tiranía se traslada a fascismo, ciudad ideal se dice comunismo). Entre otras innovaciones, Badiou introduce un irreverente personaje femenino, Amaranta, que contrasta con los antagonistas (masculinos) casi siempre demasiado asertivos de Platón.

La cuestión de la justicia, tema central de República, se halla en esta versión atravesada por la crisis de legitimidad de las repúblicas realmente existentes. Interviniendo sobre la clasificación de Platón, se distinguen cinco tipos de política. Una buena, el comunismo, y cuatro malas: timocracia, oligarquía, democracia y fascismo (o tiranía). A cada una le corresponde un tipo humano particular, dominado por una pasión. El comunismo orienta a los hombres hacia las ideas, mientras que las otras privilegian el honor militar, la riqueza, la libertad de las opiniones (es decir, un mercado renuente a la búsqueda de la verdad) o el deseo de uno solo (el déspota).

Especialmente agudas son las referencias "socráticas" a Lacan, en las que Badiou busca apoyos para su anatomía de lo que llama el "hombre democrático": individuo patético, inmerso en la tontería, angustiado, sometido a la ley social de la diversión a toda cosa y al imperativo del consumo incesante. Un auténtico esclavo o, dicho según su jerga teórica, alguien incapacitado para "devenir sujeto". Frente a los muchos padecimientos innecesarios que genera el individualismo extremo de nuestra época, la nueva República plantea como alternativa las virtudes humanas del comunitarismo. Con ello se cumple la función social específica de la filosofía: contribuir a la reorientación de la existencia.

FILOSOFÍAS Y DICTADURAS

Entusiasta de la comunidad platónica de los bienes, Badiou elude con elegancia definiciones mayores sobre la comunidad social de niños y mujeres propuesta por la vieja República. A ellas, en un gesto raro para su época, Platón las equipara con los hombres, y de los niños afirma que deben ser criados por la sociedad entera, no por las familias. Se trata de asuntos que decidirá alguna forma de comunidad futura; es demasiado temprano para hablar del tema, arguye un Sócrates redivivo ante la insistencia de una Amaranta finalmente decepcionada.

Con menos reparos, sin falsa modestia, Badiou sostuvo en un artículo que es el último exponente de la gran corriente de pensamiento francés que proyectó una vasta influencia global desde el final de la Segunda Guerra hasta algún momento de la última década del siglo pasado. Habrá quien lamente este desenlace, pero no quien lo discuta. En el ambiente contemporáneo, representa un caso único. Porque este pensador, declarado marxista y militante de origen maoísta, se dejó seducir por el amor platónico a las ideas y las matemáticas (amor no es aquí una simple metáfora, puesto que determina muchas cosas en su personal filosofía).

Badiou reivindica el pensamiento metafísico dentro una atmósfera cultural hostil, que se autodefine como postmetafísica. Así, el autor va en busca de una tradición lejana, cuyo potencial para la crítica del presente considera enorme si se la reelabora políticamente. Por cierto, las relaciones de la filosofía con la política, sin duda íntimas, fueron asimismo complejas.

En su saludo a Martin Heidegger por sus ochenta años, Hannah Arendt aseguró que desde Platón la filosofía se dejaba atraer por las tiranías. Arendt ensayaba en realidad una disculpa por la ¿episódica? adhesión al nazismo de su (amado) maestro Heidegger. Astuta, trató de jerarquizarla, o más bien difuminarla, inscribiéndola en una larga tradición cuya única excepción reconocía en Kant. Badiou añadió su nombre a la penosa, platónica serie señalada por Arendt debido a sus expresiones de apoyo al atroz régimen de Pol Pot en Camboya, que ahora lamenta.

¿QUÉ HACER CON LOS CLÁSICOS?

La República de Badiou defiende una visión de la práctica política basada en el desprecio del poder y del Estado. Ella se combina con una concepción bastante tradicional de la filosofía, aunque traspasada por motivos militantes que la convierten no sólo en un instrumento crítico sino también en una fuente de proposiciones. Su obsesión, compartida con Platón, consiste en identificar criterios que permitan definir la vida buena orientada por una idea de justicia que se aplique por igual a los individuos y a las organizaciones políticas.

La literatura argentina, sólo por referirse a ella, se encuentra habituada a experimentos de reescritura. De Estanislao del Campo a Pablo Katchadjan, pasando por Pierre Menard, las versiones de los clásicos con serios fines irónicos resultan algo común. La filosofía, en comparación, perdió esa costumbre. La nueva República, a su manera, se suma a la lista de anónimos diálogos apócrifos que circularon en la historia bajo el nombre de Platón. Sólo que, al revelar su autoría, Badiou es más sincero que sus precursores (o ya no tiene cómo esconderse).

Alternando digresiones personales, fórmulas matemáticas, citas poéticas y referencias a la historia reciente con reformulaciones teóricas creativas y feroces repudios a la condición social de nuestros días, Badiou rinde un peculiar homenaje a Platón. En el mismo movimiento, intenta radicalizar su clásico texto y con ello beneficia, de modo indirecto, su comprensión.

Se dice que cada generación está impulsada a releer a los clásicos a la luz de sus propios problemas. Badiou simplemente replicaría: ¿y por qué no también a reescribirlos?

***
Fragmentos
Platón y Badiou, cara a cara

La escritura del filósofo francés apela a los anacronismos y a la ampliación, como puede comprobarse cotejando estos textos enfrentados. La versión del clásico griego es del gran helenista Conrado Eggers Lan y la de La República de Platón, de María del Carmen Rodríguez


PLATÓN
República. Libro III - 403 a-d

Glaucón: -Entiendo -respondí-, porque amas o has amado a alguien así; y lo admito. Pero dime esto: ¿tiene el placer excesivo algo en común con la moderación?
Sócrates: -¿Y cómo podría tenerlo, si saca de quicio al hombre, no menos que el dolor?
-¿Y con alguna otra virtud tiene algo en común?
-De ningún modo.
-¿Y con la demencia y la intemperancia?
-Con éstas, más que con cualquier otra cosa.
-Veamos: ¿puedes mencionar algún placer más fuerte y más vivo que el placer sexual?
-No, ni tampoco alguno más próximo a la locura.
-Pero el verdadero amor consiste por naturaleza en amar de forma moderada y armoniosa lo ordenado y bello.
-Sí.
-En tal caso, no se adicionará al verdadero amor nada afín a la locura ni a la intemperancia.
-No, ciertamente.
-Ni tampoco se le adicionará aquel placer ya mencionado, que no debe tener nada en común con el amante y el amado que se aman verdaderamente.
-No, Sócrates, no hay que añadírselo, por Zeus.
-Si es así como parece, en el Estado que estamos fundando promulgarás una ley según la cual un amante deberá besar al amado, estar junto a él y acariciarlo como a un hijo, con un propósito noble y si media consentimiento; pero por lo demás su relación con aquel por el cual se preocupa debe ser tal, que nunca se crea que el trato ha ido más lejos. En caso contrario, que afronte el reproche de tosquedad y del mal gusto.
-Así sea.
-¿Y no te parece que ahora ha alcanzado su fin el discurso acerca de la música? Pues ha terminado donde debía terminar, ya que conviene que la música termine en el amor de lo bello.
República. Libro III - 404 a
Sócrates : -Entonces se necesita un tipo de ejercicio más adecuado a nuestros guerreros atletas, quienes, como los perros, deben estar siempre alertas y aguzar al máximo ojos y oídos, y aun cuando sufran muchos cambios durante las campañas -sea de agua y diversos alimentos, sea de calores solares y de tormentas invernales- han de gozar de una salud resistente.
-Estoy de acuerdo.
-En tal caso, ¿la mejor gimnasia no estará hermanada con la música que hace un momento describíamos?
-¿Qué quieres decir?
-Pienso en una gimnasia simple y adecuada especialmente en lo que concierne a la guerra.
-¿Y cómo será?
-Eso lo hemos aprendido de Homero. Sabes que, cuando sus héroes comen en campaña, no los alimenta con pescado, ni aunque estén junto al mar o en el Helesponto, y tampoco con carne hervida, sino sólo asada, que es la que más fácil pueden procurarse los soldados. Porque, como se suele decir, en todas partes es más fácil proveerse del fuego solo que dar vueltas de un lado a otro llevando potes.
-Más fácil, en efecto. [...]
-Y no creo, mi querido amigo, que apruebes la mesa siracusana ni la variedad de platos sicilianos, salvo que opines que estas cosas son correctas.
-No, no opino eso.
-En tal caso, también censurarás a los hombres que, debiendo mantener su cuerpo en forma, tengan una joven corintia como concubina.

BADIOU
La República de Platón. Página 130

Glaucón: -El placer puede tener algo de violento y de excesivo, ¿no?
Sócrates: -No siempre, pero sí a menudo.
-¿Puedes citarme un placer más sostenido y, a la vez, más intenso que el placer sexual?
-No lo hay. El sexo es un verdadero furor de los cuerpos.
-Pero el amor, ese que sirve para transmitir de un viviente a otro, por ejemplo, de un maestro a su joven discípulo, las figuras adquiridas de la razón, ¿no debe ser un amor orientado, según el modelo de la sobria música de la que hablábamos, por aquello cuya idea misma es belleza?
-Así lo creo.
-A ese amor, de algún modo didáctico, Freud lo llama amor de transferencia, porque circula del cuerpo hacia la Idea. Debe permanecer al abrigo de la locura y del desenfreno. Entre el viejo maestro y el joven discípulo o la joven discípula, que se aman con un amor verdadero que el compartir la Idea, poco a poco, envuelve, se trata sin duda del cuerpo, pero en absoluto de las incomparables voluptuosidades del sexo. [...] Hay que amar a quienes se instruye y amar a quien instruye. No será escandaloso que los maestros, sea cual fuere su sexo, se acerquen a los jóvenes, los frecuenten, les hablen, los besen, los toquen? Serán como un padre y una madre cuya meta es transmitir a sus hijos lo mejor que hay en el mundo: el secreto de una vida verdadera.
-Pero no se acostarán con sus alumnos -dice brutalmente Amaranta.
-O al menos -matiza Sócrates, con los ojitos iluminados y reidores-, si lo hacen, será en el elemento de una pasión amorosa singular, durable, o incluso eterna, de la que el encuentro maestro-alumno o alumna no habrá sido más que la ocasión.
-¡Esa famosa ocasión -interrumpe Amaranta- que hace al ladrón!

La República de Platón. Página 134

Sócrates : -Prescribiremos entonces un régimen más simple y, a la vez, más refinado. Porque nuestras jóvenes y nuestros jóvenes deben estar siempre alertas, ver, oír y nombrar todo lo singular que sucede allí donde estén. Aunque la acción pueda imponerles cambios bruscos -las aguas, la carne de caza, las costumbres, todo, en campaña, puede ser diferente de aquello a lo que se está habituado-, aunque tengan que soportar el sol del desierto y las nieves del Gran Norte, deben conservar una forma física impecable. Podemos concluir que bebida, comida y ejercicios físicos deben obedecer a las mismas reglas que hemos despejado en lo que concierne a la cultura literaria y musical: simplicidad, medida, matiz. La guerra, aquí, puede guiarnos.
-¿La guerra? ¿Guiarnos? ¿Pero cómo? -dice una Amaranta incrédula.
-Pues bien, releamos a Homero.
-Yo creía que no valía nada.
-Salvo cuando vale más que todos los otros poetas reunidos. Recuerda lo que comen los héroes de la Ilíada cuando están en campaña. Homero no los alimenta ni con pescado -aun cuando acampan al borde del mar- ni con carnes hervidas. El menú es, invariablemente: carnes asadas, ensaladas, quesos. [...]
-Tampoco creo, cuestión sobriedad -dice Amaranta con un aire de inocencia-, que sea necesario en absoluto mantener a fuerza de dólares a una amante ucraniana con la pelambre rubia y el coño afeitado.
-¡Oh, Amaranta! -se ruboriza Glaucón.
-Dejémoslo ahí -sonríe Sócrates..


Articulo : http://www.lanacion.com.ar 12/07/2013

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