samedi 20 juillet 2013

Alan FURST/"Jamás escribiría sobre Assange y Snowden, no son unos héroes"

Alan Furst
"Jamás escribiría sobre Assange y Snowden, no son unos héroes"
Por Nuria AZANCOT 

Hace más de setenta años, sin intuir la existencia de la red ni de algo llamado wikileaks, Lorca escribió que “hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo”. Lo han hecho. Las revelaciones de Assange y Snowden desbordan cualquier ficción de espías soñada por maestros como John Le Carré, Graham Greene o Alan Furst, considerado por el New York Times como el genio contemporáneo del género gracias a sus novelas ambientadas en los años 30 y 40. El Cultural ha conversado con él sobre idealismo y lealtad, teniendo en cuenta que “traicionamos para ser leales”, según Le Carré. Además, publicamos un reportaje sobre cómo convertir a un corresponsal en creador de novelas de espionaje y revisamos los clásicos de espías en ensayo y ficción.

Desde su refugio en Sag Harbour, Long Island, donde vive desde hace veinte años, Alan Furst (Manhattan, 1951) recuerda con nostalgia su ajetreada vida: hijo único de unos padres mayores, se acostumbró a vagabundear por Nueva York, y a amar desesperadamente su ciudad. Estudió literatura y antropología con Margaret Mead, y al acabar sus estudios universitarios condujo un taxi, escribió poesía, dio clases en la universidad de Pensilvania State y acabó enseñando inglés en la universidad de Montpellier. 

A su vuelta, se instaló en Seattle, comenzó a escribir novelas de espías y a colaborar en revistas como “Esquire” antes de trasladarse a París, donde estuvo trabajando para el International Herald Tribune siete apasionantes años que se reflejan en todas sus novelas. Traducidas a dieciocho idiomas, en España Seix Barral ha publicado, entre otras, Espías de los Balcanes, 2012; Soldados de la noche, 2010, Los espías de Varsovia, 2009 y Un oscuro viaje, 2008. 

Furst reconoce que cada uno de los libros publicados hasta el momento son como capítulos de una novela global que sigue creciendo hasta convertirle, según el New York Times, en el más importante creador de novelas de espías actual, con permiso de Le Carré. Sin embargo, y a diferencia del maestro inglés, sus novelas se ambientan en el periodo previo a la II Guerra Mundial (1933) hasta 1944, cuando la derrota del nazismo comenzaba a parecer inevitable. Un tiempo lleno de héroes, causas perdidas, idealismo...

Asegura Furst que jamás le ha interesado escribir sobre la guerra fría, con dos bandos claramente diferenciados, los buenos (Occidente), los malos (la Unión Soviética y sus satélites) y los peligrosos infiltrados, esos topos que tanto juego dieron al propio Le Carré por su ambigüedad moral y extraños principios, que les llevaban a traicionar “para ser leales”. Tampoco sobre el presente, surgido tras la caída del Muro y el 11-S, que desvelaron nuevos aliados y nuevas amenazas, mientras las operaciones de los servicios secretos, al límite de la ley, se convertían en carne de periódico.

Idealismo y causas perdidas

“Todo resulta muy confuso -subraya el escritor neoyorquino-. No podemos comprender los mejores ni los peores momentos de la actualidad porque nos faltan claves sustanciales, mientras que en la novela todo debe salir bien y no puedes dejar cabos sueltos. Mi trabajo es una mezcla de las dos, aunque los buenos ganan siempre y en la vida real no suele suceder: demasiado a menudo los villanos se salen con la suya, las víctimas no encuentran reconocimiento ni consuelo. Pero, créame, hay personajes actuales sobre los que jamás escribiría una línea”.

-¿Como Assange y a Snowden, por ejemplo?
-Desde luego. Jamás. Ninguno de ellos es un héroe, todo lo contrario, así que no me puedo imaginar una novela sobre semejantes sujetos. La razón por la que ambiento mis novelas en los años 30 y 40 del siglo pasado es que las personas involucradas en el espionaje entonces estaban impulsadas por el idealismo, equivocado o no. Hoy en día, individuos como Assange y Snowden parecen estar jugando para sus amigos, es muy diferente. Lo que quieren es causar el mayor daño posible y camuflarlo bajo el disfraz de ‘el público debe saber'. Sin embargo, si se leen sus declaraciones, sus motivos parecen cada vez más sospechosos y algunas afirmaciones de Snowden, por ejemplo, suenan un poco extrañas, incluso infantiles.

-¿Se imagina qué podrían hacer con una trama así Le Carré o Graham Greene?
-Seguramente Le Carré escribiría una buena novela, pero tendría que cambiar bastante las circunstancias que rodean al protagonista, de manera que retratase a un individuo aislado, atormentado por las dudas, hasta convertirlo en alguien que el lector pudiera aceptar. En cuanto a Greene, intentaría justificarlo por razones religiosas o espirituales, pero en realidad no creo que los problemas actuales le interesasen demasiado.

El iPad, una ventana al mundo

-¿Somos tan vulnerables como parece por culpa de internet? 
-Creo que sí, pero tendríamos que ser conscientes de lo que hacemos y de cómo y para qué, porque somos nosotros mismos los que nos colocamos en esa situación. Muchos de los personajes públicos que se han metido en problemas en las redes estaban usando las cámaras de sus iPhones. ¿Llegaron realmente a convencerse de que cualquier cosa que grabaran seguiría conservaría su privacidad? Internet es muy útil, pero las nuevas tecnologías fomentan nuestra vulnerabilidad: el móvil, el iPad, son ventanas abiertas a todo el mundo.

Confiesa Furst que él sólo acude a internet para comprobar algún dato, pero que sigue trabajando en una vieja máquina de escribir, en el garaje de su casa, y que la base real de su obra es la investigación. Así, para escribir Espías en los Balcanes pasó apenas un par de días en Salónica, pero estuvo “seis meses con la nariz metida en libros sobre Grecia. Así me impregno de la naturaleza del lugar sobre el que quiero escribir”. Su secreto, subraya “son los libros. Libros que compro todo el tiempo sobre el periodo acerca del que estoy escribiendo. Es algo adictivo, puede creerme, no hay nada como leer páginas y páginas sobre acontecimientos olvidados pero extraordinarios que sucedieron en un momento decisivo. El periodo que me apasiona, 1933-1944, es fascinante. Por eso mi único secreto es el trabajo duro, leer y leer hasta que llego a comprender las circunstancias en las que pudieron desarrollarse los hechos lo suficientemente bien como para que resulten creíbles. 

-¿Y qué está escribiendo ahora?
-Una novela sobre la guerra civil española, vista desde la perspectiva de los españoles refugiados en París. No puedo contarle mucho más, excepto que este libro estará relacionado con mis obras anteriores, y que, como siempre, volverán a aparecer alguno de mis personajes, conocidos ya por mis lectores.

-¿Volverá a dar protagonismo a las víctimas?
-Desde luego. Como he explicado a menudo, me interesan sobre todo las víctimas, tanto como los héroes y los villanos. A pesar de los optimistas, la naturaleza humana no cambia.

-Más allá de la documentación, ¿cuántos de sus personajes son homenajes a gente real?
-Bueno, se basan en muchas personalidades; suelo tomar un rasgo de aquí, otro de aquel, hasta que se convierten en gente que fácilmente podría haber existido, aunque no, no son reales. Por ejemplo, la gente fuma cigarrillos en mis libros, porque entonces era lo habitual. Pero lo más importante para acentuar el carácter realista de personajes de ese periodo es que no conocían el futuro, así que tenían que trabajar con lo poco que sabían gracias a los periódicos y la radio. 

Admirador de Le Carré y Greene y Ambler, Furst se considera un autor humanista, “heredero de la rica tradición cultural europea” y un apasionado “admirador de Joseph Roth, Isak Babel y George Orwell. Aprendí mucho leyendo a Anthony Powell y a Hemingway, que era un excelente escritor y un gran maestro. ¿Seguidores? La verdad es que no leo novela contemporánea, así que no lo sé y, la verdad, no me importa demasiado”. 

***
El arte de escribir novelas de espías
Por Adam LEBOR

Miren bajo la superficie de un periodista, sobre todo si es un corresponsal en el extranjero, y la mayoría de las veces encontrarán a un escritor frustrado de thrillers. Cubrimos disturbios, revoluciones y golpes de Estado; nos detienen, nos disparan, nos lanzan gas lacrimógeno, y todo mientras recopilamos experiencias y material que son la esencia misma del drama humano. Que usemos la libreta para crear tanto obras de ficción como textos objetivos parece una evolución natural.

En teoría, escribir una novela de espías es sencillo. La fórmula básica se remonta a la antigüedad, a la Odisea y la Biblia. Tomen un héroe imperfecto pero simpático, envíenlo a un arriesgado viaje en el que se ve obligado a enfrentarse a sus demonios interiores, hagan que el peligro crezca a cada paso, que un aliado o dos lo traicionen, pero asegúrense de que derrota al enemigo y sale magullado, más sabio y triunfante.

En la práctica, sin embargo, es algo más complicado. Al principio, me pareció que mi experiencia como corresponsal era positiva en lo tocante a la ficción. Tras 20 años cubriendo noticias en Europa del Este tenía buen ojo para los detalles reveladores, sabía reconocer una buena cita y había adquirido algunos conocimientos sobre las intrigas internacionales. Pero en muchos sentidos, las seis preguntas del periodismo -quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo - son un mal entrenamiento para una carrera en la literatura de ficción.

La esencia del periodismo es la revelación y la explicación: presentamos al lector los motivos y las consecuencias de un acontecimiento. Respondemos a las preguntas, transmitimos las complejidades y nos encargamos de las reflexiones para que ustedes no tengan que hacerlo. O no demasiado. La esencia de la ficción, especialmente la de la novela de espías, es justo la contrario: la confusión, el misterio y el engaño serpentean a través de un laberinto de curvas (en el mejor de los casos, sembrado de cadáveres de agentes dobles, víctimas inocentes, mujeres fatales y empresarios siniestros).Una gran parte del placer de quien lee novelas de suspense y crímenes y libros de misterio reside en ser capaz de encontrar el camino y conectar los hechos por sí solo (un susurro en la página 5, por ejemplo, que se repite en la 205).

Mi primera novela de suspense, The Budapest Protocol, se inspiraba en un documento del espionaje estadounidense de 1944 que exponía el plan secreto nazi para el Cuarto Reich: un imperio económico que se asemeja alarmantemente a la actual Unión Europea. El argumento estaba trazado, así que a continuación venía el héroe. Alex Farkas era un corresponsal en el extranjero afincado en Budapest que echa por tierra la conspiración y conquista a la heroína de piernas largas y atractivas. Los primeros borradores eran en esencia versiones ampliadas de lo anterior. Hacia la página 3, había desvelado el argumento. En la 6, había indicado el posible final. No era un thriller. Era un memorándum.

Pronto comprendí que escribir ficción exigía no tanto aprender a marchas forzadas el arte de dominar la trama y el ritmo, los personajes y el pulso narrativo, como una gran curva de desaprendizaje. Y una vez vencido el impulso de explicar, había otros peligros: abusar de la investigación; ofrecer demasiados indicios a unos lectores que suponemos tontos para encontrar las co- nexiones (no lo son); y los diálogos didácticos. Quizás lo peor de todo sea el síndrome de la autobiografía. Como me decía un amigo: “Disfruté de The Budapest Protocol, Adam, pero a lo mejor la próxima vez deberías probar a crear un protagonista que no sea periodista y no tenga un nombre de cuatro letras que empiece por A”.

Pero con tenacidad y trabajo duro, se puede llegar a desaprender. El modelo, por supuesto, es Frederick Forsyth, que trabajó como periodista para Reuters y la BBC. Su primera novela, Chacal, es tensa, apasionante y está escrita con brillantez. “La tensión proviene de la doble persecución”, me explicaba Forsyth hace poco. “Chacal persigue a de Gaulle, mientras que los servicios secretos franceses persiguen a Chacal”. Según Forsyth, el ciclo informativo actual ofrece multitud de fuentes de inspiración a los corresponsales en el extranjero que quieran probar suerte escribiendo novelas de suspense. “Básate en tu propia experiencia”, proseguía. “Si has cubierto los acontecimientos de Irak, Afganistán o Somalia, escribe sobre ellos, porque estabas allí, fuiste testigo de lo que pasó y lo conoces muy bien”.Chacal es un libro cargado de información, lleno de instrucciones útiles, desde cómo conseguir un pasaporte falso -tomen el nombre de un bebé muerto del cementerio de una iglesia - hasta cómo comprar ilegalmente y montar un rifle de francotirador. El libro se publicó en 1971, pero la artimaña del pasaporte seguía siendo válida muchos años después, según Forsyth, hasta que aparecieron los pasaportes biométricos. 

Puede que sea el “factor Forsyth”, pero tener un apellido que empieza por F ayuda. Dan Fesperman, que trabajó como periodista y corresponsal para The Baltimore Sun, ha escrito ocho novelas de espías. El británico John Fullerton fue periodista de Reuters. Alan Furst hizo un viaje en barco por el Mar Negro y a lo largo del Danubio por encargo de Esquire, lo que le sirvió de inspiración para sus novelas. Pero la F no es imprescindible. La exitosa trilogía de Lisbeth Salander escrita por Stieg Larsson se basa en su trabajo como periodista investigando a la extrema derecha de Suecia. Alex Berenson, un antiguo periodista de The New York Times, pasó algún tiempo en Irak en 2003 y 2004, lo que le sirvió de inspiración para su serie de John Wells. “La intensidad de la experiencia fue un combustible potente para mí como escritor”, me decía en un mensaje de correo electrónico. “Algunos pasajes de The Faithful Spy están sacados directamente de lo que vi”. 

Pero la actualidad excesiva tiene sus riesgos. Un ataque aéreo israelí en Irán o un ataque norcoreano en Corea del Sur parecen argumentos perfectos. ¿Pero y si disminuye la tensión en Oriente Próximo o Pyongyang y Seúl vuelven a llevarse bien? Como dice Berenson: “Quiero estar por delante de las noticias y apartarme de ellas”. En la era del ciclo informativo de 24 horas, los escritores de thrillers siguen necesitando pulsar el botón de pausa. 

Espías, ficción y realidad Del agente Smiley a James Bond pasando por el Chacal, los espías han sido una mina literaria que ha dado libros, historias y protagonistas míticos. Recordamos algunos de las grandes novelas y ensayos El Topo. John Le Carré. Debolsillo, 2004 Su reciente adaptación al cine redescubrió para las nuevas generaciones al inolvidable George Smiley que aquí se presenta. El taciturno agente (bien poco “sonriente”) enfrenta un dilema clásico del género, el descubrimiento de un infiltrado, en una intriga que podría calificarse de perfecta.

La máscara de Dimitrios. Eric Ambler. Edhasa, 2004. La gran precursora de la novela de espionaje adulto, sin héroes, sin épica, cargada de cinismo y desazón. Un escritor inglés se convierte accidentalmente en espía y se lanza a la caza del criminal internacional Dimitrios por media Europa. El americano tranquilo. Graham Greene. RBA, 2012. ¿Por qué no El tercer hombre? Es tan buena como El americano tranquilo (o impasible) aunque más convencional. Este último es un libro exótico, una historia de amor a tres bandas en el Vietnam prebélico. Una trama de espionaje sutil e inteligente.

Desde Rusia con amor. Ian Fleming. B de Books, 2011. Es el ESPÍA con mayúsculas, al servicio de su majestad y con licencia para matar. Y ésta, la quinta de la serie de novelas escritas por Fleming, es su más famosa aventura. James Bond no sólo se enfrenta con éxito a la temible KGB sino que, como no podía ser menos, conquista el corazón de su más peligrosa agente. Chacal. Frederik Forsyth. Debolsillo, 2012. Basada en el intento real de magnicidio que sufrió De Gaulle a manos del grupo terrorista OAS, la intriga persigue los pasos de un asesino a sueldo y de su perseguidor, un detective francés, en una de las más emocionantes cuentas atrás escritas.

La CIA y la Guerra Fría cultural. Frances Stonor Saunders. Debate, 2013. El ensayo de referencia acerca de la manipulación cultural de las agencias de espionaje es un compendio de asombros. Defiende que algunos de los defensores de las libertades en Occidente (Orwell, Russell, Sartre o Schle- singer) fueron marionetas de la CIA.

La historia secreta del Día D. Ben Macintyre. Crítica, 2013. El mayor desembarco armado de la historia fue también la más ambiciosa operación de espionaje. Aquí salen a la luz los documentos que dan fe de la existencia de un grupo de superespías que ejecutaron el más endiablado y gigantesco engaño jamás practicado.

Legado de cenizas. La historia de la CIA. Tim Weiner. Debate, 2008. La mítica agencia americana ha generado en seis decadas toneladas de informes banales y dedicado esfuerzos a derribar gobiernos con funestos resultados. Al modo del gran periodismo de investigación, Weiner pone orden en la caótica historia de la CIA.

Espías y traidores. Fernando Rueda. La Esfera de los Libros, 2012. Se relata n aquí las vidas de “los 25 mejores agentes dobles de la Historia”. Del bebedor y mujeriego Kim Philby a Joaquín Madolell, el espía español en Moscú, pasando por el falso mito de Mata Hari como prostituta de lujo.

Y siguió la fiesta. Alan Riding. Galaxia Gutenberg, 2011. Descubrir que el París heroico y resistente sólo fue un mito y que la vida cultural de la capital francesa no sólo continuó sino que floreció bajo la ocupación nazi es sólo una de las muchas sorpresas que guarda este libro donde bullen los espías.


Articulo : http://www.elcultural.es 12/07/2013

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