samedi 20 juillet 2013

Daniel ARJONA/Kim STANLEY ROBINSON: “Las estrellas están demasiado lejos”

Kim Stanley Robinson
“Las estrellas están demasiado lejos”
Por Daniel ARJONA 

Hace años The New York Times advirtió que Kim Stanley Robinson escribía “la ciencia ficción del futuro”. Hoy, tras una espléndida carrera que ha servido clásicos del género como su trilogía marciana, el escritor estadounidense corona con 2312 (Minotauro) un tour de force que se desenvuelve dentro de tres siglos en un sistema solar en trances de colonización y en el que vibran los grandes retos del presente, del cambio climático a la justicia económica.

Si un antropólogo futuro se aplicara a la comprensión de los miedos y esperanzas de la actualidad, encontraría en las novelas de ciencia ficción sus más elocuentes y perspicaces fuentes. Desastres ecológicos, colonización espacial, amenazas robóticas... De todo eso hay en 2312 (Minotauro), novela con la que Kim Stanley Robinson (Waukegan, Illinois, 1952) acaba de llevarse el Nébula, uno de los más importantes premios de ciencia ficción. Y, sin embargo, todo es distinto. Porque, tras narrar en su trilogía marciana, con barroco detalle, la terraformación del planeta Rojo, KSR asume aquí las limitaciones científicas y técnicas y se larga una space opera razonada y razonable que transcurre dentro de sólo tres siglos en el escenario reducido del sistema solar. 

“¡Pero es que para mí es un futuro lejano!”, exclama KSR. “Piense en 300 años atrás, en 1712, cuánto ha cambiado todo desde entonces y cuánto va a cambiar, mucho más rápido, en los próximos 300. Abruma imaginarlo. Hay historias de ciencia ficción que se extienden millones de años en el futuro. La mía es una historia imaginable: no habrá civilizaciones interestelares porque las estrellas están demasiado lejos”.

Doctor en Philip K. Dick

KSR lleva toda su vida midiendo esa distancia. En 1984 se doctoró en Literatura en San Diego con una tesis sobre las novelas de Philip K. Dick, el tortuoso genio de la ciencia ficción norteamericana, del que bebió la inquietud por un futuro de superpoblación y naturaleza esquilmada que coexiste con increíbles avances técnicos. Futuro que asoma en su primera trilogía, la de las tres Californias, pero sobre todo en la serie de novelas sobre Marte que le dio fama mundial. KSR acaba ahora de publicar en EE.UU. Shaman, en la que, en un requiebro, troca el futuro por el pasado para viajar a la edad del Hielo.

En 2312, la intención de escribir una historia “imaginable” o “posible” no la despoja precisamente de esas grandes ideas que encienden la imaginación de los amantes del género. Aquí es la ingeniería la proveedora de milagros: una ciudad mercuriana móvil que evita así achicharrarse, asteroides habitables, ascensores espaciales...

-Defiende, además, que se trata de ideas factibles...
-Sí, y también la rápida terraformación de Venus con un escudo orbital que bloquea la luz del sol. Son todas obras de ingeniería de grandes proporciones. Pero ninguna de ellas requiere una nueva física, como algunas otras ideas de la ciencia ficción lo exigen (viajar más rápido que la luz, los viajes en el tiempo). Son problemas de ingeniería, no nuevos postulados de la física. Lo que sugiero en 2312 es que nuestro creciente poder científico y tecnológico seguirá aumentando y combinándose con una enorme potencia de cálculo para acelerar nuestras habilidades en los próximos tres siglos. También quiero sugerir que eso podría no ser suficiente para restaurar los daños que le causamos a la Tierra, y que el progreso inimaginable y los problemas irresolubles podrían coexistir. 2312 es un conjunto de preguntas sobre el futuro.

-Hablando del futuro. Usted rechaza las ideas del transhumanismo, movimiento que vaticina la fusión de hombres y máquinas. ¿Eso es ciencia o religión?
-Puede ser una nueva religión o bien una estafa por la que algunas personas tratan de hacer dinero. Como la Cienciología. En el transhumanismo hay un profundo desconocimiento, ya que está muy claro que no entendemos el cerebro humano, la conciencia o la voluntad lo suficientemente bien como para hacer una imitación artificial que funcione. Y luego el nombre de “inteligencia artificial” es muy engañoso, ya que si bien existirían varios tipos de IA muy rápidos y de gran alcance, ni siquiera se acercan a modelar la conciencia humana, incluyendo la voluntad. Así que la idea transhumanista de la Singularidad, ese momento en el que la inteligencia de la máquina nos dejará atrás, es una fantasía que no entiende ni los cerebros, ni los ordenadores, ni la voluntad, ni la historia, todo a la vez. Menudo logro. La ciencia ficción está, por supuesto, llena de este tipo de ideas erróneas, fantasías divertidas que nunca se harán realidad.

-En 2312 nos encontramos además con una historia de amor entre dos humanos de mundos distintos. Creo que fue lo primero que le vino a la cabeza. ¿Una historia de amor en lo último de KSR, “el duro”?
-Sí. Quería narrar un romance entre una persona voluble (mercurial) y una persona taciturna (saturnina). Sería una extraña pareja pero, todas las parejas son extrañas, ¿no? La broma era que la persona mercurial sería de Mercurio y la persona saturnina de Saturno, por lo que necesitaba un sistema solar que abarcase la civilización y, por lo tanto, un futuro lejano que lo hiciera plausible. Y así, las ideas tontas acaban en novelas.

Y es que una arcaica nomenclatura en la ciencia ficción de antaño separaba las aguas entre escritores soft, aplicados a contar historias -como Asimov, Bradbury o Clarke, y hard, más interesados en el detalle de los adelantos científicos y técnicos -como Larry Niven, Greg Bear, Neal Stephenson o el propio Kim Stanley Robinson.

Ciencia ficción por sí misma

-La división, ¿tiene sentido hoy?
-No, pero es que nunca lo tuvo. La llamada ciencia ficción hard siempre estuvo plagada de fantasías, y su dureza residió, por lo general, en sus actitudes hacia los pobres, ya que era típicamente de derechas o libertaria. Así que se podría decir que los promotores europeos de la austeridad son “escritores de ciencia ficción dura”, ya que tienen una visión del futuro que es hard. Y en ese sentido, mis libros de Marte destruyeron el concepto de ciencia ficción dura. Lo que espero que quede es la idea de la ciencia ficción por sí misma, desnuda de todos sus adjetivos. Ya es un poco raro separar la ciencia ficción del resto de la literatura, como si el futuro no siempre hubiera sido parte de nuestro pensamiento cotidiano, pero subdividirla suponía, sencillamente, ir demasiado lejos. Dejémoslo en ciencia ficción. Es un nombre provocador y poderoso.

-¿Usted a qué autores actuales del género sigue?
-Me gustan muchos los escritores de ciencia ficción británicos que trabajan hoy en día, los leo con interés y admiración. Y todavía sigo a los escritores de la época de la nueva ola que fueron mis maestros y primera fuente de inspiración: Le Guin, Wolfe, Delany.

-En 2312 el cambio climático ha convertido a Nueva York en una nueva Venecia y obligado a la colonización del sistema solar. ¿La huida es inevitable?
-Esa es la pregunta crucial. No creo que conquistar el sistema solar sea necesariamente útil a la humanidad, o para el logro de una civilización sostenible en la Tierra. Creo que, si sucede, será interesante, emocionante y útil, pero también un añadido, una contribución a lo que necesitamos saber para ayudar a la Tierra -“la ciencia espacial es una ciencia de la Tierra”- El espacio se asemeja a la Antártida, en este sentido, es sólo una pequeña parte de la Historia. El foco principal de la historia humana siempre estará aquí, en la Tierra. Ahora, con nuestra capacidad tecnológica creciente, es mucho lo que vamos a ser capaces de hacer con el objeto de restaurar el paisaje, e incluso el equilibrio climático: maquinaria para extraer el CO2 de la atmósfera y, o bien secuestrarlo como hielo seco o utilizarlo para crear grafeno y materiales de construcción de fibra de carbono, o ambos. Pero el asunto es que el daño que hacemos a los océanos, acidificándolos y calentando la Tierra de tal manera que aumente el nivel del mar, provocará cambios demasiado grandes para que tengamos siempre el poder de revertirlos. Estoy diciendo que podemos ser muy poderosos, pero nunca seremos sobrehumanamente poderosos: esta es la distinción esencial entre la ciencia y el cientificismo, o entre la ciencia ficción como yo la concibo, y el transhumanismo u otras fantasías de trascendencia. Estamos atrapados en esta realidad física y sólo podemos lograr lo que la física permita.

-¿Y qué nos permitirá?
-Tenemos que centrarnos de inmediato en el problema de la Tierra, la salud ambiental y el bienestar humano en su conjunto, como un gran ecosistema. Podemos hacer grandes cosas con las tecnologías adecuadas -y ahora me refiero a las tecnologías sociales, como la justicia. El capitalismo es un algoritmo de destrucción que hemos urdido nosotros mismos, y que no es lo suficientemente bueno para que podamos sobrevivirlo. Necesitamos pensar en nuestras leyes en conjunto, haciendo de ellas la tecnología más importante de todas, el sistema operativo del planeta y sus especies. 

El ejemplo de Mondragón

-Precisamente narra un futuro en el que el capitalismo ha sido sustituido por un nuevo sistema económico, el acuerdo Mondragón, lo que asombrará al lector de aquí, pues se basa en la cooperativa española. ¿Cómo supo de este pueblo y por qué le atrajo?
-La primera vez que oí hablar de Mondragón y su sistema de cooperativas fue cuando estaba escribiendo mis libros de Marte, es decir, a finales de 1980 y principios de 1990. Mondragón es ampliamente conocido en las comunidades teóricas izquierdistas de todo el mundo, ya que representa un ejemplo vivo de una alternativa al capitalismo estándar. Es famosa en esos círculos, como el estado de Kerala en la India, la ciudad italiana de Bolonia, el experimento de autogestión en Yugoslavia, y algunos otros ensayos de alternativas. Ahora, tengo que confesar un intenso interés por lo que ha ocurrido en Mondragón en medio de la actual crisis del euro desde 2008, y la crisis de desempleo de los jóvenes en España, esta noción creciente en todo el Mediterráneo de que puede haber una “generación perdida”. ¿Cómo se ha desarrollado en Mondragón? ¿Se ha mantenido sólido en la crisis, o no? ¿Hay lecciones allí que el resto de España y del mundo pueden aprender? Espero aprender más de lo que he podido averiguar.

-2312 ha ganado este año el Nébula de novela, 20 años después del primero que se llevó por Marte Rojo. ¿Cómo recuerda aquella trilogía marciana? Si en 1993 un viajero del tiempo se le presenta para anunciarle el futuro, ¿usted le habría creído?

La globalización incompleta

-Creo que sí. Las semillas del momento actual se establecieron a raíz del fin de la Guerra Fría, cuando el triunfalismo del capitalismo condujo a una globalización destructiva y explotadora. Hemos repetido el mismo panorama de entonces muy bien. Lo que nadie predijo fue el 11 de septiembre y todo lo que siguió a ese trauma. Ahora sabemos mejor que la globalización nunca fue completamente global en su hegemonía cultural, que no significó “el fin de la historia”. Pero mi trilogía de Marte ya lo adelantaba, pues en ella asoma una fuerte presencia islámica y problemática en ese planeta, no asimilada al modelo occidental. Y tiene lugar también la destrucción terrorista, y la creciente presencia de China e India, en Marte y en los asuntos terrenales. Y en la tierra, el aumento del nivel del mar es el gran problema. No había una gran brecha en esos años, sino solamente un momento impactante en nuestra creciente comprensión de dónde nos encontrábamos en la historia mundial. Así que la trilogía de Marte aún funciona como un diagnóstico e incluso como una descripción de lo que iba a venir después. En 1993, como ahora, el capitalismo se ve muy fuerte y destructivo del medio ambiente y el bienestar humano, y las alternativas parecen débiles -todos ellas a excepción de la propia ciencia, concebida como un contrapeso independiente y semiautónomo, una enorme potencia para el bien que podemos usar para ayudarnos, incluso para inventar una economía adecuada, como la tecnología social que más se necesita para llevarnos a través de este siglo a una civilización sostenible. Que es lo que he tratado de imaginar todo el tiempo.

-Tengo entendido que, después de EE.UU, España acoge a su mayor legión de seguidores.
-Es cierto, y quiero agradecer a Minotauro, y a todos mis lectores españoles por ser, a lo largo de veinte años, el más grande y mejor de mi público extranjero. 

***
2312
Kim Stanley Robinson
Traducción de Miguel Antón. Minotauro. Barcelona, 2013. 528 páginas, 21'95 euros. Ebook: 9'99 e.
Por Jesús PALACIOS 

La ciencia ficción es una literatura apocalíptica en su esencia. Pero no porque últimamente -como siempre, por otra parte- retrate catástrofes globales, futuros hecatómbicos y post-hecatómbicos o escenarios parecidos, sino porque es una literatura de la revelación. Su raison d´être es revelar no solo el futuro, sino la realidad o las muchas realidades posibles -e imposibles- que laten en la nuestra. Que acechan en el umbral del mañana e incluso en la naturaleza del propio ser humano. La extrapolación, la especulación, están en el corazón mismo de la literatura de ciencia ficción. De la mejor, al menos. Y las más de 500 densas, ricas, sorprendentes y desafiantes páginas de 2312, la nueva novela de Kim Stanley Robinson, están repletas a cada paso, en cada capítulo y en casi cada línea, de tantas ideas, imágenes sugerentes, tantos novums sorprendentes, que el lector se siente desbordado. Arrastrado en un viaje interplanetario donde el Sentido de la Maravilla -ese Sense of Wonder que nació con la ciencia ficción- se combina y recombina con la más estricta reflexión científica, sociológica y tecnológica. 

Considerar 2312 y, en general, la obra de Robinson como ciencia ficción “dura” -Hard SF- resulta de un reduccionismo desfasado e inútil. Es cierto que, como en su famosa trilogía iniciada con Marte rojo, la especulación científica es totalmente realista, verosímil y abunda -incluso se excede- en el empleo del lenguaje tecnológico y científico especializado, siguiendo la corriente de viejos maestros como Larry Niven, Poul Anderson o Robert A. Heinlein. Es cierto que la extrapolación en manos de Robinson no va nunca más allá de lo fácticamente posible, subrayando las realidades de la física y sus limitaciones. Pero es solo uno de los muchos aspectos de un libro que denota la sana influencia de la primera y mejor Ursula K. Le Guin -la de La mano izquierda en la oscuridad y Los desposeídos-, de Delany, Cordwainer Smith o el propio Dick. En definitiva, de la corriente más humanista, psicológica y literaria del género, encuadrada en la New Wave de los 60. 

Pero es injusto hablar de 2312 solo en relación a otros maestros y grandes obras del género, que Robinson ha crecido leyendo, asimilando y madurando. Injusto, porque se trata de una gran novela por derecho propio, en la que su autor ha conjuntado, por medio de una arriesgada yuxtaposición posmodernista, que bebe tanto de John Dos Pasos como del John Brunner deTodos sobre Zanzíbar, prácticamente todos los elementos dispersos en buena parte de sus mejores novelas anteriores -además de la trilogía marciana, hay que citar también The Memory of Whiteness (1985), donde ya aparecía la ciudad circulante de Terminador-, para componer un ambicioso fresco planetario que, evitando los excesos del space opera, está repleto de intriga, romance, acción e inventiva. Todo sabiamente disimulado bajo una exquisita capa de sutileza y precisión. Sin efectos dramáticos, con sobriedad y excepcional comprensión y compasión hacia sus protagonistas. Hasta el punto de que apenas nos damos cuenta de que, bajo el aspecto de una compleja historia del futuro, se esconden un manifiesto socio- político, un cuento de hadas -con una doncella que es también doncel y un príncipe que es rana todo el tiempo- y una alegoría alquímica -no descubro nada al hablar de una protagonista mercurial y un protagonista saturninamente taciturno-, entre otras cosas. Ejemplo de una hipermodernidad -más es más-, bien entendida. 

Kim Stanley Robinson hace mucho que dejó de ser una promesa para convertirse en referente de la ciencia ficción actual. Un género en perpetua crisis desde los años 80, pero que, en sus manos, sabe recuperar todo su valor subversivo, literario e intelectual. La impresionante fusión de ciencia y poesía, extrapolación y emociones, aventura y reflexión, estilo y contenido, que supone 2312, con su catálogo de terraformaciones, inteligencia artificial cuántica, arcas espaciales, polimorfismo sexual, calentamiento global, economía alternativa y terrorismo interplanetario, da meditada respuesta progresista a una tradición conservadora e incluso reaccionaria en la vertiente más tecnológica y cientifista del género, a la vez que resucita el viejo arte de construir un futuro plausible, complejo y potente. Lleno de posibilidades infinitas. Quizá improbables, pero perfectamente posibles. 


Articulo : http://www.elcultural.es 19/07/2013