samedi 20 juillet 2013

Estanislao M. OROZCO/“Belleza de lo brutal”, de Ryūnosuke AKUTAGAWA

“Belleza de lo brutal”, de Ryūnosuke Akutagawa
Por Estanislao M. Orozco

El Konjaku Monogatari (o traducido, Cuentos de antaño y hogaño) es una colección japonesa de más de mil doscientos cuentos, de autoría muy discutida, organizados en treinta y un capítulos que fueron escritos durante los años finales del Período Heian,  comprendido entre el 794 y el 1185 y el último de la historia clásica japonesa.

Los protagonistas de estos cuentos suelen ser personas comunes, aunque aparecen multitud de caracteres, ya sean reales o fantásticos. Y en ellos se narran historias de la India, China y Japón. Pues bien, esta singular obra es una de las fuentes principales de las que se nutre Ryūnosuke Akutagawa (Tokio, 1892—1927) durante su primera época como escritor, que abarca desde 1915 a 1922. Una carrera que inició con apenas veintitrés años, al publicar en la revista Teikoku Bunkaku, de la Universidad Imperial de Tokio, Rashōmon, un cuento basado en las historias decimoctava del capítulo XXIX del mencionado Konjaku Monogatari y trigésimo-primera del capítulo XXXI.

En Rashōmon, Akutagawa funde con una maestría impropia de un debutante la tradición y la modernidad, una modernidad que llamaba a la puerta nipona desde Occidente. No en vano, una de las principales virtudes de este gran escritor es sentirse parte de su tradición literaria sin renunciar a las influencias exteriores, como la proveniente de la literatura inglesa (William Morris), francesa (Anatole France) y rusa (Fédor Dostoievski). En su obra, se entrecruzan todos esos mundos, todavía tan distantes a principios del siglo XX, pero ya en ineludible contacto. A este respecto, Jorge Luis Borges escribió: “Discernir con rigor los elementos orientales y occidentales en la obra de Akutagawa es acaso imposible. Los temas y el sentimiento son orientales, pero ciertos procederes de su retórica son europeos. En cambio, cierta tristeza reprimida, cierta preferencia por lo visual, cierta ligereza de pincelada, me parecen, a través de lo inevitablemente imperfecto de toda traducción, esencialmente japonesas. La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido”.

En otras palabras, Akutagawa en esos primeros siete años de andadura literaria afirma sus raíces japonesas asiéndose firmemente en el Konjaku Monotagari, pero con el objetivo de traspasar aquellos cuentos antiguos al siglo XX, un trabajo que completa con éxito, haciendo uso de su sensibilidad para la creación de personajes y del gran dominio de la lengua japonesa que poseía.

La admiración por el Konjaku Momogatari fue una constante en su vida, por tanto no extraña que poco antes de morir, en 1927, escribiese Elogio del Konjaku Monogatari, en donde afirmaba: “Por fin he descubierto la gran belleza del Konjaku Monogarari. Su valor artístico no solo reside en su vigor, sino también en su belleza: la belleza de la brutality, si se me permite usar la palabra inglesa. Es el tipo de belleza desprovista por completo de elegancia o delicadeza”.

De esta manera, nos parece muy acertada la elección del título del libro que reseñamos en esta ocasión, Belleza de lo brutal(ed. Días Contados). Se trata de un elegante volumen, editado con sumo cuidado, que propone al lector una lectura que gusta del detalle, plausible hecho que la magnífica traducción (directamente del japonés) de Jesús Carlos Álvarez Crespose encarga de realzar. Belleza de lo brutal ofrece una acertada selección de diez relatos escritos por Ryūnosuke Akutagawa entre los años 1915 y 1922, entre los que destacamos “Gachas de ñame”, “El biombo del infierno” y “La nariz”, un cuento escrito en 1916 que impresionó tanto al gran Natsume Sōseki(1867-1916) como para escribir una carta al joven Akutagawa en la que decía: “Si reúnes otros veinte o treinta cuentos como estos, no habrá nadie en el mundo literario que pueda igualarte”.

Belleza de lo brutal desborda inteligencia y dominio de la narración. Los diez cuentos que componen el libro son absolutamente recomendables, todos funcionan como delicadas y obsesivas piezas de un puzle que estimula al lector a leer más, a buscar más. Akutagawa, su literatura, no decepciona. En su segunda época, 1922-1927, cambia de registro, alejándose de los cuentos históricos para acercarse a su propia experiencia, a su individualidad. Un terreno, el interior, donde la tensión entre la pulsión creadora y la destructiva es constante. De hecho, Akutagawa vive solo treinta y cinco años, edad a la que se suicida poniendo punto final a una serie de crisis mentales que sufre durante sus últimos años. En realidad, a Ryūnosuke Akutagawa le tumba, en 1927, una antigua enemiga, la locura, una enemiga despiadada que le deja huérfano y al cuidado de su tío cuando cuenta con tan solo diez años, en 1902, al llevarse a su madre (Fuku), enferma de esquizofrenia. Hay, por tanto, clara carga hereditaria en los desequilibrios mentales del escritor japonés, potenciada por la presión del considerable estatus literario alcanzado en vida y su determinación de no abandonarlo, a pesar de los fuertes cambios provocados en el mundo y en las corrientes artísticas tras la Primera Guerra Mundial.

El avance de la enfermedad se intuye en sus últimas obras, escritos donde quizás no alcanza la perfección literaria de los primeros, pero que, sin embargo, subrayan una honda profundidad psicológica, como enLos engranajes, por ejemplo. Akutagawa siente cómo la locura se va apoderando de su cerebro.  Aquello es lo que siempre ha temido más. El 24 de julio de 1927 ingiere una dosis mortal de veronal. Deja escrita una nota final, en ella confiesa experimentar una “vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro”.

Belleza de lo brutal. Ryūnosuke Akutagawa
Traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo
Días Contados (Barcelona, 2011)


Articulo : http://www.revistadeletras.net/ 20/07/2013