samedi 6 juillet 2013

Robertson DAVIES/ El coleccionista de libros

El canadiense Robertson Davies escribió novela, teatro, ensayo y crítica. En este texto, publicado en la revista Holiday en 1962, esboza una acertada tipología —que resulta casi una patología— de los bibliófi los, y entre confesiones y picantes anécdotas nos confronta con la universal, perenne, insaciable afi ción de acumular ejemplares con algún tipo de rareza

El coleccionista de libros
Por Robertson DAVIES

Hace algunos meses visité a unos amigos en Irlanda que me llevaron a la casa de uno de sus vecinos: una mujer de la nobleza que, según ellos, se encontraba en dificultades económicas. Cuando entré a la biblioteca, me quedé sorprendido y supe de inmediato que si se decidiera a venderla podría ganar varios miles de libras. Asumí que tendría un gran aprecio por sus libros y traté de guiar la conversación hacia la literatura y el coleccionismo, pero no tuve éxito: sólo hablaba de labranza y jardinería, y del problema que representaba mantener una enorme casa sin la ayuda de un equipo de trabajo.

Por fin le pregunté sin rodeos sobre su biblioteca. Sus ojos se empañaron. Por un momento sentí que había tocado un tema oscuro y doloroso, o que había demostrado algún tipo de descortesía estadunidense. Su respuesta me tranquilizó.
—Supongo que es bastante linda —dijo— pero nosotros nunca le dimos mucha importancia. Por ahí debe estar un volumen de Shakespeare en cuarto, pero hace mucho tiempo que no lo veo, y una primera edición de Orgullo y prejuicio, aunque es posible que se haya perdido. Ah, también tenemos la primera edición impresa del libro del Venerable Beda —aquí ella apuntó hacia un ejemplar de Historia ecclesiastica gentis anglorum que yo ya había identificado y cuya pasta colgaba desprendida— entre otras cosas.

¡Vaya que había otras cosas! Mientras los demás hablaban, hice una rápida inspección a los estantes; la biblioteca sufría gravemente por el descuido, pero aun así era una colección espléndida, no había nada en ella que un buen restaurador de libros, un poco de amor y jabón para cuero no pudieran arreglar. Mientras mi anfitriona se quejaba por su mala economía, le pregunté por qué no vender la biblioteca si al final no la tenía en gran estima.
—No tengo la menor idea de cuánto pedir por ella —contestó—, hace muchos años conocí a un hombrecillo en una cena que me preguntó si tenía libros. Un estadunidense; era doctor, me parece. Yo le contesté que sí y le dije que pasara a verlos algún día. ¡Creerá que se apareció en mi puerta al día siguiente! Era justo la hora del té y teníamos invitados en casa, así que mi esposo salió y le dijo que no era un buen momento. Supongo que no lograron ponerse de acuerdo porque el hombrecillo nunca volvió.
—¿De casualidad ese hombre se apellidaba Rosenbach? —pregunté.
—Sí, así se llamaba —contestó ella—, y a mí me pareció alguien más bien molesto.

Este encuentro debió ser una de las pocas derrotas del doctor Rosenbach durante su famoso viaje por Irlanda, en el que recolectó tantas piezas hermosas para sus clientes. La reciente biografía de Rosenbach, escrita por Edwin Wolf y John F. Fleming, no menciona este incidente que, para el doctor, sin duda carecía de importancia; sin embargo, para una señora que no ubicaba bien dónde estaba su Shakespeare en folio, recibir al comerciante de libros más
astuto y que mejor pagaba de nuestros tiempos hubiera sido una oportunidad verdaderamente lucrativa.

Esta anécdota me sirve para plantear la cuestión de cuál es el interés que la gente tiene por los libros. Aquellos que ante todo los consideran objetos de valor gritan al pensar en la oportunidad perdida de hacer negocios con Rosenbach. Aquellos que los aman desinteresadamente sufren al ver una gran biblioteca —quizás una incluso maravillosa— descuidada. Por supuesto, también habrá quienes se regodeen ante un espíritu aristocrático que privilegia una reunión del té sobre un negocio urgente.

Este último punto de vista es, a nivel psicológico, inmensamente interesante; sin embargo, no tiene lugar en una discusión sobre coleccionistas de libros. Los integrantes del primer grupo, aquellos para quienes los libros son objetos de valor monetario para comprar y vender, sólo son interesantes cuando logran algo que se acerque a las proporciones de lo que hacía Rosenbach. Si compran y venden a una escala menor, bien podrían entrar al negocio de las estampillas difíciles de conseguir; igual que un sinnúmero de coleccionistas de todo género, ellos no son más que regatones y trocadores incitados ocasionalmente por alguna obsesión de completar un juego de objetos para los que ellos mismos han establecido límites arbitrarios. Por ejemplo, si un hombre decide conseguir ejemplares de todos los libros que Horace Walpole produjo en su imprenta privada de Strawberry Hill, entonces ese hombre se habrá impuesto una tarea difícil y cara, ya que las astutas falsificaciones siempre ensombrecerán semejante empresa. Tal persona podría ser, o llegar a convertirse, en un verdadero aficionado de Walpole; sin embargo, lo más probable es que la dificultad que implica coleccionar este tipo de objetos, así como el estatus particular que proporciona reunir una colección completa, sea lo que en verdad lo embelesa.

¿Acaso hay algo de malo en esa actitud? No, es similar a coleccionar pinturas de artistas famosos o de ciertas escuelas de pintura porque son valiosas y no porque sean de su agrado. Es una forma de conseguir reconocimiento y creo que en ocasiones es prueba de un espíritu creativo: si no se puede crear una obra de arte, al menos se podrá compilar una importante colección de ellas. Los museos y las galerías —y a través de ellos el público— tienen una gran deuda con este espíritu. No obstante, mi verdadera admiración está reservada para la gente que colecciona libros simplemente porque los ama.

Si usted ama los libros, ¿por qué no podría ser una buena edición tan estimada como una primera edición o alguna con características especiales? En 1926 Edmund Wilson atacó a Rosenbach y a sus imitadores cuando dijo que “todo este negocio es tan profundamente aburrido para la gente interesada en la literatura como es fascinante para aquellos que, incapaces de adquirir cultura literaria, tratan de comprar la distinción que dan las letras al pagar precios inusuales por rarezas bibliográficas”. En parte, esta afirmación es cierta; no obstante, si visitamos las enormes bibliotecas de las universidades antiguas donde se preservan las colecciones de los amantes de libros del pasado, cada una como una unidad, pronto descubriremos mucho más. Dentro de esas maravillosas salas podemos sentir la presencia de algo noble, algo que ha sido decisivo en el ennoblecimiento de la mente del hombre. Percibimos los libros como objetos con más carácter que cualquier otro producto comercial a la venta. Es demasiado parca la afirmación de que Shakespeare es tan Shakespeare en edición rústica como en la hermosa edición de Nonesuch Press de 1929, o en el primer folio de 1623, pero no todos somos calvinistas literarios de tal magnitud. Valoramos la belleza tanto como valoramos las asociaciones, así que no creo que podamos ser objeto de burla sólo porque preferimos a nuestros héroes vestidos apropiadamente.

El esnobismo de coleccionar libros es lo que provoca repulsión. Supongamos que nuestro amigo el coleccionista nos muestra su primera edición de Zuleika Dobson, de Max Beerbohm; con placer tomamos el grueso libro café sabiendo que fue esta misma edición y en esta misma forma placentera que Max vio por primera vez su creación presentada al mundo: por un momento estamos en el Londres de 1911.

Pensamos con afecto en el autor y casi nos parece verlo a través del abismo de 50 años que nos divide. Es entonces cuando nuestro amigo el coleccionista empieza a presumir un poco: su ejemplar, nos dice, es un Gallatin 8(b); además, tiene el marco ornamental del lomo estampado en verde y no en dorado. Nos insta a no confundirlo con un simple Gallatin 8b, un objeto inferior impreso en 1912 y —según la mareada eminencia del poseedor de un Gallatin 8(b)— poco digno de conservarse. Es probable que empecemos a hartarnos de nuestro amigo el coleccionista y le digamos que nosotros sólo tenemos la edición de Modern Library, que leemos cada año con creciente estima. Lo anterior bien podría ser mentira, pero de alguna manera tenemos que poner al imbécil en su lugar. Sus tonterías antiliterarias nos orillan a un puritanismo bibliográfico.

Lo anterior es una posibilidad pero siempre puede ocurrir lo peor. Podríamos empezar a desear su tesoro. Tal vez no codiciemos su casa ni a su esposa (prueba fehaciente de su mal gusto), ni su buey ni su asno, pero deseamos su libro con fervor y llenos de intolerancia. Sabemos cuánto le costó porque no se lo ha podido aguantar; se lo compró a un librero en Inglaterra (a quien llama “mi librero” como si fuera de su propiedad) y le costó menos de veinte dólares, una suma considerablemente menor a la que hubiera tenido que pagar en Nueva York por el mismo libro. Nosotros tenemos veinte dólares en nuestro bolsillo justo ahora, pero el dinero no es lo que importa en este momento, ni nuestra habilidad, al final, para conseguirnos un Gallatin 8(b) de Zuleika. Es su libro el que queremos y lo queremos en ese momento.

Es en este estado febril que los hombres han robado. Los coleccionistas de libros a menudo se sienten tentados a hurtar y, si no tienen un carácter de hierro, seguro lo harán. En su Books and Bidders, Rosenbach sucumbe ante la tentación: cuando aún no decidía si podría comprar el ejemplar del Prólogo de Johnson que Garrick usó en Drury Lane en 1747, deseó que fuera lo suficientemente débil para robárselo. Si alguna vez robó, tendrá que responder por sus hechos ante una distinguida compañía: los amigos del fundador de la Biblioteca Bodleiana, sir Thomas Bodley, tenían que vigilarlo; antes de que el papa Inocencio X consiguiera la triple tiara se vio inmiscuido en un escándalo relacionado con el robo de un libro de la famosa colección perteneciente a Montier; don Vicente, un monje del convento de Pobla, en Aragón, asesinó a varios coleccionistas para hacerse de sus libros, y, claro, hombres en posiciones políticas privilegiadas como los cardenales Mazarino y Richelieu se robaron bibliotecas enteras con el pretexto de dividir las propiedades de enemigos del Estado; por su parte, el poeta Frederick Locker-Lampson confesó que estuvo a punto de casarse con lady Tadcaster para conseguir sus cuartos y folios de Shakespeare. Este tipo de codicia es indescriptible y tan terrible que no se la deseo a nadie.

Yo no veo mucha diferencia entre robar y lo que podríamos llamar “tomar prestado con ciertas reservas mentales”. Consiente en mi corazón de este mal (¡ay, mi corazón, que combate al monstruo en lo obscuro de la noche y en los crepusculares rincones de las bibliotecas!), por muchos años utilicé un ex libris que incluía la amonestación del doctor Johnson: “Olvidar regresar un objeto prestado (o pretender hacerlo) es la forma más humilde de robar”. Me pregunto si los sinvergüenzas que me han robado se han tomado siquiera el tiempo para despegar la etiqueta de mis libros.

Dejando de lado a todas aquellas criaturas que valoran los libros por las razones equivocadas, consideremos ahora a los verdaderos coleccionistas, sujetos magníficos como usted y yo. ¿Por qué coleccionamos libros?
No existe una respuesta única u honesta. No es sólo por el amor a la belleza, que podría ser el motivo principal de los coleccionistas de pinturas, muebles o vajillas. El amante de los libros tendrá siempre algunos hermosos libros en sus repisas, pero también poseerá algunos objetos nada gratos. Uno de mis grandes favoritos es un libro de bromas, fechado en 1686, horrible y mal impreso; está manchado y mal cortado, y de alguna forma sugiere su paso por los bolsillos de varias generaciones de veterinarios mientras iban al baño, pero es una rareza. Sin embargo, puedo decir que no es su rareza lo que me atrae; cuando lo leo me transporta casi tres siglos atrás, al reinado de Jacobo II, y sus chistes —horrendos, francos e indecentes— son más agradables que si los tuviera en una reimpresión moderna y cuidada.

Para el coleccionista de libros el sentido histórico es cuando menos tan fuerte como su amor por la belleza.Claro, las cualidades únicas son valiosas, pero sólo un hombre rico puede aspirar a poseer un gran número de libros que no tenga par en el mundo. Tengo un modesto ejemplo: un ejemplar de Punch and Judy de George Cruikshank, que contiene todas las pruebas presentadas al editor, Prowett, tomadas directamente de su libreta de apuntes. Las grandes colecciones, como la de Pierpont Morgan, se componen de cientos de volúmenes únicos. El más notable en este sentido es, por supuesto, el propio manuscrito del libro. Morgan adquirió el exquisito y conmovedor guion original de La rosa y el anillo, de Thackeray, con las ilustraciones en acuarela del propio autor; existe una edición facsimilar y también es lo suficientemente difícil de encontrar como para considerarse una agradable posesión. Este tipo de objetos son caros; Rosenbach pagó 14  500 libras por el manuscrito de Alicia en el país de las maravillas en un momento en el que la libra valía casi cinco dólares.

Un interesante tipo de libro único es aquel que los comerciantes describen como “extra ilustrado”. A principios del siglo XIX la gente hacía ese tipo de libros por su propio placer. Una persona que adquiriera la biografía de su héroe personal bien podría también poseer un buen número de retratos, paisajes e incluso cartas escritas por el propio héroe; el dueño las habría enviado al encuadernador junto con el libro y después de un tiempo le habrían regresado un solo tomo, bellamente encuadernado, con todas las pinturas y cartas montadas con esmero sobre hojas añadidas injertadas al texto. Libros así pueden ser de gran interés y valor, o pueden ser simples baratijas; depende del gusto del dueño original. Yo tengo uno o dos libros de este tipo sobre el teatro y para mí las añadiduras les otorgan su valor; sin embargo, no soy tan tonto como para pensar que bien podrían interesarle a cualquiera que no haya sido hechizado por el teatro de principios del siglo XIX.

Los coleccionistas, si tienen un espíritu anclado en la realidad, deben decidir a temprana edad si lo que están juntando es una colección de libros cuyo valor esperan que se incremente con el tiempo o simplemente una colección que les provoca placer. Aquel hombre que espere obtener la fama póstuma el día en que su biblioteca sea tragada por las fauces de una universidad, nunca debe perder de vista dicha meta: los bibliófilos profesionales se abalanzarán sobre sus libros y no tardarán en menospreciarlo si poseía ejemplares o material sin valor y ¡vaya que los legatarios son rápidos para detectar piezas que no se ajustan a sus elevados estándares! No obstante, el hombre que coleccione por placer puede comprar cualquier cosa que sea de su agrado, sin preocuparse de que cuando muera puedan tildarlo de urraca ni de que los comerciantes vendan a diez centavos cada uno de los libros que él amó. Sí, tendrá algunas piezas valiosas, pero como objetos sueltos es improbable que alcancen las ofertas posibles si hubiera controlado sus deseos y sólo hubiera comprado los ingredientes de una colección coherente. En este mundo, el hombre que puede donar a su alma mater cada libro y borrón de manuscrito que haya poseído Button Gwinnett o que se haya relacionado con él, sin duda tiene mayor estatura que el que importuna al bibliotecario de la universidad con nada más que retazos atractivos.

El primero hará que el gwinnettista le esté por siempre en deuda; así, pizcas de incienso, en forma de notas a pie de página, le serán lanzadas a su pira funeraria. “El desaparecido Enoch Pobjoy, con quien los gwinnettistas están agradecidos por la luz que su colección arrojó sobre las disposiciones sanitarias expuestas por Gwinnett” es lo que será ese coleccionista, pero ¿qué hay del coleccionista que vivió sólo para el placer?
Bueno, en lo que a mí concierne es el único coleccionista que en verdad importa. Es un hombre que ama y lee los libros. Los ama no sólo por lo que le dicen —aunque ésta es su razón principal—, sino por su apariencia, su tacto y, sí, incluso por su olor. Es un hombre que podría regalar sus libros, pero que nunca piensa en conseguir la mohosa inmortalidad con su biblioteca. Su relación con los libros es una pasión alegre y revitalizante.

Si consideramos lo molestos que son los libros, es asombroso el número de coleccionistas que uno llega a conocer. Los libros son una molestia desesperante; una biblioteca de apenas unos cuantos miles de volúmenes ancla a un hombre a una casa porque mudarlos sería una molestia inmensa.
Yo mismo enfrenté la penosa prueba de una mudanza y, sin importar cuánto me concentrara en la realidad, mi mente se estancaba en los cálculos temibles de los anaqueles a los que podría aspirar en la nueva casa. ¿Será necesario sumergirme en el horror de un almacén, un infierno para los libros, en el sótano?; o —la esperanza se niega a morir— ¿será posible imaginar algún nuevo arreglo que me permita localizar cualquier tomo en un parpadeo?
Lo que nunca puedo hacer es deshacerme de algunos libros o renunciar a comprar más. Supongo que eso es lo que en verdad significa ser un coleccionista de libros.

© Curtis Brown, New York, USA.
Traducción de Dennis Peña.
Robertson Davies, además de amante de los libros, fue un reconocido escritor
canadiense.


Articulo : http://www.elboomeran.com 02/07/2013

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