dimanche 25 août 2013

Alberto OJEDA/ El canon FITZGERALD

El canon Fitzgerald
Por Alberto OJEDA

El autor de El gran Gatsby dictó a una enfermera que trataba de mantenerlo alejado del alcohol una lista con los 22 libros a su juicio esenciales, sólo cuatro años antes de su muerte.

En 1936, Scott Fitzgerald , con 40 años, era un ser psíquicamente tambaleante. Los excesos alcohólicos, una constante en su vida desde que era universitario, le habían dejado el ánimo arrastrado por los suelos. El autor estadounidense había plasmado sus viajes por los abismos y los altibajos de su mente en unos ensayos publicados en la revista Esquire (luego serían agrupados en un volumen titulado The Crack-Up). En este libro, en el que disecciona los males que le condujeron a la muerte sólo cuatro años después, confesaba: "mi vida habia sido un despilfarro de recursos que de hecho no poseía, que había estado hipotecándome fisica y espiritualmente hasta el cuello".

Su mujer, Zelda, no andaba mejor. Era carne de psiquiátrico. En abril de ese año acababa de ingresar en el Highland Mental Hospital de la localidad de Asheville (institución en la que murió 12 años más tarde en un incendio del que no pudo escapar por estar encerrada en una habitación, a la espera de la aplicación de una terapia de electroshocks). En Asheville también se recluyó el autor de El gran Gatsby, en el Hotel Grove Park Inn. Allí, en los días borrascosos, montó escándalos mayúsculos. 

Un intento de suicidio provocó una de esas convulsiones en la apacible cotidianeidad del hotel. Es de hecho la intención que aprecia Michael Cody, de la Universidad de Carolina del Sur, detrás de un incidente protagonizado por Scott Fitzgerald, cuando disparó un revolver. Luego se fracturó un hombro en la piscina. La dirección del establecimiento exigió que alguien se hiciera cargo de su vigilancia y sus cuidados. 

Ahí entra en escena la enfermera Dorothy Richardson, que asumió la responsabilidad de mantener a raya al conflictivo huésped. Un reto serio. La idea era que le hiciese compañía y lo tuviera alejado del alcohol. En esos días trabaron estrecha amistad, lo que resulta curioso si se tiene en cuenta que su papel en esta película era el de poli malo. Al fin y al cabo ella era un obstáculo entre Fitzgerald y sus anhelados licores. 

El escritor, en ese clima de confianza, incluso se propuso refinar la formación literaria de su cuidadora. Con ese propósito (que no está claró si surgió como iniciativa propia o a instancia de Richardson) le dictó un día una lista que tituló: "Los 22 libros que Scott Fitzgerald considera esenciales". La enumeración incluye veinte autores. Casi todas las referencias son títulos concretos: Casa de muñecas, de Henrik Ibsen; Winesbourg, Ohio, de Sherwood Anderson; Rojo y negro, de Sthendal... Aunque también contenía algunas indicaciones genéricas: "Las obras de Oscar Wilde. La lista demuestra su apertura de criterios, ya que no falta la ficción, claro, pero tampoco la poesía ni el ensayo. 

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Cartas del padre
Por Ignacio Echevarría 
Publicado el 14/06/2013

En La sombra de Naipaul (Ediciones B, 2002), el excelente libro que Paul Theroux escribió sobre su malograda amistad con el autor de Un recodo en el río, se cuenta una visita del matrimonio Theroux a la casa de los Naipaul en Wiltshire, al suroeste de Inglaterra. Aquel día -era a comienzos de los setenta- la conversación recayó en los planes de futuro de Theroux, que por entonces dudaba sobre dónde afincarse. ¿Regresar a Estados Unidos? Según Theroux, Naipaul le habría dicho: 

-Tienes que hacerte un nombre en el Reino Unido. Olvídate de Estados Unidos por el momento. Es deprimente. Ese despliegue del ego. El negocio de Mailer. Roth, las uvas todavía verdes de Roth. Y lo que la gente no entiende cuando alaba a Hemingway y a Fitzgerald es que tanto el uno como el otro son malos escritores. ¡Malos, malos! 

La esposa de Theroux, contrariada: 
-Pues a mí me gusta mucho Suave es la noche... 

Y Naipaul: 
-Falsa emoción. Falso estilo. Todo es forzado. Las cartas a su hija son excelentes, no hay falsedad en ellas. Sólo un padre que se dirige a su hija. Pero sus novelas no dicen nada. 

Siempre conviene escuchar a Naipaul, aun cuando se manifiesta en sentido tan contrario a nuestras querencias. Pero conviene escucharlo, sobre todo, en las escasas ocasiones en que se muestra abiertamente aprobatorio, dado que es muy difícil que su oído tan exigente, tan susceptible a toda infatuación retórica, se equivoque cuando da algo por bueno. 

De ahí el valor que, en medio de su diatriba contra algunas de las vacas sagradas de la narrativa estadounidense, tiene el elogio que hace de las cartas de Fitzgerald a su hija Scottie. Elogio que cobra mayor peso aún si se considera que, siendo él mismo un adolescente (como la Scottie de esas cartas), también Naipaul, recién llegado a Oxford con una beca de estudios, recibió durante varios años frecuentes cartas de su padre (cartas que dio a publicar en 1999, y que en España editó Debate en 2006, bajo el título Cartas entre un padre y un hijo). 

Las Cartas a mi hija, de Francis Scott Fitzgerald, que Alpha Decay acaba de publicar, son en verdad excelentes, como Naipaul dice. Y lo son por las razones que él señala: no hay en ellas artificio alguno, ninguna impostación literaria. Se trata de eso mismo: de las cartas que a su hija escribe un padre solícito, culposo, vigilante, exigente, a veces enojado, a menudo agobiado, siempre amoroso. Es decir, un padre típicamente moderno, abrumado por los problemas económicos, atenazado por el fracaso, absorbido por la costosa tarea de madurar (por fin madurar, aunque sea a golpes), angustiado por que su hija cometa los mismos errores que él y que su madre, errores entre los que se cuenta el haberse casado ambos con la persona equivocada. 

Las cartas abarcan desde el verano de 1933 hasta muy poco antes de la muerte de Fitzgerald, en diciembre de 1940. Es decir, los años del desmoronamiento personal, de “El Crak-Up” que Fitzerald describió magistralmente en el artículo así titulado, de febrero de 1936. El mismo título fue empleado por Edmund Wilson para la colección póstuma de ensayos, apuntes y cartas de Fitzgerald reunidos y publicados por él en 1946 (y que muy oportunamente Capital Swing reeditó en español el año pasado). Allí podían leerse ya algunas de las cartas a Scottie que Alpha Decay publica ahora, traducidas con esmero por Albert Fuentes, y precedidas de un conmovedor prólogo de la propia Scottie. 

Que nadie se acerque a estas cartas en busca de glamour y de pasos de baile, de fraseos brillantes y de música de jazz. Que no lo haga porque lo que se va a encontrar es solamente lucidez y desencanto; arrepentimiento y tenacidad; una virilidad esforzada; cuentas, planes, regateos; un apasionado convencimiento en el valor del propio gusto literario y en el saber y la técnica adquiridos mediante la escritura; una conciencia social orientada inequívocamente a la izquierda; consejos, advertencias, más consejos; un amor incondicional, pero también crítico, no exento de severidad. En definitiva, la prosa no pocas veces sórdida de la paternidad que ha sobrevivido dolorosamente a la utopía de la familia y que no tiene otra herencia que transmitir que la propia, terrible experiencia. 


Articulo : http://www.elcultural.es/ 23/08/2013