samedi 17 août 2013

Anna María IGLESIA/Guillermo AGUIRRE: “El objetivo último de una novela es contar una historia”

Guillermo Aguirre:
“El objetivo último de una novela es contar una historia”
Por Anna María IGLESIA

Son las cinco de la tarde; el calor veraniego empieza a notarse en una Madrid de principios de Junio. He quedado para conversar con Guillermo Aguirre sobre su segunda novela, Leonardo (Lengua de Trapo). Nos citamos en el mejor de los lugares posibles, al menos para poder hablar de literatura: me espera en el Hotel Kafka, la escuela de escritura con más prestigio de la capital.

Con su primera novela, Electrónica para Clara, Aguirre ganó el premio Lengua de Trapo y fue de inmediato considerado una de las promesas -en un país entusiasmado con la idea de nombrar promesas cada pocos meses- más prometedoras dentro del panorama literario español. Con Leonardo, Aguirre demuestra que no hay nada de promesa en él: se presenta como escritor que, tras una primera obra indudablemente remarcable, regresa con una novela en la que la mirada alterada, distorsionada, la mirada, podríamos decir rememorando al maestro, esperpéntica del protagonista se inscribe en un mundo, el actual, en el que las exigencias sociales contrastan con los deseos y con las posibilidades que objetivamente se tienen. El mundo de los piratas se convierte no sólo en el refugio ideal y utópico del protagonista, sino también en un mundo literario por rescatar, una literatura a la que Aguirre dirige un más que sentido homenaje.

En distintas reseñas así como en la entrevista que le realizó David Torres en Público, se subrayaba las continuas referencias a la novela Moby Dick presentes en Leonardo. Se ha hecho hincapié, en especial, a la relación entre la Teta Blanca y la Ballena Blanca de Melville, sin embargo ¿no podríamos leer la Teta Blanca a partir de Freud, es decir, como un objeto totémico?
En verdad, en relación a la Teta Blanca la referencia con Moby Dick está principalmente en la forma y porque, además, sirve para la coherencia de la novela, para poder explicar el final. Para mi novela Leonardo, la  Teta Blanca es un eje entorno al cual gravita la narración de la misma manera que lo era para Melvillela Ballena Blanca. Así mismo, en la lectura que realiza Auden de la novela de Melville, Moby Dick la Ballena Blanca, y de allí mi referencia a través de la Teta Blanca, representa lo imposible, lo inalcanzable, es decir, lo utópico, aunque este utópico pueda terminar siendo algo desastroso. En Leonardo, la Teta Blanca también representa lo utópico a la vez que también es símbolo del pecho de la mujer y de sus connotaciones; de hecho, en un capítulo del libro menciono los distintos significados que se han dado, a lo largo de la historia, al pecho femenino. Si mi personaje es freudiano no lo sé, pero sin duda debería ser visitado por un psiquiatra.

Precisamente las alternaciones psicológicas del protagonista, la relación que éste instaura con el psiquiatra podrían justificar una lectura desde parámetros freudianos o psicoanalistas.
Es una novela psicológica que se sustenta en la cordura y en la falta de cordura del protagonista; a partir de aquí, las lecturas que se hagan pueden ser muchas como diferentes los valores simbólicos que se encuentren. Más allá de esto, para el protagonista Leonardo, la Teta Blanca representa precisamente lo que no tiene, aquello que desea, pero que le es inalcanzable.

La Teta Blanca, por tanto, puede ser entendida sea como un tótem sea como el objeto de deseo.
En verdad, no he leído apenas a Freud; para la novela solamente recurrí a un fragmento en el que Freud habla precisamente de los significados que puede tener el pecho femenino para un hombre y ya está. En verdad, tengo que confesar que la psicología y el psicoanálisis como corriente literaria o como corriente de pensamiento y crítica nunca me ha interesado demasiado.

Al fin y al cabo, la función de la crítica es buscar posibles lecturas de las obras independientemente de la intentio auctoris y de la consciencia que de dichas lecturas tiene el autor.
La crítica encuentra de todo y muchas veces todo aquello que quiere encontrar; dependiendo del crítico, las novelas adquieren un sentido u otro completamente opuesto. Hay críticos que realizan siempre la misma lectura crítica, siempre buscan poner de manifiesto un determinado tema o aspecto y, al final, todas las novelas que ellos analizan terminan significando lo mismo, la lectura no difiere. Este tipo de lecturas críticas nacen de las obsesiones de los críticos y, de hecho, las escuelas críticas suelen realizar sus lecturas siempre desde puntos de vista muy marcados y delimitados.

Si en su lectura de Moby Dick, Auden sostenía que el Pequod podía considerarse como una microsociedad metáfora de la sociedad misma, Leonardo podría considerarse como la recreación, un tanto exagerada, de un joven de la generación actual inmerso en las problemáticas sociales de hoy en día.
Personalmente, creo que Leonardo podría considerarse como la metáfora de un sujeto que podría darse actualmente, sobre todo si pensamos en las coordenadas sociales y, en especial, en los aspectos educativos, bajos los cuales hemos nacido y crecido aquellos de mi generación. Leonardo es la ejemplificación de que todo hijo puede salir bien o mal, y él es ejemplo de un fracaso. Luego, bajo mi punto de vista, en la novela hay una corriente crítico-social que trata de poner entre comillas todas aquellas ideas y, en especial, todos aquellos objetivos que nos sentimos obligados a cumplir; son las metas que desde siempre se nos han marcado y que nosotros hemos aceptado de cierta manera, pues creemos que, al fin y al cabo, algo tenemos que aportar a la sociedad y, en especial, una estabilidad, una unión familiar, un hijo… La novela pone entre comillas todas estas presiones puesto que el cumplimiento de estos objetivos requiere una madurez y, sobre todo, una responsabilidad enorme. De ahí que mi personaje se refugie en la realidad novelesca de los piratas, una realidad completamente distinta a la real y en la que los personajes son lo que son, no deben aspirar a convertirse en alguien distinto: son bucaneros, estafadores, personajes viles que no esconden su vileza. La sociedad plana de las novelas de piratas, una sociedad donde todo está puertas afueras, donde nada ni nadie debe esconderse es la sociedad en la que se refugia Leonardo.

La sociedad de los piratas es una sociedad plana, cada uno tiene su propia naturaleza, mientras que en nuestra actualidad no sólo todos representamos un rol, sino que a todos se nos impone un determinado rol para cumplir.
Nosotros representamos un rol: el trabajo por sí mismo es un rol, la posición social es un rol. Y en la novela lo que se narra, a fin de cuentas, es la crisis del rol que la sociedad impone, una crisis que Leonardo manifiesta, en primer lugar, con una crisis de identidad a través de la obsesión por la nariz que termina por convertirse en un problema sexual. Leonardo se obsesiona con la idea de que su nariz crece continuamente, él está obsesionado con que las cosas no dejan de crecer, de hecho en la novela se dice que sus manos son enormes; la grandeza de sus manos, el aparente crecer continuo de su nariz, no es más que el reflejo del monstruosismo que él siente por dentro.

En este sentido, Leonardo es una novela bastante kafkiana.
Puede ser y, además, como los personajes de Kafka, Leonardo es un hombre encerrado en sí mismo, es decir, en un espacio muy oprimido y muy pequeño del que no puede salir; intenta mirar hacia afuera, pero no lo consigue. De hecho, no puede ver ni siquiera a su novia, lo que conocemos de ella lo sabemos a través de los diálogos, pues de las palabras de Leonardo no nos podemos fiar, puede estar contando cualquier cosa y desde su perspectiva.

De allí que la narración de Leonardo sea poco fiable: no sólo no ve a su novia, sino que nos la presenta con la sola inicial, sin nunca mencionar su nombre.
La idea de utilizar solamente la inicial para referirme a la novia es también un intento de dar mayor verosimilitud a la obra y de realizar, en cierta manera, el mismo ejercicio que realizaban muchos autores de novelas confesionales, en los que los nombres de los lugares y de algunos personajes eran indicados solamente con las iniciales en mayúsculas. Buscaba la verosimilitud narrativa.

¿Puede el lector fiarse de la narración de Leonardo?
Creo que debemos creernos a Leonardo, creo que la historia, si no en su totalidad, en gran parte es tal y como él nos la cuenta. En cambio, lo que está falseado es la perspectiva a partir de la cual Leonardo cuenta los hechos porque la propia posición en el mundo de Leonardo está falseada: él es un personaje enfermo de sí mismo, alguien venido a menos.

En este sentido resulta nuevamente un personaje kafkiano por lo incomprensible de sus actos; el lector no consigue entender la lógica que subyace tras sus acciones.
No sólo al  lector, también al propio Leonardo le cuesta entender el porqué de sus acciones, por qué hace determinadas cosas. Resulta incomprensible el deseo de Leonardo de tener un niño; en ningún momento nos explica cuáles son los verdaderos motivos, podemos pensar que este deseo es, en el fondo, el deseo de cumplir con todo aquello que la sociedad le manda. Sin embargo, al querer cumplir con las expectativas de la sociedad, Leonardo actúa de forma completamente errónea; el punto de partida para tener un hijo es ya de por sí feroz: mantener una relación con alguien aun no queriéndole, sólo porque está convencido que es adecuado en tanto que es aquello que se le exige.

De allí que Leonardo no comprenda exactamente la lógica que debería regir en sus decisiones.
¿Has pensado en que pueda tratarse de un ataque de pánico? ¿Has tenido alguna vez un ataque de pánico?

No, nunca, no sé lo que es padecer un ataque de pánico.
Es difícil pensar durante un ataque de pánico, la linealidad del pensamiento desaparece completamente. La ansiedad que se padece en un ataque de pánico distorsiona completamente tu capacidad de percepción del mundo y de la realidad que te rodea. Por eso, en aquellos momentos, resulta complicado pensar con lógica sobre uno mismo y sobre lo que se está haciendo; en cierta medida, ésto es lo que le pasa a Leonardo.

En una entrevista que te realizaron por tu primera novela, Electrónica para Clara, comentabas críticamente la necesidad de algunos autores por trasgredir y afirmabas que la transgresión debía ser inconsciente.
Por inconsciente me refiero al hecho de que para mí no debe haber por parte del autor la voluntad única de transgredir: no creo en la transgresión por la transgresión, es decir, no creo que deba buscarse la modernidad simple y exclusivamente a través de la transgresión, entendida como elemento principal de la obra. No creo sinceramente que la transgresión sea de por sí un elemento narrativo positivo para la obra; es verdad a nivel formal y, sobre todo, a nivel de ventas pueda ser un elemento que aporte resultados positivos, pero no creo que la voluntad de transgresión sea un actitud positiva en el momento de escribir. Por eso, en la entrevista que mencionas hablaba de una transgresión inconsciente como de una búsqueda de un espacio propio en el cual enmarcar la propia literatura.

Además, afirmabas en esa misma entrevista que no debe olvidarse que el objeto último de una novela es contar una historia.
Sí, el objeto último de toda novela es contar una historia y, sobre todo, que el lector lea el libro en su totalidad, que quiera llegar hasta el final de la historia que le estás contando.

Sin embargo, en Leonardo hay una suerte de transgresión o subversión de los modelos narrativos clásicos, no tanto por la linealidad de la narración, sino por el juego de la mirada que planteas, completamente distorsionada.
Sí, y puede que incluso en mi elección del tono Leonardo pueda parecer, en cierta medida, transgresora. En el momento de elegir el tono de la narración, me basé, por un lado, en las narraciones del siglo XIX y, por otro, en la perspectiva distorsionada del propio Leonardo. De hecho, es posible utilizar formas transgresoras que no tengan que ver directamente con el sentido del texto; creo que Leonardo es, más bien, una novela de personajes donde lo más transgresor sea la historia rocambolesca de los piratas.

La historia de los piratas puede leerse como una nota a pie de página de la narración principal, como una explicación metafórica del relato de Leonardo.
Esa historia es un añadido posterior que me servía para añadir los capítulos interpuestos que, de otra manera, estarían ausentes en la segunda parte de la novela. Así como los capítulos dedicados al pecho servían como intermedio en la primera mitad de la novela, necesitaban nuevos capítulos que hicieran una función similar en la segunda mitad y me parecía que la historia de los piratas podía funcionar perfectamente como lugar metafórico al que llega Leonardo.

El mundo de los piratas es el mundo ideal y utópico del protagonista.

Comentabas hace tiempo la influencia que tuviste del autor francés Benjamin Constant para esta novela, ¿hay otros referentes? O, mejor dicho, ¿eres consciente de la influencia que has recibido por parte de otros autores?
Imagino, que sí, aunque principalmente era consciente de la influencia que Benjamin Constant tenía en esta novela. En relación al relato de los piratas, indudablemente tenía como referentes narrativos a Stevenson y a Salgari. Ya, por último, están las constantes alusiones a Moby Dick, novela que funciona en cierta manera como eje para todo el libro.

En el relato de los piratas, se percibe un cambio de estilo narrativo motivado por el rescate del género de la novela de aventuras.
Sí, se pierde la subordinación de las frases y, por lo tanto, la narración se hace más pausada. Resultaba imposible narrar el relato de los piratas de la misma manera en la que Leonardo cuenta su historia, era necesario cambiar de estilo.
Se percibe, además, una voluntad de rescate de una determinada tradición literaria.

El rescate que mencionas es, en parte, una defensa de una tradición literaria: la figura de los piratas es, desde el punto de vista estructural de la novela, el elemento más transgresor y, sin embargo, a nivel de contenidos no lo es en absoluto, pues es una clásica narración de aventuras. Recuperando este género narrativo quería hacer una defensa de la idea, de la que hablábamos antes, de que el objetivo último de una novela es contar una historia.

***
"El protagonista de mi novela aspira al gran naufragio de la humanidad"
Por David TORRES
26/05/2013

Guillermo Aguirre, uno de los escasos novelistas jóvenes que aúna ambición, talento, perspicacia y precisión narrativa, publica 'Leonardo' tras obtener el Lengua de Trapo.

No es fácil encontrar novelistas jóvenes que tengan algo que decir. Al contrario que la poesía, la matemática o el ajedrez, disciplinas donde abundan los ejemplos precoces, la novela parece requerir ciertas dosis de experiencia y un conocimiento a fondo del oficio. Salvo casos excepcionales, como Alberto Moravia o John Barth, que publicaron sendas obras maestras antes de cumplir los 25 años, raro es el novelista joven que domina su arte en lugar de ser dominado por él.

Con su segunda novela, Guillermo Aguirre (Bilbao, 1984) se ha revelado como uno de los escasos novelistas jóvenes del panorama actual que aúna ambición, talento, perspicacia y precisión narrativa, un cóctel peligroso que le viene dado en parte por sus amplias lecturas y también por su experiencia de alumno y profesor en el Hotel Kafka, una de las mejores academias literarias de la capital.

Su primera novela, Electrónica para Clara, obtuvo el XV Premio Lengua de Trapo de Narrativa. Con su segunda obra, Leonardo, que acaba de publicar Lengua de Trapo, Aguirre lanza, como él mismo dice, "un mensaje en una botella", un grito y también una advertencia donde se mezclan la ansiedad, la neurosis, la culpa y el arrepentimiento, todo batido con una fuerte carga de autocrítica y un hilarante sentido del humor. Desde la Teta Blanca al fantasmal barco pirata donde cumple su castigo, la novela traza una serie de obsesiones que forman un poderoso arco de introspección y fabulación. En el universo del protagonista, un niño mimado, despiadado, autodestructivo y cínico, el lector, sobre todo el joven lector, va a encontrarse no sólo con algunos pedazos de sí mismo sino también con algunosleitmotivs de su generación.

Leonardo, aparte de una muy buena novela, ¿es un exorcismo, una flagelación o un intento de psicoanálisis?
¿No puede ser las tres cosas? Es una flagelación (mirarse con humor homicida y ponerse a bajar de un burro) para el buen ejercicio de un exorcismo (contarme algo que pasaba en mi vida y que no podía ser contado de otro modo) a través del análisis y del humor, más que del psicoanálisis.

Pero, más que un autorretrato, te ha salido un suicidio. ¿O no crees que el narrador bordea la psicopatía?
Puede ser. A Leonardo lo veo como neurótico, un extravagante a base de crear su propia máscara, un Peter Pan, un niño mimado, un producto en negativo de mi generación (de la educación consentida). Pero creo que en él quedan restos de cierta empatía, lo que lo desestima como psicópata al uso. La narración, aunque en cierta medida brutal y pornográfica (en lo que se refiere a contar sin pelos en la lengua), es demasiado caliente para un psicópata y existe un sufrimiento de fondo por no poder ser de otro modo que dudo que un psicópata tuviera. Si es un psicópata, podemos temblar, ya que tengo una buena lista de hombres (y alguna mujer) que, en alguna u otra cosa, se han sentido directamente relacionados con el amigo Leonardo.

Entonces ¿crees que Leonardo podría ser un emblema de tu generación?
No llego a tanto, no soy Goethe escribiendo Las penas del joven Werther, pero sí considero que, por ejemplo, la ansiedad que padece Leonardo es una enfermedad actual, que cada vez padecen más jóvenes por una u otra razón. También creo que Leonardo, en alguna medida (parcialmente, ya que ese no es el centro de sentido de la novela), puede responder a un tipo de sujeto preparado en la teoría para afrontar la realidad pero no preparado en la práctica: hijo único y mimado, de padres funcionarios, que jamás ha entrevisto un peligro real y que, por ello, tiene que inventarse peligros que no existen (la invención del peligro es la ansiedad, los ataques de pánico, que producen amenazas donde no las hay). Creo que es un perfil acostumbrado en mi generación. O al menos familiar.

Te lo pregunto porque yo me considero hijo de una generación que perdió ciertos ideales, que se encuentra perdido y que todavía se está buscando.
"Mi generación es cínica, desencantada y muy preparada técnicamente, pero sumamente mimada, empresarial, cruel y déspota" 

La tuya es la hermana mayor a la mía. Yo soy bastante drástico, quienes perdieron esos ideales quizás fueron nuestros padres (estafados por los unos y los otros a caballo en la transición). La generación que ellos han traído al mundo (después de la bonanza), al menos en algunos aspectos (la que yo veo entre los míos), es cínica, desencantada, muy preparada técnicamente pero sumamente mimada, criada entre sedas y suspiros; puede tener ideales, pero es muy empresarial, cruel, déspota. El punto de llegada está muy alto: vivir mejor que nuestros padres (no es fácil). Somos los chicos de los másteres interminables, de Europa, de a saber qué ruina.
Creo que Leonardo encaja ahí, en algún lugar, que es uno de los posibles productos de todo eso, y por supuesto de sí mismo. No es el tópico, pero entra en esa generación.

¿No crees que somos una generación que teme que sus hijos van a vivir peor que ellos? ¿No es también lo que teme el personaje de la madre de Leonardo, la funcionaria enganchada a la Teta Blanca del estado?
Desde luego no somos la generación de nuestros padres y estamos generalmente en situaciones más precarias, pero no sé cual fue el temor de nuestros abuelos o bisabuelos. Mis bisabuelos tuvieron (unos de ellos) ocho hermanos y tres murieron antes de cumplir los diez años, lo que no sé es si vivían el tener hijos como un temor. Lo que sí creo es que somos una generación más temerosa, por haber tenido con anterioridad y por no saber si tendremos (en el futuro): los hijos en casa parecen un espejismo. El temor de la madre de Leonardo es constante porque Leonardo es hijo único, su temor es miedo a que fume demasiado, a que beba demasiado, a que no tenga trabajo, a que no coma verduras o fruta, su temor es cuidado y mimo y caprichos. Sólo al final de la novela, cuando poco a poco va irrumpiendo la realidad en el relato egocéntrico de Leonardo, ese temor se convierte en la pérdida de un estado social, esa pequeña burguesía a la que Leonardo y su familia pertenecen.

La Teta Blanca es la Ballena Blanca, claro. ¿No te parece peligroso alentar otra lectura deMoby Dick?
La Teta Blanca es la ballena y también es un pecho, uno corriente y moliente de una exnovia de Leonardo que aparece en forma de cuadro. En realidad no quiero alentar ninguna lectura de Moby Dick, aunque existe una "lectura de Moby Dick" en la concepción de la novela, creo recordar que era una lectura de Auden, en la que se hablaba de la ballena como lo "ideal" y del Pequod como una metáfora en miniatura de la sociedad. Aquí el pecho para Leonardo sigue siendo lo "ideal", lo que no tiene, lo que nunca tendrá (motivo de enfermedad y obsesión). Y el barco, en fin, es el propio Leonardo (porque la sociedad para él no tiene espacio ni peso): o es otra o no será jamás. Leonardo también responde a un hombre que huye, que se embarca (en algo, a saber qué locura) y que no desea que el mundo sea tal cual es, sólo que Leonardo lo desea más vil, más cruel, más a su medida y semejanza.

Pero las referencias a Melville no se agotan con la Teta Blanca. Está el párrafo de inicio, donde el narrador casi cita literalmente el comienzo de Moby Dick: "Llamadme Leonardo".
El primer párrafo de Moby Dick... ya sabes, uno siente fascinación por según qué primeros párrafos. El mío, que acaba igual que como comienza el de Melville y que va como "nota del autor", sirve en primer lugar para convertir al autor real directamente en Leonardo (ya que la novela es una mensaje en una botella). Luego Rafael Reig, releyendo el primer párrafo de Melville, descubrió extrañas similitudes entre Ismael y mi Leonardo: si relees el párrafo de Melville lo cierto es que frases como "siempre que me sorprendo parándome ante las funerarias, o incorporándome al cortejo de cuantos funerales encuentro" dan una medida bastante alterada del carácter de Ismael. Quizá Ismael también tuviera ataques de ansiedad, pánico o estuviera, en fin, un poco como una puta chota.

Y en el barco pirata, que es un poco el símbolo de la locura de Leonardo, aparece un capitán extraño y malvado que parece un reflejo de Ahab.
Aparece un barco pirata, sí. Y toda una historia de piratas, marinos y abordajes que acaba en una isla y que se alterna con la narración de la relación de Leonardo con su novia, C. (que es eje central de la novela), del mismo modo que antes se alternaban los capítulos, por así decirlo, que hacen referencias al pecho: es una historia un tanto "delirante" (creo que han dicho por ahí) que adquiere sentido al final y que funciona parcialmente como una metáfora (o eso quería) de lo que le ocurre a Leonardo, ese universo de piratas, quiero entender, es así como la sociedad ideal de Leonardo, el universo social que el desearía para sí y para toda la humanidad: un desastre, un gran naufragio cruel y una evasión que responde a una idea de sentido en la novela y, por qué no, también al gusto del autor por los barcos y la mar. A fin de cuentas uno debe divertirse cuando escribe si quiere que también se divierta el lector.

¿Estás seguro de eso? Me parece una cuestión muy interesante lo de que el autor debe divertirse para que se divierta el lector. Eso nos llevaría a disquisiciones más amplias, pero ¿no crees que también hay autores que pretenden que el lector sufra? ¿Que diseñan sus novelas como una penitencia o un castigo?
Sí, claro que habrá autores que pretendan eso (o quizá más bien novelas que lo pretendan), la catarsis aquella del carajo, como el cabrón de Haneke con sus películas, pero no es el caso de Leonardo. Leonardo trabaja sobre un problema dramático desde el ejercicio y la distancia del humor y yo me divertí escribiéndolo aunque supusiera un exorcismo. Lo que quiero decir es que existe un relación directa entre autor/lector, si el ejercicio es divertido cercano a la comedia, entiendo que autor y lector se divierten más, si el ejercicio es dramático, muy pegado a la tragedia, entiendo que autor y lector sufren más. También hay quien se divierte sufriendo. De tejados y de piedras está el mundo lleno.

Tú trabajas en Hotel Kafka, una academia literaria bastante atípica y uno de los epicentros culturales de Madrid. ¿En qué medida esa experiencia laboral, el estar todo el día entre escritores publicados e inéditos, y entre aprendices de escritores, te ha ayudado, te ha estorbado, te ha influido?
El Hotel Kafka. Prácticamente vivo allí. Trabajo, coordino los cursos, actividades, llevo la librería y este año he comenzado a dar alguna clase. Desde luego trabajar en el Hotel por amistades y pertenencia me ha resultado más lucrativo en todos los aspectos que no hacerlo, pero algunos cuchillos tienen hoja de doble filo, si bien tanto el contacto con alumnos, como con profesores y amigos resulta bueno porque supone un "estar" más en el medio y uno aprende también de otros compañeros que llevan más tiempo en esto, también es verdad que puede ser paralizante por exceso. Vivir de cara al público, envuelto en presentaciones, con la literatura como eje por la mañana, por la tarde y al mediodía puede acabar por hacer que cuando regreses a casa sólo quieras ver Crepúsculo. Funciona por temporadas, pero la experiencia es buena en términos generales. Somos una empresa original, que hace cosas originales y en la que no se trabaja como en otros sitios. Desde luego de oficinista natural en RENFE, por ejemplo, estaría bastante peor en todos los aspectos.


Articulo: http://www.revistadeletras.net 12/07/2013

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