samedi 3 août 2013

Carlos María DOMINGUEZ/ Virginia WOOLF: Cuando los pájaros cantaron en griego

NUEVA BIOGRAFIA|Escritora inglesa
Virginia WOOLF: Cuando los pájaros cantaron en griego
Por Carlos María DOMINGUEZ

La próxima semana llega a librerías chilenas la más extensa biografía escrita en español sobre esta escritora fundamental del siglo XX.

Virginia Woolf, su incisiva felicidad y agonía, regresan en una biografía de la escritora argentina Irene Chikiar Bauer, que recupera parte de sus caudalosos diarios, de la correspondencia, la de sus amigas y los abundantes estudios que indagaron su vida y su muerte. Es un libro portentoso, muy afín a la tradición anglosajona de ofrecer información relevante y detalles triviales con el orgullo de la documentación precisa, lo que lo convierte en un esfuerzo infrecuente dentro de la lengua española. La estrategia narrativa es prudente y contenida: organiza el relato y deja al lector delante de un abigarrado caleidoscopio.

No es posible leer la vida de Virginia Woolf sin la impresión de que escribió para vivir, en todos los sentidos que quieran adjudicarse a la justificación de un día. La historia, sus diarios y cartas son cristalinos: la escritura no solo le permitió tener una vocación, le permitió tener una vida.
Puede uno arriesgar que la necesidad de vencer los abusos de la moral victoriana la convirtió en una criatura letrada, pero menos reductible es que uniera a un extremo tan desguarnecido la carencia y la virtud, el dolor con la dicha, la fragilidad y la ambición. Es la forma del mito que convoca su figura en la novela moderna y antecede al valor de la obra.

Sin educación formal, reservada a los varones, Virginia recibió de su familia la inclinación por las letras y el caos. Su padre, el escritor Leslie Stephen, tenía una hija de su matrimonio con Minny Thackeray (hija del novelista William Thackeray), llamada Laura, con problemas mentales que derivaron en su internación en un psiquiátrico. Luego de enviudar, Leslie se caso con la viuda Julia Prinsep Jackson, que tenia tres hijos de su primer matrimonio (George, Stella, Gerald), y juntos tuvieron cuatro hijos: Vanessa, Thoby, Virginia (el 25 de enero de 1882) y Adrian. El hogar pertenecía a los estratos inferiores de la alta burguesía, recibía las visitas de Thomas Hardy, Alfred Tennyson, Henry James, Edward Burne-Jones. Leslie y su esposa sostuvieron la educación de sus hijas con la ayuda de alguna institutrices, pero Julia murió cuando Virginia tenía 13 años y poco después tuvo su primera crisis nerviosa, de la que tardo dos años en reponerse.

Ya entonces las relaciones con sus hermanos políticos eran complejas, y a veces violentas: “Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth [su hermanastro menor] me puso encima de una repisa que se reflejaba en un espejo y mientras estaba sentada allí comenzó a explorar mi cuerpo. Puedo recordar la sensación de su mano bajo mis ropas; descendiendo con firmeza y con seguridad más y más abajo. Recuerdo cuanto esperaba que se detuviera, y como me puse tensa y empecé a retorcerme cuando a su mano se aproximaba a mis partes íntimas. Pero no se detuvo. Su mano exploro también mis partes privadas. Recuerdo mi resentimiento, mi desagrado. ¿Cuál es la palabra para expresar aquel sentimiento mudo y complejo?”

Mordacidad y dolor

Virginia conoció la dicha de la infancia en complicidad con su hermana Vanessa y luego de la muerte de su madre, bajo el amparo de su hermanastra Stella. Pero Stella murió poco después de casarse y otra violencia sexual, esta vez del hermanastro mayor, George, la marco para siempre. Fue un abuso prolongado, entre 18 y 22 años, cuando ya elegía un camino en la literatura. Los testimonios de sus episodios con George siempre fueron manifiestos y genéricos, lo que abrió las puertas a muchas especulaciones, pero el padecimiento distorsiono su sexualidad y la condujo a una introspección que encontraría en la escritura de sus diarios y relatos el oxigeno para sobrevivir en medio del abatimiento y las confusiones.

Cualquiera puede creer que la virtud artística es resultado de un talento personal, pero a menudo el talento es fruto de una desesperación milagrosamente encauzada. No la salvo de sufrir la locura en 1904, después de la muerte del padre, cuando escucho a los pájaros cantar en griego; tampoco en 1913, al año de casarse con Leonard Woolf, pero le permitió, con un esfuerzo inmenso, tener una vida de escritora y editora en la modesta imprenta que monto con su esposo, la Hogarth Press, también escribir innumerables artículos literarios en la prensa, libros de critica, ensayos que se convirtieron en referentes del feminismo como “Un cuarto propio” y “Tres guineas”, varias colecciones de cuentos, algunas obras de teatro, una cantidad abrumadora de cartas (seis tomos), su diario personal (26 tomos), y un conjunto de novelas decisivas en el umbral de la literatura moderna. “El cuarto de Jacob” (1922), “La señora Dalloway” (1925), “Al faro” (1927), “Orlando” (1928) y “Las olas” (1931), muestran su progresivo distanciamiento del realismo y la exploración de la conciencia con fraseos líricos y monólogos audaces, unidades narrativas independientes de la trama argumental, que validaron el género cuando Proust parecía haber agotado sus posibilidades y James Joyce emergía con una potente y breve utopia literaria.

Lo hizo con notable agudeza de observación, virtuosa capacidad de llevarla al papel, una mordacidad penetrante, elegancia de estilo y una profunda inseguridad acerca de su valor. La desconfianza en su capacidad, el temor a no ser aceptada, la sospecha de encarnar un fracaso, la impresión de que sus propósitos superaban sus fuerzas, una exigencia implacable, el miedo a los efectos destructores de la critica y la competencia con los escritores contemporáneos, especialmente del sexo femenino, como la que mantuvo con Katherine Mansfield, acompañaron la alegría por sus logros, siempre a punto de hundirse en la depresión.

Los confines de la intimidad

Que la excelencia de Virginia haya nacido de la fragilidad remite a un asunto mas oscuro, pues expresaba su padecimiento con una precisión que incluyo hasta los desmayos: “Iba caminando por el sendero con Lydia. Si esto no cesa, dije, refiriéndome al sabor amargo de mi boca y la presión como de una jaula metálica de sonido sobre mi cabeza, entonces es que estoy enferma: si, muy probablemente estoy destruida, enferma, muerta. ¡Maldita sea! Aquí me caía diciendo “Qué extraño, flores”. A trozos, sentí y supe que Maynard me llevaba al cuarto de estar y vi a L. muy asustado; dije, subiré arriba; el golpeteo de mi corazón, el dolor, el esfuerzo se volvieron violentos en las puertas; me rindieron; como un gas; perdí el conocimiento; luego la pared y el cuarto volvieron a mis ojos, vi la vida de nuevo. Extraño, dije y me quedé tumbada, recuperándome gradualmente hasta las 11 cuando me fui a rastras a la cama” [2 de setiembre de 1930].

A diferencia de su hermano Adrian, que estudio el psicoanálisis, Virginia valoro las teorías de Freud por su aporte a la historia de la cultura y por la seducción de su prosa. La introspección fue, sin embargo, una aventura cotidiana y una cantera de descubrimientos que la llevaron por su mente con el ánimo de una exploradora. La interioridad era tan asombrosa como los confines del imperio. Los delirios de Séptimus, en “La señora Dalloway”, narran sus alucinaciones. Describía a las personas con la penetración de un caricaturista, no rechazaba la impiedad de sus sentimientos y era efusiva en sus afectos a un grado que desborda los límites más o menos funcionales que separan los amores familiares, de los fraternos y conyugales. Esa indiscriminación pauto el amor por su hermana Vanessa y por amigas que la convocaron a la intimidad como Violet Dickinson, la aristócrata Vita Sackville-West y la compositora Ethel Smith. Pero también el amor por su esposo Leonard y por varios miembros del grupo de Bloomsbury.

La homosexualidad y el lesbianismo, en muchos casos paralelos a las relaciones matrimoniales, fueron parte de un espíritu antiburgués que veía en la andróginia una condición que acompañaba el don artístico. Virginia compartió las inclinaciones del grupo con vacilaciones que, si no la apartaron de su esposo, la llevaron por experiencias safícas. En muchos aspectos, interpelan el carácter regulador del sexo en las relaciones humanas. Porque los documentos reunidos en esta biografía muestran que los vínculos amorosos, desentendidos de la genitalidad, tejieron una abigarrada red de pasiones que brillaron en la intensidad y en la confusión.

La guerra

La Segunda Guerra Mundial acabo con la vida de Virginia Woolf. Enterró su único mundo posible entre los escombros. No es una metáfora. El ascenso de Mussolini, el estallido de la Guerra Civil española, donde fue a morir un hijo de Vanessa, y la asombrosa expansión del poder de Adolf Hitler, la desestabilizaron emocionalmente. Pero cuando Hitler comenzó a bombardear Londres con la amenaza de una próxima invasión, las bombas redujeron a polvo su casa londinense, dañaron seriamente el edificio donde habían mudado la editorial y Virginia y Leonard se refugiaron en Monk’s House, una casa en el cercano pueblo de Rodmell, Sussex, que habían logrado comprar en una subasta en 1919 y fue el amparo de sus mejores días.

Desde hacia años Leonard Woolf tenia una activa participación en el Partido Laborista, trabajaba en la prensa progresista y llevaba la editorial con Virginia y unos pocos empleados. El matrimonio había superado muchas crisis y funcionado con una mutua complicidad amorosa en la que Leonard oficiaba de garantía y custodia de la salud psíquica de su esposa. De familia judía, entonces se veía seriamente amenazado, al grado de pactar con Virginia que si los nazis invadían Inglaterra, se suicidarían. Ambos estaban en la lista de arrestos inmediatos de Heinrich Himmler. “Vivimos sin un futuro. Eso es lo raro, con nuestras narices apretadas contra una puerta cerrada… No puedo escribir. He perdido el arte”, decía en sus cartas.

A mediados de marzo de 1941, Virginia sufría de temblores y alarmo a Leonard luego de llegar de una caminata por las marismas del río Ouse mientras llovía a cantaros. Dijo que se cayó en un dique. Consultaron a una médica amiga, pero Virginia sabia que otra vez llegaba, ineludible, la locura. No la que aniquilaba, afuera, sino la que la aturdía, adentro, llamada por la ruina de lo que amaba. Al mediodía del 28 de marzo engaño a Leonard para salir de la casa, se coloco una pesada piedra  en el bolsillo del abrigo y se sumergió en el río. Encontraron su cuerpo el 18 de abril, casi un mes después, pero ya se había despedido en una carta a Leonard, que dejo en un sobre azul sobre la mesa del salón, junto a otra destinada a Vanessa:
“Queridísimo: Estoy segura de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podemos superar otro de aquellos terribles tiempos. Y no voy a recuperarme otra vez. Empiezo a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en cada aspecto todo lo que se podría ser. No creo que otras dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino esta terrible enfermedad. Ya no puedo enfrentarla. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mi podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te das cuenta, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. En mi no queda nada más que la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido mas felices de lo que nosotros hemos sido”.

Virginia Woolf
La vida por escrito
Irene Chikiar Bauer
Taurus, Buenos Aires, 2012
919 paginas, $24.900
BIOGRAFIA


Articulo : http://www.emol.com/ 28/07/2013