samedi 3 août 2013

Daniel GASCON/Emmanuelle CARRÈRE: “PUTIN quiere que Rusia sea amada, no temida”

ROLLING STONE
Emmanuelle Carrère
“Putin quiere que Rusia sea amada, no temida”
Por Daniel GASCON

Consagrado por completo a los libros “sobre personajes y situaciones reales”, el escritor francés retrata al disidente ruso Eduard Limónov, una figura tan atractiva como detestable.

En la primera mitad de mi carrera escribí libros de ficción; en la segunda, libros que tratan de personajes y situaciones reales. No ficciono. Y están escritos en primera persona: aunque no sea un personaje importante, siempre estoy dentro de ellos”, cuenta a Rolling Stone el escritor Emmanuel Carrère (París, 1957) en el estudio de su casa del distrito 10 parisino. En El adversario, Carrère contaba la historia de JeanClaude Romand, quien mató a su familia después de vivir 20 años en una mentira. Una novela rusa era la investigación de un secreto familiar y la disección de una ruptura amorosa. De vidas ajenas describía la irrupción de la tragedia, en forma de tsunami y cáncer. Limónov, el más reciente, cuenta la vida del septuagenario disidente ruso Eduard Limónov, “a la vez Houellebecq, Lou Reed y Cohn-Bendit”, un personaje contradictorio y excesivo, que ha sido delincuente juvenil y poeta de provincias, exiliado y sin techo en Nueva York, estrella literaria en París y opositor de Putin.

¿Qué debe tener una historia para que pienses que merece y necesita ser contada?

Encontrar la historia es una parte esencial. Tienes la sensación de que eres la persona adecuada para contarla. A veces es una historia íntima. Y otras, es una elección. Es un proceso difícil de entender. Debe haber algo que está lejos de mí, y debe haber algo común, quizá oculto: debo encontrar por qué me fascina algo tan alejado. Creo que, si fuera pintor, haría retratos. Cuando voy al museo, es el género que más me interesa. Y es lo que hago en mis libros. A veces hay un modelo; otras, yo formo parte del retrato.

Limónov parece un buen modelo. Su vida está llena de energía y aventuras, además de atesorar una parte que te fascina y otra que te incomoda.

Nunca sabía qué pensar de él. Intentaba transmitir al lector la sensación que yo tenía: incómoda y estimulante. Hay momentos en las que es un cerdo pero en otras ocasiones es noble y valiente. Nunca intento hacer una síntesis, pararme un momento y decir quién es Limónov.

¿Cómo te documentas para un libro como éste?

No he entrevistado a Limónov. He pasado tiempo con él. No grabé las conversaciones, ni tomé notas. Sabía que la principal fuente de información serían sus libros autobiográficos. Había periodos de su vida sobre los que tenía mucha información y otros sobre los que tenía muy poca. No invento: cuando no sé algo, quiero que el lector sea consciente de ello. Parte del desafío es ser muy sincero con el lector. Es como llevarlo a la cocina y mostrarle cómo hago los platos.

Alternas la historia de Limónov con la tuya: una vida extrema frente a una bastante apacible.

Escribo para la clase media culta occidental, que está de acuerdo en una serie de cosas como la democracia, los derechos humanos. Pero aquí hablo de un personaje que no siente el menor interés por esas ideas. Eso te obliga a ver el mundo con los ojos de un hombre que cree que Ceaucescu, Gadafi y al Assad son buena gente. Es una posición existencial alejada de la mía.

Uno de los momentos más llamativos del libro es cuando comparas a Limónov con Putin.

Hay una parte de verdad, pero no funciona. Putin es un hombre de poder, un apparatchik, mientras que Limónov es un rebelde nato. Lo raro de Limónov es que ahora esté en el lado de los demócratas, a quienes siempre detestó. Lo que la gente denuncia de Putin –quien es un autócrata, que no quiere que Rusia sea amada sino temida– es lo que piensa Limónov. Si tuviera el poder, sería peor que Putin. Hay que equilibrar el paralelismo con una completa oposición, que no es ideológica sino humana y existencial: Limónov es un rebelde y Putin no. Hay razones para que no te guste Limónov, pero también para que te guste. Lo admiro por su coraje, paga por lo que hace. Nunca escapa.

Dices que es un fascista que siempre está del lado de las minorías.

No pienso en los neonazis, con los que comparte poco, pero tiene una posición nietzscheana. Por otro lado, está del lado del pequeño. Eso podría hacer de él un populista. Con esa palabra soy cauteloso, porque las élites –a las que pertenezco– creen que el pueblo se equivoca y habría que cambiarlo porque es populista.

En ‘Limónov’criticas “la tiranía de las mentes sutiles”. ¿A qué te refieres exactamente?

A personas que piensan que están más informadas y son más inteligentes que el lector de periódicos. Les obsesiona la idea de que no les engañen, o caer en lo políticamente correcto. Hay quien preferiría morir antes que decir lo mismo que Le Monde o El País. Es una broma sobre gente que no odio, que son mis amigos, pero que a veces son demasiado sutiles. En ocasiones yo soy uno de ellos.

El libro también es un panorama de algunos de los grandes acontecimientos de las últimas décadas.

Intento revisar algunos de los momentos más confusos de la historia contemporánea, de los que he sido testigo lejano, como las guerras de los Balcanes. Las seguí, pero no entendía nada. Parecía que los serbios eran los malos y los bosnios las víctimas. Y es básicamente cierto. Pero si entras en los detalles, descubres complicaciones y eso es lo interesante: lo difícil que es tener un juicio moral. Es una línea muy fina: hay que hacer justicia a la complejidad del mundo, pero también escapar al relativismo total, que detesto. No puedes evitar escoger un lado.

Has pasado mucho tiempo en Rusia en los últimos años, y has escrito sobre ese país en varios libros. ¿Cómo analizas su situación política?

Tengo amigos rusos, pero son personas como yo: gente de clase media de las grandes ciudades, una minoría muy pequeña. En 2012, cuando hubo protestas después de que Putin y Medvedev intercambiaran sus puestos, pensé que cambiaría algo. Sabía que la gente que se manifestaba no era la Rusia profunda. Pensé que no era tan peligroso para el poder, porque esa gente no quería la revolución, sino reformas razonables. Quizá subestimo el peso de la paranoia del poder. Lo extraño es que las voces disidentes son razonables en Rusia. Nadie quiere un baño de sangre, nadie quiere tomar el Palacio de Invierno y poner la cabeza de Putin en una estaca. Salvo Limónov, claro. La evolución natural es que la gente que encabeza las manifestaciones, aunque sólo sea por razones generacionales, esté liderando el país en diez años. Pero temo equivocarme.

‘De vidas ajenas’ habla de cómo la tragedia irrumpe en la vida de distintas formas. Pero también trata los abusos de las entidades de crédito.

No soy rico, pero no tengo una experiencia directa de la pobreza. Étienne, el juez que protagoniza el libro, era consciente de que, en un departamento no muy pobre de Francia, la gente estaba viviendo situaciones terribles. Intenté abordar el tema de una manera muy precisa y desde el punto de vista técnico de un juez. Se trataba de que fuera interesante leer 50 páginas sobre leyes, jurisdicción, endeudamiento y el conflicto entre ley europea y nacional. Uno de los asuntos por los que me atrae la no ficción es que a veces encuentras algo que no puedes prever e intentas entenderlo y explicarlo a un lector que no sabe más que tú sobre el asunto.

Esa dimensión pedagógica me gusta.

¿Te preocupa la reacción de la gente que aparece en tus libros?

Tuve una experiencia terrible, que cuento en Una novela rusa: hice las peores cosas que puede hacer un escritor que provocaron consecuencias. No querría escribir otro libro así. Como regla general, no deberías hacer daño a la gente. Con ese libro, hice daño y sabía que lo estaba haciendo. También depende de los personajes. Si Limónov se hubiera ofendido, no habría importado. Es una figura pública y no considero que deba tratarle con el mismo cuidado que a los personajes de De vidas ajenas. Prometí que les dejaría leer el libro antes de que se publicara. Con Limónov no tuve esos escrúpulos.

¿Volverás a escribir una novela convencional?

Creo que ya no escribiré ficción. Si tuviera la idea de una novela, me gustaría, pero no lo necesito. Hace poco hablaba de eso con Jean Echenoz. Él decía: “En este momento de mi vida no tengo apetito de ficción sino de realidad”. Me pasa lo mismo. Lo extraño es que, cuando estás convencido de que sigues tus impulsos más íntimos, levantas la cabeza y ves que estás haciendo lo mismo que todos los demás.

LIMÓNOV está editado por Anagrama.


Articulo: http://www.elboomeran.com 22/07/2013