samedi 17 août 2013

Elisa RODRIGUEZ COURT/“La experiencia dramática”, de Sergio CHEJFEC

“La experiencia dramática”, de Sergio CHEJFEC
Por Elisa RODRIGUEZ COURT 

Leí una entrevista a Sergio Chejfec en la que el escritor argentino manifiesta que no le interesa cómo ocurren las cosas, sino cómo se describen. Es en la elaboración de esa descripción en donde dice encontrar la aventura narrativa que le atrae.

Estas declaraciones parecen ajustarse a su modo de concebir la creación literaria. Lo he percibido tanto en Mis dos mundos como en su última novela, La experiencia dramática. Como las he leído de forma continuada, una seguida de la otra, ambas han ocupado mi mente juntando sus aguas. Tal vez porque, dotándose cada una de ellas de un particular rostro narrativo, en última instancia lo que parece importar es lo que se dice en lo que no se dice y lo que se omite mientras se habla. Así camina también la escritura de Sergio Chejfec, en igual medida capaz de hablar como Félix, uno de los dos protagonistas de La experiencia dramática, el cual se desmiente cuanto más asertivo se muestra.

En esta novela Sergio Chéjfec ejerce con maestría el arte de la ambigüedad y la contradicción, de los gestos incompletos e inciertos. Por eso creo que a La experiencia dramática le viene fenomenal la elección de los dos protagonistas, Félix y Rose.

Ambos se citan al menos una vez en semana para conversar en bares o durante interminables caminatas. Como se lee en la contraportada de este libro, “aunque no lo mencionen, luego de cada encuentro Rose y Félix tienen la extraña sensación de haber dicho más de lo que esperaban y menos de lo que querían decir”.

Lo que quieren decir se insinúa antes “tras los pliegues de alusiones, comentarios, sobreentendidos y  suspicacias” con que, según Félix, le gusta a Rose disimular las opiniones.

La historia, minimalista por lo demás, transcurre al compás del deambular casual de los dos protagonistas y de los espacios que van recorriendo. Mientras se desplazan, también lo hacen sus pensamientos y el intercambio de reflexiones, a veces un modo de desviarse de otros asuntos.

En estos momentos Félix quiere preguntarle a Rose si alguna vez ha estado en la zona de las montañas. Y probablemente su curiosidad no se deba a otra cosa que al deseo de cambiar de tema. Es una pregunta que de todos modos queda sin formular. Por un lado quisiera cambiar de tema pero por otro no quiere que Rose deje de hablar, Su voz es un empuje o un ardid para seguir avanzando entre las calles y pensar mientras tanto en cosas diferentes.

Es lo que tiene la comunicación, por lo general engañosa, igual que relativos son los razonamientos y reflexiones. Equívocos, difíciles de describir y condenados a ser parciales.

Porque el mundo y las personas en general resultan básicamente engañosos, y la más superflua explicación también responde a lo que procura ocultar.

Ocurre también en los momentos de vacilación en que parece que faltan temas de conversación o se suscitan dudas y temores. El silencio se vuelve entonces significativo, más allá de responder a un instante de descanso o una pausa.

Lapsus muy breves, suficientes de todos modos para hacer ver que el silencio está escondido, tiene algo de solapado y que apenas se activa puede prolongarse indefinidamente, más allá de la voluntad y el propio control de ellos. El silencio sería como una cita, la prueba de otra cosa, a veces oculta.

Las reflexiones se despliegan con frecuencia en subjuntivo. Los protagonistas quisieran decir algo y no lo expresan, desearían formular alguna pregunta y desvían la conversación hacia otro lado, piensan como si estuvieran tocados por el mismo tipo de  ideas y asociaciones, podrían haber hecho un comentario en cualquier oportunidad ya perdida, etc.

En los diálogos parece traslucirse la dosis alta de incomunicación que entraña el intercambio verbal. Las palabras funcionan casi siempre como un muro que se interpone entre ambos, aunque ellos pretendan salvarlo.

Félix supone que Rose habla una lengua que él conoce a medias, y que se adapta a la suya cuando trata de entender lo que ella dice. No sabe si es el mejor traductor de Rose, pero entiende que es el único que a ella le ha tocado hasta ahora.

La subjetividad del relato queda también patente en las conversaciones, a las que no hay que exigirles la veracidad de los acontecimientos narrados.

A Félix no se le ocurre plantear el problema en términos de ausencia de verdad, sino que trata de imaginar los detalles que Rose pudiera eludir, sencillamente omitir, no por querer mantener algo en secreto, sino porque pueda considerarlos irrelevantes o pueda tenerlos momentáneamente olvidados.

Sucede de la misma forma con el pasado, de suma importancia en esta novela. Félix piensa que los hechos se reducen y dejan de pertenecerle. Es capaz de evocar circunstancias o momentos lejanos. Sin embargo, advierte, tal y como se dice en la novela, que se fueron despojando de ciertos atributos esenciales para el trabajo del recuerdo.

No es solamente efecto del olvido, piensa, sino una especie de evaporación o ausencia de pruebas, como si los hechos del pasado sufrieran una pérdida  de densidad.

Quedan, por tanto, recuerdos desdibujados.

El pasado no es una presencia constante ni un bloque compacto del que una persona pueda servirse a voluntad, para recordar lo que se proponga u olvidar todo.

Es más bien, como se apunta en esta novela, una pauta, la forma o molde de expresión del tiempo previo. Es una indicación meramente ambiental o un contexto de eventos asociados o aproximativos. Se sirve de intervalos  para manifestarse en el presente, disolviendo la noción de tiempo.

Cabría, por consiguiente, que los protagonistas de La experiencia dramática pudieran reflexionar sobre el presente como lo hace el caminador de Mis dos mundos en un momento determinado:

El presente: raramente hasta esa tarde había advertido el significado confuso, a veces también inconsistente de esta palabra, a lo que debería agregarse el sentido equívoco que muchas veces tiene.

Quizás el pasado funciona como los mapas digitales en línea, a los cuales es adicto Félix. Este los concibe como aparatos escénicos de vigilia continua, dentro de los cuales se siente incluido más allá de lo que haga o dónde esté en determinado momento.

En el caso del pasado, como he escrito más arriba, se trata de una máquina no compacta, cuya invisible presencia hace que se manifieste a ráfagas pero de modo palmario. Lo hace a través de recuerdos contradictorios, de una imaginación de conceptos sin escenario, de recuerdos inventados, del trazo o de la síntesis o el significado de lo lejano, del remordimiento y de nostalgias difusas de oportunidades perdidas…

Durante el deambular urbano de los protagonistas de La experiencia dramática se desatan diálogos escenificados que suscitan, tal y como se dice en la contraportada de esta novela, sin formularlas, un mismo tipo de preguntas: “¿Actuar la vida es la única forma de vivirla? ¿Es menos verdadera cuando se la representa?”. Mientras tanto, se abordan, como certeramente apunta Beatriz Sarlo, algunas de las inciertas, pero sugestivas reflexiones en torno a “los borrosos límites entre realidad y representación, la memoria y sus extraños resortes, la sorda devastación del desarraigo o el intento de explicar cómo las nuevas formas de comunicación tecnológica (google maps, especialmente) han alterado nuestra forma de percibir el mundo”.

Enrique Vila-Matas señala que Sergio Chejfec “en realidad crea artefactos, pensamiento narrado antes que novelas” y añade: “El argentino Sergio Chejfec se debate entre las estrategias novelísticas presumiblemente antagónicas de Joyce y de Simenon. Entre la narración como arte y como discurso. El mundo interior y el exterior”.

Son estas también las marcas de La experiencia dramática, novela en la que Sergio Chejfec vuelve a demostrar su habilidad artística para la escenificación del pensamiento. Luis Moreno Villamedianaha escrito en un texto: “Lo que cristaliza en los libros de Chejfec no es tanto la materialidad de los actos y los gestos como su especulación, la forma imaginaria de los actos y los gestos, su entrevisión o auspicio”.

No parece extraña la identificación del protagonista de Mis dos mundos con Félix, su personaje favorito del dibujante William Kentridge. Tampoco que el protagonista masculino de La experiencia dramática también se llame Félix.

Si algún lector desea indagar en los motivos de la admiración de Sergio Chejfec por el arte de Kentridge, podrá hacerlo después de sumergirse en esta novela espléndida. Yo por mi parte ya lo he hecho y lo recomiendo.

La experiencia dramática. Sergio Chéjfec
Editorial Candaya (Barcelona, 2013)


Articulo: http://www.revistadeletras.net 02/08/2013

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