samedi 17 août 2013

Francisco TARIO/A contraluz

TARIO a contraluz
Por Francisco TARIO

Desde hacía ya casi tres semanas —pocos días después de haberse declarado la suspensión de pagos de la compañía de la cual él era presidente—, permanecía encerrado en el despacho particular de su casa, con las cortinas echadas y los codos sobre la mesa, sin permitir que nadie lo visitara, ni siquiera su propia esposa y sus dos hijos, quienes sólo de muy de tarde en tarde obtenían la autorización de él para penetrar en el sagrado recinto. Allí le servían los alimentos, en una bandeja de plata, y allí mismo, sobre el amplio diván aterciopelado, dejaba transcurrir las noches.

Ciertamente los negocios marchaban esta vez peor que nunca, mas todos recordaban otras crisis también muy graves en las que aquel hombre, tan ducho en las finanzas, no había dado la menor muestra de desaliento o desmayo, sino que, por el contrario, parecía que las vicisitudes y contratiempos de su profesión fortalecían aún más su espíritu y, por consiguiente, su actividad y energía, como si todo su secreto afán consistiera en promover situaciones muy críticas por el puro placer de hacerles frente y poner así a prueba su capacidad financiera y excelente dominio sobre sí mismo.

La gran casa con jardín y piscina aparecía por aquellos días silenciosos y tristes, aunque es justo reconocer que ni por un momento dejaba de sonar el teléfono, interesado como estaba todo el mundo por informarse acerca de la salud del enfermo.

Decir que un hombre ha perdido la razón —y más tratándose de un ser querido— resulta siempre engorroso y se prefiere indistintamente adoptar fórmulas más suaves que atenúen, al menos auditivamente, la aterradora verdad. De ahí que en este caso se hablara de una aguda debilitación nerviosa, de un colapso muy explicable después de largos años de agitación e incertidumbre incesantes. Pero la realidad era muy distinta y tanto su esposa como sus dos hijos y sus respectivas nueras lo sabían de sobra. Y mejor aún lo sabían los distintos especialistas que, por espacio de tres semanas, venían atendiéndolo por turno. Aquel hombre no mejoraba, no; se despeñaba fatal y vertiginosamente hacia un tenebroso abismo al cual los demás se asomaban con susto.

Curiosamente —se apuntaba— el enfermo parecía haber olvidado de golpe todo lo relativo al intrincado mundo de las finanzas, causa evidente de la ruina moral en la cual flotaba ahora como sobre las aguas de un putrefacto estanque. Ni una sola mención al respecto fue posible obtener de él durante esa larga temporada. Opuestamente, semejaba experimentar una suerte de aversión, y hasta de profundo desprecio, hacia aquel mundo que tan íntimamente le había pertenecido a lo largo de treinta años de trabajo, y que ahora había echado en olvido o acaso sustituido por otro, prácticamente indescifrable, que le ocupaba todas las horas del día. Mas, ¿qué mundo era éste que de tal suerte lo embebía y preocupaba? Esto era lo que se preguntaban unos y otros. ¿Cuáles eran sus pensamientos actuales, sus temores, sus desvelos y propósitos? ¿Entre qué amenazadoras sombras se movía, que nadie, ni su misma familia ni los doctores, acertaban a adivinar siquiera?

Resultaba vano interrogarle, permanecer a su lado, pretender descubrir un indicio e incluso espiar cuidadosamente su sueño. Un silencio ininterrumpido, como el de una habitación vacía, persistía a toda hora en su despacho. Comía con cierto apetito, se afeitaba diariamente, fumaba habanos sin cesar y su sueño era tranquilo y pausado como el de un niño. No protestaba por nada, todo parecía mostrársele excelente y ni siquiera alzaba la voz para solicitar por segunda o tercera vez alguna cosa, limitándose a hacer sonar el timbre y a pedir que le retiraran la bandeja, que le llevaran alguna prenda de ropa o una nueva caja de habanos. Todo en él parecía, pues, normal, a excepción de aquel empeño suyo en no dar un paso fuera de su despacho y en mantener las cortinas echadas, lo que, sin ningún género de dudas, contribuía a agravar el estado de depresión nerviosa en que se hallaba.

En ocasiones, mediante un sobrehumano esfuerzo, su esposa se decidía a trasponer aquella puerta y sentarse frente a él durante algunos minutos, con un sentimiento de aflicción y miedo perfectamente explicable. Mas, o él no debía percatarse de su presencia, persistiendo en su actitud meditativa, o bien ocurriera que no le concediera importancia alguna a la inoportuna visita. A cualquier pregunta que ella le hiciera, si no se trataba de algo puramente inmediato y pueril, respondía él con el mismo silencio, o, en el mejor de los casos, con una simple mirada de desdén y hasta de sorpresa. Otro tanto ocurría con sus hijos y sus nueras, quienes solían venir a visitarlo al caer la tarde, procurando distraerlo de mil formas distintas de aquel oscuro ensimismamiento que mostraba ahora.

Fue en el curso de la tercera semana cuando cundió ya sin reservas la alarma entre la familia, pues, inesperadamente, un mediodía, el enfermo expresó el deseo de tener un cambio de impresiones con su esposa, hecho éste tan insólito, que la esposa, perfectamente aturdida, hizo venir al doctor con objeto de que la acompañara en tan inusitada entrevista. Pero el enfermo, al ver aparecer al doctor a la puerta, le rogó gentilmente que se retirara, porque el asunto a tratar —afirmó— era estrictamente familiar y no se hallaba dispuesto a que nadie, ni siquiera él, que era amigo de la casa, se inmiscuyera en sus asuntos privados. Así se hizo, y el doctor, encendiendo también un habano, ocupó un sillón en la sala contigua, en tanto que la asustada esposa del paciente se encaminaba un poco temblorosa al despacho y llamaba con timidez a la puerta.

Fue una entrevista breve y, por lo visto, dramática, pues apenas transcurridos unos minutos se vio salir a la infeliz mujer anegada en llanto, pálida como una muerta, y desplomarse a continuación en los brazos del médico, quien escasamente tuvo tiempo de apagar su habano. Los sollozos de la mujer impedíanle articular palabra, por lo que así continuaron los dos, silenciosos y atónitos, fundidos en un interminable abrazo. Cuando al fin fue serenándose ella y el doctor pudo verla de frente, notó que sus ojos estaban llenos de espanto y que le temblaban visiblemente los labios. Abriendo aún más los ojos, miró al doctor de cerca y prorrumpió con voz ahogada:
 —¡Sálvenos, doctor, por lo que más quiera!

Pero el doctor, todavía perplejo, pareció preguntarse confusamente de qué debería salvarlos, aunque en seguida recapacitó, pidiéndole que se explicara.

El relato era muy sorprendente, sin duda, e hizo pensar de inmediato al doctor en la conveniencia de una alienación del enfermo. Éste, temeroso, por lo visto, de la gravedad de su estado y de la inminencia de un irremediable fin, había pedido juramento a su esposa en el sentido de que, ocurriera lo que ocurriera y bajo ningún pretexto, autorizaría a su única hija a contraer matrimonio con aquel indeseable joven que en la actualidad era su prometido. El doctor, al escuchar esto, dio un paso atrás buscando maquinalmente su habano, y se quedó mirando reflexivamente a la puerta del despacho, que en aquel instante cobró una importancia y un misterio desusados, porque era el caso que en aquella casa no existía rastro de semejante hija ni, por lo tanto, posibilidad de matrimonio alguno.

La desdichada mujer había vuelto a estallar en lágrimas y también miraba de reojo hacia la infausta puerta, tras de la cual un descomunal misterio que la aterraba venía desarrollándose desde hacía ya varias semanas.

Aquella noche el doctor cenó en la casa, acompañado del resto de la familia, y se discutió ampliamente el asunto. Nadie se atrevió, por supuesto, a pronunciar en voz alta la ineludible sentencia, pero en el ánimo de todos fue tomando cuerpo la penosa idea de que el enfermo no debería continuar un día más en la casa.

Fue una noche silenciosa, de luna llena, durante la cual se vio encendida, casi sin interrupción, la alcoba de la esposa del enfermo, a quien se veía ir y venir por detrás de los visillos y desaparecer un rato mientras yacía sollozando en la cama. La noción de un mundo ajeno, incomprensible y malsano, a espaldas suyas, llenábala de un terror casi sagrado y, sin saber a qué atribuirlo, procuraba ahora que sus pasos sobre la alfombra no produjesen el menor ruido, como si temiera que ese mundo oculto y nefasto pudiera desperezarse de pronto e inundar con su horror la casa. Recordando hoy a su marido —todavía anteayer, podría decirse—, no encontraba razones bastantes que la ilustraran satisfactoriamente acerca de lo que pudo haber acaecido en su mente para que, como por arte de magia, todo lo habitual y cotidiano se hubiese desvanecido de golpe, dando paso a aquel reino incongruente que lo tenía apresado como una hiedra entre sus ramas. Una y otra vez se lo representó esa noche con los codos apoyados en la mesa, mirándola oscuramente con sus ojos azules y enrojecidos y pidiéndole en todos los tonos que formulara su promesa, aquel estúpido juramento que ella, sin saber muy bien lo que hacía, había consentido en otorgarle.
—Tú y nadie más que tú —le había lanzado a la cara— serás la única responsable de lo que ocurra. Yo no viviré para verlo, pero tú sí y arrostrarás esa culpa durante toda la vida. Te lo aviso: ¡Jamás entregues a nuestra hija a ese hombre o la harás muy desdichada!

Francamente sí, qué estúpido y qué dramático.

Comprendió que iba a desmayarse e hizo ademán de alcanzar el timbre, con objeto de que acudiera alguien a auxiliarla a tiempo. Pero la simple idea del timbre sonando en la casa a aquella hora y en mitad de tan espantoso silencio, la hizo casi lanzar un grito de angustia y desistió. Había empezado a llover débilmente y se oían los árboles en el exterior balancearse pesadamente. Su imaginación se había desbocado como un potro salvaje y ya no encontraba forma de serenar y ordenar sus pensamientos. ¿Qué estaría ocurriendo abajo?, se repetía, por ejemplo. ¿Qué suerte de inconcebibles sucesos estarían teniendo lugar en aquel tétrico despacho dentro del cual su marido yacía prisionero? Se asomó con temor al balcón, comprobando que el despacho permanecía a oscuras, y no supo si congratularse o no de ello. El enfermo dormía, por lo visto. O quizá no durmiera y continuara sentado a su mesa, con los ojos abiertos y a oscuras. O quizá subiera ahora las escaleras. ¿Las escaleras?, alcanzó a preguntarse esta vez en voz alta. ¿Y para qué? No lo supo, pero se arrojó contra la puerta de su alcoba y dio dos vueltas a la llave. Después se apoyó contra ella y fue deslizándose suavemente sobre la alfombra, donde quedó sentada y sumida en un profundo llanto.

Había oído hablar infinidad de veces —y ella misma había tomado parte en tales conversaciones— de esos incongruentes y amenazadores seres que son los locos. Pero una cosa era referirse a ellos, divertirse o aterrarse con sus peculiares historias, y otra muy distinta tenerlos dentro de la propia casa. Tal vez llamara de nuevo al doctor; o a los criados; o a la policía. Todas estas posibilidades, tan razonables, la hicieron sentirse aún más desdichada, porque ella amaba a su marido o, al menos, estaba segura de haberlo amado en tanto él había continuado siendo eso: su marido. ¿Pero quién era él ahora? ¿Quién era aquel indeseable ser que permanecía a oscuras en su despacho y en virtud del cual acababa de cerrar con llave la puerta de su alcoba? ¿Quién era aquel infortunado intruso que le hablaba de una hija que no existía y acerca de la cual le pedía un juramento, como si en efecto esta hija existiera y no aquel otro mundo que habían compartido juntos hasta ahora? ¿Cómo resultaba admisible que ella hubiese dejado transcurrir varias semanas con aquel oscuro visitante en su casa, del cual acababa hoy de percatarse? Nada tan ajeno a uno como un loco, pensaba; nada más repulsivo e ingrato. Ningún otro riesgo semejante. También había oído narrar historias de espíritus y apariciones, de espectros perfectamente comprobables que atormentan a los vivos, y hoy se reía de ellos y de su candidez infinita. Porque ya no era el temor en sí a cualquier posible amenaza física lo que la tenía allí inmóvil, petrificada, sino el simple hecho de que una persona tan familiar y querida, tan inofensiva y generosa, con la que almorzaba a diario y paseaba por las tardes en coche, se hubiese convertido de pronto en una suerte de monstruo al que nada le unía sino aquel desatado terror. Verlo aparecer a la puerta —se dijo— y caer muerta en el acto, todo habría sido uno.

Pero la puerta permaneció cerrada y el día amaneció soleado, ligeramente fresco y grato. Gorjeaban en la enramada los pájaros y los coches se deslizaban normalmente por la avenida, como todas las mañanas. Se contempló un rato al espejo, sobresaltándose de su feo aspecto. Sintió pena de sí misma y a continuación una inmensa soledad. Fue a llorar de nuevo, aunque consiguió reprimirse, todavía con la imagen fresca de su espantoso rostro en el espejo. Después telefoneó a sus hijos y en seguida al doctor. Más tarde se acomodó en su escritorio e inició las primeras líneas de esa angustiada carta que habría de traerme aquí. “A ti —me decía en ella—, que has sido su mejor amigo y confidente, te pido con toda urgencia que vengas. ¡Es horrible lo que ocurre y necesito que me ayudes! Yo sé cuánta molestia te ocasiono con esto, pero haz un esfuerzo y ven, aunque sólo sea por unas horas. Te viviré agradecida siempre y lo mismo mis hijos. Apresúrate, o no sé lo que va a ser de mí”.

El asunto me pareció grave, lo confieso, mientras miraba ir y venir al enfermo a lo largo de su despacho, hondamente preocupado y con las manos atrás. Aparecía perfectamente afeitado, pero intensamente pálido y ojeroso, como si no hubiera conseguido dormir en el curso de las últimas noches. Lo noté enflaquecido y torpe, un poco titubeante al hablar, yo diría que hasta receloso, pero, ante mi sorpresa, su mente parecía muy lúcida, no sólo por lo que se refería a hechos lejanos y normales, sino a la propia situación que se había creado y de la que parecía poseer una serie de certidumbres muy precisas, que sólo dejaba traslucir de un modo muy hábil y hasta sospechoso. Solamente esa nota discordante, misteriosa, de aquel desatinado matrimonio de una hija que no existía, me avisaba del lamentable estado de su mente. Mas aún en ello su precisión y minuciosidad eran sorprendentes, dándome la impresión de que, en el curso de aquellas semanas, había examinado la cuestión muy a fondo y con tal cúmulo de detalles que yo tenía a menudo que realizar un cierto esfuerzo para no dejarme arrastrar a la misma trampa que lo había atrapado a él.

Escuchábalo en silencio, con la máxima atención y perplejidad, fingiendo pesar cuidadosamente cada uno de los numerosos riesgos que el tal matrimonio traería consigo.
—Ella es una niña aún —expresó en algún momento, deteniéndose ante mí con las manos en los bolsillos—, y tampoco debo culparla de lo que pudiera parecer a primera vista falta de responsabilidad. Más bien he de culparme a mí por haberla educado como lo hice, con una extrema dedicación, de la cual empiezo a dolerme. Supuse equivocadamente que las cosas habrían de continuar como hasta la fecha y que nunca se apartaría de mi lado, contando en todo momento con mi apoyo y mi consejo. En eso estuvo mi error, lo reconozco, pero nada de esto justifica nada. Yo sé que aceptar a ese truhán en mi casa, con quien ella se ha encaprichado, sería precipitar su ruina. Pero no pienses que es mi egoísmo el que me hace hablar así, pues no soy tan insensato como para pretender que esa alegría que ella me dio siempre, y que fue la única razón de mi vida, me pertenezca por entero a mí. Sabes muy bien a lo que me refiero y te ruego que me comprendas.

A veces se detenía junto a la ventana para contemplar el jardín o se volvía a mirarme con ojos tristes y ensombrecidos en los que se adivinaba un profundo pesar; o bien se volvían suplicantes y ansiosos, como si esperase de mí, y sólo de mí, el alivio necesario, tal vez la palabra decisiva que lo liberara en parte de aquel grave conflicto en que se hallaba actualmente. Le vi sentarse de nuevo, apoyar los codos en la mesa y dejarse vencer al fin por un visible desaliento.
—Tú ves cómo he renunciado a todo por ella. ¡Veme aquí cómo estoy! Desde hace mucho tiempo no pienso en otra cosa. Mis negocios, mi familia, mi bienestar y mi salud no me importan gran cosa. Sólo tengo el remordimiento de haber educado a mi hija de tal suerte, sin detenerme a pensar que más tarde o más temprano tendría que enfrentarse por sí misma a otras personas mucho menos generosas que yo y sin escrúpulos. Es culpa mía, lo sé, y no hace falta que me lo repitas. Pero tú puedes salvarla, debes hacerlo. Es preciso que consigas que mi hija quede libre de ese truhán, de ese pequeño monstruo que se está burlando de sus sentimientos y trayendo sobre nosotros toda la desdicha imaginable. Prométeme que lo harás, o que intentarás hacerlo al menos, pues solamente en ti tengo confianza.

Fue en aquel preciso instante cuando me puse en pie para entreabrir la ventana y dejar que penetrara el aire. Sentía un agobio creciente, como si alguien me tuviese cogido del cuello, y un deseo casi insoportable de abandonar cuanto antes aquella casa. E iba a hacerlo, supongo, cuando él adelantó unos pasos, posó sus manos en mis hombros y, mirándome fijamente a los ojos, formuló la más extraña pregunta:
—¿O también tú supones que estoy loco?

Nos miramos largamente, y añadió él con indecible tristeza: 
—¡Sí, también tú lo supones! ¡Qué le vamos a hacer!

En seguida se apartó de mí con gesto desolado y se quedó mirando el muro. Oí un reloj que daba las horas y francamente no supe qué decir. De pronto, reparé en algo muy extraño, que me había pasado inadvertido, y pregunté fingiendo la mayor naturalidad cómo se llamaba su hija y concretamente dónde se encontraba.

Fue un momento inolvidable, quizá el más extraño que he vivido, pues le vi volverse poco a poco y observarme detenidamente desde no sé qué lejano mundo que me sobrecogió. Así continuó un buen rato, sin apartar de mí su vista, como si el eco de mi pregunta continuara recorriéndole el cerebro alocadamente. Por fin fue despegando los labios y, con una voz desencantada y triste, que no parecía la de él, confesó:
—En cuanto a lo primero, no lo sé. ¡El caso es que no lo sé, y ese es el problema! —y se desplomó en su asiento.

Mas, a poco, y como ante una ocurrencia imprevista que pareció reanimarlo visiblemente, extrajo de su bolsillo un manojo de llaves y abrió un cajón de su escritorio, del que extrajo un misterioso sobre que me alargó diciendo: 
—Puedes leer esta carta, si lo deseas. Realmente no hay inconveniente alguno en que lo hagas.

Tomé el sobre entre mis dedos y vi que, en efecto, aparecía escrito en él, de su puño y letra, un domicilio y el nombre de una ciudad extranjera, aunque no el destinatario, que aparecía en blanco. Me pareció todo tan descomunal e incoherente, que volví a dejar la carta sobre la mesa, cosa que debió originarle una contrariedad muy grave, pues exclamó:
—Te he pedido que la leas. ¡Es más, te lo exijo!

Volví a mirarle recelosamente y extraje la breve carta, que constaba únicamente de cuatro líneas. Decía así: “Ven. Vuelve a tu casa cuanto antes y no cometas semejante locura. En memoria de los días felices te pido que no hagas nada que pudiera ocasionarme la muerte. Vuelve, recapacita y sabes que estás perdonada”.

Hubo un prolongado silencio durante el cual me sentí como un ser ridículo y necio a merced de una multitud de insolentes que se mofaran de mí. Entonces él, inclinándose sobre la mesa y tomándome por un brazo, prorrumpió con extremado misterio:
—¿Verdad que harás esto por mí? ¿Verdad que sí lo harás?

Y yo respondí que sí mientras me iba poniendo en pie, temeroso de cualquier exceso de su parte, ya que su excitación parecía ir en aumento y temí que no supiera controlarse. Pero el hombre continuó en su asiento inmóvil, sonriendo maliciosamente y guiñando sin cesar los ojos, como si algo, que no era perceptible para mí, le ocasionase ahora aquel contenido regocijo.

***
Mirando cruzar el paisaje desde la ventanilla del ferrocarril me preguntaba secretamente si, de un modo inadvertido, no había caído yo al fin en aquella funesta trampa en que yacía preso mi pobre amigo enfermo. ¿Qué propósito concreto era el mío al realizar este desatinado viaje del cual, apenas iniciado, comenzaba ya a arrepentirme? ¿Qué suerte de delirio, inconfesable a todas luces, me había hecho aceptar neciamente la posibilidad de un hecho inexistente que sólo tenía validez en la mente enferma de un hombre? ¿Qué esperaba encontrar en aquella ciudad lejana —veinte largas horas de viaje— a la que me dirigía clandestinamente, con una creciente vergüenza, a sabiendas de que realizaba un acto del cual yo mismo empezaba a avergonzarme? ¿Qué buscaba, en resumen, y qué clase de encuentro era el que me prometía?

Habían transcurrido dos meses desde mi última visita al enfermo, cuando una idea involuntaria, basada en no sé qué problemáticos argumentos, me hizo concebir un día la posibilidad de que algo sumamente oscuro e indescifrable, que no atañía a los doctores, existía en el fondo del asunto. Tuve, es cierto, que persuadirme a mí mismo de lo disparatado de mi propósito, de lo descomunal de aquella idea, a fin de poner a salvo mi integridad mental, como si me dispusiera a aceptar un extraño juego, en el que de antemano no creía, pero que originaba en mí una curiosidad extrema y punto menos que malsana. Y mirando ahora los árboles que cruzaban velozmente ante mis ojos, procuraba reafirmar aquella idea de que no todo lo visible es solamente nuestra realidad, sino que la auténtica realidad se esconde detrás de esa formal apariencia, que nosotros, precipitada y gratuitamente, llamamos única realidad. Pero no bastaban estos argumentos para tranquilizar mi espíritu ni justificar ese acto desatinado y absurdo que estaba por llevar a cabo. Percibía, muy dentro de mí, un oculto temor de mí mismo, una sorda desconfianza y como una vaga sospecha de que tampoco mi mente me ofrecía garantías dignas de tomarse en cuenta.

Fue hacia la media tarde que llegué a mi lugar de destino, y aún recuerdo con qué zozobra y humillación pisé el andén de la estación, temiendo ser sorprendido por alguien en mi vergonzosa tarea, lo mismo que si me encontrara realizando un acto feo y deshonroso.

Era una pequeña ciudad de unos cien o doscientos mil habitantes, que aparecía a esa hora bajo los últimos rayos del sol en un dorado crepúsculo. Tan luego me alojé en el hotel y puse mis cosas en orden, me eché la carta del enfermo al bolsillo y salí precipitadamente en busca de un taxi. Supe que el domicilio que buscaba pertenecía a uno de los barrios más alejados y humildes de la ciudad, y cuando el taxi se detuvo me encontré, en efecto, ante la fachada de una vieja casa de dos pisos, en cuya planta baja aparecía un rótulo que anunciaba un diminuto bazar de antigüedades que permanecía cerrado a esa hora. Me trasladé a la acera de enfrente para tener una perspectiva mejor del edificio. Dos pequeños balcones cubiertos de polvo, y también cerrados, dejaban ver tras ellos las sombras de unos visillos corridos. De momento, me pareció que la casa se hallaba vacía, aunque pronto pude enterarme de que no era como me suponía, sino que la casa se hallaba ocupada y que no tendría, para comprobarlo, sino que llamar a la puerta.

Fue un instante muy particular aquel en que, tras cruzar de nuevo la calle, me situé ante el pequeño portal y levanté una mano para hacer sonar el timbre. ¿Debo decir que mi corazón palpitó de un modo diferente al acostumbrado y que un agrio sabor indefinible me subió del estómago a la boca? Encontrara lo que encontrara allí, en aquella casa, supe que nunca sería tan grave como mi imaginación me lo anunciaba entonces. Apreté el botón dos veces consecutivas y no tuve que aguardar demasiado. La puerta se abrió de pronto y me encontré frente a frente con una mujer de mediana edad, aparentemente adormilada, que me preguntó con cierta aspereza lo que yo deseaba. Extrañamente no había previsto una pregunta tan lógica y no supe qué replicar de momento. Recordé el rótulo del bazar y me informé a qué hora estaría abierto. La mujer me observó de arriba abajo y también pareció pensativa. Después, tras un leve titubeo, me invitó a pasar, añadiendo:
—Puedo atenderlo yo.

Penetramos en un estrecho pasillo, que permanecía a oscuras, y ella dio la luz. Había una atmósfera sofocante y un olor no demasiado grato, que me expliqué inmediatamente al ver cruzar ante nosotros una bandada de gatos persiguiéndose alocadamente. La mujer daba vueltas a una llave y me mostraba el camino al pequeño bazar, donde el olor era aún más intenso y la oscuridad aún más deprimente. Una luz no demasiado clara me puso en contacto con aquel deplorable recinto, lleno de viejos y sucios cachivaches que se amontonaban sin ningún orden sobre las mesas. Paso a paso, seguido siempre de cerca por la mujer, fui recorriéndolo minuciosamente, deteniéndome aquí y allá, tomando cualquier objeto y examinándolo, volviéndolo a depositar en su lugar de origen.

—Todas las cosas tienen su precio y puede usted informarse de él por sí mismo —me dijo.

Caminábamos en silencio, uno tras otro, y yo ya llevaba bajo el brazo dos o tres chucherías que había resuelto comprar con el único propósito, naturalmente, de congraciarme con la propietaria y justificar mi presencia en aquella casa. Cuando di por terminado el recorrido y le indiqué a la señora que me quedaría con ellas, la mujer las tomó en sus manos y dirigiéndose a un pequeño mostrador fue envolviéndolas con pereza, sin levantar siquiera la vista, como si aquel trabajo que desarrollaba ahora tuviera muy poco en realidad que ver con ella. Aprovechando el momento, comenté:
—Hay aquí cosas interesantes y es posible que vuelva mañana.

Tampoco esto pareció interesarle demasiado y objetó:
—Si lo hace usted le ruego que sea más o menos a esta hora, pues es la única en que mi hija o yo podríamos atenderlo.

Aquí saltó mi corazón de nuevo, como si lo que acabara de escuchar constituyera un acontecimiento fabuloso.
—¿Tiene usted, pues, una hija? —pregunté al fin con tal ansiedad y zozobra que la mujer esta vez sí pareció reparar bien en mí y no sin cierta alarma.
—Por supuesto que la tengo —expresó desconfiadamente—. ¿Y por qué no habría de tenerla?

Francamente era lo cierto. Todo el mundo, a fin de cuentas, puede más o menos tener una hija. Pero, ¿qué clase de hija?, me habría gustado preguntar. Y otra vez me avergoncé de mi propósito. Entonces la mujer sonrió con desgano y la oí murmurar entre dientes, como hablando consigo misma:
—Quizá le parezca extraño, pero tengo en efecto una hija, muy bella y joven, por cierto. También yo lo soy, aunque no lo parezca.

Salíamos ya de nueva cuenta al pasillo y yo no encontraba forma de prolongar un poco más la entrevista, sin despertar sospechas en la mujer, que empezó a mostrarse intrigada.
—¿Es usted extranjero? —me preguntó al cabo.
—Justamente —le dije—. Y es la primera vez que visito esta ciudad. 
—¡Extraño! —oí que murmuraba ella—. ¡Extraño que haya venido usted a parar aquí! No es este un barrio muy frecuentado por extranjeros —añadió, y se hizo a un lado para que pasara.

Esto me abrió el camino expresándole que en el propio hotel me habían recomendado especialmente su establecimiento. La mujer se mostró halagada y como unida de pronto a mí por una natural simpatía.
—¿Viven ustedes solas? —me atreví a aventurar.

Hubo una leve pausa, y replicó con tristeza: 
—No, no, señor, vivimos aquí arriba con mi marido, que se encuentra enfermo. Desde hace algunos meses hemos cerrado el establecimiento y sólo en los ratos que tenemos libres solemos atenderlo nosotras. Pero esto tampoco durará demasiado tiempo, pues mi hija se casará próximamente y yo tendré que atender mi casa y clausurar el bazar definitivamente. 
—¡Oh! —fui a decir atolondradamente, sin conseguir articular una palabra —, ¡su hija se va a casar!

Pero en aquel momento oí que sonaba el timbre y la mujer me rogó que la disculpara un instante.
—Ahí debe estar ella, estoy segura —prorrumpió con alegría —. Podrá usted verla ahora mismo.

Desdichadamente no era su hija, sino alguien que, tras cambiar unas palabras con la señora, desapareció de improviso. Lamenté infinito mi mala suerte, aunque escasamente lograba ahora mantenerme en pie. Mas, a poco, el timbre sonó de nuevo y esta vez alcancé a distinguir en la penumbra del pasillo la figura de una esbelta jovencita que se me acercaba presurosamente.
—¡Ahí la tiene usted! —prorrumpió la madre con notorio orgullo y sonriéndome por primera vez—. ¿No es propiamente encantadora?

La muchacha también sonrió y me tendió con despreocupación la mano. Parecía un poco turbada, y pude notar su belleza, el tono claro de sus ojos y unos largos y sedosos cabellos que le caían sobre los hombros. Frente a ella, me sentí como ante la más insólita aparición imaginable, como ante un ser del otro mundo que se presentaba alegremente, inconsciente de su terrible significado.
—Es un cliente extranjero —explicaba ahora la madre— y me promete que volverá mañana. Tal vez prefiriera, si no estoy muy equivocada, que fueses tú quien lo atendiera y no yo. ¿Volverá usted, señor? —inquirió aproximándoseme.
—Volveré —dije, sin dejar de observar a la muchacha, a quien alargué la mano de nuevo.

Después me lancé a caminar infatigable y apresuradamente, como huyendo de algo perfectamente inaudito en lo que ni yo mismo creía. Pero ya una vez en el hotel, más serenados mis nervios, no pude sustraerme a esta alentadora y a la vez desoladora verdad: ¿había algo de sobrenatural en que un matrimonio y su hija habitaran precisamente la casa de donde acababa yo de regresar ahora? Nada me quitó el sueño, y a las cinco en punto de la tarde volvía yo a llamar al timbre de aquella casa, con un sabor en la boca aún más agrio que la víspera.
¡Vasto, insólito, abrumador mundo por el cual camina el hombre a tientas, inconsciente de su enigmática trascendencia!

¿Cómo lograr explicarme aceptablemente lo que ocurrió a continuación, sin volver a abrigar aquellos oscuros temores que me asaltaban acerca de la integridad de mi mente? Porque todo, en efecto, cuanto fue acontecido sucedía con tal atroz naturalidad, era tan sencillo y cotidiano, y a la vez tan inconcebible y grotesco, que no acerté a dilucidar si era a la sencillez del hecho a lo que debería atenerme o, por el contrario, convendría resignarse a ser partícipe de un hecho tan inadmisible que ni la mayor capacidad de reflexión conseguiría serenarme.

Porque una vez realizadas mis compras, atendido de nuevo por la madre —la hija no habría de presentarse hasta más tarde—, ambas habían mostrado el deseo de obsequiarme una taza de café o té, hecho al que accedí muy complacido. Y así fue que subimos hasta el primer piso de la casa, donde fui introducido a una pequeña sala, llena de toda suerte de cachivaches, donde quedamos instalados. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando oí que sonaba un timbre. La jovencita se levantó nerviosamente y desapareció por unos instantes. A su regreso advertí que madre e hija se cambiaban una extraña mirada y hubo, como si dijera, un instante de zozobra entre ellas. No me resultó difícil comprender que el asunto se refería a su padre enfermo y dije algo al respecto como que acaso estuviera yo importunándolas u ocasionándoles una molestia innecesaria. Rápidamente la madre se aprestó a objetar que no, que ambas se sentían encantadas con mi presencia y que esta visita era como cualquier otra para ellas, un suceso nada común en la vida diaria de la casa.

Proseguimos la merienda, cuando ocurrió algo que sobresaltó a las dos mujeres tanto o más que a mí mismo, pues sentí que alguien se acercaba por el pasillo caminando penosamente. La señora se puso en pie rápidamente y desapareció tras unos instantes de mi vista. Quien se encaminaba hacia la sala se detuvo de pronto y escuché una discusión en voz baja, evidentemente con el propósito de que no llegaran hasta mí sus palabras. Inicié de algún modo una charla con la muchacha, quien parecía igualmente intranquila, más atenta a lo que sucedía en el pasillo que a cuanto yo pudiera decirle. De pronto pude escuchar con claridad la voz de un hombre:

—Es inútil que pretendas engañarme, y te ruego que no te opongas, pues sé muy bien que es el abogado que viene a comunicarme que ya fue convocada la junta de acreedores. Yo mismo debo hablar con él y te ruego que nos dejen solos.

Visto todo aquello como un suceso más de la vida, dentro de una familia, resultaba lastimoso o triste y nada más; pero observado con otros ojos —con los míos precisamente—, una porción de vida sobrenatural, incomprensible y exorbitante se me revelaba amenazadoramente. Sí, aquella era una encantadora criatura, hija de un modesto anticuario y de su mujer, que se aprestaba a contraer matrimonio en una ciudad cualquiera y en una fecha de tantas que para los demás siempre pasa inadvertida. Y aquel lamentable hombrecillo, que yo miraba atónitamente, tampoco parecía ser a primera vista sino un enfermo de tantos, un infortunado demente, cerrado en su oscuro cuarto, olvidado al parecer de su propio problema, que por lo visto no era otro que aquel próximo matrimonio, y enfrascado, en cambio, en otro mundo ajeno, exuberante y nebuloso donde las grandes finanzas y una imaginaria bancarrota acababan de sumirlo en la más triste ruina. Todo ello, repito, era en sí un hecho de todos los días, que no podría dejar a nadie estupefacto sino acongojarnos simplemente, ¡pero qué insólita relación, qué diabólica coincidencia hacía que descubriera yo hoy en aquella precisa casa el mismo suceso que había dejado atrás, aunque invertido, como si un espejo se reflejase en otro espejo, o más acertadamente, como si la mitad del ser que tenía yo delante no le perteneciera ya del todo y perteneciera, en cambio, a otro distinto de él y enteramente desconocido, que se lo hubiese permutado o intercambiado! ¿Por qué motivos y en qué momento habíase verificado esta trasmutación, esa pérdida que daba origen a la espantosa coincidencia de que dos seres desconocidos compartieran un mismo hecho, el mismo, aunque en esencia invertidos? ¿Qué sorprendente analogía o qué deducción podría hacerse al escuchar en labios de este enfermo palabras extrañas como bancarrota, suspensión de pagos, etcétera, y aquel otro que venía consagrando su vida a la grave preocupación que le causaba el matrimonio de una hija inexistente, pero que en cierta forma sí existía puesto que la tenía yo hoy aquí, al alcance de mi mano?

Se sucedió un breve silencio y la muchacha se puso de pie. Yo también hice lo mismo, pero ambos volvimos a sentarnos al advertir que el enfermo había vuelto a su cuarto y que reaparecía la señora, visiblemente afectada. Pero ya no había de prestar yo atención a nada de cuanto ocurrió a continuación en la sala, porque una sola idea —la de salir cuanto antes de aquella y reintegrarme a mi hotel— me agobió a partir de aquel momento. Un pánico indescifrable y una confusión casi angustiosa me anudaron la garganta mientras bajábamos las escaleras. 
—Estúpido de mí —es cuanto acerté a decirme.

Pero no fue de utilidad alguna porque mi angustia iba en aumento y una sensación de soledad infinita, de minúscula pequeñez humana, me acompañó a partir de entonces. 
—¡Estúpido! ¡Estúpido! —me repetí dos veces, avanzando por las calles estrechas y desconocidas de aquella ciudad extraña a donde una imprudente curiosidad me había llevado para desdicha mía. Tal vez en mi imprudencia acababa de asomarme a un mundo desconocido y prohibido, donde no dejaba de ser otra ligereza más llamar simple locura a aquello.

***
Acapulco, el fantasma y el sueño
Por Alejandro TOLEDO

Son dos rollos de película de 16 mm que fueron filmados hace ya más de 60 años y que contienen, cada uno, dos minutos de escenas familiares en la isla de La Roqueta, en Acapulco. En uno se ve a dos niños, de entre siete y nueve años, que corren hacia el mar y chapotean un rato. Luego se mira caminar por la playa a un hombre alto y fornido, muy bronceado y con la cabeza rapada, al que acompañan una mujer hermosa y los dos niños del comienzo. El grupo se detiene y observan todos hacia el mar. La cámara se demora en la mujer, recostada en la arena; se diría que la contempla.

En el segundo rollo se ve a un anciano (lentes redondos, cabellera como cepillo, blanca) que da la mano a los pequeños. Es José Peláez, el abuelo, fundador de la Casa Peláez, negocio de ultramarinos que por muchos años estuvo en la calle de Mesones, en la ciudad de México. Enseguida los niños practican futbol playero; se alternan en un arco imaginario construido con dos montoncitos de arena. Fin de la filmación.

Esos cuatro minutos transcurren ahora en la pantalla de una computadora portátil y llenan de recuerdos a Julio Peláez Farell, uno de los niños de la grabación, que entonces tenía, en efecto, siete años, y ahora está por cumplir 68. Su hermano mayor, Sergio, era su compañero de juegos. Su madre se llamó Carmen Farell Cubillas y su padre Francisco Peláez Vega; éste adoptó el nombre de pluma de Francisco Tario.

Por la contemplación de estos instantes —en el transfer de las cintas que hizo la Filmoteca de la UNAM—, el departamento de Julio Farell (que es su nombre artístico como pintor), en la colonia Narvarte, empieza a ser habitado por fantasmas amados. Al recordar hace suyo, acaso, lo que escribió Tario en el volumen Acapulco en el sueño (1951, con fotografías de Lola Álvarez Bravo): “La tierra, el agua y el viento han escrito aquí una Historia de asombro, belleza y espanto”.

Copropietario de dos cines

No sabe quién fue el camarógrafo y nunca había visto proyectadas esas películas, que anduvieron de aquí para allá entre España y México (como parte de una pesada herencia de papeles y álbumes fotográficos), pero ubica muy bien en el tiempo y la geografía lo que en ellas ocurre. Es diciembre de 1952. Solían viajar en esas épocas a Acapulco, en donde su padre era copropietario de los cines Rojo y Río. Eran las vacaciones escolares más largas; para Julio y Sergio en verdad era un sueño esa temporada en el puerto. Hacia las diez de la mañana solían viajar en lancha a La Roqueta; como a las tres de la tarde regresaban. El que conocemos como Francisco Tario a veces se adelantaba al pueblo para cumplir con sus labores administrativas.

Tampoco tiene claro cómo fue que su padre se encontró con Acapulco. Hacia los cuatro años, por ahí de 1948 o 49, Julio ya se recuerda sentado en la arena suave esperando el primer contacto con el agua.
—Está calientita, ya lo verás —le decía su madre.

Piensa que fue Melchor Perrusquía, cercano colaborador de Miguel Alemán, quien convenció a Tario de que invirtiera sus ahorros en Acapulco. Por esa combinación de funcionarios habrá llegado, también, el encargo de escribir una obra que promoviera internacionalmente al puerto. Una vez aceptado el proyecto, buscó quién pudiera tomar las fotografías. Los profesionales de la lente llegaban a la casa de Etla, en la ciudad de México, a mostrar sus portafolios. Hubo un inglés muy alto, cabello largo (“parecía Jesucristo”, recuerda Julio), del que se supo tiempo después que fue devorado por una anaconda; se contaba que ésta había expulsado, en sucesivas regurgitaciones, la cámara y el sombrero.

Al fin Tario se decidió por Lola Álvarez Bravo.

Un lugar íntimo

La casa de los Peláez en Acapulco estaba en la Avenida Tropical, detrás del frontón y al lado de la plaza de toros. Un día, por cierto, un toro saltó la barda hacia el jardín; el mozo Baldomero, que solía trepar a las palmeras para agarrar cocos, subió a una tan alto como pudo por miedo a la bestia, que fue sacrificada por la policía.

“La casa era pequeña pero el jardín era espléndido”, dice Julio. También Acapulco era un lugar íntimo, familiar, de gente que se conocía. Había sólo algunos hoteles: La Quebrada, Las Américas, el Helvetia… Cuando se hacía el festival de cine aparecían figuras de Hollywood; hay una foto de Carmen Farell con Robert Mitchum, Lana Turner y Lex Barker.

En la casa, con ellos, vivían el mozo Baldomero y la nana Raquel. La aparición del abuelo en La Roqueta es sorpresiva para Julio, que no tiene recuerdos de don José en Acapulco. Cuenta: “Él llegó en un barco de tercera a México, casi con lo puesto. Era de un pueblito cerca de Llanes que se llama Vibaño. En México entró a trabajar con un señor en una tienda, en donde dormía. Empezó a ahorrar y terminó por comprar ese negocio, que transformó en una tienda de productos españoles, la primera que hubo en México. Vendió luego, ya mayor, su parte al socio que tenía y heredó a sus hijos en vida. Mi padre invirtió algo de esa herencia en los cines de Acapulco”.

“Nos vamos a Europa”

La historia de Tario con Acapulco termina a finales de los años cincuenta. Recuerda Julio que su padre atendía llamadas telefónicas que lo ponían de mal humor. Acaso hubo presiones para que vendiera los cines; las películas que le mandaban eran de mala calidad, estaban rotas. No hay nada claro. Un día les dijo:
—Nos vamos a vivir a Europa, arreglen lo que tengan que arreglar.

Malvendió Tario su piano Steinway con teclas de marfil, lo mismo las casas de Acapulco y México. Abruptamente dejó todo lo que tenía y se fue a España.

Se instalaron en Madrid, primero en un hotel y luego en un departamento. Las playas de Oliva, a donde le gustaba ir en el verano, fueron para Francisco Tario el espectro de ese Acapulco algún día soñado y luego perdido.

***
La esfera de carne
Por Alejandro ARTEAGA

El padre de B acostumbraba llevarla al bosque al amanecer, y la niña permanecía tirada sobre las hojas, muy cerca, mientras él retrataba los árboles, la luz entre ellos. B observaba cómo se hundía el pincel haciendo volar delgadas gotas; y a menudo, las hojas secas venían a precipitarse sobre su rostro. Pequeños insectos como líneas al pasar. 

El padre ardía de gusto al ver la perspectiva: el sol filtrándose entre las ramas, casi como un crujido subterráneo. Otra vez el espíritu de tu madre está con nosotros, sentenciaba. Una explosión de imágenes, eso era. A B la invadía cierta tristeza cuando las lanzas de luz se despedazaban por el claro del bosque y entonces una misma imagen en distintas versiones se cruzaba entre los árboles: su madre con un vestido violeta, su madre como un gato caminando sobre ramas altas, su madre jugando al escondite en todo sitio.

Los días eran un largo desfile de muertos.

Por la tarde encendían una fogata. Trozos de pan y café se acomodaban como un mapa sobre el mantel. La vida era como un relato, pensaba B, como la historia que se cuenta a un niño. Su padre dormía más tarde entre las ramas, cansado tal vez de sondear el espíritu. Un amplio gabán le servía de cobija. Entonces B se internaba entre los árboles retratados por su padre, los olisqueaba, los reconocía con la lengua.

Cerca del claro elegido cada mañana se hallaba una caverna oscura, llena de maleza y de ruidos. A B le agradaba observarla desde lejos, creer que en ella se alojaban antiguos y extraños animales que acaso no conocería nunca. En ocasiones se acercaba un trecho más pero ruidos secos, ciertos graznidos o un crujir de ramas la obligaban a devolverse al lado de su padre.

Una tarde, antes de que el sol se escondiese, en el momento justo en que el color naranja lo cubre todo, B notó que en la boca de la cueva un objeto se abría paso entre el ramaje: al parecer rodaba; se movía como un topo o un puercoespín, quizás un armadillo. Un jadeo o respiración discontinua acompañaba el movimiento del objeto. B no le descubrió forma definida pero pronto concluyó que se trataba de un ser vivo.

Entre la red de arbustos vio la textura de la piel del animal y sintió repulsión: carne viva, violeta, roja casi sangre. Pudo más la fascinación que el miedo. Decidida, se acercó lo más que pudo. Creyó que quizás era la hora propicia para las alucinaciones: el crepúsculo. Con pisadas de pluma avanzó un trecho más, suficiente para apreciar de cerca lo que se movía con nerviosismo. Allí estaba la criatura.

Si tuviese ojos la habría mirado.

B se llevó una mano a la boca no para contener un grito sino para palpar una piel humana. La criatura poseía una piel repugnante, llena de porosidades parecidas a cavernas que latían sin detenerse a un ritmo hipnótico. Se desplazaba a voluntad, rodando por el suelo. Se detenía sobre un agujero e intentaba posarse como se posa una gallina en su nido. Un dolor intenso postraba a esa masa de carne. Quizá la muerte, una agonía. La tensión de sus músculos o ganglios levantaba el polvo alrededor. La contracción de esos músculos —pensó más tarde B— la hacía impulsarse para rodar. Pero también poseía una voz, chillaba como un gato en celo.

B se acarició de nuevo la boca como un gesto de reconocimiento. Se dio cuenta que deseaba volver con su padre, olvidar por un momento la imagen repulsiva de la criatura que ahora mismo se perdía por una pendiente.

El padre y su hija salieron del bosque y volvieron a casa para la cena. Sin embargo, esa noche B no lograba dormir. Imaginaba a la criatura sola, rodando entre los árboles, quizá doliéndose, sin brazos para tocarse, sin ojos, un pedazo de carne que se dolía sin consuelo. Se armó de valor y sin que su padre lo notase, salió a buscar a la criatura. Revisó las entradas al bosque, la llamó como pudo. Regresó sin nada. Al fin el cansancio la venció y cayó en un sueño oscuro. Ella, que nunca soñaba, soñó largo. Se vio de pronto en una casa enorme que no conocía. Iba acicalada con un vestido azul y su cabello con graciosos rizos. En el sueño tenía un hermano menor que la hostigaba con una metralleta de juguete. En la sala de la casa veía a su padre con una mujer a la que besaba en el pelo y abrazaba por la cintura. Eran una pareja. La mujer aparentaba un cansancio extremo. Los ojos sin luz. Se trataba de una mujer muerta de la mano de su padre, quien la traía hasta ella, hasta B, y B la tocaba con firmeza. Seca como una rama la mujer. Creyó ver polvo saliendo de su boca, como el polvo que se acumula sobre los muebles. De un momento a otro B no reconoció el lugar. En la casa se ofrecía una gran fiesta. Una boda tal vez. Cuando salió al jardín de altos robles varios niños y su hermano le apuntaron con sus armas. Alzó los brazos en señal de rendición. Mientras ellos fingían matarla, distinguió cómo su padre y la mujer se perdían por una vereda hacia el bosque. Ella iba de blanco. Su padre cargaba el caballete, sus implementos de pintura, y B sintió miedo. Entonces oyó el ruido. Despertó con sudor en todo el cuerpo. Muy cerca. Junto a la ventana. Sí, venía de la ventana. Se levantó con sobresalto. Desplazó la batiente y oyó la hojarasca entre la oscuridad. El llanto otra vez.

La esfera de carne.

Esa mañana llegamos a vivir al valle a una pequeña casa al pie del bosque. Toda la noche viajé dormido sobre algunas cajas en el camión de mudanza. El viaje fue accidentado. Debido a la bruma tardamos el doble de tiempo en llegar, según el chofer. La mañana, los arbustos, las hojas de los árboles enormes, el césped que rodeaba la casa, todo se hallaba cubierto de rocío. Sentí entumidos los dedos y las rodillas. El aire fresco no ayudaba. Era un lugar donde no sería feliz. La misma gente y sus obligaciones. El mismo tiempo perdido. Nada qué hacer. Todo transcurría con lentitud y no habría de cambiar. Fue una mañana que duró varios días, o eso creí. Yo jugaba con un aro de lámina mientras ayudaba a mi hermano a descargar, y volvía al juego, al aro, a mirar a los perros que corrían a lo lejos y a las aves. Observé la entrada al bosque. De inmediato supe que las noches allí serían verdaderamente oscuras.

Una casa maltrecha y descuidada se alzaba junto a la nuestra.

Vi a una niña de vestido azul al pie de la cerca. Delgada, de ojos grandes, adormilados. Era B. Nos miramos un rato. No supe qué hacer. Junté piedras. Más tarde jugaría a arrojarlas contra los charcos frente a mi nueva casa.

La niña abrió la reja de troncos y vino hasta mí. Un lindo vestido azul el suyo.

Me miró el cráneo deforme.

Hizo el ademán de acariciarme la cabeza pero se detuvo.

Vino el viento con fuerza.

—¿Por qué llorabas anoche? —me dijo B con lágrimas en los ojos —¿a quién buscas?, ¿a quién perdiste en el bosque?

*Fotografía: “Vendedor de fósforos” (1920), de Otto Dix.

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El otro mal de lejanía

Todo poeta debe plantearse la muerte de la poesía. Sus poemas incluso deben ser una forma de la muerte de la poesía.

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Hay ciudades de lejanía. Nadie puede llegar a ellas, sólo existen en la lejanía.

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No contar la revelación en el poema. El poema debe producir la revelación. Si el poema se reduce a la anécdota de la revelación, el poeta miente.

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Hay una gran diferencia entre el enfermo ocasional y el enfermo crónico. En la visión del mundo del enfermo ocasional nunca aparecerán fisuras por las cuales esa misma visión del mundo podría vaciarse. La cosmovisión del enfermo crónico, en cambio, se agrieta por todas partes y queda permeada por la conciencia de la muerte; pues aunque tenga periodos largos de salud, siempre vivirá con el miedo, con el terror de caer de nuevo en las aguas gélidas del dolor. La vida del enfermo crónico ya no es posible sino como la espera del asalto del mal. Al paso de los años, palabras como “esperanza”, “felicidad” o “futuro” adquieren una carencia absoluta de sentido; pues el enfermo se vuelve un cuenco que habrá de soportar el vino del sufrimiento, una vasija que será finalmente rajada por la vacuidad insoportable de ese vino cuya embriaguez no otorga el olvido de sí sino la conciencia extrema de sí.

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Quiere asistir a la aparición de su infinitud y edifica, en torno a sí, un laberinto de espejos. Una infinita cárcel de ojos lo estrangula.

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No acepté la destrucción. Llegué cuando caían los muros. Y no he podido salir de las ruinas.

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La suma de mis destrucciones no me ha hecho sabio, me ha incluido en la destrucción.

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Al hombre le fue dado proponer variantes en su propia muerte. La muerte es la única posesión del hombre, no puede perderla, pues si la pierde no morirá como hombre sino como una bestia. Perder la muerte significa perdernos a nosotros mismos.

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He cruzado el tiempo como Atila: atrás de mí sólo queda el desierto.

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Merced a un golpe de metátesis, se volvió el crítico más exitoso de su país: escribía con el celebro.

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El poema debe encarnar en el silencio. La poesía es posible sólo desde su propia imposibilidad. Si el poeta no resuelve esta paradoja, corre el peligro de apoltronarse en el naufragio babélico o, bien, de topar con el muro de la esterilidad. De cualquier manera, el poeta verdadero sabe que será aniquilado por su propia palabra.

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Estar enfermo es una experiencia de absoluta soledad. A quien le fue concedida la gracia de la compasión puede comprender el sufrimiento; pero esta comprensión no le importa al que sufre, pues no cura, no destruye los muros de la mazmorra, ni se presenta como una comunión sino como una dádiva que humilla. El que trata de comprender al enfermo llega a ser despreciable; y el que lo comprende, roza el estatuto de criminal sin escrúpulos que merecería la horca. El enfermo es como un rey soberbio en un castillo deshabitado, rige con mano de hierro a los fantasmas que lo atormentan, sabe que se derrumbará con su castillo, sabe que no habrá memoria de su dolor y que no habrá quien cuente la historia de esa aniquilación.

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No hay revelación del abismo sin habilidad retórica, ni mística sin arte.

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La distancia entre el hombre y la muerte es tan pequeña que puede desaparecer en cualquier momento. Vivimos en la inminencia de la muerte. Por eso vivimos como si fuésemos inmortales.

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Aunque nunca he estado enfermo de gravedad, nunca he conocido la salud. No hay día que no sienta la brutal fragilidad de mi carne. Ya no sabría quién soy si un día despertara sin ningún malestar.

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Hay poetas mediocres que, sin embargo, son buenos críticos de poesía. ¿Por qué no aplican su capacidad crítica a los versos que escriben? Si el crítico venciera al poeta, éste dejaría de escribir; pero dejar de escribir poemas implica excluirse de participar en el ser. El poeta sabe que el crítico es un parásito de los poetas y él quiere, sin duda, sustraerse de ese destino, un destino sombrío pues roza con la actividad propia de un animal carroñero. El deseo de participar en la creación, aunque sea de manera modesta, es tan poderoso que incluso lo ciega ante el hecho de que sus malos poemas desacreditan su crítica literaria. Entre la creación poética y la reflexión sobre esa creación, hay una falla en la que el buen crítico de poesía pero mal poeta se abisma sin remedio.

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Cuando me encontré conmigo mismo, no estaba en mí: ya andaba en otra parte.

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No hay acto crítico que no sea, al mismo tiempo, una confesión. Y sabemos que la confesión significa exponer la intimidad, dar el ser. Para el lector común, el peligro radica en que el crítico puede dar una confesión falsa. Un lector avezado, sin embargo, sabe que incluso en la falsa confesión el crítico confiesa su ser.

*

Dentro de cinco o seis generaciones, la Tierra será un desierto habitado por caníbales. ¿Cuál es el futuro de los poetas? Lo humano, sin duda.

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Busca durante días y días la palabra que cierre el poema. La encuentra y es, en efecto, la que clausura el poema.

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Después de años de enfermedad, uno ve el mundo desde la lejanía. No estamos en el mundo, el mundo es lo lejano, el mundo pertenece a los otros. El enfermo está afuera.

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El ensayo como voluntad y resistencia
Por Ignacio M. SÁNCHEZ PRADO

Si bien la novela suele ser la parte más visible de la literatura y la poesía su laboratorio y vanguardia, es en el ensayo donde la literatura piensa. En el enorme potencial de una forma que busca equilibrar la libertad y la ponderación —donde el alma se cristaliza en las formas, como diría el joven Georg Lukàcs—, el ensayo es el lugar en el que la escritura deviene pensamiento y el pensamiento deviene estética. 

Contraensayo es un libro que busca responder a los retos actuales de este modo de escritura, ante los embates de la contemporaneidad. El prólogo, de la compiladora Vivian Abenshushan, es uno de los textos más lúcidos que he leído sobre el tema. Abenshushan se coloca en una defensa de la especificidad crítica y estética del género frente a diagnósticos de autores como Carlos Oliva Mendoza y Heriberto Yépez, quienes señalan la popularidad del ensayo ante el auge de aquello que en los ámbitos de lengua inglesa se llama nonfiction prose. Abenshushan plantea la idea de un ensayo desescolarizado y sin limitaciones, para combatir el “olvido de sí” que caracteriza en su diagnóstico a la época contemporánea y que es opuesto al ideal autognóstico postulado por Montaigne. Contra el “ensayo conformista” Abenshushan presenta a los lectores una selección de doce ensayistas nacidos entre 1970 y 1983, que en su valoración resisten estas tendencias.
  
Contraensayo es una gran libro cuando es leído en términos de su postura crítica. Se basa en la del texto ensayístico como una pièce de resistance ante la trivialización de la experiencia resultante de la hegemonía de los saberes del neoliberalismo. El libro presenta escritos que marcan tres tendencias. Primero, encontramos ensayos cuyo ámbito fundamental de intervención es el estilo mismo y que toman al pie de la letra la consigna del ensayo como cristalización en forma. Ahí se encuentran joyas como “Fragmentos del desierto” de Guadalupe Nettel y “Placer fantasma” de Luigi Amara, así como “Decadencia de la historia” de Brenda Lozano, quien, como Nettel, encuentra en el fragmento una forma de resistir el escolasticismo. Una segunda línea consiste en aquellos que utilizan al ensayo como espacio de subversión del yo y del mundo desde el humor. Al dar un lugar central a esta contra-tradición, Abenshushan evita dos grandes problemas potenciales en su postura: la nostalgia por el monumentalismo de cierto ensayo del siglo XX y la reducción de su postura estética a una seriedad que traicionaría a Montaigne tanto como el nonfiction. Aquí aparecen trabajos como “El ensayista que no quería citar y otras historias” de Eduardo Huchín Sosa, un delicioso texto de corte monterrosiano que además hace explícita la resistencia colectiva del libro a la academia. Destacan también “Contra el gimnasio” de Saúl Hernández y “Tarde o temprano” de José Israel Carranza, que responden al reto de ensayar el sí mismo desde distintos registros del humor. También destaca el excelente “Breve vindicación de Johann Sebastian Mastropiero” de Guillermo Espinosa Estrada, texto que nos recuerda la centralidad del humor borgiano en la tradición ensayística latinoamericana.

Finalmente, la tercera línea proviene del intento de reclamar la función crítica del ensayo, con textos de dos de los críticos culturales más importantes de la actualidad: “Por una crítica de vanguardia” de Nicolás Cabral y “¿Quién le teme al arte contemporáneo?” de Rafael Lemus. En los bordes de esta línea, conviene destacar la inclusión de “Capicúa” de Verónica Gerber Bicecci, texto originalmente publicado en Mudanza, una obra maestra de la literatura mexicana reciente. En otro acierto, el libro cierra de manera provocadora con “Yo acuso! (Al Ensayo) (Y Lo Hago)” de Yépez, texto que polemiza de manera directa con los principios establecidos por la antología.

Las objeciones son pocas. El concepto del libro cierra algunas puertas innecesariamente. Creo que la fobia dogmática que se le tiene a la academia en México niega que el pensamiento académico dialoga de frente con el ensayo (Espinosa es doctor en literatura, y Lemus y Yépez, estudiantes de doctorado). Esto dejaría fuera a autores de gran inteligencia como José Mariano Leyva, cuyo registro ejemplifica bien cómo la academia puede contribuir al ensayismo. También sorprende que de las cuatro ensayistas mujeres, tres (Luna, Nettel y Lozano) son quizá menos conocidas por el ensayo que por su narrativa. No quiero decir que no deberían estar, pero existen escritoras como Elisa Corona Aguilar, Karla Olvera o Paola Velasco que son sobre todo ensayistas, y de primera. Existe un excesivo predominio de voces masculinas en el género y reconocer autoras dedicadas principalmente al ensayo es una de las vacunas contra ese mal. Y la excesiva literariedad del concepto de ensayo (Amara, uno de los autores, habló del “ensayo ensayo” recientemente) deja fuera textos que no le tienen miedo a la cultura popular y masiva. Esto lo ha hecho, por ejemplo, Huchín Sosa en otros ensayos, así como Fausto Alzati Fernández en su libro Inmanencia viral. Pero estos son reparos menores. En el balance,Contraensayo es un libro brillante y consistente, virtudes raras en una antología, y un texto que lanza un reto para repensar las funciones del género en una época definida, para usar un término académico problemático desde la sensibilidad del libro, por una cultura enfáticamente posliteraria.


Articulo: http://www.eluniversal.com.mx 10/08/2013

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