samedi 17 août 2013

Joaquín PÉREZ AZAÚSTRE/ Imagino a CERNUDA

OPINIÓN
Imagino a Cernuda
Por Joaquín PÉREZ AZAÚSTRE 

Tratar de imaginar a Luis Cernuda en el mundo de hoy no resulta difícil: estaría asqueado, y habría buscado su propia “movilidad exterior” con convencimiento, y sin bobería ministerial.

El poeta sevillano extrañaría Sevilla como siempre, y también como nunca, creando un territorio magmático de asombro, esa arcadia sureña en la que resguardar el paraíso perdido que nunca poseyó. Regresar estos días a Cernuda, a través de la lectura de La Realidad y el Deseo, estacionada por la aventura cronológica marcada en la estupenda biografía de Antonio Rivero Taravillo, es una manera de revisar esa intimidad elegante y sutil, esbelta y dolorida, de una sensibilidad moderna en su doble vertiente de su disonancia personal en la grieta apremiante de un presente abolido. Pienso en Luis Cernuda, hoy, manteniendo a distancia el ambiente de la chabacanería, intentando eludir la presencia ominosa de la zafiedad televisiva, que vulnera cualquier contorno ético, mientras se sigue involucrando en la causa humanista, esa moral cargada de razón que es la pura verdad del individuo con conciencia ante el mundo. Imagino a Cernuda largándose de aquí, con la misma maleta perfectamente ordenada que tanto sorprendiera a Concha Méndez, con sus cuatro camisas estilosas dobladas pulcramente y sus pocos libritos en francés cuidadosamente encuadernados, el bigote recortado y la verticalidad en la espera de su viaje perpetuo, sobre el andén o el muelle, sabiendo que en España ya no hay mucho que hacer, salvo volver al sur, aunque sea unos días, para recuperar el aire clareado y salino y mirar otra vez el sol de Málaga.

Cuando un escritor me acompaña, lo hace todo él: no sólo su literatura, su biografía o su espectro, cercano o legendario, sino todo el tejido sensorial, tan concreto o abstracto, que se ha trenzado ya entre la realidad de lo leído y el deseo interior de trascenderlo. Así, en ese paseo largo a través de los escenarios y el tiempo, también podemos pensar que al volver a Madrid, cualquier día de estos, y pasar por la calle Toledo, vamos a reencontrarnos con Cernuda, tan indignado como recordamos, saliendo del homenaje a Rafael Alberti y María Teresa León en el Café Nacional —que ya no existe, excepto en la calle Toledo de nuestra imaginación— para unirse a las protestas en la Puerta del Sol. Imagino a Cernuda tras todas las pancartas, como bajando por la Gran Vía, junto a Vicente Aleixandre, empujado por la riada ciudadana de la proclamación de la República; imagino a Cernuda en pie frente al Congreso, con esa fortaleza de su fragilidad, gritando que “No nos representan” y escribiendo con furia en el libro futuro, con su espuma sangrienta, en esa red social del poema público, poco después de concluir Desolación de la Quimera, mientras sigue aprendiendo inglés para marcharse.

Cernuda es un poeta más grande que su época, que fue lo suficientemente enorme como para albergar todos los sueños, todas sus decepciones y también sus crueldades. Podemos caminar con él por estos días, en esta escoria pública, y seguir descubriendo en su poesía, en esa exactitud transparente y verbal, muscular y atrayente, expresiva y directa, todas las respuestas para el drama corrupto. Cuando un escritor nos acompaña, cuando lo leemos cada día, también sigue viviendo en su escritura cíclica, en esa revisión personal que es la vivencia propia para cada lector. Leer a Luis Cernuda, además de un estupendo plan para el verano, es una respuesta ante el derrumbe de nuestro sistema de representación, la credibilidad de la política y sus formas arteras de arruinar cualquier esperanza colectiva. La poesía puede ser una respuesta, como verdad moral que rescatar de toda esta ruina zafia y pobre. Leo a Luis Cernuda como el gran poeta de hoy, porque sólo mirando su desdén hacia la indignidad podemos enfrentar la noticia diaria. Si estuviera de nuevo entre nosotros, si pudiera mirar toda esta ruindad general, mendicante, se podría preguntar, como tantos otros españoles que sufrieron la roca del exilio, si les valió la pena el sacrificio, todo el sufrimiento del pasado reescrito.

Imagino a Cernuda bronceado en la arena, tumbado en esa playa de los mares sin nombre.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor.
Articulo: http://cultura.elpais.com 11/08/2013

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Carta de L. CERNUDA à V. NÚÑEZ
Acerca de su articulo «Sobre tres temas cernudianos».
(Homenaje de «CARMINA» en el 110º aniversario del nacimiento de Luis Cernuda 1902-2012)

México, D. F. Abril 12, 1956
Querido Vicente Núñez:

Hará diez o doce semanas que Ricardo Molina me anunció el envío de «Cántico», pero los ejemplares no llegaron, y sólo ahora recibo el ejemplar que pedí por avión. Le digo esto como excusa de no haberle escrito antes, para agradecerle sus páginas en dicho número.

Me han interesado y sorprendido en extremo; me han interesado y sorprendido más que nada de lo que sobre mí se haya escrito. En verdad no esperaba ya que alguien me comprendiese tan bien y viese en mi trabajo lo que yo creía haber puesto en él.

Lo que extraño es que usted haga ese comentario ateniéndose a toda una fase de mi labor que estaba ya fichada como «fina», archivada y olvidada. Yo mismo, resignado a todo eso, si a veces pensaba en mi trabajo, creyendo ver en él algo de lo que usted, de manera tan brillante, me enseña a mí que en él hay, sólo lo refería a lo escrito en los últimos quince o veinte años.

Cierto que de ese trabajo último usted sólo puede conocer una parte reducida, pues que el resto está inédito. Leer a un poeta y aceptar sus palabras con el sentido que ellas tienen, y no otro que pretendamos darle, parece cosa sencilla; pero hace tiempo que sé es la cosa más difícil. Así, quienes han tenido la gentileza de ocuparse de mí, siempre han tratado de tirar de mí hacia ellos, queriendo dar a mis escritos una significación existente a priori. Por ejemplo: «nuevo romanticismo», «poesía pura», etc.

Hasta el aspecto que llamaré «elogioso» de su crítica, que muchos sin duda considerarán excesivo (yo ahí no puedo tener voto), resulta de su consideración crítica y no viene precediendo a ésta, como es costumbre entre nosotros. No obstante quiero decirle cuánto agradezco lo que escribe, excesivo o no, y cuánto bien me ha hecho, precisamente por no estar acostumbrado a esa comprensión, ni esperarla ya.

Muchas otras cosas le diría, pero no es posible en sólo una carta.

Su amigo

Luis Cernuda

Parece que Bernabé Fernández-Canivell me envió un libro de usted juntamente con otro del profesor Alonso (qué humoradas las de Bernabé), y que yo, conociendo a Bernabé, no recogí el paquete. Ahora que sé venía allí un libro de usted, lo siento en extremo.

De «Epistolario inédito», recopilado por Fernando Ortiz
Sevilla 1981

***
La soledad cerrada

¿Es la soledad de Luis Cernuda –la soledad cerrada y no obstante dispersa como una viva pasión inútil-, algo relativo, que tenga que ver directa o indirectamente con alguna de las formas tradicionales del heroísmo en que cristalizaba la soledad meridional? A una soledad barroca, que cifre en el incesante peregrinaje sus conclusiones éticas, suele notársele el jubiloso polvo caminero de su conforme e íntima libertad. El peregrino insociable representaba un caso extremo de confianza en el poder social y resolutivo de la persona solitaria, volcada sobre el libre juego de su función andariega. Pero ni aquí ni a ninguno de los moldes clásicos de la figura del solitario –desde la múltiple tipología de los filósofos grecolatinos hasta el elegante «retiro» del renacentista-, ni siquiera, pese a sus interesantes puntos de contacto, a la soledad del absurdo y la «náusea» del existencialismo, puede ser referida la contagiada y difícil soledad de Luis Cernuda.

Ya desde el principio, en las primeras composiciones que el poeta fecha entre 1924-1927, delimita Cernuda el incomunicable grado de su soledad individual. Soledad de su íntima contextura humana, falta de los hilos imprescindibles de unión a una realidad grave a la que, sin embargo, roza y capta con todas sus fuerzas vitales. Soledad del mundo encerrado en altos muros, sin otro sentido que el propio vacío que contienen. Soledad pavorosa, única en la poesía española, a la que entrega el poeta el naufragio de su vida, su desdén íntimo que busca los otros desdenes de la tierra.

En soledad. No se siente
el mundo, que un muro sella…

A medida que avanza Cernuda en su proceso de autoconocimiento, crece la claridad funesta de las cosas externas. Poeta y mundo, intuición y sentimiento, se frotan en la imagen de un abrazo insuficiente y terrible, casi absurdo, como sus vagas proporciones existenciales.

Sí, la tierra está sola, bien sola con los muertos…
Sí, la tierra está sola, a solas canta, habla…
En la noche sin luz, en el cielo sin nadie.


Lejos de todo ontologismo nocturno, desde el cual el pensamiento romántico asignaba a la noche el poder revelador de las «herencias fatales», como en el caso significativo de Tiutchev o de Alejandro Blok, poetas de efusión trascendente y confusa conciencia profética, Cernuda hace incomparablemente objetiva la soledad, la aloja en el ámbito entero sobre el que vagan sus himnos; «en la noche sin luz, en el cielo sin nadie»: densos abismos de la soledad última. No hay en esta soledad de Cernuda una queja siquiera de íntima angustia que perforara los velos de la fría y terca reclusión profunda, un aliento de congoja libertadora. Y cuando grita lo hace como en una hybris desmesurada de derrumbe:

Gritemos sólo,
gritemos a un ala enteramente
para hundir tantos cielos,
tocando entonces soledades con mano disecada.

«Tocar soledades», cuyas emanaciones envenenan el alma de un afán extremo de soledad perfecta. Soledades desplomadas como cuerpos y soledad extensa, absorbente del  poeta en su intención más alta:

Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

Ninguna poesía española ha puesto tanto empeño en asirse a un ideal supremo de soledad y olvido con tanta belleza y orden poético. Ninguna logra anclar una pasión tan firme en el mar temático de su tránsito. Cernuda hecho en la soledad. Cernuda vivo, inmediato hecho de la soledad.

El tiempo en la memoria

De la poesía de Luis Cernuda se desprende un modo temporal de vivir las cosas –las criaturas en su adolescente lucidez instantánea, el amor, la vida toda- que cobra hoy, y pese al transcurso de los años, un sentido vivísimo de actualidad y de paralelismo respecto a las corrientes más avanzadas del arte contemporáneo. Si repasamos las poesía de los maestros pertenecientes a la generación de Cernuda nos sorprenderá, en la mayoría de ellos, un hecho irreparable que pertenece ya a la entraña histórica de la poesía española escrita en lo que va de siglo. Casi toda la problemática de sentido humano de estas poesía, casi todas sus potenciales alusiones al hombre enraizado en la conciencia de la crisis moderna, o bien han quedado subsumidas en sus simples aportaciones técnicas o han sido desplazadas por el aluvión de las nuevas poéticas que tratan el destino del hombre desde bases totalmente distintas. Desde este punto de vista, conviene afirmar que dichas poesías fueronya superadas. Sin embargo, Cernuda es actualmente, para nosotros, el conductor más fino y profundo de muchas de las inquietudes diseminadas en el ambiente y que tocan de lleno la esencia del poeta, la razón de su canto incluso y su función dentro de la realidad a que pertenece. Su poesía tiene hoy un alcance que de ningún modo le era explícito en los años inmediatos a su publicación, y el hecho de que ya esté a la vista de muchos poetas jóvenes como una de las más claras posibilidades para el futuro próximo de nuestra poesía confirma su fortaleza de maestro y su alto don intocado de testificador: testigo, tal vez, en el estilo de un «desarraigo» poético que se acogiese a la expresión de una tentativa trágica de «venir a ser» por la poesía.

Tiempo es para Luis Cernuda la duración en la memoria. Relativista, relativista como Faulkner, se aísla en los hechos hasta que los pulveriza y gasta con el sol abrasante del olvido. Hombres del Sur, uno y otro han visto fenecer los recuerdos bajo la calina de los cuerpos y de los cielos, en donde hasta la durabilidad del amor o de la belleza se desploma mordida por un desdén superior a ellos. Mas la memoria es ínfima, porque amor y belleza son nada, «una pasión inútil». He aquí entonces el concepto boca abajo: «¿Qué queda –dice Cernuda en el preámbulo aDonde habite el olvido- de las alegrías y penas del amor cuando éste desaparece? Nada o peor que nada; queda el recuerdo de un olvido». Adéndese, debátase el tiempo de la tierra a su sideral altura, donde no alienten «los sentidos tan jóvenes». Por encima del «aquí» y del «ahora»; tumbos que duran el breve espacio de un deseo.

El tiempo en las estrellas.
Desterrada la historia.

¿Existe para Cernuda algo a lo que el tiempo agigante y prenda de un alentar más perdurable, algo también que oponga su resistencia a las amenazas de la terca corrosividad mortal? Sí; por lo pronto, Cernuda que ha podido dejar de creer en el amor, en la amistad y en la vida, tiene fe en su canto; hecho aislado y fuera de él mismo, independiente y sin embargo no aún del mundo. Su canto por donde la fe recobra en la confianza del hombre y en su inmortalidad:

El tiempo, duramente acumulando
olvido hacia el cantor, no lo aniquila;
su voz más joven vive, late, oscila
con un dejo inmortal que va cantando.

Amor color de olvido

El amor es una de las formas más extrañas de posesión del tiempo, de la que éste contiene de plenitud, de logro y de estímulo para el ingreso en una forma tal de vida que pareciera sobrepasar todas las limitaciones de la condición humana. Pero no es menos cierto que una de las características del amor es la inadvertencia de esta su conquista de lo temporal y del valor que ofrece al futuro desarrollo del hombre. Ya hemos visto como el tiempo tiende en Luis Cernuda a refugiarse en los repliegues de una conciencia en extremo distante del concepto corriente de la durabilidad de los hechos, y que era el olvido quien allí, como una seda espesa, aplastaba los sentimientos habituales de la nostalgia, haciendo de la memoria un instrumento negativo y casi contradictorio consigo mismo: la memoria como camino que llevaría «recuerdo de un olvido». Rilke decía que amar significa olvidarlo todo, pero Cernuda va más lejos aún; es el amor quien se hace olvido en sus íntimos accidentes; «amor color de olvido», amor totalizado que tiende a un «más allá» en donde reina la pura y lisa inactividad del corazón:

Pero así no me basta,
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.

La poesía de Cernuda se ha elevado hasta un intento de conferir contenido religioso a las formas paganizadas del amor. Él ha querido, en esa trágica contraposición constante de la realidad y el deseo, apresar la belleza en lo que tiene de intemporal, de mito objetivado, de tendencia a la transmutación de lo real caduco. Confiesa en Ocnos haber aspirado ardientemente a ese ideal helénico y reconoce sus riesgos, que guiaban su vida «conforme a una realidad invisible para la mayoría, y a la nostalgia de una armonía espiritual y corpórea rota y desterrada siglos atrás entre las gentes». Se impregna de la clase de espíritu romántico de poetas que, como Hölderlin y Keats, aspiran a la evasión contínua y a una inventiva mitologizante de la emoción humana, a fin de preservarla –aunque no necesariamente de hurtarla- de los duros embates de la realidad. Pero en Cernuda se da una materia poética en cierto modo impermeable a las visiones estáticas; su emoción última es refractaria a los bellos e ingenuos disfraces del mitologismo, su corazón rebasa cualquier compromiso contraído ante los cánones de la antigüedad clásica, en lo que ésta debe tener de mesurado equilibrio y proporción armónica entre las fuerzas de lo sensible y lo invisible. Cernuda es, o suele ser formalmente contenido, lentísimo; gélido, algunas veces, en la conducción formal del sentimiento. Pero es sólo una apariencia, una concesión instantánea a las convicciones de la exquisitez de esas mismas formas que maneja. En lo hondo, su vena es agitada, roja, apasionadamente tumultuosa de carga y de arrastre. Los ademanes giratorios y tardos de las liturgias paganas se borran en él por el empuje humano de su desgarro, por su pathos de hombre hincado en las corrientes de su tiempo, por el desdén hacia las vanidades de la belleza intocable, indeformable, inconsumible. Su amor se hace cruento, en un afán tremendo de desgaste, de pérdida, de contaminación caliente de la vida y sus fortalezas humanas:

Vierte, viértete sobre mis deseos,
ahórcame en tus brazos tan jóvenes,
que con la vista ahogada,

con la voz última que aún brotan mis labios,
diré amargamente cómo te amo.

Se despide de las «gracias del mundo» con un sentimiento falto, insatisfecho:

Adiós, dulces amantes invisibles.
siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
guardar los labios por si vuelvo.

Hasta aquí hemos entrevisto la humanización de una trayectoria amorosa, en lo que va desde las invocaciones al amor idealizado y yacente en sus atributos de perennidad hasta la entrega más directa, en que la pasión araña todos sus deseos, satisface todo su anhelo de gasto humano, hiere y mata su última porción de ser. Mas aún queda el decisivo, el grande y personalísimo asunto cernudiano: el olvido. Olvido como forma extrema del amor, como amor desandado, como amor hecho desde el fin a los principios. Olvido que se convierte en una forma pavorosa y desconocida de estar amando. No creo que exista en ninguna otra poesía algo parecido a esta rara forma ascética del amor, que asume en sí misma los conceptos claves de la endeblez humana:

Pero así no basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido

El poeta ha dado con un «non plus ultra» amoroso, cima de toda expresión y pasión. Y todavía hay más:

No quisiera volver,
sino morir aún más,
arrancar una sombra,
olvidar un olvido.

Ya está Luis Cernuda en su soledad cerrada, hecho un olvido de amor, un «amor color de olvido». ¿Levantará algún día a un aire nuevo las alas primeras de su vida, en voluntad rehecha y ascendente, al encuentro con Dios? 
Deus scit.

Revista «CÁNTICO» núms. 9 y 10 Agosto-Noviembre, II Época
1955 CÓRDOBA


Articulo: http://carmina.ekiry.com/?p=23843 14/07/2011

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