samedi 17 août 2013

Manuel RODRÍGUEZ RIVERO/ Elogio y vituperio del trabajo

SILLÓN DE OREJAS
Elogio y vituperio del trabajo
Por Manuel RODRÍGUEZ RIVERO 

Es en vacaciones cuando vislumbramos lo que sería nuestra vida si fuéramos dueños de ella. Se aproxima una buena cosecha de cómics y novelas gráficas.

El que no trabaja no come, como se sabe sobradamente en un país con casi seis millones de personas que no pueden hacer lo primero y cada vez lo tienen más difícil para lo segundo. El trabajo ha llegado a ser un privilegio, pero, no lo olvidemos, en su origen fue una maldición bíblica: “Ganarás el pan con el sudor de tu rostro”, tal fue la condena de un Dios celoso y terrible. Y, encima, el vocablo posee una etimología que no deja lugar a dudas: el tripalium era un instrumento de tortura compuesto por tres palos a los que se ataba el reo para que cantara todo lo cantable. Que por desplazamiento semántico aquel instrumento de dolor y penitencia haya llegado a significar el bien más preciado en las sociedades modernas indica hasta qué punto trabajar es, a la vez, necesario y mortificante. En El derecho a la pereza (1883), un libro que, sintomáticamente, se reedita sobre todo en épocas de bonanza y máximas cotas de empleo (lo publicó Fundamentos con una estupenda introducción de Manuel Pérez Ledesma), Paul Lafargue, el yerno más listo de Marx, argumentaba que el trabajo solo debería admitirse como “condimento de los placeres de la pereza”. Eso es lo que tendría que suceder si la sociedad fuera justa y todos pudieran gozar de los placeres del ocio creativo, después de una jornada laboral muy llevadera de dos o tres horitas. El economista Jeremy Rifkin, que tiene de lafarguiano lo que yo de niña de Rajoy, publicó hace casi tres lustros —cuando aún nadie sospechaba lo de Lehman Brothers y lo que vino después— El fin del trabajo (Paidós), un libro muy influyente en el que venía a decir que con las nuevas tecnologías y el desarrollo de las máquinas inteligentes, cada vez serían necesarios menos trabajadores (humanos) para producir los bienes que consumimos: las máquinas por sí solas, es decir, el capital, se estaban convirtiendo en la fuerza de trabajo ascendente. Eso, que sería bueno en una sociedad utópica, es en las nuestras fuente de muchos pesares. A ese sueño de Lafargue (que, por cierto, se suicidó con su esposa Laura cuando la vida ya no les compensaba) lo único que puede aproximarse (aunque muy de lejos) son las vacaciones pagadas, esa conquista de la época de los Frentes Populares, que —ay— mucha gente no puede disfrutar. Es en las vacaciones cuando tenemos un mínimo destello de percepción de lo que sería nuestra vida si pudiéramos ser plenamente dueños de ella. Yo, por ejemplo, abrigo la fantasía de que pasaría mucho tiempo montando en bicicleta, mirando a uno y otro lado cómo se desplegaba el mundo (un mundo idílico y medioambientalmente sano) a golpe de pedaleo. Me consuelo con la lectura de Diez bicicletas para treinta sonámbulos, con que la editorial Demipage, cuyo logo es un ciclista montado en un velocípedo de rueda alta, conmemora su décimo cumpleaños. Si son amantes del vehículo mecánico menos contaminante y de los buenos relatos, no se pierdan esas treinta viñetas o cuentos firmados por algunos de los más interesantes narradores de tres generaciones de escritores, de Merino, Aute, Landero o Muñoz Molina a Juan García Armendáriz o Sara Mesa, pasando por Orejudo, Marta Sanz, Menéndez Salmón, o Andrés Neuman, por solo citar a un tercio de los participantes. Como afirma Eloy Tizón en su estupendo prólogo, la “bicicleta es un vehículo movido por el deseo cuyo motor son los sueños”, algo que guarda mucha afinidad con la escritura, “que debe autogenerar su propia necesidad narrativa”. O, dicho de otra manera escribir, es sobre todo el intento de conseguir el estado mental que hace escribir posible. Igual que se pedalea para seguir pedaleando. De modo que, miren por dónde, este libro trata de la bici y de sus placeres (que son muchos), pero también, oblicuamente, de cómo se sale del bloqueo narrativo.

Ilustrados

Buena cosecha de cómics y novelas gráficas. Max, que tanto alegra este sillón de orejas, no publica exactamente ninguna de las dos cosas, sino Paseo astral (La Cúpula), un álbum que reproduce su espectacular montaje para el pabellón de EL PAÍS en la última feria Arco, esas 46 planchas en las que, sobre un ejemplar del diario (del 2 de enero de 2013), construyó un eficaz y novedoso relato repleto de referencias a temas clásicos de la historia del arte y de homenajes al cómic y la literatura; el libro incluye los bocetos preparatorios del trabajo. Relato soñado (1926), la novela de Arthur Schnitzler que llevó al cine Kubrick (Eyes Wide Shut, 1999) cambiando la Viena de los veinte por el Nueva York de los noventa, ha sido adaptada como historia gráfica por Jakob Hinrichs (Nórdica), que también ha trasladado el relato a nuestro tiempo, enfatizando con sus dibujos de aire naif y colores planos su atmósfera onírica, a la que contribuye la presencia de homenajes a El Bosco y Brueghel; el volumen incluye el texto original de Schnitzler traducido por J. A. García Román. DeBolsillo, un sello de Mondadori, relanzará en septiembre el seinen (literatura gráfica dirigida a un público masculino adulto) OldBoy, la novela gráfica de Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi publicada originalmente entre 1996 y 1998 que se ha convertido en uno de los mayores éxitos manga de toda la historia. Adaptada para el cine en 2003 por el surcoreano Park Chan-wook, la serie reaparecerá en español coincidiendo con el estreno el próximo otoño de una nueva adaptación dirigida por Spike Lee e interpretada, entre otros, por Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley y Samuel L. Jackson.

Pasión

Leo en la prensa británica, que siempre ha mostrado particular interés por este tipo de noticias, que en los últimos dos años, y coincidiendo con el éxito internacional de la saga de E. L. James Cincuenta sombras de Grey (Grijalbo), se han multiplicado los accidentes sexuales en los hogares. En efecto, los bomberos han acudido a casi un centenar de llamadas de personas “juguetonas” que no podían abrir las esposas con las que habían sujetado a sus parejas al cabecero, o a las que se les había ido la mano apretando la cinta de terciopelo en la garganta de su compañero/a de desfogue. Les digo esto porque parece ser que en verano (como lo prueba la proliferación en la tele de anuncios de preservativos, lubricantes y cremas íntimas) a los seres humanos les da por aparearse con más frecuencia (a los espíritus eso no nos sucede), de modo que ándense con tiento cuando se pongan lúdicos e imaginativos. Imagínense el bochorno si la Guardia Civil tiene que acudir a la hora de la siesta para liberar a su pareja de las esposas. O que tengan que llamar a urgencias a causa de un prolongado priapismo ocasionado por una ingesta masiva de Cialis. Por cierto, Grijalbo, que sigue haciendo caja con la tendencia, “publica” (¡dios mío!) este otoño Cincuenta escenarios para desatar tu pasión, una nueva “caja de sexo” que incluye librillo, esposas y venda para los ojos. Tengan cuidado en su noche de desenfreno, no vayan a caerse desde el sexto piso por ir ciegos y, encima, esposados.

Articulo: http://cultura.elpais.com 10/08/2013

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