dimanche 18 août 2013

Pedro Pablo GERRERO/ Omar CÁCERES, una leyenda de la vanguardia poética chilena

RESCATE EDITORIAL
Omar CÁCERES, una leyenda de la vanguardia poética chilena
Por Pedro Pablo GERRERO

Hace 70 años murió el autor del mítico libre “Defensa del ídolo” (1934). El volumen acaba de ser reeditado por el Archivo del Escritor, en una versión semifacsimilar – y con nuevos textos – realizada a partir de la confrontación con el manuscrito original, adquirido por la Dibam.

“Se le vio, el día que desapareció, con un hombre de estatura mediana, negro, de gesto desapacible”, escribió Antonio Acevedo Hernández en el segundo articulo que publico en Las Ultimas Noticias para exigir a la justicia el esclarecimiento del homicidio de Omar Cáceres, asesinado a fines de agosto de 1943. Su cadáver – que según la crónica roja “presentaba lesiones diversas en la cabeza y el cuerpo, especialmente una de carácter profundo en la región frontal” – fue encontrado en el canal de La Punta, en Renca. Ocho días permaneció en la morgue antes de que fuera reconocido por familiares. Su hermano Raúl, profesor de castellano en el Liceo de Hombres de Viña del Mar, recibió un telegrama que anunciaba: “A DON OMAR PASA ALGO GRAVE LLAME TELÉFONO”.

El crimen nunca fue aclarado. La autopsia determino que la asfixia fue la causa de muerte. “!Maldición sobre el asesino del poeta!”, escribió Andrés Sabella en otra crónica de prensa. Las hipótesis abarcaron desde un vulgar “cogoteo” hasta un ajuste de cuentas político, móvil que siempre postularon el hermano de Omar Cáceres y Luis Sánchez Latorre.

Tan misteriosa como su muerte fue su vida. Nacido en Cauquenes entre 1904 y 1906 – ni siquiera sobre eso hay certeza – Luis Omar Cáceres Aravena se deslizo por este mundo con “elegancia de espectro” (Volodia Teitelboim), recordado por sus ocasionales compañeros de bohemia como “un hombre de aspecto sombrío” (Teofilo Cid), “envuelto en una atmosfera de muerte y de soledad total” (Miguel Serrano).

Un aura fatalista, incluso misantrópica, ha rodeado el nombre de Cáceres hasta el presente, al igual que ciertas leyendas personales, algunas tan curiosas como que fue violinista de una orquesta de ciegos (solo fue lo primero). Sin embargo, esta visión de tintas cargadas y anécdotas irrisorias podría empezar a cambiar gracias a la adquisición de su legado – más de 130 documentos – que realizo en 2011 la Biblioteca Nacional. A esa compra publica se agrega hoy una reedición de su libro “Defensa del ídolo” (1934), con prologo de Pedro Lastra y facsímiles del original, que se conserva en el Archivo del Escritor, dirigido por Pedro Pablo Zegers.

“No solo Defensa del ídolo esta entre los manuscritos, sino también un gran conjunto de cartas; correspondencia familiar y comercial, además de varias fotografías. Todo esto permite añadir diversos matices al mundo privado y literario de Omar Cáceres”, explica Zegers, quien decidió reeditar su único libro como parte de las celebraciones del Bicentenario de la Biblioteca Nacional.

Candidatura a diputado

Durante más de treinta años, el legado de Omar Cáceres estuvo en manos del poeta y coleccionista César Soto, propietario de la desaparecida librería y editorial América del Sur. El anticuario se lo compro a la familia del vate por intermedio de un escritor chileno que actualmente vive en Francia. Soto pretendía editar los manuscritos en su integridad con un ensayo de Enrique Lihn sobre los fundamentos filosóficos y religiosos de su obra, la que revelaría, según el bibliófilo, lecturas de fuentes tan diversas como Gabriela Mistral, Pablo de Rokha, Hegel. Nietzsche y el Antiguo Testamento. El proyecto no se pudo materializar, pero el investigador Luis G. de Mussy tuvo acceso a los materiales conservados por el librero y publico dos ensayos a partir de ellos.

“La decisión de vender los documentos estuvo relacionada con múltiples conversaciones – afirma César Soto -. Con mi hijo decidimos e interpretamos que la obra de Luis Omar Cáceres debía quedar en el país que lo vio nacer y que, lamentablemente, lo vio morir asesinado, como un mártir de las luchas ideológicas del siglo XX. En Europa y Estados Unidos estos archivos y originales tienen valores que en Chile aun no se han asimilado, pero el aporte de los poetas a la odisea de la historia humana no se puede dimensionar en cifras matemáticas. Por todo esto nos pareció que el lugar mas apropiado para dejar su legado era la Biblioteca Nacional”.

Entre los manuscritos que hoy custodia la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos están los borradores del libro inconcluso “Baladas de la ciudad profunda” (1933), así como los de “Alegatos contra lo incognoscible”, que parecen esbozos de “una colección de cuentos imaginativos” en los que Canceres trabajaba al momento de su muerte.

El espíritu inquisitivo y los múltiples intereses del poeta chileno se reflejan en sus cuadernos de estudios filosóficos, musicales y literarios, que incluyen apuntes sobre materialismo dialéctico; un pasaje, transcrito en 1928, del cuento “El pogromo”, de Gorki; un curso de técnica violinistica copiado de una revista especializada; correspondencia de una sociedad rosacruz estadounidense y hasta unas notas de cartomancia.

De su juventud se conservan cuadernos llenos de poemas de cuidadas métrica y caligrafía, un par de cartas de amor escritas por una mujer llamada Baldramina Batifoulié y apuntes de teoría musical. Se le atribuyen estudios inconclusos de Leyes, lo que explicaría por qué a mediados de los años veinte Omar Cáceres figuraba como secretario del Juzgado de Policía Local de San Antonio, al servicio del magistrado Eliodoro Astorquiza, reconocido critico literario de la época. Ambos quedaron sin empleo en 1927, con la llegada de Carlos Ibáñez del Campo al poder. Desesperado por sobrevivir, Cáceres se ofreció, sin éxito, a participar en la colonización de Aysén e intento probar fortuna en Colombia, pero no hay constancia de que haya alcanzado a viajar.

Fueron años de penurias económicas, agravadas por la crisis de 1929, a la que siguió una ola de protestas que provoco la caída de Ibáñez en julio de 1931. En los agitados meses posteriores, Cáceres fue propuesto como candidato a diputado por el distrito de La Victoria, San Antonio y Melipilla. “Su nombre esta arrastrando corriente en varios grupos”, le escribió un amigo, en alusión al apoyo de sectores de izquierda y dirigentes sindicales que recordaban su trabajo a favor de pescadores, obreros portuarios y conductores de locomoción colectiva de la zona. La iniciativa tampoco prospero. Fue la única oportunidad que tuvo de alcanzar una figuración política. Su disposición a aceptarla desmiente o modera, al menos, su fama de individualista acérrimo.

Radicado en Santiago, Cáceres se cambia con frecuencia de domicilio y deambula por bares en los que, al calor del vino, lee versos de aire triste que le ganan la reputación de poeta maldito. En 1931, Rubén Azocar antóloga dos textos suyos en “La poesía chilena moderna”. Uno de ellos comienza: “En vano imploro al sueno el frescor de sus aguas”. Tres años más tarde, su hermano Raúl financia la publicación de su único libro: Defensa del ídolo.

La obra tiene un prologo de Vicente Huidobro – el único que dedico a un autor chileno – en el que proclama: “Estamos en presencia de un verdadero poeta de nuestro tiempo, es decir, no del cantor para los oídos del cuerpo, de la carne, sino del cantor para los oídos del espíritu del siglo”.

Inexplicablemente, Omar Cáceres quemo casi toda la tirada apenas salio de imprenta. Por mucho tiempo se ha atribuido ese acto a las erratas. En la edición chilena del libro publicada por Lom en 1996, Pedro Lastra recoge esta versión de Juan Loveluck, quien fue alumno de Raúl Cáceres en el liceo. Teitelboim la refrenda. Sin embargo, a la luz de los originales recuperados toma cuerpo otra hipótesis: Omar Caceres se enfurecio porque faltaban textos. La reedicion que Lastra publica ahora con la Biblioteca Nacional restituye una dedicatoria que no estaba en la primera edicion: “A los que, como Nietzsche, saben/’qué milagro incomprensiblemente elevado/es un amigo,/y que,/si son idolatras,/tendran que elevar, ante todo, un altar/al desconocido dios que le creo”.

La nueva edicion completa, asimismo, el titulo del poema “Ángel del silencio”, que en el original decia: “Ángel del silencio, breve enumeración romántica”. Pero la sección mas reveladora del libro es la adenda en la que Lastra incorpora el poema inédito “Estandarte nocturno”, que podría haber formado parte de “Defensa del ídolo”, y dos prólogos que no están en la edicion de 1934: el de Pablo de Rokha – que Caceres rechazo – y un auto prólogo que considero como opción antes de encargarle uno a Huidobro. La misma auto presentación que, con modificaciones, entrego al año siguiente para ser publicada, como declaratoria poética, junto a sus versos incluidos por Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim en la Antología de poesía chilena nueva (1935).

“Es posible que en vez de 15 poemas “Defensa del ídolo” haya tenido 17 o 20 – estima Pedro Lastra -. Y esa conjetura tiene fundamento, porque la ultima hoja del manuscrito esta rota. No es improbable que hubieran existido dos, o cinco, o diez hojas más que se desbarataron. ¿Qué se hicieron? Si faltan poemas, ya es grave. Omar Caceres puede haber pensado: “Si mi primer libro se publica así, lo quemo”. Es un motivo mas plausible e iluminador, aunque nunca lo sabremos”.

Alianza de tradición y modernidad

Lo que resulta evidente es que Omar Caceres, junto a otros poetas excepcionales de vida breve y obra escasa – como Jaime Rayo, Carlos de Rokha y Gustavo Ossorio -, alcanza en nuestros días un lugar más prominente en cierta tradición paralela al canon oficial de la poesía chilena, incluso dentro de las vertientes más experimentales.

Como apunta Thomas Harris, quien también participo en la reedicion de “Defensa del ídolo”, cuesta situar la poesía de Omar Caceres dentro de una corriente especifica de las vanguardias, que generan una retórica que a veces obnubila los sentidos profundos del texto. Aunque en el poema “Anclas opuestas” se refiere a un automóvil, Caceres se aleja de los aviones, la telegrafía sin hilos y otras imágenes tan comunes de la poesía de su tiempo, para entrar más en lo sustancial del poema. Hay más misterio, si se quiere, porque cuesta desentrañar los sentidos últimos. Es difícil encontrar un poemario tan pequeño que condense mejor lo que es el ser de la poesía”.

Pedro Lastra, a su vez, percibe en la obra de Caceres una dimensión metafísica en la conciencia de la temporalidad. “La vivencia de lo misterioso de la existencia se logra plenamente. En su fraseo poético se da esa alianza feliz entre la tradición y la modernidad. No fue un rupturista, pero tampoco un tributario de la tradición en si misma”.

La reedicion de “Defensa del ídolo” es, sin duda, un hito en la poesía chilena. Recupera una obra de la que sus lectores, escasos pero fieles, podrán apreciar su génesis gracias a los originales con sus tachaduras e indicaciones, no siempre respetadas en la primera edicion.

Son los pasos iniciales de un rescate de largo aliento. Pedro Pablo Zegers anuncia que el Archivo del Escritor seguirá publicando inéditos de Omar Caceres en la revista Mapocho. Los investigadores, entre tanto, podrán realizar pesquisas en un centenar de documentos que “le van a dar data y posición al autor”, según estima Zegers.

Como un mundo por explorar, los manuscritos del poeta – digitalizados en su totalidad y accesibles a través del catalogo en línea de la Biblioteca Nacional (www.bncatalogo.cl ) – parecen cumplir lo que Omar Caceres prometía en los versos finales de “Iluminación del yo”: “Ni un solo pensamiento, oh poetas, /los poemas EXISTEN, /nos aguardan!”.


Articulo : http://www.emol.com/ 11/08/2013

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