dimanche 29 septembre 2013

Agustina JOJART/ La Flor del Jardín de Arena

La Flor del Jardín de Arena
Por Agustina Jojart

Cuando por alguna convicción, externa o propia, se está en la cima, el derrape y la muerte es el mismo fracaso. Determinadas pérdidas, en combinación con determinados perfiles, pueden llevar a cualquier persona a una fatalidad irrevocable, perfecta: el límite de cualquier climax, el del amor y el del dolor; el óvulo y las cenizas se beben en un mismo brebaje.

Para comprender una simple estrofa de la poesía de Sylvia Plath, parece ser indispensable tener presente aquella otra estrofa de su vida que se corresponde con esta primera. Si bien la suya es una poesía para entender más que para disfrutar por su estética literaria, vale mencionar la riqueza de imágenes raras, de comparaciones de elementos visualmente incompatibles, que en el conjunto de su obra hacen de Plath la flor en un jardín de arena, que se abre y es todas las flores y ninguna.

Desterrando lo convencional y fuera de una gramática y vocabulario pretenciosos, la fotografía autobiográfica de cada uno de sus poemas, encierra un particular dinamismo que está estrechamente ligado a un hecho concreto del día en el que la autora escribe.

¿El escritor es sus situaciones o sus sensaciones?... más allá de las cuestiones que aviva el interrogante, es preciso que una cosa derive en la otra. De las situaciones fotografiadas por Sylvia Plath, deducimos una sensación, un estado de ánimo, lo que se sabe y lo que se ignora. Sin embargo, es necesario conocer algo -o mucho- de su vida para saber qué paisaje y qué personajes hay en su álbum de poesías. Los invito a descifrar éste, su poema póstumo:

Límite

La mujer ha llegado a la perfección. (1)
Su cuerpo
Muerto viste la sonrisa de la realización, (2)
La ilusión de una necesidad griega
Fluye de los pergaminos de su toga,
Sus pies
Desnudos parecen decir:
Hemos llegado demasiado lejos, se terminó.
Cada niño muerto enroscado, blancas serpientes, (3)
Uno a cada jarrita
De leche, ahora vacía.
Los ha plegado
De nuevo hacia su cuerpo, así como los pétalos
De una rosa cerrada cuando el jardín
Se fortalece y los perfumes sangran
De las dulces gargantas profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene porqué entristecerse, (4)
Mirando fijamente desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas. (5)
Sus negros crujen y se arrastran.

Como dato referencial, vamos a situar el poema Edge en el ocaso de su vida. Lo escribe el día 5 de febrero del año 1963, es decir, seis días antes de su muerte. Ya hacía meses que Plath se había propuesto escribir una importante cantidad de poemas, y lo hacía muy temprano, de madrugada, antes de que los niños se despertaran. El contenido de este último testimonio suyo, es el balance de sus expectativas personales y profesionales.

(1)Desde su adolescencia, Sylvia Plath había manifestado su afán por lograr la perfección, y para una persona como ella, esto significaba ser el último eslabón de cualquier cadena. Alcanzar la popularidad en los grupos que frecuentaba era una tarea a la que se había comprometido. Esta preocupación por obtener el prestigio de ser beneficiaria de importantes becas -Prouty y Fulbright-, y por pertenecer a determinados círculos culturales -los tradicionales brotherships (hermandades) estadounidenses- desnuda la otra cara de Plath; la mujercita visceral pasa de la vertiginosa felicidad de sus logros al pozo amargo y lodoso de sus fracasos -muchas veces, no se perdonaba ni un simple tropiezo. Nuevamente, en la segunda estrofa (2) se repite la perfección alcanzada, esta vez, en el campo profesional. Aparece ella como un fantasma de la sabiduría antigua, pero advierte que ya es un cuerpo muerto. Por eso, la palabra ilusión, crea aquí una figura espectral, algo ya intangible y no en el sentido de la esperanza de que sea realidad algún día. A partir del párrafo quinto y hasta el primer verso del sexto (3), la autora recrea, como una visionaria, la escena de la madrugada del 11 de febrero de ese mismo año. Sylvia se levantó muy temprano esa mañana, como era costumbre en ella, pero no tenía pensado escribir ese día... ese día no. Llevó a sus hijos dos tacitas de leche que dejó en la habitación, se dirigió a la cocina en donde abrió la llave de gas y dispuso todo su cuerpo en la boca del horno... pronto las nauseas... pronto el mareo... y su ansiado descanso. El primer verso de la anteúltima estrofa (4), está cargado de disculpas; como si ella dijera: perdón por esto que hice, pero no se llore por mí porque no quiero sentir más culpas. Y el anteúltimo verso (5), hace referencia a su primer intento de suicidio en el año 1953, a los 20 años.

Como esencia de todo lo que inspira Sylvia Plath, se podría decir que es una mujer umbilical... hacia atrás y hacia delante, que acabó por ahorcarse en sus propios cordones. No soltó su pasado sin antes haberse aferrado a un presente gemelo, y otra vez, el mismo fracaso: la pérdida del padre repetida en la del esposo. Todo va dejando huellas profundas sobre su cuerpo. Algunas no se quitan con el agua ni con el amor; otras hacen nacer dioses frágiles que no son suficientes a la hora de pedir socorro.

La pesadilla de Sylvia Plath se resume en el fantasma del miedo: miedo a no ser, a no llegar, a no tener, a no poder. Ciertas personas tienen como motor de sus vidas una pesadilla, un infierno -cual fuere; ciertos escritores son seres divididos que buscan esa otra parte de sí: el infierno individual es una corriente que los lleva, los arrima a cierta orilla, los hunde, los ahoga, les da otra oportunidad, los salva...

Sólo ella sabe de qué arena su vida la hizo flor.


Articulo: http://www.lamaquinadeltiempo.com 13/09/2013