dimanche 8 septembre 2013

Alberto OJEDA/Leonardo PADURA: "Cuba fue un paraíso para los judíos"

 Leonardo Padura
"Cuba fue un paraíso para los judíos"
Por Alberto OJEDA 

El escritor cubano publica 'Herejes' (Tusquets), novela que hibrida el género histórico con el negro y en la que reconstruye la trágica travesía del St. Louis, transatlántico cargado de judíos perseguidos a los que Cuba rechazó | Padura se sirve de la historia real para insertar un trama "verosímil" con Rembrandt en el epicentro.

En abril de 1939, 937 judíos alemanes embarcaron en el transatlántico St. Louis en el puerto de Hamburgo. Rumbo: Cuba. Objetivo: escapar de un país envenado por el antisemitismo predicado por los nazis. Al poner proa hacia la isla caribeña todos esos pasajeros respiraron aliviados: habían conseguido escapar por los pelos de los guetos y los crematorios. Pero no contaban con que una carambola del destino les iba a repeler de la anhelada tierra cubana ybuena parte de ellos (cerca de la mitad) acabaría sus días en los morideros orquestados por Heinrich Himmler, responsable de ejecutar la 'solución final' dictada por Hitler. El gobierno cubano, movido por corruptelas e imposiciones desde Estados Unidos, modificó su política de migración con carácter retroactivo y no se les permitió la entrada en su territorio. Tras tocar la puerta de los propios Estados Unidos e incluso de Canadá, que también les denegaron los visados, no les quedó más remedio que afrontar un retorno con consecuencias fatales. 

Esta es la tragedia que reconstruye Leonardo Padura (La Habana, 1955) en su última novela, Herejes. El motor que ha encendido su escritura lo tiene claro y lo revela a El Cultural: la vergüenza. "Una novela tiene muchos puntos de partidas y diversos mecanismos que impulsan su desarrollo. Hace unos días veía el filme 42, la historia del primer jugador negro de las Grandes Ligas de Beisbol norteamericano en el año 1946-47, y sentía una gran vergüenza por la forma en que una sociedad se comportó con unos seres humanos solo por el color de su piel. Algo similar sentí cuando profundicé en la historia de los refugiados del St. Louis y la actitud no ya del gobierno y los jerarcas cubanos del momento (1939), que debían responder a las órdenes del Departamento de Estado norteamericano. Además, esos políticos cubanos se movían por sus ambiciones económicas y políticas. Pero lo que me conmovió fue el modo en que muchos cubanos de pie alentaron, celebraron, la negativa a que esos hombres desembarcaran y salvaran sus vidas de la muerte segura que les esperaba si regresaban a la Alemania nazi... Casi fue una fiesta participar de aquel rechazo. Y, como cubano, no podía sentir otra cosa que una gran vergüenza histórica...".

-A uno se le cae el alma al suelo cuando conoce el desenlace de esta travesía. Es una historia con una carga trágica brutal: después de cruzar un océano y tantear a tres países no les quedó más remedio que regresar a una muerte garantizada. 
- Sobre el episodio del St. Louis y el destino de los 937 refugiados que aspiraban llegar a Cuba se ha escrito bastante, incluso hay películas de ficción y documentales, pues encierra en sí una gran "tragicidad". Pero el episodio del St. Louis sólo me sirvió como elemento argumental para impulsar mis motivaciones literarias, que estaban más cerca de algo no coyuntural, sino universal; algo que no es solo un hecho o momento histórico, sino una constante: la aspiración del ser humano de practicar, disfrutar de su libertad individual, y el precio -a veces terrible- que se suele pagar por tal pretensión, incluso en las sociedades que se dicen más libres y abiertas. Por eso la novela recorre escenarios y tiempos tan diversos como la Ámsterdam de 1640, el Miami de los años 1960-80, la Cuba de 1950-50... y la Cubaactual a través del personaje de una joven que decide "apartarse de la tribu". 

El personaje en cuestión es Daniel Kamitsky, un mozalbete judío que aguarda en el muelle a que el entuerto burocrático se resuelva y pueda abrazar de una vez a sus familiares europeos enclaustrados en el St. Louis. Él actúa como bisagra entre los diversos planos temporales sobre los que se desarrolla la trama trenzada por Padura, a caballo entre género policiaco, que tanto ha contribuido a dignificar, y la narrativa histórica, en la que ha demostrado una encomiable capacidad para insuflar vida a personalidades del pasado. Gran ejemplo es su recreación del asesinato de Trotski a manos de Ramón Mercader en el El hombre que amaba a los perros. En Herejes lo que hace Padura es incrustarle a la peripecia real del St. Louis una invención extraída de su imaginación, que se despliega a lo largo de diversas direcciones temporales. Un miembro de la familia Kamintsky, incluido en el pasaje del St. Louis, lleva consigo nada menos que un cuadro de Rembrandt. Este lienzo aparecerá, en 2007, en una subasta en Londres. "Es pura licencia literaria pero... ¿es verosímil, verdad? Esos judíos viajaban sólo con su maleta de ropa y unos pocos marcos (diez dólares o algo así) y... ¿esa pequeña tela no podía venir envuelta bajo el refajo de una viajera?" Pues por qué no. 

El caso es que la obra de arte emerge desde las cloacas del siglo XX. Elías, hijo de Daniel, se entera de la aparición y decide tirar del hilo de la pintura, para saber por qué manos ha ido pasando en todo ese tiempo, desde que se le arrebató a sus parientes. De esta manera pretende atar los cabos sueltos de su familia disgregada por distintos campos de exterminio. Pero por sí mismo no tiene las habilidades y el cuajo para moverse entre las bambalinas de la historia y los pútridos circuitos del tráfico de arte. Necesita de alguien bregado en el oficio de olisquear en terrenos pantanosos. 

Ahí es donde entra en escena el investigador Mario Conde, viejo conocido de los lectores de Padura, cada vez más mayor y más descreído, como le ocurre a su progenitor: "Conde está cada vez más viejo y, por pura fisiología ya no reacciona igual. Hace 20 años que no es policía -para su alivio espiritual-, pero en esencia sigue siendo el mismo hombre... pero más viejo, más desencantado, más incapaz de resolverse la vida en una Cuba que es un país igual pero distinto del que él mismo vivió dos décadas atrás. Mantiene intacta sus fidelidades, pero también sus defectos y temores. Su curiosidad sigue siendo insaciable, y por eso se ve enredado en las historias que cuenta Herejes. Como yo, cada vez cree menos, en menos cosas, pero sigue conservando su fe en las más importantes. Y, sobre todo, sigue siendo un excelente compañero para entrar en la vida cubana y lograr entenderla y expresarla un poco mejor".

En esta ocasión, las andanzas de Conde son un salvoconducto para asomarse a un capítulo de la historia de su país, el de la huella de los hebreos en su suelo, especialmente marcada en la judería de La Habana, aunque el paso de los años la ha ido difuminando, hasta casi desaparecer. A la isla llegaron por tandas sucesivas. A principios del siglo XX llegaron los americanos, venidos de Estados Unidos, como trabajadores de compañías del vecino del norte. Luego arribaron los turcos, que huían de las convulsos Balcanes anteriores a la I Guerra Mundial. Después el turno les llegó a los polacos, perseguidos por pogromos y represalias; y finalmente alemanes y austríacos, acogotados por los nazis. Las tres últimas oleadas eran de gentes que venían con muy pocos recursos, pues estaban llegando en desbandada. "Los últimos que llegaron -alemanes sobre todo- apenas podían traer una maleta con ropa y ningún dinero... Aunque la mayoría de estos inmigrantes soñaban con pasar a Estados Unidos, la ley de cuotas norteamericanas que regulaba el número de emigrantes, muchas veces los varó en Cuba, incluso para siempre. Y aquí reconstruyeron sus vidas, haciendo lo que surgía. No es mentira eso del judío que andaba por la calle vendiendo corbatas baratas, no...", explica Padura. 

Es la paradoja que trasluce la novela. La vergonzante negativa de las autoridades cubanas de dar cobijo a los judíos del St. Louis contrasta con lo que Joseph Kaminsky le dice a su sobrino Daniel: "Agradéceselo a Cuba. Aquí he trabajado, pasado penurias... pero he conocido otra vida donde a nadie le ha importado en qué idioma hago mis rezos". Y es que Cuba, durante largos pasajes del siglo XX fue un paradigma de libertad religiosa: "Lo fue para los judíos que llegaron al país en la primera mitad del siglo XX, sobre todo porque eran blancos. Pudieron practicar su religión, reproducir sus formas de vida, y, salvo el episodio del St. Louis, donde hubo intereses políticos globales, en Cuba no se les persiguió ni se les sometió a pogromos ni nada por el estilo... La Cuba de los años 1900 a 1950 fue una sociedad que, con excepciones, resultó receptiva para todas las migraciones. Los judíos más hábiles incluso prosperaron en Cuba, pero también muchos de ellos se afiliaron al Partido Comunista, crearon sus instituciones y, por supuesto, sus sinagogas, y hasta dónde sé, salvo en los sermones de los curas católicos, no fueron especialmente atacados. El resultado casi inmediato fue que se cubanizaron, incluso muchos dejaron de practicar el judaísmo, y se mezclaron desaforadamente con la población del país. Todo ese espíritu de libertad, integración, tranquilidad, los hizo ver a Cuba como una especie de paraíso". 

Pero los paraísos suelen tener los días contados y en Cuba ya sabemos lo que pasó. Lo que empezó como una revolución legítima para derrocar una tiranía degeneró en otra tiranía, con un disfraz ideológico diferente. Padura ha tenido sus rifirrafes con la ortodoxia castrista, como no podía ser de otra manera en un hombre de amplitud de miras espirituales como él. 

-¿Esas fricciones le han hecho identificarse con la figura del hereje?
- Más bien soy, creo, un heterodoxo, que es algo parecido, pero no es igual. Mi heterodoxia tiene que ver, sobre todo, con un problema de carácter, pues desde que soy un niño nunca me han gustado las disciplinas añadidas: ni las partidistas, ni las religiosas, ni siquiera la disciplina masónica, a pesar de que me crié y todavía vivo rodeado de masones y admiro mucho su filosofía y su ética. Y luego esa heterodoxia se ha visto incrementada con la certidumbre del fracaso de los grandes proyectos colectivos, no solo porque hayan fracasado, sino porque se han pervertido en el camino, porque nos han engañado muchas veces.

- ¿El grado de escepticismo de Padura es hoy equiparable al de Mario Conde, su hijo literario?
- Mi núcleo de creencias se ha reducido mucho. Creo en la fidelidad, por ejemplo, y como persona trato de practicarla; en la amistad, en el amor, en la fraternidad, en la inteligencia de los perros... pero no en sentidos abstractos, sino concretos. Creo en el trabajo como fuente de bienestar y de realización personal, quizás porque gracias a mi trabajo tengo lo que tengo, sin que nadie me lo haya regalado, sino porque he trabajado cada día de mi vida por muchos años, mientras otros se dedican a hablar, denigrar, beber cerveza. Creo en la literatura como exorcismo de la realidad y de los demonios personales: a través de mis libros digo muchas de las cosas que pienso de la sociedad en que vivo y de la condición humana, además de que es una fuente de satisfacción, no sólo cuando la escribo, sino también cuando la leo. Y aunque soy ateo, creo -a veces- que el mundo tiene una organización cósmica que supera la capacidad de acción o pensamiento humanos, o sea, que existe o pudiera existir algo así como un Gran Arquitecto del Universo -tal como lo llaman los masones. Pero ni le rezo ni le pido nada... Y creo, entre otras cosas en las que creo, que el mundo necesita un revulsivo profundo para ser un sitio más vivible. Tanta violencia, tanto fundamentalismo, tanto arribismo, tanta corrupción, tanto mesianismo, tanta desidia, tanto odio y envidia... es demasiado para una sociedad global que, también creo, puede estar entrando en una crisis irreversible. 

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La cola de la serpiente
Leonardo Padura
Tusquets. Barcelona, 2011. 185 páginas, 16 euros.
Por Ricardo SENABRE 
Publicado el 22/12/2011 

No es cosa de descubrir ahora que Leonardo Padura (La Habana, 1955) es un excelente escritor, tanto en sus obras más ambiciosas (así, El hombre que amaba a los perros) como en la serie de novelas cuyo protagonista es el policía cubano Mario Conde, especie de antihéroe solitario desencantado y amigo del ron que arrastra consigo una pesada historia de renuncias y decepciones, reavivadas de vez en cuando por el recuerdo o por la repetición de situaciones y personajes que evocan otras historias anteriores del policía, narradas antes en novelas como Vientos de cuaresma o Pasado perfecto. 

La cola de la serpiente es, como el autor confiesa en un epílogo, el desarrollo de un relato breve -una “noveleta”, lo denomina Padura- escrito en 1998 y publicado entonces como tal, que con el tiempo y una decidida reelaboración ha crecido hasta convertirse en la narración que aquí se presenta. Los futuros investigadores podrán examinar las distintas versiones del relato y asomarse de este modo a la instructiva tarea de examinar con detenimiento el taller oculto del autor, el estilo de sus correcciones y sus modalidades de reescritura.

El suceso nuclear -un crimen con mutilación y ahorcamiento del cadáver- desencadena, como resulta obligado, las indagaciones que ocupan la historia. Pero lo más importante en este caso es que la víctima es un chino, y que las pesquisas de Mario Conde lo llevan a internarse en el decaído Barrio Chino de La Habana, formado en tiempos más prósperos por inmigrantes orientales que fueron acudiendo a una Cuba opulenta y lejana en busca de mejor destino; un barrio muy activo hace medio siglo, aunque convertido actualmente en una zona sórdida y envejecida donde apenas sobreviven, en condiciones paupérrimas, los herederos de aquellos inmigrantes que, en una gran mayoría de casos, soportaron una dura explotación y que han continuado aferrados al lugar en vez de seguir el camino inverso al de sus mayores. 

Este retrato de “una ciudad oscura, tórrida y cada día más hostil”, de un ámbito urbano que sólo muestra signos de ruina y degradación, este callejeo de Conde por lugares casi vacíos, por solares abandonados, por habitaciones míseras, malolientes, de paredes desconchadas y llenas de cachivaches y muebles rotos, es sin duda lo más valioso de la novela. Y hay algunos personajes con los que se relaciona Conde que ofrecen historias inolvidables, como Juan Chion y Francisco Chiú, cuyo pasado común fundamenta una sólida amistad, o que asoman en bocetos rápidos y certeros, como Jacinto el Mago, el gigantesco Marcial Varona y algunos descendientes de esclavos africanos que todavía practican los oscuros ritos religiosos del palo monte. Padura conduce al lector con destreza por oscuros vericuetos en los que las antiguas historias y las pistas que no siempre orientan en la dirección adecuada se mezclan en una confusa maraña cuya explicación final es, sin embargo, diáfana, y, lejos de convertirse en un artificio mecánico para cerrar el desenlace, repercute en los más profundos sentimientos de algunos personajes. Los acartonados y previsibles tipos de muchas novelas de intriga se revisten aquí de humanidad. El resultado es un friso de figuras que deambulan por un escenario poblado por fracasados y perdedores nostálgicos, ya sean mulatos, blancos o chinos e independientemente del sector social en que se encuentren. 

El propio Conde, que reúne y acentúa algunos rasgos de los antihéroes investigadores creados por la novela y el cine norteamericanos, no escapa a esa condición. Su conciencia de superviviente va unida al recuerdo de amores desvanecidos pero aún operantes -Karina, Tamara- y al de un mundo de esperanzas juveniles al que “la realidad le había robado demasiados jirones” y que no había mejorado, porque “los años no habían pasado para mejor, sino para preparar un retroceso que [...] tendría consecuencias dolorosas para el país donde había nacido y vivido” (p. 45). Son precisamente estos toques que, además de evocar una Cuba pretérita y feliz, van perfilando la humanidad del personaje -incluso con ribetes humorísticos, como en la magistral escena en que aparece Patricia Chion-, lo que trasciende los límites de la novela de intriga y la dignifica literariamente. Un placer para cualquier lector. 

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El hombre que amaba a los perros
Leonardo Padura
Tusquets. Barcelona, 2009. 584 páginas, 21'15 euros
Por Ricardo SENABRE
Publicado el 13/11/2009 

Leonardo Padura (La Habana, 1955) ha alcanzado notoriedad, sobre todo, por sus novelas de misterio protagonizadas por el detective Mario Conde. Pero no hay que olvidar que en su haber figura igualmente un título como La novela de mi vida, donde la figura central es un ser histórico: el poeta cubano José María Heredia.

De estas dos vertientes -el gusto por la intriga y el relato sobre seres reales- deriva El hombre que amaba a los perros, cuya historia central recrea los preparativos y el asesinato en México del disidente Liev Trotski a manos del español Ramón Mercader, como final de una oscura trama urdida por el régimen de Stalin. Se trata de algo que no sólo ha interesado a muchos historiadores -como acredita el incesante crecimiento de la bibliografía sobre el tema-, sino a escritores y novelistas (recuérdese a Jorge Semprún) y a cineastas (Assassination of Trotsky, de Joseph Losey, 1971). El motivo del exilio, que en La novela de mi vida afectaba no sólo al personaje de Fernando Ferry sino al propio Heredia -acogido durante un tiempo al asilo de México y autor de un conocido Himno del desterrado-, se reproduce ahora en los agitados años de Trotski, refugiado temporalmente en varios países -Turquía, Francia, Noruega- hasta acabar en México, gracias a la buena disposición del gobierno de Lázaro Cárdenas. También los interrogantes y enigmas que el autor introducía en la historia de Heredia tienen su equivalencia en El hombre que amaba a los perros, con sus tenebrosas conspiraciones, los cambios de identidad de personajes como Kotov o el propio Mercader, las traiciones inesperadas, la incertidumbre ante el sentido y la orientación de muchas acciones.

En el plano de la realidad aún existen puntos oscuros en la historia de Mercader, pero en El hombre que amaba a los perros se desvanecen por completo. No hay que olvidar que nos encontramos ante una novela, y que la ficción, aun respetando los datos conocidos de la historia, tiene como misión enriquecerla con nuevos matices, convertir las figuras en personajes de compleja psicología, con sus inquietudes, sus pasiones y debilidades. Aunque el cañamazo histórico se respete, la construcción novelesca lo desborda desde la concepción del relato, que es una variante del “manuscrito encontrado”: Daniel, un escritor cubano, da a conocer un manuscrito de su amigo Iván, ya fallecido, compuesto sobre el texto proporcionado por un anciano que responde al nombre supuesto de Jaime López acerca de las andanzas de Ramón Mercader. El texto resultante, con abundantísimas anotaciones de Iván, nacidas de sus consultas de libros de historia y de sus conversaciones con el tal López -en realidad, el catalán Mercader-, es el que el compilador ofrece a los lectores. Como en el Quijote, la narración viene a ser un tejido, una suma de testimonios, perspectivas y fuentes diversas, y hasta se juega con la noticia en el mismo libro de la obra que el autor está componiendo (p. 408).

El planteamiento narrativo permite a Padura ir alternando tres planos temáticos: por un lado, el de la accidentada peregrinación del fugitivo Trotski y sus familiares (donde tal vez hay una presencia excesiva de menudos datos históricos ya conocidos que desplazan la figura del personaje); por otro, el relativo a las maniobras preparatorias del espionaje soviético para culminar con la muerte del disidente las infinitas purgas ordenadas por Stalin; por último, la “novela de Iván Cárdenas”, el relato de la vida de un joven cubano que llega a conocer -sin saberlo- al Mercader anciano y, por su mediación, va descubriendo la perversión de la utopía comunista del genocida Stalin y entendiendo mejor su propia historia en la Cuba castrista, hasta el punto de que el derrumbamiento del techo de su casa que ocasiona la muerte de Iván adquiere caracteres simbólicos. Los tres planos se hallan diferenciados también mediante las voces narrativas: la primera persona para el relato de Iván y la tercera para los otros. 

Bastan muy breves apuntes, pues, para sugerir la complejidad de esta novela, no sólo por su minuciosa reconstrucción de las vicisitudes que acompañaron el exilio de Trotski o los tortuosos preparativos de una venganza especial que debía coronar la trágica odisea de las sangrientas purgas stalinianas, sino porque con el personaje de Iván, inicialmente sometido a la educación y las condiciones de vida del castrismo cubano, el autor ha erigido, en medio de las historias que se mezclan y entrecruzan, una conciencia moral que va creciendo y desarrollándose, con una serie de reflexiones sobre la libertad, o bien acerca del racismo, la opresión y el genocidio en que han desembocado algunos de los grandes mitos del XX. El equilibrio entre estos motivos, la amplitud del desarrollo, la finura con que están trazados los perfiles psicológicos incluso de personajes secundarios, proporciona a la novela de Padura una densidad y una riqueza que pocas veces nos es dado hallar en una obra narrativa. Cualquiera de los núcleos temáticos podría ser objeto de una novela de desarrollo independiente, pero sobre todo la historia de Iván, que se desenvuelve con una pausada y exacta dosificación y proporciona al conjunto sus elementos de mayor hondura, constituye una muestra admirable de relato. 

Conseguir estos efectos es sólo posible cuando se posee un lenguaje variado y preciso y un dominio de registros idiomáticos y de recursos como el estilo indirecto libre (léase la narración del alegato de Trotski ante la Comisión Dewey, p. 60), todo lo cual permite al autor abordar con naturalidad la transición continua desde los datos exteriores a los indicios psicológicos de estados de ánimo, desde la realidad histórica conocida a la creación novelesca libérrima. Novela excelente, rica en propuestas y sugerencias acerca de la condición humana y de nuestro mundo que van más allá de la pura historia narrada. 

Articulo: http://www.elcultural.es 30/08/2013

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“El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo PADURA
Por Yolanda IZARD 

El hombre que amaba a los perros.
Leonardo Padura
Tusquets (Barcelona, 2009)

Se cumplen ahora, en septiembre, exactamente cuatro años de la aparición de El hombre que amaba a los perros, una novela que me empeño en no olvidar y que no sea olvidada, no solo por su carga de profundidad en la que su autor,  el cubano Leonardo Padura, dinamita todos los prejuicios tanto intelectuales como históricos sobre un tiempo atroz donde los haya, los años treinta y cuarenta del pasado siglo, sino por la excelencia de sus planteamientos estructurales, por la verdad y necesidad de sus premisas y argumentos, y por la grandeza de sus resultados. Si a ello añado que su extensa documentación obra el milagro de lograr un reflejo fiel de las condiciones históricas, sociales e ideológicas de esta época convulsa y desgarradora, sin que obste el desarrollo de una trama ficcionada en la que los personajes reales hábilmente injertados en ella alcanzan dimensiones humanas, puedo afirmar que nos encontramos con una de esas novelas de verdad imprescindibles y cuya lectura, a pesar de sus más de setecientas páginas, a más de amena, no deja a nadie indiferente: se devora con esa ansiedad expectante y exultante que solo sentimos cuando hallamos un libro completo.

Leonardo Padura nos lleva por medio de un análisis riguroso y exhaustivo a los escenarios donde Trotski, en su largo exilio itinerante, está obligado a habitar, perseguido por el odio incontinente de Stalin, y a los movimientos que el que será su asesino, el español Ramón Mercader, lleva a cabo para llegar limpio de culpa hasta él, en un proceso de banalización del mal impulsado por los soviéticos, semejante a aquel del nazismo que diera pie durante esos años a toda una teoría psicológica -de la lúcida Hannah Arendt- sobre los terribles y obscenos ejecutores del mal. A estos dos ejes se suma un tercero de no menos peso en la novela, el del propio narrador, Iván, joven cubano al que se hace depositario de la historia de este asesinato al tiempo que nos narra la suya propia, en aquella Cuba de represiones, miedo y manipulaciones ideológicas que aún persiste.

Al cabo, la novela resulta ser un extraordinario fresco que recorre las ideologías de izquierda en aquellos años, desde la Unión Soviética  a la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, en un sueño que se quedó en nada, lobotomizado por una gigantesca maquinaria de destrucción masiva y por sus propias e internas inquinas, combates y deseos de poder. Trotskistas, comunistas, marxistas, menchevistas, anarquistas… aparecen disputándose la tierra de la utopía, incapaces de llevar a buen puerto en ninguna parte del mundo el sueño más poderoso que hombre alguno hubiera jamás imaginado, un sueño que acabó siendo una aterradora pesadilla.

Liev Davídovich, Trotski, aparece treinta años después de iniciada su lucha revolucionaria, en un momento en que era evidente que se había quedado solo, “viendo cómo a su alrededor el mundo se quebraba bajo el peso de la reacción, los totalitarismos, la mentira y la amenaza de una guerra devastadora”. Era el momento en que la nueva campaña estaliniana propagaba el mito: “De un lado el horror, encarnado por el fascismo, y del otro la esperanza y el bien, representados por los comunistas encabezados por Stalin. La trampa estaba servida y Liev Davídovich comenzó a predecir la caída en el foso de casi toda la fuerza progresista de occidente”. Desterrado por Stalin a la isla turca de Prínkipo junto a su mujer, Natalia Sedova, y uno de sus hijos, Liova, después a Barbizon, el pueblo francés que Millet, Rousseau y otros paisajistas habían hecho célebre, para recabar en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Kahlo, en México, después de pasar por Noruega, su obligada itinerancia le permite continuar siendo testigo de excepción de todos los movimientos que se gestaban en el mundo occidental, entre los horrores del incipiente fascismo y la locura carnicera de Stalin, y de sufrir la desaparición y muerte de todos sus hijos, así como la tortura y ejecución de casi todos los hombres -y sus familias- con los que había luchado en una tierra arrasada por el sistema estalinista, sobre el que una compatriota escribiría: “Siento que hemos llegado al fin de la justicia en la tierra, al límite de la indignidad humana. Que han perecido demasiadas personas en nombre de lo que, nos dijeron, sería una sociedad mejor”. Veinte millones de personas, ni más ni menos.

El segundo eje lo constituye la peripecia vital de Ramón Mercader, cuyo perfil psicológico se reconstruye en un intento de entender los motivos que le llevarían a ser el asesino de Trotski. Una madre posesiva y vengativa, una ideología obsesivamente fiel a los dictados de Stalin, y que sometía a sus principales adeptos y ejecutores a un total lavado de cerebro que incluía la destrucción de su alma, y unos maestros que sobrevivían al miedo y a la culpa gracias a un depurado cinismo, constituyen el basamento sobre el que se alza esta obra maestra de la penetración psicológica. Lentamente pero sin pausa, Leonardo Padura reconstruye la atmósfera vital de Mercader y la de aquella convulsa España sometida a las inquinas y odios dentro de la propia izquierda, a los vaivenes que el apoyo de Stalin o su abandono definitivo provocarían en nuestra historia: “Lo más triste había sido ver cómo un país valiente, que tuvo la Revolución al alcance de sus dedos, había sido sacrificado por los dueños de la Revolución y el socialismo”. Porque la misión de Ramón Mercader sería “la de drenar el odio que otros habían acumulado y, alevosamente, habían inoculado en su espíritu”, hasta el punto de que “el día que mataste a Trotski sabías por qué lo hacías, sabías que eras parte de una mentira, que luchabas por un sistema que dependía del miedo y de la muerte”.

Por último, el narrador, Iván, receptor de las confidencias de “el hombre que amaba a los perros” que acaban constituyendo el relato de la novela, encarna el sentido común, la independencia de criterio y la generosidad, en un tiempo posterior, treinta años después, y en otra tierra, Cuba, también desquiciada por la aplicación de una doctrina, la socialista, que tenía institucionalizadas la pobreza y la represión generales: “Habíamos sido juguetes de prejuicios ancestrales, de pasiones ambientales del momento y, sobre todo, víctimas del miedo”.

La concatenación de los tres relatos se produce en la novela con una sagaz labor de manejo del tiempo narrativo y de las perspectivas. La elección de la narración desde tres ópticas que se alternan permite que el lector obtenga una visión panorámica y prismática al mismo tiempo, que da como resultado una obra de la que no se escapa nada, que atiende a todos los aspectos de la historia con rigurosa y aguda mirada, una manera de mirar atenta a la verdad frente a la hipocresía, que le lleva a exclamar: “Al carajo Trotski si con su fanatismo de obcecado y su complejo de ser histórico no creía que existieran las tragedias personales sino solo los cambios de etapas sociales y suprahumanas”.

Porque, “¿De qué otra cosa sino de la mar podemos hablar los náufragos?”. Por esos náufragos que somos, hemos sido o seremos, conviene recordar libros como este, que se obcecan en abrir ventanas para que nadie perezca de esa inanición terrible que produce la falta de verdad, de claridad y de luz. Leonardo Padura es un sabio con agallas que sabe mucho del mar. No, no conviene olvidarlo.


Articulo: http://www.revistadeletras.net 05/09/2013

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