dimanche 8 septembre 2013

Ana VALENCIANO/ Poeta punk

PASTICHE
Poeta punk
Por Ana VALENCIANO

"Roberto Bolaño fue un poeta, un lector, un perdedor, un vagabundo, un conversador, un friolero, un follador, un polemista natural, un celebrador de la vida, un detective que investigaba la realidad de forma rebelde, un artista del incordio y aún diciendo todo esto sólo nos quedaríamos en la capa más superficial del escritor que sin duda ha revolucionado la literatura hispanoamericana". Semblanza del escritor chileno a propósito del aniversario de su muerte. Artículo de Ana Valenciano publicado en la revista online Pastiche, en su sexta edición.

El pasado 15 de julio se celebró el quinto aniversario de la muerte de Bolaño. Desde su fallecimiento se han ido dando diversos discursos a cerca del escritor cuya historia ha quedado de algún modo predispuesta a erigirse como uno de los grandes mitos de la literatura.

Roberto Bolaño fue un poeta, un lector, un perdedor, un vagabundo, un conversador, un friolero, un follador, un polemista natural, un celebrador de la vida, un detective que investigaba la realidad de forma rebelde, un artista del incordio y aún diciendo todo esto sólo nos quedaríamos en la capa más superficial del escritor que sin duda ha revolucionado la literatura hispanoamericana.

Nace en Santiago de Chile la primavera de 1953, en el seno de una familia de clase media baja, hijo de un camionero y una maestra de primaria. La madre consume best-sellers enloquecidamente y de algún modo este hábito es inculcado al joven que, sin embargo, se va decantando por otro tipo de géneros. Poco tiene que ver este background con el de tantos otros escritores de familias aristocráticas o intelectuales, quienes podían disfrutar de generosas bibliotecas o salas de lectura entre otras comodidades lectoras. Este hecho no fue obstáculo alguno para el joven que aun así fue convirtiendo su afición en obsesión, en devoción.

Tanto que hasta un médico llegó a prescribirle dejar de leer debido a su obsesión enfermiza, pronóstico que el joven Bolaño ignoró sabiamente: Él se salta las clases para ir a las librerías. Allí se siente libre, lee incansablemente. Desde entonces se desencadenará una sucesión de lecturas trasnochadas que desatarán la vocación del joven Bolaño.

A los 15 años se traslada con su familia a México D.F. para continuar sus estudios de secundaria y se enamora tanto del ritmo de la ciudad que deja los estudios al año siguiente y se entrega a la lectura y a la escritura desenfrenada, de modo que va creciendo y creando, víctima de la incontenible inspiración que desprende el Distrito Federal. Allí descubre el amor, la literatura, se sumerge en una búsqueda hacia aquello que encuentra en los libros con los que pasa las tardes en la biblioteca: llevar una vida de poeta. Así es como convierte la poesía en una forma de vida, una forma de acción, la de vivir poéticamente.

Justo cuando Pinochet da el Golpe de Estado, Bolaño vuelve a Chile. Entonces decide hacer un recorrido por diversas ciudades con el fin de apoyar las reformas socialistas que el gobierno de Salvador Allende había promovido. Un día, mientras viajaba desde Los Ángeles a Concepción, dos tipos corpulentos le bajaron del autobús, le arrestaron y le encarcelaron sin mediar palabra. La primera noche que pasó entre rejas fue como un paseo lento hacia la muerte, él estaba convencido de que le iban a matar.

Fueron ocho días de sufrimiento e incertidumbre a la sombra. De pronto, los astros se alinearon para cambiar su suerte y el destino del joven poeta: dos compañeros de la infancia estaban trabajando en aquella comisaría y consiguieron sacarle. Hasta ese momento él estaba convencido de que quería quedarse definitivamente en Chile, pero después del arresto, todos sus planes dieron un vuelco. Tenía que irse y decide volver a México.

En ese momento México está pasando por una de las etapas de más confluencia cultural de su historia: el presidente del gobierno Luis Echeverría estaba promoviendo las actividades literarias y artístico-culturales, un acontecimiento sin precedentes, con el objetivo de dar un giro a la relación entre las autoridades y los jóvenes.

El joven Bolaño lee en todas partes, paseando, en el autobús, de día, de noche, va a las librerías, roba algunos libros, conoce a otros poetas, funda algunas revistas como Rimbaud vuelve a casa y así, poco a poco, va creando un microcosmos de poesía, cafés, publicaciones y debates apabullantes hasta altas horas de la madrugada. La polémica le atrae febrilmente, adora posicionarse de cualquier lado con tal de encender el debate, cree que del tema, libro o persona que sea puede sacar algún aspecto positivo, aunque no simpatizase de ningún modo con ello.

Es el caldo de cultivo idóneo para revertir el lobby poético Neruda-Octavio Paz que la literatura hispanoamericana, como pensaban muchos, venía necesitando. Así es como nace el grupo de los escritores infrarrealistas.

Los infras rondaban toda la veintena, se reunían en el café La Habana y despotricaban sobre el establishment cultural de la literatura, cosechando así enemigos y críticas.

El impulso del gobierno de Echevarría no sólo había fomentado la creación literaria, también había polarizado la sociedad artística mexicana en dos vertientes: la Gran Cultura y la cultura popular. En el primer ámbito encontramos aquellos intelectuales de reconocido prestigio que marcaban las bases de la buena cultura, poseían influyentes revistas literarias, daban talleres y hacían escuela de su poética. En el otro lado estaban los artistas populares, a quienes los infras relacionaban con la filosofía de la revolución izquierdista y estaba formado por aquellos que se oponían al tráfico del arte. Estos últimos resumían el sentir de los infrarrealistas.

Eran conocidos por llevar a cabo apariciones en lecturas, entregas de premios o presentaciones de libros de todos aquellos escritores que pertenecían al grupo de la Gran Cultura. En una ocasión cuentan que entraron a sabotear una de las lecturas de Octavio Paz donde irrumpieron gritando: “¡OCTAVIO ES UN IDIOTA! ¡FUERA OCTAVIO!”. Estos sabotajes a actos culturales ilustran la frase que adoptaron los infras como su máxima:“Volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”.

En ese momento Barcelona era para los escritores lo que París pudo ser anteriormente para los artistas. Allí estaban las editoriales en las que los escritores querían publicar, los círculos con los que se querían codear, los lugares a los que ir, en definitiva, Barcelona era la ciudad por la que todo poeta hispano tenía que pasar. Allí llega Roberto Bolaño en 1977. Al llegar, sus primeros amigos son unos yonquis. La ciudad le inspira enormemente. No deja de escribir. Se pasa largas horas comentando el mundo frente a un ordenador o una libreta. Y en Barcelona conoce al amor de su vida, Carolina.

Se establece en Blanes donde sobrevive a base de empleos precarios. Es transportista, vendedor ambulante, vigilante nocturno en un camping, vende bisutería... Al tiempo se traslada a la trastienda del local que ha alquilado la madre de Carolina; el negocio no les permite grandes excesos, de hecho apenas alcanza para comer. Bolaño se mantiene en su modelo de vida espartano escribiendo incansablemente: era cuestión de supervivencia, o escribía o moría, era una decisión visceral.

Se presenta a concursos de provincia pero no cosecha grandes éxitos, de vez en cuando gana alguna mención, pero esto no le frustra de ningún modo. Manda sus manuscritos a todas las editoriales, al tiempo recibe las respuestas. Todas deniegan sus escritos. Sin embargo él estaba seguro de lo que estaba haciendo e ignora las negativas, escribe incluso más, hasta que cae la noche; escribe sin parar.

Un día el editor de Anagrama recibe Literatura Nazi en América para el concurso de la editorial. Se da cuenta al instante de la lucidez de la obra: se trata de un fake literario, donde Bolaño inventa unos autores de unos libros ficticios y a partir de ahí estructura la novela en un juego borgiano lleno de ironía y humor. El editor se maravilla. Sin embargo recibe al poco tiempo una carta de Bolaño pidiendo que retirasen su novela del concurso, ya había sido contratado en otra editorial.

Es en 1996 cuando Seix Barral le ofrece la posibilidad de publicar. Él llama sorprendido por la noticia:“¿De verdad es que sí?”. A partir de este momento empieza a conocer a los novelistas coetáneos que viven en Barcelona, la crítica es muy favorable a su novela y empieza a recibir llamadas de todas las editoriales que anteriormente le habían rechazado. La publicación de Los Detectives Salvajes se convierte en la obra de referencia del escritor y recibe multitud de elogios de la crítica. Roberto continúa su producción y publica casi cada año, empieza a ser considerado un hito en el desarrollo de la narrativa y es comparado con Cortázar y hasta con Borges.

Sin embargo, Bolaño cada vez se siente más débil y más enfermo, la hepatitis que le había sido diagnosticada años atrás pasa por su momento más agudo. En 2003 muere por una complicación en su enfermedad hepática a la edad de 50 años.

La muerte prematura ha envuelto de un barniz romántico toda la esfera de sus novelas haciendo que su obra sea leída desde el biografismo, ya sea por el triunfo del escritor maldito, por la rebeldía anti-poética en el D.F. de los 70, o por la podredumbre del inmigrante que malvive en la Barcelona de final de siglo. Sea como fuere, la estela literaria que el escritor chileno ha dejado a su paso ha abierto una veda en las letras hispanas. La obra de Roberto Bolaño define, a veces desde la sátira, otras desde la ternura, el peculiar modo de ser del poeta, su presunta ingenuidad, llegando a evocar la divina juventud que, como en tantas épocas, quiere cambiar el mundo como es el caso de Belano y Lima en Los Detectives Salvajes. Es justamente esa inexperiencia, idealismo o ingenuidad lo que lleva a la pasión más exacerbada, a defender con los puños sus sueños, sus deseos.

Literatura Nazi en América lo que recrea es la épica del escritor, el amor por la literatura, la locura. En este juego borgiano, titiritero, que nos va llevando por las diversas vicisitudes con las que se encuentran unos escritores ficticios en el devenir letrístico. Es en definitiva el tema recurrente de la meta poética lo que lleva a cabo este escritor que si bien destaca por su prosa, ésta no podría darse de modo alguno si entender su obsesión por la poyéis. ¿Es entonces un poeta prosaico o un prosista poético? Eterno debate. Es esta posible ambivalencia lo que da a su obra una temperatura única, fugaz, inquietante e inmediata. Sin más.


Articulo: http://www.elboomeran.com 02/09/2013