dimanche 8 septembre 2013

ARCHIVO/El LOEWE cumple 25 años

ARCHIVO
El Loewe cumple 25 años
Por Luis Antonio DE VILLENA
Publicado el 08/03/2013

El premio alumbrado por Enrique Loewe y Luis Antonio de Villena llega al cuarto de siglo tras haber galardonado a los talentos y talantes más variados de la poesía española.

Decía Gil de Biedma que “de casi todo hace ya veinte años”. Y más. Son veinticinco los que celebra ahora el premio Loewe, el mismo que recuperó a mediados de los 80, cuando todo parecía posible, la apuesta por la mejor y más renovadora poesía que inició en la posguerra el Adonáis. En 1988, Enrique Loewe le encargo a Luis Antonio de Villena “algo” relacionado con la cultura. Y Villena se inventó un premio que ha reconocido a talentos y talantes tan distintos como los de Juan Luis Panero, Siles, García Montero, César Simón, Carnero, Azaustre, Vicente Gallego, González Iglesias, Álvaro García... El próximo martes los galardonados se reúnen en el Cervantes de Madrid para celebrar el cuarto de siglo, pero antes Villena nos narra los secretos del Loewe y cuatro de los premiados nos describen cómo les cambió el recibirlo.

A mediados de los pasados años ochenta (y durante dos años al menos) yo fui, con otras personas, asesor estético de la casa Loewe. Hice buena amistad con Enrique Loewe que era - y yo diría que ha seguido siendo- el alma de muchas de las mejores cosas que allí se gestaban. Un día de 1987, Enrique me comentó que Loewe ya tenía una pequeña Fundación dedicada entonces a la música clásica. Me comentó que era propósito de la empresa ampliarla, en ese apartado de música, en diseño -algo que afectaba a Loewe como marca de moda y perfumería, por ejemplo- y que también querían hacer algo en literatura. Pero ¿qué? Ahí surgía yo. Esperaba mis opiniones. Le contesté que me parecía estupendo y que no dudaría en que tal espacio literario fuera poético. La poesía era (dentro de su prestigio nominal) la cenicienta de lo literario, y para prueba los premios. Si un gran premio de novela se cotizaba en millones de pesetas, entonces pocos premios de poesía pasaban de las 100.000. Le propuse a Enrique hacer un premio de poesía donde contara la calidad sin camarillas, que abarcara todo el ámbito del idioma y que tuviera una dotación comparable a los grandes premios de novela. A Enrique Loewe le gustó la idea y me dio carta blanca para que yo montara ese premio. Visor editaría el libro -a veces se hicieron ediciones especiales, no venales-, el ganador recibiría además, en una fiesta, más de 1.500.000 pesetas y el jurado -que sólo leería los libros preseleccionados por cuatro diferentes poetas- estaría formado por Carlos Bousoño -como presidente-, Francisco Brines, Pere Gimferrer, Antonio Colinas y yo mismo, actuando de secretario, y con voz pero sin voto, el editor Jesús García Sánchez. A partir del primer año se uniría cada año como jurado el ganador, siendo sustituido después por el siguiente... 

El resultado (con anuncios en periódicos de México y de Argentina) fue espectacular en el número de ejemplares recibidos y en el buen hacer de Loewe, que se volcó en todos los actos. El ganador del primer premio (en 1988) fue Juan Luis Panero, poeta mayor de la “generación del 70”, pero redescubierto no hacía mucho. El segundo año lo ganó Jaime Siles y el talante intelectual de Jaime le gustó a Enrique, quien me sugirió ampliar mi ampliación. Pues yo había propuesto ya que debía haber un jurado hispanoamericano y tenía la opción (en apariencia no fácil) de Octavio Paz. El poeta mexicano aceptó ser parte importante del jurado -y lo siguió siendo tras ganar el Premio Nobel-y a él se sumó como jurado estable Jaime Siles. La intención fue siempre la misma (y la mayoría de los cambios que fue habiendo en el jurado obedecían principalmente a ella) buscar poesía de calidad y que no predominara ninguna tendencia estética sobre otra. La poesía es plural y puede ser buena en la más sufrida metafísica o en la narratividad de lírica mejor. 

Octavio Paz, que hasta su muerte en 1998 pesó mucho en el premio, propuso que quien defendiera un libro, el día de la deliberación final, no se quedara en “es muy hermoso”, “es muy apasionado” o “tiene mucho nivel lírico”, no, cada jurado debía defender su candidato con razones literarias, de historia, tradición y estilística. Dar una pequeña conferencia sobre el libro. Y algún jurado de breve paso lo ha sido por no querer responder a esta condición que hemos mantenido. 

Siempre se deseaba que el ganador fuera joven (puesto que la Fundación Loewe trata de promover el arte joven) y se creó un premio para jóvenes, por si el ganador no lo era. Raramente un libro ha ganado por unanimidad, pero siempre estuvo entre los mejores. Naturalmente (y sin buscarlo) el premio ha ido marcando, creo que con pocos errores, a algunos de los poetas más notables de estos últimos 25 años: desde Felipe Benítez Reyes o Vicente Gallego a nombres tan diferentes como Vicente Valero, Jenaro Talens, José María Álvarez o Antonio Cabrera, hasta llegar a Lorenzo Oliván, Joaquín Pérez Azaústre o Juan Antonio González Iglesias, entre otros, tan opuestos como el clasicismo de Guillermo Carnero en Fuente de Médicis o el libro radicalmente ruptural del joven mexicano José Eugenio Sánchez, Physical Graffitti. Poco que ver entre Play Station de Cristina Peri Rossi o La miel salvaje del prematuramente desaparecido Miguel Ángel Velasco... O entre Templo sin dioses del otro premiado prematuramente desaparecido también, César Simón, con -es otro ejemplo- Las visiones de José Luis Rey.

Se ha buscado variedad en la calidad, pero no es difícil percatarse que en la pluralidad del arte (de cualquier arte) esa pluralidad irá unida a la calidad, indisolublemente. A veces -acaso por el nombre del premio y cuando en sus inicios se entregaba en una cena- el premio Loewe, mejor su entrega, se ha convertido en un acto social. Ni se pretendía ni se negaba eso: en el premio (en los actos en torno a él) debía estar ante todo la literatura, pero también la música y el diseño, como ramas de la Fundación y a menudo las autoridades políticas, invitadas a un acto literario, no electoral. Entre los jurados -tras el paso noble de Paz- han estado, a más de los dichos, Eduardo Lizalde, Clara Janés, María Victoria Atencia, Darío Jaramillo, Ángel González, Luis María Anson, y han terminado incorporados Caballero Bonald, Víctor García de la Concha y Pablo García Baena. 

Probablemente no hay premio perfecto y sin duda este tampoco lo es (un año se premió a un desconocido que ya había sido premiado con otro galardón, y se declaró desierto) pero puedo asegurar -y ello es mérito básico de Enrique Loewe- que en este premio se ha buscado y se busca y se buscará, denodadamente, siempre la excelencia y la justicia. Enrique, que ahora conoce muy bien el entramado poético nacional, sus alturas y sus peores mezquindades o trapacerías, ha obrado con sutil elegancia, para que esas reyertas vanas tocaran lo menos posible al premio Loewe y creo que lo ha conseguido. 

***
Enrique Loewe:
"En el Premio Loewe, la única que tenía que ganar era la poesía"
Por Marta CABALLERO 
Publicado el 13/03/2013

El presidente de la Fundación celebra los 25 años del galardón y su marcha de una casa que ha sido su vida. A su partida, reivindica un empresariado más volcado con la cultura.

En un despacho transparente con vistas a Serrano con Goya pasa sus postreras jornadas laborales Enrique Loewe, uno de los empresarios españoles que más ha abrazado a la cultura y a la que, decía Luis Antonio de Villena en El Cultural, ha sido la cenicienta de las artes, la poesía. Sobre su escritorio, reposan papeles por firmar y varios libros, lo que ya dice mucho sobre qué clase de hombre de negocios ocupa la estancia. De cabecera, unos versos de Antonio Colinas que siempre le han acompañado: Recordad cómo pasa el huracán / Por el junco, y el junco no se inmuta / Y el junco no padece / Porque el junco es flexible. 

En una mesa próxima trabaja su hija Sheila, que hereda su puesto en una Fundación que ha sido su vida. "La dejo en manos amigas y filiales, no sin nostalgia", reconoce, y continúa: "Tengo que intentar vivir mi vida con una cierta dosis de dignidad. Son demasiadas cosas las que he dejado de hacer por Loewe y ahora voy a dejar que cuide de sí mismo y a ocuparme de mí". Los fastos de su marcha coinciden con los de la celebración del XXV aniversario del Premio Loewe de Poesía, su empresa más querida, de la que más orgulloso se siente, pero si en su mano estuviera, y aunque con todo el agradecimiento del mundo, los cambiaría por un paseo por la sierra de Gredos. Enrique Loewe es en realidad un hombre de talante tímido, que habría preferido la enseñanza y la literatura antes que estudiar Económicas y ponerse al frente de la empresa de su padre. 

- No soy un gran empresario. Llevo el nombre de una empresa que suena mucho. En Loewe ha habido la figura de un gran empresario que fue mi padre y yo he sido un continuador, un aprendiz de brujo cuya principal inclinación ha estado siempre hacia la cultura. No pude hacer lo que quería y me he pasado 50 años de mi vida, ¿verdad?, Sentadito en una silla y llevando adelante esta empresa con ilusión, acercándome a la cultura española y procurando contemplar la artesanía, la estética, la calidad... soy un empresario atípico, no es extraño que me haya dedicado apasionadamente a la Fundación Loewe. 

Para esa fundación y bajo la máxima de acercar el mundo de la moda a la cultura, un paso imprescindible para el empresario pero también "para ser persona, para ser ciudadano y para ser feliz", creó hace 25 años el Premio Loewe. En aquellos estertores de los ochenta, no podía estar seguro del prestigio que acabaría acompañando a un premio que entonces fue recibido con escepticismo y espíritu crítico, rodeado de esa aureola de desconfianza que circunda a los galardones literarios y que, reconoce, en no pocos casos tiene aspectos de verosimilitud. Pero el Loewe nació distinto a sus hermanos, con la vocación de ser útil para la sociedad del momento y aupado por el entusiasmo de un grupo de poetas desinteresados que sabía de las horas bajas por las que atravesaba la lírica. 

- La poesía vivía una mala época y los premios tradicionales estaban un poco de vacaciones. Decidimos con la ayuda de varias personas, el jurado primero, entre el que destaco a Villena, Brines y Octavio Paz, que sería un premio distinto. De aquella época recuerdo mucho a Paz, que durante 12 años estuvo muy amistosamente pendiente del Loewe y con el que llegué a tener una amistad desproporcionada, pues yo miraba hacia arriba y veía un bosque. Pero fue muy bonito, porque Octavio no se dejaba fácilmente llevar la contraria. ¿Qué le digo de estos 25 años? Buenos amigos, buenas personas y de vez en cuando algún problemilla. Pero, vamos, los propios de algo dura un cuarto de siglo. No puedo decir de esta agua no beberé o en este pozo no he caído, pero creo que la cosa se ha llevado con auténtica honestidad, con un riguroso espíritu aséptico producido por Paco Brines, con una voluntad de hacer cosas diferentes, de no caer en tópicos. No ha habido ni trampa ni cartón, nos tomaron el pelo aquel año que quedó desierto pero yo tengo la conciencia muy tranquila. El premio tiene un prestigio y creo que se ha visto en mi actitud y en la de las personas que nos han acompañado y que han luchado por esto que la única que tenía que ganar era la poesía. 

Enrique Loewe supo desde el principio que se dejaría la piel en el intento, pero desconocía si su propia empresa le apoyaría durante tanto tiempo. Si se vendían más bolsos, entendería que le dijeran que sí; pero si las ventas hubieran bajado, también habría comprendido lo contrario. "Se ve que se vendieron los que se tenían que vender y que ha sido de verdad un trabajo bien hecho de todas las personas que nos ayudaron", agradece. Además, es consciente de que el galardón ha logrado darle una cara más amable a la poesía y de que se ha visto con buenos ojos y simpatía que una casa perteneciente a la moda se ocupara de un campo que, a su juicio, hoy goza de mejor salud: "No podría atribuírselo sólo al premio sino también a la evolución de la sociedad y también a las crisis, que nos vuelven más poéticos".

Entre la nómina de ganadores del Loewe, no puede nombrar un favorito, aunque con el tiempo, y según fue creciendo su interés por la poesía, hubo autores que le dejaron marcado. De manera que no tiene problema en hablar de Benítez Reyes, Carlos Marzal, García Montero... "He ido progresando a través de este ejercicio, aprendiendo con cada fallo, porque no se imagina lo bonito que era escuchar las deliberaciones del jurado y ver cómo se analizaban los distintos porqués de las elecciones. Ha sido un curso acelerado de estética poética y de sensibilidad", rememora. Hace dos años, en Granada, durante una charla con García Montero, le reconoció al escritor que él había sido "un burro poético" y que este premio le había culturizado, limado y refinado la sensibilidad del espíritu. "Yo, que no creé el premio por eso, me siento un muy principal beneficiado de lo que ha pasado". 

Gracias al ensanchamiento del espiríritu que le propició el premio, hoy prepara su jubilación elaborando listas de lecturas pendientes, intentando aprender mejor inglés y releyendo a Borges para ver a qué autores anglosajones puede dirigirse de forma vehemente. "Intento buscar lo que no conozco, incluso en lo clásico. Ahora me gustaría pasar la poesía por la historia, volver a los griegos, ahondar en el origen de la tragedia. No paro de leer". Se va con el Loewe asegurado, hace unos días le hizo saltar las lágrimas su "gran jefe" de Vuitton, que le transmitió su interés por el Premio y le confesó que los arquitectos que se han puesto a diseñar nuevas tiendas de la firma en el extranjero habían quedado encantados con los poemas sueltos que tienen por los techos las españolas. "Me dijo que la traducción al japonés no debía ser obstáculo y yo le confesé: querido amigo, después de 25 años luchando para convencerles de que esto es fantástico, es un premio que me diga esto". 

La empresa española, un poco despistada en materia de mecenazgo -reconoce antes de concluir la entrevista-, debería tal vez arrimarse más a las artes. En este sentido, señala el ejemplo de la feliz relación que estos campos tienen en Estados Unidos. Aunque a veces se desarrolle de forma muy superficial, expone, hay una participación de la empresa y de la sociedad en la cultura que sería interesante imitar aquí:

- Tengo la esperanza de que siendo tan potentes el legado y la historia, la fuerza de nuestra cultura se abrirá paso y dejaremos de ser un país de individualidades en todos los terrenos para ser de verdad un país de realidades, de pesos específicos. Lo digo con cierta esperanza, no porque me vaya, pero creo que una vez que se restañen las heridas de la crisis y que todo esto vuelva a su ser, todo tendrá otra lógica. En el fondo, lo que falla es la base, la demanda de cultura, la educación para que luego exista esa demanda, falla el exceso de folclor, de juerga, de botellón. Falta un respeto y una actitud más inteligente, más educada hacia la cultura y eso probablemente es cuestión de muchas cosas que habría que ver. Desde el siglo XIX, desde cómo se desarrolló la cultura española, cómo se ha movido España en el mundo... Soy un esperanzado pesimista o lentamente esperanzado. 

***
Memoria de un premio
Por Nuria AZANCOT 
Publicado el 08/03/2013 

El primer ganador, Juan Luis Panero; el último, Juan Vicente Piqueras, y dos reincidentes, Azaústre y Gallego, explican qué supuso en sus obras el Loewe.

No es fácil ser poeta en un país con tan buena y malvada memoria, y tan poca compasión: Juan Luis Panero (Madrid, 1942) era en 1988 el hermano mayor de Leopoldo María el Loco y de Michi el Dipsómano; el primogénito del poeta fascista, maltratador y borracho Leopoldo Panero, y uno de los protagonistas de un filme escandaloso sobre su familia, El desencanto. Juan Luis había pasado muchos años en Francia y México, a la sombra, entre otros, de Cernuda y de Octavio Paz, pero el regreso a España no fue fácil y el primer premio Loewe le reconcilió con el mundo de la cultura española: “Todavía lo recuerdo con ilusión, porque fue una sorpresa enorme, y una satisfacción personal y económica muy importante. Se vendió sorprendentemente bien, tuvo muy buenas críticas, e incluso hay quien considera Galería de fantasmas como uno de mis mejores obras, aunque luego mi poesía evolucionara en otras direcciones”, dice hoy el poeta.

Para Vicente Gallego (Valencia, 1963), marcado también por otra etiqueta, la de compaginar entonces la escritura con su profesión de basurero, lo del Loewe podría ser descrito como la historia de un amor doblemente correspondido. En 1990 conquistó el premio a la Creación Joven por Los ojos del extraño, y en 2001 se convirtió en el primer Loewe del siglo XXI con Santa deriva. Dice que jamás permitió que la etiqueta de outsider y de basurero le superaran porque éstas “sólo se prenden de aquel que consiente en quedar limitado” y que se agotó “de ser esto y lo otro a cada rato, y vi que es más sencillo ser sin más a cada instante”. 

Reincidentes sin remordimientos

Ahora, sin embargo, el poeta asegura que “la trayectoria poética sólo se debe a sí misma, a la escucha interior” y que “ningún premio puede alterarla”, aunque sabe que el Loewe facilitó “el acceso de mi obra a los lectores, y es ahí donde la Fundación Loewe, a través de la generosidad y la eficacia de su director, Enrique, ha hecho una gran labor por la poesía”. 

Un caso similar, por la constancia, es el de Joaquín Pérez Azaustre (Córdoba, 1976), premio a la Creación Joven en 2005 por El jersey rojo, y Loewe en 2010 por Las Ollerías, y también lo tiene claro: “Los dos premios -destaca- me permitieron volver a publicar en una gran editorial, Visor. El jersey rojo tuvo una escritura más festiva, con esos ‘materiales novísimos', como definió mi admirado Gimferrer. Escribir Las Ollerías me ayudó a dialogar con el recuerdo. Ambos Loewe fueron un estímulo y una gran alegría”. 

Para el último Loewe, en cambio, ha supuesto mucho más: Juan Vicente Piqueras (Valencia, 1960) lo había intentado en varias ocasiones, de hecho ésta era la tercera ocasión en que se presentaba (“y la última”, dice entre risas), así que ahora se siente feliz, porque “el premio es mucho más prestigioso que yo, mil veces, y era un sueño mío ganarlo. Ahora mismo supone también una ayuda económica que me viene como agua de mayo, la edición en Visor, la confianza en uno mismo que da un reconocimiento así y, last but not least, haber conocido a personas estupendas como Carla Fernández-Shaw o Sheila y Enrique Loewe”. 

Curiosamente, si Piqueras dice que no volvería a intentarlo, reincidirían por tercera vez Vicente Gallego (“Precisamente porque sé lo que sé)” y Azaústre (“En un mundo que tiene por costumbre vapulear y denostar el hecho cultural, es increíble el cariño con que la Fundación trata a los autores”). Algo muy distinto es saber qué queda del poeta que fueron cuando se presentaron y ganaron el premio. De Panero casi nada, sólo el desengaño, la anécdota, porque ahora se describe ajeno y abandonado por la poesía, “fuera de ella como poeta, porque sigo leyendo, pero no tengo proyectos y me siento, más que nunca, un poeta póstumo, rodeado de fantasmas. Llega un momento en que si eres honesto no puedes sino repetirte hasta convertirte en un ser patético. Para mí ya no existe la inspiración, y así no vale la pena intentarlo. No quiero convertirme en un payaso patético, como el Alberti de los últimos años, capaz de publicar versos espantosos por un puñado de alabanzas”. 

La electricidad de la palabra

Vicente Gallego , entonces considerado un poeta del sufrimiento , afirma que ahora “no ve ese dolor que le decían que le caracetrizaba por ninguna parte” y que espera que quede algo más del libro que del autor, “porque el autor no es nadie fuera de la escritura”, mientras que Azaústre se identifica con el poeta que fue, porque “la literatura ha de estar rabiosamente en la vida y hoy como entonces la indignación debe moldear el nervio en la escritura: no como tema, sino como electricidad de las palabras, su emoción, su pulso”. Sin embargo, apostilla, “mi poesía más inmediata está en mi novela Los nadadores”. 

El mayor mérito del premio, con todo, es haber superado guerrillas y banderías desde el principio: se dice que Ángel González fue apartado del jurado por intentar vetar un libro encabezado por unos versos de Jose Ángel Valente, y Panero, poco amigo de amigarse con nadie, destaca ahora cómo el Loewe ha logrado “no mantener una línea poética férrea ni apostar por una sola tendencia excluyente sino que los distintos jurados han discutido sin frivolidad ni amiguismo”, lo que ha permitido que surgieran y se revalorizasen nuevan voces. Es más, en el Loewe, como reconoce Pérez Azaústre, “están representadas las principales corrientes de los últimos veinticinco años. La poesía está en la vida, no en la riña vecinal. La relación de los poetas con el premio varía: he conocido a autores que lo criticaban y luego se han presentado. El Loewe premia estéticas distintas y ensancha el territorio poético. Ha sido y es el premio referencial porque tiene un gran jurado, con poetas de sensibilidades diversas, que garantizan su apertura a tendencias variadas. La Fundación Loewe da al acto de entrega un protagonismo ciudadano del que se beneficia todo el marco poético. Esto no tiene que ver con la escritura en sí, sino con la dignidad social que se le da. La poesía no está sola en el mundo, aunque lo parezca. El Loewe hay que leerlo porque marca una respiración de la poesía española”. 

La hora de la verdad

El mejor ejemplo de esta amplitud de miras lo dan sus galardonados, que van del propio Panero a Piqueras, de Carlos Marzal a Valverde o Vicente Valero, pasando por Duque Amusco, García Montero, Jenaro Talens, Lorenzo Oliván, José Luis Rey, Peri Rossi y Álvaro García... 

La lista (más de veinticinco si añadimos los ganadores del premio a la Creación Joven) mueve al asombro, porque, como afirma Vicente Gallego, “hay tanto donde elegir sin salirse de la excelencia, que uno se queda mudo”. Él, sin embargo, “y para que no se diga que me escabullo” apuesta por “los libros de dos grandes amigos que hoy ya no están entre no- sotros, aunque nos hayan dejado en compañía de su tremenda verdad poética: Templo sin dioses, de César Simón y La miel salvaje, de Miguel Ángel Velasco”. El favorito de Pérez Azaústre, en cambio, es Barroco, de José Luis Rey, aunque destaca que “el premio Loewe puede leerse como una obra en marcha a través de sus 25 títulos, un gran libro de libros con un sabor de época”. Y Panero, que no sigue a los autores más actuales, recuerda el impacto que le causó en su momento González Iglesias, porque a Marzal, por ejemplo, lo conocía ya”. 

Más prudente, o más sensato quizás, Piqueras no se moja. El poeta, que trabaja en el Cervantes de Argelia y que recibió allí la noticia del premio, dice conocer “demasiado bien España y sus envidias. Escribo para no pertenecer a ningún grupo. No quiero ser adscrito a nada ni a nadie, ni tampoco enemistarme con nadie”. Escribió el libro, Atenas, entre 2007 y 2012 en la capital griega, pero el tema no es Atenas ni la crisis de Grecia “sino la crisis mía, y tal vez la de quien lea, el desierto que atraviesa un hombre hoy entre las cenizas de un mundo que murió y la esperanza de que renazca. No son poemas sociales, son más bien plegarias y preguntas lanzadas al viento como pavesas de otros poemas que ardieron y no verán la luz”. A fin de cuentas, proclama, “ha llegado el momento de acabar con la edad de oro de la estupidez y la vanidad en la que vivimos. Es la hora no de indignarse sino de ser dignos y de vivir con dignidad.” 

***
Los versos inéditos del Loewe
ELCULTURAL.es 
Publicado el 08/03/2013 

A continuación ofrecemos un puñado de poemas inéditos de algunos de los mejores ganadores del Loewe.

Álvaro Valverde. Premio Loewe 1991 por Una oculta razón
Es otra esta ciudad

Es otra esta ciudad 
de los suburbios,
igual a una cualquiera
si no fuese
por esos descampados
que se llenan de gente
al caer de la tarde.
De niños con sus juegos
. De hombre y mujeres
que caminan sin rumbo
o van a alguna parte;
que cuidan animales
o que sólo se sientan
a soportar el tiempo. 

Ahí crece otra ciudad
que en nada evoca
la que intramuros
permanece intacta.
Lo que allí son callejas,
aquí son avenidas.
Lo que allí son jardines,
aquí sólo solares.
Lo que allí son recuerdos,
aquí la desmemoria.
Es otra la desolación,
otro el vacío. 

Felipe Benítez Reyes. Premio Loewe 1992 por Sombras particulares
Ejercicio con la imagen de un jardín 

La luna, ¿y qué color? Sombra de seda,
el agua mana insomne: fuente en vilo,
al filo de cantar lo fugitivo,
murmurando su afán de permanencia.
La aritmética libre del aroma:
jardín de noche exacta y tan en sí
-y ese instinto esencial de la memoria:
los sueños que se sueñan sin dormir.
Lugar sin realidad ni centinela,
¿del lado de qué nada está la vida?
La náyade. El jazmín, su magia fría.
Las estatuas por dentro de su mármol.
La luna allá en su esfera envuelta en niebla,
su invisible reloj falsificado.
La niebla en su vagar indefinida.
La rosa que al morir se vuelve eterna. 

Loranzo Oliván. Premio Loewe 2000 por Puntos de fuga
Una alucinación 

Entraste en el recinto de lo cuadrado. La paleta metálica, repleta de cemento, golpea en lo cuadrado, precisa de un sonido seco, cortante, duro para alzar lo cuadrado. 

Junto al mar sin esquemas, que practicaba, al fondo, la destrucción hasta el delirio de cualquier forma de geometría, entraste en el recinto de lo cuadrado. Para llegar habías bordeado acantilados como quien coquetea con la muerte. A peso la plomada, a peso el vértigo, a peso tú con ambos. 

Sobre el recuerdo en piedra del ahogado no encontrado jamás, después descubrirías el amor. Vestido azul marino impracticable, conduciéndose exacto por las curvas de un cuerpo, besos sabor salitre, y cerca, entre las grietas de las rocas, un lobo blanco aullando, reclamando otra presa. 

Pero eso fue después. Primero entraste un día en el recinto por excelencia de lo cuadrado. Si existe un lugar quieto será aquél. Visión cuadriculada. Alrededor cuadrado. Lapidación de la contemplación. 

Tú, en cambio, allí, eras la rapidez, guiada, espoleada, por dos ojos muy grandes, que traspasaban de electricidad aquel reino absoluto de lo cuadrado, buscando el hueco, la demolición, la fisura, la ruina en lo cuadrado. 

Aquella puerta negra se te resistía. Algo se abría en ella y todo lo que se abre en una puerta se ha de abrir para ver. Con las manos en círculo, rodeando los círculos de tus dos ojos grandes y redondos, te enfrentaste, de niño, a la razón suprema de todo lo cuadrado. Y allí viviste la alucinación. Experiencia de luz que necesita de la oscuridad. 

Las apariencias pueden engañarnos. Pero el posible engaño de una visión fugaz será más cierto siempre que la verdad más cierta. 

Vicente Gallego. Premio Loewe 2001 por Santa deriva
Sapos 

Bajo esta llovizna peinada en lontananza por un sol aterido, salimos a caminar. El monte huele, huele...0 El contraluz del relámpago ha suspendido un instante el mundo en las alturas, un trueno se desmocha bajo el cráneo mondo de los aires, arrecia la percusión menor del aguacero. Pero mirad: ha copado el camino esta gente de paz, de buen sentido. ¿De dónde saldrán tantos sapos holgazanes, siempre tan atentos, sentados en el trono palpitante que es su ser? En cuanto caen cuatro gotas, los caminos del monte se llenan a rebosar de estas lumbreras, de estos emperadores en cuclillas. Nunca hemos visto ni a uno solo bajo el sol, pero comparecen todos juntos con la lluvia. Esta sentada nada reivindica para sí, ha brotado sin más en la mañana y la acomoda en el enigma de su claro cumplimiento. ¿En qué mundo vivimos? Llamamos oro al oro y sapo al sapo, pero esta riqueza gratuita, este fuego secreto de la vida no se dice, se toma a manos llenas sin llegar a poseerlo, se canta con fervor y no se entiende. ¿De qué sirve entender la claridad del día que nos ha traspasado oscuramente? Haz en nosotros tu camino, luz callada. 

Juan Antonio González Iglesias. Premio Loewe 2006 por Eros es más
Castilla 

Cada cosa
en su sitio. 

El agua
en el río 

El grano
en el trigo 

La nube blanca
en el cielo limpio. 

El abrazo de amor
en la noche de frío. 

José Luis Rey. Premio Loewe 2009 por Barroco
Los santos de la letra T 

Todo ese bullicio de los santos
un día pasará.
Y así el alfabeto perderá su esplendor
cuando cierren por fin
la taberna de los resucitados.
Bares llenos de túnicas y tan blancas vocales
que giran en su órbita como ojos abiertos
ante el avance aéreo de las vísperas.
¡El oír, el oír eterno de los mudos!
Nuestro oído no puede soportar
esta Jerusalén,
que es de piedra porosa.
Oh ligereza que nos tira tanto
del pelo mientras todas
las urnas amanecen llenas de cigarras
y el mar se vuelve un papiro,
jeroglífico en oleaje.
¿Mi nostalgia qué puede contra mí?
¿Acaso puede transformarme ser
el que recuerda haber hablado mucho?
Solo oír a los santos sentados en barriles
y chocando sus jarras de cerveza
me cambiará una vez. Y a esa vez sola
la llamaré mi Pascua.
Pues yo también, un día,
entraré en la taberna.
Y seré el tartamudo que sonríe,
aquel de cuya boca escapan las burbujas más bilingües,
cuyo tacto nos sana de la lepra y el fuego.
Yo seré el Elohim, el hijo de Jacob.
Pero ahora dejadme
maldiciendo el ruido que amo tanto,
aquí fuera, en la puerta
de todas las posadas que se encienden
en el abecedario.
Dejadme criticar a los santos que cantan
bien calientes ahí dentro
y cuentan chistes y nunca
les duele la cabeza.
Esta envidia me alumbra el corazón
en las horas oscuras. 

Cristina Peri Rossi. Premio Loewe 2008 por Playstation
Noche en Calella 

Bajo la niebla
te vi aparecer
como un enorme
mascarón de proa
que un navío extravió
una noche de estío.
Desde entonces
me persigue en sueños
La fantasma que la mar
me regaló. 

Joaquín Pérez Azaustre. Premio Loewe 2010 por Las Ollerías
Gilda 

No te quites los guantes.
Apoya bien la punta del tacón en mi pecho,
sacude tu melena pelirroja hacia atrás,
sube el cuello de nieve vaporosa
y enseña la cascada de carmín.
¿Quieres que te dé fuego? No todas las mujeres
fuman porque estén solas.
Muchos hombres se acuestan con Gilda y se despiertan
con la mujer cansada del espejo,
la que no luce el sol en los tobillos de ante,
la que no es de marfil en los costados,
la que no se desnuda bajo el satén oscuro
mientras sus muslos guardan manantiales de sal.
Puedes pegarme ahora. Abrásame la cara.
Después yo soltaré mi palma en tu mejilla,
te giraré de un golpe, te aplastaré los labios
con el beso más hondo después del desayuno.
No te quites los guantes. Ni tampoco el pijama
que te presté al llegar y que te queda grande.
Tengo la mantequilla que te gusta,
y la camisa a cuadros, y guardo el jersey verde
con que dormías a veces cuando venías a casa.
Déjame que te cuide, bailarina en vaqueros
con los ojos dormidos, temblor de mariposa,
asómate a la luz desde el salón
y vámonos al campo a pasar el domingo. 


Articulo: http://www.elcultural.es 30/08/2013