dimanche 8 septembre 2013

ARCHIVO/Francisco UMBRAL: Amado siglo XX

ARCHIVO
Francisco Umbral: Amado siglo XX
Publicado el 08/02/2007 

"Al otro lado ya de la historia, de su historia”, como soñó cuando quería ser “el hombre del otro lado, el otro hombre” Francisco Umbral publica dentro de unos días el libro de su vida. El “que tenía en la cabeza desde colegial”, como confiesa en el epílogo de Amado siglo XX (Planeta) -en el que se describe como si de su mejor personaje se tratara- que hoy anticipa El Cultural, junto al capítulo “Cuanto sé de mí” y fragmentos sobre las gentes de su siglo. Memoria y corazón y estilo al rojo vivo. Al desnudo. Completamente Umbral.

Epílogo

Francisco Umbral estaba poseído por los demonios de la escritura, que no le abandonaron nunca. Había sido siempre, desde niño, un profesional de lo suyo y nunca pensó en dedicarse a otra cosa. Tenía incluso, completando su personalidad, el gran tema que hace falta en una vida para no quedarse sin tema a mitad de camino. Amado siglo XX era el libro que tenía en la cabeza desde colegial, y todo ello resultaba monstruosamente prematuro en una personalidad como la suya, es decir, en un adolescente que al mismo tiempo trabajaba en sus estudios, iba al río con sus amigos y cambiaba de novia periódicamente.

Digamos que era un hombre con dos vidas. La vida externa del trabajo y el estudio, y la vida interna de la lectura y la escritura donde alimentaba la máquina literaria hasta convertirse, sin demasiada conciencia, en ese hombre maduro que es anticipadamente el que lleva adelante una doble vida y no piensa nunca en abandonarla. Aquel muchacho fue pronto un hombre solitario en Madrid, pero esta soledad le llevó derechamente a sumirse en el mundo de los escritores, los periodistas, los poetas, etc.

Efectivamente, su vida umbraliana, digamos, por llamarlo así, había sido la vida interior, reincidente, cada vez más profunda y poblada. La vida de un intelectual que, sin plantearse nunca problemas de duplicidad, llevaba además otra vida, la vida exterior de todo hombre que trabaja y juega. En este sentido, Umbral tenía dos vidas, era un ejemplar raro ya que nunca renunció a desarrollar su vida literaria en nombre de nada, ni a compatibilizar ambas vidas, sino que proyectaba instalarse definitivamente al otro lado de la historia, de su historia. Quería ser el hombre del otro lado, el otro hombre, y en ello trabajaba, pero nunca hizo un planteamiento firme de esta situación, sino que confiaba en que las cosas ocurrirían por sí mismas y de pronto se encontraría al otro lado de la realidad, en la otra orilla del río, sin mayor esfuerzo. Y así sucedió alguna vez silenciosamente, grávidamente, pero no de golpe, sino mediante una constancia y una insistencia que trabajaban por sí mismas en el otro proyecto de hombre. Era como si su madre hubiera tenido gemelos dándoles a los dos la vida de uno, dejando que esta vida se repartiese naturalmente entre uno y otro.

Umbral decidió escribir su libro fundamental cuando ya estaba instalado al otro lado, como cambiando de ciudad o de piso. Sin duda, era el momento de abandonar la vida anterior y centralizarse en este proyecto.

Amado siglo XX. Efectivamente, él sí había tenido patria en el siglo XX. Su duplicidad interior alternaba sin esfuerzo con la fijeza del libro grande, como lo han hecho los grandes historiadores, los grandes cronistas, los grandes novelistas, así Cervantes, así Alighieri, así Homero, así Victor Hugo y Marcel Proust, y Shakespeare, y algunos otros.

Efectivamente, una obra en marcha funcionando durante toda la vida, un proyecto que crece a medida que se realiza, es algo que llena de contenidos una existencia, dándole continuidad y armonía como aquellos puentes o acueductos romanos que resumían toda la insistencia y coherencia de un Imperio.

Amado siglo XX era un proyecto que había ido desarrollando Umbral sin estorbo de su vida cotidiana, pero asistido siempre por el beneficio de una idea que le protegía, que le personalizaba y, en reciprocidad, le iba esculpiendo como hombre. Amado siglo XX era un título que mantenía ese arranque efusivo hacia la vida y el tiempo. Se asomaba todas las mañanas al siglo XX, que era la realidad temporal del escritor.

Vivir dentro de un siglo es confortable y aleccionador. El siglo va tomando la forma y medida de nuestra existencia, y nosotros asistimos a ese siglo como al transcurrir del agua por los acueductos que hemos dicho antes. Nunca se sabe si el espectáculo es el agua o son las ojivas que cinematografían el paisaje. Pero no en vano estábamos en el siglo XX y no en otro. Umbral participaba de su siglo con violencia y aquello era lo que escribía siempre, aunque no siempre se notase.

Su vida avanzaba con el mismo ritmo que su escritura. Hombre, vida y obra eran ya una tríada que se adentraba en los bosques de lo muy vivido y aquello estaba allí, eternizado y transeúnte en la misma medida que lo había edificado él. La nieve, pájaro de altura, estaba volviendo a sus cimas blancas y dejando nidos cada vez más altos sobre los techos ojivales de un siglo en decadencia. Umbral contempló su obra con sosiego y se tumbó a descansar.

Tuve amor
y tengo honor;
esto es cuanto sé de mí.

Calderón

Amor y honor son los dos puntos geográficos y morales en que Calderón de la Barca sitúa toda la síntesis de su vida, toda la síntesis de la vida humana. El hombre principia como ave erótica y se aposenta, mucho más tarde, como ciudadano honorable. Es cuando, como escritor, principia a escribir contra sí mismo, a descubrir esa autobiografía numerosa y profunda que supone el escribir de uno mismo mediante el recurso épico, o mediante el recurso lírico, que está en todos los géneros.

Tuve amor y tuve amores. Todo aquello que me parecía experiencia sentimental de la vida no era sino impulso sexual y reproducción fatal de la vida humana. Es cuando ya sólo queda una tercera vía: la autocrítica. La crítica de uno mismo que no lo es verdaderamente si no se presenta como tal o se rehúye en forma de elegía. A la autocrítica hay que enfrentarse, lo diga o no lo diga Sartre, porque la autocrítica es la forma más viva de ejercer la literatura. El escritor dispone de la crítica para repasar el mundo y dispone de la lírica en forma de memoria y de elegía para repasar su vida.

El error más grande de mi juventud consiste en afrontar la literatura como una confesión general y definitiva. La literatura es más bien una manera de realizarse, de ofrecerse al mundo en esa trayectoria que va del amor al honor, según Calderón. Mi juventud la abrí en dos como aquí ha podido verse. Yo, como crítico de mí mismo, no hacía sino reafirmarme en mi actitud de hombre libre. Aquí habría que realizar la crítica del crítico. Las mujeres eran lo que habla y los hombres eran lo hablado, un discurso que viene de todos los arcones manuscritos. Pero es más bien al contrario, aunque no rigurosamente.

La mujer habla su verdad y su mentira con gran capacidad de prestancia. El hombre debe tomar esa escritura como la más elocuente y vividera del tiempo. Sólo por la mujer tenemos testimonio de que el tiempo existe. Homero habla su lenguaje de siglos y fantasías. La mujer calla. Cuando la mujer habla consagra lo hablado incluso mediante la mentira.

Dante Alighieri habla y ella, la mujer, se va al cielo. Yo, aquí, me declaro culpable de haber pasado toda la juventud leyendo a los pensadores europeos, incluso a los papas, que no dicen nada. ¿Buscaba yo la verdad? No. Sólo buscaba una verdad universitaria desde donde hacer la crítica y crónica de los demás, mientras la veleta colegial que he citado en otro capítulo seguía girando, como el volante azul del cielo. Leí la épica buscando más vida y leí la lírica buscando más mujeres. Todo esto luego se lirifica y nos hace sublimes, pero la verdad es que nos hemos movido entre papas y mujeres. Tengo la edad y la prepotencia de maldecir a las mujeres y a los papas. Ésa sería la verdadera crítica de mí mismo. Pero me refugio en Marcel Proust porque no me compromete a nada y ahora comprendo que me he refugiado en él toda la vida porque, siendo francés, no fue de la Academia.

Si de verdad quisiera yo ahora emprender una batalla contra mí mismo, las primeras almenas a derribar habrían de ser los premios literarios. El primer premio que me concedieron en mi adolescencia, casi infancia, cien pesetas, creo recordar, por un reportaje sobre un festival acuático y deportivo en el río Pisuerga, todo ello con un cierto estilo inglés, universitario, cinematográfico. Había yo leído la convocatoria de este premio coincidiendo con las actividades deportivas que se trataba de glosar. Recuerdo que me senté a la máquina de escribir de mi madre con cierta ilusión. Era un festival que se celebraba anualmente y del que yo había leído cosas sin perder mi indiferencia. Pero aquel año, no sé por qué, tomé la decisión confusa y segura de participar. De modo que me fui al río, en su tramo urbano, y anduve barzoneando por las orillas fluviales con zapatos inadecuados. Bueno, pues ya he hecho la primera inversión y sin esperanza de que me la devuelvan en forma de premio. Así es como empecé a indiferenciarme del concurso, incluso procuré rehuir las informaciones de un premio que me parecía una triste aventura, pues yo no era universitario, no era conocido en las revistas estudiantiles y no reunía, en fin, ninguna de las condiciones que requería el asunto.

Mi posición ante el premio que no me iban a dar era ya de indiferencia, una indiferencia sombría porque me pareció una equivocación, un error inútil, empezar toda una carrera literaria con un error. Puede decirse que toda mi disposición ante la literatura venía a ser sólo eso: inseguridad, impersonalidad, indecisión y asco.

Pero una noche, estando yo despierto en la cama, vino una tía mía, la hermana mayor de mi madre, a despertarme con la noticia. [...] Esta tía mía era una solterona solitaria que prefería quedarse leyendo el periódico local que no había tenido tiempo de leer en todo el día. Ella buscaba esquelas de los hombres ilustres de la ciudad y fotos de las fiestas frecuentes de la clase alta, pero esa noche leyó también una información universitaria sobre unos premios deportivos, y allí encontró mi nombre junto a una triunfadora cifra de cien pesetas, segundo premio para los reportajes sobre la fiesta acuática estudiantil.

Mi tía y yo no nos entendíamos muy bien, pues ella prefería a otros sobrinos. Pero lo de las cien pesetas la había encendido e incendiado la noche. Y fue a despertarme, no era para menos. Por mi parte, después de informarme serenamente, le di las gracias a la tía por haberme despertado con tan triunfal noticia.

El Pisuerga lo conocía yo bien por mi largo aprendizaje del remo, deporte que servía para pasear por el agua a los amigos y, en verano, a las estudiantes francesas que venían a los cursillos estivales de la ciudad. Recuerdo que una de aquellas francesitas me deslumbró un año con su tarjeta de princesa, que es lo que era la damita, feílla pero manejable. La fascinación acabó cuando todos mis amigos me fueron mostrando la misma tarjeta, pues la princesita feílla había querido remediar esa fealdad con un título nobiliario exhibido en la España militar y sin aristocracia. Por la mañana se hizo todo realidad, como en los cuentos, pero nadie, salvo mi madre, reparó en la habilidad de Paquito para el reportaje periodístico y literario. Ni yo mismo me paré a estudiar lo del premio, aunque me duraron mucho las cien pesetas de la universidad. Un fracaso anticipado y sentimental suele malograr una verdadera vocación. En la ciudad había nacido un escritor nuevo y nadie se daba por enterado. [...]

Esta maniobra de escribir contra uno mismo tiene raíces más profundas de lo que creemos al principio. Así, aquel reportaje ligero sobre las regatas universitarias se me aparece hoy como un ejemplo anticipado y revelador de cuánto hay en la escritura, en toda escritura, de descubrimiento del yo. Yo había escrito aquel reportaje con más voluntad de crónica que de concurso, como lo prueba mi inmediato olvido del asunto. Efectivamente, yo no frecuentaba el mundo universitario ni sus jornadas de ocio elegante en el agua o en el golf. Yo no iba a la universidad, yo no conocía a ninguno de aquellos chicos y chicas cuya única tarea era aprenderse a cuatro clásicos, optar entre la medicina y la ingeniería, leer revistas frívolas y periódicos políticos. Disfrutar del río y del campus.

De modo que si me sedujo el atractivo de aquella convocatoria no era por ganar una jornada deportiva, sino por escribir proustianamente sobre una juventud más feliz que la mía y vivir una tarde de verano suntuosa. Creo haber hablado en el capítulo anterior de la inicial fascinación de Proust. Y toda mi tarde del Pisuerga tuvo asimismo una fascinación proustiana.

Me asombró descubrir desde un lejano principio que yo había escrito siempre en contra de mí mismo ganando un premio literario en un certamen deportivo de la universidad local, que era selecta y reducida. Lo que me había llevado a escribir un reportaje, quizá no teniendo yo vocación periodística, fue la escena y el escenario de la juventud y el río, y aquellas muchachas españolas o francesas que le daban un cierto cosmopolitismo a las tardes del viejo Pisuerga. Resulta que había mucho Proust en mí, que no había leído a Proust. Años más tarde pronuncié en la ciudad, requerido por las fuerzas vivas y por la situación, un discurso público donde se oponía el Pisuerga a la Esgueva como dos formas antagónicas de organizar la sociedad.

Aunque mi opción política, en aquel discurso, era claramente social, mi opción estética era vivamente proustiana.

Hubo querella en los periódicos y en la ciudad, con el testimonio noble de Miguel Delibes, que estaba detrás de todo aquello. La rúbrica de escribir contra mí mismo se había iniciado en el pequeño escritor mucho antes de lo que yo sabía. Años más tarde, ya en Madrid, cultivé todos los géneros para reunir el dinero que me exigía la nueva forma de vida, y el mejor recurso para esto era el concurso literario de las revistas y de algunos cafés. Gané premios en Tomelloso, en Alicante, en los ferrocarriles, en las revistas, todo lo cual me irguió como uno de los narradores privilegiados del momento, años cincuenta o sesenta. También trabajaba contra mí mismo, según la fecunda fórmula, puesto que hacía literatura social y socialista para criticar elegantemente la España del momento. Puedo resumir mi trayectoria según la fórmula que me dio un compañero de pensión en cierto momento: “Tú escribes bien, Umbral, pero como no dices nada sólo escribes bonito”. [...] 

Algunos nombres de su amado siglo


González Ruano

Ruano fue siempre un cruce de aquel lirismo golfo de los poetas a lo Emilio Carrere y los escritores de verdad [...]. De este periodismo literario de Ruano, que nunca baja la guardia, vienen todos los columnismos y columnistas que hoy ilustran la prensa nacional. Se cita a otros, pero nunca se cita a este maestro. Tuvo demasiada gloria en vida y eso se paga después de la muerte. 


Federico García Lorca 

Federico García Lorca es, en aquella generación predestinada, el verdadero predestinado. [...] Ocupó casi todo el siglo XX, pero no quisiéramos reseñar aquí victorias a plazo fijo, sino la condición predestinada y mágica de Lorca, que es el poeta del siglo XX no sólo para los españoles, sino para todos los pueblos que han experimentado alguna curiosidad por España y sus gentes.


Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez o la minoría de izquierdas. él y toda la Generación del 27, que de él nace, es una consagración a la minoría y de la minoría, como lo es, mediante la negación, La rebelión de las masas, de Ortega. Ya desde el arbi trismo y desde antes se mueve en España una teoría que intenta el Gobierno de las minorías. Esto es la tardía respuesta al Gobierno de las mayorías demagógicas que finalmente dan en el comunismo.

Mientras Miguel Mihura, un genio joven y enfermo, hace explotar la escena española con sus hallazgos desconocidos en el lenguaje, Alberti nos devuelve la temperatura de la Andalucía emergente y la Luna de las Vanguardias viaja toda la noche, como un tren mareado, que va cruzando o inventando paisajes.


Jean Paul Sartre

Sartre, consagrado ya como filósofo, pese a lo bifurcado de sus caminos intelectuales, es un pensador que no se atiene nunca a reglas tradicionales, sino que le fascina pensar lo moderno, como él decía. Por otra parte, Sartre, el último gran filósofo europeo, tiene que asistir diariamente a la muerte de la Filosofía, que hoy está reducida a un ensayismo ocasional.


Ortega y Gasset

Este tópico del señoritismo de Ortega ha servido a la izquierda para ignorar las grandes verdades del filósofo y ha servido a la derecha para establecer un pensamiento cansino, elegante, mundano y perdonador. A pesar de haber tenido un gran pensador y filósofo que cubrió casi todo el siglo XX, hoy nos encontramos con que nadie sabe aportar una idea de España que sea válida para todos y que tenga eficacia a la hora de hacer Historia.


Tierno Galván

El exhibicionismo, la elegancia en gris, la gracia anticuaria en el lenguaje y la ropa, todo eso estaba en Tierno vuelto hacia dentro durante muchos años. Sólo la oportunidad democrática le arrojó a una marejadilla de popularidad y vida en la calle que no había hecho nunca. Pero lo hizo muy bien porque, más que inventarse un estilo, lo suyo había sido un dar a luz al dandi que llevaba dentro.


Ratzinger

Ratzinger digamos que es el último optimista o el último hombre saludable que puede razonar estas cosas, mientras no surja un político, un general o un héroe anónimo que nos lleve tras de sí a los callados campos del edén. [...] El Vaticano no era necesario pero lo es ahora, cuando el hombre corriente, vestido de gris, se ata la muerte a la muñeca como antes el reloj de pulsera.


Articulo: http://www.elcultural.es 30/08/2013

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...