dimanche 29 septembre 2013

Eliot WEINBERGER/ Diario de Nueva York

Artículo
Diario de Nueva York
Por Eliot WEINBERGER

El atentado a las Torres bien podría ser la catástrofe de mayor cobertura mediática en la historia de la humanidad. Y, sin embargo, qué poca reflexión ha suscitado. Tal vez por ello resulta imprescindible este magnífico texto de Eliot Weinberger.

12 de septiembre de 2001: Escribo en el limbo entre el acto y la reacción, a sabiendas de que la reacción y las revelaciones que se sucederán convierten ya estas líneas en un viejo recorte de prensa en el instante mismo en que son dadas a la imprenta. Son, por lo mismo, el mero recuento de un día, notas dispersas desde el limbo del tiempo y las emociones.

Y están escritas desde un limbo geográfico, pues el lugar de Nueva York en el que vivo, a dos o tres kilómetros al norte del World Trade Center, no es la zona de guerra en ruinas que se ve en el televisor, sino más bien una zona en cuarentena. Al sur de Canal Street se han evacuado los edificios, no hay teléfonos ni electricidad y el aire está turbio de humo pútrido y polvo. Entre Canal y la Calle 14, donde está mi barrio de Greenwich Village, sólo se permite el paso a los residentes; a través de una suerte de Checkpoint Charlie, guarnecido por guardias nacionales camuflados que portan fusiles y escrutan minuciosamente documentos de identidad. No hay automóviles, ni servicio postal, ni periódicos; las tiendas están cerradas; el servicio telefónico es inconstante. Al menos el aire es nítido. El viento sopla rumbo al sur; todos comentan que los días de ayer y hoy han estado entre los más radiantes del año, mientras los amigos viento abajo, en Brooklyn, califican sus barrios de pompeyas cenicientas.

Es imposible, desde luego, saber cuáles serán los efectos de la atrocidad de ayer; si trastocará la conciencia nacional (si es que existe) para siempre o sólo es otra imagen más que se desvanecerá en el cúmulo de otro espectáculo más de los medios. Sin duda, éste es el primer acontecimiento desde su omnipotente ascenso que resulta superior a los medios mismos, el cual no podrán sin esfuerzo incorporar y domesticar. Si en efecto prevalecen, la vida de la nación, además de las tragedias personales, proseguirá en ese estado casi alucinatorio de continua manufactura de imágenes. Si fallan, algo muy profundo puede cambiar de verdad. Éste es el primer hecho de violencia colectiva de semejantes dimensiones ocurrido en los Estados Unidos desde la Guerra Civil del decenio de 1860. (Pearl Harbor, con el cual se ha comparado a menudo —una hipérbole desde el punto de vista de las consecuencias, pero no desde el punto de vista de la sorpresa trágica—, fue el ataque a una base militar en una colonia estadounidense). Ahora estamos padeciendo lo que el resto del mundo ha vivido con sobrada frecuencia. Es la primera vez que estadounidenses han muerto por una fuerza “extranjera” en su propio país desde la guerra con México en la década de 1840 (si bien para los mexicanos, desde luego, la guerra se libró en México). Es la primera conmoción nacional desde 1968: los asesinatos de Robert Kennedy y de Martin Luther King, a los que siguieron las revueltas de la convención demócrata en Chicago. A pesar de los incesantes intentos televisados de fabricar desastres, nadie en este país que tenga menos de cuarenta años ha vivido algo que ponga en grave riesgo la complacencia generalizada.

Las ramificaciones son casi ilimitadas. Cincuenta mil personas de todos los estratos de la sociedad trabajaban en el World Trade Center y ciento cincuenta mil lo visitaban a diario. Decenas de millones en todo el país y el mundo conocen en persona a alguien (o conocen a alguien que conoce a otro) que murió o escapó de milagro, o recordarán cómo ellos mismos estuvieron allí en el mirador, contemplando el puerto de Nueva York y la Estatua de la Libertad.

Por el contrario, el otro lugar del ataque, el Pentágono, es una zona restringida, remota como un edificio gubernamental en la ciudad de Oklahoma.

Si sólo hubiese alcanzado el Pentágono habrían transcurrido días de manos ensortijadas por el “golpe a nuestro orgullo nacional”, pero también, como en la ciudad de Oklahoma, se habría desvanecido como otras imágenes televisadas. El Trade Center, sin embargo, es sin duda real para una ingente cantidad de personas; nunca antes una crisis súbita, acaso desde la caída de la bolsa en 1929, había afectado directamente a tantas personas en este país.



Esta conmoción la integra una suerte de incrédula desesperanza de que, en el ámbito nacional, no hay quien pueda tranquilizar a los ciudadanos y guiarlos a un futuro de ya creciente incertidumbre. La elección (más bien, la selección) de George W. Bush erosionó grave y quizás irrevocablemente la confianza en la última rama sacrosanta del gobierno, la Suprema Corte. La respuesta de Bush a los atentados ya ha destruido —acaso para siempre— los últimos vestigios esperanzados de que la presidencia lo obligaría a madurar o haría surgir alguna virtud oculta hasta hoy.

Tras la noticia del ataque dejó Florida, donde visitaba un colegio, voló a una base en Louisiana, y se refugió en un legendario búnker subterráneo del Comando Aéreo Estratégico en Nebraska. (Un sitio del que no había oído hablar desde mi infancia en la Guerra Fría: en aquel lugar, se nos decía, el presidente y los dirigentes mundiales se retirarían para mantener libre al mundo libre cuando cayeran las bombas atómicas). Después de un día de evasivas, Bush finalmente dio la cara en Washington, donde leyó, muy mal, un discurso de cinco minutos ya preparado, no respondió a las preguntas de la prensa y no pronunció comentario adicional alguno. Como siempre, su rostro traslucía un gesto de confusión absoluta.

A Bush lo siguió el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cuya extraña conferencia, evocadora del inevitable Dr. Strangelove, se centró en exclusiva en las filtraciones en la seguridad. En un trance de ansiedad nacional, con cientos de muertos en su propio Departamento, Rumsfeld dedicó su tiempo a lamentar que en el gobierno de Clinton la gente hubiera sido negligente con los documentos confidenciales. Advirtió con severidad que participar a otros sin autorización de documentos confidenciales podría perjudicar a los bravos hombres y mujeres de las fuerzas armadas estadounidenses, amenazó con un proceso y todo el peso de la ley a todo aquel que difundiera tales documentos e instó a los empleados del Pentágono a informar a sus superiores si sabían de alguien que hiciera partícipe a otros de documentos confidenciales. Cuando se le preguntó si la divulgación de documentos confidenciales había servido de alguna manera a los terroristas, Rumsfeld dijo que no y se fue.

Nadie ha explicado hasta ahora qué quiso decir, pero la lógica de la supuesta cobardía de George Bush ha sido objeto de una explicación en verdad ingeniosa. Hoy mismo los funcionarios gubernamentales aseguraron que el ataque terrorista fue en realidad una tentativa de asesinato, que el avión que chocó contra el Pentágono se dirigía a la Casa Blanca (pero cayó en el Pentágono por error) y que el avión que se estrelló en Pensilvania de algún modo iba a colisionar contra el avión presidencial, Air Force One. Por casualidad estaba viendo estas declaraciones en el televisor con un grupo de chicos de trece años; todos estallaron en burlonas carcajadas.

Durante la postguerra ha habido presidentes a los que se tuvo, en la derecha y la izquierda, por encarnaciones del mal (sobre todo Nixon y Clinton), pero que fueron vistos como genios malvados. Bush es el primero al que se considera universalmente un tonto. (Incluso sus simpatizantes sostienen que el sujeto es pasable, pero se ha rodeado de un equipo magnífico.) Que en un momento de crisis nacional —cuando el gobierno en verdad importa, pero mengua su poder por doquier— un individuo del que se ríen los niños dirija el país, puede infligir heridas tan graves como las causadas por el propio atentado. No sorprenderá a nadie entonces que la reacción en el interior de los Estados Unidos, alejado de los efectos de los hechos mismos, haya sido la supervivencia individualista: un incremento considerable en la venta de armas, supermercados vacíos de productos enlatados y agua embotellada y largas filas en las bombas de combustible. Cuando no hay gobierno, pues sálvese quien pueda.

La conciencia de la ineptitud de Bush contrasta con el notable desempeño del alcalde de Nueva York Rudolf Giuliani. Escribo esto con prevención y sorpresa, pues he detestado todos y cada uno de los ocho años de su alcaldía. Ha sido un dictador que ha fomentado las divisiones étnicas y cuya ideología es, según sus propias palabras: “La libertad es la autoridad... la disposición de cada persona a ceder a la autoridad legítima un amplio margen discrecional sobre lo que se debe hacer y la manera de conseguirlo”. En esta crisis, sin embargo, se ha convertido en un Mussolini que ha logrado que los trenes lleguen a tiempo. A diferencia de su identidad previa, ha sido completamente franco frente a la prensa, con la que se ha reunido a menudo. A diferencia de todos los otros políticos que ocupan el espacio televisado, se ha sustraído a la grandilocuencia nacionalista y se ha limitado a explicar con cuidado los problemas y las soluciones que está emprendiendo. A diferencia de Bush, escucha todas las preguntas, sabe casi todas las respuestas con detalle o explica por qué no las sabe. Giuliani siempre ha sido un experto en administrar las crisis. Su inconveniente como alcalde ha sido el ejercicio del diario gobierno como si se tratase de una crisis permanente que debía mediar con una suerte de ley marcial. Ahora que se ha producido una crisis real, ha estado a la altura de las circunstancias.

La regla que impera en la ciudad de Nueva York en períodos de desastre o urgencia ha sido siempre: “Todos estamos juntos en esto”. Éste ha sido el caso de nuevo, y Giuliani ha sabido reconocerlo y aprovecharlo para el bien común. A diferencia del resto de los Estados Unidos, los neoyorquinos no han mitigado su pesar compartido con nacionalismo y bravuconería. No están comprando pistolas. En la ciudad judía más grande del mundo, no se está agrediendo a los árabes que despachan en las pequeñas tiendas de comestibles de casi todos los barrios. (Imaginen lo qué habría ocurrido si se tratara de Londres o París). En cambio, la respuesta ha sido un torrente emocional de apoyo a los rescatadores, los bomberos, los médicos, los albañiles y la policía. Cuando pasa un convoy de auxilio la gente en las aceras aplaude. Se ha donado tanta comida que los oficiales están ya pidiendo que cese la ayuda. Los neoyorquinos han respondido —al contrario de lo que suele pensarse, aunque no sorprenda a residente alguno— con una suerte de ágape secular, cuya manifestación más patente son las vigilias a la luz de las velas y los improvisados altares con flores y fotografías de los desaparecidos que de repente se exhiben por toda la ciudad. Todos se reúnen en las calles, subyugados y silenciosos por la conmoción y el duelo, pero allí están sin duda movidos por la urgencia de hallarse entre otras personas. Amigos y gente que casi no conozco y con los que me he encontrado a lo largo del día —personas que saben que no vivo a una distancia riesgosa del Trade Center y que además habría sido muy poco probable que me encontrara allí— me han abrazado diciendo: “Me alegra mucho que estés vivo”. No es un sentimiento dirigido a mí como individuo, sino a mí como rostro familiar, miembro reconocible de la comunidad de los vivos.

Me temo que este afecto compartido no se ratificará en los Estados Unidos en general, donde el humor prevaleciente ya es vengativo. (Alguien me envió un artículo de opinión de un periódico en Carolina del Sur que advierte: “Cuando nos atacaron en Pearl Harbor respondimos con Hiroshima”). Si Bush muestra alguna suerte de dotes de mando será en nombre del conflicto. Está rodeado de impenitentes soldados de la Guerra Fría que, anteayer, habían retirado a los Estados Unidos de los tratados de paz y de las negociaciones entre Corea del Norte y del Sur, habían propugnado la acumulación de armas nucleares en India y (de modo increíble) en China, les obsesiona la ciencia ficción del sistema de defensa de la Guerra de las Galaxias y, lo más grave, habían abandonado el proyecto propuesto por Clinton de desmontar los arsenales nucleares que aún perduran tras la desintegración de la Unión Soviética. (Es un verdadero milagro que ninguno de los aviones de ayer cargara una de aquellas bombas). Además, desde que Reagan invadió Granada —la única “guerra” en la cual Estados Unidos, de hecho, ha triunfado desde la Segunda Guerra Mundial—, casi es predecible que, cuando las noticias económicas no son halagüeñas, el presidente lanza un ataque militar (Panamá, Iraq, Libia) como distracción nacional y para revertir la decreciente popularidad de su figura. Bush, y su proyecto de reducción de impuestos a los ricos, de incremento al presupuesto militar y de envío de un cheque por trescientos dólares para todos, ha convertido en déficit el inmenso superávit gubernamental que bien podría haberse empleado en los calamitosos servicios de salud y educativos; la economía en general es un desastre. Este atentado terrorista ha ocurrido durante la primera recesión desde que Bush padre era presidente, y el pronóstico es muy sombrío. Ya son pocas las posibilidades de que Bush hijo sea reelecto —la fuerza más importante que impulsa la vida política de los Estados Unidos. Le hace falta una guerra.

Y luego tenemos la Maldición de los Bush, la cobardía. Bush padre escapó del avión de combate que pilotaba en la Segunda Guerra Mundial y el resto de la tripulación murió. Estuviese o no justificada su actuación, la acusación de cobardía lo ha perseguido toda la vida, y la Guerra del Golfo constituyó, en más de un sentido, su intento de compensar aquel hecho. Pero incluso ahí, en el entorno de su militarismo machista, se le consideró un cobarde por no “concluir la tarea” de matar a Saddam Hussein al invadir Bagdad. Bush hijo, al igual que todos los militantes radicales del gobierno actual, se sustrajo a la guerra de Vietnam. También creerá que se le exige una prueba de hombría, para vengar a su padre y vengarse a sí mismo, y sobre todo después de su inicial huida al búnker del Comando Aéreo Estratégico. Es más, Bush será azuzado por los pares de Condolezza Rice, una de las personas más poderosas y temibles de su gobierno. Encarnación desconcertante y casi increíble del ethos de la casta bélica prusiana en una mujer negra: una culturista y fanática del gimnasio que tiene un espejo sobre su escritorio para mirarse al hablar, una opositora a toda restricción a la venta de armas y, en fin, alguien que ha señalado, al referirse a los esfuerzos asistenciales en Kosovo, que los marines estadounidenses estaban entrenados para librar la guerra y no para distribuir leche en polvo. En la categoría de Rice, Rumsfeld y el vicepresidente Cheney, entre muchos otros, es aterrador que el general Colin Powell, el de la Guerra del Golfo y la masacre de Mai Lai, se haya convertido en la última esperanza, en la voz de la razón de este gobierno. Acaso sea el único que sabe que Afganistán —nuestro objetivo inicial más probable— ha sido siempre el cementerio de los poderes imperiales, desde Alejandro Magno hasta los ingleses y rusos.

Sea que los atentados de ayer provoquen una suerte de guerra terrestre o bombardeos aéreos más seguros desde el punto de vista político, y causen o no mayores acciones terroristas aquí, en verdad ha cambiado algo muy profundo. Menos la pérdida de la inocencia o la seguridad, que la pérdida de la irrealidad. Desde la elección de Reagan en 1980, la mayoría se refiere en la actualidad a los Estados Unidos como República del Entretenimiento. Es muy cierto: menos de la mitad de sus ciudadanos se ocupan de votar, pero casi todos hacen fila debidamente para adquirir las entradas a toda película exitosa que se haya promovido hasta la histeria. (Películas, por otra parte, y sobre todo las del pasado verano, que nadie en verdad disfruta, pero con grandes ingresos de taquilla el primer fin de semana y muy pocos la siguiente). Reagan, como bien se sabe, fue el amo de la transformación de Washington en Hollywood, siempre presto para la fotografía y con guiones cuidadosamente elaborados. Bush ha llevado esto un paso más lejos: si bien las escenografías de Reagan no eran sino anuncios destinados a promover sus logros, las de Bush son a menudo tranquilizadoras viñetas televisadas pero contrarias a sus políticas verdaderas. De modo que hemos visto a Bush en el bosque exaltando la belleza de los parque nacionales mientras autoriza su tala y perforación, Bush leyendo a los niños en un colegio (como sucedió ayer) mientras reduce el presupuesto de las bibliotecas. O mi momento predilecto con Bush: un discurso pronunciado ante algo que se llama Boys and Girls Clubs of America, una agrupación de servicio a la comunidad, en el cual destacaba su labor ejemplar que hace de los Estados Unidos una nación grande y vigorosa. Al día siguiente, su gobierno retiró por completo los fondos que los apoyaban.

Durante veinte años los estadounidenses han sido asaltados sin tregua por las imágenes de los medios, con una constante escalada de sensacionalismo —al igual que los romanos vertían una emulsión de pescado en sus alimentos para estimular sus paladares insensibilizados por el plomo de las tuberías—. La violencia se ha vuelto grotesca, las comedias se sirven cada vez más de imbecilidades escatológicas que se confunden con transgresiones, las películas de aventura han desechado el argumento y se han transformado en parques de atracciones que ofrecen estremecidos efectos especiales cada segundo, las corporaciones manufacturan revolucionarios cantantes de rap o conjuntos de rock de iracundos jóvenes blancos, la televisión hace de la muerte de celebridades casi olvidadas objeto de duelo nacional; de los pronósticos de tormentas ordinarias ominosas advertencias de un desastre en potencia, y a partir de los infortunios de personas comunes y “reales”, un incesante torrente de tragedias wagnerianas.

Entre las incontables imágenes indelebles del atentado al Trade Center, la que en mi opinión, espero, tendrá un efecto perdurable es la del avión precipitándose contra la torre. Todos la captamos de inmediato —no había más remedio— como escena de una película, película que al día siguiente se nos ofreció desde varias tomas. Los Estados Unidos, se ha señalado a menudo, es el lugar en el que la irrealidad de los medios es la realidad imperante, donde la vida diaria es la cohibida parodia irónica de lo que vemos en las diversas pantallas. Pero ¿qué implicará la entrada en nuestra conciencia de este simulacro definitivo, el mayor de los efectos especiales, que ha causado la muerte real, absoluta, de gente conocida y la destrucción de un lugar que alguna vez visitamos?

Acaso el atentado de ayer se hunda en la amnesia colectiva y volvamos a las películas de catástrofes y a los comediantes de la televisión nocturna que, nadie se asombre, son la fuente de noticias más importante para la mayoría de los estadounidenses, según las estadísticas. Mientras tanto, es difícil concebir un regreso a la fantasía de los medios como el opio de los pueblos. Es revelador que los noticieros de la televisión, tan habituados a la hipérbole, no tengan idea alguna de cómo lidiar con esta noticia. La han producido exactamente como suelen hacerlo: dramatismo en la iluminación, entrevistas en primer plano con los familiares de las víctimas, montajes al estilo de mtv con acompañamiento musical, cámaras portátiles tras la policía y los bomberos como se acostumbra en los “reality shows” policiacos. Pero a diferencia de todo lo que ha aparecido en la televisión durante décadas, esta historia implica en lo personal a millones de espectadores. A pesar de los esfuerzos de la propia televisión, esto se ha resistido hasta ahora a convertirse en otro mero espectáculo televisado. La humanidad sólo puede tolerar determinada cuota de irrealidad.

Mientras, llegan los recuentos de gente que conozco íntima o superficialmente. Un individuo muerto en el avión secuestrado que se estrelló contra el Pentágono. Otro que tenía prevista una reunión en el Trade Center, pero llegó veinte minutos tarde. Una mujer empleada en la planta ochenta y dos de la segunda torre que vio el avión chocar contra la primera, huyó por la escalera, estaba justo bajo el piso en el que se estrelló el segundo avión, siguió bajando los otros ochenta y dos pisos y salió ilesa. Un periodista fotográfico que había estado en la Guerra de los Balcanes y en Medio Oriente escuchó las noticias, se dirigió a toda prisa al lugar para hacer fotos y desapareció. Una mujer que se quedó en casa enferma. Unas estudiantes de bachillerato, dos hermanas, que habían cambiado de tren diez minutos antes en la estación inferior del metro y siguieron su rumbo.

Esta mañana, cnn ostenta una bandera en la que se lee: “manhattan virtualmente desierta”. Mi hijo me miró y dijo: “¡Oye, todavía estamos aquí!”.

Traducción de Aurelio Major

2 de octubre de 2001: En los días de la guerra de Vietnam, había un cartel cursi, adornado con flores y palomas, en el que se leía: “Imagina que invitan a una guerra y nadie se presenta”. La versión de hoy, menos anhelante y con un extravagante realismo, podría rezar: “Imagina que declaran una guerra y no hay lugar donde librarla”.

Los Estados Unidos están en guerra. Han sufrido la peor matanza de ciudadanos en propio territorio —casi la única— desde que el general Sherman incendió la ciudad de Atlanta en la Guerra de Secesión. La mayor parte del país y los dos partidos políticos nacionales se han unido para respaldar a un presidente que habla el idioma de los fanáticos religiosos (“cruzada”), de los vaqueros (“Se busca: vivo o muerto”) y de los cazadores (“los sacaremos de sus madrigueras”) para plantearles exigencias innegociables a gobiernos extranjeros y propugnar claramente el derrocamiento de uno de ellos. Centenares de ciudadanos comunes han sido detenidos por sus nombres o su apariencia, y las instituciones a cargo de imponer la ley, invocando una situación de emergencia, piden que se abroguen las leyes que protegen las libertades civiles. Los procedimientos de seguridad en todos los sitios concurridos han dado lugar a filas que se traducen en esperas de muchas horas. Los fabricantes de banderas estadounidenses, de máscaras y de medicamentos contra el carbunco no pueden abastecer los pedidos. Los editorialistas de diarios pequeños han sido despedidos por escribir columnas que desdoran al presidente, y las leves críticas de un comediante de televisión fueron respondidas con una severa reprimenda por parte de la Casa Blanca: en momentos como éstos “hay que tener cuidado con lo que se dice”. Se han incendiado mezquitas; miles de estudiantes universitarios árabes han tenido que regresar a casa; en Colorado unos pandilleros asesinaron a un sij, aunque no era árabe ni musulmán, por el delito de usar turbante. Y en un grotesco incidente ocurrido en Arizona, le dispararon a una indígena norteamericana desde un automóvil lleno hombres blancos, los cuales le espetaron a gritos: “¡Regresa a tu país!”.

Aquí, en Nueva York, no ha habido violencia, y la ira vengativa ha sido apabullada por el duelo a causa de los seis mil o más muertos y por el desbordado cariño hacia los bomberos y otros rescatadores, vivos y muertos. El ánimo que prevalece es el de la apatía por la neurosis de guerra, ahora denominada desorden tensional postraumático, combinado con temor al futuro. Los encuentros fortuitos en la calle tienen el calor del contacto humano —“hemos podido sobrevivir esto juntos”— pero, por teléfono, la gente parece ensimismada y muy distante. 

El común elogio al alcalde Rudolf Giuliani durante los primeros días tras el atentado se ha erosionado con rapidez, y sus medidas de seguridad iniciales se han convertido en una especie de ley marcial. Giuliani debe retirarse el 1º de enero, por las leyes que limitan los períodos de gobierno aprobados, con su respaldo, en los años noventa. Pero, en la cresta de su popularidad y firme en su certeza de que es imprescindible, ha insistido en abolir esas leyes, de manera que pueda volver a gobernar o, al menos, que se le concedan tres meses más de alcalde —una violación al proceso electoral sin precedentes en la historia de los Estados Unidos. Mientras tanto, muchos días después de la amenaza inicial, los irracionales puestos de control se han diseminado por toda la ciudad: por ejemplo, un posible terrorista suicida no puede andar hasta Wall Street, pero puede llegar en metro con toda facilidad. Cada vez que camino por la calle donde vivo tengo que mostrar una identificación, sólo porque hay una estación de policía en la calle contigua. (Las barricadas están custodiadas por bronceados policías del estado de Florida, a los que se trajo como refuerzos, los cuales hacen gala de un celo inquisitorial al examinar los documentos de los paseantes del que carecieron ostensiblemente cuando los secuestradores vivían en su estado). Aún más extraño es el hecho de que, días antes, Giuliani anunciara que estaba prohibido a toda persona, excepto a los miembros acreditados de los medios informativos, hacer fotografías de las ruinas del World Trade Center o de las operaciones de rescate, casi tres semanas después de que decenas de miles habían acudido a atestiguar en persona la devastación y, sin saber qué hacer ante tal cuadro, habían hecho una instantánea.

Los Estados Unidos están en guerra. Hay un ambiente de temor, duelo, incertidumbre, unidad, patriotismo, suspicacias vecinales, odio al enemigo. La guerra parece haber trastocado cada ápice de la vida cotidiana. Y, sin embargo, falta algo: la guerra misma.

En los primeros días después del desastre, algunas facciones del gobierno de Bush lo instaron a que bombardeara de inmediato Afganistán, Irak, Siria y, acaso, Irán, como represalia por haber asilado o apoyado a terroristas. Un editorialista, popular entre la gente del entorno de Bush, escribió: “Sabemos quiénes fueron los maniáticos asesinos. Son los que celebran y bailan ahora mismo. Debemos invadir sus países, matar a sus dirigentes y convertirlos al cristianismo”. El propio Bush, que en los primeros días de la crisis había parecido extraviado y vacilante, apareció ante el Congreso convertido en un hombre sorprendentemente resuelto. Según el New York Times: “Una de las personas próximas al presidente, ajena a la Casa Blanca, dijo que el señor Bush sentía claramente que había encontrado su razón de ser, una convicción moldeada e inspirada por la propia ascendencia cristiana del presidente. ‘Creo que, dada su formación, es lo que Dios le ha pedido que haga’, dijo esa persona. ‘Ello le proporciona una enorme claridad’”.

Había el temor —y todavía persiste— de que Bush se hubiera convertido en el espejo de Osama Bin Laden, conducido por Dios a la matanza. No parece una coincidencia que Bush haya empleado la palabra “cruzada” para referirse a lo que los Estados Unidos estaba por hacer, y que la organización de Bin Laden que ampara a diversos grupos terroristas se llamara Frente Islámico Internacional Contra los Judíos y los Cruzados. Parecía que era inminente una guerra santa.

Y, sin embargo, tres semanas después, nada ha ocurrido. Nadie sabe por qué, aunque se conjetura que la notoria prudencia de Colin Powell —que hasta ahora había sido un personaje lateral en el gabinete de Bush— y acaso el consejo de George Bush padre hayan predominado milagrosamente sobre la miasma de inexperiencia e ignorancia de Bush hijo. El problema es, desde luego, que la Guerra contra el Terrorismo no es más que una metáfora de una guerra, como la Guerra contra las Drogas. Una lucha sin ejército enemigo y sin objetivos militares. La única acción militar posible sería en sí misma otra forma de terrorismo: bombardear a los habitantes con la esperanza de que el daño físico y psicológico lleve a un cambio político interno. Sería un extraño acto de terrorismo, más en la vena de los argelinos, los irlandeses o los israelíes en sus guerras de independencia, que en la de Bin Laden, cuyos actos teatrales y sanguinarios no pueden ejercer cambio alguno en las opiniones occidentales, y que sólo amplifican su reputación entre algunos sectores del mundo musulmán.
Bush tenía toda la razón, en el discurso ante el Congreso, cuando, de paso, comparó a los terroristas con la mafia. Los Estados Unidos pasaron la mayor parte del siglo xx combatiendo a la mafia sin bombardear Sicilia, felizmente, y sin mayor éxito. (La mafia decayó cuando empezó a enviar a sus hijos a la Harvard Business School para aprender a administrar el dinero.) La guerra contra las drogas, treinta años y billones de dólares después, no ha conducido sino a una mayor proliferación de las drogas. El terrorismo es una actividad criminal, no militar, y cuando el ejército sustituye a la policía, la trama se convierte siempre en un desastre.

Asimismo, es un error pensar en el terrorismo musulmán desde una perspectiva estrictamente política. Desde luego, Bin Laden ha declarado sus objetivos políticos —el retiro del ejército estadounidense de Arabia Saudita, el fin de los bombardeos contra Irak y del apoyo de los Estados Unidos a Israel—, pero éstos no son sino ornamentos de algo mucho mayor. Los terroristas son los antihéroes del Islam radical, y el extremismo islamista es la forma y expresión de la cultura juvenil en el mundo islámico.

La población ha crecido de manera explosiva en el mundo musulmán en los últimos cincuenta años; en algunos países incluso se ha septuplicado. En casi todos los países musulmanes, la edad promedio es de dieciocho años, y un tercio de la población tiene entre quince y treinta. Son cientos de millones de jóvenes con poca educación, sin trabajo y sin esperanza de conseguirlo, hacinados en ciudades que crecen a la vez que se desintegran, que viven en países gobernados por oligarquías, seculares o religiosas, de una élite ilustrada y acaudalada cuyo modo de vida es absolutamente inalcanzable para las masas. A causa de la televisión se hallan sitiados por imágenes de otro mundo: no sólo las hermosas estrellas de cine, sino los inimaginables lujos de las salas y las cocinas de las familias supuestamente comunes que aparecen en las series televisadas. A diferencia de Asia, donde existen modelos de países que han alcanzado algo parecido a esa sofisticación de la clase media, en el mundo musulmán sólo existe Israel, cuyo éxito económico ha coincidido con la represión de sus habitantes musulmanes.

El Islam radical es una típica rebelión juvenil: rechazo total de los valores de los padres; desprecio por la cultura dominante (que se recibe mediante estereotipos o abstracciones); la invención de un modo de vida alternativo totalmente autónomo con estrictos códigos de fe, de moral, de conocimientos e incluso de vestimenta. A los movimientos juveniles les fascina la violencia extrema y azarosa: la exigencia futurista de quemar los museos; la definición del surrealista por excelencia, según Breton, como el que dispara una pistola al azar contra la multitud; el llamado de los yippies a que los jóvenes fueran a sus casas y mataran a sus padres. Éstas son bromas y a la vez no lo son, y forman parte de la adulación iconoclasta hacia aquellos que en verdad cometen tales actos violentos: los protagonistas de asesinatos extraños, o grupos marginales de extremistas políticos, como los Weather Underground, la banda de BaaderMeinhof o las Brigadas Rojas. En este sentido, para los jóvenes del Islam radical el 2001 es su 1968, y el atentado contra el Trade Center, una escalofriante pieza del espectacular teatro político que supera la imaginación de los situacionistas. Vista así, la guerra contra el terrorismo sólo terminará cuando esta generación alcance la madurez.

Al igual que todos los movimientos juveniles, éste representa un cambio de conciencia cuyas manifestaciones concretas son sociales más que políticas. Por ejemplo, los talibán, de manera muy semejante a la de los jóvenes de la Revolución cultural china, con sus castigos y sus ejecuciones públicas, han sido de una eficacia aterradora para hacer cumplir los usos y costumbres —la subyugación de las mujeres, la prohibición de todo lo occidental, e incluso la obligación de dejarse crecer la barba—, pero no tienen ni idea de cómo alimentar a su pueblo o de cómo reconstruir el país luego de decenios de guerra.

La respuesta a los movimientos juveniles propende a lo político o a lo militar, y casi siempre es equívoca, excepto cuando existe una absoluta represión interna (como en la Plaza de Tiananmen). En este caso, el gobierno de los Estados Unidos, luego de crear al monstruo del talibán en sus laboratorios durante la Guerra Fría, está a punto de crear otro monstruo, la Alianza del Norte —una suerte de talibán con otro nombre—, que serán los nuevos “combatientes por la libertad” que liberarán esas tierras. Los Estados Unidos parecen no aprender la lección de lo que la cia denominaba “contragolpe”: las infortunadas consecuencias de sus intenciones liberadoras. Es un error cometido muchas veces, como también lo es creer que el derrocamiento de los talibán debilitará, en vez de fortalecer, el extremismo islamista como movimiento internacional.

Mientras tanto, tres semanas después, todavía estamos desamparados, en el limbo entre el impacto de la impresión y la incertidumbre de la reacción. Es el espejo opuesto de nuestros continuos bombardeos en Irak y nuestros intentos de que se rinda por inanición. En ese caso nada se ha dicho, aunque se han cometido crímenes. Ahora todo se dice —las amenazas y los discursos ampulosos son interminables— pero nada ocurre. Cientos de personas han sido arrestadas, pero no se ha encontrado a nadie que haya tenido un nexo consciente con la conspiración para realizar los secuestros. El clamor por la cabeza de Bin Laden es universal, pero no se ha presentado indicio alguno de que haya estado involucrado, salvo desde el punto de vista ideológico. Hay un pánico generalizado en cuanto a las armas químicas y biológicas, pero ninguna prueba de que otros grupos terroristas tengan ese tipo de armas o sean capaces de usarlas. Se han enviado barcos y aviones de guerra al Medio Oriente y el Asia Central pero, hasta hoy, permanecen compasivamente ociosos.

Tres semanas después, la consecuencia más conmovedora de la crisis ha sido el sentimiento de comunidad, de una humanidad común, unida no sólo por el duelo y la rabia y el amor sino por los relatos. Nueva York es la Ciudad Mundial. La mitad de sus habitantes nació en otra parte, y los demás son sus hijos. (Un hecho que sin duda no fue tenido en cuenta por los secuestradores o los intelectuales extranjeros que de manera grotesca han celebrado a los secuestradores: este golpe contra el imperio norteamericano mató a cientos de personas que no eran norteamericanas, y los millares que les sobreviven y se encuentran ahora sin empleo ni beneficios sociales pertenecen sobre todo a países del Tercer Mundo). Todo lo que ocurra en cualquier parte del mundo, desde un desastre natural hasta una campaña política, tiene repercusiones aquí. Así que, de modo natural, un acontecimiento de la magnitud de lo acontecido aquí se ha sentido en todas partes.

Una conmoción nacional, como el asesinato de John F. Kennedy, condujo en esencia a las variaciones individuales de una sola historia: dónde estaba cuando me enteré de la noticia. Pero el ataque contra el World Trade Center ha tenido ramificaciones que se extienden y se complican en todo el mundo. Durante las tres últimas semanas he estado escuchando relatos a diario, no todos trágicos, y bien distintos de los recuentos de extraordinaria abnegación y heroísmo que colman los periódicos:

El belga que festejó su cumpleaños el 11 de septiembre yéndose de paseo a la playa con su novia. Mientras cruzaban la ciudad, pasaron ante una tienda de artículos electrónicos con un muro de televisores en el escaparate. Todos mostraban las imágenes de los aviones que se estrellaban contra las Torres Gemelas. Suponiendo que se trataba de una película de desastres, siguieron su camino.

La mujer cuyo marido trabajaba en el octogésimo piso de una de las torres y cuyo hijo iba en un vuelo de Newark a San Francisco. Durante horas no supo si su hijo había sido el causante inadvertido de la muerte de su esposo, y lo que se antoja peor aún: su última conversación con el marido había sido una amarga disputa. Sin embargo, su hijo abordó el vuelo que había partido una hora antes, y la disputa había provocado que el marido llegara tarde al trabajo.

El hindú que escribía un reportaje sobre la ira de la gente en el aeropuerto de Bombay, donde las fuerzas de seguridad confiscaban las latas y frascos de pepinos en conserva hechos en casa —lo bastante grandes como para ocultar una bomba—, y motivo de orgullo familiar con los que los hindúes siempre viajan al volver a sus hogares en el extranjero o cuando van a visitar a sus familiares. Los pilas de envases de pepinos habían convertido el aeropuerto en una almacén inusualmente acre.

La mujer de un grupo de tejedoras que se comunicaban por internet, quien contaba de una australiana, miembro del grupo, que quería colaborar de alguna manera y concluyó que tejer era lo que hacía mejor, y decidió tejer una manta para enviarla a Nueva York. Cuando iba en un autobús en Adelaide, la señora que viajaba en el asiento contiguo le preguntó qué hacía, y cuando le explicó, la señora preguntó si le permitiría tejer también unas cuantas vueltas. Después otras pasajeras pidieron participar, y la madeja circuló por el autobús. Finalmente el conductor detuvo el vehículo para poder tejer también parte de la manta.

La mujer que iba en avión de Chicago a Denver cuando el World Trade Center fue atacado. Vio que las aeromozas de pronto se reunían en la cabina para hablar con los pilotos. Luego salieron llorando, murmurando entre ellas; luego recobraron la compostura y, sonriendo, empujaron los carritos de servicio por el pasillo, sirviendo bebidas, sin decir palabra.

El norteamericano que se había mudado recientemente a una pequeña villa francesa, en la que se había topado con la silenciosa indiferencia de todos los pobladores. Pero al día siguiente del ataque, la mayoría de ellos pasó a visitarlo, le llevaron flores y alimentos.

Y aunque los correos electrónicos están repletos de versiones falsificadas del insoslayable Nostradamus, un amigo, que estaba leyendo a Herman Melville para fugarse un rato, encontró estas pavorosas palabras en el primer capítulo de Moby Dick:

Y sin duda que esta decisión mía de lanzarme a la pesca de la ballena formaba parte del programa de la Providencia, que está trazado desde hace mucho tiempo. Llegó como una suerte de breve interludio, un solo, entre ejecuciones más extensas. Tengo para mí que esta parte del programa debe estar reseñada más o menos así:

Grande y disputada elección para la presidencia de los Estados Unidos.

Viaje ballenero, por un tal Ismael.

Sangrienta batalla en Afganistán.

9 de octubre del 2001: Después de ordenar el bombardeo de Afganistán el 7 de octubre, George W. Bush salió al jardín a jugar con su perro y a practicar sus swings de golf. Desde el 11 de septiembre, ha mantenido su jornada regular de trabajo, hasta las seis de la tarde, cuatro días a la semana, y hasta las doce los viernes, cuando se va de fin de semana a su rancho o a su retiro en Camp David. Nunca un presidente estadounidense enfrentado a una crisis se había visto tan tranquilo.

Junto con los misiles teledirigidos Tomahawk y las bombas que dejaban caer los F14, los F16, los B52 y los B2, los Estados Unidos también arrojaron 37,500 paquetes de “raciones humanitarias” (las cuales incluyen pequeñas “toallas húmedas” para las manos), en un país donde cuatro millones de personas padecen hambre. Los paquetes contenían sándwiches de mantequilla de maní y mermelada. Los sándwiches de mantequilla de maní son icónicos para la familia Bush. Bush hijo ha declarado que son su comida favorita. Bush padre, poco después de haber sido elegido presidente, esbozó su visión del futuro de este modo: “Necesitamos preservar a los Estados Unidos como los definió una vez un niño: ‘el lugar más parecido al paraíso’. Con mucho sol, lugares para nadar y sándwiches de mantequilla de maní”.

El nombre original de la misión, “Justicia infinita”, fue descartado cuando los clérigos musulmanes se quejaron porque sólo Alá puede dispensar justicia infinita. El nuevo nombre, “Libertad duradera”, tenía como intención proclamar que la libertad estadounidense dura, pero ahora significa que los afganos deben soportar la dureza de la libertad estadounidense.

Estamos bombardeando Afganistán en represalia porque se cree que los terroristas que atacaron el World Trade Center y el Pentágono se ampararon y entrenaron para su misión en ese país. Pero todavía no hay indicios que así lo demuestren. No obstante, lo que se ha probado es que los terroristas se ampararon y entrenaron en Florida.

Estamos bombardeando Afganistán para derrocar al represivo régimen talibán, que hasta el 10 de septiembre no le interesaba gran cosa al gobierno de los Estados Unidos. Con tal propósito, estamos apoyando a los “combatientes por la libertad” de la Alianza del Norte, cuyo gobierno, de 1992 a 1996, estuvo caracterizado por conflictos mortíferos, alianzas veleidosas, traiciones, y la muerte de decenas de miles de habitantes. O estamos respaldando —y ello sería risible si no fuese tan triste— la restauración del rey de Afganistán, que hoy tiene ochenta y seis años de edad y nunca se ha distinguido por sus capacidades de liderazgo. Los talibanes trajeron consigo un orden inmediato al país, aunque haya sido monstruoso: propiciaron las ejecuciones públicas por crímenes sociales, pero no perpetraron matanzas. En síntesis: los talibanes son malos, pero las opciones son peores.

Para poder justificar una escalada y una intervención militares, hemos tenido que convertir a un grupo de criminales en un enemigo de gran envergadura. Las verdaderas afinidades ideológicas de los secuestradores son desconocidas, pero cabe suponer que por lo menos simpatizaban con Osama Bin Laden, el dirigente de uno entre muchos grupos terroristas. Bin Laden se ha convertido ahora (sin duda con gran regocijo por su parte) en el genio manipulador de todos los grupos terroristas, estrechamente vinculados y organizados como la red Al Qaeda, que a su vez ha sido descrita como parte esencial del gobierno nacional, el talibán, que tiene, aunque pocos, blancos militares tradicionales. Con la invención de un enemigo, los militares naturalmente tienen que exagerar las capacidades de ese enemigo, un argumento que conocemos desde la Guerra Fría. Los militares no pueden comprender que, con nuestros billones de dólares de armamento de alta tecnología, el “enemigo” atacara y ganara la batalla con un puñado de navajas para cortar cartón. De ahí las continuas historias atemorizantes sobre armas químicas y biológicas, aunque nada indica que se hallen en poder de los terroristas o que sepan cómo fabricarlas.

Las represalias militares por los ataques terroristas (en Libia, 1986; en Sudán y Afganistán, 1998) mataron a los habitantes, fortalecieron los sentimientos contrarios a los Estados Unidos, no consiguieron detener el terrorismo y probablemente añadieron nuevos simpatizantes a sus filas. El terrorismo es una actividad criminal y no militar; no puede eliminarse, pero puede disminuir con medidas de seguridad preventivas y con investigaciones más escrupulosas, y compartiendo información con otros países. Por ejemplo, la explosión de 1993 en el World Trade Center pudo haberse evitado si el fbi hubiese traducido las cajas de cartas, documentos y conversaciones grabadas que ya tenía en su poder. Pero estaban en un idioma extranjero, y no se podía molestar a los hombres del gobierno.

El fin del terrorismo también depende de una imposibilidad, mejor expresada en un mensaje utópico escrito en una pancarta que llevaban los manifestantes paquistaníes hace unas cuantas semanas: “Estados Unidos: piensa por qué te odia el mundo”.

Ahora nos enfrentamos, más que a la posibilidad de capturar a los criminales responsables para llevarlos a juicio en una corte mundial, al efecto dominó:

En Paquistán, el general Musharraf ha cedido su apoyo a la intervención militar estadounidense a cambio de la suspensión de las sanciones y la posibilidad de millones de dólares en asistencia militar y extranjera. Sin embargo, muchos miembros del ejército paquistaní son veteranos de la guerra rusoafgana, o sus discípulos, y simpatizan con Bin Laden. Para evitar un golpe de Estado, o incluso una guerra civil, Musharraf tendrá que unir al país en contra de un enemigo común, que solamente podría ser la India, con Cachemira de campo de batalla, como ha ocurrido durante años. Por su parte, la India, gobernada por fundamentalistas hindúes, ha expresado con claridad su deseo de seguir el ejemplo estadounidense y atacar a los grupos terroristas de Cachemira que se albergan y se entrenan en Paquistán. Por supuesto, ambos países tienen bombas atómicas. (El año pasado, durante la campaña presidencial, Bush no supo responder cuáles eran los nombres de los dirigentes de Paquistán y de la India. Probablemente ahora los sepa).

En Uzbekistán, que está permitiendo la entrada de tropas estadounidenses, las guerrillas del Movimiento Islámico que tratan de derrocar al dictatorial Karimov seguramente conseguirán adeptos, lo que podría provocar la intervención rusa, dando lugar a otra Chechenia. Los ataques estadounidenses también harán que se aviven las fuerzas en la continua guerra de Chechenia, así como entre los musulmanes que encabezan un movimiento separatista en la provincia china de Xinjiang.

Ayer la policía palestina mató a jóvenes palestinos que se manifestaban a favor de Bin Laden. El desplome de la autoridad de Arafat, que ya ha empezado, conducirá al fortalecimiento de los grupos militaristas, que a su vez provocará nuevas intervenciones del pavoroso Ariel Sharon, quien ya le ha cargado a los Estados Unidos el “apaciguamiento” de los árabes.

En el mundo musulmán, el espectro del poderío militar estadounidense asesinando indefensos campesinos afganos sólo dará pábulo a la ira de los jóvenes del islamismo radical, y amenazará a los gobiernos de la región, desde el de la autocrática Arabia Saudita, al que Bin Laden quiere derrocar por permitir que el ejército estadounidense entre en tierra sagrada, hasta Egipto y Turquía, que ya se hallan amenazados por movimientos fundamentalistas.

Mientras tanto, el fbi, con su característica sensibilidad hacia el público, ha declarado que ahora existe una “certidumbre del ciento por ciento” de que habrá represalias terroristas en los Estados Unidos.

La guerra contra el terrorismo será orquestada por el vicepresidente Cheney de la misma manera en que dirigió la guerra del Golfo: en secreto y con la supervisión absoluta de los medios informativos. (Ayer, en su conferencia de prensa, Rumsfeld, el secretario de Defensa, pidió tres veces a los reporteros que no lo citaran, a pesar de que la conferencia estaba siendo transmitida en vivo por cnn). Se exagerarán los éxitos de los Estados Unidos —la Guerra del Golfo hacía recordar la de 1984, de Orwell, con sus cotidianos pronunciamientos de triunfo—, aunque cabe la esperanza de que los medios informativos de Occidente, por lo menos fuera de los Estados Unidos, no permitirán que se les engañe otra vez. Está por verse si los talibán tienen la astucia mediática para allegarse la compasión del mundo exagerando sus bajas, o se obstinarán en mantener la actitud machista de fingir que no han sido dañados en absoluto.

En cambio, inesperadamente, Bin Laden ha resultado ser un genio para manipular los medios de información. De hecho, ha conseguido “aterrorizar” a Occidente y magnificar enormemente la percepción de su poder real —que antes de hoy era mínimo— mediante el ardid (o aprovechándolo) de transformar una imagen de película hollywoodense de desastres en una realidad insoportable. Por otra parte, difundir una grabación en la que aparece hace dos días, inmediatamente después del comienzo del bombardeo, fue una evocación brillante de una figura reverenciada en la tradición musulmana: la del santo, asceta y sabio en su cueva. Su mensaje, de imagen y de palabra, tenía la claridad de un anuncio televisado, y sería imposible refutarlo en los mismos terrenos: somos simples devotos de la fe y ellos son los monstruos que bombardearon Hiroshima, han asesinado a un millón de niños en Irak, y ahora van a matarnos en Afganistán.

En la grabación, Bin Laden recuerda la derrota del imperio otomano. Se hallaba escoltado por su principal estratega, Ayman alZawahiri, de la Jihad Islámica egipcia, el cual invocó la “tragedia de alAndalus”, la expulsión de los moros de España. Uno de los contendientes cree que esta guerra comenzó hace cuatro semanas; el otro, hace quinientos años.

Hay algo más: conocí a dos personas que murieron el 11 de septiembre; muchas otras eran amigas de amigos. Hasta ahora, ellas y otros seis mil han sido las víctimas inocentes de un crimen de proporciones inconcebibles. Pero, mientras miraba las imágenes de las manifestaciones alrededor del mundo, me di cuenta de que, en la muerte, esas personas se han transformado en algo más. Ahora son bajas de guerra, números en un creciente recuento de cadáveres, tan anónimos como los afganos que morirán a causa de los bombardeos estadounidenses. No son ya víctimas de un asesinato; a partir de hoy serán tenidas, para ambos bandos, por gente sacrificada en favor de una causa. Al vengar sus muertes con más muertes, Bush y Cheney y Rumsfeld y Rice y Powell están acabando con la identidad y, sobre todo, con la inocencia de nuestros muertos. 

Traducción de Rafael Vargas

Artículo: http://www.elmalpensante.com 11/09/2013