dimanche 8 septembre 2013

ESPECIAL Seamus HEANEY/Nobel de Literatura en 1995

Fallece Seamus Heaney, Nobel de Literatura en 1995

El poeta y dramaturgo irlandés tenía un 74 años y deja un legado literario en el que se entremezcla el compromiso con los conflictos de Irlanda y un lirismo telúrico.

Seamus Heaney ya no volverá a desplegar sus versos sobre una página en blanco. El poeta y dramaturgo irlandés, ganador del premio Nobel de Literatura en 1995, murió hoy a los 74 años en un hospital de Dublín tras una corta enfermedad. En un comunicado, la familia pidió "privacidad" y no concretó el carácter de la enfermedad que costó la vida al poeta.

Heaney, nacido el 3 de abril de 1939 en el seno de una familia católica de Irlanda del Norte, había sido diagnosticado recientemente de una enfermedad grave, según la cadena británica BBC. Aclamado como el poeta irlandés más destacado desde William Butler Yeats (1865-1939), Heaney publicó su primer poemario en 1966 (Death of a Naturalist) y firmó diversas obras teatrales, como The Cure at Troy (1990) y The Burial at Thebes (2004).

Tras estudiar literatura inglesa en la Queen's University de Belfast -donde ejercería también como profesor-, publicó sus primeros poemas bajo el seudónimo de Incertus al tiempo que frecuentaba los círculos literarios de Belfast, donde fundó una sociedad de jóvenes poetas locales.

Allí conoció un ambiente envenenado por la ira, la que se profesaban recíprocamente católicos y protestantes. Sus primeros trabajos lo encasillaron como nacionalista irlandés frente al dominio británico en Irlanda del Norte. Heaney manifestaba en 2009 a El Cultural que, ante el conflicto, no pudo permanecer callado: "No era mi deber pero era mi problema". Su voz tomó el cauce de la poesía, aun a sabiendas de que su empeño seguramente fuera estéril. “Escribir sirve para darle sentido a lo que estás viviendo y, aunque no solucione nada, al menos lo clarifica”, comentaba el poeta.

Pese a su posicionamiento en el conflicto, Heaney consiguió practicar un impecable funambulismo entre la estética y la política, entre el lirismo lúdico y el mensaje reivindicativo. En 1972 se trasladó a la República de Irlanda y abrió su poesía, centrada al principio en el ambiente rural, a temas más universales. Sumergido en el simbolismo, lo misterioso y lo ambiguo, en 1975 Seamus Heaney volvió a la enseñanza, dando conferencias por todo el mundo, llegando a dar clases en las universidades norteamericanas de Berkeley (San Francisco) y de Harvard (Nueva York).

El irlandés mostraba una extensa formación clásica y era uno de los poetas más reconocidos internacionalmente. En 2003, el autor manifestaba a El Cultural su admiración por Federico García Lorca. "Cuando tenía dieciocho años la poesía española del siglo XX estaba de moda en el mundo anglosajón. Lorca era seguramente un nombre muy importante para mí. Creo que los poetas españoles del siglo pasado son ejemplares por la forma en que saltan la barra que siempre ha habido entre la gente del pueblo y la llamada cultura".

En la década de los ochenta, continuó su labor docente con la cátedra de Poesía de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Su obra Norte (1975), de gran peso en la poesía universal, está considerada su obra maestra, donde critica el derrotismo de los católicos irlandeses en Irlanda del Norte. 

El 5 de octubre de 1995 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura que reconocía "una obra literaria de belleza lírica y profundidad ética, que exalta los milagros de cada día y el pasado vivido". El poeta manifestaba a El Cultural que el galardon le dio "una capacidad de ser imprudente que llevaba tiempo deseando”. En 2011, Heaney donó sus documentos literarios a la Biblioteca Nacional de Irlanda, una colección que incluía manuscritos, una gran cantidad de hojas sueltas, textos mecanografiados, borradores o notas a mano, entre otros. 

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Cadena humana
Seamus Heaney
Traducción de Pura López. Visor. Madrid, 2012. 159 páginas, 15 euros
Por A. SÁENZ DE ZAITEGUI
Publicado el 17/02/2012 

Para Virgilio, el cielo y el mar eran altos. Que uno lo fuera hacia arriba y el otro hacia abajo era irrelevante: no importa la dirección, sino la distancia, los espacios intermedios. Y porque la naturaleza no es sino imitación del arte, la misma ley gobierna el orden poético: el verso es, más que verbo, posición. De entre sus ingenieros, el más ecuánime: Seamus Heaney. 

Heaney nació en 1939, ha escrito buena parte de la poesía anglo-irlandesa contemporánea y le gusta Eminem. En literatura, ser irlandés es un grado: naces en Irlanda, vas a pubs, escribes la novela más grande de todos los tiempos, en fin, lo habitual. Como Joyce, Seamus Heaney también es un genio, vivo. Y como todos los genios, es modesto, asume cosas, aprende más que enseña. Cadena humana es una breve historia de la humanidad en la que no falta de nada: las dudas, los símbolos, las derrotas. No tiene un tema, pero los contiene todos. Aparentemente, escribe en inglés: aparentemente. La lengua genuina del poeta es la mítica: “gris como tórtolas de Venus” no es una secuencia de palabras que la realidad contemple, menos aún que admita. Procede de un mundo de la imaginación anterior a la lógica. Más que con metáforas, Seamus Heaney opera con parábolas: “Fue lo que dijo Derek Hill/ La última vez que se sentó a nuestra mesa:/ Que no podía más contemplar la puesta,/ Aquel declinar del sol,/ Y cómo nos rogó por lo que más quisiéramos/ Que de espaldas a la ventana lo pusiéramos”. 

Como toda arma inteligente, son versos de aspecto inocente a los que les abrimos las puertas de Troya para que nos hieran desde dentro. Su acción es casi siempre retardada, se produce en la memoria y no en la razón, a veces tarda días, pero llega: “Teníamos enemigos,/ Aunque nunca supimos por qué" explica el fenómeno del odio con precisión quirúrgica. Preguntas tontas como ¿dónde se sitúa el poeta? o ¿cuándo se sitúa el poeta? no encuentran respuesta en el universo de Heaney. Tenemos una brújula para este tiempo y este espacio, pero no un norte. Todo Heaney es Norte. 

Como ésta es su casa, el anfitrión invita a quien quiere. Donne, Walter de la Mare, Bill Pickering, Dante, David Ward, Thomas Hardy, Odiseo. Viejos amigos y absolutos desconocidos. Dioses también hay muchos, y lugares que suenan a divino. El poema al que volverás una y otra vez es una reescritura de la Eneida que más que traducción parece una colaboración de Heaney con Virgilio. 

Existe un entendimiento mutuo entre el canon que manipula al poeta y el poeta que transforma el canon. Somos conscientes de la violencia del proceso, pero no percibimos más que armonía: "Vio a Orfeo/ Escoger como un cisne renacer, por haber/ Perecido a manos de alguna mujer". Con la valentía de quien tiene la verdad de su parte, Heaney acepta su condición de Intocable, así como las responsabilidades que el cargo comporta. Le divierten muchísimo las palabras muy antiguas o muy nuevas, no cree en los idolillos de la gramática. Sabe de la importancia de la libertad a la hora de pensar, de recordar: “Aires de otra vida y tiempo y lugar y estado,/ Aires azul pálido celeste sostienen una lisa/ Ala blanca agitada en alto contra la brisa”. De lo que tiene, es dueño. 

Poemas para entender, para no entender, para acoger el misterio: leer Cadena humana es una experiencia fascinante, equiparable a leer sonetos de Shakespeare escritos en 2012 por Shakespeare. Hay libros demasiado extraordinarios para la vida ordinaria, y éste es uno de ellos. Un clásico desde el momento mismo de su publicación, a él no lo juzga nadie por debajo de Virgilio. Alto como su mar, alto como su cielo. 

IS SCÍTH MO CHROB ÓN SCRÍBAINN 

Siento calambres por escribir con pluma.
Mi cálamo tiene gastada la punta.
De su boca de ave una burbuja sale
De tinta azul marino, brillante.

La sabiduría a borbotones surgiendo
De mi cetrina mano, su delineado fino:
Cauce del río sobre el pergamino
De tinta de acebo, su piel reverdeciendo.

Mi pequeña pluma chorreante sigue viajando
A través de los libros, contra marea y viento,
Para enriquecer a los estudiosos su acervo:
Trabajo de pluma que acalambra la mano.

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Seamus Heaney:
"El poeta debe dar respuesta a la crisis pero sin traicionar la integridad artística"
Por Alberto Ojeda
Publicado el 05/02/2009

El Nobel norirlandés abre el ciclo Voces Europeas en el Círculo de Bellas Artes

Seamus Heaney se asomaba esta mañana a través de los ventanales de una de las salas más altas del Círculo de Bellas Artes. La lluvia moteaba los cristales y nubes de amenazante grisura lamían los tejados de la ciudad. Un tiempo muy irlandés, debió pensar el poeta, ganador del Nobel en 1995. Y así, sintiéndose como en casa, empezó a hablar de poemas. “No de Poesía”, matizó, dando entender su aversión por las grandilocuencias literarias. 

Para empezar, explicó que en toda su obra late una tensión de fondo entre dos fuerzas: “el impulso lírico” y “la responsabilidad cívica”. Heaney lleva toda la vida intentando que sus versos se mantengan en la frontera, sin caer a uno u otro lado. Cree, sí, que todo artista ha de "dar una respuesta a los desastres de su entorno". Pero para conseguirlo, afirma, “nunca debe traicionar su integridad artística”. El autor de poemarios como Norte y El nivel espiritual citó como ejemplo de este equilibrismo indispensable a los poetas de la generación del 27, que con su talento creativo entregaron a la historia de la literatura una valiosa aportación, pero además levantaron acta de una época convulsa. Su obra, concluye el Nobel Irlandés, “un documento acreditativo de lo ocurrido en la Guerra Civil”. 

A él también le tocó vivir en mitad de un enconado enfrentamiento. Nació en Derry, condado perteneciente a Irlanda del Norte, la porción de la isla esmeralda bajo dominio de la corona británica. Aunque luego se trasladó a Belfast, la capital, para estudiar literatura en la Queen´s University. Allí conoció un ambiente envenado por la ira, la que se profesaban recíprocamente católicos y protestantes. Heaney no podía permanecer callado: “No era mi deber, pero era mi problema”. Y no calló. Su voz tomó el cauce de la poesía, aún a sabiendas de que su empeño seguramente fuera esteril. “Escribir sirve para darle sentido a lo que estás viviendo y, aunque no solucione nada, al menos lo clarifica”. 

Cuestión de perspectiva 

La rabia estuvo a punto de hacerle saltarse el pacto que había contraído consigo mismo, el de practicar un impecable funambulismo entre la estética y la política, entre el lirismo lúdico y el mensaje reivindicativo. “Era muy fácil entonces aliar mi poesía con el nacionalismo y escribir contra los ingleses”, advierte Heaney. Pero él tenía un antídoto contra el maniqueísmo. Lo encontró, precisamente, en España, la primera vez que estuvo en nuestro país, allá por el año 1969. 

En aquella visita a tierras hispánicas, Heaney se internó en el Museo del Prado. Era una visita obligatoria para todo hombre culto que se dejara caer por aquí. Aunque al poeta también le movieron motivos más perentorios para adentrarse en la pinacoteca: “Hacía calor y en Prado había una calma y un frescor muy agradable”. Superado el sofoco, el poeta norirlandés llegó a las salas donde se agrupaba la pintura de Goya. Entonces, al encararse con Los fusilamientos del 3 mayo, quedó “fascinado”. Cuando en 1972, en su condado natal, se produjo el Bloody Sunday, en el que las tropas británicas mataron 13 manifestantes católicos, Heaney se acordó del cuadro del pintor aragonés. “Aquella pintura me dio algo muy importante: perspectiva”. 

Ahora la perspectiva se la da el infarto sufrido hace tres años. “De hecho, no fue demasiado grave; a las cinco semanas ya estaba andando. Pero fue como un toque de advertencia”, comenta. Aquella experiencia tuvo su reflejo en su labor literaria. La sangrienta disputa entre católicos y protestantes ya no se encuentra entre sus preocupaciones más urgentes. El poeta se ha replegado sobre sí mismo. En su último poemario, que está a punto de completar y que ha titulado Cadena humana, sus preocupaciones están centradas en el “amor, en el deseo de sobrevivir, en la amistad, en los viajes y en sus nietos”. Heaney, al fin, ha vuelto a la intimidad. 

Posdata

Y tómate tu tiempo alguna vez para ir al oeste,
al condado de Clare, a lo largo de Flaggy Shore,
en septiembre u octubre, cuando el viento
y la luz se trabajan mutuamente
de manera que, a un lado, el mar está revuelto
con espumas y brillos, y tierra adentro, entre las piedras,
los anclados relámpagos de una banda de cisnes
alumbran la extensión pizarrosa de un lago,
su plumaje curtido y encrespado, blanco en lo blanco,
sus cabezas adultas, de apariencia tenaz, 
arrebujadas o enhiestas o atareadas bajo el agua.
Es inútil pensar que puedes aparcar y capturarlo
todo con más detalle. No estás ni aquí ni allá,
una urgencia por la que fluyen cosas extrañas y sabidas
mientras grandes y suaves zarandeos alcanzan el lateral del coche
y toman por sorpresa el corazón y lo abren de un soplo. 

[Poema perteneciente a su último libro, Cadena humana]

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Distrito y circular
Seamus Heaney
Ed. de Dámaso López García. Visor. Madrid, 2007. 192 páginas, 12 euros
Por Antonio COLINAS 
Publicado el 03/01/2008 

De los poetas en lengua inglesa nacidos en los años 30 es seguramente el irlandés Seamus Heaney (Castledawson, 1939) uno de los más equilibrados, coherentes y rigurosos en el desarrollo de su poética, equidistante siempre entre el tormentoso simbolismo de un Ted Hughes y la frialdad de otros nacidos en la década anterior, como Middleton y, sobre todo, Charles Tomlinson, de los cuales, en su mayor parte, Visor nos ha venido ofreciendo muestras.

También de Heaney, del que esta editorial ya nos entregó en 2003 Luz eléctrica, que nos sirve muy bien para contrastar los valores del que hoy comentamos. Hay en la poesía de Heaney un afán nada burdo o tópico de testimoniar sobre el presente, sobre la realidad aristada de esa década en la que nace y de la siguiente, traspasada por la guerra. También sobre la realidad de su país, Irlanda (Heaney es de origen católico y nació en Irlanda del Norte, con las consecuentes vivencias que han implicado esa zona), pero sin caer en los apasionamientos tradicionales, o como él ha preferido decir “en hacer un despliegue sentimental o simplemente fetichista de lo local”, de sus raíces.

Y sin embargo éstas pesan mucho en sus poemas, hasta el extremo de que, de manera sutil y particular en este libro, están siempre presentes a modo de contrapeso, para equilibrar esa otra presencia obsesiva que es la violencia (“el desolladero”) de nuestro tiempo y de todos los tiempos, y en cuyo análisis se detiene Dámaso López García, prologuista y fiel traductor de esta versión que suponemos compleja y llena de pruebas. Seamus Heaney recibió en 1995 el premio Nobel y ya entonces la realidad de su tiempo y las raíces de que venimos hablando se volvieron a cruzar en el discurso que leyó en Estocolmo, bien al ser consciente de esa violencia latente en el ser humano que él entonces reconoció como “salvajismo” (“tres mil años después nos deslizamos entre las olas de tantas tomas en vivo de salvajismo contemporáneo, altamente informados y no obstante en peligro de volvernos inmunes”), bien por medio de esas raíces que él revela con viveza al recordar la poesía de su paisano Yeats y, en particular, uno de los más bellos poemas de éste, en que contrapone la sangre derramada por los jóvenes soldados en las guerras a esas abejas y a ese estornino que representan el mensaje mejor de la intemporalidad.

Con el título cargado de simbolismo de este nuevo libro, alusivo a dos líneas del metro londinense -junto a la brutalidad invasora de la realidad que estalla en los campos de concentración y en los gulags, en Iraq y en sus bombardeos, en atentados terroristas de última hora, como el de las torres de Manhattan-, Heaney va desplegando al mismo tiempo un realismo de otro tipo -¿de la cotidianidad?- en el que picadoras de carne, matanzas de cerdos, mazas, empalizadas o cajas de herramientas, parecen querer representar las lacras de una realidad ácida e inevitable. Sin embargo, a veces con brusquedad, el poeta da un salto en el tiempo y vuelve a recordarnos un tema ya tratado por él que atañe al abismarse en los más intemporal: el cadáver de un hombre ahorcado del siglo IV, aparecido en Dinamarca en 1950 (“El hombre de Tollund en primavera”).

Pero ese contrapeso en la poesía de Heaney que venimos señalando, es el que aporta sobre todo la memoria del poeta, la que él llamó en el mentado discurso de Estocolmo “el niño en su recámara”, las calles y paisajes de su país (recordemos su hermosa prosa “Escrito para los míos”), los chispazos de ruralismo o esos lugares concretos y bellos, ricos en aguas, que son los monasterios medievales de su país, en los que, como afirma Dámaso López, el poeta puede hallar otro tipo de “orden” con el que poder neutralizar el vacío existencial e ir resistiendo los asaltos “de la confusión y el desorden”.

Poetas ejemplares de ayer y de hoy (Wordsworth, Rilke, Kavafis, Seferis, Auden, Neruda), le sirven de medio o excusa a Heaney para ahondar en sus divagaciones sobre el centro de la memoria y los desastres de su siglo. De vez en cuando, hallamos en sus poemas símbolos de una gran simplicidad (unos helechos, el fuego del hogar, un aliso, un sendero), que son los que, en definitiva, salvan de las sacudidas de crueldad de nuestro tiempo, de la secular violencia de los humanos. Se está refiriendo ahora el poeta a una “condición humana privada”. Y hasta una estela de avión en el cielo (el fugaz rastro del presente) le acaba remitiendo al “aire común”, al “aire del jardín”, que es el que permite “respirar”, el que, una vez más, sana y salva. 

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Seamus Heaney inédito
Faber & Faber publica "District and Circle"
Publicado el 16/11/2006 

Tras cinco años de silencio, el Nobel irlandés Seamus Heaney acaba de publicar District and Circle (Faber & Faber, 2006). El Cultural anticipa dos poemas en versión de Jordi Doce, evocación del mundo rural de su infancia el primero y muestra el segundo de su talento para la observación y la metáfora memorable.

Allí mismo

Una nidada fría, una puesta completa aunque escondida 
bajo el mantillo del pasado otoño, y entonces supe,
por su lisa quietud, que se había arruinado sin remedio,
convirtiendo en mortal sudor un rocío
que empapaba las cáscaras sin hacerlas brillar.
Yo estaba de rodillas junto al seto, las manos apoyadas
sobre la hierba húmeda, adorador de aquello,
madrugador que indaga con las manos
y acostumbra encontrar huevos calientes. Pero no
este súbito tacto polar como un estigma,
este frío de círculo de piedra amaneciendo
en mi mortificada diestra, prueba innegable
de lo que allí pactó con la materia
hueca en su retraimiento planetario.

Hüfn

El glaciar de tres lenguas ha empezado a fundirse.
¿Qué haremos, preguntan, cuando la leche pétrea
descienda revolcándose sobre el llano del delta

y la gruesa pelliza de nieve se descuelgue?
Lo vi desde el avión, curvo y dispuesto en piedra,
piel de tierra viviente y disgregada, cerviz de los eones,

y me dio miedo su frialdad, que aún parecía suficiente
para helar las ventanillas empañadas de aliento,
congelar sedimentos de una labranza inquebrantable
y todas las palabras cálidas y gustosas que van de boca en boca. 

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Seamus Heaney
“En poesía, la mezcla ideal es cosmos y cocina”
Por Martín LÓPEZ-VEGA
Publicado el 30/06/2005

Seamus Heaney (County Derry, Irlanda del Norte, 1939), premio Nobel de Literatura en 1995, representa lo mejor de la poesía contemporánea: una poesía ética que ha sabido encontrar el punto justo entre tradición y modernidad. Estos días aparece en español Campo abierto (Visor) en traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, la más amplia selección aparecida hasta ahora en nuestra lengua. De sus casi cuarenta años de poesía, del nuevo libro que aparecerá el año que viene y de otras cuestiones habló con El Cultural, que anticipa dos poemas del que será su próximo libro.

El año que viene se cumplirán cuarenta años de la aparición de su primer libro, Muerte de un naturalista, cuyo primer poema, “Digging”, sigue siendo citado como programa de lo que ha sido su poesía después. Cuarenta años más tarde, ¿qué busca Heaney al escribir un poema?
-Busco lo que todos los poetas, lo que Mandelstam llamó la “palabra persuasiva”. Los poemas que prefiero no son aquéllos en los que siento que Seamus Heaney habla, sino aquéllos que hablan en su nombre. Poemas en los que entras de verdad en lo que eres y logras extraer algo de lo que llevas dentro.

-Algo había ya en “Digging”.
-Ese poema me descubrió la confidencia y una cierta forma de refugio. Pero después fui muy afortunado al conseguir no sólo refugiarme, sino también desvelar, desenterrar algunas cosas. Por ejemplo, los poemas de Norte que hablan de los cuerpos de cieno encontrados en Jutlandia tienen una extrañeza, algo de ajeno que aún aprecio. A veces pienso en ciertos poemas como en anillos de crecimiento: marcan etapas de tu vida y de tu creación, y eres afortunado si otra gente los ve como marcas valiosas en el lenguaje.

Cuando le concedieron el premio Nobel en 1995 se convirtió en alguien a quien todos querían escuchar. “No me convirtió en un portavoz moral, espero”, dice. “Lo que me dio el premio Nobel fue una capacidad de ser imprudente que llevaba tiempo deseando”, añade con una sonrisa burlona. La noticia del Nobel le sorprendió en Grecia, “yendo de Argos a Arcadia”. Tras darse un baño “como un héroe de Homero” telefoneó a su hijo Christopher, que fue quien le dio la noticia.

-Cuando comenzó a escribir en revistas universitarias utilizaba el pseudónimo “Incertus”... ¿Aún se siente “Incertus”?
-Sí, aún lo soy. No obstante, lo que conviene recordar es que un poeta comienza con la condición de “incertus”, pero el propósito de la escritura es alcanzar un momento de certidumbre. Un buen poema vence el flujo de la vida: proporciona lo que Robert Frost llamaba “una momentánea ausencia de confusión”. Y esto es cierto incluso aunque el poema sea una expresión de la confusión. La expresión, cuando acierta, es en sí misma un factor mitigador.

-Sus poemas hablan a menudo de la situación en Irlanda del Norte. ¿Cuál debe ser la relación entre poesía y realidad/actualidad?
-La poesía, y en general el arte, es una respuesta ante lo actual. Lo fundamental es el impulso de respuesta: no irás muy lejos sin ese intercambio vivo entre un temperamento y el mundo. Es lo que constituye la verdadera responsabilidad del artista. La etimología de esa palabra (en inglés) es un indicio. Un artista tiene el don y la necesidad de responder a la realidad. O por decirlo de otro modo, con palabras de un amigo mío: la poesía le da a las cosas una segunda oportunidad. Lo que no quiere decir que le esté permitido escapar de la realidad, sino que debe proporcionar un ángulo de visión novedoso.

-La postura de Heaney, que ha intentado ver siempre el conflicto irlandés desde todos los puntos de vista, no ha sido cómoda para él. Los unionistas le han tachado de “conocido propagandista del Papa”, los republicanos le han echado en cara que no opte claramente por defender la independencia. “Ojalá volviera a Irlanda Tácito para dar testimonio de cómo nos hemos matado por el bien común”, dice. ¿Qué puede hacer la poesía por la paz?
-La misión de la poesía, del arte en general, no es hacer la paz. El arte es paz.

-¿Y puede la poesía contribuir al cambio de la sociedad?
-No creo. Eso es cosa de los gobiernos. Lo que puede hacer la poesía es hablar del sentido de justicia en un sentido individual. Un poema no puede cambiar el mundo, pero puede cambiar la forma de pensar acerca del mundo de una serie de personas. Si tienes una persona que lee poesía, tienes una autobiografía; veinte personas leyendo poesía son el comienzo de una cultura.

- ¿Y eso ayuda a cambiar situaciones?
-Desde luego. Creo que fue Brodsky quien dijo que quien lee poesía de un modo crítico es menos susceptible de dejarse engañar por la retórica de los políticos. 

-¿Es posible una Unión Europea globalizada, que dé la espalda a las particularidades de cada país?
-No. Los euroniños llevan en la mano su billete a Amsterdam, pero sus oídos están sintonizados con el dialecto local.

Conciencia de sí mismo

Ahora que franceses y holandeses se han manifestado contra la constitución europea, Heaney no ve nada malo en eso. “Cada uno”, afirma, “está en la tierra para tomar conciencia de sí mismo y expresar lo que piensa de forma individual”.

-Es usted, en cierto sentido y al mismo tiempo, el más irlandés de los poetas irlandeses, pero también el que más a las claras muestra una formación clásica y uno de los poetas de la primera generación realmente “internacional”, como Milosz o Brodsky, aunque sea el más joven...
-Uno de mis pasajes favoritos del Retrato de un artista adolescente, de Joyce, es cuando el joven Stephen Dedalus escribe su dirección en una hoja de su libro de texto: Stephen Dedalus, Clase de naciones, Colegio del Clongowes Wood, Clane, condado de Kildare, Irlanda, Europa, El Mundo, El Universo. Veo mi propia escritura como la correspondiente expansión de mi dirección...

-¿Y de qué otro modo?
-Puedo verla también como una onda que no deja nunca de expandirse: comencé, como empezamos todos, como una gota en un estanque, pero desde ese momento la onda comienza a expandirse: la conciencia comienza a crecer y crece en círculos concéntricos generados desde el centro. Así que el elemento autobiográfico de los primeros poemas se ensancha hasta llegar a las circunstancias históricas, y después hay una especie de sombra mítica que está en todo eso.

-¿Quiere decir que a pesar de las apariencias no somos sólo uno?
-En efecto, eso quiero decir: puedo verme al mismo tiempo como un niño de una granja de County Derry, como el producto de una educación católica de mediados del siglo XX, como un poeta cuya formación literaria primaria fue la literatura inglesa, pero que encontró un gran muestrario de energías culturales en la lengua y la literatura irlandesas. Puedo recordar a mi padre como era, un comerciante de ganado con un cayado, un sombrero de ala ancha y un par de botas de cuero con cordones -el emblema de su profesión- o puedo verle como Hermes o Mercurio, el dios de los mercados, las ferias y los viajeros, con su sombrero único y sus talones y caduceus. Cuantas más formas tengamos para conocer el mundo y habitarlo, mucho mejor.

-Grabó un disco hermosísimo con el gaitero Liam O’Flynn, titulado The poet and the piper, en el que se alternan poemas leídos y piezas musicales de la tradición irlandesa. ¿Qué importancia le concede aún a la poesía oral?
-En la tierra de la poesía hay aún muchas provincias. Voy a la provincia oral cuando estoy en el escenario con Liam O’Flynn, y voy muy agradecido, gracias a la majestad de su música. Las melodías tradicionales con gaita irlandesa tienen un peso y una dignidad asombrosos, y cuando el público las escucha, sus oídos quedan abiertos y con la mejor disposición para oír poesía, incluso poesía difícil, poesía “de interior”.

Heaney tiene algo de juglar. Acaba de llegar de Cracovia, donde ha leído poemas junto a Wislawa Szymborska -“es como una artista de cine de los años 50”, dice, mientras imita su elegante forma de fumar- y en unos pocos días volverá a irse de gira junto a Liam O’Flynn, en esta ocasión a las islas Feroe. Metido en músicas, preguntado por si existe actualmente hoy una figura semejante a Bob Dylan o John Lennon, no duda en señalar al polémico rapero Eminem. “Está ese muchacho, que ha creado un cierto sentido de hasta dónde se puede llegar. Ha inyectado voltaje a su generación, no sólo con una actitud subversiva, sino con su energía verbal”. 

Poesía y globalización

-Hoy en día podemos leer los últimos libros de Szymborska, Walcott, Jacottett, los suyos mismos en multitud de lenguas distintas al poco de ser publicados. ¿Estamos llegando a una suerte de tradición global?
-Los medios de transmisión se han acelerado y la traducción sacia mucho antes nuestra sed de conocimiento de lo que es posible en poesía, pero dudo a la hora de usar la palabra “global”, pues es una palabra que pertenece de una forma muy clara al mundo económico, el mundo de los productos y los mercados. La poesía siempre ha sido, en cierto sentido, global. Además creo que siempre ha sido también, de algún modo, local: su primer florecimiento es siempre en una lengua y una cultura concreta, y de ella depende y en ella vive y crece.

-¿Cuál es la mezcla ideal en poesía?
-La que vi en la casa que compartían Mandelstam y Ajmátova: la mezcla de la cocina y el cosmos.

-Ha escrito una Divina comedia en miniatura sobre un viaje por Asturias... ¿Qué son para Seamus Heaney el infierno, el cielo y el purgatorio?
-El infierno es un cuaderno en blanco; el cielo, un puñado de nuevos poemas y el purgatorio, un libro terminado en tres cuartas partes.

El libro en cuestión está casi terminado, lleva por título provisional Planting the odd y se publicará previsiblemente la próxima primavera. Ya ha ido adelantando algunos poemas y revela algunos secretos, como, por ejemplo, que quien en “El bosque de abedules” dice “la condición humana es privada” no es otro que Brodsky, aunque su nombre no se revele en el poema. Tal vez acabe en ese libro el poema que ha prometido escribir sobre un sacapuntas que encontró en su hotel de Oviedo.

-Escribe sobre Goya: “Pintaba con sus puños y codos”. ¿Con qué escribe Seamus Heaney?
-Con cualquier cosa que sirva para abrir un sendero en lo que en anglosajón antiguo se llamaba “the word-hoard”, la palabra-tesoro. A menudo es la memoria de una sensación física. Cuando la imagen correcta acude a la mente, la energía adecuada parece viajar por el cuerpo hacia la mano que está ansiosa por escribir.

Vivir intensamente

-¿Qué aconseja a un joven poeta?
-Que lea a los poetas que le inviten a vivir más intensamente.

Este verano celebrará en Athenry, en el condado de Galway, el centenario de Padraic Fallon (“el tercero de un triunvirato de talentos en la misma generación, junto a Kavanagh y Clarke”), el poeta que pedía no un monumento más duradero que el bronce, a la manera de los clásicos, sino“un monumento de alas rotas”. Padraic Fallon creía que era posible “construir con un lapicero la ciudad de Troya”. Un poema ¿es siempre una forma de construir la ciudad perdida, la ciudad ideal?
-Podría decir que un poema es como el espacio que imaginé en uno de los sonetos que escribí tras la muerte de mi madre: un espacio “todo vacío, todo manantial”. Estaba pensando en el aire vacío que quedó cuando cortaron cierto árbol junto a la casa en la que nací. Lo habían plantado el mismo año que nací y en un sentido primitivo había asociado mi vida a la suya. Paradójicamente, sin embargo, lo que reunía en el claro espacio real era una plenitud imaginada, y en cierto sentido es eso lo que un poema es: un espacio despejado por el lenguaje, en el lenguaje, donde la vida imaginada palpita aún.

En Iowa

Una vez en Iowa, entre los menonitas,
en una ventisca lacerante, atravesando la tarde
pese al pertinaz aguanieve contra el cristal del coche
y los revoloteos absolutorios del limpiaparabrisas,

entreví, abandonada en el espacio abierto de un campo 
en el que los tallos de maíz se marchitaban bajo la nieve,
una máquina segadora. La nieve rebosaba su asiento de hierro,
amontonada en cada radio de las ruedas como una gruesa cima blanca,

y borraba el brillo del aceite en los engranajes de dientes negros.
Poco a poco volví de aquel lugar salvaje
como alguien no bautizado que ha conocido la oscuridad
en la tercera hora y el velo hecho jirones.

Una vez en Iowa. Entre la nieve y la ventisca y el siseo
de aguas no separadas, sino nacientes.


El bosque de abedules

Al fondo del jardín, al alcance del agua del río, 
en una esquina murada como una alberca o el horno
de una abadía sin techo o una villa romana de suelo roto
han plantado su bosque de abedules. Hace poco de eso
pero cada mañana ya se ofrecen al sol
como ellos mismos mientras crecían, lo blanco de la corteza
sufrido y fresco como el blanco camisón de satén
que ella dobla y alisa mientras vierte el té
y se sienta en frente de donde él balancea una sandalia
en su pie puntual, tan desnudo como el de un abad.
Ladrillo rojo y pizarra, un ciruelo y un manzano mantienen
su credibilidad, un cd de Bach hace la ronda
del jardín o del prado. Sobre ellos un rastro en el aire
se encoge y ondula como una vara de sauce o la llama de una vela.
“Si algo nos enseña el arte”, dice él, triunfando
sobre la vida con una cita, “es que la condición humana es privada”.

Seamus HEANEY 

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Seamus Heaney
“Alberti y Neruda son un diapasón que marca la identidad de sus naciones”
Por Martín LÓPEZ-VEGA 
Publicado el 16/10/2003 

El 16 de octubre concluye en Madrid el Encuentro Internacional de Poesía dedicado a Rafael Alberti y Pablo Neruda. Organizado por la Residencia de Estudiantes y la Casa de América, ha traído a Madrid a algunos de los más importantes poe-tas españoles (García Montero, Gamoneda, Ana Rossetti...) e hispanoamericanos (Juan Gelman, Gonzalo Rojas y Darío Jaramillo). El fin de fiesta lo ponen hoy Francisco Brines y Seamus Heaney, premio Nobel de 1995. El Cultural charló con él sobre su poesía y su relación con la tradición española y ofrece a sus lectores un poema inédito en castellano.

Heaney es un ejemplo notable de cómo el camino más corto para ser un poeta moderno es conocer a fondo a los clásicos. Ahora viene para homenajear a dos poetas españoles, y es obligado preguntarle por ellos:

-¿Conoce bien la obra de Rafael Alberti y Pablo Neruda?
-La conozco por traducciones. Cuando tenía dieciocho años la poesía española del siglo XX estaba de moda en el mundo anglosajón. Lorca era seguramente un nombre mucho más importante para mí de lo que lo haya podido ser para ti. El glamour y la tragedia de la política española tenía mucho que ver con esa popularidad, y por eso cuando en los 60 el foco de interés político se trasladó al Este de Europa esa moda se desvaneció. Por otro lado, fue precisamente entonces cuando la obra de Neruda comenzó a ser conocida gracias a la difusión que le daban poetas norteamericanos como Robert Bly. Encuentro el compromiso de Neruda con la “poesía impura” muy atractivo: las odas elementales, por ejemplo, glorifican las cosas corrientes de una forma hermosa y única.

-En Neruda, y también en Alberti, había algo más que poesía.
-Lo más importante de esa generación fue la creencia de que la poesía podía ser un medio para transformar el mundo. Tenían un sentido heroico del poeta y de la grandeza de la llamada de la poesía.

Un español amateur

-Ha escrito de su gusto por poetas como San Juan de la Cruz... ¿Cuál es la importancia que la tradición española tiene en su poesía?
-Si soy sincero, no puedo decir que sea mucho más que un amateur en lo que se refiere a la tradición española. Pero creo que los poetas españoles del siglo pasado son ejemplares por la forma en que saltan la barra que siempre ha habido entre la gente del pueblo y la llamada “cultura”. Algo parecido a lo que en Irlanda hizo Yeats. Alberti, Neruda y otros consiguieron convertirse en parte del sentido de identidad que sus naciones tienen de sí mismas, una especie de diapasón. 

-¿Conoce algo de la poesía que se escribe ahora en España?
-Mi problema -en realidad debería decir mi vergöenza- es que no hablo español, así que apenas puedo hacerme una idea.

-Su poesía cava constantemente en el pasado y en la infancia. ¿Es ahí dónde se encuentra el sentido de lo que nuestras vidas van siendo?
-En efecto, la memoria de la infancia es el motor que mueve buena parte de mi poesía. También la necesidad de responder a lo que ocurría en Irlanda del Norte supuso un poderoso incentivo. 

-Habría más, claro.
-Las casualidades, las tristezas y los excesos de la vida que pasa...

-¿Recuerda cuál fue el primer poema que leyó? 
-El primero que recuerdo (me refiero a un poema en un libro, no un poema popular o una canción de las que cantan los niños) fue uno de Wordsworth titulado “Fidelidad”. 

-El que comienza: “A barking sound the Sheperd hears”
-”A cry as of a dog or fox...”. Fue en un libro de los que teníamos en la escuela, y lo leyó en voz alta nuestro maestro. Es la historia de un perro que se queda ladrando durante semanas junto al cuerpo de su pastor que ha muerto en una montaña aislada del mundo. También estaba en aquel libro el poema de William Blake dedicado al tigre.

-El favorito de Borges.
-Es un poema que resulta fuertemente hipnótico para cualquiera que lo lea, a cualquier edad.

-¿Y qué poeta le marcó?
-Gerard Manley Hopkins. Cuando empecé a escribir era una especie de Hopkins redivivo.

-¿Qué queda del poeta que publicó en 1966 Muerte de un naturalista?
-Aún queda en mí mucho de aquel joven poeta. A menudo siento la inclinación de regresar a aquellos paisajes.

-¿Debemos esperar la Resurrección de un naturalista?
-Podría perfectamente escribir en este momento un libro titulado Sombra de un naturalista...

-Su versión del Beouwulf, sus homenajes a los clásicos latinos en poe-mas que en realidad son muy modernos... ¿Ser fiel a los clásicos es la mejor manera de ser moderno?
-La tradición literaria en sí misma es un gran incentivo como escritor. Evidentemente hay algo peligroso en apoyarse demasiado en los logros del pasado: lo que haces puede parecerse más a una escena de un tapiz que a algo realmente vivo. Yo pertenezco a una generación en la que nuestra educación incluía la literatura clásica, por lo que Virgilio y compañía son parte de mi ser prerreflexivo. Podría decir sin exagerar que el paisaje de las églogasde Virgilio es para mí tan cercano como el paisaje del condado de Derry. La utilización de material literario “elevado” es más un asunto de autobiografía que de superación cultural...

-La realidad es la realidad. ¿Cuál es su pensamiento sobre la situación actual en Irlanda del Norte?
-Lo más reseñable es que ha cesado la violencia del IRA y que el Sinn Fein ha entrado en el proceso político. El Acuerdo del Viernes Santo fue muy significativo. Ofreció la posibilidad de la existencia de un gobierno democrático en Irlanda del Norte y una posible salida consensuada al problema constitucional. Las pasiones políticas y las ofensas no han desaparecido y probablemente no desaparecerán. Hemos pasado de un periodo de atrocidad a un periodo de contención y rencor, y eso ya es un progreso...

La tradición, rama de fresno

-Volvamos a la poesía. ¿Qué poetas contemporáneos lee más a menudo? ¿Qué opina de autores como Joseph Brodsky, Jehuda Amijai, Charles Simic, Adam Zagajewski...?
-Aprecio muchísimo a todos los que has nombrado. Y otros como Czeslaw Milosz. Por no mencionar a poetas irlandeses, o a mis contemporáneos norirlandeses, como Michael Longley o Derek Mahon, o Paul Muldoon. Lo que me gusta de la poesía irlandesa es que se las ha arreglado para trazar un camino entre los exclusivistas grupos académicos/experimentales y las tribuspopulistas que buscan un arte más fácil. Los poetas irlandeses pueden fiarse del suelo bajo sus pies “culturales”, incluso aunque a cada minuto parezca temblar más y más...

-Recuerdo un poema en el que no se preocupaba porque el suelo estuviese helado porque podía cruzarlo con ayuda del cayado de su padre, que me lleva a otro poema de The spirit level, el que dice: “La línea punteada que dejó el cayado de fresno de mi padre/en la playa de Sandymount/es algo que la marea no se llevará”... ¿Aún usa ese cayado?
-Sí. Podríamos decir de esa rama de fresno: cada poeta no es más que una pequeña rama nueva en una gruesa vieja rama.

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Luz eléctrica
Seamus Heaney
Traducción, prólogo y notas de Dámaso López. Visor, 2003. 207 páginas, 12 euros
Por Jaime SILES
Publicado el 19/06/2003 

A cierta altura de la vida todo poeta debe enfrentarse a un dilema tan natural como estremecedor: el de optar por el silencio responsable, o el de seguir con la repetición de los temas y las formas que han configurado su mundo y su escritura.

Rimbaud y Gil de Biedma son dos claros ejemplos de lo primero; la historia de la literatura es un museo con amplias -y valiosas- muestras de lo segundo. “A determinada edad/ pero imprecisa fecha” -como dice un poema de Antonio Carvajal- todo poeta debe abrir o cerrar para siempre su escritura. Seamus Heaney acaba de entrar en esa órbita del tiempo en la que no es fácil decidir y en la que ni siquiera se sabe muy bien qué es lo que debe hacerse. Eletric light tiene mucho de repetición, pero también de afianzamiento, de puesta al día de sus mecanismos y de llevar hasta sus últimas consecuencias algunas zonas de su creación. La crítica anglosajona ha sido cruel y clara con el libro, se ha ensañado con él. ¿Por qué?: pues porque no es un libro sino una colección y se ha pensado que esto le resta coherencia.

Electric Light no es lo que se llama un libro de estructura simbolista ni está regido por un principio orgánico: es una reunión de poemas, muchos de los cuales no sólo desarrollan vías anteriores de Heaney, sino que les añaden elementos y completan la dirección de su proceso y el proyecto poético de su autor. La novedad del libro reside, precisamente, en esto: en la calidad de los poemas en sí mismos y en que la memoria, más que la anécdota, es la base de un material poético, en el que el tratamiento del tiempo ha desplazado al tratamiento del lugar. 

En “At Toomebridge” enmarca el territorio (“Donde son poesía para mí/ los iones negativos al aire libre. Como aquella vez...) y “En el maletín” es un capítulo de la epopeya familiar, que Heaney relata con humor y con pathos, y que le permite hacer su propia interpretación de Epidauro y la epifanía del dios, en una serie de tercetos en los que objetiva su mirada de niño, con acotaciones hechas desde quien ya ha dejado de serlo y se encuentra en la tierra de nadie que hay entre los dos.

La égloga virgiliana y el canto amebeo que la acompaña le permiten otro recorrido por el tiempo y otra ósmosis del yo: la de la máscara. Heaney intenta aquí un tipo de poema narrativo, cortado por la elipsis y reconstruido por la emoción más transminante: la que produce analogías y anagnórisis y purifica, en su sistema de identificaciones, la sensación nostálgica del yo -de un yo que cuenta con muchos precedentes en la tradición inglesa: con tantos que en la comparación podría naufragar. Pero eso no quiere decir que Luz eléctrica no contenga poemas excelentes, que los hay -como “La canción de Turpin” o “La campaña de la frontera”, ambos más explicítamente autobiográficos de lo que en Heaney suele ser normal. Pero no sólo ellos: también esos más que interesantes movimientos que aparecen aislados dentro de un poema y que le confieren su especificidad. Me refiero a ese “¿Cómo aparece lo real en lo ficticio?” que atraviesa el libro entero; o a los “Cantares de Asturias”, que sí que tienen unidad; o el inicio de “Lago Ballynahinch”: “De forma que aparcamos en aquella limpia luz de primavera”.

No hay en el libro una única forma de dicción, sino muchas, y eso es, al parecer, lo que molesta. Sin embargo, hay una gran abundancia de recursos. Los temas se entrelazan y las formas también. Los temas son, en realidad, uno: en concreto, éste -“la edad nos roba todo, incluso los recuerdos”. Las formas, en cambio, son muchísimas más. De modo que se establece una dialéctica entre la unidad del tema y la variedad del tratamiento. Y esa dialéctica se intensifica en y con los poemas que podemos considerar “Notas de viaje”. De estas, la mejor es “3 Pilos”, dedicada al helenista Robert Fitzgerald, “el Néstor de Harvard”. Otros textos son homenajes, como el que dedica a Ted Hughes, o el “Al modo de Auden”, que parecen un anexo del libro, y que lo desvían de lo que podría haber sido su organicidad. 

La versión de Dámaso López García es muy cuidada, con hallazgos incluso allí donde en el inglés también están. Pero la sensación que el libro deja -y en esto la crítica ha tenido razón- es la de cierta falta de unidad, de rigor, de sistema, no tanto en los textos como en el libro en sí. 

Articulo: http://www.elcultural.es 30/08/2013

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Seamus Heaney
La captura del momento en garras de la poesía
Por Matías Serra Bradford  

Una semblanza y un recorrido por la obra del vate irlandés, que falleció en Dublín el viernes pasado; había sido galardonado en 1995 con el Premio Nobel de Literatura y se lo considera una de las voces más singulares de la lírica en el último medio siglo

El empapelado de la pared de su cuarto empezó a desprenderse. A escondidas, contribuyó otro poco y terminó arrancando una tira. Detrás, la superficie resultó demasiado tentadora para su lápiz. La escena: una de las primeras experiencias de escritura, fuera de clase, de quien sería el poeta irlandés Seamus Heaney (1939-2013).

La necesidad de una novela -con suerte o con suma destreza- se puede inventar; no se puede inventar la necesidad de un cuento o de un poema. No todos los poemas de Heaney son valiosos, pero hay muy pocos innecesarios. Publicó poco más de una decena de volúmenes de poesía en casi cincuenta años. La extensión de esos libros oscila entre las setenta y las cien páginas. Heaney era un hombre decente, no quería abrumar a nadie. Tampoco quiso abusar de esa reserva natural que significó para él la memoria, por más que buena parte de su tarea puede resumirse con un solo verbo: desenterrar.

Su primer trabajo, La muerte de un naturalista, incluye el poema "Cavar", en el que el poeta compara la pluma que usa puertas adentro con la pala que usa su padre a la intemperie. Se trató de un poema inaugural y a la vez definitivo, porque descorrió un horizonte entero y anticipó casi todo lo que Heaney seguiría rastreando. Lo sorprendente es que después de ese primer poema -esos primeros poemas- parecía que ningún otro hacía falta. Había alcanzado la cima en el primer intento. Lo sorprendente es que Heaney lo confirmó, manteniéndose siempre dentro de una misma zona, y desafió ese plan escribiendo poemas que estaban, por así decirlo, fuera de programa. Como uno de los últimos, sobre esa misma lapicera que le regalaron sus padres cuando estaba por empezar sus años de pupilo y que un vendedor sometió a "su primera inmersión profunda en un flamante frasco de tinta".

Es notable la capacidad de Heaney para evocar momentos de infancia con precisión, "como la lengua de un niño que sigue los esfuerzos/ de su caligrafía". Un partido en un descampado con cuatro buzos para los arcos y la luz que cae hasta que los alumnos juegan adivinando la dirección de la pelota. El modo en que un padre moja la punta del lápiz con la lengua. Es eso lo que ha dejado Heaney: detalles efímeros de una vida rural, transformados en poemas imborrables, que el lector incorpora con gratitud a su propia infancia.

Tal vez sea oportuno preguntarse, como suele hacerse con los sucesivos campeones de ajedrez, qué es lo que un gran escritor ha traído de nuevo al juego de la literatura. Porque que haya sido un escritor excepcional no significa, necesariamente, que haya aportado algo novedoso, y a la inversa, que un autor haya aportado algo novedoso no significa forzosamente que se trate de un escritor extraordinario.

Seamus Heaney supo retratar su fascinación con el trabajo manual, sopesar y callar por escrito la emoción de un recuerdo, mantener la infancia a tiro de piedra. Tuvo que hacerlo: le lleva una vida entera a un poeta redimir ciertos silencios que la niñez ofrenda como ejercicios extracurriculares. El riesgo exige cortejar el sentimentalismo, frente al cual Heaney no retrocedió pero tampoco cedió. (En esto, en la autoridad de su voz y en su noble presencia pública, se asemeja a John Berger.)

El autor de La linterna del espino supo registrar los vértigos de la amistad y de la admiración. Son numerosos los poemas suyos sobre amigos y poetas venerados. Era de una honestidad inaudita para contar las peripecias de amistades y devociones. A envidiosos y rencorosos, Heaney les respondía con la "cortesía implacable" que le recomendó el perspicaz John McGahern. Un fetichista que coleccionaba piedras, pequeñas ramas, corteza, postales, cajas, cuadros, Heaney creía en los nombres que lo rodeaban, en los nombres de los lugares cercanos: Mossbawn, Anahorish, Toomebridge, Moyola, Glanmore, Clonmany, Clonmacnoise. Al preguntarse por qué incluir o no una línea en un poema, confesaba: "Hay toda clase de factores irracionales en juego cuando uno trata con poemas. Las lealtades supersticiosas adquieren precedente sobre tu mejor juicio artístico".

Heaney supo procesar el influjo de Hopkins -apropiándose de su uso de la aliteración y de las palabras compuestas- y el de Ted Hughes y su "dicción de alto voltaje". Heaney sostenía que con respecto a las influencias tempranas "uno tiende a exagerar o a subestimar su efecto". Es notable que alguien que estuvo tan cerca de dos poetas de estilo tan contagioso haya logrado una voz absolutamente personal (y no sólo debido a que esos poetas sean inimitables).


Acaso la sumatoria de estas cualidades haya conformado la singularidad que hizo posible la obra de Seamus Heaney. Pero lo más probable es que como en tantos poetas, la singularidad no pueda definirse sólo por lo temático o lo heredado, sino por sus formas, su fraseo, su dicción. Así como en un momento cambió la naturaleza del cálculo, en determinados momentos cambia la combinatoria de una frase, y ésa es la contribución de ciertos poetas, que revolucionan el modo en que una línea plantea problemas y los resuelve, o los deja en el aire con una gracia que equivale a una coronación. La frase de Heaney quiere ser sintética o telegráfica, pero un ojo permanece siempre desviado hacia el lenguaje, hacia sus tentaciones y promesas. Hay algo extremadamente personal en el sonido de los versos de Heaney, en "la acústica craniana de la piedra".

Es por eso que, traducida, su poesía pierde la mitad de su potencia. Lo que seduce en el inglés de Heaney es su tono, su acento, su paso. Al traducirlo desaparece la textura de lo dicho y sólo queda un texto más bien escolar. No obstante, ciertas imágenes sobreviven a la transfusión: "El grano del sueño gira como las caprichosas nieves de Pascuas". O bien: "Altos y viejos abetos se alinean a ambos lados.

Abetos escoceses, mejor dicho. Sacudidas caligráficas/ que se espesan y ostentan penachos en los vientos que los dominan". En Heaney hay árboles -"oleajes de árboles que caminaban y eran vistos caminando"- y más árboles: "el sicomoro habla en sicomoro desde la oscuridad".

El mayor de nueve hermanos, Heaney se ganó la vida dando clases en Belfast y más tarde en Oxford y en Harvard, redactando reseñas y programas de radio, preparando antologías, traduciendo clásicos. Ciertas valoraciones -Stevie Smith, Elizabeth Bishop, Gary Snyder, Zbigniew Herbert, Geoffrey Hill- revelan la versatilidad de su oído y el desprejuicio de su mirada. Nunca dejó de confiar en que cada oportunidad ofrecería una manera inesperada de ver, de capturar. Un animal, un pantano, el tramo de un viaje. La captura de un momento en manos de Seamus Heaney, y de su taquigrafía más justa, se parece al ataque de un halcón peregrino, tan calculado como repentino, que como un juego o una práctica se lanza hacia una hoja que está a punto de aterrizar.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 06/09/2013

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