dimanche 8 septembre 2013

Ignacio ECHEVARRIA/ William Carlos WILLIAMS & Nicanor PARRA

CONMEMORACION|El antipoeta cumple 99 años
William Carlos Williams & Nicanor Parra
Cercanías y divergencias
Por Ignacio ECHEVARRIA

La publicación de “La invención necesaria”, una amplia selección de ensayos, artículos, charlas, cartas y poemas del escritor norteamericano, invita a la consideración y discusión de un tema de sustancial interés para el lector chileno. ¿Hasta qué punto la operación poética que emprende Williams en las primeras décadas del siglo XX es comparable a la que no mucho después, en el extremo austral del continente americano, emprendió Nicanor Parra con su antipoesía?

Se publica estos días, por Ediciones Universidad Diego Portales, “La invención necesaria”, volumen que reúne una amplia selección de ensayos, artículos, charlas, cartas y poemas de William Carlos Williams (1883-1963), en su mayor parte inéditos hasta ahora en castellano. El volumen ha sido cuidadosamente armado y traducido por Juan Antonio Montiel, que en su excelente prologo subraya la importancia que tiene la prosa ensayística y epistolar de Williams, no solo como iluminador contexto de su cardinal obra poética, sino como correlato de la misma. Y ello por cuanto, desde muy tempranamente, cabe reconocer entre ambas – entre la poesía y la prosa reflexiva de Williams – una innegable continuidad.

La figura y la obra de Williams, insuficientemente conocidas y divulgadas en el ámbito hispánico (al menos a la luz de las traducciones disponibles), poseen relevancia y atractivos más que suficientes para reclamar la atención sobre este libro. Pero más allá de su aliciente como vía de acceso o de un mayor acercamiento al poeta de Rutherford, “La invención necesaria” invita a la consideración y a la discusión de dos cuestiones de sustancial interés para el lector hispanoamericano en general, y para el chileno en particular. La primera (de la que quisiera ocuparme en otra ocasión): ¿Seria posible, para un escritor mexicano, boliviano o argentino, pongamos por caso, invocar para su lengua, y respecto del castellano que se habla en la Península, una diferencia, una independencia, una otredad comparables a las que Williams reclama respecto del inglés de Gran Bretaña cuando postula con insistencia la especificidad de lo que llama “el idioma estadounidense”? Y la segunda cuestión (sobre la que este artículo propone una primera vislumbre, muy lateral): ¿Hasta qué punto la operación poética que emprende Williams en las primeras décadas del siglo XX es comparable a la que no mucho después, en el extremo austral del continente americano, emprendió Nicanor Parra con su antipoesía?

Veinte años antes de la publicación en Santiago de “Poemas y antipoemas”, en el prologo a una edición de “Poemas escogidos” de William Carlos Williams, de 1934, Wallace Stevens empleaba para referirse a aquél el término “antipoesía”. La etiqueta molesto a Williams, quien, con una elevada conciencia de su condición de poeta, se resistía a definir su propia poesía con un término tan antagónico respecto al quehacer que consideraba como propio. Prefería presentarse como el restaurador o mas bien el refundador de una tradición, según él, descuidada: La que – por decirlo en palabras de Juan Antonio Montiel – reclama para la poesía la capacidad de dar forma – una forma a necesariamente nueva cada vez – a la experiencia del ser humano, enfrentado a una realidad cada vez mas cambiante.

Son muchos los aspectos de la obra de Williams que permiten establecer paralelismos con la de Parra. Entre ellos, una concepción “jovial”, por así decirlo, de la vanguardia, exenta de suspicacia hacia el presente (como demuestra la incorporación a su poesía de elementos del discurso propio del periodismo o de la publicidad); también su interés por la ciencia y su empeño en sintonizar con sus hallazgos su propia practica poética (médico de profesión, Williams enfatiza las “implicaciones morales e intelectuales” de la teoría de la relatividad), y, sobre todo, el decisivo protagonismo que ambos atribuyen, como materia misma de la poesía, a la lengua hablada, cuyo ritmo y cuya “medida” Williams trata por todos los medios de emular.

Aun siendo este ultimo aspecto el que orienta en una común dirección los rumbos poéticos de Williams y de Parra, es también el que permite percatarse de la divergencia esencial entre ambos. Pues Williams – cuyo pensamiento poético se halla sometido a frecuentes fluctuaciones – invoca con insistencia la obligación que el poeta tiene de inventar (“La invención – proclama – es la madre del arte. Debemos inventar nuevas formas que suplanten a las que están desgastadas”); en tanto que Parra, mucho mas radicalmente, confía esta facultad a la creatividad de lo que cabe entender como “el lenguaje de la tribu”, reservando al poeta la nada desdeñable tarea de conseguir que la comunidad de los hablantes reconozca el potencial poético del uso corriente que hace de sus propia herramienta expresiva.

En un certero ensayo sobre Williams (“La flor saxigrafa”, de 1973), Octavio Paz recuerda una visita que hizo al poeta, en compañía de Donald Allen, a mediados de los cincuenta. “Nunca he conocido un hombre menos afectado”, cuenta. “Lo contrario de un oráculo. Poseído por la poesía, no por su papel de poeta. Humor, desenfado y ese no tomarse en serio que nos hace tanta falta a los latinos”. También estos rasgos aproximan entre si la obra, y no solo las figuras, de Williams y de Parra, hermanados en su irreverencia.

En el mismo ensayo, Paz repara en las afinidades de las teorías poéticas de Williams con las de Vicente Huidobro, para enseguida subrayar sus profundas diferencias. Lo cierto es que Williams ocupa en la poesía americana del signo XX una posición bastante mas avanzada que la de Huidobro; una posición desde la cual se divisa ya – pero a lo lejos, enredado como permanece Williams todavía por los tecnicismos de la forma y la discusión con la poesía de su tiempo – la antipoesía de Parra, a la que están mas próximos algunos de los poetas sobre los que Williams influyo decisivamente.

Por azarosas que fueran las circunstancias que lo llevaran a hacerlo, no resulta insignificante que Williams tradujera a Parra, y que la versión que hizo de alguno de sus poemas se incorporase a las de poetas como Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Thomas Merton y otros en el mítico volumen “Poems y Antipoems”, editado por Miller Williams para New Directions en 1967.

Por otro lado, en la “antientrevista” que Jorge Teillier mantuviera con Nicanor Parra en 1968, este declaraba su admiración por Williams, de quien decía que era “el predilecto de los poetas jóvenes norteamericanos, junto a Pound”.

Han transcurrido cincuenta años desde la muerte de Williams, en marzo de 1963. Medio siglo durante el cual un Parra hoy casi centenario no ha dejado de redoblar sus envites y de explorar nuevas vías mediante las cuales ahondar en su empeño de reinstalar la poesía en el seno mismo de la experiencia común del hombre corriente.

Con determinación y coraje admirables, con logros a menudo deslumbrantes, Williams trato de poner la poesía de su país, de su tierra, de su continente, al nivel del habla de sus habitantes. Por virtud de ello, sus poemas son, al decir de Paz, “los mas vivos de la poesía norteamericana”.

Mucho más drástico y expeditivo, operando en el estrato primordial de la lengua, Parra se ha limitado primordial de la lengua, Parra se ha limitado a tomar entre manos el habla de su gente y declarar sin más explicaciones que no otra es la poesía. La vivacidad de su poesía es la del habla misma, y es alimentada sin cesar por cuantos la emplean y la comparten.

***
William Carlos Williams traduce un poema de Nicanor Parra

Apenas cuatro años después de la publicación de “Poemas y antipoemas” (1954), William Carlos Williams traducía uno de los poemas incluidos en la tercera sección del libro, el titulado “Solo de piano”. 

Lo hizo a solicitud de José Vásquez Amaral, como contribución al número 14 de la revista New Word Writing, de la Universidad de Yale, que se publico en diciembre de 1958. Vásquez Amaral pidió a Williams que escogiera un poema destinado a una selección de nueva poesía Latinoamericana, y él opto por este. La versión seria recogida luego en el volumen “Poems and Antipoems” (Nueva York, New Directions, 1968).

De madre portorriqueña, William Carlos Williams se jactaba de saber español, y en su juventud tradujo nada menos que a Francisco de Quevedo. Por los años 50, muy interesado por la poesía latinoamericana, tradujo también poemas de Pablo Neruda, de Silvina Ocampo y de Octavio Paz, entre otros.

Juan Antonio Montiel, a quien se deben estos datos, observa con razón el desliz que supone, por parte de Williams, traducir “los árboles no son sino muebles que se agitan” por “trees are nothing but moving trees”, repitiendo “árboles” en lugar de “muebles”. ¿Errata o fallo de comprensión? Como sea, el error permite vislumbrar las dificultades y malentendidos a que da pie la traducción de un poeta como Parra, cuya engañosa sencillez se brinda a todo tipo de mal interpretaciones.

Solo de piano

Ya que la vida del hombre no es sino una acción a distancia,
Un poco de espuma que brilla en el interior de un vaso;
Ya que los árboles no son sino muebles que se agitan:
No son sino sillas y mesas en movimientos perpetuo;
Ya que nosotros mismos no somos mas que seres
(Como el dios mismo no es otra cosa que dios)
Ya que no hablamos para ser escuchados
Sino para que los demás hablen
Y el eco es anterior a las voces que los producen;

Ya que ni siquiera tenemos el consuelo de un caos
En el jardín que bosteza y que llena de aire,
Un rompecabezas que es preciso resolver antes de morir
Para poder resucitar después tranquilamente
Cuando se ha usado en exceso de la mujer;
Ya que también existe un cielo en el infierno,
Dejad que yo también haga algunas cosas:
Yo quiero hacer un ruido con los pies
Y quiero que mi alma encentre su cuerpo.

Piano solo
(Versión de William Carlos Williams)

Since man’s life is nothing but a bit of action at a distance,
A bit of foam shining inside a glass;
Since trees are nothing but moving trees;
Nothing but chairs and tables in perpetual motion;
Since we ourselves are nothing but beings
(As the godhead itself is nothing but God);
Now that we do not speak solely to be heard
But so that others may speak
And the echo precede the voice that produces it;
Since we do not even have the consolation of a chaos
In the garden that yawns and fills with air,
A puzzle that we must solve before our death
So that we may nonchalantly resuscitate later on
When we have led woman to excess;
Since there is also a heaven in hell,
Permit me to propose a few things:
I wish to make a noise with my feet
I want my soul to find its proper body.

La invención necesaria
William Carlos Williams
Ediciones Universidad Diego Portales
Santiago, 2013
311 paginas

Articulo: http://www.emol.com/ 01/09/2013

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