dimanche 8 septembre 2013

Iván HUMANES/“El arte de Céline y su tiempo”, de Michel BOUNAN

“El arte de Céline y su tiempo”, de Michel BOUNAN
Por Iván HUMANES

El arte de Céline y su tiempo. Michel Bounan
Traducción de Diego Luis Sanromán
Pepitas de Calabaza (Logroño, 2012)

Diego Luis Sanromán nos acerca con su traducción el ensayo El arte de Céline y su tiempo, publicado por la editorial Pepitas de Calabaza. Su autor, Michel Bounan (Créteil, París, 1942) analiza Los Protocolos de los Sabios de Sión, la actitud y obra del novelista Céline y el “revisionismo” actual bajo la idea de que los rumores de los complots judíos tienen históricamente un motivo: se revelan cuando la verdadera conspiración que aspira a mantener el orden y sus mecanismos necesita ocultar sus motivaciones.

La maquinaria del capital dirige el movimiento político y social a través del control, el pensamiento único y la reducción de su funcionamiento a las “necesidades económicas” ofreciendo una falsa ilusión de libertad a sus siervos y una supuesta democracia. Esa maquinaria pudo reconocerse ya en las conquistas del “progreso” del siglo XVIII y en los rumores del XIX donde comenzó a insertarse la idea de que los judíos, un complot de extranjeros, pretendían esclavizar a la humanidad. Son Los Protocolos de los Sabios de Sión a principios del siglo XX, el novelista Céline en los años treinta y cuarenta y el “revisionismo” actual los elementos que Michel Bounan utiliza para permitirse explicar la relación del rumor del complot judío y su condena y rehabilitación con las evoluciones de la protesta social.

Los Protocolos de los Sabios de Sión se presentaban como el acta de una reunión ultrasecreta  de conspiradores judíos en la primera conferencia sionista de Basilea, en 1897. En dicha acta se pretendía alcanzar el control de las finanzas, economía, prensa y cultura y manipular a jueces, políticos y policías. Así, se borraba de un plumazo la lucha de clases o los malos dirigentes y se designaba a los judíos como los beneficiarios del complot y así, a la vez, se declaraba la inocencia del sistema mismo. No obstante, en 1921 se descubrió que estos protocolos eran una falsificación de los servicios secretos de la Ojrana zarista, siendo plagio de una obra de 1864, Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieuescrito por Maurice Joly. Michel Bounan indica que incluso Henry Ford había financiado en Estados Unidos la difusión de los protocolos. Eso sí, tras el descubrimiento del engaño, nadie había inventado ni propagado estos protocolos. Era, como dice el autor, una “alucinación popular”.

Tras las confidencias que el autor evoca ante periodistas de un pasado miserable y vergonzoso se esconde su biografía real, que será conocida más tarde. Con un origen vagamente aristocrático, una madre anticuaria y estudios de medicina. Es por lo tanto una falsificación esa biografía ofrecida a los periodistas de su tiempo y en su tiempo es acogida por la crítica de izquierdas con entusiasmo. El autor de El arte de Céline y su tiempo recorre pormenorizadamente los años que transcurren de 1937 a 1941, durante la expansión nazi, y la adhesión de Céline al movimiento, siendo los judíos, a modo de ejemplo para Céline, “un cruce monstruoso entre negros y bárbaros asiáticos”. La propaganda antisemita desvió la crítica social y la amenaza revolucionaria, declarando a la raza judía como la gran responsable de todos los sufrimientos. Lo que escribe Céline en esos panfletos no tienen ambigüedad alguna: “si hacen falta borregos para el sacrificio, ¡que degüellen a los judíos! Esta es mi opinión”, defendiendo una alianza inmediata con Hitler. Y de forma activa participando en la denuncia de personas que cree judíos y que conoció en los ámbitos médicos, literarios o líricos: Robert Desnos, Jean Cocteau o el director de la Biblioteca Nacional Huysmans. Para Bounan el antisemitismo nazi era un señuelo y una caza de pobres, sirviendo Céline a la propaganda nazi y a la Gestapo. Tras el fin del nazismo el propio Céline negó todo durante un tiempo. Y como escribe el autor, “hubo de aceptar pegarle la etiqueta de flamante “nazi” junto a la insignia de “libertario” que se le había concedido anteriormente”. Bounan analiza, precisamente, no cómo un libertario había podido aliarse con los nazis (Sartre lo acusó públicamente de haber estado a sueldo de los nazis), sino por qué un personaje como él se había disfrazado de libertario. Entre otros elementos cita un pasaje de su diario en el que, en el exilio, anotaba que sólo le interesaba el dinero, pese a que seguía justificando su participación como el deseo del bien para los hombres.

La propia reseña de la editorial a la obra de Bounan da la definición exacta del proceso de Céline: “Céline no fue un «hombre de izquierdas» que se pasó al bando de la infamia, sino un provocador lúcido disfrazado de libertario al servicio del orden establecido. La falsificación de su biografía, así como su propia obra, «falsamente inocente y conscientemente manipuladora», forman parte de esa empresa que, desde Los Protocolos de los Sabios de Sión a comienzos del siglo XX hasta los recientes tejemanejes de los negacionistas, pretende canalizar la agitación revolucionaria mediante supuestos «complots judíos» cuando el edificio social corre peligro.” La parte final de El arte de Céline y su tiempo aborda preguntas como quién organizó “con total conocimiento de causa” la matanza de millones de hombres, mujeres y niños y bajo qué necesidad de salvaguarda, las corporaciones económicas que subvencionaron al nazismo en un momento en el que la revuelta social estaba en el ambiente y se necesitaba canalizarla para que la maquinaria de dominación continuara con su producción, analiza las teorías revisionistas que niegan el holocausto y aporta documentación sobre el trato que ha recibido en diferentes medios tras la publicación de este ensayo denunciando que la verdadera conspiración para el mantenimiento del orden debe atrapar en sus redes también a quienes se oponen a ellas, a los que denuncian, como Bounan, el verdadero complot.

El arte de Céline y su tiempo debe leerse. No se trata de discutir la obra de Céline. Se trata de descubrir a Céline, al hombre. El nazismo y sus intereses. No se trata de la defensa a ultranza de los judíos. Se trata de comprender los mecanismos que utiliza la maquinaria del poder para urdir conspiraciones que desvíen la atención. Se trata de comprender que la maquinaria ofrece mercancías ridículas. Que las “necesidades económicas” que se utilizan para justificar hoy en día rescates bancarios a cambio de recortes sociales son consecuencia de esa maquinaria de dominación que necesita engrase continuo. Que, como apunta el autor, a nuestro alrededor naufraga un navío guiado por sombras y voces sintéticas, arrastrando en su hundimiento a quieres no hayan descifrado a tiempo este último y vergonzoso secreto de la dominación actual.

Y Bounan aborda a Céline desde diversos aspectos, el personal, sus compromisos y justificaciones, así como su resurgimiento. La Primera Guerra Mundial había dejado ocho millones de cadáveres y los intelectuales se habían comprometido en la apología de una guerra que en ese momento se revelaba como destrucción y carnicería. Ello, unido al hundimiento mundial de la economía y un mundo de entreguerras repleto de pobres enfermos de tuberculosis, falta de alimentos, etc. infectaba el orden social en el momento en el que Céline debutaba en la literatura con su novela Viaje al fin de la noche(1932). Para Bounan debe apreciarse la novela a la par de las comunicaciones que entregaba a la Sociedad de Medicina de París en la que alababa los métodos de Henry Ford –que consistían en contratar preferentemente a “obreros tarados física y mentalmente”, o como Céline los denominaba “desheredados de la existencia”–, o bien cuando proponía crear un cuerpo médico-policías de empresa encargada de convencer a los obreros de que “el asegurado debe trabajar lo más posible con la menor interrupción posible por causa de enfermedad”. O a tenor de lo que escribía en mayo de 1933 Céline a Joseph Garcin, ligado al proxenetismo internacional, de que había que “saber lo que demanda el lector, seguir la moda como las chavalitas, es el curro propio del escritor con grandes obligaciones materiales, es la condición sin la que no hay tiradas serias (el único aspecto que cuenta)… Yo elijo la dirección adecuada, el sentido señalado por la flecha, obstinadamente”. Para el autor del ensayo, Céline otorga a su novela un contenido ambiguo, donde se constata que nada cambiará jamás en las condiciones de vida abominables, que no hay ni habrá historia y, como confesó Céline, en su intención está la utilización de la maquinaria lingüística para manipular a los lectores, llevarlos por “caminos torcidos”, con “señales engañosas”, con el fin de arrastrar “a las masas y al mundo entero” allí donde se desea conducirlos.


Articulo: http://www.revistadeletras.net 06/12/2012